miércoles, 7 de marzo de 2012

Hijo de hombre, Augusto Roa Bastos




Año de publicación : 1960
Editora : El Lector
Año de esta publicación : 1994


La literatura de Augusto Roa Bastos (Asunción, 1915 – 2005), así como la literatura paraguaya era una tarea pendiente desde hace mucho. Esperaba depararme algún día con “Yo, el supremo”, sin saber que aquella obra forma parte de una trilogía que inicia con la obra de esta entrada, y que culmina con “El fiscal”. Así, una vez más quedo convencido de que los libros son los que nos encuentran y no a la inversa. Al revisar el área de “literatura em espanhol” estaba ahí, junto a una obra de Alejo Carpentier en tapa dura que será motivo de otra entrada.

Novela con marcados ribetes bíblicos, desde el título, y continuando con una de las citas que el autor utiliza al inicio de la obra: pasajes del libro de Ezequiel.

Compleja, pero por muchos momentos sabrosa. La complejidad no está en las expresiones en guaraní que muchos de los personajes de esta obra acostumbran utilizar al igual que el castellano, y es que en el cotidiano en el Paraguay es así, se suele intercalar ambos idiomas; es bacán oírlos hablar en su idioma madre y ya con nosotros, los extranjeros, en castellano. Envidia sana ya que en el Perú la gran mayoría no cultivamos nuestro idioma original, el quechua; muchos hasta se avergüenzan de ello. Aquí se siente que las frases utilizadas en guaraní enriquecen los diálogos, como que posee más énfasis que de haberlas escrito/dicho en castellano.

Compleja en el sentido que llegado a la mitad del libro me preguntaba ¿quién es el personaje principal? A cada trecho son diversos los personajes que van construyendo la historia que Roa Bastos hilvana con maestría: los personajes que encontramos al inicio de esta saga son el viejo Macario Francia y Gaspar Mora, pobladores de Itapé: el primero el anciano que lleva la historia del pueblo con él, es el encargado de mantener presente los hechos de Gaspar Mora tras su muerte; el segundo, músico y constructor de instrumentos, llega a ser contagiado de lepra y decide aislarse del pueblo para no diseminar el mal que lo aqueja; “omanó vaekué ko-ndoyejhe’ ai oikovevandie”: “los muertos no se mezclan con los vivos”, argumenta. Se sacrificó -como Jesús- anteponiendo el bienestar de los suyos al de su propia comodidad. También en este capítulo inicial encontramos la lucha de Macario por mantener el Cristo tallado por Gaspar en la iglesia, ante la negativa del cura por haber sido la obra de una persona que nunca entró a oír misa: la obra de un hereje. El canónico tiene problemas para expresarse y hacerles entender en guaraní el mal que esto trae. Esta disputa hace recordar los primeros intentos de imponer el catolicismo a la llegada de los españoles a estos lares: no sólo problemas de comunicación, aquí se ve, como en épocas de la conquista, cómo el acceder a mezclar ambas culturas resulta una solución. En muchos trechos aparece mencionado en forma de recuerdo “El supremo” o “Karai Guasú”, personaje principal de la obra que sigue a esta.

Luego, en el capítulo siguiente, “Madera y carne”, Roa Bastos nos traslada a Sapukái, a donde llegará un inmigrante ruso llamado inicialmente de “gringo” que tras salvar la vida a María Regalada, la hija del sepulturero, será conocido como “doctor”, para luego ser llamado de “hereje”. Tanto en esta historia como en la del capítulo anterior hay mucha simbología, detalles que inicialmente pueden pasar desapercibidos pero que posteriormente se puede vislumbrar del por qué están ahí.

Quizá la historia de Casiano Jara y su mujer Natividad en el capítulo cuatro “Éxodo” -de nombre también bíblico- es una de las más impactantes. Lo sufrido por ellos, no sólo físicamente, sino también la mengua en la honra familiar, domeñados por el coronel Chaparro quien se obsesiona con Natividad, reduciéndolos a la más mínima expresión, perseguidos, con el orgullo perdido por la continua humillación recibida, y con un bebé en el vientre –se llamaría Cristóbal, otro de los personajes principales en capítulos posteriores- y con todo en su contra, cuando para ellos la muerte pareciera ser una bendición su destino daría un giro radical en la historia, los supervivientes de esta obra.

Cristóbal Jara, llamado de Kiritó (“Cristo”, en guaraní) parece tener un destino trazado desde que estaba en el vientre de Natividad.

Esta novela tiene la particularidad en el capítulo siete de traer el diario de Miguel Vera –nuestro narrador en muchos trechos de la obra, y otro de los principales personajes- de la previa a la Guerra del Chaco y durante esta. Roa Bastos te deja en el campo de batalla: casi se siente la niebla mezclada con la pólvora, el hedor de carne podrida que no sabes distinguir si es de los sobrevivientes o de los cientos de cadáveres que hay alrededor: capítulo muy gráfico e intenso, al igual que el capítulo cuatro, “Éxodo”.




¡Defender la patria! –barbotó otra vez Hilarión, dando un tacazo con su muleta-. ¡Las tierras de los gringos fuimos a defender…! ¡Nosotros también somos la patria y quién nos defiende ahora!
(Pág. 313)

No trata en sí sobre la historia de aquella guerra, ésta está presente en parte de la trama pero no es el tema principal, como sí lo es el abuso autoritario al que estaban expuestos sus compatriotas de antaño, enfrascados en una guerra en donde el pueblo es quien pierde.

Roa Bastos nos presenta de diversas maneras a Miguel Vera, nuestro narrador: los capítulos impares son narrados en primera persona y los pares en tercera. Es una obra compleja y de a pocos se va descubriendo las riquezas que esconde. Vera comienza como uno de los principales cabecillas de la revuelta, para posteriormente traicionar a los suyos reprimiéndolos y, finalmente lo encontramos retornando a Itapé como alcalde, antes de su muerte.

El autor nos acerca este bosquejo, donde el principal personaje es el pueblo en sí, retratados por diversos personajes que lamentablemente padecen el mismo mal: estar bajo el abuso y la arbitrariedad de los que ejercen el poder momentáneo, mal que no solamente lo sufrió Paraguay, quizá toda Latinoamérica. Es cierto que esto aquí es ficción, probablemente en la realidad haya sido peor.

Genial obra del Premio Cervantes de 1989. Y eso que la obra cumbre de Roa Bastos es “Yo, el supremo”, y no la de esta entrada. Después de conocer esta obra cada vez más caigo en cuenta de que los escritores del boom latinoamericano de los 60’s y 70’s eran otra cosa.

2 comentarios:

Raquel Bazán dijo...

Sí ,los escritores del boom latinoamericano eran otra cosa.Han querido desacreditarlos, sobre todo los nuevos escritores del área, pero nada.Es mejor que se ocupen de sus nuevos temas y formas de escribir que perder el tiempo en rebatirlos,ellos son inamovibles y sí creo que resistirán el embate de los tiempos que califica a los clásicos.Y ahí en esa lista estará Roa Bastos.
Viví cinco años en Ecuador en los años ochenta y recuerdo cómo sus habitantes alternaban el quechua con el español en su habla. No sé si lo siguen haciendo, espero que sí.Un abrazo bloguero y que pases bien.

manigna dijo...

No sé cuantas obras de los nuevos escritores serán recordados/leídos de aquí a cuarenta años, sospecho que serán muy pocos. Siempre es bueno volver a los escritores que formaron aquel llamado boom latinoamericano, no tienen pierde.

En el Perú quizá en el ande (en la sierra) se cultivan ambas lenguas, ya en la capital u otra ciudad del litoral no. Recuerdo que alguna vez se comentó que el quechua esté en el currículo escolar, y muchos se quejaban, hay como un complejo, una bajísima autoestima, el sentir vergüenza de ser llamados de indios, de cholos. Hasta ahora -imagino que no ha cambiado- Lima -mi ciudad- es una ciudad racista, y muchos compatriotas se burlan de otros peruanos con rasgos andinos más marcados, ya si hablan en quechua el trato es peor. Recuerdo una vez encontré en Cusco a dos ingleses que lo hablaban a la perfección, me dijeron que lo enseñaban en una universidad en su país. A mí me avergüenza no hablarlo, no haberlo aprendido; quien sabe más adelante.

Un abrazo.