domingo, 28 de noviembre de 2010

Sandeman Founder's Reserve Porto



Sandeman Porto, Founder’s Reserve; 50% Touriga nacional, 50% Touriga francesa; 20% Grad. Alc; V.N. Gaia, Porto, Portugal.

Esta variedad de Sandeman está dedicado a los fundadores de esta casa, de ahí el nombre. Para la producción de esta variedad es seleccionado los mejores lotes de cada cosecha, y llega a ser envejecido durante cinco años.

Un detalle en particular con esta marca: las botellas de los vinos Sandeman son, particularmente, muy bien trabajadas, labradas, y, en este caso, el vidrio es pavonado; hasta dan ganas de coleccionarlas.

Este sabroso vino oporto tiene una densidad marcada, y diferente de los bebidos anteriormente. Me atrevería a decir que es más denso que el “Tawny 10 años”; parece viscoso. Es de un violeta muy vivo, y denota mucha personalidad; forma unas lindas lágrimas, muy marcadas. En nariz, un muy rico olor a pasas, algo de vainilla, y se siente algo de chocolate. Al probarlo, hay un toque de pimienta, muy leve, algo de clavo de olor, y aquella sensación de chocolate bitter es percibida al final, esto último es muy marcado; es corpulento, fuerte, y su dulzor en ningún momento llega a hastiar. Muy recomendable –como siempre- con una buena conversa y compañía; aunque dicen que se puede guardar por 3 ó 4 semanas después de abierta, no creo que dure tanto tiempo –por las ganas de beberlo- al interior de la botella.

Cuentos de amor, de locura y de muerte, Horacio Quiroga




Cuentos de amor, de locura y de muerte; Horacio Quiroga, 1917; Adobe Editores S.A., 2000; Biblioteca Latinoamericana Contemporánea, libro 5; Uruguay.


Al abrir la caja de libros que me traje de Lima mi sorpresa fue grande al ver este libro entre los míos. No recuerdo haberme hecho de él, sin embargo, ahí estaba, entre los otros que poco a poco fui adquiriendo. Debe pertenecerle a algún amigo de los muchos que pasaron por mi casa; sospecho que es tuyo Elier, o de Karina; aunque quizá sea de Ángel, o de la morena Ma’ Eugenia, o de Jennifer, la última y actual habitante de ese lar, mío, y de todos a la vez. Aunque sé de aquella regla tácita de que un buen libro nunca se devuelve, igual, lo llevo de vuelta cuando retornemos al barrio. Esta obra supera la frontera del “buen libro”; es definitivamente “grandioso”.

Razón tenía Ribeyro en “La caza sutil” de que en un libro prestado o de biblioteca jamás podrás hacer esos apuntes marginales, que haces libremente en los que te pertenecen.

Los quince cuentos que aquí encontrarás son de gran categoría; es vivir una intensa experiencia, que va desde conocer la pasión de Nébel por Lidia, segmentada en las cuatro estaciones del año en “Una estación de amor”, para continuar con la fuerte y cruda historia de “El solitario”, donde el amor se transforma, quizá desaparezca, instalándose en su lugar otro sentimiento totalmente opuesto. Al terminar de leer estos dos primeros cuentos que abren el libro, necesitarás un respiro; tendrás la seguridad de que lo que estás por encontrar más adelante no te va a defraudar en lo absoluto. Aunque, particularmente, en “La muerte de Isolda” no encontré la grandeza de sus antecesores; pero igual, agárrate, porque en “La gallina degollada” sentirás nuevamente esa felicidad en el alma, obtenida tan sólo después de saber que estás ante la obra de un maestro, haber descubierto no sólo tres excelentes relatos sino a un gran autor, si es que no lo conocías hasta este momento, como fue mi caso. La intriga se instalará con “Los buques suicidantes” y con “El almohadón de plumas”. En “A la deriva” la muerte llega en el momento más inesperado, y cuando el hombre cree estar mejor, es porque tan sólo es el inicio del fin. En “La insolación”, Quiroga le da voz y decisión a los perros Old y Milk quienes presenciarán a la muerte rondar a su amo, intentando alejarla y confundirla con sus ladridos y aullidos. Igualmente, en el excelente cuento “El alambre de púa”, un caballo alazán y otro malacara tendrán ese don también, y verán cómo el chacarero, harto de los continuos abusos del ganado –sobre todo del bravo e imponente toro Barigüí- de su vecino, se las ingeniará para poner un alto definitivo a ese abuso. En “Los mensú”, estarás ante las desventuras de Cayetano Maidana y Esteban Podeley, dos peones “mensualistas” –de esa modalidad de pago viene el término de esa región entre Paraguay y Argentina- que Quiroga describe con la exactitud de quien conoció el arduo trabajo de esas personas, y la ingratitud y casi nula preocupación por sus vidas. Uno de ellos encontrará en la muerte su libertad, el otro, en su intento de escape caerá en un círculo, comenzando todo de nuevo. En el gran relato “Yaguaí”, Cooper, el dueño de Yaguaí, vivirá una tragedia, al no reconocer las nuevas costumbres de su perro, tras las enseñanzas de Fragoso, un peón suyo. La ironía está presente en “Los pescadores de vigas”. En “La miel silvestre” nuevamente Quiroga hace gala de esa maestría de los relatos iniciales. Si esa miel existiese, habría más interesados en ejercer la apicultura. El cuento con que cierra esta obra, “La meningitis y su sombra” es el más extenso; aquí el ingeniero Durán nos narrará la historia de cómo María Elvira lo amaba antes de conocerlo.

Si al pensar en literatura uruguaya los nombres de Onetti y Benedetti vienen ipso facto a tu mente, el de Quiroga debe estar también en ese recuerdo.

No serás el mismo después de leer la obra de Horacio Quiroga.



El solitario.

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no
tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo
su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como
las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad
comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años
proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba
negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de
origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto
enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus
vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil--artista
aún,--carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo
cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de
codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para
arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al
transeúnte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María
deseaba una joya--¡y con cuánta pasión deseaba ella!--trabajaba de
noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus
chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las
tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del
engarce. Pero cuando la joya estaba concluida--debía partir, no era
para ella,--caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se
probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por
ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y
la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

--Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,--decía él al fin,
tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en
su banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a
consolarla. ¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim
prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer
se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
tranquilidad.

--¡Y eres un hombre, tú!--murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

--No eres feliz conmigo, María--expresaba al rato.

--¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
contigo? ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo!--concluía con
risa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
labios apretados.

--Sí... ¡No es una diadema sorprendente!... ¿Cuándo la hiciste?

--Desde el martes--mirábala él con descolorida ternura--dormías de
noche...

--¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un
ataque de sollozos.

--¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para
halagar a su mujer! Y tú... y tú... ni un miserable vestido que
ponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
llegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
joyas, Kassim notó la falta de un prendedor--cinco mil pesos en dos
solitarios.--Buscó en sus cajones de nuevo.

--¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

--Sí, lo he visto.

--¿Dónde está?--se volvió extrañado.

--¡Aquí!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el
prendedor puesto.

--Te queda muy bien--dijo Kassim al rato.--Guardémoslo.

María se rió.

--¡Oh, no! es mío.

--¿Broma?...

--¡Sí, es broma! ¡Es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser
mío!... Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se demudó.

--Haces mal... podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

--¡Oh!--cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
puerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
sentada en la cama.

--¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona!

--No mires así... Has sido imprudente, nada más.

--¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide
un poco de halago, y quiere... me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más
admirable que hubiera pasado por sus manos.

--Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre
el solitario.

--Una agua admirable...--prosiguió él--costará nueve o diez mil pesos.

--¡Un anillo!--murmuró María al fin.

--No, es de hombre... Un alfiler.

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda
trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.
Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante
ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

--Si quieres hacerlo después...--se atrevió Kassim.--Es un trabajo
urgente.

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

--¡María, te pueden ver!

--¡Toma! ¡Ahí está tu piedra!

El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo
la mirada a su mujer.

--Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

--No--repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos
le temblaban hasta dar lástima.

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían
de las órbitas.

--¡Dame el brillante!--clamó.--¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!
¡Dámelo!

--María...--tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

--¡Ah!--rugió su mujer enloquecida.--¡Tú eres el ladrón, miserable!
¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a
desquitar... cornudo! ¡Ajá! Mírame... no se te había ocurrido nunca,
¿eh? ¡Ah!--y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando
Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de
un botín.

--¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío,
Kassim miserable!

Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

--Estás enferma, María. Después hablaremos... acuéstate.

--¡Mi brillante!

--Bueno, veremos si es posible... acuéstate.

--¡Dámelo!

La bola montó de nuevo a la garganta.

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una
seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

--Es mentira, Kassim-- le dijo.

--¡Oh!--repuso Kassim sonriendo--. No es nada.

--¡Te juro que es mentira!--insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

--¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
manos, lo siguió con la vista.

--Y no me dice más que eso...--murmuró. Y con una honda náusea por
aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido
continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

--¡Dámelo!

--Sí, es para ti; falta poco, María--repuso presuroso, levantándose.
Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo.

A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué
al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la
blancura helada de su camisón y de la sábana.

Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura
inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de
párpados. Los dedos se arquearon, y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un
instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces
retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

martes, 23 de noviembre de 2010

Huerto cerrado, Alfredo Bryce Echenique



Huerto Cerrado; Alfredo Bryce Echenique, 1968; Barral Editores 1972; Perú.

El mismo año (1968) en que el poeta Antonio Cisneros se llevaba el premio Casa de las Américas con su “Canto ceremonial contra un oso hormiguero”, en el género de la poesía, la obra de otro joven escritor peruano obtuvo una mención honrosa en el género del cuento: “Huerto cerrado”, de Alfredo Bryce Echenique.

En este conjunto de cuentos no hay uno que lleve el título de la obra. Bryce Echenique en una entrevista declaró que le debe el título del libro a su entrañable amigo Julio Ramón Ribeyro:

"Julio Ramón fue, en efecto, quien me llevó de la mano y me enseñó a salir de noche en las difíciles épocas de mis primeras andanzas literarias. Leyó, por ejemplo, el manuscrito de mi primer libro y me dijo que sí, que debería publicarlo, pero no con ese título, por favor, Alfredo, que se parece tanto a ti, por no decir que es fatal. Y le puso “Huerto Cerrado”, y con ese título lo publiqué, en honor al maestro, en honor al amigo, y porque, en honor a la verdad, a mi jamás se me hubiera ocurrido un título mejor para aquel libro.


De inicio, en este libro, no encuentro al Bryce Echenique de sus obras posteriores. Aquel que pareciera estar a tu lado narrando sus aventuras, con derroche de humor e ironías, sus divagaciones y enredos de los que sale siempre con anécdotas muy divertidas. No, aquí hay un Bryce Echenique más cuidadoso, más discreto, donde quizá solamente en los relatos “Yo soy el rey”, y “El descubrimiento de América” encontraremos al típico Bryce Echenique, aquel que conoceremos desde “Un mundo para Julius”.

Aquí estamos ante doce cuentos que a su vez están integrados entre sí. Estamos ante las aventuras en diferentes etapas de la vida de mi tocayo, Manolo, entre su niñez, su adolescencia, y juventud; no están en orden cronológico. El primer cuento “Dos indios”, es el único que no está ambientado en Lima. Es el encuentro de dos inmigrantes peruanos en Roma, Italia, también aquí encontramos a un Manolo de 22 años. Los otros 11 cuentos están ambientados entre Lima, Chaclacayo y Chosica, y siempre bajo la óptica de Manolo. En “Con Jimmy, en Paracas”, acompañará a su padre en un viaje a esa ciudad, siendo totalmente sorprendido por la sorpresiva petición de su amigo. “El camino es así (con las piernas pero también con la imaginación)”, Manolo no tiene fuerzas para acompañar al grupo en su recorrido en bicicleta, desde Miraflores hasta Chaclacayo, sin embargo, él no desistirá, y encontrará una manera de llegar. En “Su mejor negocio”, se verá obligado a vender algo para adquirir otro producto, el problema: el posible comprador es un amigo con pocos recursos, y él sabe que podría obsequiar en vez de vender, esto significaría renunciar a su nuevo deseo de consumo; tendrá que tomar una decisión. En “Las notas que duermen en las cuerdas”, encontramos a ese típico adolescente que no se ubica entre tanta gente, escrutando a todos, encontrándolos tristes, inclusive a su familia, aunque reconoce que los ama, le fastidia y le cuesta el tener que hacer demostraciones de cariño. Recuerdo en la re-lectura del cuento “Una mano en las cuerdas (Páginas de un diario)”, que apareció en un libro del colegio, de lengua y literatura, cuando yo tenía 12 años; trata sobre su profunda timidez ante su primer amor, y los planes previos antes de declararse. En “Un amigo de cuarenta y cuatro años”, encontrará en Mr. Davenhock, su profesor de inglés, una amistad que no esperaba, llegando a escuchar una confesión y a entender el porqué siempre él escuchaba a Marlene Dietrich. En “Yo soy el rey”, entraremos junto con Manolo y sus amigos a un burdel de la avenida Colonial, y estaremos con él en su experiencia con la Nylon, en aquel cuartucho con toda la parafernalia putesca que Bryce Echenique describe muy bien. En “El descubrimiento de América”, estamos ante la fase más hijo-de-puta del personaje principal. En “La madre, el hijo y el pintor”, Manolo divide sus días entre sus padres separados y, estando con su madre, ante la invitación a una fiesta, esta decide llevarlo con él. Manolo tendrá un sentimiento desconocido, al ser presentado al amigo de su madre. En “El hombre, el cinema y el tranvía”, el personaje principal será testigo de un fatal acontecimiento, que lo llevará a cavilar al respecto. El último es el menos logrado de todo el conjunto: en “Extraña diversión”, Manolo tiene unas particulares maneras de pasar el día; dejando entrever su probable locura.

Releer esta obra te envuelve de nostalgia, sobre todo para alguien que vivió y creció en Lima: el encontrar en sus líneas sobre la tiendas (supermercado) Monterrey, que ya no existe más; el cine Orrantia, de la esquina de Av. Javier Prado y la Av. Arequipa, que tampoco existe, era –cuando dejé Lima- una iglesia, de alguna de las tan diversas religiones que proliferan en Lima; las Galerías Boza, del Jr. De la Unión, que no sé si existe aún; los tranvías que nunca vi, pero que podía comprobar de su existencia, en un pasado no tan lejano, viendo los rieles que aún asomaban amalgamados con el asfalto por la Plaza San Martín, y por el Convento de San Francisco; el caminar por Chosica, previo a un campamento en el bosque de rocas de Markahuasi; la Av. Colonial, con el burdel del japonés cerca de ahí, al que nunca llegué a ir, fuimos a otros, a ese no.

Releer la obra prima de Bryce Echenique es un reencuentro con una Lima que cambió, y mucho, en poco tiempo. Gracias Bryce por la nostalgia.



El hombre, el cinema, y el tranvía.

El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltearse las descripciones muy extensas e inútiles.

Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea, y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con dirección al Paseo de la República. Eran seis de la tarde, y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar, y la gente que abandonaba la sala, se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años y un muchacho de de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine, y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no la película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada, no parecieron impresionar mucho al hombre que podría ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba, y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa, o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor, y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo las puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás y perdió el equilibrio al pisar el sardinel.
Voló tres metros, y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro, y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y despareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse, y el conductor salió a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente, y la gente que empezaba a aglomerarse, retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.
- No pude hacer nada por evitarlo –dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.
- ¡Dios mío! –exclamó una vieja gorda, que llevaba una bolsa llena de verduras-. En los años que vengo viajando en esta línea….
- Hay que llamar a un policía – interrumpió alguien.

La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual que la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.

- Circulen. Circulen. –ordenó un policía que llegaba en ese momento.
- No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
- ¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
- Hay que llamar a una ambulancia.

Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener dieciocho, caminaban hacia la Plaza San Martín.

- Vestía de azul marino –dijo el muchacho.
- Está muerto.
- Es extraño.
- ¿Qué es tan extraño? – preguntó el hombre de unos treinta años.
- Vas al cine y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones, y uno se divierte.
- El arte y la vida.
- Humm… el arte, la vida… Pero el periódico…
- Ya lo sabes –interrumpió el hombre-. Si tienes un accidente, y ves que empiezan a cubrirte de periódicos… La cosa va mal…
- Tú también vas a morirte…
- Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro…. Eso no es soñar, mi querido amigo.
- ¿Siempre eres así? –preguntó el muchacho.
- ¿Conoces los chistes crueles?
- Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?
- ¿Acaso no vas a la universidad?
- No te entiendo.
- ¿Sabes lo que es la catarsis?
- Sí, Aristóteles…
- Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
- Eres increíble –dijo el muchacho.
- Hace años que camino por el centro de Lima –dijo el hombre-. Como ahora. Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí –dijo, mientras abría la puerta de un bar-. ¿Una cerveza?
- Bueno –asintió el muchacho-. Pero no todos los días.
- Diario. Y a la misma hora.

Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan sólo a cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio, y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.

- Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla –dijo el hombre.
- ¿Es verdad que vienes todos los días? –preguntó el muchacho.
- ¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía, allá al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán su aperitivo.
- ¿Y si hoy prefiere una cerveza?
- Sería muy extraño –respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
- ¿Dos cervezas, señor Alfonso?
- No sé si quiero una cerveza –intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
- Tengo que prepararle su aperitivo al viejito –dijo el mozo.
- Decídete Manolo –dijo el hombre, y agregó mirando al mozo-: se llama Manolo…
- Un trago corto y fuerte –ordenó el muchacho-. Un pisco puro.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Quincas Borba, Machado de Assis



Quincas Borba; Machado De Assis; 1886-1891; Editora Globo, 2008; Brasil.


Intento entender todavía el por qué cada vez que menciono estar leyendo a Machado De Assis a algún compatriota suyo aquí, obtengo por respuesta un solemne iaaagghhh.... Una posible causa la obtuve del último compadre con el que conversé: “nos obligan a leerlo en la escuela.

Las veces que recuerdo cuándo fue que comencé a leer, la respuesta es 1994, pero estaba engañado; esa fecha retomé algo que ya disfrutaba, ahí comenzó la adicción, sí, sin embargo, recordé hace poco, que ya leía con gusto a los 9 ó 10 años, en épocas de escuela, obras como “Paco Yunque” de César Vallejo; “El caballero Carmelo” de Abraham Valdelomar; “Mi planta naranja-lima” de José Mauro de Vasconcelos; “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach; “Un mundo para Julius” de Alfredo Bryce Echenique, hasta que llegó un profesor de historia, creo, y nos obligó a leer “República” de Platón, y “Política” de Aristóteles, en poco más de un mes. Resultado: no volví a agarrar un libro hasta 1994, ya con 19 años. Quizá eso suceda con los adolescentes brasileños, que al ser obligados a leer a Machado en la escuela haga que no sea recordado con cariño, sin darle la importancia que este escritor y sus obras merecen.

El tercer libro de esta cajita, al igual que los dos anteriores no se me hizo en ningún momento pesado. Por el contrario, las tres obras más importantes de Machado se leen fácil, te dejas llevar por el narrador quien (y esto me encanta), como en sus otras obras, recrimina al perdido o impaciente lector:

“Capítulo CVI
…o más propiamente dicho, capítulo en que el lector, desorientado, no puede mezclar las tristezas de Sofía con la anécdota del cochero. Y confuso pregunta: -¿Entonces la entrevista de la calle Armonía, Sofía, Carlos María, ese barullo de rimas sonoras y delincuentes es toda una calumnia? Calumnia del lector y de Rubião, no del pobre cochero que no llegó a proferir nombres, no llegó siquiera a contar una anécdota verdadera. Es lo que hubieras visto, si leyeras con pausa. Sí, desgraciado, advierte bien que era inverosímil, que un hombre, yendo a una aventura de aquellas, hiciese parar la berlina delante de la casa pactada. Sería como dejar un testigo ante el crimen. Hay entre el cielo y la tierra muchas más calles de las que sueña tu filosofía- calles transversales, en donde la berlina podría quedarse esperando.”


(Págs. 198 y 199.)

Machado recurre a Shakespeare: “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio/De lo que sueña tu filosofía.” (Hamlet, acto II, escena segunda) Así como esta, el libro está lleno de frases inspiradas en obras que el autor no sólo leía, sino también traducía. Desde un verso de un soneto de “Il Canzoniere” de Francesco Petrarca, pasando por el “Hamlet” de Shakespeare, hasta la Biblia; y también encontramos analogías con míticos personajes de la literatura e historia universal.

La obra inicialmente salió publicada por capítulos en la revista “A Estação” (“La Estación”) el 15 de junio de 1886, y el último capítulo cinco años más tarde, el 15 de setiembre de 1891. Ya como libro fue editado por primera vez en 1891 por la Editora Garnier.

Así como en las dos obras anteriores, esta está compuesta de pequeños capítulos, narrado en tercera persona, donde por momentos el narrador se dirige directamente al lector incitándolo a recordar algún capítulo pasado, compartiendo una sospecha, o recriminando una posible falta de atención.

El personaje que da nombre a esta obra está ya muerto desde el primer capítulo, y, no es el personaje principal, (así como con “Jubiabá” de Jorge Amado). Quincas Borba es un filósofo de sospechosa lucidez, quien defiende y declama el “Humanitas” como doctrina, heredero de una gran cuantía de dinero, y hace de Rubião -un pacato profesor de Barbacena, Minas Gerais-, su alumno, enfermero y heredero universal, bajo la única y severa condición de que cuide y críe a su perro, también llamado Quincas Borba.

Este personaje del título aparece en los capítulos finales de “Memorias póstumas de Blas Cubas”, primero cuando está en paupérrimas condiciones, llegándole a robar el reloj a Blas, y luego después de haber heredado aquella fortuna, pidiéndole disculpas, y declamando ante él su filosofía del “Humanitas”, y dejando entrever su probable locura.

Si en el Perú la frase “¿En qué momento se había jodido el Perú?” de “Conversación en La Catedral” es recordada hasta ahora, y mencionada en cualquier medio y/o conversación, hasta por personas que no saben de dónde salió, en Brasil ocurre algo parecido con la frase “Ao vencedor as batatas” (“Al vencedor las papas”), lema de Quincas Borba, benefactor de Rubião, quien le explica el fondo de aquella frase, hasta ahora famosa en Brasil:

“El encuentro de dos expansiones, o la expansión de dos formas, puede determinar la supresión de una de ellas; pero, rigurosamente, no hay muerte, hay vida, porque la supresión de una es principio universal y común. De ahí el carácter conservador y benéfico de la guerra. Imagínate un campo de papas, y dos tribus hambrientas. Las papas apenas podrán alimentar solamente a una de las tribus, adquiriendo así fuerzas para cruzar la montaña e ir a la otra vertiente, donde hay papas en abundancia; pero, si las dos tribus dividiesen las papas del campo no llegarían a nutrirse por completo y morirían de inanición. La paz, en ese caso, es la destrucción; la guerra es la conservación. Una de las tribus extermina a la otra y recoge los despojos. De ahí nace la alegría de la victoria, los himnos, declamaciones, recompensas públicas y todos los demás efectos de las acciones bélicas. Si la guerra no fuese eso, tales demostraciones no llegarían a darse, por el real motivo de que el hombre sólo conmemora y ama lo que le es placentero y ventajoso, y por el motivo racional de que ninguna persona canoniza una acción que virtualmente la destruye. Al vencido, odio o compasión; al vencedor, las papas."

Si Machado de Assis mediante su personaje decía “La guerra es la conservación” a finales de 1886, poco más de medio siglo después encontramos en “1984” de George Orwell “La guerra es la paz”.




La historia se centra en Rubião, inocente, tímido y ahora millonario, totalmente confiado en ir a recoger “las papas de Rio, la capital del Imperio”, (Rio de Janeiro fue la capital del Imperio de Brasil, desde 1822 hasta 1960) sin sospechar ser una presa fácil en la ya cosmopolita capital de mediados del siglo XIX, a donde se mudó, dejando atrás su apacible Minas Gerais. Desde antes de llegar, en pleno viaje ya es albo de un astuto embustero: Cristiano Palha. Este, “siempre con el farol de los negocios encendido” reconoce rápidamente en aquel hombre a un tonto, perdido en su nueva vida, y, con simples consejos, llega a ser considerado por Rubião como “amigo”, siendo nombrado administrador de su fortuna y negocios. Palha le presenta a su bella mujer, Sofía, de quien Rubião se enamora hasta la locura (literalmente). Sofía se sabe bella, e inicialmente no se deja cortejar por Rubião, por considerarlo repugnante, llegando a contarle a su marido el galanteo del millonario. Palha, lejos de ofuscarse, decide usar la belleza de su mujer para mantener ilusionado y despreocupado a Rubião, así él se va haciendo fácil y sistemáticamente con gran parte del dinero.

Rubião llega a ser rodeado de personajes oscuros, todos con maneras diferentes pero con el mismo fin: echar mano al dinero. Además de aquella pareja, está también Camacho, director del diario “Atalaya”, quien lo convierte en su socio.

No sólo encontramos embuste en la trama, también celos, y crónicos por parte de Rubião hacia Sofía al verla bailar un vals con Carlos María, joven galán quien también la seduce en aquel momento. Rubião, confuso hasta la locura por las breves muestras de acercamiento de Sofía, una carta en tono amistoso, una conversación; no sospecha que Sofía sólo lo distrae por pedido de su marido, para que se asocie en cuanto negocio Palha le ofrezca. No sospecha ni cuando ve al mayor Siqueira y a su hija Tonica ser relegados por el matrimonio Palha, porque simplemente ya no les interesa su roce con ellos, ahora son un estorbo, y, ante la queja del mayor, Rubião no se ve reflejado en ese espejo.

Rubião, que tan sólo quería hacerse de amigos, queda en la soledad y miseria absoluta: ¡Al vencedor las papas!, repite una y otra vez por la calle, con sed, hambre y frio, fuera de sí, creyéndose Napoleón III, acompañado por su perro Quincas Borba.

Así como en los libros anteriores de Machado, este está escrito con mucha elegancia, con harta ironía y humor negro. Suelo leer el prefacio o presentacion luego de leer la obra en sí, así lo encuentro más interesante. Diversos estudiosos de Machado encuentran las entre líneas en su narrativa, por ejemplo:

No debe ser casualidad que el apellido “Palha”, de Cristiano, sea tal. “Dar palha” significa “ilusionar con una agradable conversa”, como bien refiere Willi Bolle en su prefacio. Además, también refiere:

Roberto Schwarz en su libro “Ao vencedor as batatas” de 1977, examina el retrato de Brasil en Quincas Borba;

El profesor inglés John Gledson, de la Universidad de Liverpool, en su libro “Machado de Assis, ficção e história” de 1986, también ve la representación de la sociedad brasilera de la época en Quincas Borba, y va más allá, encuentra semejanzas en el nombre del personaje principal, “Rubião”, con el nombre latín “rubiaceae”, al cual pertenece la planta del café, que proporcionó el boom económico de Brasil en la década de 1860. Encuentra también un paralelo entre el nombre completo del personaje “Pedro Rubião de Alvarenga” con el de “Pedro de Alcántara”, nombre de familia del emperador Pedro II.

También encuentra en la identificación del ya desvariado Rubião con Napoleón III, que después de derrotado en la guerra franco-prusiana de 1870-1871, fue obligado a abdicar; esto es visto por Gledson como un elemento llave del retrato satírico del Brasil Imperio, que fue sustituido por la República el 15 de noviembre de 1889, cuando esta novela de Machado entró en su fase final de concepción.

Con una vasta obra que va de la novela, pasando por el cuento, poesía, teatro, Joaquín María Machado de Assis (1839-1908) debe ser el mayor escritor brasileño hasta nuestros días, y aún así, fuera de las fronteras de su país no tiene la fama y el reconocimiento que debería; los hispanohablantes nos lo perdemos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Alberto Mussa en el Paiol literario

Desde el 2006 se viene desarrollando en la capital paranaense el evento “Paiol literario”, en el Teatro Paiol (de ahí el nombre) donde se invita a un escritor brasilero para conversar sobre literatura. Es abierto al público, con entrada gratuita. Está moderado por el periodista y escritor Luís Henrique Pellanda –quien lanzó en el 2009 el libro de cuentos “O macaco ornamental” (“El mono ornamental”)-, quien luego publicará, a doble página, dicha tertulia, en el periódico de literatura “Rascunho” (“Bosquejo”) que es publicado mensualmente y lanzado al mercado de forma gratuita.

De a pocos fui traduciendo la conversa que mantuvo con el escritor carioca Alberto Mussa (autor de “El enigma de Qaf”, Premio Casa de las Américas 2005), en el mes de junio del presente año, y publicado en la edición de julio.

Fui tan de a pocos con la traducción que ya pasaron tres escritores más por este evento. Esto se debería imitar, en Lima por ejemplo, y podría ser en la Casa de la Literatura, quizá; sería una buena manera de acercar a los escritores y sus obras al gran público. Este evento aquí en Curitiba, Brasil, es auspiciado por el “Fundo Municipal da Cultura”, de la “Fundação Cultural de Curitiba”.

Por encontrar muy interesante la edición hecha en base al diálogo, lo dejo aquí, en español.




Diversión

No creo que alguien compre un libro de literatura con una finalidad específica. Las personas pueden obtener, de cualquier experiencia de vida, algo que nos sea útil, inclusive el placer de simplemente relajarse, descansar, aprovechar, conmoverse, reír. De cierta forma, eso también es una aplicación que se presta a alguna cosa. Cuando me refería a la inutilidad de la literatura (en una entrevista anterior) me referí específicamente sobre aquellos que dicen que tienes que leer para volverte una mejor persona, que sólo quien lee, o sólo quien lee literatura, es capaz de discutir, o de tener un pensamiento elevado, o de desenvolver una capacidad crítica en relación al mundo. En muchas otras cosas puedes obtener esa misma capacitación. La literatura debe ser tratada principalmente como diversión. Hay una excesiva colocación de la figura del escritor como “alguien” que está en cierto altar porque, en la literatura, existe un esfuerzo intelectual muy grande. Hasta puede haber, pero existe también un esfuerzo intelectual para erguir toda esta construcción, aquí (refiriéndose al Teatro Paiol). Todo lo que el hombre realiza exige inteligencia, esfuerzo, capacidad, talento. Creo que, a veces, esa colocación especial sobre “la importancia de la literatura” aleja un poco al lector que quiere, pura y simplemente, tener un momento de placer: abrir un libro, leer una historia, sonreír, entristecer, pensar.


La gracia de Kafka

En cada libro, en su fundamento, en su característica, va a despertar en el lector un efecto diferente, y un mismo libro puede despertar en lectores diferentes, sensaciones diferentes. Yo, por ejemplo, encuentro en “El proceso” de Kafka, un libro divertidísimo. Encuentro en él un escritor divertidísimo. Lo curioso es que hice la prueba de entregar un ejemplar de aquel libro a mi hijo, cuando él tenía quince años, y él también lo encontró muy divertido, pero ya oí personas diciendo que ese es un libro que nos aterroriza, porque destruye nuestras bases. No tomo las cosas muy en serio. Soy una persona seria generalmente, pero no doy esa grandeza excesiva a las cosas. Creo que las cosas son simples.


Camões memorizado

Mi padre y mi abuelo paterno tenían muchos libros en casa. Mi papá era juez embargador, pero siempre gustó mucho de la literatura. Él poseía una colección inmensa de libros de derecho y filosofía, libros que yo no tenía muchas ganas de leer, pero que, eventualmente leía. Mi papá también tenía muchos libros de literatura, y de literatura clásica. Mucha poesía: comencé como lector de poesía. Hubo una época en que me sabía trechos completos de “Os lusiadas” (“Las lusiadas”,1) de memoria; también sonetos de Camões, de Castro Alves, de Gonçalves Dias, todo esto a los diez u once años.


Garaje lleno

Los libros, en general, estaban desparramados por nuestra casa. Como soy algo mayor que mi segundo hermano –tenemos seis años de diferencia-, fui el primero en salir del cuarto común. Mi casa tenía dos pisos, toda la familia dormía arriba y yo abajo. Aquel cuarto mío era también donde mi papá almacenaba libros. Allí recuerdo de algunas colecciones muy interesantes: sobre mitología, por ejemplo, y esa proximidad tal vez influenció mi gusto, o las propias características de mi escrita. En mi casa sólo no había libros en la sala de visitas. Teníamos un garaje cerrado, donde, por lo menos, entraba un carro, pero, en aquel garaje, siempre hubo libros, nunca dejamos un carro ahí dentro. Estacionábamos el auto en la calle, y el garaje era un lugar destinado a los libros. Para mí, la convivencia con la lectura, fue tan natural como jugar con la pelota en la calle. Mi mamá gustaba de libros policiales: de Agatha Christie, que también yo leía. Por eso, siempre leí. No era un hábito, era un placer.


De la miopía al libro

Muy tarde decidí hacerme unos exámenes de vista: tengo diez grados de miopía, y la oftalmóloga preguntó desde cuando había comenzado a usar anteojos. Comencé relativamente tarde, cuando ya tenía cuatro grados. Ella me dijo: “Usted debió ser un niño que gustaba de leer, de quedarse en casa, y que gustaba de objetos pequeños.” Sorprendido le respondí: “Es verdad, ¿cómo pudo usted saber?”, ella respondiéndome: “Es que usted debe ser miope desde los siete u ocho años y, para un miope, es peor ver las cosas en profundidad.” Nunca fui un buen jugador de futbol, y por eso, acabé escribiendo. Pero nunca había escuchado un análisis así, diciendo que la miopía te lleva al libro, a un objeto que puedas ver en un tamaño mayor.




Mi biblioteca


Ingresé a la facultad con 23 años; era mi segundo intento. En aquel período, comencé efectivamente a montar una biblioteca que tuviese mi perfil. ¿Y cuál era ese perfil? Yo estaba interesado en conocer literatura y mucho sobre historia y antropología; mitología principalmente, pero, como difícilmente se encuentran colecciones de mitología, tienes que comprar libros de antropología. Siempre coleccioné libros en esas tres áreas, aunque más en literatura, por causa de afinidad. Tenía la obsesión de tener libros de todos los lugares del mundo. Estaba decidido por conocer escritores de Corea, de Tailandia, de Afganistán, y tuve la suerte, por una serie de circunstancias, de conocer la literatura africana. Fue entonces que pude juntar muchos libros de esa específica literatura y, en una época de mi vida pensé en ser profesor de literatura africana en la UFRJ (Universidad Federal do Rio de Janeiro), cuando los profesores comentaban que ese departamento sería abierto por allá. Sin embargo, la vida me llevó por otros rumbos, y terminé no ingresando en la universidad; nunca fui profesor.


Toda la literatura del mundo

Por aquella época no había internet, no había nada; tenías que ir a las librerías. En el centro de Rio (de Janeiro) hay una importadora, la Librería Leonardo da Vinci, donde yo siempre iba. Allí consultaba los catálogos, escogía los títulos, y mandaba comprar los libros. A veces, por causa de variaciones en la tasa de la moneda aquello se tornaba un serio problema, tenía que haber todo un esquema planeado previamente. Si un libro se demoraba mucho en llegar el dólar podría subir de precio y, después, no tendría cómo pagarlo. Mi intención era tenerlo todo. Tener un conocimiento de toda la literatura del mundo, o por lo menos un poco de cada una; tener un libro de cada lugar, de cada escritor importante de cada país. Fue así que mi biblioteca fue creciendo.


Exactas

Yo era un mal alumno, siempre lo fui. Durante el segundo grado fue cuando descubrí que tenía cierta habilidad para la matemática, eso cerca del examen de admisión. Nunca fui un alumno brillante. Tuve que llevar recuperación en portugués, en redacción. Y de repente, descubrí la matemática, en el justo momento de escoger una carrera. Jamás seguiría la carrera de mi padre, tenía un rechazo total por todo aquello. También eran épocas de la dictadura militar, el final de ella. Tuve una formación muy conservadora. A pesar de haber vivido experiencias que me mostraran otros universos, mi educación fue bastante severa. Fue entonces que opté por lo que estaba de moda en aquel tiempo: una carrera en el área de ciencias exactas.


Cerebral

No me gustaba nada práctico. No me gustaba la física, porque era una cosa real. Ingeniería, ni pensar. Entré en matemática, pero acabé no identificándome con aquello, sólo me gustaba la matemática abstracta. Desistí de la carrera en sí y fui a intentar estudios de música. Cuatro años después regresé a la universidad, más maduro, y decidí que quería estudiar literatura, pero esas cosas siempre marcan. Mi literatura es una literatura artificial, muy cerebral. No es que ella tenga un nivel de aplicación o de complejidad mayor que otras, no es eso, pero no escribo sobre mis experiencias de vida. No consigo verme escribiendo sobre mi infancia, que fue muy rica, tanto en cosas malas como en cosas positivas. Pasé por experiencias que pocas personas con mi origen conocen. Viví en una favela, llegué a vivir en el morro casi un año, cuando tenía 18, con una mujer de 27. Frecuenté escuelas de samba, y hasta hoy las frecuento. Tocaba atabaque (instrumento de percusión hecho de madera y cuero de res, usado en ceremonias religiosas o profanas) en sitios de umbanda (religión afro-brasileña que mezcla enseñanzas del espiritismo de Alan Kardec, del catolicismo, y de sectas que llegaron junto con los esclavos africanos). Fui capoeirista, enseñando capoeira de calle para mi hermano, que hoy es profesor de educación física. Una capoeira de calle que no tenía alongamiento previo, no tenía fortalecimiento alguno en un gimnasio, nada de eso: era capoeira pura. No puedo escribir sobre eso, no puedo plasmar en mis libros mis experiencias personales. Por eso busco escribir a partir de un problema cualquiera, es mi proceso de creación. Encuentro algún problema literario, alguna historia que leí, alguna novela que me inspira y digo: “Pucha(2), yo podría darle a eso un trato x”. También tengo que planificar el libro entero. No comienzo un libro sin saber exactamente qué decir; siempre quiero decir alguna cosa, y sé cómo voy a finalizarlo. Claro que durante el proceso de escribir, puedo cambiar alguna cosa, pero, antes de comenzar a escribir, invierto mucho tiempo planificando, hago dibujos…, dependiendo del lugar donde la historia va a desarrollarse, hago un mapita, localizo aquello, pienso en los capítulos. Si comienzo a escribir y noto que estoy dejando cada sección del libro con tres páginas, aquello se tornará una regla inquebrantable para mí, impidiéndome luego, hacer una sección con cinco páginas, por ejemplo, para no quebrar el ritmo, el paralelismo.


Diversidad literaria

Trabajo la cuestión de la ficción muy racionalmente. Gusto de transformar una historia en otra. De coger una historia y decir: "Puedo transformar esto en otra cosa." Me gusta cambiar la reacción del personaje x, por ejemplo, e imaginar lo que aquello puede inducirme a pensar. La construcción de “El movimiento pendular” está basada en ese principio. Son historias de adulterio. Es todo un juego, no tiene nada de formal, y realmente es un juego de carácter lógico. ¿Cuál es la idea? Coger una historia que pueda ser considerada la primera historia de adulterio de la humanidad, y mostrar que todas las historias de adulterio que sucedieron después de aquella son transformaciones de la primera. Si en la primera historia, el marido llegó y mató a la esposa, en otra, él la cogió de nuevo, o decidió matar a la amante. Ahí puedes crear todo un juego lógico de transformación de una historia en otra. Esto es muy interesante porque llegas a descubrir historias muy diferentes, que no son naturales, pero son literarias, y la literatura desborda y mucho a la realidad; ella tiene el poder de sobrepasarla. Puedes concebir mundos totalmente diferentes, principalmente si se llega a utilizar el elemento fantástico, que es una cosa que la literatura brasileña no tiene costumbre de hacer. La literatura brasileña tiene el vicio del realismo. No es que esté contra esto. Admiro una serie de libros realistas, pero, en un conjunto literario donde observas que todos trabajan con el mismo principio, eso se torna en un problema. Hoy, la gente habla mucho sobre el ecosistema, en preservar la naturaleza y, para mantener la vida en el planeta hablamos de diversidad biológica, pero, en lo cultural las personas no piensan así. Ellas tienden a formar padrones, seguir un mismo estilo ya trazado, un mismo principio, escuelas de literatura, una generación literaria; encuentro a todas esas cosas empobrecedoras. ¿Qué es una generación? Esta no se define apenas por su fecha de nacimiento, y sí por una comunión de procesos e intereses. Eso está mal. Lo ideal es que cada escritor tenga un proceso diferente, y que podamos ofrecer al público una diversidad literaria, cultural. Yo procuro hacer eso. Me gusta explorar temas que siento no están muy presentes en la literatura brasileña, entonces, siempre parto de un estímulo intelectual externo a mí y a mi vida.


Cosa peligrosa

Durante el período de la facultad nunca pensé en ser escritor. Mi objetivo era justamente ser profesor. (…) En esa época, yo trabajaba en el diccionario del profesor Houaiss (3), yo escribía la letra D. Fui especialista en letra D. ¿Y qué sucedió? Llegó el Plan Collor (4) y los patrocinadores retiraron su dinero del diccionario. Hubo una interrupción en el trabajo, y yo quedé desempleado. En esa época tenía un hijo de un año, y la madre de él, mi ex-mujer, trabajaba en el mismo lugar; quedamos desempleados al mismo tiempo. Tuve que ingeniarme otras cosas para hacer. Mi madre me ayudó bastante también. Acabé tomando otro rumbo, alejándome completamente del ambiente académico. Sin embargo, unos cinco años después, todo aquello terminó haciéndome una inmensa falta: la convivencia con amigos, las tertulias sobre libros, sobre literatura, sobre escritores. Hasta ese entonces nunca había intentado escribir en prosa, siempre había intentado escribir poesía. Intenté hacer un cuento, y acabé gustando de aquello. Insistí, envié un libro terminado para Antônio Houaiss, y tuve suerte, él gustó del libro, pero me dijo: “Estás haciendo una cosa muy peligrosa. Estás yendo en dirección contraria a todo lo que hasta hoy existe. ¿Estás seguro de querer publicar este libro?” Él tenía miedo de que mi libro fuese criticado porque no formaba parte de su tiempo. Le respondí: “Lo que escribí fue eso.” Houaiss hizo una presentación para el libro y pude publicarlo. Fue así que entré en la literatura con “Elegbara”, en 1997. El libro no tuvo ninguna repercusión. Fue una edición pagada a editora Revan, después fue publicado de nuevo por la editora Record.


Bioy, lindo y racional

Cuando comencé yo no conocía a Borges. Lo curioso es que las personas asocian y mucho mis libros a él. Había leído ya “La invención de Morel” de Bioy Casares, y me dije: “Caramba, si yo quisiera escribir algún día, si yo tuviera que escribir y consigo hacerlo, tengo que escribir ese tipo de literatura.” Es un libro lindo, pero construido muy racionalmente. Es una literatura muy racional. Cuando comencé a leer a Bioy me apasioné y, naturalmente, llegué a Borges, aunque en esos momentos ya había escrito “Elegbara” casi en su totalidad.


El portugués que conozco

Yo era un académico, me preparé para ejercer el profesorado. Escribía ensayos de literatura, textos teóricos, crítica. Comencé haciendo ficción, aunque creo que mi ficción trajo consigo un poco de esa forma de expresarme. Recuerdo también algo muy interesante: en mi época, en la facultad de letras, para que te conviertas en un escritor tenías que realizar alguna cosa parecida con Guimarães Rosa. Si no lograbas subvertir el lenguaje, no podrías ser considerado un artista de la palabra. Tenías que crear un universo, un lenguaje diferente, y yo no tenía la menor pretensión de hacerlo. Mi portugués era el portugués culto, universitario. Sé escribir solamente así, no sé hacer otra cosa, pero había esa presión. En las oficinas de literatura eras prácticamente obligado a intentar crear un lenguaje diferente. Cito a Guimarães Rosa porque era él la mayor referencia. Perdí el encanto con todo aquello porque veía que la historia en sí perdía valor, era como si ella no importase; cada uno tenía que crear su lenguaje; no comulgo con eso. Hasta puedes llegar a crear un lenguaje, pero Guimarães Rosa, en algunos libros, se equivocó y mucho. Quedó al final más lenguaje y menos historia. No me agradan sus últimos libros, pero hay un punto de equilibrio en que él tenga una creación de un vocabulario de imágenes metafóricas fascinantes, y tiene también la base, la historia que está contando. Sin esa buena historia no hay literatura para mí. Con una ficción hecha sólo de palabras, cualquier otra cosa en que el fundamento sea tan sólo un lenguaje diferente, sin una buena historia por detrás, simplemente no me llego a identificar. Reconozco que aquella época era extraña, había la semiótica. La teoría literaria tenía cosas así, todo era el signo, la significancia. Teníamos demasiada teoría, teoría de la recepción. Estudiabas unas cosas muy complicadas. De cierta manera eso me desanimó un poco de estudiar literatura teóricamente, aunque yo venía de aquella formación. Cuando descubrí a Bioy fue todo una abertura, una liberación. Pude resolver mi forma de escribir, y no podría ser de manera diferente: Bioy me liberó de ese peso de tener que crear un lenguaje. Voy a escribir en el portugués que conozco, el portugués que aprendí.


Autorreferente

En la actualidad vivimos un momento en que la gran mayoría de los escritores busca representar una realidad social. Creo que ese estudio (refiriéndose al estudio de la profesora Regina Dalcastagnè, de la UnB -Universidad de Brasilia-, sobre el perfil de los personajes de las novelas brasileras contemporáneas, en su mayoría, blancos y de clase media) desvela muchas cosas interesantes. Primero, las personas comienzan a escribir desde muy joven hoy en día. Los autores publican desde los 20 años. Eso no quiere decir nada, puedes escribir un libro maravilloso a esa edad, pero será un libro basado en su experiencia personal, porque con esa edad no tiene una carga de lectura que le permita un conocimiento más amplio de la literatura. Para mí, la literatura es una institución, ella tiene una historia. No basta tener tan sólo la inspiración. Puedes tener talento, pero necesitas tener el fundamento. Uno sólo aprende a escribir leyendo. ¿Puedes acertar con un libro? Sí, pero será un caso muy raro. Tú podrías acertar con un libro basado en experiencias personales, en una historia de tu vida, en algo que conociste. Al hacer eso estás utilizando tu referencia, pero, para escribir una novela fuera de tu tiempo, o en un país que no es el tuyo, necesitas estudiar. Si eres curitibano (5) y vas a crear una novela ambientada en la Curitiba del 2010, entonces conoces todo. No necesitas preocuparte con la ropa de los personajes, ya que es la ropa del cotidiano. Conoces los buses, los tipos de autos, las bebidas, las comidas, el hábito de las personas. Estás haciendo un libro que es la traducción de tu tiempo, porque este tiempo es tu auto-referente. El realismo es autorreferente desde el siglo XIX. Este ya habla de sí mismo, y de los problemas de su tiempo. Las personas están en su tiempo, preocupadas con lo que sucede en él, y representan ese tiempo. Eso es una estadística. ¿Cuál es el perfil del escritor brasileño? Blanco, universitario, periodista, profesor de literatura, residente en un gran centro, en la capital de su estado. ¿Y el escritor brasileño de hoy? Es difícil huir de eso, estadísticamente. La literatura es referente por autodefinición.


Eso cansa

Muchas veces escucho esta frase: “El escritor refleja su tiempo.” Yo no reflejo mi tiempo, ni tengo la menor intención de hacerlo. Por el contrario, la literatura me da la oportunidad de viajar por experiencias que nunca voy a tener: el siglo XIX, el siglo XVIII, la prehistoria, la edad media, otros países, mundos imaginarios, situaciones que en la vida real no existen, leyes físicas no vigentes. La literatura posibilita un viaje a un universo en que no vivimos. Es el gran momento de vivir una experiencia que no está dentro de nuestro cotidiano. Claro que hay buenos libros autorreferentes del tiempo contemporáneo, pero, cuando una literatura entera tiene ese proyecto, y eso ha sucedido en Brasil, el resultado es ese ahí. Me cansa. Disfruto justamente de aquella diversidad, de experimentar cosas nuevas. Si puedo imaginar el siglo XIX, ¿por qué no hacerlo? Es una experiencia única. Nosotros no vamos a vivir nunca en el siglo XIX, ¡estamos en el XXI!, pero en la literatura podemos hacerlo. No sólo leyendo los autores que escribieron sobre ese tiempo, también lo conseguimos viajando en la ficción. Esa es la grandeza de la literatura: la posibilidad de vivir la experiencia de otra persona, cavilar como otra persona, sentir como otra persona. Sentir viviendo ese otro tiempo, otro momento de la historia de la humanidad. Ganarás una sensación de humanidad mayor. Tendrás una experiencia mayor sobre el hombre en su sentido más amplio. No sobre el hombre localizado históricamente en una experiencia específica, sino del hombre en general. La literatura es una de las pocas disciplinas, una de las pocas actividades en que puedes desenvolver eso de la forma más libre posible.



Macunaíma y el racismo

Nunca me gustó Macunaíma. En la época en que lo leí, joven, era un libro que agredía, y todavía agrede la religión que yo practicaba. Yo tocaba el atabaque en sitios de umbanda; mi padre era adepto a filosofías alternativas, no tenía una religión específica. Mi madre y mis tías frecuentaban algunos sitios de umbanda. Eras así: iban a esos lugares para ver cómo estaba tal o cual situación, y luego regresaban a la iglesia. Yo llegué más hondo; me quedé allá y tuve una experiencia más intensa en ese ambiente. La descripción que Mário de Andrade hace de ese ambiente en su obra la encuentro profundamente pre-conceptuosa. Es tan agresiva que cuando se tiene una vinculación emocional con aquel fenómeno te llegas a sentir agredido. Independientemente de eso, analicemos todos los estereotipos que existían en el país antes de Macunaíma y del modernismo en general. ¿Cuál es el principal estereotipo de los indígenas en el Brasil? El indio es ocioso –esto desde la literatura colonial-, es sensual, es ligado al sexo sin límites, no tiene respeto por nada, es traicionero. Antes del modernismo ser ocioso era un valor negativo, ser sexualmente libre era negativo, no era bueno ser traicionero y no tener palabra. Con el negro sucede lo mismo. ¿Qué era el negro? Sucio, feo, supersticioso, olía mal, era violento, violador. Esos personajes los encontramos en todas nuestras novelas, desde la literatura colonial. Están en todas las cartas y sermones de padres. Cuando llegamos al modernismo, esos estereotipos se mantienen. La diferencia es que estas características pasaron a verse con tolerancia. ¿Y qué es Macunaíma? Él también es ocioso, libidinoso, sin carácter, traicionero. El negro del libro también es feo, asqueroso, despierta repugnancia. Son los mismos estereotipos, sólo que en vez de usar las mismas palabras agresivas que se usaban en el pasado, se pasó a usar un lenguaje más blando, más cordial. Se disminuyó la intensidad, pero se mantiene el mismo fundamento. Ese es un gran problema de la literatura, no de la brasileña en general, pero sí de una gran cantidad de libros y de grandes autores.


Montero Lobato inservible

En el 99,9% de las novelas brasileñas, sólo se llama de negro a quien es negro. A quien no se le asigna un color se le presume blanco. ¿Por qué? Porque se escribe pensando como blanco y, lo que es más grave, se escribe para un público blanco. Las personas que hicieron la literatura brasileña del siglo XX no imaginaron que su obra podría ser leída por negros. No imaginaron que los negros irían a la escuela algún día, que serían universitarios, que serían intelectuales. Hace un tiempo escribí un artículo sobre Montero Lobato que me causó un tremendo problema, porque dije ahí que su obra era completamente inservible, a pesar de ser genial. Tengo un gran amigo de raza negra, y su hija, de la misma raza, estudia en una escuela donde escogieron leer a Montero Lobato. Allí ella leyó que la negra es bembuda y burra. El personaje de la tía Anastácia es caracterizado así. En aquel artículo me respondieron que aquello era un absurdo, porque, para comprender un libro yo tenía que contextualizarlo históricamente. Ahí me detengo y pregunto: ¿Vas a pedir contextualizar históricamente un libro a una niña de raza negra de siete años, que estudia en una escuela de padrón alto, donde todos sus compañeros son blancos? ¿Vas a escoger un libro que dice que la negra es burra, fea y apestosa –que es como Emília se refiere de la tía Anastácia-, y vas a querer contextualizar eso históricamente? Ese libro es inservible para ser usado en un salón de clases. Ese libro refuerza esos estereotipos. Ese es un problema que trae nuestro racismo. Escoja los grandes autores: José Lins do Rego, Graciliano Ramos, Guimarães Rosa, los mejores, verán en ellos ese procedimiento. Son los personajes fulano o sultano, pero, en el momento en que el negro aparece, es “el negro”. El negro fulano. Poco a poco se olvida el nombre del personaje, pasando este a ser tan solo “el negro”, o “el mulato”. No es posible. Tenemos que encontrar otra forma de tratar esto.


Cosa de blancos

En mis libros nunca digo que un personaje es negro, el lector tendrá que descubrir. Daré indicaciones. Si digo que él es un esclavo, y estoy refiriéndome al período de la esclavitud, el lector podrá deducir eso fácilmente. En el libro que estoy escribiendo ahora tengo esa dificultad, pues no está ambientado en aquel período de la esclavitud. Está ambientado entre 1910 y 1920. Es un ejercicio interesantísimo poder mostrar al lector que un personaje es de raza negra sin necesidad de decirlo. Es un desafío, y es difícil. Antiguamente, en lingüística, eso era llamado de “elemento marcado”. El elemento marcado era aquel que “tenías que mencionar”. Cuando no mencionabas nada, se presumía otra cosa. Entonces, la literatura, se presume como una cosa de blancos. Escritores blancos y lectores blancos. Cuando aparece un elemento negro, este tiene que ser marcado.


El pueblo brasilero

Nuestros orígenes son indígenas, y esto es científicamente comprobado. Antes de esto, ya existía una comprobación histórica. Si ustedes leen los textos coloniales del siglo XVI verán que todos se refieren a los problemas de la Inquisición, al tolerar los casamientos, uniones que no eran formales, ni santificadas por la iglesia, entre los portugueses y las indias de las aldeas, de las aldeas controladas por padres jesuitas. Los propios documentos históricos refieren que del primer millón de brasileros –en un cálculo que hizo Darcy Ribeiro en el libro “O povo brasileiro”-, ciertamente el 90% eran oriundos de aquel primer contacto, pues no habían mujeres blancas. Eran poquísimas. Fue entonces que la populación brasilera creció en la base del relacionamiento, no necesariamente amoroso, entre portugueses e indígenas.


La lengua general


El Marqués de Pombal (6) prohibió el uso del tupi (7) en Brasil. Domingos Jorge Velho (8), quien destruyó Palmares, no hablaba portugués. Hablaba la “língua geral(idioma de los bandeirantes) (8). La toponimia de Brasil muestra eso. Hay nombres tupi por todo el Brasil: ríos, lagos, cascadas, ciudades. En lugares donde los indígenas tupi nunca vivieron. Eso sucedía porque quien bautizaba aquellos lugares eran los “bandeirantes”, que no hablaban portugués. En la actualidad, las personas en general no reconocen esto. Ellas dicen: “Que Brasil es un país mestizo, es verdad, pero yo no lo soy: mi madre era portuguesa o italiana, y yo tengo un pasaporte de la comunidad europea”. Cosas de ese tipo están de moda hoy en día. Las personas no reconocen una cosa obvia y científicamente demostrada: el aspecto físico no dice nada de ti después de dos, tres, cuatro generaciones. Yo me hice un examen de ADN, y descubrí que tengo antepasados indígenas, y no tengo cara de indio, a pesar de gustar y andar sin camisa, pero tengo comprobado que, en mi genoma, algún gen viene de un linaje indígena. Y es así con prácticamente todos los brasileños, excepto claro de aquellos cuyos padres son inmigrantes recientes.


¿Qué es tupi?

Las personas no tienen interés en conocer la historia brasileña. Vean la literatura de los Estados Unidos, por ejemplo, que es el país modelo para casi todo en la actualidad. Hay todo tipos de libro: los contemporáneos, los históricos, los fantásticos, los policiales, y, cuando vemos el tratamiento que los escritores le dan a la historia norteamericana vemos que ellos tienen conocimiento. Hay géneros fascinantes. El “lejano oeste” por ejemplo, es un género maravilloso creado allá. Y los autores de ese género, y principalmente los grandes escritores que lo abordaron, tienen un profundo conocimiento de aquella historia. Cuando hablan de indios, hablan con conocimiento de causa. Conocen sus rituales, saben distinguir sus grupos. Nosotros no tenemos ni noción de qué tipo de indios viven en el Brasil. Mencionamos la palabra “tupi”, pero ¿qué es tupi? ¿A qué se refiere? ¿Cuál es la diferencia entre el tupi y el tapuia? ¿Y cuál con el ianomâmi? Y es ahí que vemos cosas absurdas. Personas colocando la palabra tupi en boca de indígenas que no lo hablan. En Brasil son habladas casi 200 lenguas indígenas. Falta una identificación del brasileño con su propia historia, la historia de su país. Reconocer que, en verdad, nuestra historia no comienza en 1500, esta ya viene de antes. En Francia, antes de la llegada de los romanos, se tenía a los galeses; en Portugal tenían los íberos. Fernando Pessoa en “Mensagem” (“Mensaje”), habla del héroe antiguo, anterior a los romanos. Él no creía que Portugal comenzó con la invasión romana. Este sentimiento en Brasil no existe, y existe en cualquier lugar del mundo, solamente aquí no existe.


Grandes momentos


Algo que me causó un enorme impacto, y que me llevó a escribir “O enigma de Qaf” (“El enigma de Qaf”), fue la lectura de la poesía árabe pre-islámica. Siempre leí mucha poesía. Hasta hoy la leo, quizá menos que antes, pero nunca la abandoné; fue mi formación. Pero de esa poesía árabe, yo no tenía ninguna noción. A pesar de tener antepasados libaneses, nunca aprendí árabe en casa. Crecí como un brasilero común. Muy tarde, leí una traducción de esos poemas, y vi que aquella era una poesía tribal. Normalmente, en Egipto o en China, por ejemplo, el tratamiento de la poesía era siempre el de la ciudad, y de personas que vivieron en un mundo civilizado, donde había un estado, leyes, crimen y justicia, pero aquel era el único caso de poesía antigua y clásica de una sociedad de pastores nómades que no tenían leyes. Existía un código de ética, pero la ley era la de la venganza: lo que tú haces conmigo, yo lo haré con un pariente tuyo. Está todo allí. Fue uno de los últimos momentos en que la literatura cambió mi forma de vivir el mundo.


Edición : Luís Henrique Pellanda

Traducción: Manolo Paitán Malpartida.


Pueden leer el texto original en esta dirección:
http://rascunho.rpc.com.br/index.php?ras=secao.php&modelo=2&secao=45&lista=0&subsecao=0&ordem=3439

(1) “Os lusíadas”, obra poética del portugués Luiz Vaz de Camões, obra cumbre de la literatura portuguesa. Es, para los brasileros, e imagino que para los portugueses, el equivalente a lo que para nosotros, los hispanohablantes es “El quijote...” de Cervantes.

(2) Ese “pucha” se utiliza mucho en Perú de manera coloquial, sospecho que en otros países no es así. Opté por esa expresión por creerla más cercana al “puxa” del texto original, término usado también, de manera coloquial, en muchos estados brasileños.

(3) “Grande Dicionário Houiass da Língua Portuguesa”, proyecto del profesor Antônio Houaiss, quien dedicó toda una vida en mapear y registrar palabras utilizadas en la lengua portuguesa. Diccionario con más de 3000 páginas, el autor declaró: “Cuanto mayor es la desinformación del usuario, mayor es el desamor por aquello que es el medio más eficaz de comunicación entre los hablantes de cualquier nación, su propia lengua.

(4) El llamado “Plano Brasil Novo”, más conocido como “Plano Collor” fueron las medidas económicas tomadas por el electo presidente (1990) Fernando Collor de Melo para combatir la inflación, bloqueando todas las cuentas bancarias con más de 50 mil Nuevos Cruzados (moneda de aquel tiempo), y transfiriéndolas al Banco Central. Millones de personas se fueron a la ruina, no pudiendo desbloquear su dinero. Los peruanos sabemos bien qué se siente; durante el primer mandato de nuestro presidente Alan García, hizo dos años antes (1988) una cagada parecida con iguales o peores resultados.

(5) Gentilicio de Curitiba.

(6) Sebastião José de Carvalho e Melo o Marqués de Pombal (1699-1782), fue un noble y estadista portugués quien es recordado por su energía tras el terremoto que asoló Lisboa en 1755, así como también por su impulso en la educación en Portugal, teniendo como objetivo el nivelar y actualizar su país con el resto de Europa. En Brasil, donde los jesuitas tenían sus misiones, Pombal los acusó de apoyar a los indígenas en la resistencia contra Portugal, consiguiendo –tras un atentado contra la vida del rey José en 1758- expulsar a los jesuitas de Portugal y de sus colonias; ese tiempo fue conocido como “Terror Pombalino”.

(7) Tupi, lengua indígena brasileña hoy extinta. Originaria del pueblo de Tupinambá, llegó a ser estudiada por los jesuitas. Del tupi descienden las lenguas “nheengatu” (tupi moderno), y “língua geral paulista” o “língua crioula”, también extinta.

(8) Domingos Jorge Velho (1641-1705) fue quizá el mayor “bandeirante” –personas que ingresaban en los sertones en busca de riquezas esclavizando indígenas- del que se tiene conocimiento, encargado de exterminar a indios de Ceará y Maranhão que todavía no estaban bajo las órdenes de los blancos.


Fuentes:

- La fotografía del escritor durante el diálogo fue tomada del blog “Alma Acreana” de Isaac Melo.
http://almaacreana.blogspot.com/2010/06/alberto-mussa.html

- El texto traducido fue publicado por el periódico literario "Rascunho" en su edición de julio del 2010.

- Sobre el “Grande Dicionário Houiass da Língua Portuguesa”
http://www.objetiva.com.br/livro_ficha.php?id=698

- Sobre el Marqués de Pombal
http://educacao.uol.com.br/biografias/ult1789u644.jhtm

- Sobre el idioma tupi
http://pt.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADngua_Geral_Paulista

- Sobre Domingo Jorge Velho
http://educacao.uol.com.br/biografias/ult1789u689.jhtm

viernes, 5 de noviembre de 2010

El rio de piedra, Giuseppe Bonaviri




Il fiume di pietra; O rio de pedra; El rio de piedra, Coleção Letras Italianas, libro 19; Giuseppe Bonaviri, 1964; Berlendis & Vertecchia Editores 2002; Italia.


Pareciera que el lema de la editora brasileña Berlendis & Vertecchia fuese algo así como: “Porque no sólo Italo Calvino y Umberto Eco lee el mundo”, pues, lanzando la Colección Letras Italianas, ofrece títulos de autores no tan conocidos (al menos para quien escribe) como Giovanni Arpini, Erri De Luca y Francesco Marroni, entre otros, hasta de consagrados como Alberto Moravia, Fernanda Pivano (aquella de la entrevista a Charles Bukowski titulada “Lo que más me gusta es rascarme los sobacos” y editada en español por Anagrama), Elsa Morante, entre muchos otros. El primer libro que me hago de esta vasta colección es de otro reconocido escritor italiano, Giuseppe Bonaviri (1924-2009) -paisano de Leonardo Sciascia, también incluído en esta colección-, nombre que no pocas veces estuvo entre los candidatos a recibir el Nobel de Literatura.

Este proyecto de la editora ítalo-brasileña Donatella Berlendis iniciado en el 2001, da a conocer los escritores italianos del siglo XX al público brasileño, con cuidadas traducciones en excelentes ediciones. Luego de la muerte de doña Donatella, en el 2002, son sus hijos quienes continúan con la empresa, que ya lleva 34 títulos (en literatura), segmentados por escritores de todas las regiones italianas. Este proyecto obtuvo el “Premio Nacional de Traducción” del 2002 por parte del Ministerio de Cultura de Italia, y, “Mejor Proyecto Editorial” del 2001 por parte de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.



Giuseppe Bonaviri nació en Mineo, Catania, Sicilia, fue médico cardiólogo, graduado en 1949 en la Universidad de Catania. Inició su carrera literaria con la novela “Il sarto della stradalunga” en 1954. Sus obras fueron traducidas a más de 30 idiomas y su nombre una constante, por algún tiempo, entre los nominados al Nobel de Literatura. En 1988 recibe el Honoris Causa en Letras de parte de la Università degli studi di Cassino, y em 1999 el Honoris Causa em Letras de parte de la Università degli studi di Catania. Murió hace poco, en marzo del 2009, en Frosinone, Lazio.

En cuanto a la obra en mención: esta novela nos lleva a Mineo, en Sicilia, previo al final de la II Guerra Mundial, cuando los aliados desembarcan en aquella isla italiana (“la punta de la bota”, según el mapa italiano). Todo lo que sucederá en adelante está descrito bajo la percepción de un grupo de jóvenes adolescentes, y teniendo a Peppi como narrador. Ellos van por la vida con la única preocupación de comer hasta la gula; sacar provecho de quien se pare enfrente de ellos, ya sean compatriotas o soldados norteamericanos, para encontrar más comida y bebida, sin dejar de lado sus juegos, que a veces llegan a ser peligrosos, y hasta crueles, pero también sin interesarles que aún puede haber por ahí algunos últimos grupos prestos a enfrentarse defendiendo la zona. En ningún momento durante la novela es narrado algún episodio bélico; la trama se centra en las vivencias de este grupo de jóvenes en su constante lucha por sobrevivir, desde hacerse de comida ajena, hasta interrumpir el enamoro de un soldado aliado a una joven siciliana, persiguiéndola luego hasta el cansancio.

Lo interesante es que Bonaviri se las ingenia para que en ningún momento llegue a ser triste (salvo en un momento de la historia), por el contrario, la obra derrocha alegría, parecen felices, y te deja pensando ¿cómo puedes vivir tan alegremente en medio de una guerra de esa magnitud? Sin embargo, estos alegres y furiosos jóvenes dejarán aflorar su tristeza, mezclada con la rabia, cuando pierdan a uno de los suyos, uno del grupo, y no puedan hacer nada por él. Pareciera que en ese momento cayeron en cuenta de que no son inmortales.

El mérito de Bonaviri está en retratar la alegría -desmedida, sí- en tiempos difíciles de guerra; en hacer que sus personajes no pierdan ese frescor de la adolescencia, con sus diálogos informales, típicos en adolescentes, todo esto alternado con la furia desarrollada por ellos, por el tiempo en el que les tocó vivir.
Giuseppe Bonaviri fue un gran hallazgo.

martes, 2 de noviembre de 2010

Villa Di Campobello, Chianti, Riserva 2006



Villa Di Campobello; Sangiovese 90%, Canaiolo 10%; Riserva 2006; 12,5% Grad. Alc; D.O.C.G. Chianti, Toscana, Italia.

Nuestros paladares (el de mi esposa y el mío) no son acostumbrados con vinos europeos; este Chianti fue una agradable experiencia, diferente a los vinos de los vecinos aquí en Sudamérica.

Diferente al momento de probarlo: una sensación a tabaco diferente a otras, muy equilibrado pero marcado, tenía una rica y mediana acidez, también diferente; un punto de dulzor en la sensación final, pareciera que fuese fresas, aunque suene extraño; de mediano cuerpo, de suaves taninos, y mediano final. Es un vino muy rico. A la vista denota poco cuerpo, lágrimas medianas, de un violeta claro, vívido. En la nariz se siente ciruelas negras, y algo de tabaco. Fue una experiencia diferente y muy agradable. Aunque ya escuché que un Chianti es un vino para acompañar una buena pizza, nosotros lo combinamos con pimientos (como aquí no hay caiguas me las ingenio con pimientos) rellenos de carne.