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domingo, 30 de enero de 2011

Atusparia, Julio Ramón Ribeyro




Editora : Ediciones Rikchay Perú – Serie popular
Año de publicación : 1981
Género : Teatro


El libro número 5 de la colección en la serie popular de esta editora es otra obra histórica adaptada al teatro, así como “Santiago, el pajarero”, escrita a inicios de los 80’s. Esta vez Ribeyro se basa en esta poca conocida –sobretodo en Lima- rebelión, ocurrida en Huaraz, capital del departamento (estado) de Ancash en 1885, y encabezada por el cacique Pedro Pablo Atusparia, quien ejercía el cargo de alcalde pedáneo, alcalde ordinario de la localidad de Marián, y quien con la ayuda de Pedro Cochanchín, natural de Carhuaz, conocido como “Uchcu Pedro” (“uchcu” significa “hueco” en quechua; a Cochanchín se le conocía por este apodo por trabajar muchos años al interior de los socavones, extrayendo mineral) como su lugarteniente, dieron guerra a las autoridades de aquel entonces, ante los atropellos que estas imponían al campesinado: nuevos y mayores impuestos, además de trabajo gratuito y obligatorio.

El contexto histórico y social de esta historia se da durante el primer semestre de 1885, cuando el Perú salía de una guerra perdida con Chile –la Guerra del Pacífico-, y había luchas internas entre las fuerzas del autoproclamado presidente Miguel Iglesias quienes se enfrentaban contra las del general Andrés Avelino Cáceres.

Ribeyro especifica que no es una reconstrucción fidedigna de la sublevación de Atusparia. Él tenía por objetivo el realizar una novela histórica, pero ante la poca información que pudo recaudar optó por escribir esta pieza dramática. Lo increíble es que hasta nuestros días hay poca información al respecto.

Así, encontramos los siguientes personajes en esta obra: el Atusparia ribeyriano es un tipo ante todo cabal y honesto, y quizá esa sea la causa de su fracaso en su breve experiencia política. Cansado de los abusos de las autoridades –es azotado frente al pueblo, humillándolo, cuando fue a conversar sobre los derechos de su gente- se rebela, exigiendo justicia. Ribeyro nos lo presenta con una manera de hablar muy elegante, con un manejo depurado del castellano ante los “mistis”, y con un lenguaje más coloquial ante su gente. Muchas veces de corte imponente, expone sus ideas y se hace escuchar tanto por los indígenas como por las diversas autoridades mestizas o de raza blanca que hay en la ciudad. Estos últimos sin embargo, no lo respetan, burlándose de sus orígenes indígenas, pero, tras la toma de Huaraz, estos fingen un acuerdo sólo para ganar tiempo, mientras llegan los refuerzos enviados desde Lima, encabezados por el Coronel Callirgos. Atusparia demuestra no tener rencor y se niega a tomar como prisionero al teniente Dubois, dejándolo libre. Tras una persecución, llega a ser capturado por Callirgos y condenado a muerte. Consigue escapar de prisión previo a una eminente ejecución, llegando posteriormente a entrevistarse en Lima con el general Cáceres, éste ya como presidente de la república, retornando a Marián con un pensamiento más flexible, no siendo reconocido por quienes antes lo apoyaban; es invitado a un almuerzo campestre donde es envenenado.

Ya Uchcu Pedro es radicalmente opuesto al pensamiento pacífico de Atusparia. Ambos tienen en común el anhelo por un futuro más justo. Pero para alcanzar esto, Uchcu Pedro está convencido que tiene que correr sangre. A punta de dinamita él y sus hombres son decisivos para la toma de Huaraz y Yungay, dejando muerte y destrucción por su paso. El Uchcu Pedro de Ribeyro se presenta inicialmente humilde, de hablar respetuoso, pero harto de las injusticias que tienen que soportar. Maneja un castellano rudimentario, como el de aquellos pobladores de la sierra que “tienen” que aprender el idioma de los blancos criollos, cuando siempre hablaron el quechua, a diferencia de los niños de esa región, quienes acostumbrados a usar el quechua en casa y el castellano en la escuela se les hace muy fácil expresarse en ambas lenguas. A Uchcu Pedro le cuesta hacerse entender pero no es un impedimento cuando tiene que hablar. Parece haber un cambio repentino en aquel hombre sencillo, aflorando en él una crueldad natural, y haciendo uso de esta con quien se interponga en su camino. Él es muy decidido en sus actos y corajudo; se hace perseguir por el coronel Callirgos por quebradas y montes por toda la Cordillera Negra en el Callejón de Huaylas, hasta ser finalmente capturado, tras la traición de Mosquera. El breve diálogo entre Callirgos y Uchcu Pedro es sabroso. El primero denota respeto y admiración por su prisionero, mientras el segundo no transmite temor alguno ante su inminente muerte en ninguna sílaba de su atropellado hablar. En este trecho, en el cuadro 14, sentí como lector aquel mismo deleite, tal cual como espectador, ante la pequeña escena y también breve diálogo entre Dennis Hopper y Christopher Walken en “True Romance”, película con guión de Quentin Tarantino.

Montestruque; es el periodista de raza blanca que apoya a Atusparia, redacta los informes, actas, sentencias y discursos. Nombrado como secretario en el corto plazo que duró la insurrección. Sueña con restaurar un nuevo “imperio incaico”. Muere en Yungay, defendiendo el mercado, atravesado por bayonetas.

Baylón; ayudante de Atusparia, también se atrinchera en el mercado de Yungay y cubre la salida de Atusparia hacia Huaraz.

Granados; otro ayudante de Atusparia, llega a ser encontrado junto al cacique, pero llega a ser acribillado en el acto luego de haberse rendido.

Mosquera; abogado mestizo, traidor, no tiene bandera, está a favor de quien está cerca del poder, y con quienes más le convenga. Atusparia y su gente saben que la fidelidad no es una característica en él, pero aún así es parte de su comitiva, siendo nombrado por el cacique prefecto de Huaraz, al menos por un día. Fue capturado por Callirgos con quien pacta su libertad a cambio de entregar a Uchcu Pedro.

Teniente Dubois; tras la toma de Huaraz, él se rinde ante Atusparia quien lo deja en libertad. Dubois ve en el cacique un hombre justo. Va hasta las faldas de un cerro en Yungay a convencer al coronel Callirgos que la revuelta ha cesado, pero éste no lo escucha. Tras la captura de Atusparia, es Dubois quien manda dos de sus hombres para liberar al cacique, por sentirse en deuda con él.

Coronel Vidaurre; destacado en Huaraz, tiene a su mando al teniente Dubois y también al sargento Diablo.

Sargento Diablo; al igual que Vidaurre aparece poco: en el cuadro 2, se ofrece a acompañar a Mosquera y Montestruque por sospechar de ellos. Por el apodo que lleva pareciera ser cruel y decisivo en un probable combate, pero ya en el cuadro 4 sabemos que fue descuartizado por Uchcu Pedro y sus hombres, clavando sus miembros frente a la puerta de la Iglesia de la Restauración. Aquí por ejemplo, Ribeyro no plasma este hecho (el descuartizamiento), sino nos enteramos a través de otro personaje quien narra lo sucedido, dos cuadros más adelante.

Coronel Callirgos; manco del brazo izquierdo, sobreviviente de la guerra con Chile, la batalla de Miraflores, perdió el brazo en la lucha contra las huestes del general Cáceres, aunque tras la toma de poder de éste se mantiene en el ejército. Tiene a sus órdenes a los tenientes López, García, y luego a Dubois. Es objetivo, directo, no se amilana ante nada por cumplir las órdenes que le han asignado.

Monseñor Figueroa; obispo de Huaraz, quien no toma ninguna decisión, pareciera tan sólo hacer acto de presencia. Reconoce en Atusparia un hombre honesto, pero no hace nada ante las injusticias cometidas al campesinado.

Antúnez y Maguiña; son los hacendados, quienes por supuesto no les conviene una rebelión, pues corren el riesgo de perder sus tierras a mano del campesinado. Maguiña tiene un papel importante: en una reunión que pactan en su casa, cambia el tenor del telegrama que le leen a Atusparia, creyendo el cacique que las autoridades en Lima han aceptado sus condiciones y que no habrá respuesta bélica por parte de las fuerzas enviadas desde Lima.

Alcaldes Valentín y Huanca; apoyan a Atusparia desde un principio, se identifican con él, pero, tras la reunión del cacique con el General Cáceres quedan decepcionados al escuchar sus nuevas ideas, envenenándolo durante un almuerzo.

Así como en “Santiago el pajarero”, con esta pieza de 15 cuadros Ribeyro demuestra su habilidad en amalgamar historia con ficción, a través de una obra que rescata del olvido las figuras del cacique Atusparia y su lugarteniente Uchcu Pedro.




Cuadro 7


PLAZA DE ARMAS DE YUNGAY

Anochecer. Atusparia, Uchcu Pedro, Mosquera Montestruque, Baylón, campesinos armados, población civil, luego agente cacerista.



ATUSPARIA.- ¡Ah, Uchcu, cómo ha sido posible tanto ensañamiento y tanta violencia!... Desde que llegué a Yungay no he escuchado sino quejas de la población… Y yo te había dicho, te había ordenado la moderación y la clemencia… Una ciudad como ésta, sin tropas ni defensas, apenas una guardia urbana que por honor resistió y a la que exterminaste… Y encima tus hombres han saqueado, violado, incendiado… Y tú, Mosquera, te envié para que mis instrucciones se respetaran, pero tampoco hiciste nada, y ahora estamos en una ciudad de luto, que llora a sus muertos y pide a gritos justicia… No, yo no me he sublevado para esto… Yo me he sublevado contra el abuso y la crueldad, y ahora el abuso y la crueldad la ejercen ustedes…

UCHCU.- Tú has llegado tarde, cacique, cuando cosas habían ocurrido. Tú has escuchado sólo quejas de vencidos, ¿pero quién ha escuchado quejas de vencedores? Guardia urbana no aceptó rendición y mató nuestros enviados. Combate fue duro, centenas de muertos tenemos. Tú mismo has dicho que la fuerza debe ser combatida con la fuerza…

MOSQUERA.- Lo que dice Uchcu es cierto… La ciudad no quiso rendirse. Yo envié mensajeros con ultimátum, y todos fueron ejecutados.

ATUSPARIA.- ¡Y Lima además ya aceptó nuestras condiciones! En adelante ya no habrá más trabajos obligatorios para los campesinos, ni nuevo impuesto personal. ¡Eso era lo que buscábamos y al fin lo hemos conseguido!...¿Se dan cuenta?... Por ello las hostilidades deben cesar. Yo mismo ordeno ahora, acá, que los daños causados en Yungay sean reparados, que nuestras fuerzas se reagrupen y regresen a Huaraz para proceder a su disolución… ¡Para esto he venido, y como jefe de la sublevación se los ordeno!

MONTESTRUQUE.- Escúchame Atusparia. Lo que dices es justo, pero entretanto la situación ha cambiado. Trata de entender, cacique. Somos dueños de Huaraz, de Yungay, y mañana podemos serlo de Carhuaz, de Caraz, y de todo el departamento… Nuestras fuerzas están enteras, a pesar de sus bajas, y ávidas de seguir combatiendo. No debemos defraudarlas. Es la ocasión, la única que tenemos tal vez; la única ocasión de arrasar con el orden que nos han marcado y fundar una nueva sociedad… Olvídate de los impuestos, de los trabajos obligatorios… ¿Crees que sólo por eso valía la pena luchar? Ya lo dije el día del banquete: ¡El Imperio de los Incas! ¡Ahora podemos restaurarlo! ¡Y mejorarlo!... Ya lo imagino, un monarca como tú, respetado, adorado, una sociedad justa, armoniosa, sin abusos, ni hambre, ni sufrimiento…

ATUSPARIA.- ¡Sueñas, Montestruque! No sé de qué sociedad hablas. Estamos en Huaraz, somos una masa de campesinos apenas armados, sin instrucción, sin cohesión, sin ideales… Los mistis todavía son fuertes, seguros, convencidos de sus derechos. Y eso del imperio de los incas… ¿qué sabemos nosotros de esas épocas?... Hemos logrado algo ahora, conservémoslo… No arriesguemos lo ganado por la posibilidad de una ganancia más… Esa es mi opinión… En consecuencia, Uchcu, ya sabes cuáles son mis órdenes. Y tú también Mosquera.

UCHCU.- Comuneros no están de acuerdo contigo, Atusparia… Con Montestruque tampoco… No queremos imperios ni de incas ni de nadie… Tierras cacique, eso es lo que queremos… La gente lo dice, pregunta tú si quieres… Y botar a los mistis. No queremos mistis aquí, ni prefectos ni soldados…, queremos nosotros vivir solos, a nuestro modo, sin autoridad que no sea de aquí… mala idea regresar a Huaraz, cacique, mala idea separarnos… En trampa vamos caer si no continuamos lucha.

ATUSPARIA.- ¡Santo Dios! ¿Qué sucede? No escucho hablar sino cosas ilusorias o cosas improbables… ¡No, una vez más, no! Mis órdenes están ya dadas y deben cumplirse en el acto. ¡Baylón!... Escucha Baylón, que los campesinos armados se agrupen y esperen mis instrucciones para abandonar la ciudad.

MOSQUERA.- Espera, cacique… Yo también quiero decir algo. Las tropas del General Cáceres han ocupado Junín y Huancayo y avanzan hacia el norte. Debemos ofrecerles nuestra ayuda para derrocar al presidente Iglesias. Cáceres escuchará nuestros reclamos. Terminarán los abusos. Cambiarán jueces y escribanos…

ATUSPARIA.- ¡Basta Mosquera! Puesto que nadie está de acuerdo, el único que puede dirimir y mandar soy yo. ¡Ya estoy harto oírte hablar de tu Cáceres y de tu Iglesias! Y olvídate también de tus jueces y escribanos. No estamos aquí para discutir sino para actuar. El tiempo pasa y yo he dado mi palabra de retirarnos… Baylón, haz lo que te he ordenado… Y en cuanto al coronel Callirgos, ya salió un emisario de Huaraz para que se detenga en el camino y regrese a sus cuarteles… Dediquémonos ahora a aplacar la ira de la población y a descansar. Nos iremos de aquí en la madrugada. Esas son mis órdenes. ¡Y espero que sean cumplidas estrictamente!... Baylón, te acompaño. (Salen)

UCHCU.- ¡Mal, mal, malo todo esto! Cacique no comprende bien… Gente tampoco… Comuneros seguir luchando quieren, no abandonar…

MONTESTRUQUE.- Te entiendo, Uchcu, tienes razón, pero Atusparia también la tiene… En un levantamiento tiene que haber un jefe, una autoridad. Habrá que respetarla ahora. Vamos, sigamos las órdenes del cacique. Velemos para que no continúen saqueos ni incendios. ¿Vienes Mosquera?

MOSQUERA.- Ya los alcanzo dentro de unos minutos. (Uchcu y Montestruque salen. Mosquera queda solo. Un hombre semiembozado se le acerca.)

HOMBRE.- ¿Y, Mosquera?

MOSQUERA.- Nada por ahora. No quiere ceder el cacique. Pero seguiré insistiendo.

HOMBRE.- ¿Qué les voy a decir a los agentes de Cáceres? Deben estar en camino.

MOSQUERA.- Que tengan paciencia. Terminaré por convencer a Atusparia. Su movimiento está condenado si sigue siendo un movimiento local, por reclamos locales. Tiene que entender que le conviene plegarse a las fuerzas del general Cáceres. Lo importante por ahora es derrocar a Iglesias. Ya después se verá qué hacemos con estos indios.


APAGÓN

martes, 26 de octubre de 2010

Prosas apátridas aumentadas, Julio Ramón Ribeyro



Prosas apátridas aumentadas; Julio Ramón Ribeyro; Editorial Milla Batres 1978; Perú.

A diferencia de los “Dichos de Luder”, donde encontrábamos una compilación de frases con alta carga de ironía, aquí estamos ante reflexiones más complejas y profundas por parte de nuestro (para nosotros, los peruanos) recordado escritor. También, a diferencia de los “Dichos…”, estas prosas vienen enumeradas, así, la primera edición de este libro, “Prosas Apátridas” de 1975, trajo 89 textos; el libro que poseo, las “… Aumentadas” traen 61 textos más (o sea 150), y, en la edición de Tusquets Editores de 1986, intitulada “Prosas Apátridas Completas” estas llegan a 200; desconozco si en la última edición de Seix Barral recogen prosas inéditas. Esta obra es como aquellos buenos libros de poesía: puedes cogerlo y leerlo en cualquier momento, releerlo por partes, intercalándolo con alguna otra obra, echarte “un par más” antes de ir a dormir. Mediante estos textos -así como en sus cuentos- encontramos en Ribeyro a aquel atento observador, quien plasma con una increíble facilidad lo que estuvo ante él, y de seguro, está ante nosotros, pero que nosotros no percibimos.

“¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte, ¿qué quedará de todo esto? Quizás sólo los autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas dos decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? ¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean Paul Sartre? ¿Por qué a Francois Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma. Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando. Entrar a una librería es pavoroso y paralizante para cualquier escritor, es como la antesala del olvido: en sus nichos de madera, ya los libros se aprestan a dormir su sueño definitivo, muchas veces antes de haber vivido. ¿Qué emperador chino fue el que destruyó el alfabeto y todas las huellas de la escritura? ¿No fue Eróstrato el que incendió la biblioteca de Alejandría? Quizás lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero.”
(Prosa 1, págs. 3 y 4)


“Lo fácil que es confundir la cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito, como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que solamente habiendo leído “Las bodas de Fígaro” se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución Francesa, o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.”
(Prosa 21, págs. 24 y 25)





Aunque es de aquella generación, a Ribeyro (Lima 1929 – 1994) parece no haberle pesado no estar considerado entre los escritores de aquel “Boom latinoamericano” de literatura. Las últimas re-ediciones en casas como Seix Barral nos dice que se mantiene presente, sus libros sobreviven al tiempo.

“El arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas. Si yo digo: “El hombre del bar era un tipo calvo”, hago una observación pueril. Pero puedo también decir: “Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el bar Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: “¡en qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!”. Sin embargo, quizás en la primera fórmula resida el arte de relatar.
(Prosa 83, pág. 91)


“Cuando alguien se entera que he vivido en Paris casi veinte años me dice siempre que me debe gustar mucho esa ciudad. Y nunca sé qué responderle. No sé en realidad si me gusta Paris, como no sé si me gusta Lima. Lo único que sé es que tanto Paris como Lima están para mí más allá del gusto. No puedo juzgar a estas ciudades por sus monumentos, su clima, su gente, su ambiente, como sí puedo hacerlo por las que he estado de paso y decir, por ejemplo, que Toledo me gustó pero que Fráncfort no. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen.”
(Prosa 136, págs.. 141 y 142)


“El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo de quien no es nuestro amigo. Amistad, sentimiento solidario, amor solitario. Superioridad de la amistad.”
(Prosa 145, pág. 150)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Dichos de Luder, Julio Ramón Ribeyro



Dichos de Luder; Julio Ramón Ribeyro; Jaime Campodónico/Editor, marzo de 1992; Perú.

Este libro es inclasificable. No recuerdo de otro escritor que haya publicado algo similar. Ribeyro se esforzaba por realizar aquello que en el medio peruano nadie o casi nadie se atrevía: publicar libros con dichos, prosas, teatro, diario, además de ensayos, y sus pocas novelas, siendo el cuento el género por el que más es reconocido.

Los cien dictados que aparecen en esta delgada y pequeña obra son máximas que quizá alguna vez Ribeyro mencionó, o escuchó decir de otras personas, y las presenta adjudicándoselas a aquel Luder del título: un escritor peruano radicado en Paris, que publica sus libros en editoriales menores y desconocidas, quien acostumbra en sus tertulias beber vino tinto y burdeos –“sobre esto Luder era inflexible”-, quien parece cultivar con esmero ese sarcasmo e ironía presente en cada una de las frases; Luder, el otro yo de Julio Ramón Ribeyro.


Le preguntan a Luder por que no escribe novelas.
- Porque soy un corredor de distancias cortas. Si corro el maratón me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido.

(Tercera frase de la pág. 12)



- Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones - le dicen a Luder.
- No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón.

(Primera frase de la pág. 14)




- Soy como un jugador de tercera división -se queja Luder- . Mis mejores goles los metí en una cancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada.

(Segunda frase de la pág.21)






Estos dichos son breves, los encontramos de a tres por cada página, y sólo en la última encontramos cuatro. Cada frase versa sobre diversos temas, siempre de categórico final. A través de Luder podemos conocer un poco más a Ribeyro, al ilustre hincha del Universitario de Deportes limeño. Cuentan quienes tuvieron la dicha de conocerlo que era dueño de un fino sentido del humor, y quizá frases como las publicadas en esta obra hayan sido parte de su cotidiano, respuestas dirigidas a amigos o alumnos que iban a visitarlo para conversar, mientras bebían vino.


La pintura de la carátula pertenece al pintor peruano Herman Braun-Vega.


- ¿A qué te dedicas ahora? -le preguntan a Luder-.
- Estoy inventando una nueva lengua.
- ¿Puedes darnos algunos ejemplos?
- Sí: dolor, soñar, libre, amistad...
- ¡Pero esas palabras ya existen!
- Claro, pero ustedes ignoran su significado.

(Tercera frase de la pág. 16)



Cuando alguien empieza a decirme “Te voy a ser franco…” los pelos se me ponen de punta –dice Luder-. Adivino que me va a tirar a la cara alguna verdad brutal. Con lo agradable que es vivir en un agradable engaño.

(Segunda frase de la pág. 34)




Le preguntan por qué se emborracha esporádicamente en tabernas mal afamadas.
Por precaución –dice Luder-. Sucede que a veces me despierto con la vaga satisfacción de estar llegando a ser una persona respetable.

(Tercera frase de la pág.35)

martes, 14 de septiembre de 2010

Teatro, Julio Ramón Ribeyro



Teatro; Julio Ramón Ribeyro; Ed. Instituto Nacional de Cultura, I.N.C. 1975.

En esta obra encontramos siete piezas de teatro, siendo las tres últimas de un sólo acto. La pieza teatral que abre el libro es un clásico en el Perú: “Santiago, el pajarero”, basada en una tradición de Ricardo Palma, “Santiago, el volador”.

El personaje central es Santiago de Cárdenas, un tipo sencillo, ex-grumete de la Marina Real, y pajarero de oficio, quien tras un meticuloso estudio de diez años, observando el vuelo de diversas aves, y en especial el de la “tijereta”, escribe un Memorial de 270 páginas, con 16 dibujos, donde afirma haber inventado un aparato para que el hombre pueda navegar por los aires. Llega a concertar una cita con el virrey y le presenta su invento. Éste, incrédulo, lo trata con displicencia; sin embargo, por haber ido bajo la recomendación del Duque de San Carlos decide recibirlo, y a insistencia de Santiago, decide entregar su Memorial al análisis del sabio matemático Don Cosme Bueno y Larrazábal, de la Real y Pontificia Universidad Mayor de San Marcos. Posteriormente, ante una Magna Asamblea en el Salón de Actos de la Universidad, y ante la presencia del duque como representante del virrey, y de Santiago, además de los ciudadanos de la Ciudad de los Reyes (como era llamada Lima, en aquel tiempo), entre quienes estaba Rosaluz, enamorada de Santiago, Don Cosme dará su veredicto. Santiago es ridiculizado ante todos, y será negado a desarrollar su invento. No sólo aquel bochorno sufrirá Santiago, la ciudad toda se burlará de él desde entonces, llamándolo Santiago, el volador; Santiago, el loco; además su vecino, el barbero Esteban Gonzalves timará a la población, quienes bajo sus engaños obligarán a Santiago a “volar” del cerro San Cristóbal, asesinándolo, haciéndose el barbero de su local.

El discurso de Cosme Bueno en aquel veredicto y las intervenciones de Santiago, defendiendo su postura son sabrosas. El análisis del matemático, que concluye en la negación a desarrollar y apoyar “el invento” del pajarero está basado no sólo en los silencios acerca del arte de volar en los diversos tratados de Aristóteles, Platón, Santo Tomás, entre otros, sino también basado en lo divino; eran tiempos del Tribunal de la Santa Inquisición en Lima.

Cosme Bueno: “….. Si Dios Creador hubiera querido dar al hombre el dominio del aire lo hubiese dotado de alas. Dentro de su omnipotencia divina aquello le era posible.

Santiago: -(Interrumpiendo) ¡Protesto! (A Cosme Bueno) ¿Pretenderá Vuesa Merced que el hombre no tiene dominio del mar? ¿Cómo nos trasladamos de aquí a la Metrópoli sino a través de los océanos? ¡Y para ello no ha sido necesario que al hombre le salgan agallas! Ha sido suficiente inventar los bajeles y las carabelas. (El director agita su campanilla. Santiago se sienta)


La historia plasmada en la tradición de Ricardo Palma a finales del siglo XIX está basada en un hecho real, ocurrida en la Lima de mitad del siglo XVIII, en tiempos del Virrey Amat (Virrey del Perú, 1761-1776; antes Gobernador de Chile, 1755-1761; aquel quien tuvo por amante a Micaela Villegas, La Perricholi.) Palma rescata la historia de Santiago de Cárdenas, un chalaco (gentilicio de la provincia constitucional y primer puerto peruano, el Callao) que vive en Lima y desarrolló su obra que fue analizada por los sabios de la época, encabezados por Don Cosme y Bueno, siendo negado todo apoyo para desarrollar y explorar su invento. Santiago tuvo la intención de hacer llegar este trabajo al Rey de España, intitulando su estudio “Nuevo sistema de navegar por los aires, sacado de las observaciones de la naturaleza volátil”. El sitio web del Museo de Aeronáutica del Perú FAP contiene una breve sinopsis de este singular personaje peruano.

Santiago, el pajarero” fue escrita en Lima, en 1958, y es una representación en seis cuadros; se adjudicó un premio otorgado por el Ministerio de Educación en 1959.

Esta primera pieza entusiasma (así como la última), las siguientes no dejan ese gusto como piezas de teatro. Las otras cinco obras me parecen que se disfrutarían mejor como cuento (donde Ribeyro era un especialista), en especial “Los caracoles”, que particularmente es la menos lograda de este conjunto.

En “El sótano”, el señor Delmonte espera a un comprador a quien a su llegada le va mostrando la casa. Su mayordomo Daniel había bajado al pequeño sótano a echarse una siesta. En un repentino momento irrumpe Rosita, la joven hija (17 años) de los señores y descubre a Daniel ahí. Mientras conversan se percatan de que el señor Delmonte está dispuesto a bajar con el posible comprador a ese pequeño cubil donde están los dos, decidiendo ambos esconderse debajo de la litera que allí hay, apagando la lámpara con la que bajó Rosita. Daniel está aterrorizado de que el patrón lo descubra en aquel lugar obscuro, junto a su hija.
Como el sótano carece de conexión eléctrica ambos tipos bajan iluminados por una linterna. Al oír unos ruidos concluyen que hay una rata ahí, oteando ambos debajo de la cama y no ver nada, saliendo y cerrando la trampa que da acceso al piso superior, dejándolos encerrados. A la partida del comprador el señor Delmonte ordena a su mujer cancelar su salida y le propone salir, comunicándole primero haber encontrado algo horrible en el sótano, y, antes de partir gira ligeramente la llave de la conexión de gas que da a ese recinto. Entretanto Daniel y Rosita continúan conversando, descubren haber quedado encerrados; él la verá reclinada ojeando un libro bajo la luz cada vez más exigua de la lámpara. La perspectiva de Daniel hacia la hija del patrón, en ese ambiente semioscuro cambiará.
Aquí el empleado, al principio temeroso de lo que pueda hacer el patrón si son descubiertos, cambia conforme va teniendo más confianza por las conversaciones con la hija, dejando entrever una posible violación, una posible muerte de ambos por asfixia, o hasta quizá una explosión de aquel lugar sin ventilación, ya que, Daniel encendía fósforos para poder fumar.
Esta obra es una pieza de un acto, escrita en Lima en el año de 1959.

En “Fin de semana”, es una pieza en tres actos donde Ribeyro deja unas indicaciones para un futuro montaje.
Aquí encontramos a una joven pareja, el arquitecto Hugo y su esposa Dora quienes pasan un fin de semana en su casa de campo en Chosica, ubicada cerca al club del cual es presidente el tío de Dora. Pancho es un quinceañero, empleado y protegido de Hugo, quien con rapidez y dedicación aprende todo lo que el arquitecto le enseña; Hugo está muy orgulloso por su progreso. Al llegar los hijos del presidente del club a la casa de Hugo éste encomienda a Pancho que los acompañe para que los vigile ya que ellos están prestos a ir a jugar al cerro. El presidente, un hombre sagaz, triunfador, llega a visitarlos y comunicarles que por recomendación suya le fue encomendado unos trabajos para Hugo en el club; la pareja está feliz. Dora es media interesada, superflua, plástica (como en la canción de Rubén Blades), ante la noticia ya va haciendo planes de qué comprar y modificar en su hogar. Horas más tarde los niños bajarán temblando y llorando a contarle a Hugo que Pancho cayó en una zanja, y que está negro. Hugo descubrirá que su protegido cayó en una mala instalación hecha dentro de los límites del club, muriendo electrocutado. Hugo tendrá una lucha interna, optar por aceptar la manipulación del tío de su esposa ante la policía y la madre del muchacho, o mantener sus principios, su rectitud, que lo obligan a enfrentarse al tío de su mujer para que la verdad sea la que prevalezca, lo que significa dejar de aceptar todo su apoyo en lo profesional. David contra Goliat.
Los que conocemos algo de los personajes de Ribeyro sabemos cómo será el final. Los más débiles, ni con la verdad de su lado, podrán salir victoriosos.

Los caracoles” es una pieza diferente; tiene un final mágico que, particularmente, desmorona la buena historia creada hasta la muerte de Oblitas Paz. No me incomoda que regrese de la muerte para cobrar venganza, sino que se aparezca con una flauta y multiplicados a la “n” cazando al grupete de mafiosos tal y como colectaba caracoles en vida.

El gerente del Hotel El Trópico en la isla del mismo nombre está angustiado pues en el hotel de la isla vecina, El Viejo Roble, gerenciado por Aquiles Robles, tiene muchos más turistas que llegan por encontrar en aquel lugar una pequeña selva virgen donde pueden cazar con tranquilidad. El gerente con su secretario divisan cómo pasan las lanchas abarrotadas de turistas directo a la isla vecina. El gerente será presionado por dos accionistas que llegan para pedirle informes y una solución ante tal pérdida de dinero. El secretario elucubrará un plan: sembrar un asesino en la isla de los vecinos y que un importante cliente de la competencia sea victimado. Reclutan a un mendigo de nombre Oblitas Paz, a quien lo vestirán haciéndolo pasar por un tipo rico e importante, lo alojarán y pagarán todos los viáticos en la competencia, escondiéndolo luego y hacer creer que fue asesinado. Sus planes iniciales darán frutos, la competencia pierde todos sus clientes, y Aquiles Bombet acepta vender su hotel a un precio ridículo al gerente de El Trópico, pero también ellos se verán afectados por la presencia de un asesino tan cerca de ahí. Deciden entonces “encontrar el cuerpo de la víctima” para divulgarlo ante los medios, y para eso tendrán que matar realmente a Oblitas Paz.

Me encanta los personajes de los dos accionistas, dirigiéndose con sorna, con cachita hacia el gerente, presionándolo a encontrar una solución, me los imagino de terno, de hombros rectos, y gafas, haciendo movimientos iguales, y de similar apariencia también. La conversación de los dos sicarios, añorando tiempos lejanos, con más acción, con sangre de por medio, ahora resignados a realizar tareas simples que no llegan a comprender, hasta que se les da la orden (¡qué alivio…, por fin algo de emoción!) de matar a Oblitas Paz.

Toda la historia es envolvente, hasta que llega el final. Prefiero los clásicos finales ribeyranos, donde el desvalido, el paria, el relegado, nunca vencerá, aunque quien podría culpar a un artista por intentar algo diferente.

Las tres últimas obras son farsas en un acto, iniciando con “El último cliente”, donde Adelinda, soltera de 48 años, trabaja en una casa de alquiler de trajes de novios junto a su anciana madre. Al final de la noche, en ausencia de esta, Adelinda decide probarse un vestido de novia, aquel artilugio que está resignada a nunca usar. De improviso aparece un cliente, sumamente apremiado, con la intención de alquilar un chaqué. Él es un tipo galante y con una labia florida, rápidamente se gana la confianza de Adelinda. Con dulces palabras la enamora y hasta llega a pedirle matrimonio. La invita a cenar para así iniciar una amistad. Aturdida y emocionada ella irá a cambiarse de vestido. A su regreso a la recepción del local se dará de cara con la realidad, con su triste realidad. Aquí Ribeyro nos entrega un final visual, mudo, donde el cliente es descubierto por Adelinda robando, y aun así continúa, con una tímida sonrisa en los labios, ante el estupefacto de la solterona. Gran final trágico, cuando crees que estás mal (en este caso, por la eterna soltería) el destino te hace ver que puedes estar peor.

En “El uso de la palabra” encontramos a Franklin, un escritor de poco éxito quien invita a su cuarto de hotel en Lima a Angel Del Solar, un artista que vivió una temporada en Francia; lo que aparentemente Franklin busca es relacionarse, compartir experiencias, intercambiar puntos de vista con algún otro artista u hombre de mundo como él, pero lo que realmente busca y con desesperación es ser escuchado, que le presten atención, ser reconocido, al punto que atropella a su invitado sin dejarlo responder las preguntas que él mismo le formula, respondiendo incluso por él. Toda la escena es muy graciosa, y claro, culmina con el hartazgo de Angel, dejando sólo a su anfitrión a mitad de uno de sus monólogos. Franklin no entiende por qué se retiró su invitado, por qué todo mundo reacciona así con él.

Si con la pieza anterior ríes, con la que cierra el libro “Confusión en la prefectura” la risa está presente en cada línea. La parodia de un viejo político, de aquellos que siempre están presentes en un cargo que pareciera perenne, que se aprovechan de su puesto, esos putos tránsfugas que pueden estar con la democracia en un momento y con la dictadura en otro.

Juan Sandia se enterará aquella mañana, en el lejano poblado donde es prefecto, que hubo un golpe de estado en Lima, y entre lamentos por el poco tiempo que está ejerciendo decide mandar con el gobernador un telegrama urgente al golpista, el general Chumpitaz, felicitándolo por la acción tomada. Minutos después llegará a su oficina el alcalde quien conversará sobre el incidente con el prefecto, en cuanto por la radio informan que el presidente de la república no ha renunciado a su cargo. El prefecto absorto por la noticia mandará al alcalde corriendo a que detenga al gobernador a toda costa y no envíe el telegrama. Lo peor es que aquello se repetirá pues las noticias van llegando de a pocos por la radio, y todas contradiciendo la noticia anterior.

La escena es comedia pura; con muchas obras puedes reír, pero no tanto como con esta. La facilidad con que va cambiando los adjetivos utilizados por el prefecto, a favor y en contra para con el Presidente de la República Héctor Verdoso, y el General Camilo Chumpitaz, de acuerdo a la información que va recibiendo. Infelizmente, al menos en mi país, el Perú, muchas veces vemos como la realidad supera esta sátira.

En cuanto al libro, esta es una inmerecida presentación de una obra de uno de los escritores más queridos y recordados del Perú. Es irónico que este libro haya sido editado por el I.N.C. (Instituto Nacional de Cultura del Perú) y que esté repleta de errores ortográficos, al punto que hasta alguien tan despistado como yo repare en estos. Por otro lado, creo que nunca más fue editada esta obra por alguna otra casa editorial, ni por Milla Batres, ni por Jaime Campodónico/Editor, así que, a pesar de esta vergonzosa edición del I.N.C, hay que rescatar la presencia de la obra teatral de Julio Ramón Ribeyro para el gran público.



Confusión en la prefectura.

Farsa en un acto.


La acción ocurre en un alejado pueblo de provincia. Oficina modesta con un mapa del Perú, un escritorio, una silla, un viejo sillón, un radio antiguo contra la pared. Puerta a la izquierda que da a la calle. Al levantarse el telón el prefecto se encuentra sentado ante su escritorio, bostezando. Lleva un saco de pijama grueso amarrado a la cintura con un cordón. Sus cuatro pelos están bien peinados
.

Personajes:

EL PREFECTO .- Juan Sandia, 50 años, calvicie acusada, bigotillo con las puntas ligeramente levantadas, nariz rojiza.

EL GOBERNADOR .- Jaime Toro, mestizo de 35 años, sombrero blanco y poncho corto de vicuña.

EL ALCALDE .- Cuarentón, gordo, traje negro de pana con chaleco y cadena de reloj.



PREFECTO .- (Solo) ¡Ah, que descansada vida se lleva en estos pueblos! Buen clima, buena leche, buena carne. De vez en cuando una reunión donde el alcalde, otra donde el señor cura, un discurso por aquí, una subversión por allá. Esto sería el mismo cielo sino quedara tan lejos de Lima. ¡Y sobre todo los regalitos! Regalitos de los hacendados y, también de los indígenas, un carnerito por aquí, una bombita por allá…

GOBERNADOR .- (Entrando a la carrera) ¡Señor prefecto! (Se ahoga) ¡Señor prefecto!

PREFECTO .- (Se pone de pie) ¿Qué sucede? ¡Hable usted, señor gobernador!

GOBERNADOR .- ¡Han derrocado al gobierno! ¡Acabo de oírlo en la radio del bar Bacará, donde tomaba desayuno!

PREFECTO .- ¡Imposible!

GOBERNADOR .- ¡Se lo juro! Sucedió anoche… es decir, esta madrugada.

PREFECTO .- ¿Y cómo se han atrevido? (Contornea su escritorio) Si nuestro presidente hace un año que está en el poder. (Recitando) Es más, anda por la senda del progreso… La economía postrada se rehabilita…. La agricultura reverdece (Señalando el mapa) en todos los valles de la patria… (Reaccionando) Pero, ¿está usted seguro de lo que dice?

GOBERNADOR .- (Señalando el radio) Encienda usted el aparato. Están dando el noticiario.

PREFECTO .- (Dirigiéndose a la radio) Debe ser una falsa alarma, propaganda por alguno de esos elementos disolventes interesados en sembrar la confusión… (Enciende el radio y se escucha el final de una marcha militar).

LOCUTOR .- ¡Últimas noticias! El señor presidente, don Héctor Verdoso dimitió esta madrugada de sus funciones para evitar efusión de sangre. El golpe de estado fue dado por el general Camilo Chumpitaz al frente de la división blindada.

GOBERNADOR .- Exactamente. Eso es lo que había escuchado.

PREFECTO .- (Cogiéndose la cabeza) ¡Y sólo tengo seis meses de prefecto! (Incrédulo) No, no y no. No lo creo. ¡No lo creo, señor gobernador!

GOBERNADOR .- Pero escuche usted.

LOCUTOR .- A las cuatro de la madrugada, sin que nada lo dejara prever, una columna blindada llegó ante Palacio de Gobierno, y después de una breve escaramuza con la escolta de guardia… (ruidos en la radio, la emisión se interrumpe).

PREFECTO .- ¿Qué pasa? Sintonice usted bien. (Siguen los ruidos).

GOBERNADOR .- (Mueve los botones) No se escucha nada... Se debe haber perdido la onda. (Los ruidos cesan).

PREFECTO .- (Preocupado) ¡La onda, la onda…! Nuestro ilustre mandatario, don Héctor Verdoso, un verdadero patricio, derrocado… y ¿por quién además? Por un, por un…

GOBERNADOR .- Ya lo oyó usted: por el general Camilo Chumpitaz.

PREFECTO .- ¿Chumpitaz? ¡Hay tantos generales, Santo Dios! ¿Qué Chumpitaz será éste? ¿El antiguo ministro de gobierno?

GOBERNADOR .- El mismo.

PREFECTO .- ¡Ejem! Lo conozco… es decir, lo vi una vez en palacio. Debo reconocer que es un militar de …, de prestigio, con una limpia foja de servicios en los anales patrios… ¡Ejem! Pero, dadas circunstancias, es inadmisible que se haya atrevido.

GOBERNADOR .- Por lo que pude oír en el Bacará, que “el país estaba en el caos”.

PREFECTO .- Vaya, eso es una exageración… Claro, que si uno mira las cosas con cierta objetividad, todo no marchaba muy bien, hay que reconocerlo. Había un déficit por aquí, una pequeña inflación por allá… El presidente Héctor Verdoso hacía lo que podía, pero…

GOBERNADOR .- (Anticipándose) ¡Pero carecía de carácter…! ¿No es eso señor Prefecto? En confianza le diré que yo no tenía mucha fe en su gobierno.

PREFECTO .- (Convencido) ¡Usted lo ha dicho! Eso es también lo que yo sentía a veces: falta de confianza, no sé, algo como una corazonada que me decía: “no te fíes mucho de ese Verdoso”.

GOBERNADOR .- En cambio, lo que el país necesita, pensaba yo, es un hombre de carácter…

PREFECTO .- (Completando) Diga más bien, de orden y rectitud. Un militar, para decirlo sin rodeos. Un hombre de temple, de disciplina…., como el ilustre general Chumpitaz, para poner un ejemplo…

GOBERNADOR .- Completamente de acuerdo.

PREFECTO .- Sí, querido señor gobernador . Eso tenía que suceder. Cuando el país cae en el caos, es necesario que alguien intervenga para poner orden, para restablecer las libertades amenazadas, para garantizar el ejercicio de los derechos…. Creo que no debemos perder tiempo. En el acto hay que manifestar nuestra adhesión al nuevo gobierno. Fíjese, corra usted a la oficina de correos y ponga rápido un telegrama…

GOBERNADOR .- ¿En qué términos?

PREFECTO .- Espere usted. (Se coge la cabeza) ¡Qué lío, Dios mío, y tan temprano! Aún no he tenido tiempo de quitarme (señala su pijama) el “robe de chambre”. (Al gobernador) Diga usted: “Felicitaciones brillante paladín democracia stop, valiente actitud derrocar gobierno incapaz stop. .. Bueno, etcétera, algo dentro del estilo. Firmado, Juan Sandia, Prefecto de Huanta y Jaime Toro, Gobernador…” ¡Pero vaya usted, apúrese! (El gobernador se pone su sombrero y sale corriendo) ¡Uf, qué problema! Hacerme esto a mi que estoy sólo seis meses aquí. No se lo perdonaré nunca a ese vil Verdoso. Y cuando subió a la presidencia me dijo: “Querido Sandia, tiene usted para cinco años de prefecto, en el pueblo que usted elija”. ¡Qué falta de garantías!

ALCALDE .- (Entra resollando) ¿Es cierto, señor, que nuestro ilustre presidente Héctor Verdoso ha sido expulsado de palacio?

PREFECTO .- (Colérico) ¿Qué es eso de ilustre señor Verdoso? ¡Verdoso a secas, señor alcalde!... Sí, es cierto. Un valeroso militar, harto de las tropelías de este civil incapaz, resolvió anoche dar un ejemplo de civismo a la nación y le arrebató el mandato que injustamente desempeñaba.

ALCALDE .- ¿Y quién es ese militar?

PREFECTO .- ¡Tenga usted un poco de respeto! Diga “ese representante de las fuerzas armadas”. Es el general Camilo Chumpitaz.

ALCALDE .- (Dubitativo) ¿Chumpitaz?

PREFECTO .- ¡Qué! ¿No lo conoce? ¿Es posible que no conozca al general Chumpitaz? Un hombre brillante, uno de esos paladines que han heredado y que encarnan la tradición…

LOCUTOR .- (Precipitadamente) Radio Nacional reanuda su emisión interrumpida por causas ajenas a nuestra voluntad. Les pedimos disculpas por el incidente, pero nuevamente en el aire al servicio de la ciudadanía.

PREFECTO .- Oiga usted. Entérese de lo que pasó.

LOCUTOR .- Nos vemos obligados a rectificar nuestra información dada hace unos minutos. El servicio de información de palacio nos comunica que el presidente Héctor Verdoso no ha dimitido, sino que después de un animado debate con el general Camilo Chumpitaz convenció a este último a desistir de su tentativa de tomar el poder.

PREFECTO .- ¿Eh?

LOCUTOR .- En consecuencia, el mandatario legítimamente elegido continúa desempeñando la máxima magistratura.

PREFECTO .- (Fuera de sí) ¡Dios! ¡Corra, corra, vuele señor alcalde! ¡Apúrese!

ALCALDE .- ¡Pero no entiendo nada! ¿Y el ilustre general Camilo Chumpitaz?

PREFECTO .- ¡No lo conozco! ¡No lo conoce nadie! ¡Aquí no hay ningún general ilustre! ¡Corra detrás del gobernador que debe estar llegando al correo y dígale que no ponga el telegrama!

ALCALDE .- (Sin entender) ¿Telegrama?

PREFECTO .- (Empujándolo hacia la puerta) ¡Vamos, de una vez! (Sale el alcalde) ¡Uf, qué historia! (El prefecto se abanica con su pañuelo). Si no lo agarra antes que despache la adhesión… Eso te pasa por… Pero en fin, hacerme esto a mí, Juan Sandia, con veinte años al servicio de la nación en la prefecturas de Cusco, Puno, Arequipa, Nazca, Ayabaca, Huánuco, Andamarca, Quillabamba, Satipo, Iquitos y para de contar. ¡Sin haber cumplido seis meses en Huantay! Y cuando no he tenido tiempo sino de conseguir una chacrita, una casita…

LOCUTOR .- Ahora transmitiremos una marcha, mientras esperamos la llegada del mensaje que el presidente Héctor Verdoso ha anunciado para tranquilizar a la ciudadanía.

PREFECTO .- (Apaga el radio) ¡Nada de marchas! (Reflexiona) Será sin dudas un mensaje deslumbrante. ¡Qué talento oratorio tiene este señor! Un verdadero letrado (Se coge la frente) ¡Qué dolor de cabeza Dios, y a las ocho de la mañana!

GOBERNADOR .- (Aparece a la carrera) ¡Todo arreglado! (Resuella).

PREFECTO .- ¡Pero hable!

GOBERNADOR .- Figúrese usted, ¡con las justas! Le estaba entregando ya el telegrama a la empleada, cuando llegó el alcalde. ¡Se lo tuve que arrancar de las manos! ¡Uf, que carreras! En fin, todo se arregló… ¿quiere decir entonces que no ha pasado nada?

PREFECTO .- ¿Cómo que nada? ¿Le parece poco que ese felón militar, cómo se llama, ese Chumpitaz, haya intentado darle un golpe artero a nuestro ilustre presidente don Héctor Verdoso? Ah no, no, no. ¡Yo reclamo contra él una grave sanción! Eso no puede quedar sin castigo. ¡Un fusilamiento! Ya es tiempo de acabar de una vez venales tentativas contra el orden establecido y la constitución. Vea, le voy a dictar otro telegrama.

GOBERNADOR .- (Saca una libreta) ¡A sus órdenes!

PREFECTO .- (Mirando el cielo raso, solemne) “Su excelencia, don Héctor Verdoso…” No, ponga así: “Excelentísimo señor don Héctor Verdoso, Presidente de la República del Perú stop (Pausa) Autoridades Huanta y encabezadas Prefecto Sandia aplauden gran lección de civismo dada viles usurpadores poder legítimo stop, felicitan mandatario valiente actitud stop, adhesión incondicional término feliz mandato stop”. ¡Espere! Añada usted: “Exigimos castigo felón militar”. ¡Listo!

GOBERNADOR .- (Terminando de escribir) Listo. En el acto voy a despacharlo. (Sale)

PREFECTO .- ¡Increíble! ¡Qué mañana! Y todavía hay miserables que dicen que los prefectos se pasan la gran vida. Como si a pesar de la lejanía no viviéramos nosotros intensamente las pulsaciones más íntimas de la patria, que nos llegan por los aires a través de las ondas. (Mira el radio) ¡Ah, el comienzo (Se acerca al radio) De rodillas, se lo escucharé, don Héctor Verdoso, de rodillas, como la misa… (Enciende el radio).

LOCUTOR .- ¡Radio Nacional informa! Dentro de unos instantes les transmitiremos en directo desde el palacio de gobierno el mensaje a la nación del presidente Héctor Verdoso…

PREFECTO .- (Emocionado) De rodillas… (Pone una rodilla en tierra).

LOCUTOR .- ¡Don Héctor Verdoso se acerca en estos momentos al micro para leer su mensaje a la nación!... (Voz con trémolos del presidente). “Ciudadanos: en mi calidad de presidente electo de la república del Perú, debo dirigirme a ustedes en estos álgidos momentos para informarles de los graves acontecimientos que se desarrollaron esta mañana en palacio…

PREFECTO .- (Exhortándolo) ¡Adelante, patricio!

VOZ PRESIDENCIAL .- “Un subalterno mío, el general Camilo Chumpitaz…”

PREFECTO .- ¡Un felón, un desgraciado!

VOZ PRESIDENCIAL .-“…que hasta ahora me había dado muestras de la mayor fidelidad, ingresó esta mañana a palacio al frente de la división blindada, para exigirme que deponga el poder en sus manos, y yo, depositario del mandato popular…

PREFECTO .- Del mío, del de todo el pueblo…

VOZ PRESIDENCIAL .- “…me negué enérgicamente a satisfacer su pedido, pero, ante la insistencia del citado general…”

PREFECTO .- ¡Ay!

VOZ PRESIDENCIAL .- “…me ví obligado…”

PREFECTO .- ¡Dios mío!

VOZ PRESIDENCIAL .- “…a acceder a su demanda y a dimitir de la presidencia de la república…”

PREFECTO .- (Se pone de pie) ¡Cobarde!

VOZ PRESIDENCIAL .- “…En consecuencia, recomiendo serenidad a la ciudadanía…”

PREFECTO .- ¡Qué ciudadanía, qué serenidad!

VOZ PRESIDENCIAL .- “…y les pido que respeten la voluntad…”

PREFECTO .- (Apaga el radio) ¡Que te cuelguen, imbécil!

ALCALDE .- (Entra sonriente, satisfecho) Bueno, lo cogí antes que pusiera el telegrama… (Se sienta en el sillón). De modo que hemos tenido suerte y que ese generalote se encontró con la horma de su zapato…

PREFECTO .- (Irritado) ¿Qué generalote?

ALCALDE .- Ese…, ¿Cómo era? Ese Chumpitaz, el que quiso deponer a nuestro ilustre presidente Verdoso…

PREFECTO .- ¿Ilustre señor Verdoso? Pero, ¿se da cuenta de lo que está diciendo?

ALCALDE .- (Desconcertado) Creo haber entendido que nuestro mandatario…

PREFECTO .- (Gritando) ¡Era un incapaz, un cobarde, un canalla, un caballo vestido de frac…!

ALCALDE .- Pero, entonces, ¿y ese militar que pretendía…?

PREFECTO .- ¡No pretendía nada! Estaba en su derecho… (Avanzando hacia el alcalde) Señor alcalde, ¿cómo se atreve usted? (Furioso) ¡Lo voy a ahorcar, lo voy a descuartizar! ¿Cómo se atreve usted a expresarse así de nuestro presidente, el heroico, el patricio, general Camilo Chumpitaz ¡Corra usted!

ALCALDE .- (Se pone de pie) ¿Adónde? ¡No entiendo nada!

PREFECTO .- ¡Al correo!... ¡Agarre al gobernador, métale un tiro, pero que no ponga el telegrama!

ALCALDE .- ¿Otra vez? Pero si enantes…

PREFECTO .- ¡No pregunte nada! Corra usted, vuele… (El alcalde sale corriendo) ¡Uf, qué gente ésta, pierde la cabeza, se ofusca, se enreda…, y encima dice “el general Chumpitaz”, este patán, en lugar de “nuestro magnánimo, alejandrino, nuestro …, ah, no sé ya cómo llamarlo… (Mirando la radio) Seguramente hablará por radio. (Se acerca y enciende el botón) Escucharé su voz, pero no de rodillas, sino cuadrado marcialmente, como un obediente soldado (Se cuadra).

LOCUTOR .- ¡Últimas noticias! Comunicado oficial: Tenemos que informar a la nación que la dimisión del señor presidente no ha sido aceptada por el grueso de las fuerzas armadas, y que el general Chumpitaz fue detenido cuando se ceñía la banda presidencial y enviado al Frontón, donde esperará ser juzgado por una corte marcial.

PREFECTO .- (Cogiéndose la cabeza) ¡No! ¡No puede ser! ¡Me estoy volviendo loco! (Corre hacia la puerta) ¡Señor alcalde! ¡Señor gobernador! (Regresa al centro de la oficina) ¡Ay! ¡El telegrama! ¡Que no lo pongan!.... ¡Sí, que lo pongan! (Trata de pararse de cabeza) ¡Qué viva nuestro general! ¡Oh, perdón, qué viva don Héctor Verdoso! (Da cabriolas) ¡Que se vayan todos al diablo! (Se tira sobre el sillón) ¡Que me dejen dormir! (Se sienta sobre el sillón, mirando al público). Un general por aquí, un civil por allá…. (Se queja) ¡Ay, ay, aaay!


TELÓN

Paris, 1965

miércoles, 21 de abril de 2010

La Caza Sutil, Julio Ramón Ribeyro




La Caza Sutil; Ed. Milla Batres 1975; primera edición; Ensayos – Crónicas; Julio Ramón Ribeyro, Perú.


El autor en la contra tapa nos anuncia:
“Ernest Junger emplea repetidas veces en su Diario la expresión Caza Sutil, refiriéndose así a su actividad favorita, la caza de insectos. Distingue así esta actividad de la caza mayor, que requiere más esfuerzo, mejor equipo, superior preparación.”
Los 21 textos encontrados aquí van desde la crítica literaria, pasando por las crónicas y llegando a sus reflexiones sobre hechos que merecieron la atención del autor en su debido momento, siempre elaborado con la fineza que lo caracteriza. Son textos que fueron publicados en diarios y/o revistas a mitad del siglo anterior, algunos muy sabrosos como el que transcribo aquí, “El Amor a los Libros”:

“Alfredo Gonzáles Prada cuenta que su padre, don Manuel, sentía por los libros un respeto casi religioso, al extremo que era incapaz de subrayarlos o de trazar notas marginales. Se contentaba con redactar largas tiras de comentarios que añadía cuidadosamente al final de cada libro leído. Todo ello indica que don Manuel no amaba a los libros, sino que era un “respetuoso” lector.
En realidad existe un amor físico a los libros muy indiferente al amor intelectual por la lectura. Por lo general el gran lector no ama a los libros, así como el don Juan no ama a las mujeres. El gran lector coge los libros conforme caen en sus manos, los usa y los olvida. El amante de los libros, en cambio, los ama en sí mismos como cuerpos independientes y vivos, como conjunto de páginas impresas que es necesario no solamente leer, sino palpar, alinear en un estante, incorporar al patrimonio material con el mismo derecho que al bagaje del espíritu. El amante de los libros no aspira solamente a la lectura sino a la propiedad. Y esta propiedad necesita observar todas las solemnidades, cumplir todos los ritos que la hagan incontestable.
El amor a los libros se patentiza en el momento mismo de su adquisición. El verdadero amante de los libros no tolera que el expendedor se los envuelva. Necesita llevarlos desnudos en sus manos, irlos hojeando en su camino; meter los pies en un charco de agua, sufrir todos los transtornos de un primer encantamiento. Llegando a su casa, lo primero que hará será grabar en la página inicial su nombre y la fecha del suceso, porque para él toda adquisición es una peripecia que luego será necesario conmemorar. Con el tiempo dirá: “Hace tantos años y tantos días que compré este libro”, como se dice: “Hace tanto tiempo que conocí a esta mujer”.
Cumplido este requisito, el amante de los libros, cogerá el primer objeto que encuentre a su disposición – sea regla, tarjeta, u hoja de afeitar – y comenzará a cortar las páginas del libro y lo irá leyendo progresivamente con vehemencia, con sobresalto; como se ama a una novia conforme se la va descubriendo. Y durante el proceso de la lectura no resistirá ninguna tentación. Lo cubrirá de caricias y de rasguños. Las páginas se irán cubriendo de “ojos” admirados, de objeciones marginales a sus ideas atrevidas, de interrogaciones a sus párrafos oscuros. Y solamente así – después de haberlo hecho viajar en tranvía, después de haberse introducido con él a la cama – podrá decir que ha leído ese libro, que lo ha poseído, que lo ha amado.
Es por este motivo que el amante de los libros es intolerante con los libros ajenos. Leer un libro ajeno es como leer un libro a medias. Si el libro es nuevo el lector necesitará observar cierta cortesía – forrarlo, probablemente – necesitará, además, ser condescendiente con sus ideas, aceptar políticamente algunos puntos discutibles, combatir de continuo sus impulsos voraces y contentarse, por último, a dar aquí y allá un ligero toquecito a fin de no hacer ostensible, a ojos del propietario ese abuso de confianza. Si el libro prestado es viejo y releído la situación cambia radicalmente. El lector se enfrentará a él con la animosidad, con el escepticismo de quien se apresta a recorrer una floresta ya explorada, de la cual se ha recogido sus más sabrosos frutos. Cuando más, se limitará a descubrir algún rincón oculto que pasó inadvertido al propietario y en el cual pondrá el regocijo de un verdadero hallazgo.
Por esta misma razón el amante de los libros no puede frecuentar las bibliotecas públicas. El acto le parecerá tan humillante y pernicioso como visitar las casas de tolerancia. Los libros puestos a disposición de la comunidad son libros indiferentes, son libros fríos con los cuales no nace un acto de verdadero amor, no se crea una relación de confianza. Frente a ellos, solamente, podrá a veces practicarse algún acto de brutalidad, como arrancar una de sus páginas. Hay gente, sin embargo, que sólo lee en las bibliotecas públicas, y esto revela, en el fondo, una profunda incapacidad para amar.
Un libro leído y amado es un bien irremplazable. Al gran lector no le pesará perder o regalar algún libro suyo podrá adquirir otro idéntico. Para el verdadero lector no existen libros idénticos, por semejantes que sean. Cada libro es para él una amistad con todas sus grandezas y sus miserias, sus disputas y sus reconciliaciones, sus diálogos y sus silencios. Al releer estos libros – el amante es sobretodo un relector – irá reconociendo sus horas perdidas, sus viejos entusiasmos, sus dudas inútiles. Un libro amado es un fragmento de la vida. Perdido el libro queda un vacío en la memoria que nada podrá remplazar. Los verdaderos amantes de los libros inscriben su vida en ellos. Se podría adivinar el carácter de una persona, se podría incluso trazar su biografía, examinando no sólo qué libros ha leído, sino cómo los ha leído.
El amor a los libros, como toda pasión violenta, está sujeto a una serie de arbitrariedades. A menudo, por atención al formato, se es injusto con el contenido. Es frecuente tener a nuestra disposición durante muchos meses un libro sin que nos dignemos a abrirlo porque su encuadernación nos produce una viva antipatía. Un amigo me confesaba que durante mucho tiempo Stendhal le pareció un mal escritor porque la edición de “Rojo y Negro” que tenía era una edición vulgar, mal vestida, plena de errores tipográficos. Pero le bastó ver la misma novela en una bella vitrina, ataviada no se sabe para qué feria, para que de inmediato cobrara por ella una simpatía irresistible. La consiguió, naturalmente, y hasta la fecha – la novela – no la ha quitado de su cabecera.
Esto no quiere decir que el amante de los libros se deje seducir por el lujo. Para él una edición áspera al tacto, una edición plebeya será tan inadmisible como una en papel Holanda. Hay libros que por su insolente belleza intimidan: su forro de piel, el oro que recarga su superficie nos indican de inmediato que debe tratarse de un libro caro, de un libro incómodo y difícil de usar, al cual no podremos, por ejemplo, poner en la mesa de un restaurante sin que corra el peligro de mancharse. Despertaría, además, la codicia de nuestros amigos, y no faltaría alguno que lo pidiera prestado por una noche y no lo devolvería jamás.
Un libro, para ser amado, necesita poseer otras y más delicadas cualidades. Necesita en realidad, un mínimo de decoro, de gusto, de misterio, de proporción; en suma aquellas cualidades que podemos exigir, discretamente, en una mujer. Por esta razón es que entre las mujeres y los libros existen tantas secretas correspondencias. Hay libros que terminan su vida solitarios, que jamás encuentran un lector. Hay lectores que jamás encuentran su libro.”

Diario “El Comercio”, Lima, 14 de julio de 1957.




Al leerlo sonreía, identificado con algunas situaciones indicadas en esas líneas, como el de sellar algunos libros cuando empecé a leer, o de olerlo al sacarlo de la bolsita transparente que lo protegía al hacerme de algunos en el Jr. Quilca en el centro de Lima. Hasta ahora tengo la costumbre de llevar un lápiz conmigo y encerrar en un círculo las palabras que desconozco, sobretodo si es un libro en portugués, últimamente, y correr a la computadora. Confieso que ahora es más fácil: abrir la web de un diccionario es más rápido que ir a sacar un tomo de la RAE y buscar la página adecuada con la definición de la palabra procurada.
El libro comienza con el texto “En Torno a los Diarios Íntimos” que de anacrónico no tiene nada en nuestros días, y podría muy bien adaptarse a lo que ahora son los blogs.

“El primer elemento propio de todo diario íntimo es la cotidianidad, entendiendo este término en una acepción un poco elástica, como una suerte de periodicidad en las anotaciones. Es raro encontrar un diario íntimo llevado rigurosamente día a día. Con excepción de los diaristas que podrían llamarse profesionales, aquellos para quienes el diario es la única o la más importante de sus obras, la mayoría lo lleva en forma irregular, de acuerdo al ritmo impuesto a los avatares de su existencia.”(fragmento)

El texto además nos devela, haciendo comparaciones, de diarios de grandes autores como Víctor Hugo, Kafka, André Gide, Paul Klee, hasta de autores desconocidos (iluminando mi ignorancia) como Ernst Junger, los hermanos Goncourt, Louise de Hompesch, Amiel, Ernest Blum, Gabriel Marcel y un largo etc.

Así, en cada texto hace mención de varios autores y sus obras, muchos desconocidos por mi, incluso los de mi propio país, caso de José Diez Canseco con su novela “Duque”, a la que le atribuye carencia de “dimensiones y profundidad suficientes para aspirar a ser la novela de Lima”, (el texto se titula “Lima, Ciudad sin Novela”, escrito en mayo de 1953, previo a los relatos de Congrains y de Salazar Bondy, resaltando la editora esto a pié de página) pero también reconoce en el mismo autor a “un cuentista de singular maestría en el ambiente costeño que no consigue con esa novela iguales resultados”.
Tras leer esta crónica descubro a José Diez Canseco, autor de “Estampas Mulatas”, “El Mirador de los Ángeles” y “Suzy”, así como también muchos, muchos realmente, autores extranjeros.
Otras sabrosas crónicas son:
“Peruanos en París”, donde detalla y clasifica a los tipos de peruanos con los que te podrías encontrar en esta ciudad en aquel lejano agosto de 1957.
“Flaubert y la presunta peruana”, donde narra, con detalles y basado en cartas a amigos y familiares documentados en libros, sobre Eulalia Foucaud de Lenglade, la supuesta compatriota y efímera amante del gran escritor.
“Las Discusiones”, aquí filosofa en contra de aquel viejo dicho: “de la discusión nace la luz”, por llegar a la conclusión de que aquello es “contentarse con una idea recibida y revela un desconocimiento vergonzoso de la naturaleza humana.”
No menos interesantes son sus textos “Gustav Flaubert y el Bovarismo”; “El Caso Françoise Sagan”; “Ernest Robert Curtius y la Literatura Francesa”; “José María Arguedas o la destrucción de la Arcadia”; “Dos Diaristas Peruanos”; “Chariarse o el vate vagante”; “Los Ríos Profundos”, “Algunas digresiones en torno a El Otoño del Patriarca”, entre otros, donde analiza a estos autores y/o sus obras.
Una joyita.

martes, 6 de abril de 2010

Cambio de Guardia, Julio Ramón Ribeyro.



Cambio de Guardia; Novela 1976; Editorial Milla Batres; Julio Ramón Ribeyro, Perú.

Aún no terminaba de releer este libro, y ya tenía una frase en mi cabeza: ¡es un libro muy sabroso! La primera vez que lo leí fue hace 16 años aproximadamente, mediados de los 90’s, y ya había devorado los 4 tomos con sus cuentos reunidos –en esta misma editorial- bajo el excelente título “La Palabra del Mudo”, con los cuales me torné en un anónimo hincha de Ribeyro. No recuerdo bien cómo llegué a él: quizá en las conversas con los libreros del Jr Quilca, en el centro de Lima, o con las conversas con mi primo-hermano-amigo Erick, quien siempre estaba con un buen libro en la mano, y varios más esperando su turno. Recuerdo que la imagen de Ribeyro era asociada a un buen vino en la mesa y al cigarro en la mano, y recuerdo también que por aquel entonces mi interés por aquella bebida era casi nulo, lo que no impidió a Erick y a mi trasegar una botella, en nombre del maestro, aquel diciembre de 1994, cuando Ribeyro murió, mes en que también se hizo del prestigioso Premio Juan Rulfo.
Ahora, luego de haber leído ya algunas obras, de variados escritores, no mermó en lo absoluto el sabor encontrado en su exquisita prosa, en su elegante y detallada descripción por los personajes del día a día de Lima, y aquella satisfacción que deja en el alma; por el contrario, ahora lo valoro más, ya que son pocos los que con sus obras derrochen tal maestría.
“Cambio de Guardia” fue escrita entre abril de 1964 y setiembre de 1966 en Paris, Francia, pero fue recién editada 10 años después, en agosto de 1976, como bien nos advierte el autor al inicio de la obra:

“En nuestra época los acontecimientos se suceden con tanta celeridad que la actualidad se convierte rápidamente en historia. Es por ello inútil pensar que esta novela, escrita hace diez años, refleje la actualidad real del país. Es inútil además porque fue inspirada en hechos mucho más antiguos, y porque, en última instancia, una buena parte de lo que narro fue inventado y no tuvo otra finalidad que formalizar, gracias a situaciones relativamente claras, unas cuantas intuiciones oscuras. Si la publico ahora es porque las sociedades tienden a veces a efectuar movimientos pendulares o circulares y en estas condiciones lo pasado puede ser lo futuro, lo presente lo olvidado y lo posible lo real.”
Paris, 1976
J.R.R.

La novela consta de 13 capítulos, que a su vez están integrados por pequeños subcapítulos de media o una página cada uno, donde se intercalan diversos personajes de diferentes clases sociales en la Lima de mediados de los 50´s, que con el transcurrir de la novela van cruzando sus caminos de diversas maneras. Desde obreros relegados de una fábrica de pinturas que se alzan en huelga reclamando sus derechos; huérfanas en un orfanato asediadas por el depravado cura a cargo; un grupo de niños de un barrio noble de la capital que tienen por amigo a un policía con oscuras intenciones; hasta altos mandos de ejército peruano conspirando un golpe de estado contra el gobierno elegido.
Cada subcapítulo está escrito de manera tal que llega a detallar en lo mínimo a los personajes, graficándolos muy bien, y concluyendo estos, dejando un aura de suspenso en algunos o con un sutil humor negro en otros.

Las chicas esperan haciendo cola ante la capillita. Cuando la que ha terminado de confesarse sale, la próxima entra. Dorita se arrodilla ante el confesionario. A través de la tela metálica siente el aliento de don Sebastián. “¿Qué me tienes que decir hijita?. Dorita recuerda lo que le dijo su compañera de cuarto: que ellas no ven al cura, pero que el cura las distingue claramente a través de la rejilla. A pesar de ello dice que ha estado con cólera, que ha regañado contra la empleada que vigila la costura. “Eso no es grave, dice don Sebastián, todos tenemos momentos de mal humor”. Dorita añade que le ha dado envidia la pluma fuente de Raquel, que una vez en clase estuvo a punto de robársela. “Pero no pasó de una intención. ¿Qué más hijita?”. Dorita reflexiona. No sabe si decirle que con la asistenta social envió una carta a la señora Agostini quejándose de la comida. “¿Quieres que te ayude?” pregunta el sacerdote. Dorita dice que sí. “¿Has tenido malos pensamientos?, ¿Has dicho mentiras?. Ahora vacila; lo de la carta, ¿será una mentira?. “Has faltado a tus deberes religiosos? ¿has tomado el nombre de Dios en vano?”. Como Dorita no responde don Sebastián prosigue: “Has cometido actos indecentes?”. Siente, presiente el rostro de don Sebastián pegado a la rejilla. “Actos indecentes, solita, en el momento de acostarte o en el baño”. Nuevamente le llega el aliento de don Sebastián, olor a tabaco, a comida. “Cuéntame hijita, eso no se debe hacer, uno se puede volver loco, hay revistas que dicen que hasta se puede volver paralítico”. Sin poderse contener, Dorita empieza a sollozar. De buena gana se levantaría, pero teme quedarse sin absolución. Don Sebastián sigue hablando: “Yo sé muy bien hijita, a la edad de ustedes siempre ocurre eso, ¿cuántas veces? ¿todos los días?”. “¡Nunca!”, responde al fin Dorita. Don Sebastián queda un momento callado. “Estás mintiendo, una alumna me ha dicho que te ha visto, dice que cuando vas a la ducha en las mañanas….”. “¡No es verdad!”, exclama Dorita poniéndose de pie. Desde allí ve el pequeño altar con su llama eterna, su custodia que reluce y su Cristo retorcido. Don Sebastián asoma la cabeza por la puerta del confesionario: “¡Ponte de rodillas!”, pero Dorita se aleja rápidamente y abandona la capilla.
Cap III, Subcap. 39.

Las conversaciones entre los personajes fluyen de manera natural y me transporta como si estuviese en aquella escena.




Después de atravesar los muladares, entre perros y gallinazos, Felipe se detiene y señala una grieta disimulada entre montículos de desmontes. “Allí está el desfiladero”. Pipo avanza unos pasos y queda observando la abertura, que parece un tajo en el hormigón. “Nunca lo había visto, y he pasado miles de veces por aquí. ¿Da a la playa?”. Felipe se adelanta: “Claro, sígueme”. Es un verdadero callejón de apenas un metro de ancho, una fisura más bien en el acantilado, que serpentea y acentúa su declive a medida que avanza hacia el mar. Felipe va a la cabecera, con cuidado, pues cualquier movimiento brusco puede hacer desprenderse piedras. A la mitad se detiene: “¿Y que tal? Firme ¿no?”. “Aquí nunca me van a encontrar mis amigos, dice Pipo, el próximo sábado que venga con ellos me esconderé aquí y verás como no me chapan”. Felipe da unos pasos más y se vuelve a detener para sacar un cigarrillo. “¿Quieres seguir bajando?. Pipo dice que sí. “Mejor descansamos un rato, añade Felipe, este calor me corta la respiración”. Poniéndose de cuclillas empieza a fumar. Pipo observa los paredones pedrosos: “¿Y por qué se llama el desfiladero de la muerte?. Felipe no responde. De una pitada consume la mitad de su cigarrillo. “Qué raro eres de civil, añade Pipo, cuando nos encontramos en la bajada no sabía quien eras”. Felipe sigue callado. Pipo lo mira: “Es verdad, tienes otra cara”. Felipe apaga su cigarrillo contra el suelo: “¿Por qué no te sientas un rato? Fíjate acá”. “No, dice Pipo, quiero llegar hasta el mar”. “Ponte entonces tu ropa de baño, si tanto quieres el mar. Así apenas llegues, te bañas”. “No, dice Pipo, me la pongo en la playa. ¿Por qué me miras así?. Felipe se ha puesto de pie: “¿Jugamos a los ladrones y celadores? A ver, pasa, pasa hacia la playa”. Abriendo sus brazos le cierra el camino. “Claro que paso”, exclama Pipo tratando de escabullirse por un lado. Felipe lo atrapa de la camisa: “No pasas”. Al sentirse capturado Pipo se echa a reír. “Déjame, comenzamos otra vez”. Felipe está serio, mirándolo, pero como pensando en otra cosa. Sus ojos le dan miedo. “¡Otra vez! ¡Suéltame y empezamos otra vez!”, suplica Pipo. Pero la mano de Felipe no lo suelta: “No, ya no hay otra vez”.
Cap IV, Subcap. 76.

El momento en que se desarrola la historia deja entrever que es previo al golpe de estado del General Manuel Odría (General Chaparro en la historia) al presidente Bustamante Y Rivero. Pero como bien menciona el poeta Washington Delgado: “el tirano es sólo un personaje de segundo plano, bastante opaco y desvalido”.
Julio Ramón Ribeyro es conocido como uno de los mejores cuentistas en habla hispana, sin embargo, esta novela (entre otras) hace que ese dicho no sea del todo real, ya que lo limita a esa área, teniendo él una obra que va desde la novela, pasando por el teatro y ensayos: él es un escritor muy completo.
Totalmente imprescindible.