martes, 22 de febrero de 2011

El bigote, Emmanuel Carrère



Título original : La moustache
Título en portugués : O bigode
Año de publicación : 1986
Año de esta edición : 1988
Editora : Espaço e Tempo
Traducción al portugués : Herbert Daniel



¿Qué pasaría si un día decides afeitarte el bigote que siempre cultivaste con esmero, y, al hacerlo, ni tu mujer, ni tus amigos, absolutamente nadie perciba del cambio? O lo que es peor, te aseguren que nunca llevaste bigote, te miren extraño, frunciendo el ceño, y murmurando entre ellos ante la insólita pregunta. Esta novela parece escrita por un feminista, y es que, sólo nosotros los hombres podríamos pasar por una situación de esa laya; no me imagino a una mujer con esos problemas existenciales. En este caso, él se siente desnudo, y nadie se sorprende de ello. Aquí, lo que sería un acto mero y banal se convierte en una pesadilla. El prominente arquitecto francés, al ver que el hecho no tiene ninguna repercusión –y el iluso la esperaba- en los de su entorno, desatará en él una paranoia tal que lo llevará a pensar seriamente en que todos, desde Agnes, su mujer, hasta sus amigos Serge y Verónique, Samira y Jerome, están coludidos en una conspiración contra él.

La novela no está dividida en capítulos numerados, pero digamos que de sus 158 páginas, la primera mitad bordea lo hilarante, y esto desde las primeras páginas. Carrerè no te da tiempo de arrellanarte en el sofá o de acomodarte en el espacio del ómnibus; ver al personaje principal meterse en situaciones absurdas, humillándose, por esta absurda causa. Luego de su fuga a Hong Kong, las serias y profundas opciones que va elucubrando el arquitecto son algo densas y repetitivas, y cuando creo que la gran novela, que comenzó muy bien, va cayendo en la modorra, aparece de pronto Agnes en Hong Kong -¿realmente en Hong Kong?-, ahí, en el cuarto donde él está hospedado, y con ella, un gran final, muy violento, donde el resultado final de la acción del arquitecto iría muy bien en una capa de un disco de Cannibal Corpse; esto deja en el lector la opción de concluir la historia como mejor la interprete, en mi caso, asistimos al naufragio del raciocinio de éste compadre, sin que él despegue los pies del piso del baño frente a su espejo.

En la primera página, en la respuesta de Agnes ante la pregunta de su marido encuentro el posible motivo del click que activó esta alucinada. Me parece que en esa respuesta sin ninguna sorpresa ante lo cuestionado (acerca de quitarse el mostacho) hará despertar una ira interna que derivará en esa enajenación. El final violento no merma en absoluto lo divertida que resulta esta obra.

Esta no es la primera novela de Carrerè. Anteriores son “L'Amie du jaguar” (1983); “Bravoure” (1984), las cuales sospecho no deben de estar traducidas ni editadas al portugués, quién sabe al español. Espero que sí.





- ¿Qué piensas si me afeito el bigote?

Agnes, que ojeaba una revista, recostada en el sofá de la sala, rió levemente, y después respondió:

- Sería una buena idea.

Él sonrió. Sobre el agua, en la bañera donde permanecía despreocupadamente, flotaban pequeñas islas de espuma llenas de pelitos negros. La barba de él crecía mucho, y tan de prisa, que lo obligaba a afeitarse dos veces por día, si no quería, al final de la tarde, tener el rostro áspero. Al despertar, cumplía la tarea delante del espejo del lavabo, antes de entrar en la ducha, siendo él apenas una sucesión de gestos maquinales, destituido de cualquier solemnidad. Por la noche, por el contrario, esa obligación se convertía en un momento de relax que él organizaba con mucha atención, cuidando para que el agua del baño corriese de la ducha, para que el vapor no empañe los espejos que cercaban la tina incrustada, teniendo un vaso al alcance de la mano, esparciendo después calmamente la espuma por la barbilla, pasando de nuevo la navaja por el rostro, evitando minuciosamente cualquier ataque al bigote, del cual, emparejaría luego los pelos con una tijera.


Fragmento, página 7.

sábado, 19 de febrero de 2011

Virgem louca, loucos beijos, Dalton Trevisan



Traducción libre : Virgen loca, locos besos
Año de publicación : 1979
Año de la presente edición : 1980
Editora : Record
Género : Cuento


Nuevamente los personajes de estos seis relatos son esas personas comunes del día a día, María y João, que podrían ser de cualquier lugar pero, como en todo relato de Dalton Trevisan (1925) las historias están situadas en su Curitiba natal.

Con una prosa tan directa y precisa, y diálogos tan fríos y punzantes Trevisan nos devela una sórdida Curitiba, donde no imaginamos que aquella persona amable que conocemos tan sólo de vista pueda ser capaz de cometer actos bajos e inmorales.
Como en “Orgía de sangue” (“Orgía de sangre”), donde mientras los hijos están en la escuela la madre se hace un cachuelo, echándose un polvo de aquellos, por supuesto con alguien que no es el marido; chamba es chamba. También en “O beijo puro na catedral do amor” (“El beso puro en la catedral del amor”) donde estamos ante el encuentro furtivo de la señora –quien extraña los días de farra- con el amante, y con los hijos al lado. Aquí se alternan los lloriqueos de los bebés con los gritos y gemidos de la madre. En “O baile do colibrí nu” (“El baile del colibrí desnudo”) João, preocupado porque la “desgraciada” de María lo enjuició por pensión alimenticia, se verá envuelto en un caso policial por ser pillado en una fiesta, especie de mini-orgía, con una menor de edad. En “Mais dores, mais gritos” (“Más dolores, más gritos”) João no olvida a María, a pesar de irse con una rubia oxigenada pero veinteañera, y regresa a su antigua casa y a su antigua mujer, invirtiéndose el orden, siéndole infiel a la amante con la ex mujer. Aunque María reniega, siempre sus puertas están abiertas para él. En “O quinto cavaleiro do apocalipse” (“El quinto caballero del apocalipsis”) João, semi-desnudo, con las bolas al aire (al estilo de “el abuelo” de El día de la bestia”, de Álex de la Iglesia), como cansado de la vida, recordará el pasado y confesará los males que le aqueja sentado ante André quien lo visita; João está esperando su hora. Trevisan nos presenta en este relato a un João diferente al de los otros cinco relatos; éste cita a Jesús, Sócrates, es conocedor sobre la Ley Aúrea y la Princesa Isabel I quien la instauró, e incluso le adjudica al personaje una frase de Rimbaud, cuando espeta: “Mierda para Dios”.

El relato que abre es el que da título al libro, siendo también el más extenso, pudiendo ser una nouvelle. En “Virgem louca, loucos beijos” (“Virgen loca, locos besos”) Trevisan degrada a María hasta el punto de reducirla a un esperpento humano. Mirinha, seducida y ultrajada a los quince años por su jefe João, éste casado y padre de cuatro hijos, verá cómo su vida se va como por un desaguadero. Al quedar embarazada es llevada para practicarse un aborto ilegal, quedando al descubierto por la madre, una pacata y religiosa mujer quien la expulsa de casa y le quema sus pertenencias. João desenvolverá una obsesión por María al punto de querer asesinarla en un ataque de celos, previa tortura física y psicológica. El relato es crudo, no sólo en los trechos de violencia física explícita sino también en los diversos coitos que esta pareja mantendrá a lo largo de la historia. María, al igual que su hermana Lilí, también expulsada de su casa (la madre tiene una peculiar manera de corregir a sus hijas), entrará a la prostitución, y se volverá alcohólica. Su deformidad no será tan sólo moral, sino también física, siendo consciente ella de cómo la vida la ha tratado, al verse al espejo y no reconocerse. Cuando decide abandonar a João y tanto el personaje como el lector creeremos que su vida se encaminará aparecerá Zezé, una lesbiana quien también se obsesiona por María. Le será difícil salir de ese infierno.

Algunos de los personajes se repiten en los relatos (como Lilí, la hermana de María, y el doctor André), no llegando a ser una continuación; no es un todo segmentado en seis partes, sino seis relatos independientes.

A pesar de la tristeza que pueda dar el destino de los personajes hay espacio para el humor en la trama, un humor muy ácido, con el cual Trevisan nos muestra los problemas existenciales humanos de sus paisanos curitibanos. Las frases cortas y mordaces tanto en los diálogos de los personajes como del narrador omnisciente parecen ser el sello característico en la obra del curitibano Dalton Trevisan.




Orgía de sangre

- Traje la revista.
- ¿Quién te la dio?
- Aquel señor. Ya te dije. ¿Quieres ver?
- Bien juntitos.

Admirando página por página.

- Mira que rico.

Bebe el whisky y aprecia las bellezas.

- Esas posiciones las conozco todas.
- ¡Mira! ¡Qué barbaridad! Virgen santísima…
- ¿Nunca lo hiciste? Con dos es tan rico. Ni imaginas.
- ¿Tienes alguna amiga?
- ¡Por Dios! Ahora soy casada.
- Pucha…, mira. Qué confusión. ¿Cómo pueden?
- Dame un sorbo más.

Primero bebe y luego responde.

- Qué pena. Acabó.

Ella le muerde el cuello.

- Ahora es nuestra vez.

Ya abre el cierre del pantalón.

- Espera.

Dos vueltas a la llave. Cierra la cortina. Abre el sofá.

- Así es mejor.

Desnudo y de medias negras.

- Virgencita… Olvidé el calzoncito.

De malla blanca, hace una bola y lo tira debajo del sofá.

- Quédate de zapatos. Me gusta verte con tacos altos.
- ¿Todo blanquito eh?

Mejor no, el peligro de estar ante el horrible pezón negro.

- Déjate el brasier.

De pronto, el besito furtivo en la boca, sólo uno.

- Quiero ver esa lengüita de lagartija.

Por entre la ropa dispersa ella alcanza la revista.

- Ve espiando.
- Espera. Mi cabeza está fuera del sofá. Arrímate más allá.
- Caramba, igual al viejo dragón de San Jorge.

Con un ojo en la revista, otro en ella.

- ¿Por qué?
- Porque escupe fuego
- ¿Cuál de las dos te gusta más?
- ¿Sólo dos? Mucho más que dos. ¿Quieres ver?

Se exhibe de frente, sentada, de espaldas, de rodillas, ya ni sé.

- Ay…, que buena mano. Bendita…
- Detente. Detente con eso.
- …
- Más despacio.

La revista, olvidada en el suelo.

- ¿Ahora, mi ángel?

Ella es la dama y el sota de los naipes del Kama Sutra.

- Mira, cómo es quietecito.
- Ahora, bueno.
- ¿Y aquí? ¿Ya salió sangre?

Babea el cuello para defenderse del beso en la boca.

- Haz que vibre mi ángel. Ay, qué rico.
- Un poco más puto. Rásgame.
- …
- ¡Más! Ponlo todo. ¡Mátame!
- …
- Lo que puedas. Sácame sangre… Golpéame… Reviéntame… ¡Más! Ay…, que muero.
- …

De rodillas, ella agarra el dinero debajo del sofá.

- ¿Nada más? ¿Ni una más?

Todo vestido, extiende dos billetes sobre la mesa.

- No tengo. ¿Cómo aprendiste?
- Por ahí. En la vida.
- ¿Fue con André?
- Con ése no. Creo que tiene vergüenza. Me vio niña. Sólo me descuenta cheque. ¿Sabes, el de dos millones? Di para uno. Él pasó para otro. Y cayó en las manos del agiotista.
- Ahora estás perdida.
- ¿No quieres ser mi aval?
- Pobre de mí. ¿Tienes algún amor?
- Quien tenía se murió.
- ¿De niña nadie te agarró?
- Recuerdo que tenía cinco años. Mi mamá iba a buscar agua.
- ¿No había agua en casa?
- Sólo de pozo. Para beber ella traía del tubo. Me dejaba sentada en una sillita. Yo me quedaba abanicando al abuelo. Con un abanico de cartón. Él tenía falta de aire. Estaba en las últimas.
- ¿Y qué hacía él?
- Ahogado usaba una bombita, que envidiaba. Sufría por no ser asmática. ¿Ya viste? Cuando murió me dejó esa bombita. Hasta ahora la tengo.
- No pregunté por eso.
- ¿Sólo piensas en eso eh?
- Anda, cuenta.
- Pasión fue la del viejo Pedrinho. Era jubilado. Me perseguía por la ciudad. De cada esquina salía atrás mío.
- ¿Dónde eran los encuentros?
- En la pensión de Teteia.
- ¿Te gustaba él?
- Me daba todo lo que yo pedía. Setenta y tres años. Yo, en la flor de los diecisiete. Casado con una mujer sin quijada. La hija loca y encerrada en el altillo.
- ¿Tu mamá nunca desconfió?
- Sólo una vez ella me dijo: Pedrinho es un viejo sucio.
- ¿Qué hacía él?
- Era gordo. Siempre bufando. No llegaba a ... Me pedía: Cuenta. Cuando eras niña. Cuenta. Tú y Ditinha. Cuenta angelito. Yo repetía lo que él me enseñaba. De repente a los gritos: Ahora mi ángel, ahora. Tan cansado estaba que necesitaba dormir, hasta roncaba. No podía agacharse. Yo le ponía los zapatos. Pobrecito de mi abuelito, ¿Sabes que se murió?
- ¿Y el de la revista quién es?
- Un señor muy diferente. Pulcro. Viudo.
- ¿Te gustan los viejos?
- Siempre que necesito él me ayuda.
- ¿Tu marido no desconfía?
- No, por Dios.
- ¿Los hijos son de él?
- ¿Quién puede saber mejor que yo? Después del segundo yo volví a salir. Antes no podía arriesgarme.
- ¿No hay peligro?
- Quien habló de mí bien que pagó. Si mamá comienza, yo le digo: Calma mamita. ¿Pero tú pararías? Ni ella. Y eso con un sólo diente.
- ¿Aquí adelante?
- Ya le dije: No se queje mamita. Es dolor aquí, dolor allí. Me hace pasar cada vergüenza. Cuando ella mastica…
- Con el último canino.
- … yo volteo la cara. Una porque no sale de la ventana. Otra porque se pinta demás. ¿Eso sí ve la señora, no? Y todavía se queja de que está ciega. Mire que Dios castiga.
- ¿Qué tipo de hombre te gusta?
- Muchachos no. Sólo hombres hechos.
- ¿Cómo yo?
- Yo te quiero mucho. ¿Sabes que Dios castiga? Todas las que hablaban de mí. Vea a la hija del doctor. Me despreciaba. ¿Y en qué acabó? El marido no sale del bar. El hijo con una pedrada en el ojo. ¿Te acuerdas de Odete? Tanto habló, y ahora mire. Corriendo atrás del paraguayo. ¿Existe mayor holgazán? ¿Y Lili? Toda puritana. ¿Y ahora? En los brazos del sargento. Allá en el banco de la plaza. Desnuda debajo del sacón. ¿Vio cómo no sirve hablar?
- ¿Y tu marido en la cama?
- Pobre de mí. Cada uno en su esquina.
- ¿Nada más?
- Soy perseguida por una doctora.
- No me digas.
- De terno. Cabello corto. Voz gruesa. Se dejó crecer el bigote.
- ¿Y el maridito sabe?
- Ahora voy a encontrarlo. Ay…, ya me atrasé.

Los hijos en el colegio.

Tres besitos en la cara. Afligido, hasta la revista se olvidó.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los hombres astados y otros relatos amazónicos, Juan Saavedra Andaluz



Editado por : Municipalidad Provincial de Maynas, Iquitos
Año de publicación : 1986
Género : Cuento
Colección Serie Municultura Amazonía Siglo XXI


Es de por sí ya gratificante poder ver y conocer la literatura que se realiza en la selva peruana pues es muy poco lo que se conoce en Lima al respecto. De haber más apoyo por las autoridades habría más publicaciones como ésta, que dan a conocer lo que se genera en las diversas provincias. Esta obra data del mismo año que la colección Munilibros (aquella de los dos libros de “Cantos y cuentos quechuas”, de José María Arguedas), auspiciada por la Municipalidad de Lima, en aquel lejano 1986. Este libro, por el cual puedo conocer la obra de Juan Saavedra Andaluz, pertenece a una colección de títulos, todos de esa hermosa región, y que fue patrocinada y llevada a las imprentas por la Municipalidad Provincial de Maynas en Iquitos, en aquel entonces teniendo como alcalde al Ing. Rony Valera Suarez, quien hace una presentación al inicio del libro. Si más autoridades siguieran esos escasos ejemplos, los peruanos podríamos conocer a más autores que buscan una casa editora que acoja sus obras. No creo que en ambos casos el objetivo haya sido lucrar; sería muy inocente pensar eso. Como autoridades deberían destinar un monto para fomentar la cultura de cada región, y no que muchos escritores pasen desapercibidos para la mayoría de nosotros, los peruanos. El que nos guste o no las diversas obras dependerá de cada uno de nosotros, los lectores; lo importante radica en darlo a conocer. Como en este caso, lo plausible es haber concretado esta empresa.

No hay mención sobre las otras obras y escritores de esta colección, ni cuántos títulos la conforman.

Por momentos no sé si estoy ante un relato de ficción o algún artículo periodístico. Esta percepción la tengo con “Los ojos del más allá”, donde narran una experiencia de aquellos fenómenos ufo, en el río Napo; y en “Noches de Santa Rosa”, donde la naturaleza pareciera opinar ante la caza que linda con la depredación. En la profundidad del Amazonas el paraíso puede convertirse de pronto en un infierno. Esto último está también presente en “Aventura en la selva”, donde padre e hijo, este último, nuestro narrador, están cazando diversos animales y recolectando huevos de las diversas tortugas (cupisos, taricayas y charapas) que allí hay. El hijo, al querer salir solo en el bote será arrastrado por las fuertes corrientes del rio. En “Soldaditos maldecidos” encontraremos eso que en el Perú se da, lamentablemente, con mucha frecuencia: abuso de la autoridad con la población, sobretodo en zonas alejadas. Esta vez entre la línea imaginaria y divisoria con Ecuador. “Treinta minutos siniestros” es un relato psicológico, donde el personaje será víctima de su propia mente.

Encuentro como el menos logrado –como siempre en este blog, gusto muy particular y por supuesto discutible- “La mujer de Cristo”, donde William encontrará en el burdel a una ex pretendiente. El tema da para mucho, pero la historia, y sobretodo el final no termina de encajar. Hay un flash back interesante aquí. Los diálogos de este relato no me los creo, no son convincentes.
Lo mejor de esta obra está en el relato inicial, que da título al libro, estructurada con personajes bíblicos, donde el Jesús de esta historia tiene un final diferente; en “El maletín con dólares”, el relato inicia algo lento con las cavilaciones del personaje principal, mejorando a la mitad del relato y con final inesperado. “Posesión”, es un excelente relato con connotaciones arguedianas. Lo fantástico lo encontramos en dos relatos que versan sobre una misma experiencia: tanto en “Sacha Mama” como en “El extraño monstruo del muelle fiscal”, los personajes descubrirán lo que hasta entonces es una leyenda ancestral, estarán frente al Yacu Mama, enorme serpiente que hace ver a una anaconda de 6 metros como una lombriz. En ambos hay también momentos con esa sensación de estar ante un reportaje periodístico y no ante un relato de ficción.

Algunos datos que podrían estar más claros, por ejemplo, para un lector extranjero, que no tiene ni idea quién es Santa Rosa, y menos aún cuándo es su día (30 de agosto), el final de “Noches de Santa Rosa” no tiene el mismo efecto que para un lector peruano. También, en ningún relato encontré entre los diálogos de los diversos personajes plasmar ese acento particular del oriente peruano, o al menos no lo percibí. No sé si esto sea una carencia, pero quizá lo esperaba, por ser muchos de los personajes personas del cotidiano.

Por otro lado, lo resaltante es que en todos los relatos encuentro, ya sea las costumbres de las personas de esa región: colectar huevos de tortugas; llegar al baile de un caserío en una canoa; cocinar pijuayos en una “tushpa”; sacrificar una res atrayendo a las pirañas, para ´poder cruzar con el resto del ganado lejos de aquel lugar donde estos peces hacen su festín; etc; así como también conocemos algunos de sus mitos y leyendas: las enormes luces en los ríos; la Yacu Mama, etc.

Durante la lectura retornan aquellos recuerdos de cuando los mosquitos te pican a través de la ropa; el tener cuidado al caminar por algún caserío ante una mordida de una culebra; ese calor diferente producto de la rápida evaporación del agua de las fuertes lluvias que allá se dan.

Mediante esta obra regresé a Iquitos, a Nauta, y a los alejados caseríos a orillas del río Tigre al que alguna vez tuve la suerte de ir.

Ojalá podamos encontrar con mayor facilidad más obras como esta.



El extraño monstruo del muelle fiscal

En el presente siglo, las instalaciones del Muelle Fiscal abarcaban poco más de una cuadra, entre la calle Loreto y Yavarí, con frente a la calle Raimondi. Empero, la plataforma del muelle llegaba casi hasta la plazuela Clavero, en la parte que da a la calle Távara.

Allí, periódicamente, acoderaban grandes barcos que hacían ruta por el Atlántico, ingresando al Amazonas hasta nuestro puerto trayendo diversas mercaderías. Entonces, existía un intenso intercambio comercial con Europa, que hacía de Iquitos poco menos que un paraíso.

Es por estos tiempos que se registró aquí un hecho extraordinario, muy misterioso, que alarmó a los que intervinieron directa o indirectamente en el suceso.
Uno de los barcos de gran calado, llegado desde Inglaterra, era reparado para iniciar su larga travesía a su puerto de origen. Por un lamentable descuido, uno de los mecánicos dejó caer una importante pieza de la máquina al agua, desde la plataforma flotante del muelle. Luego, la pieza debió quedar en el lecho del río debajo de la plataforma.

Hacer un pedido a Inglaterra requería demasiado tiempo. Por lo mismo, los responsables de la nave decidieron solicitar a Lima un buzo para rescatar esta valiosa pieza de motor y así resolver el problema.
Cuando el buzo contratado llegó a Iquitos, se hicieron los preparativos y se procedió a la búsqueda de la pieza perdida.

En aquel tiempo, el buzo recibía oxígeno desde la superficie. Dependía por lo tanto, para el descenso y el ascenso, del auxilio de operarios externos.
El buzo descendió en las turbias aguas del Amazonas, ante la expectativa de los responsables del equipo de buceo, del capitán y demás autoridades del barco inglés. Progresivamente el buzo fue ganando profundidad, hasta tocar el lecho del río, a unas sesenta brazas aproximadamente, pues en esa parte del río parecía existir un canal.
Como era usual, en caso de querer el buzo ascender o descender, según necesidades originadas por su movimiento en el lecho del río, éste debía dar unos tirones al cordón que le servía de sustento.

Luego de unos quince minutos de búsqueda, los operadores recibieron no una señal de ascensión normal, sino desesperados tirones del cordón que fue interpretado como un llamado de auxilio. ¿Habría sufrido un accidente el buzo? Desde luego no tenían tiempo para hacerse preguntas y maniobraron rápidamente para sacar al buzo del Amazonas.

Una vez en la plataforma del muelle, libre ya del equipo de buceo, los testigos pudieron apreciar algo inexplicable en un profesional de la experiencia del buzo capitalino: temblaba de pies a cabeza, parecía estar llorando y sus labios no podían pronunciar palabra alguna. Conducido a la enfermería del barco se le hizo un tratamiento adecuado hasta que recuperó la serenidad.

Esto es lo que contó el buzo antes de regresar a Lima, negándose terminantemente a ingresar nuevamente al Amazonas, por más dinero que le ofreciesen. Provisto de una linterna especial, el buzo fue llegando al lecho del río, colocándose debajo de la plataforma flotante. Durante unos minutos que le resultó imposible precisar trató de ubicar la pieza del barco. Desde el lugar donde cayó la pieza se movió en el sentido de la corriente, más al norte, calculando que esta pudo haber sido arrastrada muchos metros más adelante, antes de tocar el lecho del río.

Se movía con mucha dificultad y aunque la visibilidad no era muy buena, a varios metros de distancia podía observar formas que se movían (probablemente grandes peces). De pronto, vio algo que le llamó poderosamente la atención: era algo como un gran árbol o pedazo de él, asentado en el lecho del río. La forma era un tanto difusa, pero sus contornos le indicaban que podía ser un gran palo de gran diámetro. Continuó su búsqueda sin darle mayor importancia a lo que había visto.

Posteriormente, pasó de frente por la parte donde él creía que terminaba el palo, sin encontrar nada. Al volverse, para seguir buscando en la dirección contraria, se encontró con dos ojos enormes que aunque no brillaban muy intensamente podía verlos con claridad. Los ojos tenían forma ovoide y eran tan grandes como un par de platos. Aunque el buzo no percibió ningún movimiento de este monstruoso animal, sintió que era fuertemente atraído hacia esos dos ojos, lo que le llenó de espanto.
Fue cuando los operarios externos sintieron los alocados y violentos tirones del cordón.

El buzo no pudo o no quiso dar más detalles. Le bastaba con haber salido con vida de esta aventura muy parecida a una espantosa pesadilla.
Lo que casi termina engulléndose al buzo con escafandra y todo ¿será el mismo animal avistado en el siglo pasado?

¿Fue una ilusión, una alucinación o ahí estaba el Yacu Mama en espera de una presa?
Difícil de responder. Preferimos decir que en nuestra Amazonía muchas cosas todavía se cubren con el manto del misterio.

viernes, 11 de febrero de 2011

El hilo de la araña, Ryunosuke Akutagawa 芥川 龍之介




Título original : 蜘蛛の糸 – Kumo no ito - El hilo de la araña
Editora : Shinseken Limited
Año de publicación : 1918
Publicación de esta edición: 2008
Traducción : Eduardo Campelo
Ilustraciones : Hideyuki Fujikawa


Este relato es más corto que el del libro anterior, y también es más antiguo, data de 1918. Está situado en dos mundos paralelos: el Paraíso a orillas del Lago de Loto, y en las profundidades del Infierno, en el Lago de Sangre. Aquí la historia nos devela cómo en una especie de pequeño juicio final, será rescatada la única buena acción que en vida Kandata realizó, y también cómo el malhechor, por su egoísmo, no será salvo, a pesar de tener una última oportunidad.

Aunque ambos libros son de cuidada edición (tapas duras y con diseños, forro con diseños, las hojas de respeto en papel grueso y de color; y las utilizadas para los relatos en grueso papel lustrado, amplias) el precio fue casi irrisorio: RS3, menos de $2, quizá por estar en un idioma para ellos extranjero. ¡Que importen más!

Por otro lado, las expresiones en los diseños son más realistas, respetando los rasgos orientales, a diferencia de muchos mangas y animes que acostumbramos ver, con los ojos occidentales, aquí eso no se da. También los colores usados tanto en el Paraíso (más tenues) como en el Infierno (más vivos y tornándose oscuros) contrastan entre sí.

La historia es más que entretenida; aunque sea previsible la prueba en el final, no deja de maravillar la sencillez y la elegancia con la que Akutagawa crea esta historia, ambas características principales de la literatura japonesa.



El hilo de la araña

Amanece en el paraíso. El sublime Buda camina despacio por las márgenes del Lago de Loto. Las flores, de espléndida blancura, tienen estambres dorados que exhalan, día y noche, un suave perfume.

El sublime Buda permanece un poco junto al lago, para ver lo que ocurre bajo el manto de las flores de loto. Mirando a través del agua cristalina, contempla durante algunos instantes, en el remoto fondo de este lago celeste, las profundidades del infierno. Observa claramente, como imágenes en un límpido espejo, el río Styx, y la siniestra Montaña de las Agujas. Su mirada capta la forma de un hombre, de nombre Kandata, que se debate entre los demás condenados.

Kandata fue en vida un notorio malhechor, culpado de robos, incendios y muertes. Pero el sublime Buda se acuerda de la única buena acción por tal hombre practicada. Cierto día, atravesando un denso bosque, Kandata avistó una araña pequeñita que se arrastraba descuidada por el suelo. Sin pensar, levantó el pie para aplastarla, pero se contuvo. “No, no”, pensó. “Aunque no pase de una cosa insignificante, esta araña es un ser vivo. No debo quitarle la vida sin motivo.” Y siguió su camino.

El sublime Buda considera lo que acaba de ver. Teniendo en cuenta que Kandata había perdonado la vida a una araña, decide, por esta única buena acción, encontrar un medio de sacarlo del infierno. Mirando atentamente la superficie del lago, descubre, sobre una hoja de loto de color jade, una araña del paraíso, que engendra su hilo plateado. Satisfecho con el hallazgo, el sublime Buda toma el hilo cuidadosamente y lo hace descender por un espacio entre las bellas flores de loto, hasta las profundidades cavernosas del infierno.

En ese lugar está el Lago de Sangre, absolutamente negro como la brea. Junto con los otros condenados, Kandata fluctúa y se sumerge sin cesar. A veces, entrevé un bulto amenazador emergiendo de las tinieblas, y reconoce, postrado en la desesperación, los aguijones resplandecientes de la Montaña de las Agujas. Se hace el silencio como dentro de una tumba. Sólo se escucha, alguna vez, el débil suspiro de uno u otro condenado. Esto porque, cuando alguien cae tan bajo, y sufre la tortura de tantos infiernos, este alguien perdió las fuerzas para llorar. Incluso un ladrón sabido y vivido como era Kandata, nada pudo hacer sino debatirse como una rana cogida en las garras de la muerte, al ahogarse en la sangre del lago.

Sin embargo, aquel día, Kandata consigue levantar la cabeza y ver, en el cielo oscuro y mudo que se cierne encima del Lago de Sangre, un plateado hilo de araña que se mueve a lo alto. Esta línea delgada y centelleante, sólo visible, poco a poco, se aproxima de Kandata. Al verla, el condenado aplaude de alegría. ¡Tal vez consiga colgarse del hilo y, subiendo por él, huir del infierno! ¡Si todo sale bien llegará al paraíso! Entonces, ¡nunca más será forzado a recorrer la Montaña de las Agujas, ni ahogarse en el Lago de Sangre!

Pensando en eso, Kandata agarra rápidamente con las dos manos el hilo de la araña y empieza a subir, sujetándolo fuertemente. Habiendo siendo en el pasado un ladrón experimentado y ágil, el ejercicio no implicaba ninguna novedad para él.

Pero la distancia entre el infierno y el paraíso es de diez mil leguas. Por mucho que se esfuerce, el camino hacia arriba no parece nada fácil. Tras algún tiempo de escalada, Kandata no consigue seguir adelante, ni incluso empleando todo su espantoso vigor. Sin otra opción sólo le resta parar y descansar un poco. Mientras oscila, pendiente del hilo, contempla los parajes que dejó hacia atrás.

Debido a la altura ya alcanzada, el Lago de Sangre, que hasta poco lo mantenía prisionero, yace ahora en la completa oscuridad. El brillo tenue de la Montaña de las Agujas difícilmente se ve. Si sigue subiendo a ese ritmo, tendrá la oportunidad de escapar del infierno. Tal vez no sea tan difícil como había imaginado. Kandatya aprieta firmemente, con las dos manos, el hilo de la araña, y empieza a reir, como nunca lo había hecho antes:

- ¡Sí, sí! ¡Lo conseguiré!

Sin embargo, en ese instante, siente que, debajo de él, como una procesión de hormigas, numerosos condenados van subiendo, determinados, por el hilo. Con los ojos fuera de sus órbitas de miedo, y la boca abierta de par en par, como un tonto, Kandata los observa. ¡Este hilo, tan delgado, corre el riesgo de romperse, no puede soportar el peso de tanta gente! Si se revienta, todo el esfuerzo para subir será inútil. Kandata –y con él, otros condenados- sería, de nuevo, lanzado hacia el infierno. ¡Eso no puede pasar! ¡Sería horrible!

Mientras Kandata se aterroriza, cada vez más condenados, desde el Lago de Sangre, van subiendo por el hilo brillante. Ya no se cuentan por centenares, ni por millares. Son enjambres enormes. Kandata decide actuar con rapidez, antes que el hilo se rompa, haciéndolo despeñar sin remedio otra vez hacia las profundidades del infierno.
Kandata grita con voz de trueno: “¡Alto, condenados! ¡Este hilo de araña es mío! ¡Sólo mío! ¿Quién os dio permiso para subir en él? ¡Para atrás! ¡Volved!”

En el mismo instante en que acabó de hablar, el hilo de araña, que hasta entonces no había sufrido ningún daño, de repente cruje y se parte, justamente por donde Kandata se agarraba. Kandata está perdido. No tiene tiempo de decir nada más. Aturdido, empieza a caer haciendo giros, hasta precipitarse en las profundidades del infierno.
El hilo acortado de araña permanece suspenso, reflejando una brizna de luz en el centro de ese cielo sin luna ni estrellas.

En el paraíso, el sublime Buda estaba al lado del Lago de Loto, acompañando, desde el inicio al desenlace, los episodios de este drama. Cuando, al final, Kandata cae como una piedra, en lo más hondo del Lago de Sangre, una expresión de tristeza atraviesa el rostro del sublime Buda. Se aparta del lago, con la intención de terminar su paseo. Aunque el duro corazón de Kandata, que intentó huir solo del infierno, haya recibido un castigo absolutamente justo, un destino tan infeliz llena de compasión al sublime Buda.

Tales hechos no conmueven a las flores, las lindas flores blancas del Lago de Loto, que inclinan sus cálices a los pies del sublime Buda, y exhalan, día y noche, un suave perfume que proviene de los estambres dorados. Dentro de poco, será mediodía en el paraíso.

jueves, 10 de febrero de 2011

Toshishun, el cuento chino del joven pródigo y el mago ermitaño - Ryunosuke Akutagawa 芥川 龍之介



Título original : 杜子春 - Tu Tze-chun
Editora : Shinseken Limited
Año de publicación : 1920
Publicación de esta edición : 2008
Traducción : Eduardo Campelo
Ilustraciones : Hideyuki Fujikawa


Conocí este escritor a través de aquella antología de literatura fantástica, el libro de Borges-Bioy-Ocampo, en donde aparece el cuento “Senin”. Ahora, al igual que con algunos de los cuentos de Gabo que se editaron (por Norma en español y Editora Record en portugués) por separado, y llegaron a ser ilustrados por Carme Solé Vendrell, se lanzó al mercado a inicios de este siglo, en inglés, japonés y portugués (2003), dos cuentos de Akutagawa, ambos excelentemente ilustrados por Hideyuki Fujikawa, con la intención de acercar la obra de este gran escritor japonés a los jóvenes; la presente edición en español es del 2008. Akutagawa escribió este cuento a los 28 años, en 1920, y es una adaptación de una historia tradicional china.

Akutagawa se interesó por la literatura de su país y también la occidental desde muy joven, llegando a conocer a Natsume Soseki quien lo apoya en su carrera literaria; Akutagawa se hace discípulo de Soseki, acudiendo a las tertulias literarias que éste realizaba. Akutagawa es destacado en 1921 por el diario Mainichi Shimbun a China por el periodo de cuatro meses.

Toshishun es un joven descendiente de una familia rica en la antigua capital de la dinastía Tang, Luoyang. Él malgastó toda su herencia y ahora en la soledad, no tenía nada para comer, ni lugar donde vivir. Un anciano tuerto, aunque de porte imponente, lo abordará, preguntándole qué le sucedía. Tras enterarse, le dará un consejo: pararse bajo la luz del sol y observar donde cae la sombra de su cabeza, y por la noche, al cavar exactamente donde daba la sombra encontrará oro suficiente para llenar una carreta. Toshishun, algo incrédulo, obedecerá al anciano, encontrando lo prometido. Su vida cambiará radicalmente: tendrá una gran mansión, manjares en su mesa, y sobretodo muchos amigos a su alrededor, quienes no se cansan de adularlo. A ese ritmo la fortuna le durará poco, y nuevamente quedará como al principio. El anciano le dará una segunda oportunidad, pero nuevamente en poco tiempo Toshishun pasará hambre, penurias, pero sobre todo, notará que las personas que decían ser sus amigos cuando era rico, ahora ni lo miraban para saludarlo, ignorándolo. Cuando el anciano le iba a dar una tercera oportunidad, Toshishun la rechaza, contándole al anciano aquel detalle, y pidiéndole que en vez de una tercera oportunidad, éste lo acoja como aprendiz de mago. Luego de cavilar por un tiempo, el anciano lo acepta como discípulo, y le revela ser el mago Tekkanshi, llevándolo luego hasta lo más alto del Monte Emei donde él vivía, volando en una vara de bambú. Al llegar lo dejará solo, ordenándole mantener la boca cerrada, sin mencionar palabra alguna, previniéndole que vendrán criaturas queriendo hechizarlo, pero por más tentaciones y amenazas que tenga deberá mantenerse callado; de no hacerlo abandonará su camino hacia la magia.

Diversas tentaciones, desde grandes tigres hasta serpientes blancas; truenos y relámpagos caerán sobre él, consiguiendo mantener su promesa. Un demonio de treinta pies de altura y con una armadura de oro y un gran tridente lo interrogará ferozmente, pero Toshishun se mantendrá callado. El guerrero al ver que no obtenía respuesta mata a Toshishun con un sólo chispazo de su tridente. El espíritu del joven se desprenderá de su cuerpo, descendiendo al Mundo Inferior a través del túnel llamado “El Pasaje de la Oscuridad”, que conecta el mundo de los hombres con el mundo inferior, hasta llegar el santuario conocido como el “Vestíbulo del Universo”, en donde sentado en un gran trono y con corona de oro estaba Yanma Dawang, Señor del Mundo Inferior, quien también interrogará al joven, pero el aprendiz continuará inmutable. El soberano ordena que lo lleven a la “Montaña de las Espadas”, al “Lago de Sangre”, al “Valle del Infierno”, y al "Mar de los Glaciares”, recibiendo en cada uno de estos lugares torturas insoportables, pero aun así Toshishun no mencionará palabra alguna. El Señor, al ver que el joven no se quebraba, mandó a uno de sus demonios al “Mundo de las Bestias”, donde estaban confinados los espíritus de los padres de Toshishun, convertidos en caballos. Su Señoría mandará torturar a los caballos, y, al escuchar la voz de su madre, Toshishun exclamará una palabra, apareciendo repentinamente en el centro de Luoyang, con el anciano tuerto haciéndole una mueca. Toshishun no llega a ser mago, pero se gana el respeto del anciano, por quebrantar lo prometido tan sólo al ver sus padres sufrir. Tekkanshi al despedirse, le dejará una casa en el campo y tierras alrededor para sembrar en la colina del Monte Tai, donde Toshishun podrá vivir, por ver en él una persona honesta.



La historia de este gran relato, de corte psicológico, transmite la consciencia que toma el personaje principal al llegar a distinguir que aquellas personas que lo adulaban en la abundancia no eran realmente sus amigos sino que estaban con él por interés. También, al rechazar una nueva chance para ser rico, demuestra estar desprovisto de toda avaricia. Toshishun también denota sapiencia, a pesar de su juventud, además de valentía y coraje al pasar por todas las pruebas a pesar de las diversas torturas, todas tan bien detalladas –e ilustradas, vale recalcar-, y así no quebrar la promesa hecha a su mentor. Inclusive al quebrarla tendrá un buen motivo, pues aunque su madre le diga que lo que realmente importa es que él sea feliz, Toshishun tira por la borda su deseo, quebrando la promesa hecha sabiendo que dejará de ser mago, demostrando sacrificio. En la actitud final de Tekkanshi encontramos el reconocimiento en ofrecerle una oportunidad para continuar su vida, por encontrar una sabiduría atípica en un joven de esa edad.

Aquí hay una historia muy bien desarrollada, en la que, por ejemplo, destina a su personaje principal una muerte temprana, que es tan sólo el inicio del sufrimiento mental de Toshishun. La historia de Akutagawa no se limita solamente a la moraleja, que de hecho transmite, hay también una calidad literaria que la diferencia de muchas historias que solamente quieren mostrar, dirigir, sesgar a un público determinado.

viernes, 4 de febrero de 2011

El juicio de Paris, California vs Francia, la histórica degustación de 1976 que revolucionó la historia del vino - George M. Taber




Título original : Judgment of Paris. California vs France and the historic 1976 Paris tasting that revolutionized wine.
Año de publicación : 2005.
Título de la edición brasileña : O julgamento de Paris: California x França, 1976, A histórica degustação que revolucionou o mundo do vinho.
Traducción : Liliane Marinho.
Editora Campus-Elsevier - 2006.


Luego de leer los tres primeros capítulos se percibe rápidamente lo que estamos por encontrar páginas más adelante: lo mucho que hay por aprender en el mundo de los vinos; leer esta obra de George M. Taber es como asistir a una clase magistral sobre esta divina bebida, y fundamentalmente, conocer de primera mano uno de los capítulos más importantes en la historia del vino: la decisiva cata a ciegas del 24 de mayo de 1976, en el Hotel International de Paris, donde los más distinguidos catadores, conocedores y amantes del vino, todos franceses, probaron los hasta entonces desconocidos y hasta injustamente menospreciados vinos californianos, poniéndolos a prueba contra los famosos Gran Crus franceses, obteniendo como resultado la abrumadora victoria de los vinos estadounidenses en vinos blancos, y aunque en tintos no fue igual de avasallador, también fue un vino norteamericano el que venció, ante el estupefacto de los jueces, llegando incluso alguno a intentar cambiar sus votos, y viendo cómo un mito se iba directo a los baldes de la degustación.

El autor de este libro, periodista de la revista Time, estuvo presente aquel día, siendo testigo de tal evento. Ya me imagino el orgullo que debe haber sentido Taber al ver cómo los vinos de su país vencían a los top franceses.

Tampoco es para creer que los vinos franceses eran malos; nada de eso, en su gran mayoría van de muy buenos a excelentes, pero antes se tenía el concepto de que solamente en Francia se elaboraba un vino con calidad, mirando por encima del hombro a productores de otros países, incluso a sus vecinos europeos, y con mayor razón si estos eran del otro lado del charco.

Este evento fue organizado por el inglés Steven Spurrier (actualmente Asesor editorial de la revista “Decanter”) y su socia Patricia Gallagher, directora de la “Académie du Vin” en aquel tiempo (hasta la fecha de la publicación de esta obra ella es directora académica encargada del departamento de vinos de la escuela de culinaria “Cordon Bleu” en Paris), quienes cursaron invitaciones a nueve personalidades en el mundo del vino y de la gastronomía francesa, participando ellos también de la cata, sin que sus puntajes se sumaran al total. Al cursar dichas invitaciones sólo se mencionó que habría una degustación de vinos californianos, nunca se dijo que serían comparados con vinos top franceses, lo que posteriormente, ya con el resultado final haciendo noticia en todo el mundo, le ocasionó serios problemas a Spurrier, ya que él vivía y trabajaba en Paris desde hace algún tiempo, inclusive fue tildado de traidor, siendo recién en 1999 “perdonado” por el “establishment” francés quienes le otorgaron en ese año el premio Louis Marinier por sus escritos sobre el vino Bordeaux.

La lista de jurados de “El juicio de Paris” estaba compuesta por:

- Pierre Bréjoux; Inspector General del Consejo de Apellation d’Origine Controlee, órgano que controla la producción de los mejores vinos de Francia, y autor sobre varios libros de vino de ese país.

- Michel Dovaz; profesor de los cursos de francés en la Académie du Vin. Posterior a esta cata escribiría varios libros sobre vino, y el capítulo sobre la Región de Champagne del “Guide Hachette des Vins”.

- Claude Dubois-Millot; director de ventas de la guía GaultMillau. Único jurado inexperto; esta fue su primera cata.

- Odette Kahn; editora de la “Reviu du Vin de France” y también de “Cuisine et Vines de France”. Esta distinguida dama fue quien le pidió a Spurrier -quien estaba sentado a su lado- que le devuelva sus fichas con los puntajes que había dado, alterándose un poco, sin perder el charm, por supuesto.


De izquierda a derecha: Patricia Gallagher, Steven Spurrier, y Odette Kahn, durante la cata a ciegas.



- Raymond Oliver; chef y dueño del famoso restaurante “Le Grand Véfour”. El local fue fundado a finales del siglo XVIII y fue el lugar preferido de personajes que van desde Napoleón, pasando por Voltaire, Sartre, Colette y Victor Hugo. Restaurante galardonado con tres estrellas en la Guía de Restaurantes de Michelin.

- Pierre Tari; dueño del Chateau Giscours (uno de los catorce Troisièmes Crus según la famosa clasificación de 1855), y Secretario General de la “Association des Grands Crus Classés”.

- Christian Vannequé; sommelier jefe del restaurante (también tres estrellas Michelin) “La Tour d’Argent”, quizá el restaurante más famoso en Paris.

- Aubert de Villaine; uno de los dueños y directores del “Domaine de la Romanée-Conti”, mítico vino, uno de los más caros del mundo. El costo aproximado de una botella fluctúa los $20,000 (veinte mil dólares americanos, para que no haya duda).

- Jean-Claude Vrinat; dueño del “Taillevent”, otro famoso restaurante tres estrellas Michelin.

La tabla con los puntajes finales es la siguiente:



Además, la obra viene con las fichas con los puntajes dados por cada jurado.
La obra nos trae la historia de cada uno de los vinos que participaron de esta cata a ciegas. Seis chardonnay y seis cabernet sauvignon del Valle de Napa, y a su vez, cuatro de las mismas cepas de los top franceses. En ambos casos vienen con mapas de las regiones.

Los resultados de esta degustación no sólo fueron buenos para los vinos estadounidenses, también comenzó a mirarse otras opciones de tierras, con climas y microclimas muy diversos, donde también se podía cultivar y desenvolver las diferentes cepas. Así, mientras algunos personajes en Francia cerraban sus filas menospreciando los resultados de aquella degustación, otros, más visionarios, decidieron adaptarse, comenzando a dar la importancia debida a sus vecinos europeos: tanto en Italia, España y Portugal se elaboraban vinos excepcionales, y países como Australia, Nueva Zelandia, Sudáfrica, Chile y Argentina eran “descubiertos”, siendo aceptados al punto de hacerse de tierras en estos nuevos lugares y/o creando alianzas que se mantienen hasta la actualidad: en 1995 la productora de champagne Vleuve Clicquot compró tierras en Marlboruough, Nueva Zelandia, y en el año 2000 el Domaine Henri Bourgeois, uno de los líderes de la producción del Sancerre y el Pouilly-Fumé también se hizo de tierras en la misma región; en 1978 el Barón Philippe de Rothschild forma una sociedad con Robert Mondavi produciendo desde 1979 el “Opus One”; a su vez, Mondavi forma sociedad en 1989 con la familia de Eduardo Chadwick de la Viña Caliterra, lanzando posteriormente en 1995 la marca ultrapremium “Seña”; y si Mondavi le puso el ojo a Chile, la Baronessa Philippine de Rothschild, encargada de los negocios familiares tras la muerte de su padre en 1988, le siguió los pasos, haciendo sociedad con Don Eduardo Guilisasti Tagle, presidente de la gigante Concha y Toro, lanzando por primera vez al mercado en 1996 el top franco-chileno, “Almaviva”. Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos después del Juicio de Paris.

Taber examina al detalle cada región, relatando sus viajes y visitas a cada uno de los lugares que hace mención en su obra, donde se entrevistó y conoció los viñedos y la tierra donde es cultivada cada una de las diversas cepas, desde las tinta barroca y touriga francesa portuguesas, pasando por el sauvignon blanc neo zelandés, el syrah australiano, hasta el único carménère chileno, entre otras. Una sola inquietud me dejó este libro: Taber no menciona (y parece no haber ido) a la Argentina. Los vecinos aparecen solamente en un cuadro estadístico sobre la producción mundial de vino.

Taber, como no podía ser de otra manera nos revela el famoso Valle de Napa, o Napa Valley, antes y después de la cata del ’76, conociendo a través de él las virtudes de aquel lugar, las cepas chardonnay y cabernet sauvignon cultivadas ahí, y las historias detalladas de aquellos emprendedores, los cuatro winemakers que no se amilanaban ante las diversas dificultades que encontraban, y que supieron reconocer en esa tierra el paraíso que ahora todos sabemos que es; ellos, los principales personajes de esta obra: Miljenko Grgić quien se cambió el nombre a Mike Grgich; Warren Winiarski, Jim Barrett, Андрей Челищев, o André Tchelistcheff, y claro, también Steven Spurrier, el inglés radicado en Francia, amante de los vinos de ese país, quien encontró los vinos del Valle de Napa tan buenos como los franceses, llevándolos a Paris, promoviéndolos junto a Patricia Gallagher, con quien Spurrier solía viajar por las diversas regiones francesas, conociendo cada vez más sobre las diferentes castas producidas por allá, recaudando cada vez más información y experiencias. Taber sabe transmitir la emoción de aquel tiempo, el sentimiento de estas personas en esta tarea tan noble, todas totalmente desconocidas hasta ese entonces en el mundo vinícola.


El autor, a la izquierda, durante la prueba en Paris.

Hay un capítulo dedicado a Robert Mondavi, en donde Taber se remonta al patriarca Cesare Mondavi, quien migró desde su lejana Sassoferrato en Italia a instalarse en Estados Unidos. Robert Mondavi es una presencia constante en varios capítulos del libro, además de escribir el prefacio de esta obra.

También hay mención sobre aquel joven abogado de Monkton en Maryland, de 31 años, quien comenzó a publicar en 1978 críticas a vinos con una franqueza nunca antes vista, enfureciendo a unos y entusiasmando a otros, utilizando un puntaje sobre 100, y cómo a través del tiempo la figura de ese joven de nombre Robert Parker fue creciendo, hasta ser él quien decida –por sus críticas- si un vino no tendrá mayor relevancia, por un puntaje bajo, o si su venta será muy rápida y el precio será elevado, por un puntaje alto. También cómo de esta forma, poco a poco diversas viñas comenzaron a crear los vinos al gusto de él, vinos que por aquí se conocen como "parkerizados", o sea, especialmente hechos para recibir puntajes altos por The Wine Advocate, revista bimensual que él dirige. Taber hace mención también a los vinos de garaje, que generalmente reciben una puntuación alta por Parker, y que los torna caros y difíciles de encontrar. Un ejemplo de ello, por un “La Mondotte” Parker mencionó: “Lo máximo en vinos de garaje, ultraconcentrado, asustadoramente caro, pero que vale cada centavo”. (Pág. 311)

No hay una sola línea en este libro que te sumerja en el sopor de una lectura pesada; en lo absoluto. Taber se comporta como un paciente profesor que adaptó los acontecimientos sucedidos que le fueron narrados, entrevistas ejecutadas, y el punto central del cual fue testigo privilegiado, mezclando y ordenando todo esto, logrando formar un gran relato. Esto no es ficción, es historia pura.



Puesto que cada uno de los capítulos y/o sub capítulos son amplios, no traduzco alguno de ellos en su totalidad. Dejo este "cachito”:

Poco después de las tres de la tarde, Spurrier pidió un minuto de atención a todos. Agradeció a los jurados por la presencia y explicó que estaba promoviendo el evento junto con Gallagher para presentar algunos vinos californianos como parte de las conmemoraciones del bicentenario de la independencia norteamericana, y en homenaje al papel desempeñado por Francia en esa conquista histórica. Dijo también que tanto él como Gallagher habían realizado recientes viajes a California, quedando sorprendidos con la calidad del trabajo desarrollado en esas pequeñas vinícolas, todavía desconocidas. Pensó que los franceses se interesarían por aquellas novedades. Fue entonces que Spurrier dijo que, aunque los había invitado para conocer una muestra de los vinos californianos, él también incluiría en la degustación que estaba por comenzar, algunos vinos franceses equivalentes. Finalmente, adicionó que, para tornar las apreciaciones más objetivas, creía mejor que la degustación se realizara a ciegas. Como no hubo objeciones, los jurados tomaron sus lugares atrás de la larga mesa, y el evento comenzó.

Fragmento del capítulo “Un malestar inesperado”, página 221.