sábado, 30 de abril de 2011

De donde son los cantantes, Severo Sarduy



Editora : Seix Barral
Colección Nueva Narrativa Hispánica
Año de publicación : Editorial Joaquín Mortiz, 1967, México
Año de esta publicación : marzo, 1980


La primera palabra que me viene tras leer la narración que abre esta obra, llamada “Curriculum Cubense” es: exagerado. ¡Qué escrita tan enreverada! Te deja algo mareado. Pero al mismo tiempo, las diversas ironías hacen muy divertidos los diálogos, aunque ya aquí la pregunta aflora: ¿es para continuar? ¿Dejar de lado el libro? Por supuesto, es para continuar. Es algo diferente, muy diferente a lo que se puede leer normalmente. Si lo que buscas es fluidez, en esta primera parte no la encontrarás, y podrías alejarte del libro: por favor, continúa. Dale una oportunidad, o mejor, date una oportunidad, que es lo que hice. Aquí conocemos a Socorro y a Auxilio, la primera ya intentando enredarse con el General, peculiares personajes con diálogos y situaciones cada vez más extravagantes.

En “Junto al río de cenizas de rosa”, la prosa es diferente, no la encontré tan arrasadora como la anterior, fluye algo más. Aquí aquel General, de nombre Mortal Pérez está en un teatro del barrio chino en La Habana, donde además de Socorro y Auxilio (no sólo putean, también le hacen de coristas, ahora llamadas de Chong y Si-Yuen) encontraremos a Flor de Loto por quien el general quedará obsesionado. Esta segunda parte es muy descriptiva: luces, ambiente, olores, hedores, tristeza disimulada, todo en medio de una parafernalia china llegan a nosotros fácilmente.

La tercera parte, “La Dolores Rondón”, se diferencia también a las dos anteriores, es la parte del libro que al finalizarla cautivó. Esta narración está dividida con subtítulos que vienen a ser cada uno de los diez versos que la Dolores del título escribió, en un día que fue poeta, para su epitafio, y que aparece íntegro al inicio y final de esta narración. Las historias que encontramos bajo estos subtítulos –versos- no están desarrollados en orden cronológico y sí respetando el orden según fueron escritos. Aquí vemos el nacer de la carrera política de Mortal Pérez, llegar a senador y su posterior caída. Pero sobre todo conoceremos la historia de esta mulata camagüeyana, Dolores, a través de dos narradores, quienes en una especie de nube presencian, discuten entre ellos, se mofan de los probables y futuros lectores, y nos presentan la historia. Son como una presencia omnisciente que alguno de los personajes también puede percibir.

La última narración “La entrada de Cristo en La Habana” también la encontré confusa. Confusa en esos diálogos cortos. Aquí la religión católica -herencia de la cultura española- está muy presente, y el Cristo que sacan en andas es un personaje más en esta gran parodia. Como en las anteriores narraciones, las diversas situaciones e ironías –que la tornan divertida- salvan del sopor esta última parte. Esta es la narración más extensa del grupo.



Las historias que conforman esta segunda novela de Severo Sarduy (Camagüey, 1937 – Paris, 1993) no son independientes, forman un todo. Sarduy elabora esta obra con diversos artificios: en el conjunto encontramos teatro, poesía, y por muchos momentos lo escrito es prosa poética, aunque en muchos trechos los diálogos son algo caóticos. Sarduy nos muestra cómo está conformada la cultura e idiosincrasia de su país, en la mixtura de culturas tan diferentes como la china, la africana y la española. Sus personajes son carnavalescos donde la exageración no parece tener límites. Una novela cuya complejidad es su distintivo. Es como un cuarto de soltero: podría aparentar un desorden total, sin embargo, en “ese desorden” hay un meticuloso orden, que en este caso, los lectores vamos descubriendo, pero hay que reconocer: es una obra difícil, aunque es ahí donde radica su mérito.

Neobarroco le llaman los entendidos, como Roland Barthes quien se manda con el prólogo de la presente edición. Aunque estructurada con el cuidado de un arquitecto, se me hace complicada, pero a la vez divertida. Lo mejor es que es totalmente diferente al resto; el caso está en encontrar la belleza que esconde esa escrita sinuosa.


La primera vez que estuve ante una obra de Sábato fue con “Abbadón y el exterminador”, de esto ya hace muchos años. Recuerdo que mi "caserito" del Jr. Quilca al que solía acudir, una vez me comentó, algo parecido a esto: mira, este libro, así como los dos que lo anteceden los tienes que leer algún día.

Confieso que ése día para “El túnel” y “Sobre héroes y tumbas” increíblemente todavía no llegó. Además de estas obras Sábato nos deja muchos libros de ensayos, y, también una postura no esperada en su comportamiento para con la dictadura de Videla; pero, si escogiera mis lecturas de acuerdo a las ideas políticas (algunas veces variables) de los escritores, me perdería a Borges, a Gabo, a Knut Hamsum, y a compatriotas como Vargas Llosa y Guillermo Thorndike.

Sus actos no deberían eclipsar su obra literaria, pero comprendo que esto es muy difícil, en este caso, más para los hermanos argentinos. Estoy entre los que intentan separar al artista del hombre, separar la obra del pensamiento ideológico, y por lo primero, no podía dejar de sentir la partida de este escritor inmortal. Que descanse en paz.

viernes, 29 de abril de 2011

Tokio, día 6

Último día. Desde temprano caminamos por las calles de Tokio por última vez, ahora con dirección a Asakusa (浅草) en el municipio de Taito-ku. Cerca de ahí, unas peculiares movilidades llamadas “Jinrikisha” (“人力車”), especie de coche para dos personas jalado por un compadre con vestimenta típica nos anuncia que estamos cerca del “Kaminarimon” (雷門), la enorme puerta que da entrada al “Kinryū-zan Senso-ji” (金龍山浅草寺), templo dedicado a “bodishattva Kannon”. Este lugar es clásico en Tokio todo: hermosos templos con igual o mayor cantidad de gente que el día anterior.
En la puerta (“Kaminarimon”) se encuentra la clásica lámpara de papel (“chōchin”), que en este caso es gigantesca. Ya en la otra entrada “Hōzōmon” (“宝蔵門”) están los dos guardianes, especie de demonios, uno a cada lado que dan la bienvenida a los visitantes.

Al traspasar esta puerta te espera una extensa caminata por la “Nakamise-dōri” (“仲見世通り”), la clásica calle de puestos de recuerdos, comidas, y productos donde encuentras desde espadas hasta kimonos carísimos, aunque eso es una redundancia: no existe kimono barato, los “kimonos made in Taiwan” son engaña-turistas, no son considerados como tal prenda. Esta calle data del siglo XVIII.

Asakusa se hizo famosa por ser la ciudad donde Yasunari Kawabata ambientó su segunda obra, “La pandilla de Asakusa” (“Asakusa kurenaidan - 浅草紅團”).

Aquí los visitantes se acercan al “o-koro”, gran incensario donde es común ir y atraer el humo hacia la zona donde te aqueje algún mal. Acá también hay una hermosa pagoda, esta de cinco pisos, sin los diseños debajo del ala como la de Narita, pero con los bordes de madera tallados, la cual, conforme va haciéndose de noche, queda iluminada de tal manera que se torna imponente.

Ya por la noche enrumbamos a la estación central y a embarcar en nuestro shinkansen de regreso a Nagoya, casi en casa. Creo que ya lo mencioné; igual: estos trenes bala son más confortables que un avión, muy espaciosos, estúpidamente puntuales y ni se nota que están yendo a más de 300km/hora. Tokio es impresionante.