martes, 29 de marzo de 2011

Cadeiras proibidas, Ignácio de Loyola Brandão




Título en español : Sillas prohibidas
Año de publicación : 1976
Editora : Codecri
Año de esta publicación : Segunda edición, 1979
Dibujos : Trimano


Con este libro el autor nos invita a un país, su país, donde el absurdo es lo cotidiano, al punto de que las diversas acciones y reacciones no sorprenden más, o no deberían. El mutismo y el conformismo reinan; el que los militares invadan tu casa y rebusquen cuanto quieran, y muchas veces llevándote con ellos sin necesitar mandato alguno es tan sólo parte de la rutina. La literatura brasileña entre mediados de los años 60’s y mediados de los 80’s fue uno de los medios utilizados para la crítica a esas autoridades que censuraban todo lo que salía de lo que ellos consideraban normal. Quizá también para intentar despertar a la gente, haciéndolos ver tan ensimismados, tan idos, en relatos como los que aquí se encuentran. Entre 1964 y 1985 Brasil sufrió constantes dictaduras militares, una tras otra, y lo que aquí Ignácio de Loyola Brandão nos muestra son a esas personas acostumbradas a ser vigiladas, a no reclamar, no contradecir, no informarse, porque es peligroso y desnecesario. La primera edición de esta obra contaba con 24 relatos, esta segunda edición trae 32 cuentos divididos en ocho secciones.

En “O homem do furo na mão” (“El hombre del hueco en la mano”) encontraremos a un hombre que de un día para otro aparecerá estigmatizado con aquella característica, motivo por el cual será relegado de a pocos, del trabajo, del barrio, de la sociedad, convirtiéndose en un paria.

En “O homem cuja orelha cresceu” (“El hombre cuya oreja creció”) estamos ante un tipo que verá como su oreja crece de manera descomunal, llegando a abarcar todos los ambientes de su casa, y en donde el gobierno, como siempre, “encontrará una solución”: irla mutilando y, de paso, alimentando al pueblo hasta el hartazgo (ya me provocó una chanfainita, ¿será parecido?). El problema vendrá cuando la gula sea saciada y la oreja siga creciendo.

Los personajes de “Os homems que esperaram o foco azulado” (“Los hombres que esperaron el haz de luz”) coincidirán todos en una sala de un cine, cuya proyección se irá postergando con el transcurrir de las horas. Ellos realizarán algo diferente: reclamarán, aunque de nada sirva, tampoco podrán abandonar la sala –eso significaría reconocer un error en aquella noche, cuando no hay errores en una sociedad bajo una dictadura-, se verán encerrados ahí y obligados a asistir una película que nadie sabe cuándo comenzará.

Estaremos también ante la estúpida parsimonia de un padre de familia en “O homem que viu o lagarto comer seu filho” (“El hombre que vio un lagarto comer a su hijo”). Cuando se está acostumbrado en una sociedad a todo tipo de atropellos y no hacer reclamo alguno, ni el ver, crudamente, cómo un lagarto va devorando al mayor de sus hijos en su propia casa, despertará en él padre de familia algún tipo de reacción; por el contrario, observará con detenimiento el hecho.

Os homens que contavam” (“Los hombres que contaban”) ironiza con lo extravagantes que debieron ser ciertas leyes. Aquí, cada persona tiene la obligación de contar cuantas manos, o dedos, o bocas, o cabellos (este último está jodido) tiene, y presentarse ante los peritos, quienes corroborarán mediante pruebas científicas si el ciudadano está con la cuenta correcta.

En “O homem que perdeu as letras do livro” (“El hombre que perdió las letras del libro”) un tipo verá atónito como las letras van cayendo sobre sus sábanas ipso facto al cambiar de página, una tras otra, terminando con un cerrito negro sobre su cama, no pudiendo obtener la información que buscaba en el libro. Su esposa encontrará una práctica solución.

La mayoría de estos relatos son cortos (2 ó 3 páginas) y directos, salvo el último, “O homem que procurava a máquina” (“El hombre que buscaba la máquina”) que alcanza las 19 páginas. Aquí un tipo decide averiguar el funcionamiento de la gran máquina por la cual gira la vida de toda una ciudad y sus habitantes, de generación en generación. Mientras nadie se hace preguntas de cómo funciona y qué produce –incluyendo los miembros de su familia- él investigará durante años, llegando a ser visto como una amenaza para el orden y el progreso de la ciudad.

Los más cortos de todos (media página) son “O homem que entrou no cano” (“El hombre que entró en el tubo”), y “O homem que se endereçou” (“El hombre que se enderezó”), ambos publicados inicialmente en Pasquim (semanario brasilero opositor a la dictadura) cuando la redacción entera estaba presa. Ambos de corte fantástico, aunque en aquellas duras épocas, como en todos estos relatos, la ficción se mezcla de tal manera con la realidad que no sabríamos diferenciarlas.

El autor comenta:

Cadeiras proibidas” es un libro abierto. Mientras en Brasil perdure una situación donde la realidad sea más absurda que el propio absurdo esta obra continuará creciendo, con historias con la misma temática. Espero algún día poder concluirla.

Felizmente esos tiempos de dictadura por aquí ya pasaron. Ojalá y no se repita. Por lo menos algo bueno quedó de aquella época: muchas obras como esta, que todavía se pueden encontrar, como para que la amnesia no se instale, y para los que no vivimos esos tiempos sepamos valorar el coraje que muchos autores, como Loyola Brandão en este caso, tuvieron en insistir en la crítica hacia el autoritarismo mediante sus obras.



El hombre que se telefoneó a sí mismo
Para Regina Boni

Discó su propio número. Una, dos veces. “¿Será que no estoy?” Ansioso. Dos llamadas erradas. Nervioso. Allí, en la oficina era difícil conseguir línea. Más difícil aún mantenerla. Se equivocaba, colgaba el auricular en el gancho, descolgaba. Había una llamada para otra persona. Él respondía que no era de allí, del banco, era de la tienda de electrodomésticos, la persona colgaba, él se hacía de la línea y discaba su propio número. Ocupado. Cuatro, cinco veces ocupado. “¿Qué estaré haciendo?” “Yo sabía que no estaba haciendo nada, apenas intentando telefonear a mí mismo. Lo conseguí.”

- Aló, ¿quién habla?
- Tú mismo.
- ¿Yo estoy?
- No.
- ¿Salí?
- No.
- ¿Entonces?
- Moriste.

Debía ser una broma de mal gusto. No era él mismo atendiendo su propia llamada. Había alguien en su lugar, jodiendo. Él jamás haría una broma de ese tipo con otros, imagine si consigo mismo. Colgó. Quedó esperando. Debo haber llamado a un número errado y el tipo está vacilándome. Mientras esperaba, miró por la ventana, hombres hacían huecos enormes, enterraban todo lo que pasaba: buses, camiones, bicicletas, motos. Debía ser un comando anti-represión. No sabía de la existencia de ninguno, pero en una ciudad como esta, a diario surgen cosas nuevas, cosas viejas desaparecen, así sean edificios, autos o personas. Estaba interesándose en la lucha de un camión de cemento y unos trabajadores municipales cuando el teléfono sonó de nuevo.

- ¿Tú llamaste para acá?
- Llamé. Me dijeron que yo no estaba.
- Es verdad, tú no estás.
- ¿Y cómo estoy atendiendo?
- Soy yo quien está con curiosidad por saber cómo estás llamando.
- Es fácil, basta con discar mi propio número.
- No, no es así de fácil. Ya intenté y mucho en llamarte, y nunca lo conseguí.
- Bueno, ahora conseguiste.
- No sé cómo. Disculpa, hay un ruido infernal aquí debajo de mi edificio, no puedo escuchar claramente lo que me dices.
- ¿Qué está sucediendo ahí?
- Están enterrando los edificios, las casas, todo. Un comando anti-habitacional, creo.
- ¿Por qué? ¿No tenemos más el derecho de vivir ahí?
- Creo que no. Pero no puedo garantizarte nada, estoy muy confundido.
- En esta ciudad todos estamos confundidos. Hace poco me escuché a mí mismo decir que morí.
- Fui yo quien te lo dijo.
- ¿Tú?
- Sí, ¿pero tú sabes que yo soy tú?
- Sí, fui yo quien te llamé. Necesitaba hablar conmigo mismo.
- ¿Has pensado mucho sobre ti mismo, sobre mí?
- No morí, ¿no es cierto?
- Te voy a contar una cosa.
- Dime.
- Pero no se lo digas a nadie.
- ¿Y si lo digo? ¿Qué sucedería? Dime.
- ¿No te vas a asustar? ¿Prometes estar tranquilo?
- Prometido.
- Mira, no fuiste tú quien murió.
- ¿Quién fue entonces?
- Fui yo.






Los Hombres que descubren sillas prohibidas


Los hombres no golpearon la puerta, porque hace mucho en aquella ciudad, o país, la policía no necesitaba golpear la puerta para entrar. No traían mandatos judiciales, porque hace mucho los mandatos habían perdido su razón de ser. No había estado de derecho, había estado, más no derechos,
Los hombres entraron, atravesando la sala donde la familia cenaba, hasta entonces tranquilamente.

- Inspección de rutina, comunicó el jefe de los hombres que habían entrado.
- Siéntanse cómodos, dijo el dueño de la casa, regresando a terminar la sopa, indiferente a la súbita invasión. Y es que la indiferencia reflejaba apenas la impotencia.

Los hombres rebuscaron la sala, los dormitorios, el baño, el cuarto de los niños, la cocina, el área de servicio y el dormitorio de la empleada. ¿Dormitorio? Aquellos cubículos, como una mazmorra que hacen las inmobiliarias.
Regresaron de la cocina con una silla blanca de formica.

- Vamos a llevarnos esta silla. Y mañana usted se presenta para prestar su testimonio.
- No sé cómo apareció ahí. La habíamos vendido.
- No queremos saber. La silla estaba en la cocina.

Quizá ellos mismos la habían traído y colocado ahí, pensó el hombre. Pensó, con miedo de que el otro notase lo que él estaba pensando. Los pensamientos estaban prohibidos hace mucho, principalmente pensamiento que dejaran en duda, o en jaque, las acciones de los hombres.

- ¿En qué distrito?
- Noventa y ocho.
- Está bien. Deme la notificación.
- ¿Cuál notificación?
- La que confirma que ustedes estuvieron aquí.
- No estuvimos aquí.
- ¿No estuvieron? Todavía están.
- No estamos. Usted nunca nos vio.
- Entonces, ¿con qué motivo me voy a presentar mañana en el distrito?
- Usted se presentará como voluntario, llevando la silla.
- ¿Y si no me presento?
- Regresaremos aquí.
- ¿Y?
- Mire, vendremos pero no estaremos aquí. No sé si usted comprende.
- Comprendo muy bien. Es de la siguiente manera: yo estoy libre, pero realmente no lo estoy, ¿no?
- Perfecto. Si todos fuesen como usted nuestra actividad sería mucho más fácil. No hemos encontrado comprensión. ¿Sabe lo que me dijo un hombre de aquí, del piso de abajo? Esto no tiene lógica, ustedes no pueden no estar, estando. Le respondí: pues estoy, y no estoy.
- Vamos a ver si entiendo mejor. Usted hizo, pero no hizo.
- Exactamente.
- ¿Y si yo aplicase el mismo criterio a esta silla? Ella existe, pero no existe. No existiendo, no estaría incurriendo en ninguna falta grave. Existe, pero no existe una prohibición para usar sillas, ¿no es verdad?
- Usted lo que quiere es confundirme, pero no lo conseguirá. Por eso me escogieron. Soy un hombre de estudios, fui escogido a dedo, yo era uno de los mejores en logística de mi facultad. Este no es un trabajo fácil.
- ¿Cómo funciona?
- Existe la prohibición de usar sillas. Las sillas son las que no pueden existir. El “sí” es para nosotros, el “no” es para ustedes. Nosotros somos el positivo, el pueblo el negativo.
- ¿Quiere decir que no puedo alegar que ustedes no estuvieron aquí?
- No, porque entre nosotros sabemos que estuvimos. Eso es lo que cuenta.
- Estoy muy confundido.
- Es para estarlo. No queremos nada claro.
- ¿Cómo pueden actuar así?
- No actuamos.
- Acaban de hacerlo.
- ¿Cómo pudimos hacerlo, sino estuvimos aquí?
- ¿Entonces estoy enfrente de qué?
- De un hombre que no existe.
- Usted está loco.
- Y usted es un rebelde. ¿Sabía que no tiene derecho a hacer más de dos preguntas?
- No hice ninguna.
- Hizo varias.
- Hice, pero no hice. Hice, y no obtuve respuesta. Una pregunta sin respuesta no es pregunta, es una simple frase, hasta sin sentido.
- Alto. Mañana en el distrito noventa y ocho.
- ¿Y si no existe el distrito noventa y ocho?

domingo, 27 de marzo de 2011

Tokio, día 3



En este día andábamos medios groguis por las pocas horas de sueño, así que decidimos hacer algo más tranquilo, ir al Chiba Zoological Park. Yo, con la esperanza de ver un oso panda; esos especímenes están en el zoológico de Ueno, así que no fue esta vez.



























































viernes, 25 de marzo de 2011

Tokio, día 2

Sobre las fotografías del primer post.

Por la mitad del año cerca de 25 personas estábamos animadas para ir a pasar navidad y fin de año en Tokio. En Japón, la primera fecha pasa desapercibida para los locales, sólo celebran el año nuevo. Con el transcurrir de los meses iba disminuyendo esa cantidad. Preguntas como: ¿dónde dormiremos? ¿Cuánto está un hotel en esa temporada? ¿Y las cápsulas? ¿Y por qué no ir de carro, o alquilar una van?, etc. Al final, llegado el yasumi (feriado largo) de diciembre, éramos dos los que sin tener ningún conocido en la capital, decididos a dormir en el parque y asearnos en los baños de las estaciones de tren enrumbamos de mochileros a Tokio: Charles y yo. Vivíamos en Suzuka, a cinco minutos del autódromo de Fórmula 1.

Desde ahí a Nagoya da 1 hora y poco, trayecto conocido, de casi todos los fines de semana. De Nagoya a Tokio en bus es más barato pero pierdes tiempo (unas 10 horas aprox.), optamos por el Shinkansen (tren bala) que te lleva en poco menos de dos horas. Los tickets costaron 12,500 yenes ($125), cada uno, sólo de ida. El confort ahí dentro es espectacular, es muy silencioso, desde dentro no parece que estás yendo a más de 300km por hora. Los modelos modernos del shinkansen pueden alcanzar velocidades mayores, pero no es recomendado por que en Japón puede ocurrir en cualquier momento un movimiento sísmico de alta intensidad. Si la hora inglesa se caracteriza por la puntualidad, los japoneses no son menos: todas sus diversas líneas ferroviarias son estrictamente puntuales, lo que ayuda mucho al momento de programarse. Diciembre e inicio de enero Japón está en pleno invierno, un clima gélido y crudo. Llegamos de noche a Tokyo y ya salimos a recorrer sus calles y avenidas, bebiendo sake y cerveza con unos amables bomberos que nos invitaron a pasar un rato con ellos. Dejamos las mochilas en un locker y fuimos a Roppongi, lugar conocido por las fiestas a cualquier hora. Lo que busques en Roppongi lo encuentras. A las 06:00am dejamos las discotecas y buscamos un Mc Donald’s, lugar que detesto pero no había otra, a pedirse un café, sentarnos y dormir ahí mientras cargábamos las baterías de celulares y cámaras. En Japón es muy común tener hasta dos tomacorrientes cerca de las mesas, pues muchas, sino todas las personas suelen estar con laptops, i-pod’s, celulares, y aprovechan mientras comen para cargar sus diferentes baterías. Lo bueno es que uno puede dormir tranquilamente con todos esos aparatos ahí y nadie te roba, hacer eso en Perú o aquí en Brasil es impensable.


Segundo día.

08:30, cansados pero con la felicidad de haber pasado la primera noche en Tokio fuimos para Ameya-Yokocho, o Ameyoko, como es conocido: el enorme mercado en Ueno, donde los establecimientos comerciales no parecen tener fin. De gran movimiento, ahí se encuentra desde ropa, hasta mariscos y pescados frescos. Lo caótico nunca fue tan lindo. Como no teníamos guía alguno, continuábamos por donde el camino nos llevase. En el barrio Taitō-ku 台東区-ku (cuando la “o” lleva ésa rayita la pronunciación se alarga: Taitoo, en este caso) encontramos la famosa estatua a Saigo Takamori 西郷 隆盛, último samurái, líder de la Rebelión Satsuma contra el gobierno Meiji. La estatua está ahí desde 1898.

Ahí cerca está el Ueno Onsji Park, abarrotado de aquellos árboles tradicionales de Japón: el de la flor de cerezo, que sólo florece una semana en abril. Estábamos en diciembre y todo era ramas secas. Aprendí a observar la belleza de un templo a través de las ramas secas, es hermoso. En este parque está el templo Kiyomizu Kannon-do, hermoso y sencillo recinto que conserva la estatua de Kannon, divinidad budista, si deseas tener hijos es a ella a quien tienes que pedir. Fue aquí que Buda nos puso en nuestro camino un monstruo, muy amable él, culpable de que no durmiéramos en los parques capitalinos. Bomfim, natural de São Paulo, fotógrafo profesional, acostumbra salir a disparar por la ciudad en que se encuentre. Nos aconsejó cómo usar la cámara (la compré previo a éste viaje, y sabía poco o nada sobre sus beneficios), y sobre varios encuadres y técnicas. Era muy didáctica su conversa. Él nos invitó a su apato para poder bañarnos y también nos sirvió de guía. No contento con todo eso, se las ingenió para que podamos dormir en la sala de la iglesia evangélica a la que solía acudir. Temí que tendríamos escuchar misa o culto, pero no, no nos condicionaron a aquello. Luego fuimos a apreciar el Puente del Arco Iris o Rainbow Bridge (レインボーブリッジ, Reinbō burijji), cuya construcción duró desde 1987 hasta 1993. Este puente suspendido cuenta con 798 metros de longitud, y conecta con Odaiba, isla artificial en Tokio, último lugar visitado en este día, antes de regresar a Roppongi. Por este puente transita un sistema de tren diferente: la línea Yurikamome, un tren no tripulado y con ruedas de caucho. Desde ahí se puede apreciar la Fuji Television, y la rueda gigante del Palette Town, con más de 100 metros de altura. Mientras todos apuntaban en Aquacity Odaiba al enorme shopping que ahí hay, nosotros continuábamos buscando diversas vistas al hermoso puente que de noche hace honor al nombre que lleva. Como el mundo es un pañuelo, en plena calle nos encontramos con amigos brasileños de Mie-Ken, del estado donde vivíamos. Ellos habían llegado en un tour así que no pudimos estar mucho tiempo juntos. El segundo día acababa, nuevamente iniciando el tercero.