lunes, 31 de mayo de 2010

Vathek, William Beckford




Vathek; William Beckford; 1787; Ediciones Siruela 1984; La Biblioteca de Babel: colección de lecturas fantásticas dirigidas por Jorge Luis Borges, libro 10; Inglaterra.


Encontrar este (y la siguiente, porque encontré otro ejemplar de esta colección) libro fue una agradable sorpresa. Estaba terminando hace poco “A Guerra Conjugal” y, buscando una foto de Dalton Trevisan en internet, para acompañar la reseña que haría, me di con una, de un fotográfo de la “Folha de São Paulo", quien logró captar al escritor saliendo de una librería con 2 bolsas en las manos: frutas en una y libros en la otra; alimento para el cuerpo y para el alma. Luego supe que al maestro del cuento brasileño no le gusta aparecer; vive recluso, y parece haber muchas personas que harían mucho por verlo; espero sea igual el entusiasmo por leer sus libros. Por cierto, no coloqué dicha foto en aquella reseña.
Fue por ese acaso que supe de la existencia de esa librería antigua, clásica, en Curitiba: “Livraria do Chain”, de donde Trevisan salía. En algún momento haré un post de las librerías que me hacen sentir como en el recordado Jr. Quilca, o los libreros del Jr. Camaná, o en las diversas Ferias del Libro en Lima.

Entre miles de libros segmentados por categorías, en sus dos amplios pisos, es en el segundo, terminando de subir las escaleras, al final del lado derecho, donde encontré un estante, apartado, al parecer olvidado, desordenado quizá, en comparación del resto de anaqueles, donde el polvo va cubriendo unos libros de un idioma extranjero con poco o nulo interés aquí -a diferencia del inglés-, y quizá esa sea la causa de que aquella área no sea visitada. Solamente el corredor -desde donde se puede divisar aquel rincón- que lleva a una pequeña oficina-almacén era transitada por vendedores que me observaban, vigilantes, algo perplejos, quizá porque nunca vieron persona alguna interesarse por esos libros. Luego de escrutar por más de 1 hora aquel pequeño paraíso, y ya en el primer piso, la amable vendedora-cajera me comentó en “portuñol” que le gustaba leer a Borges, y que lo había leído en portugués, y, a veces, cuando encontraba algún otro libro en español lo leía, consiguiendo entender. Acto seguido se puso a leer, con cierta fluidez, con las ansias que yo debo denotar cuando encuentro algo inesperado, interrumpida de pronto por la palabra “muchedumbre” e interrogándome: -“multidão” le respondí.- Luego preguntó por el lugar donde lo había encontrado; sólo atiné a responder “no segundo andar”, y antes de que repregunte, le pedí mi mochila y paraguas (aquí llueve como en Iquitos o Cusco) haciéndome a un lado y dejando que la persona siguiente en la fila le entregue lo que iba a pagar. El miedo se apoderó de mí. Había dejado un libro más de esta colección en aquellos estantes, y quizá ella lo haga suyo por ver en la tapa el nombre de Borges creyendo que es una obra de él. Por el brillo en sus ojos, aquel brillo que momentos antes tendrían los míos, concluí que no era una simple estrategia de su parte para comprar los dos, así que salí determinado a regresar por el otro ejemplar; eso sucedió una semana después. No mencioné el precio: RS25 (S/37 soles), considerando que un libro de Borges (este no lo es; pertenece a una colección dirigida por él, o sea, la imagino más difícil de encontrar, inclusive en un país de habla hispana) de RS50 no baja, y, sobretodo, encontrar un libro en perfecto estado y en mi idioma, el español, en un país de habla portuguesa; tenía que hacerlo mío. Aquí para encontrar libros de literatura, en español, y en buen estado, hay que echarse a buscar. En aquel rincón hay otros: los que consideré más interesantes los camuflé, intentando esconderlos, dejando los que creí menos interesantes en aquel momento más visibles. Este acto, que espero no esté penado, ya lo practiqué antes, también aquí en Brasil en otra librería, con una obra del Marques de Sade: “Os 120 días de Sodoma”, en una buena y antigua edición, sacándolo de su anaquel y dejándolo lejos, entre libros de medicina, hasta regresar días después (no muchos) y hacerme de él. Recuerdo que en Japón, hasta en dos oportunidades perdí dos artículos (no eran libros) por dudar y esperar comprarlo al regresar días después: una camiseta roja, de la antigua selección de futbol de la Unión Soviética, con el CCCP en el pecho, y la otra una casaca de buzo (agasalho, em português) Adidas de la selección peruana de futbol de 1978, con el escudo grueso y bordes en dorado, y el “Perú” en la espalda y en negro. En ambas ocasiones dudé, pensando: “ahí estará para cuando regrese”; hasta ahora el recuerdo duele. Así que cuando encontré, también en Japón, las zapatillas rojiblancas con el escudo de mi país en la lengüeta, que hacían parte de aquella colección retro de Adidas le dije a la vendedora que lo llevaba sin haberle preguntado el precio,

Retornando a la obra en mención: al regresar una semana después por el libro 27 de esta colección, pude cerciorarme que los otros estaban tal y como los había dejado: se podían ver las huellas, mis huellas, cubriéndose ya con un fino polvillo, diferenciándose de la gruesa capa de polvo que hay en la madera por donde mis manos no pasaron. También estaban ahí los libros que “oculté”, en su nuevo anaquel, camuflados entre libros de recetas, carros y otras nimiedades; espero poder regresar por ellos.


William Beckford (1760 – 1844) fue un escritor inglés, un dandy, quien heredó una gran fortuna y se dedicó a los placeres de la vida, viajando y escribiendo, construyendo el Fonthill Abbey con una torre de 90 metros, de la cual Borges comenta:
“Levantó una azarosa mansión en Fonthill; de la cual, quizá afortunadamente para el buen gusto, no queda piedra sobre piedra.”


Retrato de William Beckford de 1782, obra del pintor inglés George Roomey (1734 - 1802)

Indagando sobre la colección veo que ésta consta de 33 libros, todas bajo el título del inolvidable cuento de Borges, y fueron editadas en Madrid, España, en 1984. Esta idea fue concebida por el editor italiano Franco Maria Ricci, quien le propuso a Borges seleccionar los escritores y sus obras, y prologar también cada libro de esta colección.
Esta obra está escrita de una manera sencilla que hace posible leerla “de un tirón” (en mi caso fueron tres), te enganchas con la trama queriendo continuar hasta el final. Hay humor negro en sus líneas, en sus situaciones, en sus personajes, sobre todo en la excéntrica y perversa madre de Vathek: Carathis quien cultiva una pasión por el sufrimiento ajeno, desarrollada de una manera tal que lo hace ver natural; la trama siempre está al límite del exagero.

Vathek es el noveno califa de la estirpe de los Abásidas, hedonista por naturaleza, no se ahorraba nada por más absurdo que sea para complacer sus caprichos, como construir cinco palacios anexos al construido por su padre, siendo cada uno dedicado al goce máximo de cada uno de los sentidos, y una torre muy alta para descifrar los astros. Vathek, poseedor de una mirada fulminante, capaz de dejar en shock o matar a quien la recibiera. Un día llega hasta él un extranjero, de rostro horrible, quien le vende una cimitarra con unas indescifrables inscripciones, las cuales, se intentan descifrar por diversas personas, siendo todo intento fallido hasta que llega a él un anciano que consigue leer:

“Nos han hecho allí donde todo se hace bien; somos la menor de las maravillas de una región donde todo es maravilloso y digno del más grande de los Príncipes.”

Vathek feliz por conocer el significado lo llena de mimos y lujos, e incluso lo aloja en su palacio. Un día después, Vathek le pide que lea nuevamente el significado, y el perplejo anciano ve admirado que las inscripciones son otras, leyendo:

“Desgraciado el osado que desea saber lo que debiera ignorar, y emprender lo que es superior a su poder.”

Es así como empieza luego su relación con Giaour, quien le propone renegar de su fe musulmana y adorar al reino del mal a cambio de concederle la entrada al Palacio del Fuego Subterráneo, y, bajo inmensas bóvedas contemplar los tesoros prometidos por las estrellas, donde Suleïman Bendaúd (en el texto aparece Den-Daoud; en el prólogo de Borges “Bendaúd”) reposa rodeado de talismanes que subyugan al mundo. El Califa acepta teniendo que realizar para Giaour cincuenta sacrificios de los niños más bellos de su corte. Durante su camino a saciar su tremenda curiosidad y ambición, alentado siempre por su madre Carathis, llega a conocer el amor en la bella Nouronihar, tan ambiciosa como él. Juntos descubrirán, tardíamente, que el lugar anhelado por ambos, es el infierno.

Borges reseña que el infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; mientras que el infierno de Beckford, los túneles de una pesadilla.

lunes, 24 de mayo de 2010

Antología de la literatura Fantástica



Antología de la Literatura Fantástica; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo; Ed Sudamericana 1940; Edhasa 1996.

Final para un cuento fantástico

-¡Que extraño! -dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo nos ha encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.

I.A. Ireland, Inglaterra, 1919


Inicio el post dejando ya este gran relato del inglés I.A. Ireland que, de no ser por el trío de literatos argentinos, quienes decidieron compilar parte de sus gustos literarios en una sola obra, probablemente no conocería jamás de su existencia, así como muchos de los otros reunidos en este libro.
Esta obra fue editada por primera vez en 1940 por la mítica Editorial Sudamericana. Contaba ya en ese entonces con un prólogo de Bioy Casares que se mantiene “por pedido expreso del editor” para la nueva y definitiva versión que se imprimió en 1965, conmemorando los 25 años del lanzamiento al mercado. En esta edición definitiva se aumentaron los textos “Senin” del japonés Ryunosuke Akutagawa; “Sombras suele vestir” del argentino José Bianco; los tres relatos “¿Quién es el rey?”, “Los goces de este mundo”, “Los cautivos de Longjumeau” del francés Léon Bloy”; “Casa tomada” del universal Julio Cortázar; “Un hogar sólido” de la mexicana Elena Garro; “El gato” del argentino Héctor Álvarez Murena; “Rani” del argentino Carlos Peralta; “Los Donguis” del argentino Juan Rodolfo Wilcock; “Punto muerto” de Barry Perowne, de quien los autores reseñan:

“Ninguna información relativa a este autor hemos logrado. Lo sabemos contemporáneo; lo sospechamos inglés.”


Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

Ya ahora con internet podemos descubrir el misterio: Barry Perowne, así como Pat Merriman eran los seudónimos del escritor inglés Phillip Atkey (1908 – 1985) siendo el primero el más usado: 22 obras como Perowne y tan solo 01 como Merriman.
Para la edición definitiva hay una “postdata” también de Bioy Casares donde deja en claro su repudio al prólogo de la primera edición, por encontrar en su antiguo escrito demasiados yerros que aquí aclara, como por ejemplo, tan solo citar “la distracción”, por parte del autor en el gran relato “El cuento más hermoso del mundo” de Rudyard Kipling, y no mencionar sus méritos, siendo éste uno de sus textos predilectos.


Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (Foto: Diario La Nación, Argentina)

Los 76 textos encontrados aquí van de buenos a excelentes, y hay varios memorables, aunque también hay algunos que (personalmente) no generan el entusiasmo de los otros, como el texto de Kafka "Josefina la cantora o El pueblo de los ratones" (ya veo una piedra, un mouse y un teclado lanzados, viniendo en mi dirección; pero en verdad, no me agradó en lo absoluto.)

Para esta edición definitiva los autores aparecen en el índice en orden alfabético. Los antologistas incluyen obras suyas también, así Borges colabora con “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” (donde Bioy es uno de los personajes) y “Odín”, este último en colaboración con Delia Ingenieros; Bioy Casares aporta con “El calamar opta por su tinta”, y su esposa y compañera Silvina Ocampo ofrece “La expiación”. Además está la versión de Borges (que aparece en “Historia Universal de la Infamia”) del texto del Infante Don Juan Manuel, extraído de la obra “Libro de los Enxiemplos” (El Conde Lucanor), escrito entre 1330 y 1335. De aquella obra se extrae: “El brujo postergado” (“El Ejemplo XI” en “El Conde Lucanor”).

En Santiago había un deán que tenía el gran deseo de saber el arte de la nigromancia. Oyó decir que don Illán de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.

El día que llegó a Toledo enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una cámara muy apartada. Éste lo recibió con bondad; le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de almorzar. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de almorzar, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado por él. El deán le prometió que nunca olvidaría aquella merced y que estaría siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no podían aprenderse, sino en un lugar apartado, y tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua en cuyo piso había una gran argolla de hierro. Antes le dijo a una sirvienta que trajese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandara. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres, con una carta para el deán, escrita por el Obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que si quería encontrarlo vivo no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro, por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al Obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el Obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo eligieran a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.
A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y lo saludaron Obispo. Cuando don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El Obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago. Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses el Obispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para s hijo. El Arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán tuvo que asentir.

Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años el Arzobispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto le recordó su antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán tuvo que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores, y misas y procesiones. A los cuatro años murió el Papa, y el Cardenal fue elegido para el papado por todos los demás, Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán dijo con una voz sin temblor:
-Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué.- La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa volvió a hallarse en la celda subterránea, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su actitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.



Don Juan Manuel

Toda antología siempre debe tener sus problemas al momento de elegir las obras que la conformarán. Así, entre la correspondencia que mantuvieron el crítico literario francés Roger Caillois y Victoria Ocampo (hermana mayor de Silvina, y fundadora de la importante Revista Sur en 1931 y Editorial Sur en 1933) éste hace un interesante análisis al respecto de la obra, cuestionando ausencias y algunas presencias, en una carta fechada el 7 de abril de 1941:

“He visto la Antología Borges-Adolfito-Silvina: es desconcertante desde cualquier punto de vista. Hasta ahora, Alemania era considerado el país por excelencia de la literatura fantástica: no hay, por decirlo así, ningún alemán (Kafka es judío y checo) en la Antología. ¿Tal vez un olvido? En cuanto a poner a Swedenborg, es increíble: nunca tuvo la intención de escribir literatura fantástica involuntaria, entonces puede empezarse con la Biblia y algunas otras obras del mismo tipo, bastante importantes. No encuentro tampoco que sea muy correcto el haber puesto a M.L.D. y a Borges mismo. Por lo común, quien hace una antología evita incluirse en ella.”

No se sabe quien es M.L.D. aunque se cita un intento de aclaración: podría ser una errata y tratarse de M.L.B. o sea, la escritora chilena María Luisa Bombal de quien tampoco aparece texto alguno en esta Antología, pero era una amistad de Borges y personaje frecuente en el círculo de Sur.
Estos datos aparecen en el estudio “Definiendo un género: La Antología de la literatura fantástica de Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges” de la profesora Annick Louis.
Otra particularidad de esta obra es la inclusión del gran cuento “Los caballos de Abdera” de Leopoldo Lugones, a quien Borges criticó abierta y duramente (merecido no sé: no me cabe juzgar eso) en su libro de ensayos “El tamaño de mi esperanza” reseñado en este blog, y que aquí, en la breve mención sobre el autor, previo al cuento versa:

“Leopoldo Lugones (…) Ejerció con felicidad la lírica, la biografía, la historia, los estudios homéricos, y la ficción. De su vasta obra, que ha rebasado los límites del país y del continente citaremos los siguientes títulos….”

Si bien el prólogo está firmado por Bioy Casares, quizá sea esta parte de una disculpa tardía a su compatriota por parte de Borges; Lugones murió en 1938, dos años antes de la publicación de esta antología. Se agradece en el prólogo a Leopoldo Lugones hijo y a la viuda Juana González de Lugones por ceder el cuento citado.
Para finalizar, dejo el cuento del inglés W.W. Jacobs “La pata de mono” (The monkey’s paw), cuento perteneciente al libro “The lady of the barge” de 1902.

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedre;.el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros, que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento - dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche - dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los barriales, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgano el sargento.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios; volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió: la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las Mil y Una Noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó perplejamente.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano, como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono, arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes, en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta, corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre, se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una chistera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.- Y lo miró patéticamente.
-Lo siento... -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban, y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apresó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó, cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se dio vuelta y la miró:
-Hace diez días que está muerto y, además, no quería decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa. El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Una rata -dijo el hombre-. Una rata. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…- Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.



W.W. Jacobs

Borges, cuestionado por el hilo conductor de esta obra refiere:

“En la realidad toda antología es la fusión de esos dos arquetipos. En algunas priman el criterio hedónico y en otras el histórico”.

En esta obra el primer criterio es muy marcado y el segundo nulo.

El punto flaco de esta edición (desconozco si en otras ediciones es así también) son los errores de los cuales solo mencionaré 2 que creo son los más notorios y ambos están en el índice al inicio del libro:

- Consta “Agutagawa” siendo “Akutagawa”;
- Consta “… Upbar..” siendo “…Uqbar…”, entre otros.

Además de los transcritos, los excelentes cuentos “Sennin” del japonés Ryonosuke Akutagawa, “Enoch Soames” del inglés Max Beerbohm; “Los cautivos de Longjumeau” del francés Léon Bloy; “El gesto de la muerte” del francés Jean Cocteau; las piezas teatrales “Una noche en una taberna” del irlandés Lord Dunsany; y “Un hogar sólido” de la mexicana Elena Garro; los relatos “Historia de Abdula, el mendigo ciego” extraído de Las Mil y Una Noches; y “El caso del difunto míster Elvesham” del norteamericano H.G. Wells son altamente recomendables.

jueves, 20 de mayo de 2010

Casa Perini, Cabernet Sauvignon 2006



Casa Perini; Cabernet Sauvignon 2006; 12% Grad. Alc; Anjos Santos, Farroupilha, Rio Grande do Sul, Brasil.

No es aconsejable beber un vino de una diferencia marcada luego de haber bebido uno bueno, y eso que soy consciente de que jamás esperaría encontrar en este algo de lo encontrado en el Marques… chileno bebido anteriormente, pero sí, por estar en un mismo rango de precio, por lo menos que se acerque a lo que ofrece un Alamos de Catena: luego de la experiencia, ese argentino mencionado está muy lejos por su calidad en referencia a este brasilero.
No es vinagre. Llega a ser bebible, pero sin ningún entusiasmo, y eso ya lo hace olvidable; un vino que no genere entusiasmo no debería ser tal. Parece tener cuerpo medio, no es translúcido, pero ya en las copas no forma lágrima alguna al inicio, y luego, forma unas tan pequeñitas que llegan a ser risibles. Prácticamente carece de aroma: tienes que esforzarte y dejar la nariz dentro de la copa un buen momento. Hay algo muy leve ahí que luego comprobamos al compararlo con una compota que tenemos en casa, es el mismo olor: frambuesa, hay un toque de frambuesa muy leve. En la boca el entusiasmo no aumentó en lo absoluto: bebida con poco cuerpo. Lo dejas en la boca un momento, y luego de pasarlo no deja rastro alguno: taninos leves, sin personalidad alguna. A ella le dejó una leve acidez que le incomodó un poco, no sucedió conmigo. Si bien está en el rango de aquellos vinos accesibles, también no es menos verdad que por ese precio hay mejores opciones, como el Alamos argentino ya mencionado, o un Casillero del Diablo chileno. Comparándolo con el Salton Classic de la misma cepa y del mismo país, que es más barato que esta botella aquí (la mitad de precio), el Salton sale mejor librado, pues ambos ofrecen lo mismo: casi nada, sólo que aquel es más barato y por eso ya te haces la idea de esperar algo así. Sensación de apatía y desagrado dejó este vino brasilero.

domingo, 16 de mayo de 2010

Marques de Casa Concha, Cabernet Sauvignon 2007



Concha Y Toro; Marques de Casa Concha; Cabernet Sauvignon 2007; 14,5% Grad. Alc; D.O. Puente Alto, Chile.


Algo que no había mencionado en las reseñas de algunos de los vinos Concha Y Toro bebidos con anterioridad y que son de esta misma cosecha (2007) es que traen en la parte superior de la botella un distintivo: “2007 Cosecha Histórica. La Mejor Cosecha de vinos tintos Reserva (en el caso de las líneas Casillero…, y Trio) o Premium (en el caso de los Marques…)”. ¿Será una cosecha histórica en verdad, o es una campaña de marketing? La manera más hedonista es degustar los vinos de la misma línea (en cada línea: Casillero del Diablo, Trio y Marques…) y en la misma cepa, pero de diferentes años, y probar; esto sería una cata vertical (eso lo aprendí del buen blog “Entre Copas” de Cristina Vallarino en el Diario El Comercio). Esto considerando que las botellas fueron adquiridas en un lugar donde estuvieron bien conservadas, y que ya en casa, el lugar destinado a guardarlas sea uno adecuado. Por otro lado, sabemos que el vino es una bebida que lleva todo un proceso largo en donde se cuida cada detalle por más mínimo que sea pues influye en el resultado final.
En esta cosecha en particular (la del 2007) se juntaron varios factores: salían de una primavera fría (la del 2006); tuvieron un acalorado verano (ya en el 2007); lluvias cayeron sobre los campos en la segunda quincena de febrero; el promedio de temperaturas máximas bajó y no subió más; temperaturas más bajas durante la madurez y cosecha (10% más bajas); ausencia de lluvias durante la vendimia;. Todo esto dio como resultado que los racimos tengan 30% menos de uva de lo normal, lo que permitió tener una uva de altísima concentración y por ende, lograr vinos más concentrados.
Me imagino que los enólogos de Concha Y Toro Enrique Tirado, Ignacio Recabarren y Marcelo Papa habrán danzado desnudos alrededor de una fogata en luna llena celebrando tal conjunción de los astros.
¿El marketing? Desde que diferencian a las botellas de esta cosecha con aquel sello en la parte superior de estas el marketing está presente. Así como en la publicidad desenvuelta a través de sus “tours” y presentaciones en muchas ciudades del orbe, pero todo ese mercadeo (muy justificado por cierto) está basado en aquellos hechos concretos –mencionados líneas arriba- que caracterizaron aquella cosecha.
Este tema merece un post especial (no la imaginaria danza de los enólogos y sí la cosecha) sobre este regalo de la naturaleza.


Marcelo Papa, enólogo de las líneas Casillero del Diablo y Marques de Casa Concha en Concha Y Toro


Retornando al vino del post:
Los “Marques…” son seguridad de buen vino a un precio no tan elevado. Tampoco es barato, pero considerando los precios del Don Melchor y del Carmín de Peumo (que de seguro deben valer lo que cuestan), los Marques… son una gran opción. En uno de los muchos eventos que suelen realizar Concha Y Toro en diversas ciudades del mundo –en este caso el de Rio- mencionan que esta bebida cuenta con 92% de Cabernet Sauvignon, 7% de Camenère, y 1% de Petit Verdot. Estos datos no son mencionados en las etiquetas de la botella, donde sólo aparece “Cabernet Sauvignon”, aunque tampoco menciona ser 100% de esta cepa.
Al verter la bebida en las copas notas algo clásico en los Marqués…: su corpulencia. Vino de un púrpura obscuro, que se impregna en las paredes de las copas demorando en caer por estas, luego forma lindas y grandes lágrimas en ellas. Dejamos que respire un poco el vino (eso lo aprendimos con la experiencia del 2006 de la misma cepa) para luego sentir más de cerca su aroma: frutas negras maduras, algo de ahumado, un poco de madera y hierbas por ahí: muy agradable aroma que te envuelve. Acompañando nuestra pasta con salsa de carne: de sabor largo, envolvente, se impregna en el paladar ese suave amargor y una acidez casi imperceptible, pero presente, equilibrada. Aquí nuevamente se siente algo de madera, muy leve. Taninos elegantes y firmes, la astringencia es perfecta. ¡Qué vino para más agradable el de los vecinos! Sin embargo, noté una pequeña diferencia con el cabernet sauvignon del 2006 bebido anteriormente: en aquel el olor salía desde el descorche, invadiendo el ambiente de la casa, y con este no. Ambas fueron experiencias maravillosas. Sólo ese detalle. Si tuviésemos la convicción de poder guardar este vino unos 5 años quizá llegue a ser una sensación… orgásmica, no sé…, pero difícil comprar un 2007, por ejemplo, y guardarlo por más de 6 meses en casa, y comprar un 2007 de aquí a 5 años será más complicado pues su precio imagino será más elevado. Para alguien que ya degustó un Don Melchor o un Carmín del Peumo creerá que las líneas arriba son un exagero: de hecho esos son vinos mayores, pero éste no defrauda: te privas de comprar dos vinos de precio medio y te haces de uno de estos. Tremendo vino, como siempre los Marques… de Concha Y Toro están entre aquellos vinos terrenales (por el precio) y te dejan más que satisfecho.

Nota: la foto del enólogo Marcelo Papa y la información sobre la cosecha fue tomada de la publicación “Focus On” de marzo del 2008 del Departamento de Informaciones de Viña Concha Y Toro.
www.conchaytoro.com

jueves, 13 de mayo de 2010

Elegido Reserva 2006



Montes Toscanini; Elegido Reserva 2006; Cabernet Sauvignon, Merlot, Cabernet Franc y Tannat (no indican porcentajes); 12,5% Grad. Alc; Las Piedras, Uruguay.

Este vino aquí me remontó a dos bebidos con anterioridad: el Irurtia uruguayo (que fue de la cepa Merlot), y el Marcus James brasileño (que así como este fue Tannat). Aquel Irurtia fue “flaco”, leve, sin personalidad, pero el sabor no fue del todo desgradable. Este “Elegido” -que es un ensamble de cuatro cepas- tiene las debilidades de su compatriota pero sumándole un sabor que, sin llegar a ser “vinagre”, es desagradable. Creo que en vinos uruguayos me iré siempre para sus Tannat’s, sin que los mezclen con otras cepas, aunque hay otro ensamble que gustaría probar, con mayor cantidad de cepas, pero que luego de probar éste ya me dejó dudas de hacerlo: lo que anima es que es de Giménez Méndez, que hasta ahora sólo dejaron buenas experiencias con sus vinos. Retornando a esta bebida:
Desde el retiro de la capucha o cápsula ya creó desconfianza: el corcho es negro y de material sintético. Nada contra los corchos sintéticos, considerando que de aquí a un tiempo todos los vinos optarán por ese material (u otros, tipo metálico que creo sería peor) ante la escasez del alcornoque (esperemos que no) de donde sacan la materia prima, y que sólo crece en Portugal y España; es más, la línea Trio de Concha Y Toro usa corchos sintéticos y ambos vinos tintos en esa línea son excelentes, pero éste aquí no fue el caso.
Preparamos una pizza casera que quedó re-buena, y, viendo un vino accesible (está en el rango de precio del buen vino Domados argentino, y comprado en el mismo lugar) para acompañarla, ésta no estuvo ni cerca de aquel argentino, que también era un ensamble. No sólo fue la desconfianza del corcho sintético negro: al verter la bebida en las copas se percibía carencia de cuerpo (aguado), cero lágrimas, color con intensidad media. Su olor: sentí algo de alcohol, un poco, lo dejé respirar algo más en la copa, luego, la sensación no desapareció del todo, pero digamos que mejoró algo: frutas negras, algo de pimienta, no es un olor envolvente, es débil. El sabor: Cris lo probó primero y sentenció: ¡Vinagre!, regresando a su pizza. Yo esperé un poco más y no concuerdo con ella. Hay una acidez notoria, incomoda un poco, no es astringente, taninos débiles, no te cierra la boca. Luego de un tiempo hay algo de astringencia, pero muy leve. Un vino para olvidar, pero no llega a ser vinagre como aquel Casa Sierra chileno o los dos Carácter argentinos: auguro que mañana prepararemos sagú (postre brasileño) en vino.

lunes, 10 de mayo de 2010

El tamaño de mi esperanza, Jorge Luis Borges




El tamaño de mi esperanza; Jorge Luis Borges; Ensayos; Edit. Proa 1926; Seix Barral primera edición 1994; Argentina.

Este libro es el segundo libro de ensayos del genial escritor argentino, y del cual no estaba nada feliz con haberlo editado. La primera edición data de julio de 1926 y sólo se lanzaron 500 ejemplares al mercado para nunca más ser re-editado. Su viuda María Kodama redacta, al principio de la obra, una sabrosa “inscripción” a manera de prólogo:

“Prologar un libro de Borges sería para mí una tarea inabordable por muchos motivos que no vienen al caso. Prefiero que esto sea sólo una nota explicativa para los lectores de Borges o para los que lo descubran a través de “El tamaño de mi esperanza”, que vio la luz en el año de 1926, editado por Proa, y al que desterró “para siempre” de su obra.
Como el Gran Inquisidor, a través de un donoso escrutinio, Borges creyó haber alcanzado su destrucción y el “para siempre” que (como el “jamás”) sabía que no les está permitido a los hombres.
Una tarde de 1971, después de recibir su Doctorado Honoris Causa en Oxford, mientras charlábamos con un grupo de admiradores, alguien habló de “El tamaño de mi esperanza”. Borges reaccionó enseguida, asegurándole que ese libro no existía, y le aconsejó que no lo buscara más. A continuación cambió de tema y me pidió que le contara a esa gente amiga algo más interesante; por ejemplo, nuestro viaje a Islandia. Todo pareció quedar ahí, pero al día siguiente un estudiante lo llamó por teléfono y le dijo que el libro estaba en la Bodleiana, que se quedara tranquilo porque existía. Borges, terminada la conversación, con una sonrisa me dijo: ¡Qué vamos a hacer, María, estoy perdido!
Todos estos avatares rodearon de misterio y de curiosidad a esta obra de la que abjuraba e hicieron que, de todos modos, circulara a través de nefastas fotocopias entre los que se creían integrantes de círculos de elegidos.”

(Fragmento)



Nos cuenta además que Borges -posteriormente- estuvo de acuerdo en que partes de esta obra fuesen traducidas al francés para la colección de la Bibliothèque de la Pléiade, tomándose este acto como un gesto de que la prohibición ya no le era importante.
Encontramos aquí veinte textos, siendo el decimocuarto “Acotaciones” subdividido en cinco pequeños textos. En el transcurso de la obra también se encuentra una redacción que quizá no se repita en las posteriores obras del autor: el uso del vocabulario y ortografía “criollista” (ciudá, seguridá, realidá, etc.). Kodama nos narra que estas palabras deliberadamente criollas fueron buscadas por Borges en un diccionario de argentinismos (debe ser el diccionario del Dr. Lisandro Segovia que data de 1911) según él mismo le contó.
La presente edición de Seix Barral viene ilustrada en la portada con la obra “Teatro Cívico” (1960) del gran pintor argentino Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari), amigo personal de Borges, quien incluso diseñó los pequeños “dragoncitos embanderados” que cerraban cada capítulo en la primera edición, según nota del editor. Fue una sorpresa muy agradable descubrir por la pintura de la portada a un gran artista como el argentino Xul Solar, de quien no sabía nada al respecto hasta antes de leer este libro. Me sigo maravillando - por la internet - ahora no sólo con esta sino con otras de su vasta obra. ¡Gracias Borges!


Teatro Cívico (1960) Xul Solar

En “Profesión de fe literaria”, último texto de la obra, Borges nos explica, con ejemplos, que toda metáfora debe ser una experiencia posible y la dificultad radica no en inventarla sino en “causalizarla de manera que logre alucinar al que lee.”
Nos cita entonces un texto que es parte de “Los peregrinos de Piedra” del poeta uruguayo Julio Herrera Y Reissig que no cumple este dictado y luego lo compara con otro del poeta, también uruguayo Silva Valdés:

Tirita entre algodones húmedos la arboleda;
La cumbre está en un blanco éxtasis idealista…


Borges observa:

“Aquí suceden dos rarezas: en vez de neblina hay algodones húmedos entre los que sienten frío los árboles y, además, la punta de un cerro está en éxtasis, en contemplación pensativa.
Herrera no se asombra de este duplicado prodigio, y sigue adelante. El mismo poeta no ha realizado lo que escribe. ¿Cómo realizarlo nosotros?
Vengan ahora unos renglones de otro oriental (para que en Montevideo no se me enojen) acerca del obrero que suelda la vía. Son de Fernán Silva Valdés y los juzgo hechos de perfección. Son una metáfora bien metida en la realidad y hecha momento de un destino que cree en ella de veras y que se alegra con su milagro y hasta quiere compartirlo con otros. Rezan así:

Qué lindo,
Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella;
y un hombre enmascarado
para ver qué tiene adentro se está quemando
/en ella…

Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella;
y la gente, asombrada,
le ha formado una rueda
para verla morir entre sus deslumbrantes
boqueadas celestes.

Estoy frente a un prodigio
-a ver quién me lo niega-
en medio de la calle
ha caído una estrella.


(Fragmento)

En este mismo ensayo, líneas más adelante, Borges versa sobre los “ripios” (palabras o frases usadas para forzar una rima en un poema), mencionando unos versos del argentino Leopoldo Lugones, haciendo una comparación con algo de sorna:

“Alguien dirá que el ripio es una condición del verso rimado. Unos lo esconden bien y otros mal, pero allí está siempre. Vaya un ejemplo de ripio vergonzante, cometido por un poeta famoso:

Mirándote en lectura sugerente
Llegué al epílogo de mis quimeras;
Tus ojos de palomas mensajeras
Volvían de los astros, dulcemente.


Es cosa manifiesta que esos cuatro versos llegan a dos, y que los dos iniciales no tienen otra razón de ser que la de consentir los dos últimos. Es la misma trampa de versificación que hay en esta milonga clásica, ejemplo de ripio descarado:

Pejerrey con papas,
butifarra frita;
la china que tengo
nadie me la quita…”

(Fragmento)

Por otro lado, el reconocimiento hacia la obra de Fernán Silva Valdés es tal que es con él quien abre los textos en el capítulo “Acotaciones”, calificando de “culta poesía criolla” su libro Poemas Nativos.

También, en este capítulo hay una reseña sobre la obra de Lugones: “Leopoldo Lugones, Romancero”, donde desde las primeras líneas Borges le dedica estas líneas:

“Muy casi nadie, muy frangollón, muy ripioso se nos evidencia don Leopoldo Lugones en este libro… (…) A ver amigos, ¿qué les parece esta preciosura?

Ilusión que las alas tiende
En un frágil moño de tul
Y al corazón sensible prende
Su insidioso alfiler azul.


Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta inducidora, pavota y frívola es resumen del Romancero.”

Y el colofón de la reseña es categórico:

“Hoy, ya bien arrimado a la gloria y ya en descanso del tesonero ejercicio de ser un genio permanente, ha querido hablar con voz propia y se la hemos escuchado en el Romancero y nos ha dicho su nadería. ¡Qué vergüenza para sus fieles, qué humillación!”

Estas líneas, escritas a los 27 años, expresándose con la fuerza de quien lleva la verdad consigo, y refiriéndose de un poeta consagrado, que quizá sólo un argentino entienda lo que significaba Lugones en aquella época en el país vecino, y que ese mismo año recibió el Premio Nacional de Literatura: el Borges-Lugones de aquellos años debieron dar que hablar y mucho. Quizá tuvo hasta respuesta al “insolente joven”.



La otra cara de la moneda es la reseña en el mismo capítulo dedicada al español Rafael Cansinos Assens en “Las luminarias de Hanukah”, donde llega a transmitir la emoción con la que Borges se refiere por la obra de Cansinos “…cuya voz es clara y patética en perfección de prosa castellana…”

Los textos sobre la refutación de la rima en el Paradise Lost de Milton (el inglés Jhon Milton) en “Milton y su condenación de la rima” dejándonos la traducción de un rico texto de aquel libro; en “La balada de la cárcel de Reading” nos narra sobre la estética en la escritura de Wilde, así como lo autobiográfico encontrado en ella; en “Examen de un soneto de Góngora” desmenuza y analiza cada renglón de “Raya, dorado sol, orna y colora” donde juzga a su entender “sus aciertos posibles, y sus equivocaciones seguras, la de su flaqueza y su ternura enternecedoras ante cualquier reparo".

Borges incluye una “posdata” que inicia: “Confieso que este sedicente libro es una de citas: de haraganerías del pensamiento; de metáforas; mentideros de la emoción; de incredulidades; haraganerías de la esperanza.”
(Fragmento)

Encontramos en este libro a un joven Borges quien nos entrega sus opiniones sobre sus gustos literarios y también lo que le disgusta; su apego a lo “criollo”; su preocupación sobre el lenguaje en los textos “El idioma infinito”, “Palabrería para versos”, “La adjetivación”, “Profesión de fe literaria”; y lo que personalmente valoro más: nos muestra un universo de escritores, desde la perspectiva de un genio, los cuales, luego de saber de ellos, nos queda a nosotros sacar nuestras propias conclusiones en futuras lecturas.

domingo, 9 de mayo de 2010

Araldica Asti



Araldica Asti; Moscato Bianco 100%; sin añada; 7% Grad. Alc; Castel Boglione, Región Piemonte, Provincia de Asti (AT), Italia.

Buscando información sobre “Castel Boglione” encuentro que es una pequeña comunidad en la provincia de Asti con menos de 700 habitantes. Este es otro espumante de esa provincia y se diferencia entre los otros dos degustados (el Riccadonna y el Sperone) y ni que decir de los espumantes “tipo Asti”, aunque los brasileros hayan sido agradables (sobretodo el Amadeu), estos tienen una notoria diferencia quizá por la uva y la tierra en que fueron cultivadas.
Ayer sin querer llegué a un vídeo de un blog peruano (La Habitación de Spencer) donde hablaban de vinos. Después de 8 minutos de hablar mucho y no decir nada se vio que la joven guardaba la botella de vino en la refrigeradora: no terminé de verlo. Recordaba eso cuando decidimos abrir esta botella, porque un espumante lo puedes “resfriar” por “5 minutos cuando mucho”, y con reloj en mano, en la puerta de la refrigeradora. Jamás, nunca, debe ser colocado en la refrigeradora, ni en la parte inferior (echada en las rejillas) ni superior (menos aún si es un tinto como el de aquel vídeo: los tintos ni en la puerta, ni por 2 min.) porque lo único que se conseguirá es matar el vino, perdiendo éste todas sus características organolépticas.
En cuanto al espumante de la foto:
Su color es de un amarillo claro, muy tenue, con muchas “bolitas” (los entendidos le llaman “perlage”, yo burbujas o “bolitas”) de gran intensidad. Emana un suave y agradable aroma, para variar, a flores, y de sabor muy agradable y refrescante. Aquí la diferencia con sus otros dos vecinos: es dulce (vaya novedad, es un Asti), pero no con la intensidad del Riccadonna, éste tiene un ligero amargor (muy ligero, no llega a tener el amargor y acidez encontrados en el Sperone, aquí sólo es un leve amargor, más agradable); yo le sentí sabor a manzana verde y Cris no: ella sintió algo de madera. Fue comprado en diciembre junto con el Sperone pero recién ahora lo bebimos. Considerando sus RS39 que costó (unos $18) se torna mejor opción que los Riccadonna (que están a RS55, unos $27), en esta línea (los Asti) ya que son más caros. Este fue muy refrescante y agradable en una noche fresca aquí.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La Señora de Cao, Huacas del Sol y de la Luna,



Al día siguiente fuimos a visitar La Huaca Del Sol y de La Luna, ambas son pirámides truncas pertenecientes a la Cultura Mochica. Algo que olvidé mencionar en el post anterior de Trujillo: mi interés por que mi esposa Cristina conozca estos lugares se incrementó después de que pasaron el vídeo aquí en Brasil de unos “estudiantes” peruanos entre 14 y 15 años de edad que comenzaron a lanzar piedras y patadas en los muros de la Huaca Arco Iris del post anterior, destruyendo parte de ese complejo, lo grabaron y lo subieron a Youtube. Antes de que otro grupo de ignorantes destruyan estos hermosos lugares es mejor conocerlos. En su momento ella no entendía mi indignación por aquellos actos de aquellos adolescentes. Luego de conocer los recintos tampoco se explicaba qué pasaba por la cabeza de aquellos desadaptados, y es que, como cualquier extranjero, cuando se habla de visitar el Perú piensan solo en Machu Pichhu y no saben que existen muchos Complejos Arqueológicos de pueblos anteriores a los incas.

Se calcula que unos 60,000 turistas visitan estos complejos arqueológicos anualmente. Es una cifra baja ya que la mayoría de turistas extranjeros llegan al Perú por la ciudadela inca en Cusco y muy pocos saben de estos recintos Pre-Incaicos, rutas que son mucho más baratas que las que hay en Cusco, como esta. Sólo ahora que hubo lluvias y cerraron Machu Picchu (febrero 2010) hubo un incremento notable de visitantes extranjeros, quienes ya estando en el Perú y no podían visitar la ciudadela inca comenzaron a buscar otras opciones y encontraron éstas, que forman parte de “La Ruta Moche”, que está muy cerca de Lima (saliendo desde la capital peruana son en bus 8 horas ó 50 min. en avión a la ciudad de Trujillo) y de muy fácil acceso.



Estos complejos Moche se encuentran a unos 8 kms. aproximadamente de la ciudad y fueron clasificados por el arqueólogo alemán Max Uhle (Friedrich Maximiliano Uhle Lorenz) como “Proto Chimú”, luego continuó siendo estudiado por el arqueólogo peruano Julio C. Tello y posteriormente por el también peruano (nacido en el Valle de Chicama) Rafael Larco Hoyle, de quien la Fundación Telefónica editó "Los Mochicas" una excelente obra sobre esta cultura y obra cumbre de Larco Hoyle.

Según éste último estudioso los moches poseían un sistema de proto-escritura llamada “pallariforme” consistente en grabar líneas, puntos, zig-zags, entre otras figuras con diferentes significados en los pallares pintados y/o incisos en los diversos cerámicos que, por la variedad de diseños hacen pensar que tenían algún sistema original de transmisión de datos numéricos y posiblemente no numéricos.
La Huaca del Sol es la más grande y estaba en trabajos de manutención. Este recinto cuenta con cinco terrazas de 228 mts. de largo por 136 de ancho. Es un recinto escalonado de unos 43 mts. de altura y tenía fines administrativos.



La Huaca de la Luna se encuentra al frente, en las faldas de un cerro llamado “Cerro Blanco” por el color que tiene esta montaña. Este fue el recinto ceremonial religioso en la Cultura Moche, donde podemos apreciar diversos y bellos grabados de su Dios “Ai Apaec” o “El Dios Degollador”.







La huaca de la Luna tiene 6 pisos cada uno totalmente decorado con aquel rojo ocre típico en esta cultura que es el predominante, además de usar los colores negro, amarillo y blanco.





“El excepcional testimonio de los distintos edificios Moche, superpuestos en el espacio correspondiente al Patio Ceremonial, permite apreciar las características que presentaban en diferentes épocas los muros del lado Este y las variaciones en los relieves polícromos con la imagen del Dios Ai Apaec.
Del último Patio Ceremonial del Edificio “A” tan solo se conservan algunos fragmentos pero que aun así permiten reconstruir una versión naturalista del diseño de sus relieves. Le anteceden las versiones de los edificios “B” y “C” y el espectacular estado reconservación del Edificio “D” donde los motivos colaterales de los relieves revelan que estos tuvieron un diseño geométrico en sus versiones más antiguas.
Los Recintos anexos a la Plataforma de la Roca Sagrada y que se desarrollan entre esta y el Patio Ceremonial, contuvieron especiales edificaciones techadas que aparentemente estuvieron asociadas a actividades relacionadas con los rituales del sacrificio”
rezan las placas bilingües con que cuenta el complejo.

Uno de estos edificios estuvo acabado con relieves que representan un felino atacando a una mujer.
Estas edificaciones datan de entre los siglos I hasta el IX d.C., Se cree que el reino Mochica cayó por las inclemencias desatadas por la fuerte Corriente del Niño que hasta ahora azota la localidad. Luego de la caída del reino mochica el área fue ocupada por pobladores de las Culturas Chimú y Lambayeque hasta 1470, donde éstos fueron tomados por los incas y anexados a su imperio, para que a su vez éstos sean dominados por los españoles posteriormente.







Aquí se puede verificar el tamaño natural de los diseños comparándolos con la estatura del trabajador.




Por Resolución Directorial 001-INC desde enero del 2001 el INC dispuso la ubicación de por lo menos un perro sin pelo en todos los museos de sitio y zonas arqueológicas. Esta especie está en peligro de extinción. Por carecer de pelaje su cuerpo es muy caliente: recuerdo que mi abuela, que era de la sierra, me decía “son buenos para dormir con ellos a los pies”, como hasta hace algún tiempo algunas personas usaban bolsas de agua caliente para abrigarse. Esta raza es reconocida por ley como Patrimonio Nacional y Especie a Preservar. Recordemos que al ser descubierto “El Señor de Sipán” entre sus acompañantes estaba los restos de su can. Aquí, en la Huaca de la Luna se encuentran “Alaec” y “Llaipi” en sus casitas, cerca de la boletería,



Luego fuimos por segunda vez al restaurante “El Sombrero” donde ahora degustamos un delicioso Cebiche Mixto y un Chicharrón Mixto con una cerveza negra Cusqueña a la que Cris se hizo adicta: hay que aprovechar para comer rico en el Perú, aunque sepa cocinar y preparar algunas cosas, hay muchos ingredientes que no se encuentra en el extranjero.



Continuando con esta parte de “La Ruta Moche” fuimos para Magdalena de Cao, donde se sitúa “El Complejo El Brujo”, a conocer a la “Señora de Cao” o “La Dama de Cao”, única gobernante mujer hasta el momento, conocida también como la “Momia Tatuada”, con poco más de 1700 años de antigüedad.











Se cree que ella, así como “El Señor de Sipán”, es una “Cie-Quich” (Jaguar), o sea, reyes de los valles y dominios moches.
Los Moches eran una sociedad clasista: debajo de los “Cie-Quich” se encuentran:
El “Coriec”, el rey vencido y subordinado al poder de un soberano moche;
El Sacerdote, encabezado por el Sacerdote Guerrero y que habitaban los templos de forma piramidal;
El Pueblo, que agrupaba a los campesinos y pescadores.




Fue descubierta en el 2005 y dado a conocer en el 2006 por un grupo de arqueólogos peruanos comandados por Régulo Franco Jordán, graduado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Por los diseños en el brazo se cree que era una joven sacerdotisa, entre 20 y 25. Aun se desconoce los motivos de su muerte. Usaba una diadema y corona hecha de cobre dorado con una representación felina, además sus narigueras y collares son de oro. También había adornos en cuarzo y lapizlázuli. Cuenta con 2 cetros de cobre dorado. Al ser encontrada llevaba el cabello en dos trenzas. En cuanto a los tatuajes: los diseños en los tobillos y pies aún se desconoce el significado y están en estudio. Los bellos tatuajes de serpientes con arañas entrelazadas en el brazo derecho van desde la mano y recorren toda la extremidad, y se conservan en perfecto estado a pesar del tiempo ya que el cuerpo fue cubierto con cinabrio o sulfato de mercurio antes de envolverla en su ajuar para su conservación.



Por las pantallas plasma podemos apreciar el vídeo de las investigaciones, cuando fue visualizado con rayos láser antes de ser abierto el ajuar fúnebre, que pesaba más de 100 kilos y con 1,80 mts de alto. Lo que más sorprende es que, hasta el descubrimiento, se creía que sólo hombres podían ocupar los altos cargos de mando. Su gobierno se calcula fue unos 150 años después al de “El Señor de Sipán”. Es el descubrimiento más importante desde aquel antiguo gobernante mochica descubierto en la ciudad de Chiclayo.

Aquí el vídeo del descubrimiento. Ojalá que otras empresas privadas como la Fundación Wiesse puedan apoyar más investigaciones; estoy seguro que hay más por descubrir.



El “Museo de Cao” fue inaugurado a inicios de abril del 2009, y así como el “Museo Tumbas Reales de Sipán” sorprendió. Ambos cuentan con gran y moderna infraestructura -siendo el segundo más amplio por contener más restos arqueológicos– amplias pantallas plasma con recorridos en 3D reciben al visitante. Al igual que en el “Museo Tumbas Reales…” está totalmente prohibido tomar fotografías y/o filmar, así que todos los celulares, cámaras y demás se quedan en la entrada, sólo para ser grabado en la memoria y el corazón. Hay una bella enciclopedia que es vendida en la tienda del museo con excelentes tomas y datos de los objetos encontrados en su interior, pero por el precio y el peso de tamaña obra no lo pudimos adquirir; parece muy completo y es además bilingüe.
El museo está ubicado en el Valle de Chicama, cerca al mar y cerca de los recintos decorados con bellos murales donde se encontró a la gobernanta. Parece un bunker, y debe serlo por las reliquias que atesora. Es patrocinado por la Fundación Wiesse, y se nota por la excelente infraestructura que tiene. En el interior cuenta con seis salas con material arqueológico al que se le ha incorporado variables interpretativas de la antropología y de la historia del arte prehispánico. Todo ambientado con sonidos representativos de la época y figuras que cobran vida literalmente (3D). En cada sala entran cómodamente 25 personas, o sea, 150 personas a la vez en todo el museo. Las tres primeras salas están dedicadas al agua y a la importancia que le daban a este elemento en la antigüedad y, desde la sala 4 se inicia el recorrido por el mundo de los vivos, el mundo de los muertos y el de los ancestros, es ahí donde finalmente podemos apreciar la “Señora de Cao” en una amplia urna climatizada.

A la salida, luego de una breve caminata llegamos a la “Huaca de Cao Viejo” donde podemos apreciar los diseños polícromos y las estructuras en adobe con columnas de maderos de algarrobo.





















No hay fotografía que transmita lo visto en esos centros ceremoniales o “huacas”. De ahí regresamos a Huanchaco a descansar de las caminatas y felices por lo visto, preparándonos para el último día en Trujillo.

martes, 4 de mayo de 2010

Ficciones, Jorge Luis Borges



Ficciones; Jorge Luis Borges; 1956; Alianza Emecé (Alianza Editorial) 1993; Argentina.

Éste fue uno de los primeros libros que compré, mas no que leí; esperó su momento para encontrarme algo preparado y así poder saborear mejor el mundo de Borges. Ya había leído “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” que aparece en el libro “Antología de la Literatura Fantástica” (Ed. Sudamericana 1940): excelente libro donde Borges junto a los futuros esposos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo reúnen grandes cuentos de escritores, en su gran mayoría desconocidos para mí, e incluyen algunos de ellos. Borges colaboró con el cuento mencionado (además de “Odín”, escrito junto a Delia Ingenieros), perteneciente a lo que ahora se conoce como “Ficciones”, y que abre “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”. Recuerdo que terminé maravillado luego de la lectura de aquel cuento.

Inicialmente se había editado en “Sur” ocho cuentos bajo el título “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan” en 1941.
Luego en 1944 se adicionó seis cuentos más, todos bajo el título de “Artificios”, que, anexados a los de “El Jardín…” formaron “Ficciones”, editado también por Sur.
Recién en 1956 se suman tres cuentos más en “la serie” – así gustaba llamarla Borges - de “Artificios” que llega a ser la edición final de “Ficciones”, esta vez editado por Emecé.
La casa madrileña Alianza Editorial edita desde el año 1971 la obra de este genial escritor argentino, siendo la que tengo en mi pequeña biblioteca la vigésima reimpresión.

Cada una de las dos partes del libro cuenta con su propio prólogo, donde el autor explica - con una brevedad que asusta - los cuentos que encontraremos, sin delatar algún final y creando algo de misterio inclusive:

“La octava (El Jardín de Senderos que se Bifurcan) es policial; los lectores asistirán a la ejecución y a todos los preliminares de un crimen, cuyo propósito no ignoran pero que no comprenderán, me parece, hasta el último párrafo”.
(Fragmento del prólogo de “El Jardín…”)

Esto me hace recordar a otro genio, en otro ámbito: Alfred Hitchcock, en su seriado de “Alfred Hitchcock Presents…” de 1955 donde él aparecía al inicio de cada capítulo indicando, con fino humor negro, lo que iríamos a presenciar.

El humor también está presente aquí: en el segundo prólogo, el de “Artificios”, cuando Borges inicia con una modestia indigna de un genio:

“Aunque de ejecución menos torpe, las piezas de este libro no difieren de las que forman el anterior”.

Pensar que algún texto borgeano tenga alguna línea que siquiera pueda lindar con la torpeza debería ser considerado una blasfemia.

Borges intercala personajes ficticios como reales, siendo éstos últimos – lo más probable – los que él acostumbraba leer.
Si con Ribeyro descubrí al francés Guy de Maupassant; Bryce Echenique me incentivó a saber del norteamericano Ernest Hemingway; por Charles Bukowski comencé a escuchar al checo Gustav Mahler: así, después de leer algo de Borges escribí en un pequeño cuaderno que llevaba conmigo los nombres del argentino Martínez Estrada (Ezequiel), el inglés Thomas De Quincey y el alemán Arthur Schopenhauer con su “Parerga y Paralipónema” mencionados en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Nunca (hasta hoy) me topé con algo del primero.
Pero en ese afán por conocer otros escritores me topaba con muchos que a la postre no existen, y es que, en los textos del genio argentino él menciona de la misma manera a un Clausevitz – Carl Von Clausevitz, el libro de estrategia al que Borges hace mención sería “De la Guerra” - en “La Forma de la Espada” como a un Mir Bahadur Alí en “El Acercamiento a Almotásim” y al preguntar a los “vendedores de libros” por éste último escritor veía en sus rostros la misma cara de signo de interrogación que la mía, hasta que por ahí me topaba con un “librero” que no sólo sabía de su no existencia real y sí de su existencia en el mismo lugar donde yo lo encontré: un cuento de Borges.

De los 9 cuentos que conforman la primera serie del libro los que más me marcaron fueron “Las Ruinas Circulares”, “La Biblioteca de Babel” y el que da título a esta primera serie: “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”, sin que los otros sean menos por supuesto, sólo gusto personal y refutable por cierto.
De la segunda serie, “Artificios” a los que más cariño guardo son “La Forma de la Espada”, “La Muerte y la Brújula”, “Tres versiones de Judas”, “El Fin”, “La Secta del Fénix” y “El Sur”.
De esta serie transcribo “Tres Versiones de Judas” escrito en 1944, y que hace unos tres años, en el 2007 creo, el tema en mención estuvo muy tocado por un documental sobre él, Judas Iscariote.

Tres Versiones de Judas

There seemed a certainty in degradation.
T E. LAWRENCE, Seven Pillars of
Wisdom, CIII



En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Nils Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los conventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exornado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo xx y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emil Schering; se llama Der heimliche Heiland.)
Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun de Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubrir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serán ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y de análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las «pruebas». ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?
La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: «No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a judas Iscariote son falsas» (De Quincey, 1857).
Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De allí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aún más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.
Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesús; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo veintidós del evangelio de San Lucas.
Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.(1) Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: « El que se gloria, gloríese en el Señor» (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres. (2)
Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och_judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: «En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció» (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció ala agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.(3) Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto «Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Isaías 53: 2-3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.
En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?
Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.



(1) Borelius interroga con burla: «¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?».
(2) Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: «El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos».
(3) Maurice Abramowicz observa: «Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une villégiature». Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík)


1944



Como cualquier obra del maestro argentino Jorge Luis Borges es totalmente imprescindible su lectura.