miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cuentos completos, Edgardo Rivera Martínez




Editora : Alfaguara
Año de publicación y de esta edición : 1999


No soy muy allegado a las antologías, salvo algunas excepciones en donde es muy difícil encontrar las obras originales, sobre todo si no han ganado nuevas ediciones; este es una de esas ocasiones, y sirve para saber cuánto me he perdido todo este tiempo; recordar haber visto en diversas ferias del libro obras de este autor y haber pasado recto; craso error.

Los 38 relatos son aquí segmentados de acuerdo al lugar donde están ambientados, así, los que se desarrollan en el mundo andino son los primeros en aparecer bajo el nombre del relato “Ángel de Ocongate”, aquel que ganó el premio “El cuento de las mil palabras” de la revista Caretas, edición de 1982. Luego están los que se desarrollan en Lima, y finalmente tres relatos de escenario indeterminado. Lo interesante de esta antología es que recoge varios textos publicados en diarios y revistas y uno que era inédito hasta aquella fecha.

El cuento que da inicio a este gran libro es el que fue premiado en 1982, “Ángel de Ocongate”, donde estamos ante el dramático parlamento del personaje principal, quien pareciera intentar encontrar en nosotros, los lectores, una persona de confianza con quien compartir su duda y temor. Desde aquí ya se puede ver aquello que se irá encontrando en algunos de los posteriores relatos: aquella sensación de ingresar a la historia ya comenzada, y, al finalizar los textos con esos puntos suspensivos, pareciera dejarlo todo en el aire, como en un perpetuo continuar. Esto está presente también en “Cantar de Misael”; en “Puente de La Mejorada”; “Marayrasu”; “El unicornio”; “El paleógrafo y la tesis”. En el penúltimo relato, de corte fantástico, resalta otra característica más notoria en la narrativa del escritor jaujino: la mixtura de las culturas andina y europea, como el encontrar un unicornio en medio de los andes. Este hecho es tan singular y alucinante como encontrar “La Capilla de Cristo Pobre”, una capilla gótica con arcos ojivales, similar a la “Sainte Chapelle” de Notre Dame en plena ciudad de Jauja, ciudad natal del escritor: si en la realidad, al pasear por Jauja te deparas con aquella capilla, ¿por qué no un unicornio en plena cordillera andina? Ya en el último relato mencionado está presente la viveza de un viejo profesor en sacar partido del alumno a quien irá a asesorar utilizándolo para incrementar su sagrada biblioteca. Relato con un peculiar sentido del humor.

Cuentos como “Amaru” y “Arácnida” parecen poemas en prosa y “Una flor en La Buena Muerte”, “A lo mejor soy Julio” y “Enigma del árbol” captan intensamente la atención por el misterio que las historias guardan, el último relato desde el título.

Tras leer esta compilación de toda la producción cuentística –hasta la fecha de la presente edición– puedo arriesgar en decir que luego de Vargas Llosa, Rivera Martínez (Jauja, 1933) es probablemente, el mejor escritor peruano vivo, y aunque soy hincha de Bryce Echenique, y reconozca que me falte leer a Alonso Cueto e Iván Thays, el leer este libro deja ese mismo disfrute que se tiene después de concluir alguna obra de José María Arguedas o Julio Ramón Ribeyro; no es exagero. Por estas dos semanas me sentí de nuevo en mi Lima con cielo color panza de burro y su casi microscópica y densa garúa, y rememorar la sierra, con su gente de trato amable, iglesias de increíbles arquitecturas que hasta un ateo no resiste a admirarlas, enmarcadas en hermosos paisajes. Este libro me regresó al Perú.


El autor recibiendo de MVLL el premio de la revista Caretas.

Ángel de Ocongate

Quién soy sino apagada sombra en el atrio de una capilla en ruinas, en medio de una puna inmensa. Por instantes silba el viento, pero después todo regresa a la quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En ella resulta más ansioso y febril mi soliloquio. Y aún más extraña mi figura -ave, ave negra, que inmóvil habla y reflexiona. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan gastada y, sin embargo, espléndida. Sombrero de raído plumaje y jubón, camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí. Todo en harapos y tan absurdo. ¿Cómo no habían de asombrarse los que por primera vez me veían? ¿Cómo no iban a pensar en un danzante extraviado en la meseta? Decían, en la lengua de sus ayllus: “¿Quién será? ¿De qué baile será esa ropa? ¿Dónde habrá danzado?” Y los que se topaban conmigo me preguntaban: “¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu pueblo?” Y como yo callaba y notaban el raro fulgor de mis pupilas, y mi abstraimiento, mi melancolía, acabaron por considerar que había perdido el juicio a la vez que la memoria, quizás por el frenesí mismo de la danza en que había participado. Y comentaban: “Pobre, no recuerda ya a su padre ni a su madre, ni la tierra donde vino al mundo. Y nadie, tal vez, lo busca...” Las ancianas se santiguaban al verme. Y las muchachas se lamentaban: “Joven y hermoso es, y tan triste...” Y así, por obra de esa supuesta insania, y de mi apariencia y mi gravedad, aumentó la sensación de extrañeza que mi presencia provocaba. Una sensación tan intensa que por fuerza excluía toda posibilidad de burla. Hubo incluso pastores que, movidos por un respeto mágico, ponían a mi alcance bolsitas de coca en calidad de ofrenda. Y como nadie me escuchó hablar nunca, ni siquiera un monosílabo, se concluyó que también había perdido el uso de la palabra. Pensamiento comprensible, pues sólo a mí mismo me dirijo, en un discurso que no se traduce en el más leve movimiento de los labios. Sólo a mí, en una fluencia silenciosa, pues una tenaz resistencia interna me impide toda forma de comunicación con los demás, y con mayor razón, todo diálogo. Y así es mejor, sin duda. Sea como fuere, esa imagen de forastero enajenado y mudo, que se difundió con rapidez, redundó en beneficio de mi libertad, porque no ha habido gobernadores ni varayocs que me detuvieran por deambular como lo hago. Compartían más bien esa mezcla de sorpresa, temor y compasión que experimentaban frente a mí sus paisanos. En unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya causa mi “locura” adquiría un rango casi sobrenatural. ¡Mi demencia! No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se expandió, pero de cuando en cuando me asaltaba la duda. ¿Y si era verdad aquello? ¿Si realmente fui alguna vez un danzante y lo olvidé todo? ¿Si tuve en otro tiempo un nombre, una casa, una familia? Inquieto, me acercaba a las fuentes y me contemplaba. Tan cetrino mi rostro y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a sí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me observaba, y se afirmaba en mí la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante. Certeza intuitiva, solamente, pero no por ello menos vigorosa. Pero entonces, si nunca se extravió mi espíritu, ¿cómo entender la taciturna corriente que me absorbe y me aísla? ¿Cómo explicar este atavío y la obstinación con que a él me aferro? ¿Por qué mi desazón a la vista del lago? No, no podía responder a estas preguntas, y era en vano asimismo buscar una justificación para unas manos tan blancas y un hablar que no es de misti ni de campesino. Y más inútil aún tratar de contestar a la interrogación fundamental: ¿quién soy, entonces? Era como si en un punto indeterminable del pasado hubiese surgido yo de la nada, vestido ya como estoy, y balbuceando, angustiándome. Errante ya, y ajeno a juventud, amor, familia. Encerrado en mí mismo y sin acordarme de un principio ni avizorar una meta. Iba, pues, por los caminos y los páramos, sin dormir ni un momento ni hacer alto por más de un día. Absorto siempre en mi callado monólogo, aunque me acercase a ayudar a un anciano bajo la lluvia, a una mujer con sus pequeños, a un pongo moribundo en una pampa desolada. Concurría a los pueblos en fiesta, y escuchaba con temerosa esperanza la música de las quenas y los sicuris, y miraba una tras de otra las cuadrillas, sobre todo las que venían de muy lejos, y en especial las de Copacabana, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me conmovían sus interpretaciones, mas no reconocí jamás una melodía ni hallé una vestimenta que se asemejara a la mía.

Transcurrieron así los años, y todo habría continuado de esa manera si el azar —¿el azar, en verdad?— no me hubiera llevado, al cabo de ese andar sin rumbo, al tambo de Raurac. No había nadie sino un hombre viejo que descansaba y me miró con atención. Me habló de pronto y dijo en un quechua que me pareció muy antiguo: “Eres el bailante sin memoria. Eres él, y hace mucho tiempo que caminas. Anda a la capilla de la Santa Cruz, en la pampa de Ocongate. ¡Anda y mira!”. Tomé nota de su consejo y de su insistencia, y a la mañana siguiente, muy temprano, me puse en marcha. Y así, después de tres jornadas, llegué a este santuario abandonado, del que apenas si quedan la fachada y los pilares. Subí al atrio y a poco mis ojos se posaron en el friso, bajo esos arcos adosados. Y allí, en la losa quebrada otrora por un rayo, hay cuatro figuras en relieve. Cuatro figuras de danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de plumas, tahalí. Imágenes no de santos sino de ángeles, como los que aparecen en los cuadros de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el último fue donde golpeó la centella, y sólo quedan su silueta, e impresas unas líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, sobre una floración de hojas, frutos y arabescos de piedra. ¿Qué baile es el que danzan? ¿Qué música la que siguen? ¿Es el suyo un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio glacial y terrible de este sitio, y me detengo en el contorno vacío del ausente. Cierro luego los ojos. Sí, sólo una sombra soy, una apagada sombra. Y ave, ave negra sin memoria, que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio...

(1982)

6 comentarios:

Mario dijo...

Tengo el libro y lo leo en cuanto tenga tiempo y termine algunos textos pendientes, el mencionado escritor lo han recomendado mucho en varias partes y es bastante discreto como autor, yo te recomiendo a Daniel Alarcón, peruano que radica en Estados Unidos, no es Vargas Llosa pero tiene talento. Un abrazo.

Mario.

manigna dijo...

Qué bueno que en Perú se lea y valorice a Rivera Martínez, y no como a Ribeyro que hubo una euforia por sus textos poco tiempo antes de que fallezca.

Alarcón es quien escribe en inglés. Aquí vi una traducción suya, no recuerdo el título, pero, así como el libro de Ribeyro no es fácil de hallar.


Saludos,

Manolo.

Raquel Bazán dijo...

Definitivamente bellísimo relato y no queda más que buscar otras narraciones de Rivera Martínez.En eso andaba por Internet cuando me encontré un trabajo que me pareció valioso para entender la obra de este escritor; por lo menos a los extranjeros que no conocemos tanto la historia y literatura peruana. Se llama "Ángeles y danzantes, conflictos culturales en la narrativa del Perú"; de Juana Martínez Gómez.
Gracias Manolo por tus acertadas propuestas de lectura.Un saludo afectuoso. Y a seguir leyendo!!!

manigna dijo...

Raquel, gracias a ti por el dato. Aquel debe ser un trabajo de análisis; buscaré luego.

Comentaba arriba que la "euforia" por la obra de Julio Ramón Ribeyro comenzó poco tiempo antes de su muerte; una lástima. Desde entonces hasta nuestros días hay más libros "sobre" Ribeyro que "de" Ribeyro. Hace un año, creo, Seix Barral reeditó sus cuentos "La palabra del mudo", lo que significa que cada vez hay más interés en su obra.

Lo pongo como ejemplo porque los peruanos debemos estar re-orgullosos por tener a Rivera Martínez, vivito, escribiendo y publicando. Yo mismo, cuántas veces me topaba con "País de Jauja" (su novela más celebrada) y nunca me hice de ella.

Qué bacán que te gustó el relato, ojalá y puedas encontrar un ejemplar de alguna obra suya.

Gracias por la visita y siempre bienvenida.

Manolo.

Pollo dijo...

Gracias por tu post. Hace un tiempo pensaba en escritores peruanos vivos que me interesen y había olvidado por completo la existencia de Rivera Martínez, del que hasta ahora no leo nada, a pesar de todas las recomendaciones, siempre me olvidabda de él. Lástima que esa edición de Alfaguara es difícil de encontrar, pero aunque sea buscaré en la biblioteca. Si no fuera por tu texto creo que no lo hubiera recordado en un buen tiempo.
saludos!

manigna dijo...

Sí pues ("sí pé", como decimos en Perú), la idea es esa: no esperar a que "pase a mejor vida" para empezar a leerlo. Que en vida tenga el mejor reconocimiento que creo un escritor pueda tener: que la gente lo salude en la calle por algún escrito suyo, que no le cobren el pasaje, que le inviten una chela, que no le cobren el almuerzo, que alguna prostituta le ofrezca un servicio gratis, no sé..., cosas simples -aunque la última no es tanto- pero que creo que sería bacán para él, y claro, que sus libros no estén en los estantes apilados sino, como mencionas, que sean difíciles de encontrar, espero por haber agotado la edición.

Gracias a ti por comentar.