martes, 25 de enero de 2011

Cuentos - antología de escritores brasileños contemporáneos



Editora : Companhia Das Letras, 2003.

Colección : Boa Companhia - Contos



En el primer volumen con el que inicia esta colección encontramos doce relatos de igual número de escritores “brazucas”, la mayoría reconocidos en su país natal, finalistas en diversos concursos, algunos ganadores de diversos premios, con varios libros a cuestas, e inclusive traducidos y publicados en otras lenguas y países, todos –hasta el momento- totalmente desconocidos para quien escribe.

Esta antología la abre “A vida de um homem normal” (“La vida de un hombre normal”) de Bernardo Carvalho (Rio de Janeiro, 1960), siendo este el relato más corto. Cuento narrado en tercera persona, donde a Carvalho le bastan poco menos de dos páginas para crear una intriga en la vida de su personaje. Un tipo que regresaba del trabajo a su hogar en el metro, envuelto en la puta rutina de siempre, ensimismado en la música que su walkman emitía, cuando de pronto, una interrupción, una voz suplantó la música, la voz que de ahí en adelante escucharía todos los días de su vida, ordenándole diversos mandatos, entre los cuales, el no poder mencionar a nadie al respecto.

Lo agradable en este cuento es el repentino giro en la vida de este señor, en el secreto que oculta, hasta a sus seres más queridos, y que se llevará a la tumba; deja a nuestra imaginación aquellos mensajes que él recibía, sin perder el gusto por esa intriga; este cuento dice más con lo que calla. El cuento hubiese quedado redondo si no repitiese catorce veces (en menos de dos páginas) la palabra “poderia” (“podría”), que lo torna redundante.

El relato de Luiz Schwarcz (São Paulo, 1956) “Doutor” (“Doctor”) es un recuerdo, donde el personaje se remonta a su niñez, en la cual su madre estaba convencida de que él llegaría a ejercer la medicina, aunque sean de familia humilde y probablemente no tengan cómo costear aquella profesión. Él, ahora, es llamado de “doctor”, por sus colegas, pero como chapa, como apodo: él realiza trabajos de albañilería y gasfitería, aunque en cierta forma trabaje como un doctor lo hace: mientras un galeno ausculta a sus pacientes, él hace lo mismo, escuchando través de las paredes las tuberías, conformándose con su destino.

A mi parecer el relato hubiera quedado mejor si no comenzara con: “Mi madre quería que fuese médico: pobre.” Y también si no estuviese el personaje del padre riéndose del anhelo de su esposa al inicio de la historia: “Mi hijo médico –él decía, a carcajadas- . Si llega a albañil o gasfitero estará bien.” Así no hay intriga en la historia, y desde el primer renglón sabemos que no llegó a ser lo que su madre soñaba. No hay sorpresa al llegar al final, y solamente la analogía médico/albañil-gasfitero hecha por el narrador no basta.

Maria Telles Ribeiro (Rio de Janeiro) aporta con “Cerimônia do chá” (“Ceremonia del té”), estructurada como una conversa de diálogos cortos entre la patrona y su empleada, con algo de humor en las respuestas de la segunda ante las órdenes y comentarios de la primera. Aquí se percibe la diferencia de nivel socio-cultural entre ellas, pero sin ese menosprecio de la patrona hacia la empleada, por el contrario, son como cómplices. Entretenida, pero olvidable.

Ana Miranda (Ceará, 1951) aparece con “O meu quarto” (“Mi habitación”), cuento que se desarrolla al interior de ese espacio físico, pero que no limita al personaje a trasladarse a otros espacios a través de los objetos que junto con ella dividen el cuarto. Podemos conocer cómo es esta adolescente por medio de los objetos que describe tener ahí. Pareciera que ella se está conociendo también. Cuento estructurado con comas, sin punto alguno, que hace que la trama vaya muy rápido, como un vendaval. Ejercicio interesante -encontrado también en el cuento “El último viaje del buque fantasma” de García Márquez- aunque en este caso parezca algo forzado.

Meio-día” (“Medio día”) de Luiz Alfredo Garcia-Roza (Rio de Janeiro, 1936), es un relato violento. Un hombre está mirando la calle desde un segundo piso, viendo a un niño indiferente con su alrededor, inclusive cuando llegan tres muchachos más a sentarse a su lado. El mayor de los tres de repente se para y comienza a golpear con fuerza el rostro del niño, quebrándole nariz, labios, sangrando a borbotones pero inmutable como antes de que ellos llegaran. El viejo sólo se resigna a contemplar, quiere avisar pero sus esfuerzos se quedan en intenciones. Parece más preocupado en saber qué hablaban allá abajo.

Sorprende la parsimonia tanto del que observa como del niño que es agredido, ante la repentina y cruda violencia por nada: tan sólo intenta ser un reflejo la realidad. Es un gran esfuerzo.

Olho por olho” (“Ojo por ojo”) de Pedro Cavalcanti (São Paulo, 1941) es una muestra de que un texto con un final feliz puede malograr el resultado final.

Ezequiel, un joven perteneciente a una familia allegada a estas nuevas religiones emergentes que abundan en Brasil (y que por cierto importan a Perú y Japón, entre otros países, me imagino), entrando a la adolescencia, tímido y bizco, enojado por llevar ese nombre, y con la frase del título en la cabeza, se encuentra un buen día con el grupito de Cero Manivela -el cero adoptado por sacar esa nota en sus cursos, y el manivela por tener el brazo en esa forma por un problema en el codo-, llevando una zurra de aquellas. Al retornar a casa quedará perplejo ante los milagros que hacen los pastores a diario y “ao vivo” por cadena nacional, aunque a él no le resuelvan su estrabismo. Ezequiel tendrá su día de furia y saldrá a vengarse de Cero Manivela, terminando ambos atropellados por un carro y vecinos de cama en el hospital. Al despertar verá cómo los milagros a veces se dan: los médicos aprovecharon y le operaron el brazo a Zero, y el estrabismo a Ezequiel.

El relato cuenta con un fino humor: hay una breve parodia de estos pastores televisivos que hacen caminar tetrapléjicos, ver a ciegos, y un largo etc, que irrumpen en la tv brasileña a toda hora. También la enemistad inicial que hay entre ambos jóvenes se transforma en una amistad mientras están postrados en la cama de un hospital, al ver sus problemas físicos resueltos. Ese final con edulcorante jodió el cuento.

Rosa regada” de Amilcar Bettega Barbosa (Rio Grande do Sul, 1964), intenta impregnar poesía a su prosa, quedándose en el intento. Es el texto más difícil de digerir; a pesar de ser corto se hace pesado; ese esfuerzo por parecer lírico lo torna forzado y aburrido. Para el olvido.

Los mejores fueron: “O cavalo imaginário” (“El caballo imaginario”) de Moacyr Scliar (Porto Alegre, 1937), donde en una escuela ricachona, el joven e inocente Francisco no encajaba con el resto de sus compañeros de clases: todos hijos de prósperos hacendados, mientras Francisco llegó a esa escuela por una beca integral por sus excelentes notas, pero provenía de una familia pobre. Mientras Francisco hacía de todo para caerles bien, todos tan sólo lo sobrellevaban. Mientras todos montaban sus puras sangres en el club hípico los domingos, Francisco iba a hacerles barra, e imitándolos, haciendo como que montaba un caballo inexistente. A todos les hacía gracia aquello, menos a Rodrigo –hijo del prefecto de la ciudad-, el más revoltoso del grupo, quien decide poner un final y apartar de una vez a aquel intruso, de una singular manera: le hará una apuesta, una carrera. Quien ganase se haría del caballo del perdedor. Por más que Francisco se esforzó, corriendo y montando el aire, obviamente perdió ante Rodrigo montado en su corcel; éste cogerá las cuerdas imaginarias del “caballo” que ganó y lo dejará libre en el campo, impidiendo en adelante la presencia de Francisco en el club, creándole también un profundo trauma que, probablemente, lo acompañará hasta su adultez.

Este cuento está narrado en primera persona, por uno de los estudiantes, compañero de Rodrigo. Siendo también un relato corto, la excelente prosa de Scliar fluye, de una manera que lo hace más corto todavía. Las diferencias entre los niveles sociales está de manifiesto aquí, donde el pobre y humilde, es rechazado por el resto de gente adinerada.

El cuento de Livia Garcia-Roza (Rio de Janeiro), “Wallace”, hace sentir que el libro vaya de menos a más. Una niña regresa a casa quejándose de que el personaje del título la golpeó. Esto se haría una constante, siendo las agresiones, verbales y físicas, cada vez más violentas. Los padres irritados con la situación irán ante la directora a pedir explicaciones, sorprendiéndose, al averiguar por el agresor.
Narrado en primera persona, desde el prisma de una niña, agradó y mucho, como el cuento anterior. La diferencia aquí está en el final de corte fantástico.

En “O embrulho da carne” (“La envoltura de la carne”) de Sérgio Sant’Anna (Rio de Janeiro, 1941), Teresa llega al consultorio de su psiquiatra Elías, muy atolondrada y nerviosa por haber prendido fuego en su casa al querer desaparecer una imagen en el papel periódico con el que vino envuelta la carne que compró. Aquí el cuento está también articulado a modo de conversación, aunque el personaje relata al profesional lo sucedido en los días anteriores. Teresa es una descontrolada mujer que busca ayuda por no poder asimilar todavía la separación con su ex esposo Rodrigo, aunque siente cierta atracción por el carnicero Iván, no sabe cómo actuar, y llega ante Elias a buscar más que un consejo, alguien que la escuche y así pueda llegar a ordenar sus ideas y su vida.

El diálogo de Teresa está muy bien logrado: como lector llego a imaginar a aquella mujer llena de problemas existenciales, embutida de remedios antidepresivos. Ella está convencida de ser una víctima y se ve reflejada en las atroces noticias que llegan a ella.

Bijoux” de Reinaldo Moraes es el cuento más extenso del grupo, y el único que se desarrolla en el extranjero: el aeropuerto Charles de Gaulle de Paris, desde donde Eduardo Borges relata lo sucedido en un correo electrónico previo al embarque, dirigido a su amiga Heloísa García.

Eduardo es abandonado por su novia Carol, quien lo dejó por un músico inglés en Paris. Al llegar a embarcar de retorno a Brasil encuentra una cartera Gucci con más de doce mil euros. Hay un duelo interior en él, en devolver o no lo encontrado. Habría decidido quedarse con la cartera sino descubriese que las dueñas eran dos hermosas francesas con poca ropa llorando su desgracia: opta por devolver lo encontrado. Ellas le cuentan que eran comerciantes des bijoux (“bijoux” = joya), y de ahí el dinero de la cartera, convenciéndolo a postergar su viaje un día más, siendo recompensado con una noche en el hotel del aeropuerto para una pequeña orgía, ante la negativa de una y las ganas de la otra. Al despertar ellas ya se habían ido, junto con el poco dinero que él llevaba consigo. Descubre luego que eran dos buscadas prostitutas que timaban a sus clientes, algunas veces asesinándolos. De allí el título: comerciantes de joyas un bledo, “bijoux” es una jerga para “vagina” en francés.

El relato a pesar de su extensión no se hace pesado en ningún momento, por el contrario, la historia, mezcla reflexión con mucho humor, es ligera y muy divertida, y me despierta del sopor en que me dejó “Rosa regada”.

Lo mejor definitivamente fue el texto de Heloisa Seixas (Rio de Janeiro, 1952) quien aporta el muy bien logrado relato “Doris”. En este texto, así como en el de Livia Garcia-Roza, también hay un toque fantástico o sobre natural.

El cuento transcurre en poco tiempo. Una mujer, ejecutiva, tras apretar el número 11 del piso al que se dirigía ve cómo el ascensor va hasta el piso 18, sin que ella pueda hacer nada por detenerlo. Queda atascada en ese piso, sin abrirse y a oscuras, solamente con la luz del número 18 oscilando. Ella va sintiendo un escalofrío, empieza a sudar, intenta calmarse sin conseguirlo, llegan ideas que no le pertenecen, frases sin sentido, murmullos, siente una presencia ahí con ella, cuando parece que el pecho le va a explotar consigue gritar, y el elevador comienza a funcionar. Al regresar a recepción a increpar del por qué nadie atendía ante la alarma del elevador atascado, el recepcionista se disculpa por haber estado distraído; ella percibe a la policía y a la muchedumbre alrededor de un cuerpo encharcado de sangre afuera del edificio: una mujer llamada Doris, de 34 años se había suicidado minutos antes, lanzándose desde el piso 18.

Los esfuerzos que hace el personaje por controlarse durante su breve encierro; cómo poco a poco va apoderándose de ella ese desespero sin saber el por qué, hasta sentir que va a explotar, y el final totalmente inimaginable y sorpresivo: todo lo encuentro perfectamente elaborado. Amor a primera lectura. Ese apellido (Seixas, el mismo de Raúl) parece llevar consigo un toque de genialidad.

Debe haber mejores exponentes en este género en Brasil. Quizá hasta estos escritores tengan mejores relatos en sus obras. Sirve para conocer más nombres (sobre todo los últimos cinco) de la literatura brasileña poco difundida en nuestra lengua.


Livia Garcia-Roza

Wallace


- Mamá…, ¡Wallace me golpeó!

- ¿Cómo que te golpeó? ¿Cómo te golpeó ese niño?

- Él me empujó en el corredor, me apachurró contra la pared, torció mi brazo, y me llamó de niña asquerosa.

Mamá se levantó dejando caer la revista y dijo que hablaría con papá, que los dos tomarían providencias.
Quién sabe, quizá hasta consigan la expulsión del monstruo Wallace, contaba por teléfono a la abuela. En seguida, llamó a mi tía, y también a una amiga de infancia. A la vecina se lo contó en el corredor. Doña Vilma dijo que hoy en día los niños nacen sanguinarios.

Luego que llegó papá, mamá le contó todo, y él me quedó mirando, bufando, la nariz ensanchándose, dejando los agujeros enormes. Cuando mamá terminó, papá dijo que resolvería el asunto. Después, golpeando una mano en la otra, preguntó:

- ¿Tú no hiciste nada?

Entonces le dije que Wallace era grande, moreno, usaba coleta de caballo, tenía un tatuaje en la mano derecha, ojos azules…

- Ya – él cerró la boca escondiendo los dientes.

A la semana siguiente, regresando del colegio, conté para mamá que Wallace había golpeado mi cabeza. Y cuando ella quiso saber cómo fue, le dije que él me empujó para adentro del baño, llamándome de vaga, y me ordenó sentarme en el inodoro y bajar la cabeza, y fue ahí que no vi más nada, sólo sentía los palmazos estallando en mi cabeza y mis cabellos subiendo por las manos de Wallace.
Saltando de su silla, mamá hizo argh…, y la revista cayó de su falda. Después volvió a telefonear, para papá, para la abuela, para mi tía, y para su amiga de infancia, y cuando llamó a la puerta de doña Vilma ella avisó que no quería saber más sobre las palizas de la niña, que estaba muy ocupada. Estaba sacando las cutículas, y cerró su puerta.

Al llegar del trabajo, papá informó que volverían a entrar en contacto con la directora, y fue al baño a lavarse las manos.
Antes de terminar esa semana, cuando llegué del colegio contando para mamá que Wallace había bajado mi trusa y pellizcado mi poto varias veces, ella soltó un grito y continuó con la boca abierta, llena de dientes puntiagudos.
Después fue para el teléfono. Cuando terminó de hablar con todos, mamá fue hasta la puerta, abriéndola, y se quedó con el cuerpo trémulo, y en seguida, le cerró la puerta en la cara de doña Vilma.

Ni bien que papá regresó, al momento de abrirse el elevador, mamá le contó lo que había sucedido. Al entrar en casa papá cogió periódicos encima de la televisión y comenzó a rasgarlos, tirando por el aire los pedazos. Después de acabar con las noticias, zarandeó a mamá, diciendo que tomarían medidas, y la empujó para el sofá. Ella en la caída levantó un poco las piernas.
Caminábamos en dirección al colegio, papá, mamá y yo, cuando él mandó que nos apuremos. Marchamos hasta alcanzar el portón de la entrada. Ahí encontramos a la abuela con plátanos en la mano. Me ofreció un platanito, y me dijo que ella esperaría ahí afuera pues ya había asistido muchas peleas de clase.
Entré, aplastada entre los dos.
Al final del patio se encontraba doña Hortensia, al lado de un pie de manacá. Cuentan que ella vive sola, en una casa llena de gatos, porque detesta personas. Cree que le pueden robar.
Al estar frente a frente –papá, mamá y doña Hortensia- él comenzó la historia.

- ¿Golpeada?- preguntó doña Hortensia.

En ese instante papá me pidió para mostrarle. Mamá y yo levantando mi blusa, levantando la falda, buscábamos.

- No me interrumpa por favor señora –él continuó diciendo que si las agresiones a su hija continuaban, la retiraría de la escuela- ¡Y muy brevemente!

Doña Hortensia escuchaba, acomodándose la peluca con las palmas de las manos. Papá terminó de hablar carraspeando, dando la impresión de que enseguida iría a cantar, cuando de pronto mamá se quebró en llanto, soltando lágrimas, hablando, sonándose la nariz, y aspirando, contó los sufrimientos por los cuales yo venía pasando.

- Debe haber algún engaño- dijo la directora, con los ojos súbitamente abiertos-. No tenemos ningún alumno con ese nombre. ¿Cómo se escribe?


(Páginas 21 a 23)

4 comentarios:

Raquel Bazán dijo...

Hola amigo:
Pasé por tu blog y como siempre lo encuentro muy interesante. Me gustó el cuento Wallace, dice mucho en muy poco.Siempre me impresiona la capacidad de síntesis que la considero característica importante en el cuento así como su final inesperado.En Costa Rica tenemos un escritor llamado Carlos Salazar Herrera cuyos cuentos tienen ambas características;relatos realmente hermosos.
Hasta en otra oportunidad y que pases bien.
Raquel

manigna dijo...

Hola Raquel,
Estaré atento a ese nombre que dejas. Sería interesante poder leer algún cuento. Voy a buscar en internet algún texto de él.
Gracias por la recomendación y por la visita.

Anónimo dijo...

hola manuel paitan , soy yo marco hoyos, tu amigo de colegio, te hemos estado buscando , pero desapareciste , escribeme soloparaaguilas@hotmail.com nos vemos

manigna dijo...

Marco Antonio Hoyos Mora, ¡qué sorpresa! No sé de ti desde la última reunión ya algunos años. Espero que no sea spam: me dejaste el mismo mensaje 20 veces. Ya te escribo a tu correo.