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viernes, 2 de febrero de 2018

Vienen los chilenos, Guillermo Thorndike





Editora : PromoInvest

Año de publicación : 1978




Me había propuesto leer la tetralogía “La guerra del salitre” de Guillermo Thorndike en menos de un año, pero ciertamente fue una empresa difícil de concluir.

Así como con las otras dos publicaciones que la anteceden, con “Vienen los chilenos” (tercer y penúltimo libro) hay que hacer de tripas corazón puesto que si ya el anterior libro te transporta al puerto de Pisagua en Tarapacá, aquí inicia con la incertidumbre de una muy probable ocupación de Arica, Tacna, y Moquegua, con grandes chances de derrota, largados al sacrificio, y donde los personajes de Alfonso Ugarte (créanme, es muy escueto, romántico e injusto resumir a escolares “se lanzó del morro en su blanco corcel para evitar que el enemigo cogiera la bandera”, y no mencionar aquel liderazgo que tenía para motivar gente relegada al olvido, de quien se refería a su tropa como “mis cochabambinos”, olvidándose del hambre, sed, cansancio, para defender algo que a todas luces estaba perdido); y de Francisco Bolognesi (quien podría estar en cualquier lugar del Perú, inclusive del mundo, observando desde lejos cómo se desangra la patria, cómo la desangran –y no me refiero a las tropas chilenas-, sabiendo que su esfuerzo sería casi nulo, y la muerte un lugar común para todos ellos, y qué muerte. Esas páginas de sus últimos momentos son bien gore.

Ya sabemos que una guerra no es tan romántica como nos la quieren hacer ver, pero leer estas páginas donde bayonetas entran en la carne como un cuchillo en mantequilla, donde el olor a pólvora se mezcla al de la sangre, donde gritos de desgarro se confunden a los producidos por las armas…. ¿Cuántos de sus similares en rango en la actualidad harían lo que ellos hicieron? Los sentimos tan humanos, como nunca antes nos lo enseñaron en los libros de escuela, enfrentando el abandono del gobierno central, y el natural recelo y pesimismo de los locales.

Otros personajes de nombre con menor pompa (nuevamente, en los libros de historia escolares) pero de igual valía, en aquel que se iba tornando un siniestro territorio, son el Teniente Coronel Ricardo O’Donovan, el Coronel Eleodoro Camacho (Jefe del Ejército Boliviano), el Teniente Coronel Roque Saenz Peña, quien luchó como voluntario al lado los peruanos, y que años más tarde sería presidente de su país, Argentina; Rafael Sotomayor, Ministro de Guerra de Chile, quien junto a trece mil de los suyos desembarcaron tranquilamente en Ilo y Pacocha sorprendidos de la facilidad de su arribo y de ser localidades abandonadas pero plenamente abastecidas con agua, huertas y hasta con la locomotora Huaracani a su disposición; el Coronel Isaac Recabarren, quien vendió sus propios bienes para vestir y alimentar a sus tropas, llegando a ser preso -¡gracias Piérola!- en Arequipa por formar un ejército e intentar auxiliar a las tropas abandonadas a su suerte en Arica; el Huáscar es ahora el enemigo, y junto al Matías Cousiño mantienen Arica rodeada. Al mismo tiempo la vieja corbeta Unión se camufla en la niebla consiguiendo enviar una falúa con ocho marineros al Manco Cápac, con un cargamento de desánimo y sorpresa, para regresar a bordo de la vieja Unión, e inclusive esquivar nuevamente a los buques enemigos, pudiendo llegar posteriormente al Callao. Las peripecias de los tripulantes en esas horas infames cargados de impotencia porque así lo quiso el dictador peruano, Piérola.




Si algo derrocha este libro en sus 420 páginas es misterio, incertidumbre, y mucha, mucha adrenalina. Aquí está la verdadera historia de aquellos a quienes tan románticamente conocimos de pequeños, pero que rara vez nos mencionaron sobre la podredumbre del gobierno central que los relegó a una masacre, y junto con ellos a todo esas ciudades y poblaciones respectivas.

A diferencia de los otros dos, al terminar la presente obra me dieron ganas de querer ya empezar con el último tomo, donde el Callao y Lima son los siguientes lugares a ocupar. Ahí experimentaré aquello que solo un ciudadano de Moquegua, Tacna, y tal vez Arica pueda sentir con éste tercer libro. Ver retratada las calles y lugares comunes pero en aquella época y en aquel ambiente. 
Pero esa ya es otra historia.


Bonus Track:

Algo que ya se sospecha desde el primer libro queda claro al finalizar este tercer tomo: ¿Crees realmente que la Guerra del Pacífico fue entre Chile x Bolivia y Perú?

lunes, 15 de junio de 2015

El viaje de Prado, Guillermo Thorndike





Editora : Libre 1

Año de publicación : 1977




Si la historia de “1879” transcurría en su mayoría en alta mar, y teniendo como colofón la derrota en el Combate Naval de Angamos, la muerte del Gran Almirante Miguel Grau Seminario, y la captura del monitor Huáscar, éste segundo volumen de la tetralogía denominada “La guerra del salitre” del periodista Guillermo Thorndike desarrolla la campaña terrestre, y nos sitúa desde el inicio con el desembarco de las tropas chilenas en el –entonces- próspero puerto peruano de Pisagua, en la provincia de Tarapacá. El libro comienza muy bien, con los pormenores de la invasión y los esfuerzos –de un solo lado- de la tropa aliada en contener el inminente avance del ejército sureño. Thorndike no se guarda nada: desde los telegramas, explicando a través de sus personajes los planos de la alejada zona, la estrategia a ser utilizada, la inexplicable carencia de recursos para embarcarse en una guerra.

Partiendo de hechos reales Thorndike nos lleva de la mano haciéndonos ingresar al meollo de la guerra con Chile, en medio de la brutalidad ejercida por ambas partes; en ésta tragedia hay espacio para momentos conmovedores: como la valerosa acción e impresionante desempeño del Batallón de los Cabitos, prácticamente niños, que con armas que mal podían llevar a cuestas llenaban de orgullo y asombro al entonces Coronel Andrés Avelino Cáceres. Sin querer minimizar un ápice el desempeño de aquellos jóvenes, imagino que Thorndike debe haber puesto de su cosecha al describir las hazañas de aquel grupo que era visto inicialmente como carne de cañón, y que finalmente sorprendería al más experimentado militar de aquel tiempo. Conmueve presenciar –y es que la narración de Thorndike me sitúa en medio de la batalla, no es exagero- a 
los sobrevivientes de un famélico ejército peruano, que, tras vencer la Batalla de Tarapacá observaban el moderno arsenal que la tropa chilena dejaba a costa de su sangre, y no poder llevarla consigo por carecer de fuerzas, medios y recursos para tal fin, abandonándola en aquel hostil y lejano territorio. En estas líneas uno puede ver al ejército boliviano comandado por Hilarión Daza en Camarones, retirándose hacia Arica, importándoles un bledo alianza alguna, negándose unirse al grupo liderado por el General peruano Juan Buendía. Tras la lectura de este segundo libro queda claro que el gobierno peruano nunca debió firmar alianza alguna seis años antes. El gobierno de Bolivia es pintado tan o más desordenado que el peruano, y aún así nadie avizoraba una posible catástrofe, nadie se atrevía siquiera a sugerir el cortar aquella absurda alianza con ellos. Queda claro que entre los países no hay ni debe haber amistad, y sí intereses, a diferencia de los pueblos/personas, donde sí puede germinar y cultivarse una amistad. El Perú pagó caro esa inocencia de los gobernantes de turno. 

Para los personajes de este libro Grau es un recuerdo reciente, y el remodelado monitor Huáscar, ahora enarbolando una bandera chilena hería tanto o más en el orgullo que el fuego enemigo en la propia carne. Un país –el Perú- nada preparado para una guerra, con un aliado timorato: dos ciegos directo al abismo, como jóvenes países en sus primeros escarceos bélicos. Thorndike no transmite la intención de realizar una hagiografía de los héroes patrios peruanos, y, como en el volumen anterior, deja claro que los verdaderos enemigos estaban dentro del país. Por ejemplo, en este libro se puede notar fácilmente la satanización de la figura de Nicolás de Piérola, y su obscura alianza con la Casa Dreyfus & Hnos. encabezada en aquel entonces por Auguste Dreyfus. Piérola era Ministro de Hacienda del gobierno Balta cuando se firmó el conocido “Contrato Dreyfus” y aquello se toca como un recuerdo desagradable. Ya en el escenario de este libro Piérola es el insurrecto quien da el golpe de estado tras el inocente –que al Perú le sobraban inocentadas en los altos mandos por aquel tiempo- viaje del presidente Mariano Ignacio Prado al extranjero en plena guerra con Chile, viaje al que hace referencia el título. Lo que por muchos es visto como traición, al parecer –por la lectura de esta obra- todo hace indicar que en realidad Prado guardaba esperanzas en sus acciones diplomáticas en el extranjero, en poder hacerse de nuevos blindados para encarar una guerra a todas luces perdida. Aparentemente su buena intención era cierta, pero su objetividad era nula, eligiendo la peor de las opciones para el país en aquel momento, siendo el escenario ideal que Piérola buscaba y Dreyfus también. 






A diferencia de la obra que la antecede aquí no hay un personaje que eclipse a otro, aunque encontremos a Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, Juan Buendía, José María Quimper, Belisario Suarez, Justo Pastor Dávila, el argentino comandante Roque Saenz Peña, quien luchó como voluntario y que años más tarde sería presidente de su país natal, y sobre todo a Cáceres quien aparece más en esta narración, entre muchos otros. Todos alternan sus roles, da la impresión que en éste segundo libro la trama está más ordenada.

Personajes como el Coronel Andrés Avelino Cáceres, bilingüe, de voz ronca, fiero y recio, inclusive por momentos devela una raigambre romántica.

Y ya que menciono a José María Quimper debo destacar la fuerza de su personaje, al igual que el de José Antonio Miró Quesada, director de El Comercio. Ambos personajes al inicio del libro parecen estar en orillas opuestas, en las antípodas. Mientras el primero busca el sigilo de la información, el segundo enciende el fuego en la población con sus furibundos y contundentes editoriales. El destino irónico los juntará hacia el final de la obra, cerrados como un puño, en una sabrosa charla, a manera de confesión en el capítulo titulado “La conjura Dreyfus” (Pág. 411) cuando todo está ya perdido. Quimper aceptando la locura del viaje de su jefe, el presidente Prado, y Miró Quesada preso, con una absurda justificación, viendo cómo la imprenta del decano es clausurada por órdenes de la dictadura de Piérola.

Pero antes de aquel capítulo ya Quimper había protagonizado otro capítulo importante, con otra conversa exquisita, esta vez con el presidente Mariano Ignacio Prado titulado “El general Prado decide viajar” (Pág. 309), donde el autor nos devela a un fragilizado presidente, fuera de sí, donde la única salida posible para él era su viaje al extranjero para hacerse con armas; un perfecto incapaz con plenos poderes.


Un gran análisis, muy descriptivo –entiéndase, muy crudo-, que no llego a encontrarlo perturbador por saber de antemano que estoy ante literatura bélica donde se recrea este trágico conflicto, con una narración por muchos momentos electrizante apoyada en una acuciosa investigación que torna imposible no sentir náuseas por los políticos peruanos de finales del siglo XIX, que es la misma por muchos -tanto en Perú, como aquí en Brasil, dicho sea de paso- en pleno siglo XXI, creyendo yo que éste era un mal contemporáneo. 

Una obra muy recomendada, pero que necesitará de la lectura del primer volumen para una total comprensión de aquel escenario bélico. Tras la pérdida de Tarapacá, con este libro se traspasa el umbral de la tragedia, donde el infierno debe ser poco comparado a lo vivido en aquel tiempo. 

lunes, 16 de marzo de 2015

1879, Guillermo Thorndike





Año de publicación : 1977

Editora : Libre 1




Éste es un claro ejemplo de que se compran libros y el tiempo pasa y pasa y no hay cuándo leerlos. En mi caso nunca las cuatro obras estaban en un mismo lugar, hasta ahora, en Brasil, y enfrentándome a una mudanza más, pero con los otros tres a la mano. No quería leerlos con una distancia de tiempo mayor a un año, así que éste 2015 espero poder hacerlo. Por ahora, me despaché con el primer libro, y las sensaciones al final no son de las mejores.

Valor. Hay que tener valor para enfrentar éste primer libro de la tetralogía denominada “La guerra del salitre” de Guillermo Thorndike; confieso que mis expectativas eran altas. Estoy muy lejos de ser de aquellos chauvinistas disfrazados de nacionalistas; no es por ese sendero que abordaría éste libro, y los otros tres que lo complementan, sería un desperdicio. Nada lo abordo de esa manera, no cultivo ningún sentimiento de odio o incomodidad hacia algún ciudadano chileno, siempre he tenido buenas relaciones con personas de aquel país, desde Japón donde conocí una familia chilena, aquí en Brasil, y claro, en el Perú donde son muchos.

Como bien lo indica el autor al inicio del libro, lo relatado aquí no es una ficción, y él pudo basar su obra desde documentos oficiales de la época, pasando por partes militares y navales, telegramas, despachos de corresponsales de guerra, debates parlamentares, versiones taquigráficas, memorias y cartas de los protagonistas, noticias, anuncios y publicaciones de Lima, Iquique, Santiago, Valparaíso, y Nueva York, hasta menús oficiales del Huáscar y restaurantes donde los variopintos personajes transitan, además de aportar lo de su cosecha, o sea, un sinfín de documentos e información extraída además de bibliotecas particulares como las del Dr. Félix Denegri Luna y el R.P. Armando Nieto Vélez, ambos historiadores quienes también le brindaron asesoría, para poder armar este enorme rompecabezas, que ya hacia la primera mitad del libro siento le pasa factura al autor.

Antes de éste proyecto Thorndike ya era ducho y acostumbrado a realizar obras de "no ficción", como “El caso Banchero” disfrutado hace varios meses atrás, y otras tres obras más del mismo tipo pero ésta muy probablemente fue la de mayor envergadura, me atrevo a pensar mayor a la que él mismo imaginaba.

Es muy interesante saber hasta lo que garfeaba la élite peruana y extranjeros, en contraste con el pueblo en medio de la pobreza, y con un inminente rebrote de viruela en la capital peruana. Y es que una de las cosas interesantes que deja éste primer libro son los contrastes: a lo ya mencionado se suma el valor y patriotismo –muchos de ellos extranjeros en el Huáscar- de gente que prácticamente en harapos y casi sin armas se iban a la guerra, mientras en el Congreso de la República en Lima se explayaban en discusiones por meses acerca de detalles nimios para al final no aceptar los radicales cambios que necesitaba el país para generar dinero para bancar una guerra que el propio gobierno decidió asumir. Poco más de 130 años después el Congreso de la República –no todos, pero en su gran mayoría- sigue albergando gente que sólo busca sus propios intereses. Pero no quiero alejarme del libro.

Cuando Thorndike se embarca en los debates parlamentares ufff…, la obra se torna muy densa. Pero son capítulos necesarios para entender cómo esa bazofia de diputados y senadores –y para mi martirio uno de ellos se apellidaba Mapartida- que teníamos pensaban. “Pensaban” es un decir, porque ante el camino elegido la última cosa que parecían hacer era pensar. Increíblemente nunca imaginaron en perder la guerra. Increíblemente nunca imaginaron que el monitor “Huáscar” sucumbiría ante la numerosa y mejor equipada flota chilena, y menos aún lo que vendría después. Pero no quiero alejarme del libro.

Cuando Thorndike nos presenta los bastidores previos al combate en alta mar por momentos pareciera que tanta información a la mano para su proyecto lo agobiara. Pasa la impresión el no querer dejar ningún dato fuera del contexto de su obra, lo que la torna por un lado muy interesante el saber cada detalle por más mínimo que sea, pero por otro hay muchos trechos que sólo son realizados con frases cortas interrumpidas con un punto. Como telegramas. Aunque dicen mucho del cotidiano de aquella época conturbada, no me es agradable depararme con textos así. El poder hilvanar tantos detalles debió ser una ardua tarea; mucha información en detrimento de la narración. Y si a esto le sumamos algunos errores en tiempos e incluso algunos ortográficos -que pueden ser "los fantasmas"de edición, pero que uno repara más en ellos y llegan a pesar cuando otras cosas como las mencionadas vienen juntas-, las ganas de dejarlo se tornan una posibilidad latente. 


Pero por otros trechos él desarrolla esa prosa atrayente, fluida, una narración impecable por momentos, aquella que me atrapó en la obra sobre Banchero Rossi. Y no sé si será coincidencia o fue algo premeditado, pero entre los muchos personajes que él rescata, da voz y vida, es cuando la figura del Gran Almirante Miguel Grau Seminario aparece que su narración se vuelve más pulcra, limpia. Pareciera que el personaje de Grau acapara no sólo su mayor atención sino una desmedida –y ante los hechos, justificadísima- admiración hacia él. Parece que el mundo en la obra para, y sus mejores esfuerzos literarios regresan para describir sus acciones, por menores que éstas sean: desde castigar a un marinero insolente, al zambo Real Felipe, hasta sus acciones y decisiones en pleno combate; pero no es suficiente. Los innúmeros personajes vuelven a la trama y con ellos la inacabable y rica información que pareciera no saber enlazar a no ser con las ya mencionadas frases cortas.

Mucho pesa para no abandonar el libro la historia sobre las correrías del monitor “Huáscar”, pues estando prácticamente solo –junto a la corbeta “Unión”, de madera forrado en cobre, y con planchas de hierro sólo hasta la línea de flotación- alargó por seis meses la guerra ante la escuadra chilena en mayor número. Grau sabía usarla a su antojo, no sólo su monitor, sino el mar, el clima, cuándo virar, cuándo entrar despacio sin ser percibido. Pero todos sus esfuerzos contrastaban con la dejadez de los parlamentarios y políticos en la capital peruana.







Recuerdo que en Lima, al menos a inicios de los 80’s los niños estábamos acostumbrados a colorear figuras de Túpac Amaru, de Micaela Bastidas, de Grau, de Bolognesi, de Ugarte, a la par con las de Disney. Aquello que nos enseñaron de niño y quedó grabado con fuego en la escuela está plasmado en las páginas 160 y 161 de ésta edición: Grau ordenando salvar soldados chilenos a la deriva en alta mar, para luego darles ropa y comida, de la poca que tenían, desembarcándolos posteriormente en tierra sanos y salvos. ¿Por qué salvarlos si eran enemigos? – recuerdo algunas preguntas de compañeros de clase en primaria, o sea con 8 ó 9 años. -Porque eran personas como tú o yo enfrascadas en una guerra. Y porque Grau era diferente. Es así como deberíamos pensar y actuar.- Más o menos eso respondía el profesor en clase. 

Otro ejemplo: en su búsqueda por la “Abtao”, cargadas con cañones de 150, se deparó con el vapor chileno “Matías Cousiño”, que no fue hundida por ser una embarcación de transporte, dejando que sus tripulantes embarcasen en lanchas primero antes de abordarlo (Págs. 244 al 246). 

La carta dirigida a la viuda del capitán de fragata don Arturo Prat, y el trato hacia la escuadra chilena, desde marineros a altos mandos era de respeto, porque podrían ser enemigos por las circunstancias, pero no se perdía el respeto. Sí, Grau era diferente, así como otros pocos en aquella época. 




Monitor “Huáscar”

                                  Al ancla, Pisagua, junio 2 de 1879

Dignísima señora:


   Un sagrado deber me autoriza a dirigirme a usted y siento profundamente que esta carta, por las luchas que va a rememorar, contribuya a aumentar el dolor que hoy, justamente, debe dominarla. En el combate naval del 21 próximo pasado, que tuvo lugar en las aguas de Iquique, entre las naves peruanas y chilenas, su digno y valeroso esposo, el capitán de fragata don Arturo Prat, comandante de la "Esmeralda", fue como usted no lo ignorará ya, víctima de su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria. Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle las, para usted, inestimables prendas que se encontraron en su poder, y que son las que figuran en la lista adjunta. Ellas le servirán indudablemente de algún consuelo en medio de su desgracia, y por eso me he anticipado a remitírselas.

   Reiterándole mis sentimientos de condolencia, logro, señora, la oportunidad para ofrecerle mis servicios, consideraciones y respetos con que me suscribo de usted, señora, muy afectísimo seguro servidor.



                                                             Miguel Grau





Inventario de los objetos encontrados al capitán de fragata don Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena “Esmeralda”, momentos después de haber fallecido a bordo del monitor “Huáscar”.

Una espada sin vaina, pero con sus respectivos tiros.

Un anillo de oro de matrimonio.

Un par de gemelos y dos botones de perchera de camisa, todos de nácar.

Tres copias fotográficas, una de su señora, y las otras dos probablemente de sus niños.

Una reliquia del Corazón de Jesús, escapulario de la Vírgen del Carmen, y medalla de la Purísima.

Un par de guantes de preville.

Un pañuelo de hilo blanco, sin marca.

Un libro memorándum.

Una carta cerrada y con el siguiente sobreescrito: “Señor Lassero.- Gobernación Marítima de Valparaíso. Para entregar a don Lorenzo Paredes”.



                               Al ancla, Iquique, mayo 21 de 1879

                               El oficial de detalle

                                                 Pedro Rodríguez Salazar



(Págs 209 y 210) 




Ironías del destino. No sólo todos se conocían en ambos bandos, muchos incluso guardaban un parentesco familiar, como por ejemplo el mismo Grau quien tenía en Óscar Viel y Toro, posteriormente Comandante General de la Marina Chilena, quien estaba al mando de la fragata blindada “Blanco Encalada”, su concuñado. Grau no quería depararse con aquella embarcación, pero sabía que de hacerlo tendría que continuar con su deber. 

Ésta obra es la entrada al inicio de uno de los períodos más difíciles en la historia peruana. Deja claro que los verdaderos enemigos estaban sentados bien cómodos en el poder en Lima, mientras otros valerosos hombres eran mandados al sacrificio, en desproporción de armamentos y suplementos bélicos. Si bien es "no ficción" no deja de ser una novela. Si ben es una novela, no deja de ser parte de la historia. Muy importante e interesante para comenzar a informarse –para quien esté interesado- de una manera algo más relajada que un libro de historia aunque algo más densa que alguna otra obra del mismo Thorndike, por lo menos en comparación con "El caso Banchero". Para tener en cuenta que hechos como los retratados aquí nunca más se repitan. 

martes, 5 de noviembre de 2013

El caso Banchero, Guillermo Thorndike




Barral Editores, abril de 1973 

La primera vez que fuimos al antiguo cementerio El Ángel a ponerle flores a mi abuela a finales de los 80’s nos detuvimos frente a la tumba de Luis Banchero Rossi y mi madre, toda compungida, le rezó un Padre Nuestro y un Ave María, y, acto seguido, sacó un clavel rojo del atado destinado a mi abuelita y se la dejó ahí. -¿Lo conocías?-, le pregunté. -No-, me respondió. -¿Y por qué lo hiciste?-, la interrogué curioso, y ella respondió calmamente –Porque era un hombre bueno-. Sin entender nada y en mi cojudez disimulada de inocencia de mis once años indagué -¿Sólo por eso?-, ahí ella me miró y sentenció: -Ya verás que los hombres buenos son pocos-. Ese es uno de los recuerdos que tengo de ella, de ese acto que se tornó costumbre cada vez que visitábamos a la abuela. Lo interesante es que mi viejita no era la única, pues al voltear para mirar, mientras nos alejábamos, veía cómo otras personas y/o familias seguían el mismo rito, al punto que el cementerio tenía un operario destinado a sacar los kilos de flores que se amontonaban rápidamente en su amplia tumba de mármol negro, y vaya si tenía trabajo, pues él no terminaba de limpiar aquella área y ya estaban cayendo flores de otras personas que venían pasando. 

La presente obra es todo un clásico en la literatura peruana pues se amalgaman perfectamente la historia novelada de un líder generoso que se adelantó a su tiempo, y cuya ambición se centraba en generar más y más empleos en un Perú que no estaba preparado ni en el más hilarante sueño para ser potencia mundial en el ramo pesquero, y una trama tan atrayente hilvanada tan calmamente, que nos remonta rápidamente a los ancestros de Banchero Rossi hasta desmenuzar su vasto y ecléctico entorno todo con la fluida y envolvente escrita de la que Guillermo Thorndike (Lima, 1940 – 2009) hace gala.

Pero ésta obra no debe ser considerada solamente como un policial más -género tan injustamente menospreciado- pues la trama por muchos momentos se centra en cómo desde la nada Banchero Rossi fue armando un imperio que parecía imposible ser medido, y todo ese esfuerzo y arrojo de su juventud, el ver oportunidades donde todos veían estancamiento era una característica tan natural en él. Sólo hacia el final, y tras el asesinato, aborda la endeble base sobre la que está erigida la justicia en el Perú. El autor nos devela su punto de vista muy claramente diseñando a jueces, peritos, agentes fiscales, médicos legistas, como títeres, actuando con una sospechosa negligencia. Pero dejando de lado esa última parte policíaca es más que interesante cómo el Hombre –como empezó a ser llamado Banchero Rossi- metía las manos en la masa para conocer desde la raíz el negocio que empezaba a edificar en la mente, admirado y respetado por grandes empresarios extranjeros y por obreros y pescadores nacionales a quienes el Hombre trataba con el mismo respeto que a los del grupo anterior. Parecía ser mejor regenerador que cualquier cárcel del mundo, pues muchos de los que se volvieron sus hombres de confianza habían delinquido en un pasado cercano y, al ver que se presentaba aquella única oportunidad de trabajar en algunas de las empresas de Banchero Rossi simplemente se olvidaban de su pasado convirtiéndose en los mejores y más hábiles pescadores, capitanes, bolicheros del norte chico peruano.

Quizá lo único que le pueda reprochar a Thorndike es aquella manía de comenzar o terminar muchos de sus capítulos con esos pequeños extractos de los diversos acontecimientos nacionales y extranjeros que transcurrían en aquel momento en que su trama se va desarrollando. Sé que es para graficar e instalar al lector en el tiempo, pero llegan a ser tantos y tan sosos, carentes de toda gracia ante la tremenda historia que va desarrollando. Pero ese es un detalle que llega a ser ínfimo, pues la trama es totalmente avasalladora siendo devorada de principio a fin sin reparar en momento alguno en sus 479 páginas.

Yo acababa de llegar al Brasil lleno de dudas –soy un signo de interrogación andante- embelesado por encontrar a la que sería mi esposa y, como siempre, curioso y ávido por conocer nuevas tierras, idioma y cultura, y al primer vistazo que daba en internet me deparo con la muerte de Guillermo Thorndike. Él era aquel periodista que estaba en donde el momento le era conveniente y oportuno, motivo por el cual debió ganarse más enemistades de las que pueda yo imaginar. Entre los varios personajes por el que Vargas Llosa no llegó a ser presidente en los 90’s –además de sus propios errores políticos-, uno de los más destacados fue justamente éste autor. Pero nadie en el Perú puede, ni debe, negar el don de la palabra, de la escrita, quien como pocos él cultivaba. La investigación previa que debió ejecutar para ir armando las muchas obras que dejó, varias, como la de la presente entrada, clásicos que hasta ahora, aunque no sean re-editadas siguen siendo procuradas. ¿Se puede separar al Thorndike periodista tránsfuga del escritor? Yo creo que sí. Y porque en el Perú no los hay, o los hay pocos, muy pocos, es al segundo al que se admira y se extraña.






Desmaisson no es el único en dominar el muelle. Por intermedio de Sagarvarría, el joven Banchero conoció a Gerónimo Gonzales. Trujillano de nacimiento, descendía, por línea paterna, de una galante aunque reconocida aventura del Mariscal Orbegoso, de quien venía a ser tataranieto. Su abuelo materno fue el famoso Manco Robles, un capitán a quien los pierolistas cercenaron el brazo derecho a principios de siglo. Su madre, María Robles, cumplía 65 años de edad. Su padre, Óscar González, “de los principales de Trujillo”, se había dado a la cantina y murió joven. Gerónimo nació el 11 de mayo de 1925, año en que los aluviones arrasaron la costa del Perú, y en que murieron millones de aves guaneras, se supone que debido a la desaparición de la anchoveta. Era contador público pero no había nacido para llevar columnas de números. Fue cajero del cine Municipal de Trujillo y emigró a Chimbote donde administraba tres lanchas ajenas.
Banchero conoció al gordo Bazán, mercader del muelle que tenía la exclusiva del bonito perteneciente a los pescadores: veinticuatro por cada embarcación. Y el sargento de playa: dos bonitos. Los jaladores que descargaban las lanchas: dos cada uno. El sindicato: una docena por buque. Los dirigentes –Tripolio, Palo de Buque, Machiavello, Mono Justo-: una docena por cabeza. Bazán tenía la ventaja de elegir los mejores bonitos. También compraba el pescado robado.

Conoció a María Urdániga, la mujer más respetada del litoral. Trujillana, fue dueña de una pensión en Salaverry y se trasladó a Chimbote porque no había buenos partidos para sus hijas en aquel puerto. Chimbote era una promesa. Comerciaba el pescado de los Fernández y los Pazos, adquiría regularmente los sobrantes de Samanco y salaba cuarenta mil bonitos diarios para despacharlos a la cordillera. La Urdániga dormía en los camiones, era la más importante compradora de pescado blanco en el norte. Todos los patrones, todos los transportistas, todos los cargadores la conocían.

Una tarde que Juan Desmaisson transitaba por la avenida Bolognesi en su destartalada camioneta, Banchero le hizo señas para que se detuviera.

- ¿Señor Desmaisson? 
El viejo desconfió.

- Soy Luis Banchero Rossi y quiero que trabaje para mí. 
- ¿Usted sabe que trabajo en Coishco? 
- También puede hacerlo conmigo. 
- ¿En qué? 
- Comprando pescado. 

Lo convenció. En setiembre de 1955 Desmaisson trabajaba honradamente para Dios y para el Diablo. A Gerónimo González fue fácil contratarlo. Ganaba ochocientos soles mensuales. Le ofreció dos mil quinientos y cinco centavos por lata. González lo presentó a la señora Urdániga. –Tenemos que ayudarlo-, dijo. Y Banchero: -Juntos ganaremos más. Usted confíe en mí.- María cerró el trato con un apretón de manos. El viejo Bazán no tardó en arreglar. –Le doy cinco soles de comisión por docena-, propuso Banchero, -cinco soles más que el precio en el muelle-. El comerciante estuvo de acuerdo. Cuatro semanas antes de producir ya había asegurado en parte su abastecimiento de materia prima.

“Florida” destacó antes de humear. A diferencia de otras fábricas, era un edificio sólido, con techo a dos aguas, limpio y bien pintado. Quedaba más allá de la estación de servicios donde terminaba la ciudad. Tomó su nombre de la zona donde la instalaron. Banchero se multiplicaba. Dirigía el negocio de Kendall en Trujillo, comerciaba forrajes a todo lo largo de la costa, vendía tractores, aprendía el negocio de la pesca, vigilaba la instalación de las últimas máquinas, controlaba al personal.

El puerto se transformaba en refugio de aventureros de todas partes. Hasta célebres asesinos podían cambiar allí de vida sin que los molestaran. En 1930, Lima se estremeció con el famoso crimen del Hotel Comercio. En la habitación 89, un apuesto español, Genaro Ortiz, mató a golpes a su compatriota Marcelino Domínguez. Encerró el cadáver y deambuló por la ciudad pensando qué hacer. Ortiz aseguró que había sido atacado y que mató en defensa propia. Volvió al hotel y esa noche descuartizó a Domínguez empezando por las piernas. Lo embauló y entregó a la estación ferroviaria de Desamparados. En 1955, luego de purgar una larga condena, Ortiz trabajaba en Coishco bajo el nombre de Carlos Naveda.

Nuevas fuentes de trabajo atraían también a familias hundidas en la miseria. Tal es el caso de Cristina Cruzado Ángeles, cuya madre y cuatro hermanas fueron abandonadas por un mal padre en Trujillo. Naturales de Huaranchal, un pueblito en las serranías de La Libertad, llegaron a Samanco porque ahí se empleaba a mujeres y niñas. Cristina empezó a filetear bonito a los 21 años, su hermana menor a los 13. Les dieron lugar en una ranchería con luz, agua y desagüe, un verdadero lujo. En 1954 Cristina cambió de empleo y pasó a La Caleta. En octubre del año siguiente, la mujer de Gerónimo González, comadre de Genaro Ortiz-Navera le propuso que pasara a “Florida”. Era una empresa de mucho empuje conducida por un joven de veinticinco años que pagaba como nadie. Cristina aceptó.

Bnchero cumplió los 26 años sin comenzar su negocio. Tardaban las obras de albañilería, se hundía en pequeños contratiempos. El 18 de octubre las obreras pasaron control. Las vistieron con mandiles y gorros –una novedad- pero no vieron al Hombre. Cristina había llevado consigo a todas las operarias de una mesa de La Caleta. El 19 volvieron a controlar y las mandaron a sus casas. El 20 igual. El 21 apareció Banchero. Vestía un saco de corduro y una chompa verde tejida por su prima Alicia. Se le veía delgado y nervioso. Estrechó las manos de todas, gravemente.

No era tiempo de abundancia de bonito. Flanqueado por González y Desmaisson, asegurada la pesca de los Pazos y de Cara de Papa. Comprados Bazán y María Urdániga, esa madrugada Banchero remató veinte mil piezas. No tuvo reparo en subir el precio. La voz se corrió en Chimbote: era cierto, había aparecido un loco que botaba el dinero. Los antiguos industriales se encolerizaron. ¿Qué intentaba hacer? ¿Malograr el mercado? Mientras esperaba la aparición de las lanchas, Banchero subió a la camioneta de Sagavarría.

- ¿Qué pasa don Luis? Dicen que has perdido la cabeza.

- No lo entienden don Juan –rió Banchero-. Hay que hacer números. La mano de obra no llega al quince por ciento de los costos. Se debe producir más y pagar más. Y, sobre todo, trabajar todo el año, no detenerse nunca.

- Te comprendo.

- Estos viejos creen que el negocio es producir poco y caro.

El 22 de octubre “Florida”, controlada por Luis Banchero Rossi –sesenta y cuatro por ciento de las acciones en unión con el Dr. Ignacio de la Riva-, a la que Manucci había aportado el capital restante con un poco de desgano, empezó a funcionar. Las obreras se sorprendieron de que uno de los dueños ayudara en el trabajo, vigilara cada instante del proceso, corrigiera, observara las máquinas, el caldero. Pero atraído por obstáculos de otra índole, ya aprisionado por el mar, Banchero había descuidado la construcción legal de la compañía. El mismo día que “Florida” comenzó a humear, don Carlos Manucci, respaldo financiero y garante del joven empresario, se sintió mal. Lo llevaron a Estados Unidos. Tenía cáncer. Le dieron unos meses de vida. No se volvieron a ver.

Con letra apurada Banchero abrió su primer libro de actas el 15 de mayo de 1955 y equivocó el año: escribió 1956. Aunque Manucci figuraba como Presidente del Directorio, no firmó el libro. El 20 de octubre, dos días antes de comenzar a producir, el libro registró los primeros apuros financieros: “Florida” necesitaba 600 mil soles y los pidió al Banco de Crédito, ofreciendo como garantía la prenda mercantil y una fianza solidaria de Manucci y Banchero. El banco aceptó. En Trujillo informaron que Manucci no salía de su casa de Lima. Viajó a la capital. Sus esfuerzos por entrevistarse con su socio se estrellaron en la puerta de la mansión. –No lo puede recibir-, dijo el mayordomo siguiendo instrucciones de la señora, -no vuelva más-. Regresó hasta que la señora Laura lo echó para siempre. Luis Sarmiento, casado con una hija de Manucci, lo informaba de la gravedad de su suegro. -¡Tengo que verlo!-, repetía Banchero, -Necesito que firme los libros. Así no soy dueño de nada.- Compraba pescado, vigilaba la producción, vendía conservas, aceites, de todo, viajaba a Lima a mirar las infranqueables puertas de don Carlos. El viejo conservaba una admirable lucidez. El 5 de marzo llamó a su hijo Pepo, lo contempló largo rato, sin decir palabra le entregó su reloj de oro. Al fin Sarmiento se ofreció a servir de intermediario. Visitó a su suegro y en un momento a solas le alcanzó el libro de actas. –Dice Lucho Banchero que es urgente que firme.- Manucci asintió. Con tinta negra escribió su nombre. –Salúdalo- dijo. Murió al día siguiente.

Banchero ansiaba definir con los herederos el futuro de la pequeña industria. Debían formalizar el préstamo, completar el capital, crecer de inmediato o fracasar. A la viuda de Manucci le disgustaba que mencionaran su nombre. Se conversó de “Florida”, qué hacer con las acciones. Adriana opinó que si al fin su padre había tenido fe en el negocio, debían continuar. La señora Laura consultó sus dudas al Ing. Vicente del Solar. Dicen que respondió: -Me bebo en cianuro las utilidades que arroje ese negocio-. Finalmente Banchero fue convocado a la alfombrada oficina de Carlos A. Manucci en Trujillo. La viuda lo saludó fríamente. Banchero enseñó las cifras de producción, resumió las perspectivas, habló del futuro de la pesquería, las inmediatas posibilidades de expansión, terminó aconsejándola a mantener la sociedad. Banchero estaba preparado para la negativa, pareció resignarse. La sociedad con Manucci le había allanado toda clase de dificultades financieras. Tendría que seguir solo, todavía un desconocido. Pero aquélla no era su única sociedad. Banchero tenía el control de la distribución de aceites Kendall. Estaba autorizado a ofrecer las acciones del Dr. de la Riva, además de las suyas, a cambio de las acciones de Manucci en “Florida”. Así, el 30 de marzo de 1956, Laura Vega viuda de Manucci cambió por un puñado de certificados el 36% de lo que iba a ser el imperio pesquero más grande del mundo. En manos de otro gerente, el negocio de lubricantes no tardó en irse a pique. Banchero entregó de inmediato su parte de Productos y Forrajes al Dr. de la Riva por las restantes acciones de “Florida”. El 15 de mayo era el único propietario de la pequeña fábrica y el Banco de Crédito le prestó 600 mil soles recibiendo prenda de las conservas y maquinarias, hipoteca de la propiedad y su fianza personal. Al fin comenzaba.

Fragmento, páginas 98 a 103.