viernes, 16 de marzo de 2012

La lluvia inmóvil, Campos de Carvalho



Título original : A chuva imóvel (1963)
Editora Civilização Brasileira.


Casi siempre en las librerías me deparo con otros lectores/compradores y acabamos conversando sobre autores, libros y demás, y son esos extraños momentos donde aprovecho para aminorar mi ignorancia sobre literatura brasileña. Fue así que un cierto día un compadre -mientras me preguntaba qué otros escritores peruanos existían, además de Vargas Llosa, y si había alguno en aquellos estantes: habían tres más- me señaló dos libritos, en un anaquel separado, donde suelen exhibir “as raridades”: “Campos de Carvalho era uma fera!”, me aseguraba. Así, sin haber escuchado absolutamente nada hasta ese momento sobre Walter Campos de Carvalho (Uberaba, Minas Gerais, 1916 – São Paulo, 1998) me aventuré haciéndome de aquellas dos obras.

Si con “Agua viva” de Clarice Lispector se experimenta esa sensación de libertad, de no tener fronteras abarcando varios temas -siendo al final uno solo, la condición humana- en un torbellino verbal que te atropella y no te da tiempo para respirar, aquí, con esta obra escrita diez años antes de aquella vuelvo a experimentar ese placer en ser zarandeado, cacheteado por una prosa tan directa, que no solo señala con el dedo, sino que lanza lo que tenga a la mano; es corta y densa, y se da espacio para frases con un ácido humor, a veces irónico, donde entre el soliloquio del enajenado narrador se encuentra su protesta contra la estupidez humana, en aquella época evidenciada por el abuso de ataques con armas químicas: a mediados de los 60’s se daba la Guerra de Vietnam y ya se sospechaba cuán atroz podría ser la raza humana dejando una prueba más de lo animales –con el perdón de los animales-que podemos llegar a ser, como si no hubiese bastado las bombas atómicas a Japón durante la segunda guerra. Aquí el autor llama a esto “Atoms at work”, donde ya no se reconoce en Cafarnaúm -ciudad a la que el narrador llega, podría ser cualquiera- pues los muertos aparecen como hongos en el piso, y ya no hay espacio para poner el pie. Pareciera que Campos de Carvalho utiliza el nombre de este poblado donde Jesús ejerció milagros irónicamente pues es en esta misma tierra que el hombre todo lo destruye.

A mí no me interesa distraer al lector y sí golpearlo en su carne, llegarle a la médula.

A través del texto se le nota hastiado y asqueado, y se basa en frases sardónicas y juegos de palabras para sobrellevar esto que se llama vida. Su muy buen manejo del idioma hace que la narración raye con lo lírico, por muchos momentos es magistral. Al igual que con el libro de Clarice Lispector mencionado y leído hace poco éste también lo disfruté bastante, aquella sensación de que el autor está a tu lado como un amigo más, conversándote, como confesándose y develando ante nuestros ojos la mierda que se puede encontrar en este mundo.

Aquí mismo, en su país de origen, el autor no es tan conocido como Jorge Amado, por ejemplo, aunque el célebre bahiano no se haya cansado de recomendar las lecturas de este compatriota suyo; entre los propios brasileños son pocos los que conocen sus obras.
Narración de índole pesimista, pero pareciera que acostumbrado a ese miasma, a moverse entre el lodo. La belleza en la irracional escrita de Campos de Carvalho.



Lo que hicieron de mí está hecho, o lo que yo mismo hice de mí, éste perfecto estrangulamiento, yo, este péndulo muerto pero aún vivo, este cerebro latiendo dentro de mí y yo dentro de él, esta conciencia mía mucho más yo de que cuando nací, sin ninguna placenta, y apenas esta cuerda conectándome al mundo exterior, o al mundo interior. El dueño de este cadáver soy yo mismo, aunque los otros lo reclamen o no, los dueños del mundo, y ahora de este submundo, si es que acaso todavía existiesen sobrevivientes para sobrevivir a alguna cosa, y no hayan sido cogidos por la hecatombe, cogidos y ahora recogidos, como yo.

Intentaron reducirme al polvo y no lo consiguieron. Aquí estoy yo con mi cuerda y con mi conciencia, íntegro e íntegro, fuera del alcance de sus armas de largo alcance, de sus experiencias homicidas o suicidas, fuera de su sistema solar o de cualquier otro sistema, yo, el rebelde, el rebelado, aunque sea tan solo un desertor: el desertor en el desierto.
Llevarán siglos para izarme, si es que realmente están izando, y mientras dure esta larga ascensión de mi cadáver, y también de lo que está dentro de él, yo y no él, continuaré minuto a minuto a escupirles desde el fondo de mi conciencia, con esta cuerda en el cuello, pero escupiendo, en señal de protesta y sobre todo de asco, por mí y por todos esos que murieron o que están muriendo, junto conmigo, muriendo, en esta matanza de inocentes.

Hasta estando muerto continuaré dando mi testimonio de muerto. Esta lluvia inmóvil ¿seré yo que la estaré escupiendo?


(Extracto, Págs. 103 y 104)

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