Ellos a veces caen por aquí

martes, 6 de julio de 2010

Los rios profundos, José María Arguedas



Os rios profundos; Los rios profundos, 1958; Ed. Círculo do Livro, 1983; José Maria Arguedas; Perú.

No suelo hacerme de libros en portugués de escritores hispanohablantes porque prefiero leerlos en español. Debería aprovechar el estar aquí y conocer más sobre escritores en lengua portuguesa, y poder leerlos en su idioma original. Sin embargo, cuando entro a una librería, ya sea en las grandes cadenas o en las excelentes livrarias sebo(libros de segunda mano), y alguien se me acerca amablemente y me pregunta: que está procurando?, mi respuesta siempre es: não sei; yo siempre ingreso para ver qué encuentro. Fue así que en una “livraria sebo” me crucé con un montículo de libros coronados por un cartelito: “RS 1 só!” ($0,55 ó S/.1,55 apróx.), que me regresó por un momento a aquellos puestos en el Jr. Amazonas en el centro de Lima, donde algunos vendedores -generalmente los que tienen su puesto con vista al jirón a través de una reja-, tienen una mesita, con un “cerro” de libros a S/.1 (un nuevo sol), y, generalmente, no hay nada ahí que llame mi atención. Éste parecía ser el caso, hasta divisar, y luego palpar, una tapa dura color negra. Al “desenterrarlo”, los otros libros parecían pelear por un nuevo espacio, reacomodándose por efecto del movimiento al remover aquel libro, como naranjas en un supermercado: cuando sacas una y siete van en diferentes direcciones con un mismo destino, el suelo. De esa manera quedó al descubierto otra tapa dura, de color azul, donde se podía leer parte de una palabra: “…fundos”: el segundo hallazgo es el libro de la foto en la parte superior de este post.
Antes de continuar rebuscando ahí me cercioré con la vendedora-cajera si el precio era el correcto por cada uno de esos ejemplares, claro, sin ninguno de mis dos hallazgos en la mano. Es más, algo alejado de ellos, sin denotar entusiasmo (eso haría en una vendedora avispada el decirme que esos dos que encontré estaban ahí por error), y con un libro de misticismo en la mano (¡cómo hay libros de misticismo aquí en Brasil!). Luego de su venia estaba yo ahí, escarbando con ansias, sin encontrar más nada.

Algunas líneas sobre la casa editora.

La editora Círculo do Livro no existe más, y me gustó desde la primera vez que supe de ella, no sólo por la buena calidad de sus hojas, la encuadernación: cosida y engomada, y siempre con tapa dura. Una frase lleva un mensaje en sus páginas iniciales, a modo de amenaza:

“É proibida a venda a quem não pertença ao Círculo.”

En los 70’s tenías que ser socio “del Círculo” para que te pueda llegar un catálogo quincenal con las obras editadas; el nuevo socio tenía la obligación de por lo menos comprar un libro en aquel período. Para afiliarte un socio antiguo tenía que recomendarte. Esta idea fue establecida en marzo de 1973 por el grupo alemán Bertelsmann, y en sus cinco primeros años la empresa brasilera estaba en pérdida, aunque eso no era problema para el grupo. En noviembre de 1975 tenían 250,000 socios, y para 1978 ya eran más de 500,000, para enero de 1983 contaban ya con más de 800,000 socios en 2,850 de los 4,099 municipios brasileros, para finales de la década de los 80’s llegó a tener más de 1’000,000 de socios, todos siempre atendidos a través de una cadena de revendedores y por correos. Se diferenciaban por ofrecer libros de muy buena calidad a un precio mucho más accesible del mercado: de 10% a 15% más baratos. Los tirajes eran entre seis y cincuenta mil siendo vendidos en media diez mil por cada título. El Director y Gerente Comercial del Círculo…, Raymond Cohen viajó a España para estudiar los métodos del “Círculo del Libro” que funcionaba en ese país desde 1962, y a Portugal, donde la venta era hecha a domicilio, como se pensaba hacer en Brasil. Cohen afirma en un reportaje de la Revista Veja del 14 de febrero de 1973 titulado “A leitura multiplicada”:

“El objetivo es aumentar el gusto por la literatura y estimular el hábito de lectura”.

Cuenta además con gran parte de las mejores obras y autores de todo el mundo, desde brasileros como Machado De Assís (“O alienista e outros contos”) hasta muchas de las obras de Jorge Amado (“Mar morto”, “Tenda dos milagres”, etc.), e innumerables escritores extranjeros.
En este hallazgo, además de encontrar un libro como “Los rios profundos”, una de las principales obras de la literatura peruana, el otro libro encontrado es una obra, no sé si la más importante, quizá la más conocida, de un reconocido escritor argentino, pero esta segunda obra la dejaré para una posterior lectura.

Sobre esta obra.

Leer la obra más importante de José María Arguedas es adentrarse en los andes, conocer aquel maravilloso mundo, donde hasta en la actualidad muchos de los pueblos y caseríos e inclusive ciudades están al margen, y donde confluyen y conviven dos culturas muy distintas: la indígena y la occidental, donde la segunda se aprovecha, reprime, y abusa de la inocencia de la primera.
Así, recorreremos junto a Ernesto parte de los andes, comenzando en Cusco, donde junto a su padre enrumbarán hacia Abancay. Ernesto es muy observador, y está en contacto con su entorno: no quería partir sin dejar de apreciar un “muro inca”.

“Apareceram as sacadas esculpidas, as portadas imponentes e harmoniosas, a perspectiva das ruas, ondulantes, na ladeira da montanha. Mas nenhum muro antigo!
Aquelas sacadas salientes, as portadas de pedra e os saguões esculpidos, os grandes pátios com arcadas, eu os conhecia. Tinha-os visto sob o sol de Huamanga. Eu esquadrinhava as ruas à procura de muros incaicos.

- Olhe em frente- disse meu pai. –Foi o palácio de um inca.

Quando meu pai assinalou o muro, parei. Era escuro, áspero: atraía, com sua face reclinada. A parede branca do segundo andar começava em linha reta, em cima do muro.” (pág. 8)

(...)

“A construção colonial, suspensa sobre a murada, tinha a aparência de um sobrado. Eu me esquecera dela. Na rua estreita, a parede espanhola, caiada, não parecia servir senão para dar luz ao muro.”
(pág. 12)

Ernesto también puede ver lo que muchos no conseguimos: la destrucción de la naturaleza, que para él es muy importante, por estar conectado quizá, de alguna manera con ella: el rio, las montañas, un árbol:

“Uma árvore de cedrão perfumava o pátio, apesar de ser baixa e de galhos esquálidos. A arvorezinha mostrava pedaços brancos no tronco; os meninos deviam judiar dela.” (pág. 8)

Ernesto fue criado entre viajes por el Perú profundo, el Perú de los andes, y a su corta edad ya vio mucho. El primer capítulo, de los once que cuenta esta obra, termina con la llegada a la cumbre desde donde pueden ver y oír al Apurímac mayu: rio Apurímac, este nombre significa Dios que habla.
El segundo capítulo inicia con recuerdos: su padre es abogado, errante, viaja de ciudad en ciudad buscando trabajo. Recordaba una vez, al llegar a una aldea, Ernesto recuerda haber presenciado ya más destrucción: cómo un grupo de niños con hondas en mano mataban diversas aves de la fauna de la zona.

“Na aldeia de que falo, todas as crianças estavam armadas com atiradeiras de borracha; caçavam os pássaros como inimigos de guerra; juntavam os cadáveres na saída das hortas, no caminho, e os contavam: vinte tuyas, quarenta chihuacos, dez viuda-pisk’os.” (pág. 29)

Ernesto es encomendado al Padre Linares, director del colegio en Abancay. Su padre encuentra en un hombre de Chalhuanca la oportunidad que buscaba: trabajo, para poder comprar una chacra junto a un río, Así, él decide ir a esa ciudad dejándolo en el internado.
Ernesto sabe de la diferencia entre los indios y los hacendados, ya que conoce ambas realidades. Ve cómo Abancay está cercada por las tierras de la hacienda Patibamba: de sur a norte y de una cumbre a otra, todo pertenece a la hacienda. Él, aunque se comunicaba tan bien en castellano como en quechua, intentó en vano, en sus andanzas por los pueblos vecinos, ingresar a una casa; a pesar de expresarse “con el lenguaje de los ayllus” no obtiene éxito. El temor hacía no reconocer en el portador de ese lenguaje a uno de ellos.

“Os índios e as mulheres não falavam com os forasteiros.

- Jampuyki mamaya (venho vê-la, mãezinha). Bati em várias portas.
- Mánam! Ama rimawaychu! (Não quero! Não fale comigo!) –responderam-me.

(...)

- Señoray, rimakusk-ayki! (Deixe-me falar-lhe, senhora) – insisti muitas vezes, pretendendo entrar em alguma casa. Mas as mulheres me olhavam atemorizadas e com desconfiança. Já não ouviam nem sequer o linguagem dos ayllus; tinham-les feito perder a memória; porque eu lhes falei com as palavras e o tom dos comuneiros, e me desconheceram.”
(pág. 45)

Vemos la antítesis en el Padre Director del colegio, de cabello blanco y tez rosácea, de figura gallarda e imponente, quien va a las capillas de las haciendas a oficiar misas, y que sólo cuando unos hacendados llegaban a la ciudad hacía sermón con cánticos en la iglesia; soñaba con una nueva guerra contra Chile, deseo que se veía influenciado en sus “sermones patrióticos”; elogiaba de la misma manera a la virgen como a los hacendados:

“...eles são o fundamento da pátria, os pilares que sustentavam sua riqueza.” (pág. 47)

Ernesto narra que cuando el Padre Director se sentaba a almorzar con los internos, mientras las mujeres lo adoraban, y los jóvenes lo creían santo, para él era, en sus sueños algunas veces el personaje de una pesadilla: era un pez grande persiguiendo a los peces más pequeños que viven entre las algas, en las orillas del río, y, en otras ocasiones parecía Don Pablo Maywa, el indio del que más gustó, abrazándolo contra su pecho.

A su vez, los juegos del patio escolar se veían influenciados también por aquellos sermones: los estudiantes se agrupaban en bandos de “peruanos” y “chilenos”, donde los del segundo bando, en su mayoría, llegaban con la nariz hinchada, los ojos morados, y los labios partidos.

“A maioría são chilenos, padrezinho! – informavam “os chefes”. O padre diretor sorria, e nos levava à farmácia para medicar-nos.” (pág. 52)

Fue así, que en este absurdo juego conoce a Añuco, de família acomodada que cayó en desgracia; recogido por los padres del internado a los 9 años, antes de la muerte de su padre; orgulloso, y siempre acompañado del Lleras, campeón de peleas, de corridas, y zaguero insustituible del equipo de futbol; también estaban Romero, quien era el mejor con la armónica para entonar huaynos, de marcados rasgos andinos; Palacitos, el más humilde y tímido de todos, llegado de una ciudad enclavada en la cordillera andina, no entendía bien el castellano; “O Cabeleira” (debe ser “el peluca”), llamado así porque su papá era barbero. Cobarde, a pesar de su corpulencia; Antero “el Markask’a”, amigo de Ernesto, fue quien llevó al colegio el primer “zumbayllu”; entre otros, y sobretodo aquí aparece Marcelina, la loca quien es asediada por los estudiantes para abusar de ella y divertirse con los más débiles instigándolos a que también la violen.



El término “Zumbayllu”, da nombre al sexto capítulo. Para entender esta palabra es bueno saber:

“La terminación quechua “yllu” es una onomatopeya, y representa, en una de sus formas, reproduce la música que producen las pequeñas alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves.” (pág. 69)

Así inicia el capítulo, lo dejé en español para que quede más claro.
Además, existe un danzak’ (danzante) llamado “Tankayllu”: su ropa es como la piel del cóndor, adornada con espejos.
También está el término “Pinkuyllu”: es el nombre de la flauta gigante que los indígenas del sur tocan en las fiestas comunales.
Todos en el colegio al ver el nuevo juguete, especie de trompo llevado por Antero, gritaban “zumabyllu, zumbayllu”.
Este objeto se vuelve apaciguador incluso en una pelea, hay un respeto por parte de los alumnos hacia su danza, su zumbido.

“O canto do zumbayllu se internava no ouvido, avivava na memória a imagen dos rios, das árvores negras agarradas às paredes dos precipícios.” (pág. 73)

Ernesto luego acompañará a las chicheras, con Doña Felipa a la cabeza, en su insurrección en contra de la salinera y a favor del pueblo hundido en la pobreza, sin escuchar los pedidos a modo de exigencia por parte del padre, defendiendo a los de la salinera.

Los alumnos, al percibir la ausencia de la loca Marcelina, sospecharán y le darán valor a los chismes sobre una peste, (Ernesto asocia esa repentina desaparición con el hecho de que ella puede estar quizá ya infectada), y que la ciudad será azotada pronto por esta: el tifus, que arrasará en los más pobres primero, en un inicio será negada por el padre director para no exaltar los ánimos, aunque finalmente no podrá ocultarlo. Los indígenas intentarán llegar a la ciudad siendo repelidos por los soldados. Agonizantes, le suplican una misa para poder morir tranquilos, a lo que el padre acepta a pedido de Ernesto, quien había sido encerrado por haber estado al lado de Marcelina en su agonía y muerte, sin importarse por la alta fiebre, las manchas y que estuviera infestada por piojos. Antes de abandonar la ciudad y escapar de la peste tocará las campanas de la iglesia anunciando la esperada liturgia.

Los huaynos (cánticos en quechua) están presentes en toda la obra: con su debida traducción al portugués, en este caso. Tanto como en el levantamiento de las chicheras contra la salinera…

“Soldaduchapa riflink’a
Tok’romantas kask’a,
Chasi chaysi,
Yank’a yank’a tok’yan,
Chaysi chaysi,
Yank’a yank’a tok’yan.
Manas manas wayk’ey,
Riflinchu tok’ro,
Alma rurullansi
Tok’ro tok’ro kask’a.
Salineropa revolverchank’a
Llama akawansi
Armask’a kask’a,
Polvorañantak
Mula salinerok’
Asnay asnay supin.”


“O rifle do soldadinho
Foi feito de ossos de cacto,
Pó isso, por isso,
Troa inutilmente,
Não, não, irmão,
Não é rifle,
É a alma do soldadinho,
De lenha imprestável.
O revólver do salineiro,
Estava carregado
Com excremento de lhama,
E em vez de pólvora,
E em vez de pólvora,
Peido de mula salineira.”


(pág. 107)


...como en la agonía al final de la obra, donde intercalaban el rezo del yayayku (Padre Nuestro) con melodías fúnebres de los entierros:

“Mamay Maria
Wañauchisunki,
Tatay Jesus kañachisunki,
Niñuchantarik sek’ochisunki
Ay, way, jiebre!
Ay, way, jiebre!”



"Minha mãe Maria há de
te matar,
Meu pai Jesus há de te queimar,
Nosso Menino há de te enforcar,
Ai, uai, febre!
Ai, uai, febre!”


Estas son tan sólo dos, hay muchas más en la obra: la realidad andina es musical.

La descripción es siempre a través de los ojos de un niño-adolescente, que parece no saber a cual de esos dos mundos pertenece.

La presente obra de la corriente indigenista fue ganadora del Premio de Novela de 1959. No sólo creo que sea un clásico peruano, sino también latinoamericano.


Fuentes:
- O livro no Brasil: sua história de Laurence Hallewell.
- O discurso sobre a leitura e o leitor na mídia escrita brasileira de Gilberto de Castro – Universidade Federal de Paraná.
- Revista Veja noviembre de 1973.

No hay comentarios.: