jueves, 19 de mayo de 2011

La medianoche del japonés, Jorge Salazar



Editora : El Barranco
Año de publicación y de esta edición : 1991



Recuerdo cuán difícil era encontrar los libros de Jorge Salazar. Lo mejor era no buscarlos, y por ahí, con mucha suerte, como fue con esta obra, te deparabas frente a uno.

Una cosa lleva a la otra.

En esta crónica novelada Salazar desmenuza el caso de la matanza de siete personas –dos parejas de esposos y tres niños, todos encontrados desnudos- de dos familias de origen japonés en Chacra Colorada, distrito de Breña, Lima. Hecho verídico ocurrido el 03 de noviembre de 1944, donde las víctimas fueron muertas con fuertes golpes en la cabeza con un garrote de madera y tirados en una acequia. Son detenidos Kie Naito - fiel servidor de las víctimas-, y Mamoru Shimizu, hermano de Tamotu -uno de los asesinados-, economista y ex-soldado japonés, quienes tras “interrogatorio” el último de los dos llega a confesar ser el autor del crimen.

A su vez estamos ante la historia de Ismael Ortega, joven periodista que ingresa a trabajar a “La Crónica” interesándose por el caso, investigando “cuando ya no hay nada por investigar”, debido a la confesión de Mamoru. Es a través de él, de sus dudas y terquedad que conocemos detalles de las otras dos historias, junto con la de él, las tres principales de esta obra.

Paralelamente Salazar nos presenta una tercera historia, la del capitán Claude Eatherly –luego comandante-, aviador norteamericano quien Ortega conocerá en Paris. La historia que va desarrollando de Eatherly no es menos interesante, en lo absoluto. “Poker-face”, como era conocido por sus amigos era un excelente piloto, sin ningún temor por aventurarse a volar y derribar aviones enemigos. Él será reclutado para una misión especial: pilotear el B 29 “Straight Flush”, encargado de definir el lugar donde otro compañero suyo, Paul Tibbets, a bordo del avión “Enola Gay” soltaría la bomba atómica sobre Hiroshima. Días después Eatherly haría lo mismo previo al bombardeo en Nagasaki.

La vida de este personaje no sería la misma de ahí en adelante: crisis de nervios; un matrimonio que se va a pique; es detenido por robo a mano armada y por falsificación; y luego por allanamiento, llegando a ser internado en un hospital.


A esas tres, Salazar amalgama con maestría muchas otras historias, pequeñas, sabrosas, y algunas tan duras e insoportables como la verdad: el cruel abuso de las autoridades peruanas ante los inmigrantes japoneses (gobierno de Manuel Prado y Ugarteche), quien al aliarse a Estados Unidos durante la Segunda Guerra, persigue y deporta muchos ciudadanos nipones a ése país, entre ellos Susuma Shimizu, hermano de Tamotu y Mamoru, quien luego de ser deportado enloquece y es internado en un hospital norteamericano; también el comercio de esclavos chinos durante treinta años, previo a la Guerra del Pacífico, lo que haría crecer en ellos un odio tremendo hacia el Perú –no era para menos-, el destino haría que al rebelarse estos miles de asiáticos se encuentren en Pisco con las tropas chilenas encabezadas por Patricio Lynch; también tenemos la historia de cómo Lynch –ante sorpresa de sus propios hombres- logra comunicarse en un perfecto idioma cantonés –Salazar se remonta a los inicios en la carrera de Lynch-, y es que los chinos les cayó del cielo al ejército chileno, siendo ellos decisivos en la entrada a Lima; cómo Mariano Ignacio Prado enrumbó a Europa con los fondos populares para comprar armamentos y pertrechos durante la guerra; Salazar también nos deja la historia de Pedro de Candia, “el griego”, cuando este conoce a un mercader de nombre Diego de Almagro -en compañía de un sombrío cura, Hernando de Luque-, quien lo nombrará su representante para hacer compañía a un extremeño silencioso de nombre Francisco Pizarro a aventurarse a un viaje a unas tierras ignotas, llegando ambos a Tumbes, para posteriormente presentarse ante un abrumado emperador Carlos V para anunciarle haber encontrado unas tierras que deben ser El Dorado; la inesperada llegada de los portugueses al Japón y las mudanzas bélicas que esto traería; la llegada de los españoles a la misma isla llevando consigo, entre otras cosas, el catolicismo; las historias paralelas de los físicos Enrico Fermi y Albert Einstein quienes emigrarán a Estados Unidos; Salazar se remonta a la antigua Grecia y nos deja la breve historia de reivindicación de Demócrito; y así, una cosa lleva a la otra.

Conforme avanzas con la trama te vas preguntando: ¿y a qué vienen todas estas breves historias con el crimen de Chacra Colorada?
Jorge Salazar consigue crear y armar un enorme rompecabezas donde al final todo, como una predestinación, está liado.

La Universidad San Martín de Porres lanzó (con una carátula diferente) una segunda edición en 1996; ojalá y siga vigente.

Toda una joyita.




(6)

Horacio Céspedes, inspector general del Cuerpo de investigaciones y Vigilancia, CIV, está sentado detrás de su escritorio. Sin chaqueta, el jefe policial tiene enrolladas las mangas de la camisa hasta más arriba de los codos. El detalle permite apreciar el vello de sus brazos y el refulgir dorado que se ajusta a la muñeca izquierda. Cuando Ismael Ortega ingresa al despacho, Horacio Céspedes está sorbiendo ruidosamente una taza de café. Ismael habla arrastrando las palabras, como si le molestase dirigirse al policía que lo observa con paternales gestos.

- Gracias por recibirme inspector. He podido entrevistarme con usted porque sé que es hombre de experiencia y además el jefe. Iré al grano: como periodista me parece un error que se haya cerrado el caso de los japoneses. Pienso que hay una serie de detalles incompletos y extrañas andanzas que merecerían ser verificadas.

Protegido por una sonrisa sarcástica, Céspedes responde:

- Usted me parece el prototipo del ciudadano que no gusta de la policía: hay un crimen horrendo, buscamos y encontramos al culpable que confiesa con lujo de detalles, enviamos al asesino a los tribunales y, usted, sin la menor evidencia de su parte, contradice todo nuestro trabajo. ¿Qué debo pensar señor Ortega? No es difícil la respuesta: un joven periodista se queda sin historia por hacer un viaje a Europa. Al regresar, descarga su frustración contra la policía. Eso es, pero para demostrarle que los policías no somos tan torpes como usted los imagina, lo voy a escuchar: ¿Cuáles son los detalles incompletos de nuestra investigación, señor Ortega?
Ismael, medio sorprendido, carraspea brevemente.

- Trataré de ser preciso, inspector. Por ejemplo, se sabe que el asesinado Tamotu Shimizu visitaba frecuentemente las oficinas policiales. Hay testigos que le han visto muy cerca del comisario Milla León. Hasta parece que eran amigos.

- ¡Ajá! Ya comprendo su punto de vista. –Las anchas facciones de Céspedes no abandonan la sonrisa de sarcasmo- Usted viene a mi oficina a hacer indagaciones, yo le atiendo porque no olvido que también soy un funcionario público, pero resulta, según sus deducciones, que eso nos convierte en amigos. Eso es ir demasiado aprisa, señor periodista. Usted no puede decir que el caso del homicidio de los japoneses esté incompleto porque el comisario Milla Léon recibiese y dialogase con Tamotu Shimizu. La ocupación de Milla León, Jefe de la Brigada de Asuntos Internacionales, es justamente tratar con extranjeros. Y por supuesto, tiene que alternar no solamente con ciudadanos japoneses: también chinos, rusos, polinesios, alemanes, y cuanto hay. ¿Se ha dado cuenta de lo estrambótico de sus cálculos?

El policía, convencido de que tiene la sartén por el mango no detiene su verborrea.

- Usted debió pensar en lo que he dicho antes de imaginar cosas. Le voy a completar la información, para borrarle todas sus dudas: Susuma Shimizu, hermano mayor de Tamotu y Mamoru, estuvo detenido antes de ser deportado. Tamotu, como cualquier pariente en su caso, estaba preocupado por la suerte de su hermano y gestionaba con Milla León la libertad de Susuma. Al final, el japonés fue deportado, pero eso no fue de incumbencia policial. Eso forma parte de las medidas políticas de nuestro gobierno. Aquí también cumplimos órdenes, mi querido amigo.

El “mi querido amigo” pronunciado por el policía, parece tener el efecto de un hierro candente sobre Ismael Ortega. El periodista no hace sino entrecerrar los ojos y apretar los labios.

Por su parte, Horacio Céspedes parece muy satisfecho. Se olvida de gestos para terminar de beber su café seguramente ya frio. Cuando apura el líquido vuelve a buscar el rostro de Ismael. Habla con suavidad, paladea las palabras.

- Tan cerrado está el caso que aquí decidido escribir un libro sobre el homicidio. El asunto ha sido tan complejo y ha despertado tanta atención que hemos resuelto publicar los detalles de la investigación. Ya tenemos a la persona encargada de redactarlo. Es como usted, periodista. Pero aquí hay material de sobra para que trabaje más de uno: ¿Aceptaría colaborar con nosotros en torno a ese libro?

Un inmenso frio recorre la espina dorsal de Ismael Ortega, pero alcanza a sacudir negativamente la cabeza y despedirse inmediatamente del policía.

- Buenas tardes.

El periodista sale cabizbajo de la oficina del policía, derrotado.

(Páginas 163 a 165, del capítulo III, “Cadenas y perplejidad”)



(9)

Los indios de Tumbes, aquel año de Dios de 1528, estaban seguros que aquel hombre barbado y resplandeciente que desembarcó solitario de la chalupa era el propio Wiracocha, el mitológico dios blanco que la memoria y la leyenda eternizaron entre los naturales del Perú.

Se le recibió con tambores rituales e invocaciones: los varones hundieron sus frentes en la tierra, mientras las mujeres –muchas de ellas amamantando infantes- buscaban el amparo de los ojos del recién llegado. Atónito, pero también convencido de que los idólatras lo habían ascendido a una categoría divina, el ex-pirata cretense Pedro de Candia, enfundado en plateada armadura toledana, guardó la espada en la vaina. El momentáneo dios no agotó el tiempo en conjeturas o discursos: con el abstracto lenguaje de las señas pasó por alto los honores de un banquete compuestos por pescados, aves, chicha y frutas, pero no tuvo recelo en recoger cuantas joyas, mantos, y vestiduras colocaron sus adoradores delante de su luminosa figura. Luego, acompañado de un turbado pero agradecido séquito de cuatro jóvenes indios del lugar dio la espalda a sus recién estrenados fieles y volvió a embarcar en la chalupa.

Cuando el bote de Pedro de Candia fue avistado desde el barco castellano que comandaba Pizarro, una andanada de artillería saludó el regreso del valiente. A bordo, la mezcla de soldadesca y hamponaje vitorearon al griego, a Dios, y a la santísima virgen. Presentían que estaban a punto de convertirse en nobles y señores.



(10)

El período de la historia comprendido entre los años que van de 1550 a 1640 ha sido denominado presuntuosamente por cronistas occidentales, como el “siglo cristiano del Japón”.

En 1549, procedente de Goa, arribó a Kagoshima uno de los fundadores de la Compañía de Jesús. Francisco Javier, español que solicitó a las autoridades japonesas un permiso para predicar el cristianismo. Considerando a la fe cristiana como una versión más del milenario budismo, los japoneses no vieron como un peligro el arribo de los misioneros católicos.

Javier viajó dos años por las islas del archipiélago japonés, pero su éxito fue relativo en lo concerniente a su misterio religioso. Y es que el jesuita se topó con dos casi insalvables obstáculos. El primero, las dificultades del idioma; el segundo –no menos importante-, fue la imposibilidad de hacer comprender a los japoneses que le escuchaban, algunas misteriosas categorías del culto cristiano. La idea de las tres personas distintas sumergidas en una sola, el espíritu santo o la milagrosa concepción de María, eran poco asimilables para un pueblo educado en las enseñanzas de Confucio y Buda.

Había también, sin duda, similitudes entre el cristianismo y el budismo. El respeto al prójimo, y la renuncia al apego hacia las cosas materiales acercaban a las dos filosofías. Sin embargo, estas virtudes no eran precisamente las que exhibían los soldados y los comerciantes españoles y portugueses , no solamente ávidos de riquezas prontas, sino también en permanente disputa entre ellos mismos a causa de sus viejas rivalidades colonialistas.

Para un pueblo místico y profundamente religioso como el japonés, no fue difícil advertir las inmensas fisuras entre la teoría y la práctica cristiana, pero a última hora, los eclécticos nipones veían esto como un asunto que no les concernía. Problemas de bárbaros, se decían.

(Páginas 200 a 202, del cap. IV (*), “Manantiales de agua y de muerte”)

(*) Erróneamente hay 2 capítulos IV (pág. 167 y pág. 193). Este vendría a ser el V.

2 comentarios:

Gwendoline dijo...

j'aime bien les descriptions!..il me fait penser à Georges SIMENON! l'auteur du commissaire Maigret...

manigna dijo...

Simenon et Maigret inspecteur est un classique.