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sábado, 18 de agosto de 2018

El Gatopardo, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa



Año de publicación : 1958

Título original : Il Gattopardo

Editora de la presente edición : Circulo do Livro

Título en portugués : O Leopardo

Traducción al portugués : Rui Cabeçadas.



Los actuales millennials adorarían Tancredi.

Tiempos conturbados aquella Sicilia de mediados del siglo XIX cuando Giussepe Garibaldi lideraba la unificación de Italia.

El príncipe Fabrizio Salina, erudito aristócrata, cultiva las ciencias y el romanticismo con la misma pasión que relega a su esposa Maria Stella; su sobrino Tancredi Falconeri, totalmente en las antípodas, seducido por los juegos de cartas y la belleza femenina. Frívolo, llegado a la vida fácil, aprovechando envolver con las palabras, su llegada con las personas, y su facilidad en crear alianzas. Con el sarcasmo en la punta de la lengua y la sorna lista ante cualquier comentario, derrocha por muchos momentos carisma y difícilmente despierta dudas a su alrededor; y al centro de ellos el padre Pirrone, cauto, por muchos momentos inocente, aunque ni tanto cuando una guapa mujer estaba cerca de él. Ellos tres son el eje de esta fenomenal historia de una familia de clase media alta venida a menos, donde el polvo todo parece cubrirlo, sin que haya nadie para quitarlo y así poder intentar al menos mantener el esplendor en el que en un pasado no tan distante vivieron.

El camino a continuar con un estilo de vida e imagen consecuente a su linaje los hace considerar una unión que antes la verían desproporcionada.




Las descripciones del inicio del fin de la aristocracia siciliana son perfectas, quizá por Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (Sicilia 1896 -Roma, 1957) haber sido un príncipe en la vida real -Príncipe de Lampedusa-, sabe ubicar al lector en toda la grandeza de ese mundo y lo mejor, presenciar cómo de a pocos va decayendo. Lo que más atrae mi atención es el personaje de Tancredi, tan relajado y esperando el momento cierto para decidir qué es lo mejor para su vida, camaleónico, sin necesidad de que las preocupaciones lo abrumen. Mientras el príncipe Fabrizio representa la antigua y conservadora aristocracia siciliana, Tancredi es aquella brisa nueva, la juventud, el futuro cercano de Sicilia como parte de Italia, un futuro representante en la política local.

Lo interesante de esta obra con una trama por momentos enredada, y hasta podría pensar pesada, es cómo la torna llevadera, ágil, y ahí está el éxito de esta empresa: valiéndose de momentos de humor, de romance, de amores y desamores, podría incluso verse como de auto-ayuda (tanta gente en busca de ese tipo de libros) ya que mientras Fabrizio con toda su educación y cultura solo consigue abismarse ante la probable decadencia, Tancredi, casi sin despeinarse, ve –en Angelica- una oportunidad de salida; dos perspectivas diferentes ante la misma situación.

Trae el prefacio de Giorgio Bassani, corto pero conciso. Plagado de recuerdos y anécdotas, transportándome a esa época en la cual la única obra del príncipe de Lampedusa era rechazada y delegada al olvido aparentemente por razones políticas. El tiempo se encargó de restituir ese aparente error y colocarlo en el lugar que se merece. El hecho de que por una sola obra un escritor llegue a superar la barrera del tiempo la torna, de por sí, notable.

viernes, 2 de febrero de 2018

Vienen los chilenos, Guillermo Thorndike





Editora : PromoInvest

Año de publicación : 1978




Me había propuesto leer la tetralogía “La guerra del salitre” de Guillermo Thorndike en menos de un año, pero ciertamente fue una empresa difícil de concluir.

Así como con las otras dos publicaciones que la anteceden, con “Vienen los chilenos” (tercer y penúltimo libro) hay que hacer de tripas corazón puesto que si ya el anterior libro te transporta al puerto de Pisagua en Tarapacá, aquí inicia con la incertidumbre de una muy probable ocupación de Arica, Tacna, y Moquegua, con grandes chances de derrota, largados al sacrificio, y donde los personajes de Alfonso Ugarte (créanme, es muy escueto, romántico e injusto resumir a escolares “se lanzó del morro en su blanco corcel para evitar que el enemigo cogiera la bandera”, y no mencionar aquel liderazgo que tenía para motivar gente relegada al olvido, de quien se refería a su tropa como “mis cochabambinos”, olvidándose del hambre, sed, cansancio, para defender algo que a todas luces estaba perdido); y de Francisco Bolognesi (quien podría estar en cualquier lugar del Perú, inclusive del mundo, observando desde lejos cómo se desangra la patria, cómo la desangran –y no me refiero a las tropas chilenas-, sabiendo que su esfuerzo sería casi nulo, y la muerte un lugar común para todos ellos, y qué muerte. Esas páginas de sus últimos momentos son bien gore.

Ya sabemos que una guerra no es tan romántica como nos la quieren hacer ver, pero leer estas páginas donde bayonetas entran en la carne como un cuchillo en mantequilla, donde el olor a pólvora se mezcla al de la sangre, donde gritos de desgarro se confunden a los producidos por las armas…. ¿Cuántos de sus similares en rango en la actualidad harían lo que ellos hicieron? Los sentimos tan humanos, como nunca antes nos lo enseñaron en los libros de escuela, enfrentando el abandono del gobierno central, y el natural recelo y pesimismo de los locales.

Otros personajes de nombre con menor pompa (nuevamente, en los libros de historia escolares) pero de igual valía, en aquel que se iba tornando un siniestro territorio, son el Teniente Coronel Ricardo O’Donovan, el Coronel Eleodoro Camacho (Jefe del Ejército Boliviano), el Teniente Coronel Roque Saenz Peña, quien luchó como voluntario al lado los peruanos, y que años más tarde sería presidente de su país, Argentina; Rafael Sotomayor, Ministro de Guerra de Chile, quien junto a trece mil de los suyos desembarcaron tranquilamente en Ilo y Pacocha sorprendidos de la facilidad de su arribo y de ser localidades abandonadas pero plenamente abastecidas con agua, huertas y hasta con la locomotora Huaracani a su disposición; el Coronel Isaac Recabarren, quien vendió sus propios bienes para vestir y alimentar a sus tropas, llegando a ser preso -¡gracias Piérola!- en Arequipa por formar un ejército e intentar auxiliar a las tropas abandonadas a su suerte en Arica; el Huáscar es ahora el enemigo, y junto al Matías Cousiño mantienen Arica rodeada. Al mismo tiempo la vieja corbeta Unión se camufla en la niebla consiguiendo enviar una falúa con ocho marineros al Manco Cápac, con un cargamento de desánimo y sorpresa, para regresar a bordo de la vieja Unión, e inclusive esquivar nuevamente a los buques enemigos, pudiendo llegar posteriormente al Callao. Las peripecias de los tripulantes en esas horas infames cargados de impotencia porque así lo quiso el dictador peruano, Piérola.




Si algo derrocha este libro en sus 420 páginas es misterio, incertidumbre, y mucha, mucha adrenalina. Aquí está la verdadera historia de aquellos a quienes tan románticamente conocimos de pequeños, pero que rara vez nos mencionaron sobre la podredumbre del gobierno central que los relegó a una masacre, y junto con ellos a todo esas ciudades y poblaciones respectivas.

A diferencia de los otros dos, al terminar la presente obra me dieron ganas de querer ya empezar con el último tomo, donde el Callao y Lima son los siguientes lugares a ocupar. Ahí experimentaré aquello que solo un ciudadano de Moquegua, Tacna, y tal vez Arica pueda sentir con éste tercer libro. Ver retratada las calles y lugares comunes pero en aquella época y en aquel ambiente. 
Pero esa ya es otra historia.


Bonus Track:

Algo que ya se sospecha desde el primer libro queda claro al finalizar este tercer tomo: ¿Crees realmente que la Guerra del Pacífico fue entre Chile x Bolivia y Perú?

sábado, 6 de agosto de 2016

Lluvia negra, Masuji Ibuse





Título original : Kuroi Ame 黒い雨

Año de publicación : 1965

Título en portugués : Chuva Negra

Editora : Estação Liberdade

Año de la presente edición : 2011

Traducción al portugués : Jefferson José Teixeira




Recuerdo la primera semana tras instalarme en la ciudad de Minokamo, estado de Gifu. Dispuesto a ingresar a un centro comercial, al ladito de la puerta principal estaban un grupo de personas con unas urnas pidiendo dinero, algo muy inusual en Japón. Ellos explicaban los motivos, pero en mi pobre idioma japonés no entendía a ciencia cierta a qué se referían, hasta que mencionaron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, mientras otra persona me entregaba álbumes llenos de fotografías muy crudas, de los sobrevivientes en los años posteriores a aquel fatídico 1945, y hasta aquel entonces, 2004. Y es que hasta inicios de este siglo había personas enfermas por la exposición a la radiación.

Un día como hoy, hace exactamente setenta y un años, fue soltada la bomba atómica en la ciudad japonesa de Hiroshima. La trama de ésta novela trata sobre aquellas personas que sobrevivieron a aquel ataque. El título hace mención a las grandes nubes negras cargadas de lluvia con radiación, fragmentos a modo de ceniza, llenos de rayos gamma y uranio, que dejaba todo y a todos como con un grueso manto negro, cuyos efectos se conocerían rápidamente entre la población, expuestos a la hambruna y abandono por un lado, y a las órdenes de no bajar la guardia para un posible ataque cuerpo a cuerpo en suelo japonés por otro. Un caos total donde pareciera que lo mejor que le podría pasar a cualquiera en aquellas circunstancias era no haber sobrevivido. La naturaleza da señales de cambio rápidamente, en sus flores, plantas, insectos, peces, agua, convirtiendo a Hiroshima y alrededores en un lugar inhabitable, en teoría, pero donde muchos, abandonados a su suerte, se las ingenian para darle nuevamente un sentido a sus vidas. Y es que la trama no es en sí la caída de aquella primera bomba, sino lo que sucedió con los que ahí consiguieron levantarse tras esa tragedia.

El libro comienza cinco años después de aquel fatídico hecho, donde el autor nos presenta a la joven Yasuko, la muchacha que está en boca de todos por creerse que estuvo en aquel lugar, expuesta a la radiación, motivo que dificulta la tarea de sus tíos Shigematsu Shizuma y su esposa, Shigeko, en encontrarle un esposo, pues cada galán que aparece con pretensiones de matrimonio es alertado al respecto por infames vecinos. Y es que en aquellos tiempos se creía que tener contacto con un hibakusha directamente sería contagioso. Shigematsu decide entonces transcribir los diarios de Yasuko, de su esposa, del médico reservista Iwatake, y el suyo propio, para enviárselo y así convencer al pretendiente de su sobrina, en un intento de alejar toda duda y sospecha.

Aunque uno puede tratar de hacerse la idea de cómo debió ser los días posteriores al estallido no hay asideros reales para formar una opinión válida, más allá de lo trágico. Aquí, a través de las transcripciones de aquellos diarios podemos saber cuán terrible fue este holocausto, con cadáveres amontonados por todos lados; hedores que empiezan rápidamente a aparecer; enjambres de moscas y mosquitos; hibakushas cual zombis en busca desesperada por un poco de agua, que no calma esa sensación de intenso calor interno; quemaduras de todo tipo difícil de cicatrizar; rostros hinchados como pareciendo a punto de explotar; y lo más increíble, aquel extraño sentimiento pacifista en relación a los estadounidenses: no hay ira, ni en los personajes del libro, ni en la población en la actualidad. Shigematsu es un atento observador del cambio radical de su ciudad y alrededores, recordando inclusive poemas en algunos momentos entre los escombros de lo que fue una gran ciudad. 






Resulta increíble saber que en Okinawa está una base grande norteamericana, y que muchos –sino todos- japoneses no guardan rencor por esa afrenta, es más, las nuevas generaciones hasta admiran la cultura estadounidense.

Fue llevada al cine en 1989 por el director Shōhei Imamura. Dicha película la pueden ver aquí pudiendo activar subtítulos al español, portugués e inglés.

Si algo hay que reconocerle a Masuji Ibuse (Hiroshima, 1898 – Tokio, 1993) es el ofrecernos una acuarela de una situación extrema: no hay resentimiento, hasta diría que ni molestia por lo sucedido. Aconteció, y hay que luchar por continuar viviendo, tan simple como eso. Hay que tener en cuenta que tan solo quince años después (1960) comenzó “el milagro japonés”, a crecer la economía en ese país que los llevaría a ser potencia mundial, albergando inclusive diecinueve años después unos Juegos Olímpicos (1964) en Tokio. ¿Qué país y sociedad lograría eso a tan poco tiempo de ser víctima de tamaño holocausto? Y si hubiese algo que reprocharle al autor es el lenguaje simple –acostumbrado con otros autores nipones, que no escriben, sino esculpen, con una precisión bárbara el lenguaje- que encuentro en esta obra, pero esto pasa a ser un mero detalle, pues lo que me pasa a importar aquí es el fondo y no la forma.

Masuji Ibuse no tendrá la fama de Akutagawa, Mishima, Kawabata, Oé, o Murakami, pero ciertamente con éste libro vencerá la barrera del tiempo. Obra clásica de la literatura japonesa que nos descubre una ventana a un pasado terrible, el cual debería ser prohibido olvidar.


domingo, 28 de febrero de 2016

Sueño, Haruki Murakami




Título original : Nemuri 眠り

Año de publicación : 1990

Título en portugués : Sono

Año de publicación : 2009

Editora : Alfaguara

Ilustraciones : Kat Menschik

Traducción al portugués : Lica Hashimoto




Es difícil ponerse en los zapatos de una mujer. ¿Alguien lo ha intentado? Haruki Murakami, se ubica desde la perspectiva de una mujer aparentemente sencilla (no debe existir mujer sencilla, todas son complejas, felizmente), una ama de casa en una rutina que, sin sospecharlo, la agobia, cuando de pronto un hecho inusitado le abrirá una puerta secreta en ella, y tras dar una espiada, el resultado la atemoriza: ella es como una oruga presta a salir de su cápsula, convertirse en una mariposa, y volar. Y para despertar de ese marasmo lo surreal aparece en su vida de manera tan insospechada como pertinente en cualquier libro de Murakami: una buena noche simplemente no puede conciliar el sueño, y, ante una experiencia que me hace recordar mucho al tipo de “La caza del carnero salvaje” percibe que no puede dormir más, refugiándose en la lectura de Ana Karenina, sintiéndose arropada en la música de Mozart y Haydn, 
y degustando un Rémy Martin, comenzando así su acto introspectivo de cómo era antes de formar una familia y cómo lo es en el presente, tan diferente. ¿Adónde se fue aquella chica que amaba libros? ¿En qué momento y por qué mudó de vida volviéndose una esposa y madre ejemplar? Una ama de casa con todas las necesidades cubiertas, pero tan sosa, tan apática. Tras aquel acontecimiento, su insomnio de diecisiete días la libertará. ¿Alguien ya ha estado sin dormir más de veinticuatro horas? Yo ya estuve treinta y nueve con 40 minutos más o menos, y el cuerpo, cual máquina comienza a no responder, a pedirte descanso. Es una sensación extraña el no tener control de uno mismo. En el caso de nuestra narradora cada día que pasa ella se siente más fortalecida, como rejuvenecida ante el hecho de saber que tendrá todo ese tiempo para ella sola, para no compartirlo con nadie más, hacer lo que bien le plazca. Un problema, tiene familia: esposo e hijo a quienes atender. Va comenzando a reparar en qué estaba pensando cuando cambió abruptamente su vida, viendo a su buen esposo bajo otro prisma, tomando un peligroso baño de realidad, no sintiendo ganas de estar más ahí, y lo peor, viendo en el rostro de su hijo una copia exacta de su marido, lo que la lleva a despojarse de todo amor o ternura que cualquier madre tiene. Una extraña absoluta en un mundo extraño, y su insomnio ahí, invitándola a ser ella, a retomar su verdadera vida. 

Mención aparte merecen los trabajos de la artista alemana Kat Menschik, diseños metálicos, un frío que envuelve. La de la mujer parada frente a la proa de un barco, tan cerca, tan intimidante, es mi preferido. Desde que una vez a mediados de los 80’s, con nueve o diez años de edad mi madre me llevó a un enorme barco-biblioteca-librería que hizo parada en el Callao, el cual iba de ciudad en ciudad, de país en país. Desde ese día tengo un sueño que vuelve cada cierto tiempo: el estar en el puerto ante olas gigantescas, que no me tocan, pero las puedo ver tan cerquita que me asustan, y un barco –aquella hermosa biblioteca flotante- pasando ante mí tan cerca que pareciera que la puedo tocar si tan solo estirase mi brazo, pasando despacio, tranquilizándome. Recuerdo que no teníamos dinero, pero igual mi madre me llevó a conocerlo, y hasta pude salir feliz con dos libros en manos, sobre fauna marina. “No podemos comprar todos esos –me decía, ante el grupo que yo podía cargar-, pero apunta los títulos y los buscas en la biblioteca de doña Pocha”-, refiriéndose a la biblioteca que administraba doña Pocha, en Mangomarca, San Juan de Lurigancho, Lima, adonde yo acudía las tardes después del colegio; ¡qué será de doña Pocha! Ojalá y esté muy bien. Me han dado unas ganas de abrazarla. No me quiero salir más del contexto, solamente quería hacer referencia al sueño y lugar que me llevó el diseño de la página 88, me trasladó a aquel tiempo: ¡Gracias Kat!








Bella edición de "Alfaguara" en Brasil, con tapa dura y letras grandes. En castellano la editora “Libros del Zorro Rojo” se hace cargo de la publicación, y por lo visto la calidad es la misma.

Si aún no conoces a Haruki Murakami comienza a leerlo por sus obras más antiguas, y ésta es una de ellas, las cuales hasta ahora para mí no tienen pierde. De las “modernas” por así decirlo, sólo leí una, y no llegó a colmar mis expectativas, que eran altas por el halo de genio que cubre a éste autor. Y lo es, no cabe duda de eso, y este libro es un pequeño ejemplo de ello. 


Este cuento es de aquellos sueltos que publicó en revistas y fue compilado en “Zō no shōmetsu” (“象の消滅”) “El elefante se evapora” en traducción libre, libro el cual está en mis manos, motivo por el cual lo he podido leer en inglés y ahora en portugués. Estos son los textos de Murakami en los que simplemente dices: ¡Maestro! Cómo de un hecho tan sencillo puede tejer una trama tan compleja. Cómo la rutina puede llegar a lapidar con tu vida. Lapidar es un término que escojo tras este final, abierto a la interpretación da cada lector. Como la mayoría de libros de Haruki Murakami engancho desde las primeras líneas, y reparo que acabó tan rápidamente, pensando en las posibilidades que podrían darse ante aquel final tan intrigante. Es difícil no seguir con otro libro de él. Así debe ser el vicio por las drogas. En tal caso, sus obras son una droga buena, de la cual no hay problema –ni dificultad- de enviciarse. 





Booktrailer de Sueño, Editora "Libros de Zorro Rojo" 

miércoles, 27 de enero de 2016

Consumidos, David Cronenberg




Título original : Consumed

Año de publicación : 2014

Título en portugués : Consumidos

Año de la presente edición : 2014

Editora : Alfaguara

Traducción al portugués : Cássio de Arantes Leite




La primera vez que escuché sobre un tal Kafka no fue en el colegio, sino en el cine. Por aquel tiempo, algunas personas tenían la maldita costumbre de hablar durante la película, así que alguien comentó aquel extraño nombre. Luego pude ir a la biblioteca que administraba la señora Pocha en mi barrio y preguntar quién era ese tal Kafka. Tenía doce años y había ido al cine a intentar ingresar a una película que era para mayores de dieciocho; en Lima, en la década de los 80’s, conseguirlo no era tan difícil. El filme en ciernes era “The fly” y el impacto fue tal que la vi n veces más cuando la repetían por televisión.

Hacia el final de la década de los 90’s la Filmoteca de Lima (en su antigua dirección del Museo de Arte del Paseo Colón, en el centro de Lima) exhibía muchas películas que por alguna extraña razón no circulaban por los cines comerciales. Ahí pude ver “Crash” y regocijarme con aquel efímero momento entre el placer y la destrucción; la tibia carne y el frío metal; el gemido del goce ante lo prohibido, al límite entre la vida y la muy probable muerte.

Ya en la isla, disfrutábamos con amigos, sentados en el tatami compartiendo pizza, vino y películas. Así, de esa manera departíamos, cuando coincidíamos en los pocos momentos que teníamos libres. Una película en especial, la de un padre de familia y esposo abnegado que pareciera no matar una mosca se ve de pronto obligado a obedecer a su instinto para sobrevivir. Lo interesante está en lo que él esconde, hasta de él mismo. Aunque todos los actores estaban muy bien en sus roles, a Ed Harris lo recuerdo magistral en aquella “A history of violence”; corría la mitad de la primera década del presente siglo.

Hacia finales del 2014, cuando me hice del libro, sin siquiera imaginar que terminaríamos viviendo en Canadá (¿alguna señal del destino?) recién había sido publicado en Brasil, y, durante un viaje a Lima me preguntaba: ¿por qué no hay una traducción al castellano de su primera novela? David Cronenberg (Toronto, 1943) es un director de culto en varios lugares del mundo, y leía que éste libro había sido publicado simultáneamente en varios países y a diversos idiomas, menos el nuestro. Vale mencionar que en este enero que ya acaba la editora Anagrama llena ese vacío, y brinda a los no pocos seguidores del director canadiense su debut como escritor, a los setenta y un años de edad.

Todo lo que puedes esperar de Cronenberg como director lo encontrarás aquí, y más; el canadiense para variar no decepciona. Un asesinato en una esfera alta de poder y dinero, con sesiones de canibalismo de por medio, algo de masoquismo, y mucho morbo. Aquí una amputación no es sinónimo de tristeza, por el contrario, es un anhelo, y siempre con gente alrededor oteando, como deleitándose de lo prohibido. Ése es ambiente al que los periodistas Nathan Math y su esposa Naomi se sumergen, comenzando a investigar cada uno por su lado. Ellos se mueven en las antípodas, mientras Nathan está en París, Naomi en Tokio; por ejemplo, y, aunque físicamente estén alejados, están siempre presentes por medio de la tecnología, intercambiando detalles, imágenes, archivos, deseos secretos, muchos de ellos morbosos acerca de los resultados de sus investigaciones a la excéntrica pareja de esposos Célestine Arosteguy y su esposo, el famoso filósofo y escritor francés Aristide Arosteguy.

Y para llegar a ellos se depararán con el enigmático Dr. Molnár, (Zoltan, para amigos y clientes), sospechoso por pertenecer a una red de tráfico de órganos. Él atiende aquellos casos que cualquier cirujano con dos dedos de frente jamás atendería, como el acceder a realizar una mastectomía cuando no se necesita. También con el Dr. Barry Roiphe, quien investiga una nueva ETS bautizada de Roiphe, enfermedad que Nathan contrae con una riquísima y masoquista eslovena. 




Si además de gustar de Cronenberg, y de novela negra, eres adepto a la tecnología, en esta trama estarás como pez en el agua, pues el autor llena la conversa de sus personajes con detalles técnicos acerca de cámaras fotográficas, de vídeo, ángulos de iluminación, algunos artificios, programas de computador, y un incontable etcétera al respecto, donde no se reprimen la marcas y modelos de los productos de los que se habla; todas ellas agradecen ser consideradas por el maestro. 

Quien va por lana sale trasquilado, se podría decir de Naomi y Nathan, quienes se envuelven más de lo debido, descubriendo que gustan de lo obscuro, llegando a intercambiar (y disfrutar) sus experiencias con terceros, llegando ambos a excitarse sabiendo de los amoríos del otro, terminando ellos siendo escuchados, investigados, maniatados, en aquel gran escenario del cual Arístide Arosteguy se muestra como un gran titiritero. 

Muchos de los elementos de su filmografía están aquí, en su debut literario. Si no conoces a David Cronenberg probablemente después de leer el libro querrás hacerte de varias de sus películas, pero si ya lo conoces, muy probablemente ya estarás buscando éste bendito y obscuro libro, pequeño manual de perversiones y otros fetiches, elementos que enmarcan una gran historia. 

lunes, 3 de agosto de 2015

Las tiendas de color canela, Bruno Schulz




Título original : Sklepy cynamonowe

Año de publicación : 1934

Editora : Barral Editores

Año de la presente edición : 1972

Traducción : Salvador Puig



Camino por Curitiba como se camina por cualquier capital; con prisa. Pero me doy tiempo para ingresar a martirizarme en las librerías. Como siempre, husmeo primero el pequeño anaquel destinado a los libros en castellano, pues quien sabe si no cayó algo interesante y, aquella tarde, entre los pocos libros que lo poblaban, uno con el pequeño símbolo de Barral Editores en el lomo asoma. Me abalanzo rápidamente hacia él, Bruno Schulz (Drogóbich, Ucrania, 1892- 1942) reza en la portada. No tengo la menor idea de quién es, pero me alegra el corroborar que es un volumen de cuentos, y en perfecto estado. Antes de leer la oreja del libro ya sabía que se vendría conmigo.

Los dieciséis cuentos que alberga esta obra tienen en común un personaje principal: Jakob, el padre del autor. Él es el hilo conductor de las diversas tramas que bien podrían ser una sola, como una novela fragmentada, que funcionan a la vez de espectacular manera seccionados, como los relatos que nos ofrece. El padre del pequeño Jozef es un nefelibata por momentos con tintes de orate, muy impetuoso, no se contenta con dejar sus disparatados planes en el papel, sino que contra viento y marea intenta llevarlos a buen puerto, aunque desde un inicio se pueda visualizar que las diversas empresas son por lo menos absurdas. Vamos de la mano desde la atenta mirada del pequeño Jozef, quien no esconde su fascinación por su padre, aquel emprendedor a quien adora y admira. En aquel laberinto que parece ser la casa y tienda donde habitan elucubrará sus planes con brillo en los ojos. Desde criar y prácticamente empollar huevos de aves tan diversas, hasta querer dar vida a fríos maniquíes que son en aquel momento su única compañía. Eternizada está la calle de los Cocodrilos, lugar del cual esperan ser la entrada a un modernismo que parece nunca llegar. Un pequeño lugar de Europa del Este donde el tiempo parece haberse detenido, en tiempos difíciles, ruinosos, convulsos, donde pareciera que la imaginación aflorase más, aquella ventana que Jozef nos abre, invitándonos a su particular mundo, mezcla de fantasía y realidad, su manera de escapar de aquel duro momento que le tocó vivir.




Su vida es tan interesante como sus escritos: tenía consigo una cuarta obra culminada: “Mes Jasz” (“El Mesías”), la cual le es arrebatada y se pierde tras ser él muerto de un disparo por el sólo hecho de ser judío. Además de escritor era pintor y profesor de dibujo, profesión con la que se sustentaba en aquellos difíciles tiempos.
Schulz tiene la peculiaridad de haber vivido en cuatro países sin salir de su propia ciudad: Drohobycz, así, en polaco, pertenecía al Imperio Austro-Húngaro cuando nació, fue una ciudad polaca al culminar la Primera Guerra Mundial, y luego pasó a formar por un tiempo parte de Alemania, para ser anexado posteriormente a la Unión Soviética al comenzar la Segunda Guerra, pocos años antes de su trágica muerte. Desde mediados del siglo pasado esta ciudad pertenece a Ucrania. 

Bruno Schulz se delata como un gran orfebre con estos textos de una belleza poética, donde la sirvienta Adela, blandiendo y amenazando con su escoba es la antítesis del padre, personaje principal de estas historias. La narración me traslada a aquella vieja casa con visos laberínticos, donde las paredes nunca revocadas parecen proteger a sus habitantes del caos que afuera parece instalarse. 

No entiendo cómo un escritor de este calibre puede estar casi en el anonimato. Su escritura es un elixir, develando una imaginación sorprendente, donde lo fantástico pareciera tener muy pocas diferencias con lo real. Más personas deberían conocer y disfrutar de su obra. Nos lo merecemos. El destino jugó otra vez a mi favor. 

martes, 21 de julio de 2015

El final del cielo, Alejandro Gándara





Año de publicación : 1990

Editora : Siruela

Colección Las Tres Edades, libro 1

Ilustraciones : Ops



De inicio, una tragedia. El padre busca a sus hijos con desespero tras la caída de la avioneta donde viajaban y, tras encontrarlos, se debaten en cómo sobrevivir y salir de aquella extraña isla a donde cayeron. Es de por sí un inicio difícil, el intentar convencer salir –los tres- de un accidente como ese sin un rasguño, pero la ágil prosa de Alejandro Gándara (Santander, Cantabria, 1957) hace olvidar aquel detalle, dejándolo como si fuera menor, y es la acuciosa mirada del hombre de su alrededor la que hace que avance en la trama incluso con un buen grado de misterio por su nueva e intempestiva realidad.

El hombre que narra los hechos es un tipo divorciado quien llevó de paseo en avioneta un fin de semana a sus hijos Toto, quien bordea la adolescencia, es el que más apego tiene hacia él; y Carlota, una joven siempre a la defensiva, de respuestas cortas y muy directas, quien pondrá más de una vez en jaque a su padre en aquellas circunstancias donde más que nunca se necesita que aflore la imagen de líder de padre en nuestro narrador. Pero es al contrario, podemos ver cómo cada vez más él se amilana ante las órdenes no acatadas y las inesperadas respuestas por parte de Carlota, los animales salvajes que los acechan, el hambre, la sed y el frío, la sensación de soledad, todo esto junto y de repente hace que la duda se instale en él, que la impotencia lo domine. Presenciamos cómo se va empequeñeciendo, aflorando el enorme vacío que hay en él, en su cotidiano, considerando por primera vez la posibilidad de que su vida en realidad es un total fracaso.

Aunque es un libro que pertenece a una colección dirigida a jóvenes yo se la recomendaría a cualquier padre/madre pues no se necesita sobrevivir a un accidente aéreo para sentir aquel temor por perder el control ante nuestros hijos, el dudar si lo estamos conduciendo de la manera más adecuada, si se necesita ser autoritario para ser un buen líder. La trama es muy introspectiva, y, mientras él se empequeñece, sus hijos son lo que maduran de un momento a otro, a la mala, o eso o dejarse morir. 






El manejo del lenguaje de Gándara es otro punto a favor en la obra. La narración, como ya mencioné, es bastante ágil, y su escrita es pulida, pues sin caer en adornos forzados aquí como que las palabras escogidas embellecen el idioma castellano. Para mí, que a veces extraño mi idioma materno, es como un bálsamo depararse con obras así, o como las de Sánchez Espeso, o de Cansinos-Assens en su momento, todos ellos, por coincidencia españoles. Quizá por eso no me hago con traducciones al portugués de Pérez-Reverte o Vázquez Montalbán, entre varios otros, porque quisiera leerlos en castellano.

La presente obra viene con siete ilustraciones en blanco y negro de Ops, una de ellas la pueden ver en la portada, aunque aquella esté a color; prefiero las originales en blanco y negro al interior del libro.

Una obra muy versátil que se degusta de principio a fin. Su escrita es como una escultura, cada palabra concatenada perfectamente resultando una bella historia de conocimiento entre padre e hijos; quizá sea la palabra el reflejo de una realidad. Veo que varios otros libros suyos han sido editados por Alfaguara, así que la esperanza de que me cruce con alguno de ellos se incrementa, felizmente.



El siguiente es un relato que el padre narra a sus hijos en uno de los tantos momentos de desespero por el que pasan. Ya tengo impreso este relato que se suma a los que por la noche, antes de dormir, le leo a mi hija.


En un poblado del norte de América vivía un indio llamado Wacawa –no recordaba haber escrito o leído nunca un cuento como aquel-. Cuando Wacawa tenía doce años, un oso blanco mató a su padre durante una expedición de caza. Wacawa se quedó solo con su madre y dos hermanas muy pequeñas. Desde entonces se dedicó a pensar únicamente en el oso blanco que había matado a su padre. Empezó a tallar huesos y a fabricar armas para matarle cuando algún día hiciera el juramento de los jóvenes guerreros. Mientras tanto, su familia estaba viviendo pobremente de la caridad de sus parientes y, en particular, de la de sus abuelos paternos. Su abuelo, Ohanda, le llamó un día y le dijo: “Escucha Wacawa. De la misma manera que yo me estoy ocupando ahora de tu madre y de vosotros, sus hijos, pronto te tocará ocuparte a ti de tu familia. Cuando llegue ese momento, te pido que también te ocupes de nosotros, de tu abuelo y de tu abuela, que ya serán muy viejos.” Pero Wacawa era incapaz de pensar en esas cosas. Sólo podía pensar en el terrible oso blanco del que le llegaban noticias, ya que seguía matando en todas aquellas regiones de los grandes lagos. Wacawa se fue haciendo mayor y su obsesión por el oso blanco creció con él. Todas las noches soñaba que se encontraba con el oso blanco en una pradera blanca y que él le mataba con sus armas hechas de huesos blancos. Un día le comunicaron que podía salir de casa con la partida de jóvenes guerreros que aspiraban a convertirse en cazadores. Wacawa trajo la piel de un tigre. Su abuelo, Ohanda, volvió a llamarle y le dijo: “Wacawa, ya eres un hombre. Es hora de que te ocupes de tu familia y de tus ancianos. A partir de mañana, tú conseguirás el alimento y procurarás que tus hermanas sean honradas por los otros muchachos. También construirás un nuevo tipi para tu madre con las pieles de tus próximas cacerías. Ése es tu deber.” Pero Wacawa no había pensado todavía en ocuparse de esas cosas y le respondió: “Abuelo, estoy de acuerdo en todo lo que dices. Pero primero he de cazar al oso blanco que mató a mi padre. Hasta que lo cace no podré considerarme un hombre, ni hacer que mis hermanas sean honradas por los otros jóvenes, ni construir un tipi nuevo para mi madre.” El abuelo se quedó muy preocupado, pero dejó marchar a Wacawa. El joven guerrero desapareció con el alba y condujo su caballo hacia el lugar donde el oso blanco había matado a su padre. Tardó en llegar varias jornadas. Era en el lugar de los últimos lagos. El paisaje empezaba a helarse con los primeros fríos del invierno. Estaba convencido, desde pequeño, de que el oso le estaría esperando en el lugar en el que mató a su padre. Pero el oso no estaba allí. Y tampoco estuvo al día siguiente, ni al otro. Wacawa no quería volver al poblado sin la piel del oso. Wacawa quería ser un hombre igual al que había soñado en sus sueños infantiles de venganza. Y sabía, por esos mismos sueños, que tenía que matar a la fiera en el mismo lugar donde murió su padre. Pasaron los días y las semanas. El cielo del invierno se desplomó sobre él. Se helaron los lagos y las montañas. Su caballo murió. Se alimentaba de pescado crudo que sacaba de los agujeros del hielo. Dormía de pie, apoyado en sus armas de huesos blancos, para estar prevenido cuando llegara el oso. Pasó el invierno y la primavera fundió los hielos. Entonces pasó por allí una partida de cazadores de su tribu. Le dijeron que su familia pasaba hambre, que su abuela había muerto y que su abuelo apenas podía moverse. Que tenía que regresar antes que todo fuera demasiado tarde. Wacawa no quiso volver. El oso no apareció durante el verano ni durante el invierno siguiente. En primavera, la partida de cazadores le comunicó que su abuelo había muerto y que su madre estaba enferma. Wacawa se negó a regresar. En algunos de los años siguientes le informaron de la muerte de su madre. Sus hermanas no habían podido casarse y vivían pobremente en el mismo tipi. Wacawa preguntaba si el oso blanco seguía vivo. Los cazadores le contestaron que sí. Y durante muchos años Wacawa hizo la misma pregunta y obtuvo la misma respuesta. Su cuerpo fue experimentando algunos cambios. Ya no podía dormir de pie y las armas le pesaban demasiado. Apenas podía alimentarse con sus artes de pesca y, por otro lado, estaba perdiendo el apetito. Su pelo negro se puso blanco y una larga barba le cubría el rostro. La partida de cazadores de la primavera le dijo un año que nadie había vuelto a ver al oso y que tal vez murió. Wacawa pensó que, efectivamente, el oso debía ser ya demasiado viejo. Mucho más viejo que Wacawa. Decidió regresar. Por un momento pensó que podría hacer algo por su familia. De todas formas, hubo de pasar todavía mucho tiempo antes de dar el primer paso de su regreso. Pero un día volvió. Llegó a la misma hora en que se marchara muchos años antes, rayando el alba. Todos estaban dentro de su tipi. Buscó el de su familia y lo encontró poco después. Pero de él sólo quedaban los tres palos atados con correas en la punta. Hacía mucho que nadie vivía allí. Las piedras del hogar de la entrada no conservaban ni las cenizas. Entonces pensó que quizá sus hermanas Se habían casado y estaban viviendo en otro tipi. Fue llamando a la entrada de los tipis, pero dentro sólo le respondían con gritos y con amenazas. Al poco tiempo, se encontró rodeado de un grupo de guerreros que le apuntaban con sus lanzas y arcos, mientras las mujeres y los niños corrían a esconderse. “¡Matadle, matadle!”, gritó uno que parecía el jefe y a quien no recordaba. Wacawa no comprendía, pero le irritó mucho ser tratado de esa manera después de tantos años. Entonces alargó una mano contra el guerrero que tenía más cerca y esa mano se quedó paralizada en el aire. Wacawa la contempló como si no existiera nada más en el mundo. De sus dedos salían garras afiladas y toda ella estaba cubierta de un pelo blanco y espeso. Abrió la boca con estupor y de ella salió un rugido infernal que conmovió el poblado. “¡Matadle, matadle!”, volvió a escuchar. Una docena de flechas le atravesó la piel. Cuando Wacawa se miró el cuerpo, vio cómo la sangre empapaba poco a poco aquella alfombra de pelos blancos. Luego, murió. “A Wacawa le gustará saber que hemos matado el oso que mató a su padre”, dijo uno. “Y a toda su familia”, dijo otro.  


Pág. 131 a 135.

martes, 14 de julio de 2015

El lago, Yasunari Kawabata




Título original : みずうみ Mizuumi

Año de publicación : 1954

Año de la presente edición : 1976

Editora : Plaza & Janés Editores

Traducción : Antonio Bigu Del Blanco.



La historia inicia con una persecución, acto que se convirtió en una constante en la vida del pacato profesor Gimpei Momoi, y con este transcurrir el autor, Yasunari Kawabata sorprende, pues la trama se torna muy vertiginosa, fluye desde el inicio con una velocidad que parecemos estar huyendo junto con Momoi, a procura por un lugar seguro. Él cultiva una obscura obsesión, el perseguir jóvenes mujeres de diferente estilo; no tiene bandera, y al final pareciera él mismo preguntarse del porqué de aquella manía.

Kawabata desnuda ante nosotros a Momoi de su propia vergüenza, no sólo por poseer aquella incontrolable debilidad, sino también del reparo que él hace hacia su propia fealdad, centrada como un fetiche en sus enormes e incongruentes pies, en una particular escena donde Miyako, una masajista, y futura víctima de Momoi, lo baña y acicala con un ritmo pausado, de cuidadosos movimientos, a manera de ritual, porque en Japón los masajes lo son: una persona deja afuera no sólo sus ropas sino su jerarquía, para que su cuerpo sea cuidado con el mayor respeto posible como en un recinto sagrado. Los detalles de las sesiones de masajes son al máximo posible transmitiendo perfectamente todo este ritual donde un obrero o hasta un pervertido, como el caso de nuestro personaje principal, es tratado de la misma forma que un profesor o un alto ejecutivo. Aquí el ritmo en la obra es pausado, detallista. Los silencios son tan contundentes que podemos escucharlos.

Esta cadencia en la trama contrasta con lo frenético que se convierten las persecuciones y huidas recordadas por las diversas mujeres que van llegando a la vida de Momoi, esto, sumado a lo introspectivo cuando él intenta encontrarle algún sentido a su obsesión, en aquellos dolorosos momentos donde el sentimiento de culpa le cae con dureza -aunque no le impida nuevamente acometer rápidamente otro acto de la misma índole-, torna esta novela muy atractiva, hasta diría que fuera de los padrones de un escritor japonés, más aun de obras clásicas, menos contemporáneas, donde generalmente lo pausado y lo elegante van de la mano. Aquí Kawabata no deja de lado esa característica sino que le suma un ritmo que, como en una vorágine, envuelve desde el principio. 


Hiroito saludando a Kawabata


1954 fue un año muy productivo para Kawabata, publicó tres libros: “El sonido de la montaña” y “El maestro de go”, además del presente título. Me encantaría poder tener conmigo aquellas dos obras para saber si esa extraña productividad no mermó la calidad de su escrita –aunque sospecho que no fue así-.

Uno de los personajes, la masajista Miyako, me deja “El diablo en el cuerpo” de Raymond Radiguet, al que hace referencia al recordar un pasaje: son estas “migajas de pan” dejadas en el camino que me encantan encontrar, ya sea en una canción, o en un libro como el de ahora. Tendré que estar atento por si se me cruza en el camino aquella obra del hasta ahora desconocido –por mí, por supuesto- escritor francés.

La presente obra –como varias de Kawabata- fue reditada en castellano por Emecé Editores, con traducción directo del japonés. Esta antigua edición de Plaza & Janés está descontinuada y me parece que es una traducción de su versión en inglés. Aunque esto no haya impedido el disfrute de una obra del Premio Nobel japonés, yo me haría de la nueva edición de Emecé también, y poder comparar ambas; lo mejor, en tal caso, es que no falten ediciones. 

Kawabata nos invita a Tokio pós-guerra, a ingresar a las vidas de mujeres tan distintas entre sí pero que guardan en común una realidad donde la inocencia parece ausente, y, sobre todo, al complejo mundo de una persona aparentemente tan mansa pero que en realidad alberga a un individuo tan diferente que convive con él, que llega a atemorizar hasta a él mismo. Fondo y forma, de esto hace gala el Nobel nipón. Bienvenidos al mundo del maestro Yasunari Kawabata. 

miércoles, 24 de junio de 2015

El vampiro de Curitiba, Dalton Trevisan




Título original : O vampiro de Curitiba

Año de publicación : 1965

Editora : Civilização Brasileira

Ejemplar 1,431

Ilustración de la portada : Eugênio Hirsch



Velho, se você gosta de Bukowski vai gostar do Dalton Trevisan. Cuando vi que vendría a vivir a Curitiba pensé: ¡vaya casualidad, la ciudad del vampiro!, recordando aquella frase que alguna vez un paulista me dijo en alguna lejana isla, en medio de robots que hacían el trabajo; el nuestro era abastecerlos y hacerlos funcionar. Curitiba no es tan conocida fuera de las fronteras brasileñas por ser la capital del Paraná. Lo es por ser la ciudad donde está ambientada –como la mayoría, sino toda su obra- este libro. Ésta era la única obra que conocía de Dalton Trevisan antes de siquiera imaginar que viviría en Brasil, aunque nunca la hubiese leído. Es más, nunca me deparé con aquel clásico ejemplar de Editorial Sudamericana. Hasta no hace mucho, además de aquella obra mencionada sólo habían un par de traducciones del autor por parte de Monte Ávila Editora, pero las tres son como encontrar algún inocente en alguna discoteca de Kioto, como agua en un desierto. Nunca salgo a buscar un libro específico, y cuando salgo con esa intención encuentro otros, comprando -a veces- algunos que me hacen olvidar momentáneamente el de la idea inicial, así que ya había asimilado que el toparme con un libro del vampiro Trevisan en castellano era casi una utopía.

Mucha expectativa en la previa de la lectura del libro más conocido del escritor curitibano con tintes de maldito, y, aunque ya he podido disfrutar de algunas de sus obras, guardaba cierta esperanza de algo más con el de la presente entrada, y así fue.

A los clásicos personajes de barrio, muchos asfixiados en la miseria, otros acostumbrados a vivir en medio de la decadencia, aquí, el vicio que Nelsinho -alias el delicado, nuestro héroe- cultiva son las mujeres. Él es el personaje principal de los doce relatos de la primera parte, intitulada como el libro, todos con una fuerte carga erótica y algunos que sobrepasan esa fina frontera.

Abre con “O vampiro de Curitiba” (“El vampiro de Curitiba”) donde Nelsinho se presenta, con los caninos afilados, en un monólogo que como una torrente devela sus ansias. Si el perro de Pávlov hubiese podido describir lo que sentía por el alimento mostrado sería algo parecido a lo que Nelsinho sentía al estar ante su más reciente víctima. Él rechaza su soledad, necesita estar con alguna fémina por cerca, porque este vampiro no se alimenta de sangre, su deseo es mayor, simple y directo: sexo. Y el amor (el acto de enamorarse) es la cruz que lo atormenta, la estaca de madera que lo puede aniquilar. Un relato muy lírico, un gran inicio.

Con “Incidente na loja” (“Incidente en la tienda”) comenzamos a participar de sus recorridos por esta capital. Aquí presenciaremos el exacto momento de la conquista. Nuestro héroe seduce, conquista, devora, y se marcha, largando su presa, satisfecho. Aquí se comprueba aquello de que un “no” es tan sólo una invitación a insistir.

Aunque con “Encontro com Elisa” (“Encuentro con Elisa”) no deslumbre como en los dos anteriores en este relato la ironía está más presente en Nelsinho.

En “Último aviso” nuestro vampiro cambiará guiños y gestos afectuosos con una mujer casada en el bus, siguiéndola hasta el cine. Es la crónica de un chantaje, de una pequeña venganza.

¿Quién nunca antes, de chico, ha cultivado un sentimiento de amor –o lo que se creía que era- por alguna profesora? “Visita a professora” (“Visita a la profesora”) toca ese tema, cuando Nelsinho visita a una madura y guapa profesora venciendo su timidez, empujado por saciar un antiguo deseo. Es uno de los más extensos, casi una nouvelle, pero también uno de los que se tornan más cortos.

Na pontinha da orelha” (“En la puntita de la oreja”) nos trae el cortejo a Neusa, una madura –otra más- y atractiva mujer quien no se despega de su madre, doña Gabriela, una anciana con todos los achaques del mundo encima, quien pareciera, al menos esa noche, no poder conciliar el sueño.

En “Eterna saudade” (“Eterna nostalgia”) no basta con tirar (coger, transar, cachar, follar, como quieran llamarlo, pero eso sí, nada de aquello tan cursi como “hacer el amor”, porque Nelsinho no hace el amor, ¡por Dios!), el orgasmo no está sólo en concluir el acto, sino también en hacerlo en el dormitorio de los padres de la víctima. La profanación le excita. El sentir haber superado a su padre lo entusiasma.

En “O herói perdido” (“El héroe perdido”) se puede percibir aquello comentado en la reseña del primer relato. Si el héroe se enamora todo está perdido. Sólo tiene que alimentarse de la esencia vital de cada mujer. Ya el amor es su estaca de madera, su cruz, el sol bajo la piel.

Debaixo da ponte preta” (“Debajo del puente negro”) tiene una estructura diferente al resto. Una violación es vista y detallada desde los puntos de vista de cada uno de los personajes que participaron en aquel acto. Otra pequeña obra maestra.

A noite da Paixão” (“La noche de la Pasión”) revela desde el título un camino paralelo con el libro del cual parece inspirarse: la Biblia. Nelsinho marca una cita con una prostituta en un hostal. Toda la conversa y actos están marcados por detalles y frases de pasajes cumbres en la religión, católica -o de cualquier otra, me imagino-. Desde el nombre de ella, Magdalena, hasta diálogos con trechos bíblicos, previos y durante el acto; ella es el templo que Nelsinho quiere profanar. Si eres muy allegado a lo religioso este relato quizá te incomode en algo. Puede ser tomado como una burla, o quizá hasta un elogio. Lo cierto es que éste relato es otro de los más logrados del conjunto.

En “As uvas” (“Las uvas”) presenciamos otra derrota. Un sentimiento de culpa eclipsa a Nelsinho impidiéndole comenzar el acto. La belleza de Ivone en vez de entusiasmarlo lo intimida. Cada beso, cada gemido fuera de tiempo, el trémulo vaivén del cuerpo en perfecta forma de Ivone es registrado al mínimo detalle, como el acto de ingerir cada una de las frutas del título; un elogio a un fetiche en las entre líneas de lo que sería la pesadilla para cualquier hombre.

El primer grupo cierra con “Menino caçando passarinho” (“Muchacho cazando pajarito”) donde, a diferencia de los que lo anteceden, Nelsinho no es aquel joven despreocupado. Ahora es un correcto abogado, el doctor Nelson, aunque las mañas no cambien. Aquí el doctor Nelson utiliza su poder de jefe para cortejar, seducir y acosar a una cliente. Podemos no sólo saber lo que dice sino paralelamente lo que piensa, sus más obscuros deseos. Otro de los más logrados. 



Dalton Trevisan en una de las últimas fotografías que consiguieron captar.

Ya en el segundo grupo Nelsinho no es el protagonista, pero los diez cuentos que lo componen tienen la misma característica que se puede deducir desde el título con el que se agrupan: “O anel mágico” (“El anillo mágico”). Todos guardan esa dosis de ironía y humor negro (muy negro) que es sello de Trevisan, así como el realismo en lo difícil que las mujeres la tenían (y tienen), como por ejemplo en “Todas as Marias são coitadas” (“Todas las Marías son sufridas”) donde reaparece aquella María de otros libros, la que nunca la tendrá fácil en ésta vida. O en “Dez anos depois” (“Diez años después”) donde Joana recurre a un joven a través de una carta para pedirle dinero. Él no es víctima, pues se revela una relación cuando ella era aún menor de edad. No queda claro si fue con su consentimiento o no, pero lo que sí está cristalino es que aquella muchacha cayó en la vida, rebuscándoselas como puede. “Bichos da noite” (“Bichos de la noche”) es una pequeña obra maestra, muy descriptivo: Pedro, poseedor de un acuario con los cadáveres de los que eran sus mascotas flotando inermes; se puede escuchar los estallidos de alguna burbuja en la superficie del agua putrefacta. Él, en una madrugada de insomnio se enfrentará a una cucaracha que lo observa de cerca. Si tienen estómago sensible mejor no leerlo antes o después de alguna comida. “Luz na varanda” (“Luz en la varanda”) es la historia de una traición descubierta y denunciada donde Laura negará toda acusación y João Maria intentará convencer al esposo que todo no pasa de chismes y mala saña. “Os velhos piratas morrem na cama” (“Los viejos piratas mueren en la cama”) es un relato lleno de nostalgia; “Na força do homem” (“Vigor masculino”) es la historia de José, quien cada vez que salía a comprar algo demoraba entre una semana y diez días en retornar, y cuando lo hacía no habían vestigios de infidelidad, sino de hambre, cansancio, y fatiga. Otra obra maestra.

En realidad sólo el tercer relato del primer grupo no está a la par de los otros once que alcanzan una gran calidad, ni delos otros diez del segundo grupo. Los del primer conjunto: aunque ningún relato sea la continuación de otro se podría ver como un todo en sí, desde el joven Nelsinho que visita a su ex profesora hasta llegar al maduro doctor Nelson que continúa acechando y cazando; un pulido vampiro. Los del segundo grupo también tocan el tema del sexo directa e indirectamente, pero también nos ofrece estampas de vidas sombrías y pacatas en una ciudad como Curitiba con predilección al color gris, desde su cielo color panza de burro la mayor parte de sus días, hasta el color preferido en la mayoría de carros que circulan por ésta capital. Enfrascándose en diálogos que a pocos van subiendo de tono, Trevisan sabe plasmar cada detalle que rodea a sus personajes, cada remilgo, cada guiño, cada gota de sudor, ya sea de cansancio, o de nerviosismo, la obsesión de su personaje del primer grupo, aquella ansia incurable.

Caminar por las calles de Curitiba tras leer uno o más libros de Trevisan es verla a través de otro lente. Hace una semana, el domingo 14 que pasó, el autor cumplió noventa años de vida. ¡Feliz cumpleaños a usted! Y yo, como muchos otros lo celebramos de la mejor manera posible –no acechando la librería de Chain-: leyéndolo. Después de mi hija y mi esposa lo más importante que he obtenido de Brasil son los libros de éste señor –y claro, los amigos- aunque en los últimos días por fin encontré un libro de Ricardo Guilherme Dicke, pero aún no lo he leído, dicen que es otra joya de la literatura brasileña. ¿Quién duda que Dalton Trevisan es un vampiro? El mar es viejo, y todavía se mueve, me decía mi abuelo. Noventa años y Trevisan sigue escribiendo, y publicando. El mismo cariño y agradecimiento que tengo por el director y actor japonés Takeshi Kitano lo tengo por Dalton Trevisan. Con el Premio Camões consigo mi candidato este octubre próximo a Premio Nobel 2015 es este maestro del relato. 


Sin duda éste libro debe estar entre los diez imprescindibles de la literatura brasileña e invita a conocer más de la vasta obra del escritor curitibano. El vampiro Dalton Trevisan es la voz.

lunes, 15 de junio de 2015

El viaje de Prado, Guillermo Thorndike





Editora : Libre 1

Año de publicación : 1977




Si la historia de “1879” transcurría en su mayoría en alta mar, y teniendo como colofón la derrota en el Combate Naval de Angamos, la muerte del Gran Almirante Miguel Grau Seminario, y la captura del monitor Huáscar, éste segundo volumen de la tetralogía denominada “La guerra del salitre” del periodista Guillermo Thorndike desarrolla la campaña terrestre, y nos sitúa desde el inicio con el desembarco de las tropas chilenas en el –entonces- próspero puerto peruano de Pisagua, en la provincia de Tarapacá. El libro comienza muy bien, con los pormenores de la invasión y los esfuerzos –de un solo lado- de la tropa aliada en contener el inminente avance del ejército sureño. Thorndike no se guarda nada: desde los telegramas, explicando a través de sus personajes los planos de la alejada zona, la estrategia a ser utilizada, la inexplicable carencia de recursos para embarcarse en una guerra.

Partiendo de hechos reales Thorndike nos lleva de la mano haciéndonos ingresar al meollo de la guerra con Chile, en medio de la brutalidad ejercida por ambas partes; en ésta tragedia hay espacio para momentos conmovedores: como la valerosa acción e impresionante desempeño del Batallón de los Cabitos, prácticamente niños, que con armas que mal podían llevar a cuestas llenaban de orgullo y asombro al entonces Coronel Andrés Avelino Cáceres. Sin querer minimizar un ápice el desempeño de aquellos jóvenes, imagino que Thorndike debe haber puesto de su cosecha al describir las hazañas de aquel grupo que era visto inicialmente como carne de cañón, y que finalmente sorprendería al más experimentado militar de aquel tiempo. Conmueve presenciar –y es que la narración de Thorndike me sitúa en medio de la batalla, no es exagero- a 
los sobrevivientes de un famélico ejército peruano, que, tras vencer la Batalla de Tarapacá observaban el moderno arsenal que la tropa chilena dejaba a costa de su sangre, y no poder llevarla consigo por carecer de fuerzas, medios y recursos para tal fin, abandonándola en aquel hostil y lejano territorio. En estas líneas uno puede ver al ejército boliviano comandado por Hilarión Daza en Camarones, retirándose hacia Arica, importándoles un bledo alianza alguna, negándose unirse al grupo liderado por el General peruano Juan Buendía. Tras la lectura de este segundo libro queda claro que el gobierno peruano nunca debió firmar alianza alguna seis años antes. El gobierno de Bolivia es pintado tan o más desordenado que el peruano, y aún así nadie avizoraba una posible catástrofe, nadie se atrevía siquiera a sugerir el cortar aquella absurda alianza con ellos. Queda claro que entre los países no hay ni debe haber amistad, y sí intereses, a diferencia de los pueblos/personas, donde sí puede germinar y cultivarse una amistad. El Perú pagó caro esa inocencia de los gobernantes de turno. 

Para los personajes de este libro Grau es un recuerdo reciente, y el remodelado monitor Huáscar, ahora enarbolando una bandera chilena hería tanto o más en el orgullo que el fuego enemigo en la propia carne. Un país –el Perú- nada preparado para una guerra, con un aliado timorato: dos ciegos directo al abismo, como jóvenes países en sus primeros escarceos bélicos. Thorndike no transmite la intención de realizar una hagiografía de los héroes patrios peruanos, y, como en el volumen anterior, deja claro que los verdaderos enemigos estaban dentro del país. Por ejemplo, en este libro se puede notar fácilmente la satanización de la figura de Nicolás de Piérola, y su obscura alianza con la Casa Dreyfus & Hnos. encabezada en aquel entonces por Auguste Dreyfus. Piérola era Ministro de Hacienda del gobierno Balta cuando se firmó el conocido “Contrato Dreyfus” y aquello se toca como un recuerdo desagradable. Ya en el escenario de este libro Piérola es el insurrecto quien da el golpe de estado tras el inocente –que al Perú le sobraban inocentadas en los altos mandos por aquel tiempo- viaje del presidente Mariano Ignacio Prado al extranjero en plena guerra con Chile, viaje al que hace referencia el título. Lo que por muchos es visto como traición, al parecer –por la lectura de esta obra- todo hace indicar que en realidad Prado guardaba esperanzas en sus acciones diplomáticas en el extranjero, en poder hacerse de nuevos blindados para encarar una guerra a todas luces perdida. Aparentemente su buena intención era cierta, pero su objetividad era nula, eligiendo la peor de las opciones para el país en aquel momento, siendo el escenario ideal que Piérola buscaba y Dreyfus también. 






A diferencia de la obra que la antecede aquí no hay un personaje que eclipse a otro, aunque encontremos a Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, Juan Buendía, José María Quimper, Belisario Suarez, Justo Pastor Dávila, el argentino comandante Roque Saenz Peña, quien luchó como voluntario y que años más tarde sería presidente de su país natal, y sobre todo a Cáceres quien aparece más en esta narración, entre muchos otros. Todos alternan sus roles, da la impresión que en éste segundo libro la trama está más ordenada.

Personajes como el Coronel Andrés Avelino Cáceres, bilingüe, de voz ronca, fiero y recio, inclusive por momentos devela una raigambre romántica.

Y ya que menciono a José María Quimper debo destacar la fuerza de su personaje, al igual que el de José Antonio Miró Quesada, director de El Comercio. Ambos personajes al inicio del libro parecen estar en orillas opuestas, en las antípodas. Mientras el primero busca el sigilo de la información, el segundo enciende el fuego en la población con sus furibundos y contundentes editoriales. El destino irónico los juntará hacia el final de la obra, cerrados como un puño, en una sabrosa charla, a manera de confesión en el capítulo titulado “La conjura Dreyfus” (Pág. 411) cuando todo está ya perdido. Quimper aceptando la locura del viaje de su jefe, el presidente Prado, y Miró Quesada preso, con una absurda justificación, viendo cómo la imprenta del decano es clausurada por órdenes de la dictadura de Piérola.

Pero antes de aquel capítulo ya Quimper había protagonizado otro capítulo importante, con otra conversa exquisita, esta vez con el presidente Mariano Ignacio Prado titulado “El general Prado decide viajar” (Pág. 309), donde el autor nos devela a un fragilizado presidente, fuera de sí, donde la única salida posible para él era su viaje al extranjero para hacerse con armas; un perfecto incapaz con plenos poderes.


Un gran análisis, muy descriptivo –entiéndase, muy crudo-, que no llego a encontrarlo perturbador por saber de antemano que estoy ante literatura bélica donde se recrea este trágico conflicto, con una narración por muchos momentos electrizante apoyada en una acuciosa investigación que torna imposible no sentir náuseas por los políticos peruanos de finales del siglo XIX, que es la misma por muchos -tanto en Perú, como aquí en Brasil, dicho sea de paso- en pleno siglo XXI, creyendo yo que éste era un mal contemporáneo. 

Una obra muy recomendada, pero que necesitará de la lectura del primer volumen para una total comprensión de aquel escenario bélico. Tras la pérdida de Tarapacá, con este libro se traspasa el umbral de la tragedia, donde el infierno debe ser poco comparado a lo vivido en aquel tiempo. 

jueves, 11 de junio de 2015

Rip Van Winkle, Washington Irving




Año de publicación : 1819 – 1820

Año de la presente edición : 1987

Editora : Hesperus / José J. De Olañeta, Editor

Libro 2, ejemplar 520

Traducción : Carmen Bravo-Villasante

Ilustraciones : Arthur Rackham




Un hombre –cuyo nombre intitula el cuento- quien vivía siempre bajo la constante reprimenda de su esposa por llevar una vida descuidada y alejado de toda responsabilidad, una tarde saldrá de su casa a caminar con su fiel perro Wolf e ingresará, casi sin querer, en lo más alejado de las montañas Catskill, pudiendo avistar a lo lejos el río Hudson, deparándose con extraños seres de trajes holandeses, jugando a los bolos, quienes desde épocas remotas habitan aquel lugar. Lo invitarán a unirse al grupo y con ellos Rip Van Winkle beberá de un licor pendenciero que lo sumirá en un profundo letargo, y al despertar, en el mismo lugar, pero en un lejano futuro, donde todo, absolutamente todo le será desconocido, y él un reverendo extraño a los habitantes de su aldea en aquel presente. 


"Rip se despertó. "Seguramente -pensó- he dormido aquí toda la noche. ¡Oh, ese frasco! ¡Ese maldito frasco! ¿Qué excusa le daré a la señora Van Winkle?" 
Pág. 71


Mención aparte y especial merecen el prólogo de Carmen Bravo-Villasante (quien además ejerce de traductora) lleno de datos acerca de la vida y obra del autor, así como la excelente y cuidadosa edición de Hesperus/José J. De Olañeta, Editor, publicado en papel de alta calidad donde las dieciséis ilustraciones a color de Arthur Rackham resultan verdaderas obras de arte que a la vez me devela a un gran ilustrador que desconocía hasta el depararme con esta obra. Para suerte mía también estaba otro título de ésta colección en el estante de la librería de viejo aquí en Curitiba. Para este título se imprimieron solamente 3000 ejemplares, siendo el que se cruzó en mi camino el 520. Aunque son pocos los libros en castellano en la ciudad cuando llegan vaya que sorprenden. 




Una bella historia de corte fantástico que pertenece al libro “The sketch book of Geoffrey Crayon, Gent” (“El libro de apuntes”) publicado a mediados del siglo XIX, libro donde el relato más famoso que alberga sea acaso “The legend of Sleepy Hollow”, aunque este “Rip Van Winkle” brille con luz propia. Relato escrito mientras Washington Irwing (Manhattan, New York, 1783 – Tarrytown, Wetschester, 1859) vivía junto a su hermana en Birmingham, Inglaterra. Por aquella época él estudiaba alemán y estaba muy interesado en la literatura germánica y las diversas leyendas que tocan el tema sobre la fascinación de la ausencia del tiempo. El autor era un empedernido viajero, y gustaba de tomar apuntes de todo lo que podía ver y conocer. Desde su propio estado, Nueva York, hasta Canadá, y su salto a Europa donde visita Francia, Inglaterra, Austria, Alemania, y España donde llega a trabajar de Agregado en la Legación Norteamericana. De cada lugar que visitó Washington Irwing escribió y publicó: “Bracebridge Hall” de 1822; “Tales of a traveller” (“Cuentos de un viajero”) de 1824; “A history of the life and voyages of Chistofer Columbus” (“Vida y viajes de Cristóbal Colón”) de 1828, siendo “Tales of the Alhambra” (“Cuentos de la Alhambra”) de 1832 su libro más popular, por el que más se le recuerde en el extranjero, y con más de un siglo y medio después de haber publicado sus obras se torna en un autor que sin duda venció al paso del tiempo, felizmente para nosotros. 

martes, 26 de mayo de 2015

La triste batalla: la leyenda iraní de Rostam y Sohrab




Editora : Shinseken

Año de publicación : 2003 


Traducción : Eduardo Campelo

Ilustraciones : Hamid Reza Beidaghi



Desde antes que Sofía nazca yo ya le compraba libros para leérselos. Así, desde que ella paseaba en la panza de Cris está expuesta –además de innumerables y diversas canciones, ritmos, músicas- a historias de distintas realidades. Una de ellas es esta leyenda iraní, y lo trágico no desmotiva a ofrecérselo, ahora que entiende algunas cosas, pues lamentablemente lo trágico está en el cotidiano: al encender la tv, la radio en el auto, al ojear un periódico virtual; en esta historia, como en tantas otras, una reflexión se devela.

Rostam era un feroz e implacable guerrero con una visión especial para el arte de la estrategia, lo que lo tornaba victorioso en varias guerras. Sohrab a su vez era un joven con habilidades similares al experimentado guerrero anterior. El irónico destino hará que sus caminos se crucen, sin saber ambos que están frente a frente del padre e hijo que tanto anhelan conocer.

La ambición, el poder, el hambre por expandir sus territorios les jugará una mala pasada, convirtiendo a uno de ellos, al vencedor, en el más desdichado hombre sobre la faz de esta tierra, perdiendo no solo sus ganas por más victorias, sino también sumergiéndolo en la más triste miseria.

Una mención especial a la editorial japonesa Shinseken, cuyas publicaciones son todas de excelente padrón, recogiendo historias que por ahí están perdidas y ofreciéndolas en portugués, inglés, español y japonés. Yo tengo una imagen formada de cada editorial: Seix Barral, Cosac Naify, Barral Editores, Companhia Das Letras, Alianza Editorial, Editora 34, Anagrama, Record, Sudamericana, Globo, Losada, Estação Liberdade, Milla Batres, Editora Brasiliense, Peisa, Alfaguara, Berlendis & Vertecchia, Emecé, ufff…., así de memoria, todas ellas y sin ningún orden específico están entre mis preferidas, porque ofrecen un catálogo muy interesante de autores y libros en apropiadas ediciones. La editorial Shinseken la adjunto en ese grupo. Tenemos varios libros de ellos en casa, algunos en dos idiomas diferentes, todas con historias de diversas partes del mundo, como queriendo rescatar del anonimato relatos con mucha historia y con grandes moralejas, y con ilustraciones de diferente tipo, todos muy de acorde con lo encontrado en los textos. En diciembre, aprovechando que pude encontrar varias de la misma obra en castellano, me llevé aquellos libros de esta editora para regalárselos a mis sobrinos por navidad. Ojalá mis primos se las lean. 

Intentaré subir los libros de ella –aunque obviamente no siempre las historias- cada vez que yo esté leyendo algún otro libro de dimensiones de un ladrillo. 

La obra de esta entrada está ilustrada por el artista iraní Hamid Reza Beidaghi, con diseños de fuertes trazos, donde los colores cobrizos y ambarinos se alternan, siendo el color turquesa utilizado para la grande lágrima del dibujo final muy atrayente, como reflexionando ante el triste final. Papai, ele está chorando, está triste…, me dice Sofía, cuando no se duerme antes del final. Si se topan con algún libro de esta editorial Shinseken, denle una oportunidad, pues muy probablemente la historia que alberga les será más que interesante.





Había una vez, en Persia, un guerrero llamado Rostam. Él era el más valiente, poderoso e inteligente guerrero de todo el reino, y era respetado por todos.

Un día, montando su famoso corcel Rakhsh, fue a cazar en los bosques que separan a Persia del reino del Toram. Cazó una presa, llenó su estómago con ella y se echó en el suelo a dormir una siesta. Pero cuando despertó, descubrió que su caballo se había ido. Él estaba convencido de que había sido robado por ladrones del vecino Toram, así que fue al palacio real y le pidió al Rey que le devolvieran su caballo.

Cuando el caballo fue encontrado y devuelto a Rostam, el Rey organizó un banquete en su honor y dijo, “lamento que algunos de mis indignos hombres te hayan deshonrado, y me gustaría enmendar los problemas que ellos te han causado. Dime lo que deseas en compensación.

Luego Rostam recordó que el rey tenía una hija llamada Tahmineh, de cuya extraordinaria belleza se hablaba en toda Persia. Así pues, manifestó su pedido: “deseo la mano de vuestra hermosa hija en matrimonio.

El Rey estaba complacido de tener a tan poderoso guerrero como su yerno, así que llevó a cabo la boda sin demora.



Rostam estaba disfrutando su vida de casado en Toran, cuando el Rey de Persia le mandó llamar para pelear una guerra contra un país vecino. Era una tarea normal para un guerrero el pelear por su Rey en tiempos de necesidad. Así que Rostam se despidió con tristeza de su esposa, prometiéndole que volvería tan pronto terminara la guerra.

Luego, alcanzándole un hermoso cinturón adornado con joyas, le dijo, “te dejo esto, como símbolo de mi amor, para nuestro hijo que nacerá pronto. Si la criatura es una niña, quiero que lo use alrededor de su cabeza. Si es un varón, puede usarlo alrededor de su brazo.

Tahmineh dio a luz a un niño al que llamó Sohrab.

Pasaron los años. Persia aún continuaba peleando sus guerras, una después de otra, y Rostam no regresaba a su hogar.

El pequeño Sohrab preguntó a su madre, “¿quién es mi padre? ¿Por qué no está él aquí?

Con tristeza, su madre le contestó, “tu padre se llama Rostam y es el más poderoso guerrero de toda Persia. Él no puede venir porque está ocupado peleando por su país.

Como nieto del Rey, el pequeño Sohrab fue entrenado en las artes marciales, y rápidamente demostró ser un excelente luchador. Parecía haber heredado de su padre el instinto para la lucha y el potencial para ser un gran guerrero.

Pasaron muchos años. Sohrab era ahora un joven y valiente guerrero, que peleaba por Toran y ganaba muchas batallas. Cada vez que resultaba victorioso, deseaba que su padre hubiera estado allí para sentirse orgulloso de él. Luego comenzó a pensar que si el destino le llevara a derrotar al Rey de Persia, él podría unirse a su poderoso padre para gobernar juntos el país.

Cuando Sohrab compartió esta idea con su abuelo, el ambicioso Rey de Toram quedó encantado. Entonces le dijo a su nieto, “Persia está peleando ahora una guerra contra otro país, y la mayor parte de su ejército debe haber partido al campo de batalla. Así que este podría ser el momento ideal para atacar al Rey ya que ha de estar prácticamente indefenso. Ve con mi ejército más poderoso y regresa trayéndome buenas noticias.

El ejército de Sohrab marchó hacia la capital de Persia, venciendo a cuanto enemigo se cruzase en su camino, hasta que se encontró con un poderoso ejército. Eran las tropas lideradas por Rostam, que había sido llamado por su Rey para pelear contra este nuevo y poderoso rival. Pero ni Rostam ni Sohrab se dieron cuenta que estaban luchando contra alguien de su propia sangre. Pronto el padre y el hijo comenzaron a pelear ferozmente, uno contra el otro. La extraordinaria destreza de Sohrab sorprendió poderosamente a Rostam, que nunca había encontrado un hombre con la fuerza suficiente para igualar la suya.
Ambos pelearon y pelearon hasta que el sol se puso, sin que ninguno de ellos resultara vencedor.

Al amanecer del día siguiente se reanudó la batalla. Rostam y Sohrab comenzaron a cruzar lanzas con ferocidad. Pero esta vez el combate no duró mucho, ya que Rostam arremetió contra Sohrab con su daga y lo apuñaló.

Sohrab cayó de su caballo quejándose de dolor, “me has vencido. Pero espera y observa. Mi poderoso padre seguramente se vengará de ti.

¿Y quién es acaso tu padre?”, preguntó Rostam intrigado.

Rostam, el guerrero más poderoso de la tierra”, contestó Sohrab, con su último aliento.

Rostam quedó aturdido. De repente se dio cuenta que el brazalete que este joven guerrero estaba usando era el cinturón enjoyado que había dejado para su hijo muchos años antes.

¡Oh, tú eras mi hijo!”, gritó con desesperación mientras sostenía la cabeza de Sohrab en su regazo. “¡Haz crecido para convertirte en un bravo guerrero y ahora yo te he asesinado con mis propias manos!” Una sensación aplastante de tristeza y remordimiento cayó sobre él. Permaneció allí, en el suelo, sintiendo como toda su fuerza se desvanecía lentamente.

La batalla terminó con la abrumadora victoria de Persia. Sin embargo Rostam no se sintió capaz de unirse a los festejos de su tropa. Era la primera vez en su gloriosa carrera como guerrero que no tomaba parte de su propia celebración de victoria. Durante muchos, muchos años, él consumió su vida lamentando lo que había perdido para siempre. Y por muchas generaciones, el pueblo derramó lágrimas sobre esta trágica historia.