lunes, 14 de febrero de 2011

Los hombres astados y otros relatos amazónicos, Juan Saavedra Andaluz



Editado por : Municipalidad Provincial de Maynas, Iquitos
Año de publicación : 1986
Género : Cuento
Colección Serie Municultura Amazonía Siglo XXI


Es de por sí ya gratificante poder ver y conocer la literatura que se realiza en la selva peruana pues es muy poco lo que se conoce en Lima al respecto. De haber más apoyo por las autoridades habría más publicaciones como ésta, que dan a conocer lo que se genera en las diversas provincias. Esta obra data del mismo año que la colección Munilibros (aquella de los dos libros de “Cantos y cuentos quechuas”, de José María Arguedas), auspiciada por la Municipalidad de Lima, en aquel lejano 1986. Este libro, por el cual puedo conocer la obra de Juan Saavedra Andaluz, pertenece a una colección de títulos, todos de esa hermosa región, y que fue patrocinada y llevada a las imprentas por la Municipalidad Provincial de Maynas en Iquitos, en aquel entonces teniendo como alcalde al Ing. Rony Valera Suarez, quien hace una presentación al inicio del libro. Si más autoridades siguieran esos escasos ejemplos, los peruanos podríamos conocer a más autores que buscan una casa editora que acoja sus obras. No creo que en ambos casos el objetivo haya sido lucrar; sería muy inocente pensar eso. Como autoridades deberían destinar un monto para fomentar la cultura de cada región, y no que muchos escritores pasen desapercibidos para la mayoría de nosotros, los peruanos. El que nos guste o no las diversas obras dependerá de cada uno de nosotros, los lectores; lo importante radica en darlo a conocer. Como en este caso, lo plausible es haber concretado esta empresa.

No hay mención sobre las otras obras y escritores de esta colección, ni cuántos títulos la conforman.

Por momentos no sé si estoy ante un relato de ficción o algún artículo periodístico. Esta percepción la tengo con “Los ojos del más allá”, donde narran una experiencia de aquellos fenómenos ufo, en el río Napo; y en “Noches de Santa Rosa”, donde la naturaleza pareciera opinar ante la caza que linda con la depredación. En la profundidad del Amazonas el paraíso puede convertirse de pronto en un infierno. Esto último está también presente en “Aventura en la selva”, donde padre e hijo, este último, nuestro narrador, están cazando diversos animales y recolectando huevos de las diversas tortugas (cupisos, taricayas y charapas) que allí hay. El hijo, al querer salir solo en el bote será arrastrado por las fuertes corrientes del rio. En “Soldaditos maldecidos” encontraremos eso que en el Perú se da, lamentablemente, con mucha frecuencia: abuso de la autoridad con la población, sobretodo en zonas alejadas. Esta vez entre la línea imaginaria y divisoria con Ecuador. “Treinta minutos siniestros” es un relato psicológico, donde el personaje será víctima de su propia mente.

Encuentro como el menos logrado –como siempre en este blog, gusto muy particular y por supuesto discutible- “La mujer de Cristo”, donde William encontrará en el burdel a una ex pretendiente. El tema da para mucho, pero la historia, y sobretodo el final no termina de encajar. Hay un flash back interesante aquí. Los diálogos de este relato no me los creo, no son convincentes.
Lo mejor de esta obra está en el relato inicial, que da título al libro, estructurada con personajes bíblicos, donde el Jesús de esta historia tiene un final diferente; en “El maletín con dólares”, el relato inicia algo lento con las cavilaciones del personaje principal, mejorando a la mitad del relato y con final inesperado. “Posesión”, es un excelente relato con connotaciones arguedianas. Lo fantástico lo encontramos en dos relatos que versan sobre una misma experiencia: tanto en “Sacha Mama” como en “El extraño monstruo del muelle fiscal”, los personajes descubrirán lo que hasta entonces es una leyenda ancestral, estarán frente al Yacu Mama, enorme serpiente que hace ver a una anaconda de 6 metros como una lombriz. En ambos hay también momentos con esa sensación de estar ante un reportaje periodístico y no ante un relato de ficción.

Algunos datos que podrían estar más claros, por ejemplo, para un lector extranjero, que no tiene ni idea quién es Santa Rosa, y menos aún cuándo es su día (30 de agosto), el final de “Noches de Santa Rosa” no tiene el mismo efecto que para un lector peruano. También, en ningún relato encontré entre los diálogos de los diversos personajes plasmar ese acento particular del oriente peruano, o al menos no lo percibí. No sé si esto sea una carencia, pero quizá lo esperaba, por ser muchos de los personajes personas del cotidiano.

Por otro lado, lo resaltante es que en todos los relatos encuentro, ya sea las costumbres de las personas de esa región: colectar huevos de tortugas; llegar al baile de un caserío en una canoa; cocinar pijuayos en una “tushpa”; sacrificar una res atrayendo a las pirañas, para ´poder cruzar con el resto del ganado lejos de aquel lugar donde estos peces hacen su festín; etc; así como también conocemos algunos de sus mitos y leyendas: las enormes luces en los ríos; la Yacu Mama, etc.

Durante la lectura retornan aquellos recuerdos de cuando los mosquitos te pican a través de la ropa; el tener cuidado al caminar por algún caserío ante una mordida de una culebra; ese calor diferente producto de la rápida evaporación del agua de las fuertes lluvias que allá se dan.

Mediante esta obra regresé a Iquitos, a Nauta, y a los alejados caseríos a orillas del río Tigre al que alguna vez tuve la suerte de ir.

Ojalá podamos encontrar con mayor facilidad más obras como esta.



El extraño monstruo del muelle fiscal

En el presente siglo, las instalaciones del Muelle Fiscal abarcaban poco más de una cuadra, entre la calle Loreto y Yavarí, con frente a la calle Raimondi. Empero, la plataforma del muelle llegaba casi hasta la plazuela Clavero, en la parte que da a la calle Távara.

Allí, periódicamente, acoderaban grandes barcos que hacían ruta por el Atlántico, ingresando al Amazonas hasta nuestro puerto trayendo diversas mercaderías. Entonces, existía un intenso intercambio comercial con Europa, que hacía de Iquitos poco menos que un paraíso.

Es por estos tiempos que se registró aquí un hecho extraordinario, muy misterioso, que alarmó a los que intervinieron directa o indirectamente en el suceso.
Uno de los barcos de gran calado, llegado desde Inglaterra, era reparado para iniciar su larga travesía a su puerto de origen. Por un lamentable descuido, uno de los mecánicos dejó caer una importante pieza de la máquina al agua, desde la plataforma flotante del muelle. Luego, la pieza debió quedar en el lecho del río debajo de la plataforma.

Hacer un pedido a Inglaterra requería demasiado tiempo. Por lo mismo, los responsables de la nave decidieron solicitar a Lima un buzo para rescatar esta valiosa pieza de motor y así resolver el problema.
Cuando el buzo contratado llegó a Iquitos, se hicieron los preparativos y se procedió a la búsqueda de la pieza perdida.

En aquel tiempo, el buzo recibía oxígeno desde la superficie. Dependía por lo tanto, para el descenso y el ascenso, del auxilio de operarios externos.
El buzo descendió en las turbias aguas del Amazonas, ante la expectativa de los responsables del equipo de buceo, del capitán y demás autoridades del barco inglés. Progresivamente el buzo fue ganando profundidad, hasta tocar el lecho del río, a unas sesenta brazas aproximadamente, pues en esa parte del río parecía existir un canal.
Como era usual, en caso de querer el buzo ascender o descender, según necesidades originadas por su movimiento en el lecho del río, éste debía dar unos tirones al cordón que le servía de sustento.

Luego de unos quince minutos de búsqueda, los operadores recibieron no una señal de ascensión normal, sino desesperados tirones del cordón que fue interpretado como un llamado de auxilio. ¿Habría sufrido un accidente el buzo? Desde luego no tenían tiempo para hacerse preguntas y maniobraron rápidamente para sacar al buzo del Amazonas.

Una vez en la plataforma del muelle, libre ya del equipo de buceo, los testigos pudieron apreciar algo inexplicable en un profesional de la experiencia del buzo capitalino: temblaba de pies a cabeza, parecía estar llorando y sus labios no podían pronunciar palabra alguna. Conducido a la enfermería del barco se le hizo un tratamiento adecuado hasta que recuperó la serenidad.

Esto es lo que contó el buzo antes de regresar a Lima, negándose terminantemente a ingresar nuevamente al Amazonas, por más dinero que le ofreciesen. Provisto de una linterna especial, el buzo fue llegando al lecho del río, colocándose debajo de la plataforma flotante. Durante unos minutos que le resultó imposible precisar trató de ubicar la pieza del barco. Desde el lugar donde cayó la pieza se movió en el sentido de la corriente, más al norte, calculando que esta pudo haber sido arrastrada muchos metros más adelante, antes de tocar el lecho del río.

Se movía con mucha dificultad y aunque la visibilidad no era muy buena, a varios metros de distancia podía observar formas que se movían (probablemente grandes peces). De pronto, vio algo que le llamó poderosamente la atención: era algo como un gran árbol o pedazo de él, asentado en el lecho del río. La forma era un tanto difusa, pero sus contornos le indicaban que podía ser un gran palo de gran diámetro. Continuó su búsqueda sin darle mayor importancia a lo que había visto.

Posteriormente, pasó de frente por la parte donde él creía que terminaba el palo, sin encontrar nada. Al volverse, para seguir buscando en la dirección contraria, se encontró con dos ojos enormes que aunque no brillaban muy intensamente podía verlos con claridad. Los ojos tenían forma ovoide y eran tan grandes como un par de platos. Aunque el buzo no percibió ningún movimiento de este monstruoso animal, sintió que era fuertemente atraído hacia esos dos ojos, lo que le llenó de espanto.
Fue cuando los operarios externos sintieron los alocados y violentos tirones del cordón.

El buzo no pudo o no quiso dar más detalles. Le bastaba con haber salido con vida de esta aventura muy parecida a una espantosa pesadilla.
Lo que casi termina engulléndose al buzo con escafandra y todo ¿será el mismo animal avistado en el siglo pasado?

¿Fue una ilusión, una alucinación o ahí estaba el Yacu Mama en espera de una presa?
Difícil de responder. Preferimos decir que en nuestra Amazonía muchas cosas todavía se cubren con el manto del misterio.

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