viernes, 27 de mayo de 2011

Confesiones de un yakuza, Jun'ichi Saga



Título original : 浅草博徒一代 - Asakusa bakuto ichidai
Año de publicación : 1991
Editora : Japan Brazil Comunication
Traducción : Rosa Buccino
Año de esta edición : 2000


Hasta el momento de lanzar este libro el doctor Jun’ichi Saga dividía un consultorio con su padre en la región noreste de Tokio. Uno de sus pacientes en particular despertó en él una inusitada curiosidad, llegando a darle una atención especial que incluyeron visitas domiciliares. Ijichi Eiji, un septuagenario y enfermo yakuza retirado, como previendo su final accedió a narrar su historia ante la atención del Dr. Saga. Pareciera que Eiji quería alguien que lo escuchara y Saga terminó interesándose y envolviéndose con este peculiar paciente. Como resultado tenemos este libro a modo de crónica, donde el doctor Saga nos presenta la historia de este hombre en tiempos de pre y post guerra en esta organización. Si esperas mucha acción, abuso de sus integrantes contra el más débil, tipo película estadounidense y cosas como esas, aquí no la encontrarás. Esta es quizá una historia más real, vivida por alguien que creció y se formó en ese clan, ganándose el respeto de los jefes y haciéndose de una posición privilegiada dentro de ella.

Eiji con quince años era un adolescente enamorado por una bella mujer, amante de un juez. Sale de casa hacia Tokio siguiéndola, pasando penurias en la capital japonesa: sobrevive al hambre, al frío, y sobre todo a una tremenda sífilis producto de sus constantes visitas a los prostíbulos locales. Trabajando en el puerto y haciéndose conocido entre los apostadores que ahí mismo dejaban lo que tenían y no tenían en arriesgadas jugadas, es en ese momento que la mafia lo invita a ser parte de ella.
Cada historia es corta pero muy descriptiva en cuanto al entorno del personaje principal. Tras pasar sus páginas podrías pensar que sus miembros son modelos de disciplina y respeto para con la sociedad. Bueno, en verdad lo son (y varios que conocí encajan en esa descripción), mientras no te metas con ellos, mientras no te la quieras dar de vivo, queriendo hacerles una mala jugada; son algo así como unos mafiosos-buena-gente. Aquí vemos cómo durante la guerra ellos ayudaban a sus compatriotas, no a todos, a los que podían. No obligaban a nadie a interesarse en las apuestas, ellos sólo las organizaban y trabajaban en torno a eso. También durante la segunda guerra le entraban al comercio de carne porcina a restaurantes A-1, donde la demanda era mucha, la oferta nula y, aunque prohibida la comercialización de carne sin registros, ellos se daban maña para hacerse de un buen dinero en el mercado negro.

Encontramos las experiencias carcelarias que Eiji pasó, el sacrificio de hacerse de la culpa y pagarla, muchas veces con torturas, y ante la no claudicación, el sorpresivo y especial recibimiento por parte de los demás miembros al final de la condena. Pero el joven Eiji también fue llamado por el ejército, siendo reclutado para embarcarse a lo que ahora es Corea del Norte, en aquel tiempo territorio japonés. Mientras en cualquier otra mafia parezca inadmisible que un miembro pase por una experiencia de guerra, aquí es hasta un honor que uno de sus integrantes sirva al imperio, liberando a Eiji para enrolarse en esa aventura, y qué aventura, pasando frio extremo en la provincia de Kilin, frontera con la Unión Soviética, hasta llegando a ser preso militar, cosa que causó admiración en sus antiguos jefes en Asakusa: nunca antes un yakuza había pasado por prisión militar, sólo las prisiones normales debido a los gajes del oficio.

Cuando se sabe haber manchado el honor y la confianza de sus superiores, en forma de arrepentimiento y a modo de disculpa, el cortarse una falange del dedo meñique es lo usual. Eiji pasó hasta dos veces por este ritual, en deferencia a distintas personas, en tiempos diferentes, aunque irónicamente por una misma causa: la misma mujer.
Hablando de mujeres, aquí vemos que era una práctica común ante un endeudamiento dejar a la esposa en parte de pago, “para que la trabajen”, entiéndase, la prostituyan, en cuanto el tipo ve la manera de saldar su deuda, cosa que generalmente no sucedía. Algo que hasta en la actualidad se mantiene es el vicio que tienen los nipones por el juego, actualmente los llamados “pachinkos” paran llenos a toda hora del día.

El libro cumple con mostrar una organización más cerca de lo real de lo que encontramos en otras obras con una óptica foránea, extranjera, pero también tiene muchas falencias.

Primero con la traducción que parece no ser exacta. Hay trechos en los que la narración es muy pobre, y no sabemos si el original tiene esa misma característica. Además, encontrar expresiones como “¡Dios mío!” ¿Dónde se ha visto un japonés expresarse así? ¿Un japonés católico quizá? Bueno, este no lo era. Tampoco existe un “¡Buda mío!” o “Oh, my Buda!” o “Oh.., watashi no Buda!” Simplemente eso no existe.
En cuanto a la trama: una de las ausencias en esta historia de Saga es que éste no desarrolla el tema sobre el tatuaje del que ya en las primeras páginas es descrito, quedando el autor deslumbrado ante el diseño. En dicha descripción son los conceptos e ideas del autor y no tenemos lo comentado por parte de Eiji, ni en qué momento y circunstancia se lo mandó hacer y si guarda un significado. Por cierto, el tatuaje mencionado no tiene nada que ver con la foto de la portada.

Lo importante y rescatable es la muy interesante historia de primera mano que este libro trae, la de un sobreviviente a todo: sífilis, terremotos, mafiosos, torturas, cárcel, guerra, frio, hambre, mujeres, en un Japón en que nadie en aquel tiempo se atrevería a imaginar verla convertida en la potencia económica que desde hace varios años es.

Esta es la obra por la cual se le acusa a Bob Dylan de plagio (uno de tantos) en un tema de un cd suyo del 2001. A todo esto Saga, lejos de querer enjuiciarlo mencionó que era un honor que Dylan haya leído su libro.



El dinero de los monos

Era setiembre de 1923 cuando dejé de trabajar en el barco. El primer día de setiembre de aquel año se produjo el Gran Terremoto.

Almorzaba en un restaurante en Monzen Nakacho con Kenkichi y su novia Iyo que trabajaba en la fábrica de cables. Fue allí que escuchamos un terrible sonido, estruendoso. Al mismo tiempo, la sala comenzó a temblar. La losa, porcelana china, todo lo que estaba en las vitrinas comenzó a caer. Una casa de dos pisos en la otra calle cayó para un lado, y de repente, se desmoronó en su totalidad.

Podíamos percibir de que no se trataba de un terremoto común. Si decidíamos quedarnos debajo del edificio podríamos quedar enterrados, por eso corrimos junto al canal. Uno de los almacenes en la región se desmoronó y casi hunde el navío de Kenkichi; fue difícil para él aceptar eso. –Miren, ¡nunca más podré utilizarlo!-, decía. Después de un tiempo, el cielo comenzó a ponerse rojo.

-Es la fábrica-, gritó Iyo, que comenzó a correr nuevamente. La fábrica de cables Amagasaki donde ella trabajaba quedó hecha añicos. El fuego se dispersó a una increíble velocidad.

El barrio de Morishita-cho era un mar de fuego. Los ancianos y los niños gritaban.

-Eso es terrible, no hay nada por hacer aún yendo hasta la fábrica-, dijo Kenkichi agarrado a Iyo. Un policía intentaba gritar aún con la voz ronca: “Entren en la fábrica de ropas del ejército.”

Ignoramos el consejo y corrimos hacia el lado opuesto. Al llegar al puente Eitai notamos que, a lo lejos, algunos kilómetros más allá, en la región de Nihonbashi, en dirección de Asakusa, rugía fuerte como una gran máquina. Cuando volteamos vimos cómo el fuego se aproximaba. Vimos un carro volar envuelto en un remolino. Pedazos de casas y techos también fueron por el cielo como hojas de árboles. Un caballo quedó tan asustado que galopó y se hundió en el rio.

Decidimos regresar en dirección de la fábrica de ropas, a ciegas, abriéndonos camino entre la multitud. Conforme iba oscureciendo el fuego aumentaba. Al llegar cerca al rio Oshima una enorme columna en llamas cayó, al igual que la fábrica de ropas. Al anochecer millares de personas gritaban quejándose.

No teníamos mucha esperanza por escapar, estaba muy sofocante permanecer ahí y nos dejamos llevar por la multitud en dirección al puente Aikawa. Sobre el puente los movimientos eran aún más difíciles. Nuestras pertenencias fueron alcanzadas por el fuego, de no hacer algo moriríamos carbonizados.

En ese momento avistamos una embarcación debajo del puente.

-¡Vamos a saltar!-, gritó Kenkichi cargando a Iyo, salté enseguida. Había muchas personas en ese lugar, alguien vino en nuestra ayuda, pero cada vez más personas intentaban saltar del puente, podría hundirse en cualquier momento.

- ¡Cuidado! ¡La embarcación puede hundirse!-, gritó alguien.

- ¿Está seguro de que nos dejará morir?-, gritó otra persona desde el agua.

De repente, un fuerte viento cargó la embarcación como si estuviese cargando un pedazo de madera, haciéndonos flotar en dirección de la Escuela de Marina Mercante que también estaba en llamas. Por un instante entramos en pánico, pero luego fuimos cargados por el agua hasta la isla Tsukuda, donde el rio Sumida corre hacia dentro de la bahía. Fue uno de los pocos locales cercanos a la antigua Tokio donde estaríamos en paz y a salvo.

Notamos que los daños al otro lado del rio fueron enormes. Centenas de cuerpos fueron arrastrados hasta la orilla del rio. Lo peor de la historia es que estábamos hambrientos y sedientos; algo tenía que ser hecho. En el peor de los casos incomodaríamos a los habitantes de la isla, ya que muchas personas se refugiaron allí por ese motivo.

Decidimos buscar alimentos separados por grupos. Había trabajado entregando coque(*) por ahí, así que conocía bien el área. Caminé por la costa en dirección al este, y, después de un tiempo llegué a una parte de la isla cubierta con césped.

Comencé a buscar algo para comer, en esas circunstancias consideraba hasta los insectos. Acabé encontrando un bando de saltamontes. Me saqué el kimono, amarré las mangas y lo utilicé como una gran bolsa: luego de dos horas estaban llenas. Regresé y junto a tres personas matamos el hambre comiendo saltamontes crudos.

Al día siguiente otro grupo salió a buscar más, y también continuábamos buscando alimento sin ningún éxito. Fue entonces que Kenkichi sugirió buscar algunos puestos de emergencia por la isla.

Iyo dijo que no podía caminar más y preferimos dejarla descansando en uno de los barcos damnificados. Atravesamos el puente totalmente destruido en dirección a Fukagawa. Todo estaba destruido. Habían cuerpos tirados por todos lados. No recuerdo por cuánto tiempo caminamos, pero nos enteramos de la existencia de algunos centros de socorro. Estábamos extremamente cansados y hambrientos, casi desfalleciendo.
Mientras recorríamos la región de Koume-cho, en Honjo, Kenkichi repentinamente gritó:

- ¡Mira, monos!-

Él tenía razón, allí habían tres monos acomodados debajo de un árbol, un grande y dos pequeños.

- Deben estar durmiendo-, dijo Kenkichi.

- Es espantoso encontrar monos aquí-, respondi.

Al acercarnos nos percatamos de que en realidad no eran monos, eran seres humanos. Una madre y probablemente sus dos hijos carbonizados. Los cuerpos estaban encogidos, por eso a lo lejos parecían monos. La madre cargaba al hijo menor en los brazos.

- No importa lo que suceda, una madre nunca deja de cuidar y amar a sus hijos-, dijo Kenkichi.

Unimos las manos y rezamos por ellos, pero pocos momentos después notamos un objeto brillante en el pecho de la madre.

- ¡Mira! ¿Qué es aquello?

Erguimos a la madre, era tan leve, y varias monedas de plata comenzaron a caer. Eran incontables, daba para llenar un balde.

- ¡Qué suerte! ¡Somos ricos!

- ¡Mira…, otras personas están llegando!

Notamos a la distancia que cargaban sacos de ropa en las espaldas. Si los policías nos encontrasen todo estaría perdido. Comenzamos a recoger el dinero con mucha prisa, cuando de repente, notamos que la mujer tenía un fajo de billetes entre los senos.

- ¡Hay una fortuna aquí! ¿Cómo resistió al fuego?-, exclamé.

- Ella debe haber hundido en el rio previamente los billetes, o algo parecido, porque sólo los de encima están quemados.

- ¡Maldición! ¡No conseguiremos sacar esos billetes de aquí! Uno de los niños se interpone entre el dinero y nosotros-, gritó Kenkichi.

Intentamos retirar los billetes jalando. El niño agarrado a la madre dificultaba las cosas. Kenkichi estaba impaciente.

- Intenta separarlos-, comentó.

- Lo intentaré, pero están muy abrazados, si fuerzo los brazos podrían quebrarse.

- ¿Y cuál es el problema? ¡Ellos están muertos!

Jalé nuevamente y, de repente, la piel chamuscada del niño cayó, y pude notar que estaba en carne viva. Tenía algo asqueroso en la palma de la mano. Parecía que el niño me miraba; sentí escalofríos.

- Mejor no insistamos, parece que el niño sabe lo que estoy haciendo. No es bueno robar a una mujer de esta manera.

- ¡No seas tonto!

- ¡Basta!-, respondí.

- ¡Después no me reclames por la falta de dinero!

Kenkichi consiguió separar parte del brazo del niño del cuerpo de la madre. Otro pedacito siguió aferrado a ella.

- ¡Lo conseguimos! Lo hicimos muy bien ¿no?-, comentó Kenkichi.

Sacándose parte de su ropa la llenó de dinero y se la amarró a la cintura.

- Con este dinero podré comprar un barco nuevo. Ahora regresemos-, dijo.

- ¿Qué quieres decir?

- Estoy bromeando. No te preocupes. Nadie se enterará.

Kenkichi comenzó a andar sin mirar para atrás, donde la madre y sus hijos quedaron abandonados.

Aunque parezca que quiero justificar la actitud de Kenkichi, no creo que todo esto sea su culpa. Tal vez, antes del terremoto, aquella familia tenía todo, viviendo en total comodidad, quizás hasta hayan tenido empleados. Ella no hubiera muerto si no fuera por el dinero. De haber sido pobres, creo, no habrían sido perturbados y hasta separados después de muertos, como sucedió. Hubieran muerto en paz.

Páginas 83 a 89.

(*) Coque = Un tipo de combustible derivado del carbón.

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