miércoles, 7 de abril de 2010

Cambio de Guardia, Julio Ramón Ribeyro.



Cambio de Guardia; Novela 1976; Editorial Milla Batres; Julio Ramón Ribeyro, Perú.

Aún no terminaba de releer este libro, y ya tenía una frase en mi cabeza: ¡es un libro muy sabroso! La primera vez que lo leí fue hace 16 años aproximadamente, mediados de los 90’s, y ya había devorado los 4 tomos con sus cuentos reunidos –en esta misma editorial- bajo el excelente título “La Palabra del Mudo”, con los cuales me torné en un anónimo hincha de Ribeyro. No recuerdo bien cómo llegué a él: quizá en las conversas con los libreros del Jr Quilca, en el centro de Lima, o con las conversas con mi primo-hermano-amigo Erick, quien siempre estaba con un buen libro en la mano, y varios más esperando su turno. Recuerdo que la imagen de Ribeyro era asociada a un buen vino en la mesa y al cigarro en la mano, y recuerdo también que por aquel entonces mi interés por aquella bebida era casi nulo, lo que no impidió a Erick y a mi trasegar una botella, en nombre del maestro, aquel diciembre de 1994, cuando Ribeyro murió, mes en que también se hizo del prestigioso Premio Juan Rulfo.
Ahora, luego de haber leído ya algunas obras, de variados escritores, no mermó en lo absoluto el sabor encontrado en su exquisita prosa, en su elegante y detallada descripción por los personajes del día a día de Lima, y aquella satisfacción que deja en el alma; por el contrario, ahora lo valoro más, ya que son pocos los que con sus obras derrochen tal maestría.
“Cambio de Guardia” fue escrita entre abril de 1964 y setiembre de 1966 en Paris, Francia, pero fue recién editada 10 años después, en agosto de 1976, como bien nos advierte el autor al inicio de la obra:

“En nuestra época los acontecimientos se suceden con tanta celeridad que la actualidad se convierte rápidamente en historia. Es por ello inútil pensar que esta novela, escrita hace diez años, refleje la actualidad real del país. Es inútil además porque fue inspirada en hechos mucho más antiguos, y porque, en última instancia, una buena parte de lo que narro fue inventado y no tuvo otra finalidad que formalizar, gracias a situaciones relativamente claras, unas cuantas intuiciones oscuras. Si la publico ahora es porque las sociedades tienden a veces a efectuar movimientos pendulares o circulares y en estas condiciones lo pasado puede ser lo futuro, lo presente lo olvidado y lo posible lo real.”
Paris, 1976
J.R.R.

La novela consta de 13 capítulos, que a su vez están integrados por pequeños subcapítulos de media o una página cada uno, donde se intercalan diversos personajes de diferentes clases sociales en la Lima de mediados de los 50´s, que con el transcurrir de la novela van cruzando sus caminos de diversas maneras. Desde obreros relegados de una fábrica de pinturas que se alzan en huelga reclamando sus derechos; huérfanas en un orfanato asediadas por el depravado cura a cargo; un grupo de niños de un barrio noble de la capital que tienen por amigo a un policía con oscuras intenciones; hasta altos mandos de ejército peruano conspirando un golpe de estado contra el gobierno elegido.
Cada subcapítulo está escrito de manera tal que llega a detallar en lo mínimo a los personajes, graficándolos muy bien, y concluyendo estos, dejando un aura de suspenso en algunos o con un sutil humor negro en otros.

Las chicas esperan haciendo cola ante la capillita. Cuando la que ha terminado de confesarse sale, la próxima entra. Dorita se arrodilla ante el confesionario. A través de la tela metálica siente el aliento de don Sebastián. “¿Qué me tienes que decir hijita?. Dorita recuerda lo que le dijo su compañera de cuarto: que ellas no ven al cura, pero que el cura las distingue claramente a través de la rejilla. A pesar de ello dice que ha estado con cólera, que ha regañado contra la empleada que vigila la costura. “Eso no es grave, dice don Sebastián, todos tenemos momentos de mal humor”. Dorita añade que le ha dado envidia la pluma fuente de Raquel, que una vez en clase estuvo a punto de robársela. “Pero no pasó de una intención. ¿Qué más hijita?”. Dorita reflexiona. No sabe si decirle que con la asistenta social envió una carta a la señora Agostini quejándose de la comida. “¿Quieres que te ayude?” pregunta el sacerdote. Dorita dice que sí. “¿Has tenido malos pensamientos?, ¿Has dicho mentiras?. Ahora vacila; lo de la carta, ¿será una mentira?. “Has faltado a tus deberes religiosos? ¿has tomado el nombre de Dios en vano?”. Como Dorita no responde don Sebastián prosigue: “Has cometido actos indecentes?”. Siente, presiente el rostro de don Sebastián pegado a la rejilla. “Actos indecentes, solita, en el momento de acostarte o en el baño”. Nuevamente le llega el aliento de don Sebastián, olor a tabaco, a comida. “Cuéntame hijita, eso no se debe hacer, uno se puede volver loco, hay revistas que dicen que hasta se puede volver paralítico”. Sin poderse contener, Dorita empieza a sollozar. De buena gana se levantaría, pero teme quedarse sin absolución. Don Sebastián sigue hablando: “Yo sé muy bien hijita, a la edad de ustedes siempre ocurre eso, ¿cuántas veces? ¿todos los días?”. “¡Nunca!”, responde al fin Dorita. Don Sebastián queda un momento callado. “Estás mintiendo, una alumna me ha dicho que te ha visto, dice que cuando vas a la ducha en las mañanas….”. “¡No es verdad!”, exclama Dorita poniéndose de pie. Desde allí ve el pequeño altar con su llama eterna, su custodia que reluce y su Cristo retorcido. Don Sebastián asoma la cabeza por la puerta del confesionario: “¡Ponte de rodillas!”, pero Dorita se aleja rápidamente y abandona la capilla.
Cap III, Subcap. 39.

Las conversaciones entre los personajes fluyen de manera natural y me transporta como si estuviese en aquella escena.




Después de atravesar los muladares, entre perros y gallinazos, Felipe se detiene y señala una grieta disimulada entre montículos de desmontes. “Allí está el desfiladero”. Pipo avanza unos pasos y queda observando la abertura, que parece un tajo en el hormigón. “Nunca lo había visto, y he pasado miles de veces por aquí. ¿Da a la playa?”. Felipe se adelanta: “Claro, sígueme”. Es un verdadero callejón de apenas un metro de ancho, una fisura más bien en el acantilado, que serpentea y acentúa su declive a medida que avanza hacia el mar. Felipe va a la cabecera, con cuidado, pues cualquier movimiento brusco puede hacer desprenderse piedras. A la mitad se detiene: “¿Y que tal? Firme ¿no?”. “Aquí nunca me van a encontrar mis amigos, dice Pipo, el próximo sábado que venga con ellos me esconderé aquí y verás como no me chapan”. Felipe da unos pasos más y se vuelve a detener para sacar un cigarrillo. “¿Quieres seguir bajando?. Pipo dice que sí. “Mejor descansamos un rato, añade Felipe, este calor me corta la respiración”. Poniéndose de cuclillas empieza a fumar. Pipo observa los paredones pedrosos: “¿Y por qué se llama el desfiladero de la muerte?. Felipe no responde. De una pitada consume la mitad de su cigarrillo. “Qué raro eres de civil, añade Pipo, cuando nos encontramos en la bajada no sabía quien eras”. Felipe sigue callado. Pipo lo mira: “Es verdad, tienes otra cara”. Felipe apaga su cigarrillo contra el suelo: “¿Por qué no te sientas un rato? Fíjate acá”. “No, dice Pipo, quiero llegar hasta el mar”. “Ponte entonces tu ropa de baño, si tanto quieres el mar. Así apenas llegues, te bañas”. “No, dice Pipo, me la pongo en la playa. ¿Por qué me miras así?. Felipe se ha puesto de pie: “¿Jugamos a los ladrones y celadores? A ver, pasa, pasa hacia la playa”. Abriendo sus brazos le cierra el camino. “Claro que paso”, exclama Pipo tratando de escabullirse por un lado. Felipe lo atrapa de la camisa: “No pasas”. Al sentirse capturado Pipo se echa a reír. “Déjame, comenzamos otra vez”. Felipe está serio, mirándolo, pero como pensando en otra cosa. Sus ojos le dan miedo. “¡Otra vez! ¡Suéltame y empezamos otra vez!”, suplica Pipo. Pero la mano de Felipe no lo suelta: “No, ya no hay otra vez”.
Cap IV, Subcap. 76.

El momento en que se desarrola la historia deja entrever que es previo al golpe de estado del General Manuel Odría (General Chaparro en la historia) al presidente Bustamante Y Rivero. Pero como bien menciona el poeta Washington Delgado: “el tirano es sólo un personaje de segundo plano, bastante opaco y desvalido”.
Julio Ramón Ribeyro es conocido como uno de los mejores cuentistas en habla hispana, sin embargo, esta novela (entre otras) hace que ese dicho no sea del todo real, ya que lo limita a esa área, teniendo él una obra que va desde la novela, pasando por el teatro y ensayos: él es un escritor muy completo.
Totalmente imprescindible.

2 comentarios:

carlos francisco luna luna dijo...

que buen texto , sin duda que Ribeyro es una de mis favoritos en cuant a relatos se trata...

manigna dijo...

Ribeyro es un clásico, aunque me parece que la mayoría de gente lo empezó a leer tras su muerte.

Ojalá que no pase lo mismo con Edgardo Rivera Martínez, quien merece conocer reconocimiento por los grandes cuentos que escribió, entre otras obras.

Saludos.