domingo, 31 de mayo de 2015

21 Gables Pinotage 2011




Spier Cellar

21 Gables Pinotage 2011

14,5% Grad. Alc.

W.O. Stellenbosch, Sudáfrica.



Si por estos lares ya es difícil encontrar vinos estadounidenses, ni qué decir entonces de los sudafricanos. Son pocas las botellas y experiencias que hemos tenido con vinos de aquel país, pero recordamos dos en especial: uno trabajado con touriga nacional de la bodega Allesverloren, y un L’avenir, de la misma cepa del vino de la presente entrada, la uva insignia de Sudáfrica, pinotage.

Según la etiqueta el nombre de ésta línea de vinos hace referencia a las antiguas haciendas holandesas, de las cuales veintiún son de propiedad de esta bodega y están todas preservadas, siendo una de ellas la más antigua, data de 1692. Y, aunque por lo leído es una bodega con un rico historial sólo recién a inicios de la década del 70’ salió a la venta los vinos bajo el nombre de la bodega Spier en las etiquetas. Para nosotros lo cierto es que esta botella traía un vino de aquellos. Pasará un buen tiempo antes de que probemos un pinotage así.


Es de un fuerte color rubí, muy intenso, con mucho brillo, de mediana corpulencia, no es translúcido, forma grandes y persistentes lágrimas.

Aroma de frutos negros, como de mermelada por momentos, hay una muy leve sensación a madera, elegante. Hacia la tercera copa hay una sensación como esos rellenos de los bombones, ligeramente licorosos.

El espectáculo está en boca: las sensaciones afrutadas se refrendan: de inicio, una explosión de frutas, negras en particular. Aunque de mediana corpulencia llega a ser voluminoso en boca. De taninos muy sedosos, con final largo y con retrogusto lácteo.


Fue adquirido en Total Wine & More de Chesapeake, VA, a US$ 25 (unos S/70 soles ó RS 70 reais, en octubre del año pasado) y a ese precio tiene una excelente rpc. De ser vendido en Brasil costaría el triple y ahí ya pierde gracia.

Um vinho muito fino, dice Cris, quien a cada sorbo soltaba un elogio para este caldo. Tiene mucha presencia sin perder aquella elegancia que sorprende. Un tinto muy sabroso, absolutamente memorable. 







Prohibido olvidar - Rubén Blades

Un tema que le cae como un guante al Perú y Brasil como a varios otros países de Latinoamérica es éste, el segundo del lado B del disco "Caminando" de 1991 del maestro panameño Rubén Blades. Este fin de semana escuchando algunos discos de salsa, que no dejan de ser novedosos para Cris.   

martes, 26 de mayo de 2015

La triste batalla: la leyenda iraní de Rostam y Sohrab




Editora : Shinseken

Año de publicación : 2003 


Traducción : Eduardo Campelo

Ilustraciones : Hamid Reza Beidaghi



Desde antes que Sofía nazca yo ya le compraba libros para leérselos. Así, desde que ella paseaba en la panza de Cris está expuesta –además de innumerables y diversas canciones, ritmos, músicas- a historias de distintas realidades. Una de ellas es esta leyenda iraní, y lo trágico no desmotiva a ofrecérselo, ahora que entiende algunas cosas, pues lamentablemente lo trágico está en el cotidiano: al encender la tv, la radio en el auto, al ojear un periódico virtual; en esta historia, como en tantas otras, una reflexión se devela.

Rostam era un feroz e implacable guerrero con una visión especial para el arte de la estrategia, lo que lo tornaba victorioso en varias guerras. Sohrab a su vez era un joven con habilidades similares al experimentado guerrero anterior. El irónico destino hará que sus caminos se crucen, sin saber ambos que están frente a frente del padre e hijo que tanto anhelan conocer.

La ambición, el poder, el hambre por expandir sus territorios les jugará una mala pasada, convirtiendo a uno de ellos, al vencedor, en el más desdichado hombre sobre la faz de esta tierra, perdiendo no solo sus ganas por más victorias, sino también sumergiéndolo en la más triste miseria.

Una mención especial a la editorial japonesa Shinseken, cuyas publicaciones son todas de excelente padrón, recogiendo historias que por ahí están perdidas y ofreciéndolas en portugués, inglés, español y japonés. Yo tengo una imagen formada de cada editorial: Seix Barral, Cosac Naify, Barral Editores, Companhia Das Letras, Alianza Editorial, Editora 34, Anagrama, Record, Sudamericana, Globo, Losada, Estação Liberdade, Milla Batres, Editora Brasiliense, Peisa, Alfaguara, Berlendis & Vertecchia, Emecé, ufff…., así de memoria, todas ellas y sin ningún orden específico están entre mis preferidas, porque ofrecen un catálogo muy interesante de autores y libros en apropiadas ediciones. La editorial Shinseken la adjunto en ese grupo. Tenemos varios libros de ellos en casa, algunos en dos idiomas diferentes, todas con historias de diversas partes del mundo, como queriendo rescatar del anonimato relatos con mucha historia y con grandes moralejas, y con ilustraciones de diferente tipo, todos muy de acorde con lo encontrado en los textos. En diciembre, aprovechando que pude encontrar varias de la misma obra en castellano, me llevé aquellos libros de esta editora para regalárselos a mis sobrinos por navidad. Ojalá mis primos se las lean. 

Intentaré subir los libros de ella –aunque obviamente no siempre las historias- cada vez que yo esté leyendo algún otro libro de dimensiones de un ladrillo. 

La obra de esta entrada está ilustrada por el artista iraní Hamid Reza Beidaghi, con diseños de fuertes trazos, donde los colores cobrizos y ambarinos se alternan, siendo el color turquesa utilizado para la grande lágrima del dibujo final muy atrayente, como reflexionando ante el triste final. Papai, ele está chorando, está triste…, me dice Sofía, cuando no se duerme antes del final. Si se topan con algún libro de esta editorial Shinseken, denle una oportunidad, pues muy probablemente la historia que alberga les será más que interesante.





Había una vez, en Persia, un guerrero llamado Rostam. Él era el más valiente, poderoso e inteligente guerrero de todo el reino, y era respetado por todos.

Un día, montando su famoso corcel Rakhsh, fue a cazar en los bosques que separan a Persia del reino del Toram. Cazó una presa, llenó su estómago con ella y se echó en el suelo a dormir una siesta. Pero cuando despertó, descubrió que su caballo se había ido. Él estaba convencido de que había sido robado por ladrones del vecino Toram, así que fue al palacio real y le pidió al Rey que le devolvieran su caballo.

Cuando el caballo fue encontrado y devuelto a Rostam, el Rey organizó un banquete en su honor y dijo, “lamento que algunos de mis indignos hombres te hayan deshonrado, y me gustaría enmendar los problemas que ellos te han causado. Dime lo que deseas en compensación.

Luego Rostam recordó que el rey tenía una hija llamada Tahmineh, de cuya extraordinaria belleza se hablaba en toda Persia. Así pues, manifestó su pedido: “deseo la mano de vuestra hermosa hija en matrimonio.

El Rey estaba complacido de tener a tan poderoso guerrero como su yerno, así que llevó a cabo la boda sin demora.



Rostam estaba disfrutando su vida de casado en Toran, cuando el Rey de Persia le mandó llamar para pelear una guerra contra un país vecino. Era una tarea normal para un guerrero el pelear por su Rey en tiempos de necesidad. Así que Rostam se despidió con tristeza de su esposa, prometiéndole que volvería tan pronto terminara la guerra.

Luego, alcanzándole un hermoso cinturón adornado con joyas, le dijo, “te dejo esto, como símbolo de mi amor, para nuestro hijo que nacerá pronto. Si la criatura es una niña, quiero que lo use alrededor de su cabeza. Si es un varón, puede usarlo alrededor de su brazo.

Tahmineh dio a luz a un niño al que llamó Sohrab.

Pasaron los años. Persia aún continuaba peleando sus guerras, una después de otra, y Rostam no regresaba a su hogar.

El pequeño Sohrab preguntó a su madre, “¿quién es mi padre? ¿Por qué no está él aquí?

Con tristeza, su madre le contestó, “tu padre se llama Rostam y es el más poderoso guerrero de toda Persia. Él no puede venir porque está ocupado peleando por su país.

Como nieto del Rey, el pequeño Sohrab fue entrenado en las artes marciales, y rápidamente demostró ser un excelente luchador. Parecía haber heredado de su padre el instinto para la lucha y el potencial para ser un gran guerrero.

Pasaron muchos años. Sohrab era ahora un joven y valiente guerrero, que peleaba por Toran y ganaba muchas batallas. Cada vez que resultaba victorioso, deseaba que su padre hubiera estado allí para sentirse orgulloso de él. Luego comenzó a pensar que si el destino le llevara a derrotar al Rey de Persia, él podría unirse a su poderoso padre para gobernar juntos el país.

Cuando Sohrab compartió esta idea con su abuelo, el ambicioso Rey de Toram quedó encantado. Entonces le dijo a su nieto, “Persia está peleando ahora una guerra contra otro país, y la mayor parte de su ejército debe haber partido al campo de batalla. Así que este podría ser el momento ideal para atacar al Rey ya que ha de estar prácticamente indefenso. Ve con mi ejército más poderoso y regresa trayéndome buenas noticias.

El ejército de Sohrab marchó hacia la capital de Persia, venciendo a cuanto enemigo se cruzase en su camino, hasta que se encontró con un poderoso ejército. Eran las tropas lideradas por Rostam, que había sido llamado por su Rey para pelear contra este nuevo y poderoso rival. Pero ni Rostam ni Sohrab se dieron cuenta que estaban luchando contra alguien de su propia sangre. Pronto el padre y el hijo comenzaron a pelear ferozmente, uno contra el otro. La extraordinaria destreza de Sohrab sorprendió poderosamente a Rostam, que nunca había encontrado un hombre con la fuerza suficiente para igualar la suya.
Ambos pelearon y pelearon hasta que el sol se puso, sin que ninguno de ellos resultara vencedor.

Al amanecer del día siguiente se reanudó la batalla. Rostam y Sohrab comenzaron a cruzar lanzas con ferocidad. Pero esta vez el combate no duró mucho, ya que Rostam arremetió contra Sohrab con su daga y lo apuñaló.

Sohrab cayó de su caballo quejándose de dolor, “me has vencido. Pero espera y observa. Mi poderoso padre seguramente se vengará de ti.

¿Y quién es acaso tu padre?”, preguntó Rostam intrigado.

Rostam, el guerrero más poderoso de la tierra”, contestó Sohrab, con su último aliento.

Rostam quedó aturdido. De repente se dio cuenta que el brazalete que este joven guerrero estaba usando era el cinturón enjoyado que había dejado para su hijo muchos años antes.

¡Oh, tú eras mi hijo!”, gritó con desesperación mientras sostenía la cabeza de Sohrab en su regazo. “¡Haz crecido para convertirte en un bravo guerrero y ahora yo te he asesinado con mis propias manos!” Una sensación aplastante de tristeza y remordimiento cayó sobre él. Permaneció allí, en el suelo, sintiendo como toda su fuerza se desvanecía lentamente.

La batalla terminó con la abrumadora victoria de Persia. Sin embargo Rostam no se sintió capaz de unirse a los festejos de su tropa. Era la primera vez en su gloriosa carrera como guerrero que no tomaba parte de su propia celebración de victoria. Durante muchos, muchos años, él consumió su vida lamentando lo que había perdido para siempre. Y por muchas generaciones, el pueblo derramó lágrimas sobre esta trágica historia.

jueves, 21 de mayo de 2015

Don Manuel Tannat 2012




Viña Tacama

Don Manuel Tannat 2012

14,5% Grad. Alc.

La Tinguiña, Ica, Perú.



Segundo vino peruano que podemos degustar este año, y es de la misma bodega Tacama, la línea mayor denominada premium que tiene es éste Don Manuel. Pudimos ver que hay otro varietal de Petit Vedot en ésta línea, pero lamentablemente ya no entraban en las maletas.


De un rojo púrpura muy intenso, negro hacia el centro, denota una mediana corpulencia, forma lágrimas medianas de mediana persistencia.

Lo afrutado se percibe primero, moras, frambuesas, fresas, hay un toque dulzón. También una sensación láctea.

De consistencia media, las notas afrutadas de la etapa anterior destacan, como de mermelada, de taninos sedosos, con una buena acidez, de final largo con retrogusto lácteo.


Acompañó muy bien la parrillada del fin de semana. Adquirido en Wong de la Av. Dos de mayo, en el límite de San Isidro con Lince a S/ 89 soles (unos RS 91,50 reais ó US$ 30,50 dólares a finales de enero del presente año), tiene una buena rpc. A pesar de ser caro para los padrones peruanos consideramos que este tinto tiene una buena rpc por todo lo que ofrece. Aunque quizá no cuente con esa potencia de sus similares uruguayos, este tannat iqueño e
s muy elegante, fresco, fue bien con una tabla de frios, pero mejor con la comida, un lomo saltado. Las buenas experiencias con los tintos de Tacama reafirman en nosotros nuestro gusto por los nuevos vinos hechos en el Perú. 




A Storyless Junkie - PAX

Ya que estamos con vino peruano esta fria noche curitibana vamos con algo de rock peruano también. PAX es una banda peruana de finales de la década de los 60's con fuerte influencia de Deep Purple, a quienes telonearon hace pocos años en Lima. Su disco, el de 1972 es una raridad total, y puede alcanzar cifras exorbitantes. Aunque parece haber nuevas ediciones nosotros ni en cd lo hemos visto. El tema que dejamos es el primero del lado A.

viernes, 15 de mayo de 2015

Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges



Año de publicación : 1935

Año de la presente edición : 1996

Editora : Alianza Editorial



Vaya colección que nos regala Jorge Luis Borges en esta pequeña –de tamaño- gran obra. Los hay para todos los gustos, y de los lugares más apartados, pues en todo lugar hechos infames se han ejercido desde el inicio de los tiempos, aunque de diferente manera, como queriendo evidenciar que ésta raza humana realmente fue un proyecto errado, pues en mayor o menor medida esa característica destructiva está en lo más profundo del ser humano.

Un hecho curioso es que a pesar de las acciones que los diversos personajes realizan Borges se las ingenia para presentarlas de una manera divertida. El primer grupo intitulado como el libro nos trae a un impostor londinense, nómada, cual gitano (“El impostor inverosímil Tom Castro”); un canalla norteamericano (“El espantoso redentor Lazarus Morrel”); un certero sicario, compatriota del anterior (“El proveedor de iniquidades Monk Eastman”); una cruel y salvaje pirata china (“La viuda Ching, pirata”); un precoz y frio asesino (“El asesino desinteresado Bill Harrigan”); un japonés carente de honor (“El incivil maestro de ceremonias Kosuké no Suké”); y un embustero y falso profeta (“El tintorero enmascarado Hákim de Merv”).

Cada uno de estos siete relatos son basados en hechos reales, dejando Borges un índice de las fuentes en las que se inspiró hacia el final del libro. “El hombre de la esquina rosada”, a diferencia de los que lo anteceden es una ficción que no es basada en escrito alguno, y que apareció bajo el pseudónimo de Francisco Bustos. Ya el grupo posterior denominado “Etcétera” trae ocho relatos, todos muy breves, pero tan o más sucedidos que los del primer grupo.

Toda la complejidad como la bajeza del ser humano se puede ver retratada en éste conjunto que Borges nos ofrece, y no sólo observarlos con desdén desde otra orilla, quién sabe si hasta podríamos vernos reflejados en alguno de ellos; quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Esta publicación de Alianza Editorial trae los prólogos de la primera edición de 1935, y también la de 1954, y desde esos primeros y breves escritos ya uno empieza a disfrutar del rico manejo del lenguaje del que el maestro Borges hace gala. Este libro es toda una joyita, los escritos de Borges son realmente adictivos. 






El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké


El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas, conmemoran el hecho - para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes - tal es su nombre - es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de "orientalismo" deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.


La cinta desatada

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.

El simulador de la infamia

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable. Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.

Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que 1o ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza?¡Oh, tú indigno del nombre de Samurai!

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.

Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.


La cicatriz

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.

Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.
En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.


El testimonio

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor. En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.

La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.


El hombre de Satsuma

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.

El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.

Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales - salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.


Tales of Old Japan by A.B. Mitford, London, 1912 

Páginas del 73 al 81.








The thrill is gone - B.B. King 

Hoy iba a dejar un tango, pues recordé que hace algunos meses atrás había escuchado cantar algunos a Jorge Luis Borges: "creo que he sido suficientemente desafinado, correctamente desafinado, históricamente desafinado", decía, tras aventurarse a cantar algunos de su preferencia. Pero hoy, un grande músico nos dejó, así que un tema de B. B. King acompaña una entrada sobre Borges. 

El tema que dejo es uno de los primeros que escuché, porque Luciano Pavarotti en uno de esos shows que hacía para recaudar fondos invitaba músicos y cantantes tan dispares para alternar con él. De aquel show, donde quería escuchar al tenor al lado de Joe Cocker, casi sin querer pude conocer este tema con B. B. King. Fue así que supe de él, de sus punteos cortos, de sus diversas muecas, de la pasión que derrochaba cuando acariciaba a su ahora viuda Lucille. 

Descanse en paz, maestro. 

lunes, 11 de mayo de 2015

Esporão Private Selection Branco 2011




Herdade do Esporão

Esporão Private Selection Branco 2011

Antão Vaz - Semillón

14,5% Grad. Alc.

Alentejo D.O.C. Portugal.




A pesar del precio al que por aquí llegan, siempre que podemos intentamos hacernos con un vino Esporão y tenerlo ahí, entre el grupo de la esquina de la casa, y para éste caso pensamos que un Private Selection blanco iría muy bien con las sardinas con tomate y espinacas que empezábamos a preparar, y así fue.



Es de un amarillo brillante, fuerte, es denso, es corpulento, forma lágrimas grandes de mucha persistencia.

Aroma afrutado, piña, también algo cítrico, cáscara de mandarina, hay un toque mineral, aroma de mediana persistencia.

En boca es untuoso, muy elegante. Denso, voluminoso, llena la boca. Las notas afrutadas en la medida exacta, sin anteponerse o eclipsar otras. Hay un toque muy leve de tostado, un almendrado también. De final largo con retrogusto a mantequilla.


Como en los vinos de la línea Reserva de esta serie la artista plástica portuguesa Lourdes De Castro es la encargada de diseñar la etiqueta.

Adquirido en Cave & Empório Familia Scopel aquí en Curitiba (vinoteca frente al Mercado Municipal) a finales del año 2013. Es un blanco que hacia la última copa ya extrañas, de esos vinos que dan la sensación de que se acaban rápido. Y aunque solo va bien se complementa y queda mejor con comida, en este caso armonizó muy bien con las sardinas cocinadas en olla a presión. Muy elegante, untuoso, es toda una delicia -como dicen por acá- el poder saborearlo. Realmente un vinazo. 





Fils de cham - Tété

El primer tema, luego del interludio, del cd "Le Sacre des lemmings et autres contes de la lisière" del cantautor senegalés Tété es éste tema que dejamos. Entre otros es el que suena en esta noche fria curitibana acompañando nuestra cena. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, Charles Bukowski




Título original : Erections, ejaculations, exhibitions, and general tales of ordinary madness

Año de publicación : 1972

Año de la presente edición : 1996

Editorial : Anagrama

Traducción : J. M. Álvarez y Ángela Pérez.




¡Un Bukowski por favor!, imploro a la montaña de grandes cajas de un plástico duro (son 12, por ahora) que albergan mi biblioteca embolsada (cada libro debidamente enfundado en aquellas bolsitas transparentes, para intentar alejarlos lo más posible del polvo), pues si las mudanzas de un barrio a otro ya son jodidas, de un país a otro lo son más. Cris, amable ella, guardó los libros que traje de Lima en dichas cajas. En cuanto cupiesen ella seguía guardando, quitando unos de aquí, acomodándolos en otra caja allá y así, saltándose olímpicamente los letreritos que yo pegué en las laterales donde evidenciaba el orden por países, pero cumpliendo a rajatabla aquello de no dejar siquiera uno fuera de ellas.

Después de una larga búsqueda por fin lo encontré. Diecinueve son los relatos que este libro trae, disímiles unos de otros, algunos muy bien logrados y otros no tanto, y aunque no brillen como los del primer grupo tienen un aura especial, con todos los elementos y características de su literatura. Sólo cinco relatos no me entusiasman, tornando el balance final muy satisfactorio.

Comienzo a evidenciar de aquel segundo grupo cuando termino “Doce monos voladores que no querían fornicar adecuadamente”, y aunque el título es bien bukowskiano y el relato inclusive tiene ese ambiente muy de él, en sí no caló fondo, quizá por venir justamente después de los cuatro primeros que sí disfruté bastante. Destaco aquella característica de Hank, un gran observador, narrándonos cada friki que cruza su camino.

Un coño blanco” es quizá el que más desapercibido pasa, pero eso sí, aquello de sólo con el delantal es una gran sugestión.

Cuantos chochos queramos” está narrado en tercera persona, donde Harry y Duke son los personajes principales. Son como dos historias en una que no llegan a fusionarse del todo.

Luego los otros dos vienen juntos: “La gran boda zen”, y “Los Cristos estúpidos”. Los dos guardan una similitud: son muy extensos, o peor, parecen serlo, la trama no me divierte en nada como otros relatos de este libro y pasan esa impresión de interminables.

Los catorce restantes fueron disfrutados a plenitud. Ya extrañaba escritos así, e inicia de gran manera con “La chica más guapa de la ciudad” donde el suicidio parece inminente en Cass, la chica del título, la chica de Hank.

Kit Stardust en el matadero” narra una derrota, una de tantas. No hay espacio para la depresión.

En “Vida en un prostíbulo de Tejas” Bukowski no es un asalariado, sino un periodista que persigue una mujer a quien conoció de manera fortuita, pero sin saber acaba en el lugar que menciona el título.

Quince centímetros” sorprende por ser un relato fantástico, y Bukowski se sale muy bien. Uno de los más logrados.

Nacimiento, vida y muerte de un periódico underground” es uno de los más extensos del grupo. Toda la interna de un joven periódico, Open Pussy, donde el personaje Bukowski escribe su columna “Notas de un viejo asqueroso”. Es muy envolvente desde un inicio, a pesar de su extensión se lee rápidamente, vertiginoso.

El día que hablamos de James Thurber” trata de la suplantación de otra persona. Aunque generándose inicialmente como un equívoco Hank se hace pasar por un famoso poeta francés de quien era huésped, tan famoso por los poemas que escribe como por el tamaño de su miembro, recibiendo Hank los honores que todo poeta respetado debe recibir por parte de sus afiebrados lectores.

El asesinato de Ramón Vásquez” tiene un inicio totalmente diferente, muy fuerte, crudo, donde dos hermanos asesinan al del título. Basado en un hecho real, aunque el autor diga que no ha sido influido por tal, o por alguna noticia de aquel hecho en una advertencia al inicio de este relato, todo hace parecer que se basa en el asesinato del actor mexicano Ramón Novarro, todo un galán de Hollywood en la primera mitad del siglo pasado quien tuvo un trágico final, como el Ramón del cuento. Es otro de los más logrados del grupo.

Un compañero de trago” Bukowski nos presenta otro friki más, pero uno muy violento, Jeff. Toda esa violencia reprimida y desencadenada de pronto parece esconder un trauma de niñez.

La barba blanca” es un título muy sugestivo, delata un abuso de Herb a manera de travesura. Ambientado en una tregua, el relato está enmarcado en la total miseria que una guerra puede ofrecer.

Un 45 para pagar los gastos del mes” nos presenta a Duke, un ladrón, tal vez hasta asesino si las circunstancias lo ameritan, pero a la vez parece ser un gran padre. Una dualidad interesante en un mismo personaje.

En la cárcel con el enemigo público número uno” las vicisitudes del personaje Bukowski en la cárcel rinden muy buenos trechos. “Demasiado sensible” derrocha ironía más que otros relatos; en una “Ciudad maligna” Frank encontrará pecado por donde vaya, sintiéndose rodeado a cada paso reaccionará, convirtiéndose en lo que probablemente deteste; y en “¡Violación! ¡Violación!” una inocente parafilia en una voluptuosa mujer llevará a Hank del cielo al infierno en poco tiempo, éste último es otro relato que está entre los mejores del grupo.






En estas páginas abunda aquella sinceridad desgarradora y brutal típica en casi todos los libros suyos. Parece interminable la colección de frikis que desfilan en esta obra probablemente extraídas de jugosas anécdotas concretizando relatos inolvidables llenos de ese humor ácido. Tanta crudeza podría parecer soez en varios momentos, Bukowski a su manera, celebra la vida.


                         Quince centímetros



Los primeros tres meses de mi matrimonio con Sara fueron aceptables, pero luego empezaron los problemas. Era una buena cocinera, y yo empecé a comer bien por primera vez en muchos años. Empecé a engordar. Y Sara empezó a hacer comentarios.

—Ay, Henry, pareces un pavo engordando para el Día de Acción de Gracias.

—Tienes razón, mujer, tienes razón —le decía yo.

Yo trabajaba de mozo en un almacén de piezas de automóvil y apenas si me llegaba la paga. Mis únicas alegrías eran comer, beber cerveza e irme a la cama con Sara. No era precisamente una vida majestuosa, pero uno ha de conformarse con lo que tiene. Sara era suficiente. Respiraba SEXO por todas partes. La había conocido en una fiesta de Navidad de los empleados del almacén. Trabajaba allí de secretaria. Me di cuenta de que ninguno se acercaba a ella en la fiesta y no podía entenderlo. Jamás había visto mujer tan guapa y además no parecía tonta. Sin embargo, tenía algo raro en la mirada. Te miraba fijamente como si entrara en ti y daba la impresión de no parpadear. Cuando se fue al lavabo me acerqué a Harry, al camionero.

—Oye Harry —le dije—. ¿Cómo es que nadie se acerca a Sara?

—Es que es bruja, hombre, una bruja de verdad. Ándate con ojo.

—Vamos, Harry, las brujas no existen. Está demostrado. Las mujeres aquellas que quemaban en la hoguera antiguamente, era todo un error horrible, una crueldad. Las brujas no existen.

—Bueno, puede que quemaran a muchas mujeres por error, no voy a discutírtelo. Pero esta zorra es bruja, créeme.

—Lo único que necesita, Harry, es comprensión.

—Lo único que necesita —me dijo Harry— es una víctima.

—¿Cómo lo sabes? .

—Hechos —dijo Harry—. Dos empleados de aquí. Manny, un vendedor, y Lincoln, un dependiente.

—¿Qué les pasó?

—Pues sencillamente que desaparecieron ante nuestros propios ojos, sólo que muy lentamente... podías verles irse, desvanecerse. ..

—¿Qué quieres decir?

—No quiero hablar de eso. Me tomarías por loco.

Harry se fue. Luego salió Sara del water de señoras. Estaba maravillosa.

—¿Qué te dijo Harry de mí? —me preguntó.

—¿Cómo sabes que estaba hablando con Harry?

—Lo sé —dijo ella.

—No me dijo mucho.

—Pues sea lo que sea, olvídalo. Son mentiras. Lo que pasa es que le he rechazado y está celoso. Le gusta hablar mal de la gente.

—A mí no me importa la opinión de Harry —dije yo.

—Lo nuestro puede ir bien, Henry —dijo ella.

Vino conmigo a mi apartamento después de la fiesta y te aseguro que nunca había disfrutado tanto. No había mujer como aquélla. Al cabo de un mes o así nos casamos. Ella dejó el trabajo inmediatamente, pero yo no dije nada porque estaba muy contento de tenerla. Sara se hacía su ropa, se peinaba y se cortaba el pelo ella misma. Era una mujer notable, muy notable.

Pero como ya dije, hacia los tres meses, empezó a hacer comentarios sobre mi peso. Al principio eran sólo pequeñas observaciones amables, luego empezó a burlarse de mí. Una noche llegó a casa y me dijo:

—¡Quítate esa maldita ropa!

—¿Cómo dices, querida?

—Ya me oíste, so cabrón. ¡Desvístete!

No era la Sara que yo conocía. Había algo distinto. Me quité la ropa y las prendas interiores y las eché en el sofá. Me miró fijamente.

—¡Qué horror! —dijo—. ¡Qué montón de mierda!

—¿Cómo dices, querida?

—¡Digo que pareces una gran bañera llena de mierda!

—Pero querida, qué te pasa... ¿Estás en plan de bronca esta noche?

—¡Calla! ¡Toda esa mierda colgando por todas partes!

Tenía razón. Me había salido un michelín a cada lado, justo encima de las caderas. Luego cerró los puños y me atizó fuerte varias veces en cada michelín.

—¡Tenemos que machacar esa mierda! Romper los tejidos grasos, las células...

Me atizó otra vez, varias veces.

—¡Ay! ¡Que duele, querida!

—¡Bien! ¡Ahora, pégate tú mismo!

—¿Yo mismo?

—¡Sí, venga, condenado!

Me pegué varias veces, bastante fuerte. Cuando terminé los michelines aún seguían allí, aunque estaban de un rojo subido.

—Tenemos que conseguir eliminar esa mierda —me dijo.
Yo supuse que era amor y decidí cooperar...

Sara empezó a contarme las calorías. Me quitó los fritos, el pan y las patatas, los aderezos de la ensalada, pero me dejó la cerveza. Tenía que demostrarle quién llevaba los pantalones en casa.

—No, de eso nada —dije—, la cerveza no la dejaré. ¡Te amo muchísimo, pero la cerveza no!

—Bueno, de acuerdo —dijo Sara—. Lo conseguiremos de todos modos.

—¿Qué conseguiremos?

—Quiero decir, que conseguiremos eliminar toda esa grasa, que tengas otra vez unas proporciones razonables.

-¿Y cuáles son las proporciones razonables? —pregunté.

—Ya lo verás, ya.


Todas las noches, cuando volvía a casa, me hacía la misma pregunta.

—¿Te pegaste hoy en los lomos?

—¡Si, mierda, sí!

—¿Cuántas veces?

—Cuatrocientos puñetazos de cada lado, fuerte.

Iba por la calle atizándome puñetazos. La gente me miraba, pero al poco tiempo dejó de importarme, porque sabía que estaba consiguiendo algo y ellos no...


La cosa funcionaba. Maravillosamente. Bajé de noventa kilos a setenta y ocho. Luego de setenta y ocho a setenta y cuatro. Me sentía diez años más joven. La gente me comentaba el buen aspecto que tenía. Todos menos Harry el camionero. Sólo porque estaba celoso, claro, porque no había conseguido nunca bajarle las bragas a Sara.

Una noche di en la báscula los setenta kilos.

—¿No crees que hemos bajado suficiente? —le dije a Sara—. ¡Mírame!

Los michelines habían desaparecido hacía mucho. Me colgaba el vientre. Tenía la cara chupada.

—Según los gráficos —dijo Sara—, según los gráficos, aún no has alcanzado el tamaño ideal.

—Pero oye —le dije—, mido uno ochenta, ¿cuál es el peso ideal?

Y entonces Sara me contestó en un tono muy extraño:

—Yo no dije «peso ideal», dije «tamaño ideal». Estamos en la Nueva Era, la Era Atómica, la Era Espacial, y, sobre todo, la Era de la Superpoblación. Yo soy la Salvadora del Mundo. Tengo la solución a la Explosión Demográfica. Que otros se ocupen de la Contaminación. Lo básico es resolver el problema de la superpoblación; eso resolverá la Contaminación y muchas cosas más.

—¿Pero de qué demonios hablas? —pregunté, abriendo una botella de cerveza.

—No te preocupes —contestó—. Ya lo sabrás, ya.

Empecé a notar entonces, en la báscula, que aunque aún seguía perdiendo peso parecía que no adelgazaba. Era raro. Y luego me di cuenta de que las perneras de los pantalones me arrastraban... y también empezaban a sobrarme las mangas de la camisa. Al coger el coche para ir al trabajo me di cuenta de que el volante parecía quedar más lejos. Tuve que adelantar un poco el asiento del coche.

Una noche me subí a la báscula.

Sesenta kilos.

—Oye Sara, ven.

—Sí, querido...

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Parece que estoy encogiendo.

—¿Encogiendo?

—Sí, encogiendo.

—¡No seas tonto! ¡Eso es increíble! ¿Cómo puede encoger un hombre? ¿Acaso crees que tu dieta te encoge los huesos? Los huesos no se disuelven! La reducción de calorías sólo reduce la grasa. ¡No seas imbécil! ¿Encogiendo? ¡Imposible!

Luego se echó a reír.

—De acuerdo —dije—. Ven aquí. Coge el lápiz. Voy a ponerme contra esta pared. Mi madre solía hacer esto cuando era pequeño y estaba creciendo. Ahora marca una raya ahí en la pared donde marca el lápiz colocado recto sobre mi cabeza.

—De acuerdo, tontín, de acuerdo —dijo ella.

Trazó la raya.


Al cabo de una semana pesaba cincuenta kilos. El proceso se aceleraba cada vez más.

—Ven aquí, Sara.

—Sí, niño bobo.

.—Vamos, traza la raya.

Trazó la raya.

Me volví.

—Ahora mira, he perdido diez kilos y veinte centímetros en la última semana. ¡Estoy derritiéndome! Mido ya uno cincuenta y cinco. ¡Esto es la locura! ¡La locura! No aguanto más. Te he visto metiéndome las perneras de los pantalones y las mangas de las camisas a escondidas. No te saldrás con la tuya. Voy a empezar a comer otra vez. ¡Creo que eres una especie de bruja!

—Niño bobo...


Fue poco después cuando el jefe me llamó a la oficina.

Me subí en la silla que había frente a su mesa.

—¿Henry Markson Jones II?

—Sí señor, dígame.

—¿Es usted Henry Markson Jones II?

—Claro señor.

—Bien, Jones, hemos estado observándole cuidadosamente. Me temo que ya no sirve usted para este trabajo. Nos fastidia muchísimo tener que hacer esto... quiero decir, nos fastidia que esto acabe así, pero...

—Oiga, señor, yo siempre cumplo lo mejor que puedo.

—Le conocemos, Jones, le conocemos muy bien, pero ya no está usted en condiciones de hacer un trabajo de hombre.

Me echó. Por supuesto, yo sabía que me quedaba la paga del desempleo. Pero me pareció una mezquindad por su parte echarme así...

Me quedé en casa con Sara. Con lo cual, las cosas empeoraron: ella me alimentaba. Llegó un momento en que ya no podía abrir la puerta del refrigerador. Y luego me puso una cadenita de plata.

Pronto llegué a medir sesenta centímetros. Tenía que cagar en una bacinilla. Pero aún me daba mi cerveza, según lo prometido.

—Ay, mi muñequito —decía—. ¡Eres tan chiquitín y tan mono!

Hasta nuestra vida amorosa cesó. Todo se había achicado proporcionalmente. La montaba, pero al cabo de un rato me sacaba de allí y se echaba a reír.

—¡Bueno, ya lo intentaste, patito mío!

—¡No soy un pato, soy un hombre!

—¡Oh mi hombrecín, mi pequeño hombrecito!

Y me cogía y me besaba con sus labios rojos...


Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:

—¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!

En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio mientras ella batía palmas y reía. Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron almorranas. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance.

Le hacía canciones a Sara y las llamaba así: Canciones para Sara:


sí, no soy más que un mosquito, no hay problema mientras no me pongo caliente, entonces no tengo dónde meterla, salvo en una maldita cabeza de alfiler.

Sara aplaudía y se reía.

Si quieres ser almirante de la marina de la reina no tienes más que hacerte del servicio secreto, conseguir quince centímetros de altura y cuando la reina vaya a mear atisbar en su chorreante coñito...

Y Sara batía palmas y se reía. En fin, así eran las cosas. No podían ser de otro modo...


Pero una noche pasó algo muy desagradable. Estaba yo cantando y bailando y Sara en la cama, desnuda, batiendo palmas, bebiendo vino y riéndose. Era una excelente representación. Una de mis mejores representaciones. Pero, como siempre, la radio se calentó y empezó a quemarme los pies. Y llegó un momento en que no pude soportarlo.

—Por favor, querida —dije—, no puedo más. Bájame de aquí. Dame un poco de cerveza. Vino no. No sé cómo puedes beber ese vino tan malo. Dame un dedal de esa estupenda cerveza.

—Claro, queridito —dijo ella—. Lo has hecho muy bien esta noche. Si Manny y Lincoln lo hubiesen hecho tan bien como tú, estarían aquí ahora. Pero ellos no cantaban ni bailaban, no hacían más que llorar y cavilar. Y, peor aún, no querían aceptar el Acto Final.

—¿Y cuál es el Acto Final? —pregunté.

—Vamos, queridín, bébete la cerveza y descansa. Quiero que disfrutes mucho en el Acto Final. Eres mucho más listo que Manny y Lincoln, no hay duda. Creo que podremos conseguir la Culminación de los Opuestos.

—Sí, claro, cómo no —dije, bebiendo mi cerveza—. Llénalo otra vez. ¿Y qué es exactamente la Culminación de los Opuestos?

—Saborea la cerveza, monín, pronto lo sabrás.

Terminé mi cerveza y luego pasó aquella cosa repugnante, algo verdaderamente muy repugnante. Sara me cogió con dos dedos y me colocó allí, entre sus piernas; las tenía abiertas, pero sólo un poquito. Y me vi ante un bosque de pelos. Me puse rígido, presintiendo lo que se aproximaba. Quedé embutido en oscuridad y hedor. Oí gemir a Sara. Luego Sara empezó a moverme despacio, muy despacio, hacia adelante y hacia atrás. Como dije, la peste era insoportable, y apenas podía respirar, pero en realidad había aire allí dentro... había varias bolsitas y capas de oxígeno. De vez en cuando, mi cabeza, la parte superior de mi cabeza, pegaba en El Hombre de la Barca y entonces Sara lanzaba un gemido superiluminado.

Y empezó a moverme más deprisa, más deprisa, cada vez más y empezó a arderme la piel, y me resultaba más difícil respirar; el hedor aumentaba. Oía sus jadeos. Pensé que cuanto antes acabase la cosa menos sufriría. Cada vez que me echaba hacia adelante arqueaba la espalda y el cuello, arremetía con todo mi cuerpo contra aquel gancho curvo, zarandeaba todo lo posible al Hombre de la Barca.

De pronto, me vi fuera de aquel terrible túnel. Sara me alzó hasta su cara.

—¡Vamos, condenado! ¡Vamos! —exigió.

Estaba totalmente borracha de vino y pasión. Me sentí embutido otra vez en el túnel. Me zarandeaba muy deprisa arriba y abajo. Y luego, de pronto, sorbí aire para aumentar de tamaño y luego concentré saliva en la boca y la escupí... una, dos veces, tres, cuatro, cinco, seis veces, luego paré... El hedor resultaba ya increíble, pero al fin me vi otra vez levantado en el aire.

Sara me acercó a la lámpara de la mesita y empezó a besarme por la cabeza y por los hombros.

—¡Oh querido mío! ¡Oh mi linda pollita! ¡Te amo! —me dijo.

Y me besó con aquellos horribles labios rojos y pintados. Vomité. Luego, agotada de aquel arrebato de vino y pasión, me colocó entre sus pechos. Descansé allí, oyendo los latidos de su corazón. Me había quitado la maldita correa, la cadena de plata, pero daba igual. No era más libre. Uno de sus gigantescos pechos había caído hacia un lado y parecía como si yo estuviese tumbado justo encima de su corazón: el corazón de la bruja. Si yo era la solución a la Explosión Demográfica, ¿por qué no me había utilizado ella como algo más que un objeto de diversión, un juguetito sexual? Me estiré allí, escuchando aquel corazón. Decidí que no había duda, que ella era una bruja. Y entonces alcé los ojos. ¿Sabéis lo que vi? Algo sorprendente. Arriba, en la pequeña hendidura que había debajo de la cabecera de la cama. Un alfiler de sombrero. Sí, un alfiler de sombrero, largo, con uno de esos chismes redondos de cristal púrpura al extremo. Subí entre sus pechos, escalé su cuello, llegué a su barbilla (no sin problemas), luego caminé quedamente a través de sus labios, y entonces ella se movió un poco y estuve a punto de caer y tuve que agarrarme a una de las ventanas de la nariz. Muy lentamente llegué hasta el ojo derecho (tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda) y luego conseguí subir hasta la frente, pasé la sien, y alcancé el pelo... me resultó muy difícil cruzarlo. Luego, me coloqué en posición segura y estiré el brazo... estiré y estiré hasta conseguir agarrar el alfiler. La bajada fue más rápida, pero más peligrosa. Varias veces estuve a punto de perder el equilibrio con aquel alfiler. Una caída hubiese sido fatal. Varias veces se me escapó la risa: era todo tan ridículo. El resultado de una fiesta para los chicos del almacén, Feliz Navidad.

Por fin llegué de nuevo a aquel pecho inmenso. Posé el alfiler y escuché otra vez. Procuré localizar el punto exacto de donde brotaba el rumor del corazón. Decidí que era un punto situado exactamente debajo de una pequeña mancha marrón, una marca de nacimiento. Entonces, me incorporé. Cogí el alfiler con su cabeza de cristal color púrpura, tan bella a la luz de la lámpara, y pensé, ¿resultará? Yo medía quince centímetros y calculé que el alfiler mediría unos veintidós. El corazón parecía estar a menos de veintidós centímetros.

Alcé el alfiler y lo clavé. Justo debajo de la mancha marrón.

Sara se agitó. Sostuve el alfiler. Estuvo a punto de tirarme al suelo... lo cual en relación a mi tamaño hubiese sido una altura de trescientos metros o más. Me habría matado. Seguía sujetando con firmeza el alfiler. De sus labios brotó un extraño sonido.

Luego toda ella pareció estremecerse como si sintiese escalofríos.

Me incorporé y le hundí los siete centímetros de alfiler que quedaban en el pecho hasta que la hermosa cabeza de cristal púrpura chocó con la piel.

Entonces quedó inmóvil. Escuché.

Oí el corazón, uno, dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno...

Se paró.

Y entonces, con mis manitas asesinas, me agarré a la sábana y me descolgué hasta el suelo. Medía quince centímetros y era un ser real y aterrado y hambriento. Encontré un agujero en una de las ventanas del dormitorio que daba al Este, me agarré a la rama de un matorral, y descendí por ella al interior de éste. Sólo yo sabía que Sara estaba muerta, pero desde un punto de vista realista no significaba ninguna ventaja. Si quería sobrevivir, tenía que encontrar algo que comer. De todos modos, no podía evitar preguntarme qué decidirían los tribunales sobre mi caso. ¿Era culpable? Arranqué una hoja e intenté comerla. Inútil. Era intragable. Entonces vi que la señora del patio del sur sacaba un plato de comida de gato para su gato. Salí del matorral y me dirigí al plato, vigilando posibles movimientos, animales. Jamás había comido algo tan asqueroso, pero no tenía elección. Devoré cuanto pude... peor sabía la muerte. Luego, volví al matorral y me encaramé en él.

Allí estaba yo, quince centímetros de altura, la solución a la Explosión Demográfica, colgando de un matorral con la barriga llena de comida de gato.

No quiero aburriros con demasiados detalles de mis angustias cuando me vi perseguido por gatos y perros y ratas. Percibiendo que poco a poco mi tamaño aumentaba. Viéndoles llevarse de allí el cadáver de Sara. Cómo entré luego y descubrí que era aún demasiado pequeño para abrir la puerta de la nevera.

El día que el gato estuvo a punto de cazarme cuando le comía su almuerzo. Tuve que escapar.

Ya medía entonces entre veinte y veinticinco centímetros. Iba creciendo. Ya asustaba a las palomas. Cuando asustas a las palomas puedes estar seguro de que vas consiguiéndolo. Un día sencillamente corrí calle abajo, escondiéndome en las sombras de los edificios y debajo de los setos y así. Y corriendo y escondiéndome llegué al fin a la entrada de un supermercado y me metí debajo de un puesto de periódicos que hay junto a la entrada. Entonces vi que entraba una mujer muy grande y que se abría la puerta eléctrica y me colé detrás. Una de las dependientas que estaba en una caja registradora alzó los ojos cuando yo me colaba detrás de la mujer.

—¿Oiga, qué demonios es eso?

—¿Qué —preguntó una cliente.

—Me pareció ver algo —dijo la dependienta—, pero quizá no. Supongo que no.

Conseguí llegar al almacén sin que me vieran. Me escondí detrás de unas cajas de legumbres cocidas. Esa noche salí y me di un buen banquete. Ensalada de patatas, pepinos, jamón con arroz, y cerveza, mucha cerveza. Y seguí así, con la misma rutina. Me escondía en el almacén y de noche salía y hacía una fiesta. Pero estaba creciendo y cada vez me era más difícil esconderme. Me dediqué a observar al encargado que metía el dinero todas las noches en la caja fuerte. Era el último en irse. Conté las pausas mientras sacaba el dinero cada noche. Parecía ser: siete a la derecha, seis a la izquierda, cuatro a la derecha, seis a la izquierda, tres a la derecha: abierta. Todas las noches me acercaba a la caja fuerte y probaba. Tuve que hacer una especie de escalera con cajas vacías para llegar al disco. No había modo de abrir, pero seguí intentándolo. Todas las noches. Entretanto, mi crecimiento se aceleraba. Quizá midiese ya noventa centímetros. Había una pequeña sección de ropa y tenía que utilizar tallas cada vez mayores. El problema demográfico volvía. Al fin una noche se abrió la caja. Había veintitrés mil dólares en metálico. Tenía que llevármelos de noche, antes de que abrieran los bancos. Cogí la llave que utilizaba el encargado para salir sin que se disparase la señal de alarma. Luego enfilé calle abajo y alquilé una habitación por una semana en el Motel Sunset. Le dije a la encargada que trabajaba de enano en las películas. Sólo pareció aburrirla.

—Nada de televisión ni de ruidos a partir de las diez. Es nuestra norma.

Cogió el dinero, me dio un recibo y cerró la puerta. La llave decía habitación 103. Ni siquiera vi la habitación. Las puertas decían noventa y ocho, noventa y nueve, cien, 101, y yo caminaba rumbo al norte, hacia las colinas de Hollywood, hacia las montañas que había tras ellas, la gran luz dorada del Señor brillaba sobre mí, crecía.






Sonata for Cello & Piano in D Minor - Dmitri Shostakovitch feat. Mattia Zappa, Cello & Massimiliano Mainolfi, Piano 


En el relato “Un 45 para pagar los gastos del mes” Duke, el personaje principal menciona al compositor ruso durante sus cavilaciones (Pág. 133). Además de los buenos momentos que la lectura del libro ofrece también me deja éste compositor desconocido por mí hasta ahora, y de paso, al celista suizo Mattia Zappa y al pianista italiano Massimiliano Mainolfi. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Gattavecchi Vino Nobile Di Montelpuciano 2011




Cantina Gattavecchi

Gattavecchi Vino Nobile Di Montelpuciano 2011

Prugnolo Gentile 90% - Canaiolo Nero 10%

14% Grad. Alc.

Montelpuciano D. O. C. G. Siena, Toscana, Italia.



Éste tinto italiano es un Vino Nobile Di Montelpuciano, una categoría intermedia entre el Rosso Di Montelpuciano y los Vino Nobile Di Montelpuciano Riserva. Éste pasa por barriles de roble por dos años a diferencia de los Riserva que tienen tres años. No confundir con el Montelpuciano d’Abruzzo hecho con la uva Montelpuciano en la región de Abruzzo. Éste es un tinto (rosso) de la comuna llamada Montelpuciano, província del Siena en la región de Toscana; hay mucho por conocer y descubrir, lástima que por aquí lleguen tan caros, sólo queda aprovechar alguna salida de Brasil o Perú.

No tienen la fama mundial del Chianti (que hasta personas poco acostumbradas a beber vino tienen una idea de qué es un chianti) o del Brunello Di Montalcino, pero desde ya hace varios años los Vino Nobile Di Montelpuciano son reconocidos por su alta calidad, y la botella que hoy nos acompaña en la mesa ratifica aquella fama.



Rubí profundo, brilloso, denota una leve corpulencia, forma lágrimas grandes e intensas.

Aroma a frutos negros, ciruelas maduras, arándanos, hay un leve toque tostado, aunque de un rico perfume es un aroma de mediana intensidad, a menos inclusive.

Lo afrutado es muy intenso, hay una sensación leve como a tabaco, algo terroso también; de taninos muy suaves, de poca astringencia. De mediana corpulencia, de final largo con un toque ahumado en el retrogusto.


zoom de la hermosa etiqueta



Adquirido en Total Wine & More de Chesapeake, VA, a US$ 23 dólares (unos S/64,40 soles ó RS 50,60 reais –cuando el dólar estaba a RS 2,20 por aquí-) a mediados de julio del año pasado, o sea, una excelente rpc. Vinos de la bodega Gattavecchi no se venden en Curitiba pero de otras bodegas con esa misma denominación están –para variar- a precios estratosféricos.

Es algo totalmente diferente a lo que acostumbramos descorchar por aquí. Aunque de aroma no tan intenso es muy perfumado. De taninos muy elegantes, muy suaves, no llega a ser tan áspero, es una explosión de frutas, muy sabroso, muy bien trabajado; sin duda una gran experiencia. 





(Just Like) Starting Over - John Lennon

El tema con el que abre el disco "Double Fantasy" de 1980 es el que dejamos hoy. Aquel de la foto en b/n de Yoko y John besándose. Aquel en donde intercalan un tema cada uno. Una delicia, como el vino que acabamos de degustar.