lunes, 3 de agosto de 2015

Las tiendas de color canela, Bruno Schulz




Título original : Sklepy cynamonowe

Año de publicación : 1934

Editora : Barral Editores

Año de la presente edición : 1972

Traducción : Salvador Puig



Camino por Curitiba como se camina por cualquier capital; con prisa. Pero me doy tiempo para ingresar a martirizarme en las librerías. Como siempre, husmeo primero el pequeño anaquel destinado a los libros en castellano, pues quien sabe si no cayó algo interesante y, aquella tarde, entre los pocos libros que lo poblaban, uno con el pequeño símbolo de Barral Editores en el lomo asoma. Me abalanzo rápidamente hacia él, Bruno Schulz (Drogóbich, Ucrania, 1892- 1942) reza en la portada. No tengo la menor idea de quién es, pero me alegra el corroborar que es un volumen de cuentos, y en perfecto estado. Antes de leer la oreja del libro ya sabía que se vendría conmigo.

Los dieciséis cuentos que alberga esta obra tienen en común un personaje principal: Jakob, el padre del autor. Él es el hilo conductor de las diversas tramas que bien podrían ser una sola, como una novela fragmentada, que funcionan a la vez de espectacular manera seccionados, como los relatos que nos ofrece. El padre del pequeño Jozef es un nefelibata por momentos con tintes de orate, muy impetuoso, no se contenta con dejar sus disparatados planes en el papel, sino que contra viento y marea intenta llevarlos a buen puerto, aunque desde un inicio se pueda visualizar que las diversas empresas son por lo menos absurdas. Vamos de la mano desde la atenta mirada del pequeño Jozef, quien no esconde su fascinación por su padre, aquel emprendedor a quien adora y admira. En aquel laberinto que parece ser la casa y tienda donde habitan elucubrará sus planes con brillo en los ojos. Desde criar y prácticamente empollar huevos de aves tan diversas, hasta querer dar vida a fríos maniquíes que son en aquel momento su única compañía. Eternizada está la calle de los Cocodrilos, lugar del cual esperan ser la entrada a un modernismo que parece nunca llegar. Un pequeño lugar de Europa del Este donde el tiempo parece haberse detenido, en tiempos difíciles, ruinosos, convulsos, donde pareciera que la imaginación aflorase más, aquella ventana que Jozef nos abre, invitándonos a su particular mundo, mezcla de fantasía y realidad, su manera de escapar de aquel duro momento que le tocó vivir.




Su vida es tan interesante como sus escritos: tenía consigo una cuarta obra culminada: “Mes Jasz” (“El Mesías”), la cual le es arrebatada y se pierde tras ser él muerto de un disparo por el sólo hecho de ser judío. Además de escritor era pintor y profesor de dibujo, profesión con la que se sustentaba en aquellos difíciles tiempos.
Schulz tiene la peculiaridad de haber vivido en cuatro países sin salir de su propia ciudad: Drohobycz, así, en polaco, pertenecía al Imperio Austro-Húngaro cuando nació, fue una ciudad polaca al culminar la Primera Guerra Mundial, y luego pasó a formar por un tiempo parte de Alemania, para ser anexado posteriormente a la Unión Soviética al comenzar la Segunda Guerra, pocos años antes de su trágica muerte. Desde mediados del siglo pasado esta ciudad pertenece a Ucrania. 

Bruno Schulz se delata como un gran orfebre con estos textos de una belleza poética, donde la sirvienta Adela, blandiendo y amenazando con su escoba es la antítesis del padre, personaje principal de estas historias. La narración me traslada a aquella vieja casa con visos laberínticos, donde las paredes nunca revocadas parecen proteger a sus habitantes del caos que afuera parece instalarse. 

No entiendo cómo un escritor de este calibre puede estar casi en el anonimato. Su escritura es un elixir, develando una imaginación sorprendente, donde lo fantástico pareciera tener muy pocas diferencias con lo real. Más personas deberían conocer y disfrutar de su obra. Nos lo merecemos. El destino jugó otra vez a mi favor. 

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