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viernes, 15 de mayo de 2015

Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges



Año de publicación : 1935

Año de la presente edición : 1996

Editora : Alianza Editorial



Vaya colección que nos regala Jorge Luis Borges en esta pequeña –de tamaño- gran obra. Los hay para todos los gustos, y de los lugares más apartados, pues en todo lugar hechos infames se han ejercido desde el inicio de los tiempos, aunque de diferente manera, como queriendo evidenciar que ésta raza humana realmente fue un proyecto errado, pues en mayor o menor medida esa característica destructiva está en lo más profundo del ser humano.

Un hecho curioso es que a pesar de las acciones que los diversos personajes realizan Borges se las ingenia para presentarlas de una manera divertida. El primer grupo intitulado como el libro nos trae a un impostor londinense, nómada, cual gitano (“El impostor inverosímil Tom Castro”); un canalla norteamericano (“El espantoso redentor Lazarus Morrel”); un certero sicario, compatriota del anterior (“El proveedor de iniquidades Monk Eastman”); una cruel y salvaje pirata china (“La viuda Ching, pirata”); un precoz y frio asesino (“El asesino desinteresado Bill Harrigan”); un japonés carente de honor (“El incivil maestro de ceremonias Kosuké no Suké”); y un embustero y falso profeta (“El tintorero enmascarado Hákim de Merv”).

Cada uno de estos siete relatos son basados en hechos reales, dejando Borges un índice de las fuentes en las que se inspiró hacia el final del libro. “El hombre de la esquina rosada”, a diferencia de los que lo anteceden es una ficción que no es basada en escrito alguno, y que apareció bajo el pseudónimo de Francisco Bustos. Ya el grupo posterior denominado “Etcétera” trae ocho relatos, todos muy breves, pero tan o más sucedidos que los del primer grupo.

Toda la complejidad como la bajeza del ser humano se puede ver retratada en éste conjunto que Borges nos ofrece, y no sólo observarlos con desdén desde otra orilla, quién sabe si hasta podríamos vernos reflejados en alguno de ellos; quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Esta publicación de Alianza Editorial trae los prólogos de la primera edición de 1935, y también la de 1954, y desde esos primeros y breves escritos ya uno empieza a disfrutar del rico manejo del lenguaje del que el maestro Borges hace gala. Este libro es toda una joyita, los escritos de Borges son realmente adictivos. 






El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké


El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas, conmemoran el hecho - para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes - tal es su nombre - es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de "orientalismo" deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.


La cinta desatada

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.

El simulador de la infamia

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable. Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.

Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que 1o ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza?¡Oh, tú indigno del nombre de Samurai!

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.

Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.


La cicatriz

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.

Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.
En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.


El testimonio

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor. En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.

La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.


El hombre de Satsuma

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.

El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.

Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales - salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.


Tales of Old Japan by A.B. Mitford, London, 1912 

Páginas del 73 al 81.








The thrill is gone - B.B. King 

Hoy iba a dejar un tango, pues recordé que hace algunos meses atrás había escuchado cantar algunos a Jorge Luis Borges: "creo que he sido suficientemente desafinado, correctamente desafinado, históricamente desafinado", decía, tras aventurarse a cantar algunos de su preferencia. Pero hoy, un grande músico nos dejó, así que un tema de B. B. King acompaña una entrada sobre Borges. 

El tema que dejo es uno de los primeros que escuché, porque Luciano Pavarotti en uno de esos shows que hacía para recaudar fondos invitaba músicos y cantantes tan dispares para alternar con él. De aquel show, donde quería escuchar al tenor al lado de Joe Cocker, casi sin querer pude conocer este tema con B. B. King. Fue así que supe de él, de sus punteos cortos, de sus diversas muecas, de la pasión que derrochaba cuando acariciaba a su ahora viuda Lucille. 

Descanse en paz, maestro. 

lunes, 24 de mayo de 2010

Antología de la literatura Fantástica



Antología de la Literatura Fantástica; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo; Ed Sudamericana 1940; Edhasa 1996.

Final para un cuento fantástico

-¡Que extraño! -dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo nos ha encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.

I.A. Ireland, Inglaterra, 1919


Inicio el post dejando ya este gran relato del inglés I.A. Ireland que, de no ser por el trío de literatos argentinos, quienes decidieron compilar parte de sus gustos literarios en una sola obra, probablemente no conocería jamás de su existencia, así como muchos de los otros reunidos en este libro.
Esta obra fue editada por primera vez en 1940 por la mítica Editorial Sudamericana. Contaba ya en ese entonces con un prólogo de Bioy Casares que se mantiene “por pedido expreso del editor” para la nueva y definitiva versión que se imprimió en 1965, conmemorando los 25 años del lanzamiento al mercado. En esta edición definitiva se aumentaron los textos “Senin” del japonés Ryunosuke Akutagawa; “Sombras suele vestir” del argentino José Bianco; los tres relatos “¿Quién es el rey?”, “Los goces de este mundo”, “Los cautivos de Longjumeau” del francés Léon Bloy”; “Casa tomada” del universal Julio Cortázar; “Un hogar sólido” de la mexicana Elena Garro; “El gato” del argentino Héctor Álvarez Murena; “Rani” del argentino Carlos Peralta; “Los Donguis” del argentino Juan Rodolfo Wilcock; “Punto muerto” de Barry Perowne, de quien los autores reseñan:

“Ninguna información relativa a este autor hemos logrado. Lo sabemos contemporáneo; lo sospechamos inglés.”


Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

Ya ahora con internet podemos descubrir el misterio: Barry Perowne, así como Pat Merriman eran los seudónimos del escritor inglés Phillip Atkey (1908 – 1985) siendo el primero el más usado: 22 obras como Perowne y tan solo 01 como Merriman.
Para la edición definitiva hay una “postdata” también de Bioy Casares donde deja en claro su repudio al prólogo de la primera edición, por encontrar en su antiguo escrito demasiados yerros que aquí aclara, como por ejemplo, tan solo citar “la distracción”, por parte del autor en el gran relato “El cuento más hermoso del mundo” de Rudyard Kipling, y no mencionar sus méritos, siendo éste uno de sus textos predilectos.


Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (Foto: Diario La Nación, Argentina)

Los 76 textos encontrados aquí van de buenos a excelentes, y hay varios memorables, aunque también hay algunos que (personalmente) no generan el entusiasmo de los otros, como el texto de Kafka "Josefina la cantora o El pueblo de los ratones" (ya veo una piedra, un mouse y un teclado lanzados, viniendo en mi dirección; pero en verdad, no me agradó en lo absoluto.)

Para esta edición definitiva los autores aparecen en el índice en orden alfabético. Los antologistas incluyen obras suyas también, así Borges colabora con “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” (donde Bioy es uno de los personajes) y “Odín”, este último en colaboración con Delia Ingenieros; Bioy Casares aporta con “El calamar opta por su tinta”, y su esposa y compañera Silvina Ocampo ofrece “La expiación”. Además está la versión de Borges (que aparece en “Historia Universal de la Infamia”) del texto del Infante Don Juan Manuel, extraído de la obra “Libro de los Enxiemplos” (El Conde Lucanor), escrito entre 1330 y 1335. De aquella obra se extrae: “El brujo postergado” (“El Ejemplo XI” en “El Conde Lucanor”).

En Santiago había un deán que tenía el gran deseo de saber el arte de la nigromancia. Oyó decir que don Illán de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.

El día que llegó a Toledo enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una cámara muy apartada. Éste lo recibió con bondad; le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de almorzar. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de almorzar, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado por él. El deán le prometió que nunca olvidaría aquella merced y que estaría siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no podían aprenderse, sino en un lugar apartado, y tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua en cuyo piso había una gran argolla de hierro. Antes le dijo a una sirvienta que trajese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandara. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres, con una carta para el deán, escrita por el Obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que si quería encontrarlo vivo no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro, por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al Obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el Obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo eligieran a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.
A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y lo saludaron Obispo. Cuando don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El Obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago. Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses el Obispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para s hijo. El Arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán tuvo que asentir.

Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años el Arzobispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto le recordó su antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán tuvo que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores, y misas y procesiones. A los cuatro años murió el Papa, y el Cardenal fue elegido para el papado por todos los demás, Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán dijo con una voz sin temblor:
-Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué.- La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa volvió a hallarse en la celda subterránea, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su actitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.



Don Juan Manuel

Toda antología siempre debe tener sus problemas al momento de elegir las obras que la conformarán. Así, entre la correspondencia que mantuvieron el crítico literario francés Roger Caillois y Victoria Ocampo (hermana mayor de Silvina, y fundadora de la importante Revista Sur en 1931 y Editorial Sur en 1933) éste hace un interesante análisis al respecto de la obra, cuestionando ausencias y algunas presencias, en una carta fechada el 7 de abril de 1941:

“He visto la Antología Borges-Adolfito-Silvina: es desconcertante desde cualquier punto de vista. Hasta ahora, Alemania era considerado el país por excelencia de la literatura fantástica: no hay, por decirlo así, ningún alemán (Kafka es judío y checo) en la Antología. ¿Tal vez un olvido? En cuanto a poner a Swedenborg, es increíble: nunca tuvo la intención de escribir literatura fantástica involuntaria, entonces puede empezarse con la Biblia y algunas otras obras del mismo tipo, bastante importantes. No encuentro tampoco que sea muy correcto el haber puesto a M.L.D. y a Borges mismo. Por lo común, quien hace una antología evita incluirse en ella.”

No se sabe quien es M.L.D. aunque se cita un intento de aclaración: podría ser una errata y tratarse de M.L.B. o sea, la escritora chilena María Luisa Bombal de quien tampoco aparece texto alguno en esta Antología, pero era una amistad de Borges y personaje frecuente en el círculo de Sur.
Estos datos aparecen en el estudio “Definiendo un género: La Antología de la literatura fantástica de Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges” de la profesora Annick Louis.
Otra particularidad de esta obra es la inclusión del gran cuento “Los caballos de Abdera” de Leopoldo Lugones, a quien Borges criticó abierta y duramente (merecido no sé: no me cabe juzgar eso) en su libro de ensayos “El tamaño de mi esperanza” reseñado en este blog, y que aquí, en la breve mención sobre el autor, previo al cuento versa:

“Leopoldo Lugones (…) Ejerció con felicidad la lírica, la biografía, la historia, los estudios homéricos, y la ficción. De su vasta obra, que ha rebasado los límites del país y del continente citaremos los siguientes títulos….”

Si bien el prólogo está firmado por Bioy Casares, quizá sea esta parte de una disculpa tardía a su compatriota por parte de Borges; Lugones murió en 1938, dos años antes de la publicación de esta antología. Se agradece en el prólogo a Leopoldo Lugones hijo y a la viuda Juana González de Lugones por ceder el cuento citado.
Para finalizar, dejo el cuento del inglés W.W. Jacobs “La pata de mono” (The monkey’s paw), cuento perteneciente al libro “The lady of the barge” de 1902.

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedre;.el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros, que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento - dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche - dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los barriales, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgano el sargento.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios; volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió: la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las Mil y Una Noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó perplejamente.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano, como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono, arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes, en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta, corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre, se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una chistera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.- Y lo miró patéticamente.
-Lo siento... -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban, y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apresó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó, cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se dio vuelta y la miró:
-Hace diez días que está muerto y, además, no quería decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa. El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Una rata -dijo el hombre-. Una rata. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…- Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.



W.W. Jacobs

Borges, cuestionado por el hilo conductor de esta obra refiere:

“En la realidad toda antología es la fusión de esos dos arquetipos. En algunas priman el criterio hedónico y en otras el histórico”.

En esta obra el primer criterio es muy marcado y el segundo nulo.

El punto flaco de esta edición (desconozco si en otras ediciones es así también) son los errores de los cuales solo mencionaré 2 que creo son los más notorios y ambos están en el índice al inicio del libro:

- Consta “Agutagawa” siendo “Akutagawa”;
- Consta “… Upbar..” siendo “…Uqbar…”, entre otros.

Además de los transcritos, los excelentes cuentos “Sennin” del japonés Ryonosuke Akutagawa, “Enoch Soames” del inglés Max Beerbohm; “Los cautivos de Longjumeau” del francés Léon Bloy; “El gesto de la muerte” del francés Jean Cocteau; las piezas teatrales “Una noche en una taberna” del irlandés Lord Dunsany; y “Un hogar sólido” de la mexicana Elena Garro; los relatos “Historia de Abdula, el mendigo ciego” extraído de Las Mil y Una Noches; y “El caso del difunto míster Elvesham” del norteamericano H.G. Wells son altamente recomendables.

lunes, 10 de mayo de 2010

El tamaño de mi esperanza, Jorge Luis Borges




El tamaño de mi esperanza; Jorge Luis Borges; Ensayos; Edit. Proa 1926; Seix Barral primera edición 1994; Argentina.

Este libro es el segundo libro de ensayos del genial escritor argentino, y del cual no estaba nada feliz con haberlo editado. La primera edición data de julio de 1926 y sólo se lanzaron 500 ejemplares al mercado para nunca más ser re-editado. Su viuda María Kodama redacta, al principio de la obra, una sabrosa “inscripción” a manera de prólogo:

“Prologar un libro de Borges sería para mí una tarea inabordable por muchos motivos que no vienen al caso. Prefiero que esto sea sólo una nota explicativa para los lectores de Borges o para los que lo descubran a través de “El tamaño de mi esperanza”, que vio la luz en el año de 1926, editado por Proa, y al que desterró “para siempre” de su obra.
Como el Gran Inquisidor, a través de un donoso escrutinio, Borges creyó haber alcanzado su destrucción y el “para siempre” que (como el “jamás”) sabía que no les está permitido a los hombres.
Una tarde de 1971, después de recibir su Doctorado Honoris Causa en Oxford, mientras charlábamos con un grupo de admiradores, alguien habló de “El tamaño de mi esperanza”. Borges reaccionó enseguida, asegurándole que ese libro no existía, y le aconsejó que no lo buscara más. A continuación cambió de tema y me pidió que le contara a esa gente amiga algo más interesante; por ejemplo, nuestro viaje a Islandia. Todo pareció quedar ahí, pero al día siguiente un estudiante lo llamó por teléfono y le dijo que el libro estaba en la Bodleiana, que se quedara tranquilo porque existía. Borges, terminada la conversación, con una sonrisa me dijo: ¡Qué vamos a hacer, María, estoy perdido!
Todos estos avatares rodearon de misterio y de curiosidad a esta obra de la que abjuraba e hicieron que, de todos modos, circulara a través de nefastas fotocopias entre los que se creían integrantes de círculos de elegidos.”

(Fragmento)



Nos cuenta además que Borges -posteriormente- estuvo de acuerdo en que partes de esta obra fuesen traducidas al francés para la colección de la Bibliothèque de la Pléiade, tomándose este acto como un gesto de que la prohibición ya no le era importante.
Encontramos aquí veinte textos, siendo el decimocuarto “Acotaciones” subdividido en cinco pequeños textos. En el transcurso de la obra también se encuentra una redacción que quizá no se repita en las posteriores obras del autor: el uso del vocabulario y ortografía “criollista” (ciudá, seguridá, realidá, etc.). Kodama nos narra que estas palabras deliberadamente criollas fueron buscadas por Borges en un diccionario de argentinismos (debe ser el diccionario del Dr. Lisandro Segovia que data de 1911) según él mismo le contó.
La presente edición de Seix Barral viene ilustrada en la portada con la obra “Teatro Cívico” (1960) del gran pintor argentino Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari), amigo personal de Borges, quien incluso diseñó los pequeños “dragoncitos embanderados” que cerraban cada capítulo en la primera edición, según nota del editor. Fue una sorpresa muy agradable descubrir por la pintura de la portada a un gran artista como el argentino Xul Solar, de quien no sabía nada al respecto hasta antes de leer este libro. Me sigo maravillando - por la internet - ahora no sólo con esta sino con otras de su vasta obra. ¡Gracias Borges!


Teatro Cívico (1960) Xul Solar

En “Profesión de fe literaria”, último texto de la obra, Borges nos explica, con ejemplos, que toda metáfora debe ser una experiencia posible y la dificultad radica no en inventarla sino en “causalizarla de manera que logre alucinar al que lee.”
Nos cita entonces un texto que es parte de “Los peregrinos de Piedra” del poeta uruguayo Julio Herrera Y Reissig que no cumple este dictado y luego lo compara con otro del poeta, también uruguayo Silva Valdés:

Tirita entre algodones húmedos la arboleda;
La cumbre está en un blanco éxtasis idealista…


Borges observa:

“Aquí suceden dos rarezas: en vez de neblina hay algodones húmedos entre los que sienten frío los árboles y, además, la punta de un cerro está en éxtasis, en contemplación pensativa.
Herrera no se asombra de este duplicado prodigio, y sigue adelante. El mismo poeta no ha realizado lo que escribe. ¿Cómo realizarlo nosotros?
Vengan ahora unos renglones de otro oriental (para que en Montevideo no se me enojen) acerca del obrero que suelda la vía. Son de Fernán Silva Valdés y los juzgo hechos de perfección. Son una metáfora bien metida en la realidad y hecha momento de un destino que cree en ella de veras y que se alegra con su milagro y hasta quiere compartirlo con otros. Rezan así:

Qué lindo,
Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella;
y un hombre enmascarado
para ver qué tiene adentro se está quemando
/en ella…

Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella;
y la gente, asombrada,
le ha formado una rueda
para verla morir entre sus deslumbrantes
boqueadas celestes.

Estoy frente a un prodigio
-a ver quién me lo niega-
en medio de la calle
ha caído una estrella.


(Fragmento)

En este mismo ensayo, líneas más adelante, Borges versa sobre los “ripios” (palabras o frases usadas para forzar una rima en un poema), mencionando unos versos del argentino Leopoldo Lugones, haciendo una comparación con algo de sorna:

“Alguien dirá que el ripio es una condición del verso rimado. Unos lo esconden bien y otros mal, pero allí está siempre. Vaya un ejemplo de ripio vergonzante, cometido por un poeta famoso:

Mirándote en lectura sugerente
Llegué al epílogo de mis quimeras;
Tus ojos de palomas mensajeras
Volvían de los astros, dulcemente.


Es cosa manifiesta que esos cuatro versos llegan a dos, y que los dos iniciales no tienen otra razón de ser que la de consentir los dos últimos. Es la misma trampa de versificación que hay en esta milonga clásica, ejemplo de ripio descarado:

Pejerrey con papas,
butifarra frita;
la china que tengo
nadie me la quita…”

(Fragmento)

Por otro lado, el reconocimiento hacia la obra de Fernán Silva Valdés es tal que es con él quien abre los textos en el capítulo “Acotaciones”, calificando de “culta poesía criolla” su libro Poemas Nativos.

También, en este capítulo hay una reseña sobre la obra de Lugones: “Leopoldo Lugones, Romancero”, donde desde las primeras líneas Borges le dedica estas líneas:

“Muy casi nadie, muy frangollón, muy ripioso se nos evidencia don Leopoldo Lugones en este libro… (…) A ver amigos, ¿qué les parece esta preciosura?

Ilusión que las alas tiende
En un frágil moño de tul
Y al corazón sensible prende
Su insidioso alfiler azul.


Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta inducidora, pavota y frívola es resumen del Romancero.”

Y el colofón de la reseña es categórico:

“Hoy, ya bien arrimado a la gloria y ya en descanso del tesonero ejercicio de ser un genio permanente, ha querido hablar con voz propia y se la hemos escuchado en el Romancero y nos ha dicho su nadería. ¡Qué vergüenza para sus fieles, qué humillación!”

Estas líneas, escritas a los 27 años, expresándose con la fuerza de quien lleva la verdad consigo, y refiriéndose de un poeta consagrado, que quizá sólo un argentino entienda lo que significaba Lugones en aquella época en el país vecino, y que ese mismo año recibió el Premio Nacional de Literatura: el Borges-Lugones de aquellos años debieron dar que hablar y mucho. Quizá tuvo hasta respuesta al “insolente joven”.



La otra cara de la moneda es la reseña en el mismo capítulo dedicada al español Rafael Cansinos Assens en “Las luminarias de Hanukah”, donde llega a transmitir la emoción con la que Borges se refiere por la obra de Cansinos “…cuya voz es clara y patética en perfección de prosa castellana…”

Los textos sobre la refutación de la rima en el Paradise Lost de Milton (el inglés Jhon Milton) en “Milton y su condenación de la rima” dejándonos la traducción de un rico texto de aquel libro; en “La balada de la cárcel de Reading” nos narra sobre la estética en la escritura de Wilde, así como lo autobiográfico encontrado en ella; en “Examen de un soneto de Góngora” desmenuza y analiza cada renglón de “Raya, dorado sol, orna y colora” donde juzga a su entender “sus aciertos posibles, y sus equivocaciones seguras, la de su flaqueza y su ternura enternecedoras ante cualquier reparo".

Borges incluye una “posdata” que inicia: “Confieso que este sedicente libro es una de citas: de haraganerías del pensamiento; de metáforas; mentideros de la emoción; de incredulidades; haraganerías de la esperanza.”
(Fragmento)

Encontramos en este libro a un joven Borges quien nos entrega sus opiniones sobre sus gustos literarios y también lo que le disgusta; su apego a lo “criollo”; su preocupación sobre el lenguaje en los textos “El idioma infinito”, “Palabrería para versos”, “La adjetivación”, “Profesión de fe literaria”; y lo que personalmente valoro más: nos muestra un universo de escritores, desde la perspectiva de un genio, los cuales, luego de saber de ellos, nos queda a nosotros sacar nuestras propias conclusiones en futuras lecturas.

martes, 4 de mayo de 2010

Ficciones, Jorge Luis Borges



Ficciones; Jorge Luis Borges; 1956; Alianza Emecé (Alianza Editorial) 1993; Argentina.

Éste fue uno de los primeros libros que compré, mas no que leí; esperó su momento para encontrarme algo preparado y así poder saborear mejor el mundo de Borges. Ya había leído “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” que aparece en el libro “Antología de la Literatura Fantástica” (Ed. Sudamericana 1940): excelente libro donde Borges junto a los futuros esposos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo reúnen grandes cuentos de escritores, en su gran mayoría desconocidos para mí, e incluyen algunos de ellos. Borges colaboró con el cuento mencionado (además de “Odín”, escrito junto a Delia Ingenieros), perteneciente a lo que ahora se conoce como “Ficciones”, y que abre “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”. Recuerdo que terminé maravillado luego de la lectura de aquel cuento.

Inicialmente se había editado en “Sur” ocho cuentos bajo el título “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan” en 1941.
Luego en 1944 se adicionó seis cuentos más, todos bajo el título de “Artificios”, que, anexados a los de “El Jardín…” formaron “Ficciones”, editado también por Sur.
Recién en 1956 se suman tres cuentos más en “la serie” – así gustaba llamarla Borges - de “Artificios” que llega a ser la edición final de “Ficciones”, esta vez editado por Emecé.
La casa madrileña Alianza Editorial edita desde el año 1971 la obra de este genial escritor argentino, siendo la que tengo en mi pequeña biblioteca la vigésima reimpresión.

Cada una de las dos partes del libro cuenta con su propio prólogo, donde el autor explica - con una brevedad que asusta - los cuentos que encontraremos, sin delatar algún final y creando algo de misterio inclusive:

“La octava (El Jardín de Senderos que se Bifurcan) es policial; los lectores asistirán a la ejecución y a todos los preliminares de un crimen, cuyo propósito no ignoran pero que no comprenderán, me parece, hasta el último párrafo”.
(Fragmento del prólogo de “El Jardín…”)

Esto me hace recordar a otro genio, en otro ámbito: Alfred Hitchcock, en su seriado de “Alfred Hitchcock Presents…” de 1955 donde él aparecía al inicio de cada capítulo indicando, con fino humor negro, lo que iríamos a presenciar.

El humor también está presente aquí: en el segundo prólogo, el de “Artificios”, cuando Borges inicia con una modestia indigna de un genio:

“Aunque de ejecución menos torpe, las piezas de este libro no difieren de las que forman el anterior”.

Pensar que algún texto borgeano tenga alguna línea que siquiera pueda lindar con la torpeza debería ser considerado una blasfemia.

Borges intercala personajes ficticios como reales, siendo éstos últimos – lo más probable – los que él acostumbraba leer.
Si con Ribeyro descubrí al francés Guy de Maupassant; Bryce Echenique me incentivó a saber del norteamericano Ernest Hemingway; por Charles Bukowski comencé a escuchar al checo Gustav Mahler: así, después de leer algo de Borges escribí en un pequeño cuaderno que llevaba conmigo los nombres del argentino Martínez Estrada (Ezequiel), el inglés Thomas De Quincey y el alemán Arthur Schopenhauer con su “Parerga y Paralipónema” mencionados en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Nunca (hasta hoy) me topé con algo del primero.
Pero en ese afán por conocer otros escritores me topaba con muchos que a la postre no existen, y es que, en los textos del genio argentino él menciona de la misma manera a un Clausevitz – Carl Von Clausevitz, el libro de estrategia al que Borges hace mención sería “De la Guerra” - en “La Forma de la Espada” como a un Mir Bahadur Alí en “El Acercamiento a Almotásim” y al preguntar a los “vendedores de libros” por éste último escritor veía en sus rostros la misma cara de signo de interrogación que la mía, hasta que por ahí me topaba con un “librero” que no sólo sabía de su no existencia real y sí de su existencia en el mismo lugar donde yo lo encontré: un cuento de Borges.

De los 9 cuentos que conforman la primera serie del libro los que más me marcaron fueron “Las Ruinas Circulares”, “La Biblioteca de Babel” y el que da título a esta primera serie: “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”, sin que los otros sean menos por supuesto, sólo gusto personal y refutable por cierto.
De la segunda serie, “Artificios” a los que más cariño guardo son “La Forma de la Espada”, “La Muerte y la Brújula”, “Tres versiones de Judas”, “El Fin”, “La Secta del Fénix” y “El Sur”.
De esta serie transcribo “Tres Versiones de Judas” escrito en 1944, y que hace unos tres años, en el 2007 creo, el tema en mención estuvo muy tocado por un documental sobre él, Judas Iscariote.

Tres Versiones de Judas

There seemed a certainty in degradation.
T E. LAWRENCE, Seven Pillars of
Wisdom, CIII



En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Nils Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los conventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exornado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo xx y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emil Schering; se llama Der heimliche Heiland.)
Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun de Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubrir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serán ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y de análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las «pruebas». ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?
La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: «No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a judas Iscariote son falsas» (De Quincey, 1857).
Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De allí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aún más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.
Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesús; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo veintidós del evangelio de San Lucas.
Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.(1) Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: « El que se gloria, gloríese en el Señor» (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres. (2)
Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och_judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: «En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció» (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció ala agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.(3) Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto «Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Isaías 53: 2-3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.
En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?
Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.



(1) Borelius interroga con burla: «¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?».
(2) Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: «El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos».
(3) Maurice Abramowicz observa: «Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une villégiature». Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík)


1944



Como cualquier obra del maestro argentino Jorge Luis Borges es totalmente imprescindible su lectura.