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miércoles, 26 de junio de 2013

A vuelo de buen cubero y otras crónicas, Alfredo Bryce Echenique



Editorial Anagrama, 1977 


El arte es una mentira que nos hace comprender la verdad.

Pablo Picasso.

Regreso luego de más de dos años a un libro de Alfredo Bryce Echenique y la sensación es como volver a encontrar a un antiguo amigo que por esas circunstancias no veía ya algún tiempo, un amigo de esos trotamundos a quien los lugares que va conociendo y descubriendo no hacen mudar su buen humor y simplicidad. 

Justamente en éste, su primer libro de crónicas, las cinco que conforman la primera parte A vuelo de buen cubero con las que inicia son fruto de un extenso viaje por el sur estadounidense a mediados de los años 70’s. Previo al inicio de esta lectura pienso: pucha…, esto parece que va a estar pesado, quizá porque veo lejano no solo esos lares sino aquel tiempo, pero todas cuentan con un elemento característico en común que las tornan muy digeribles: el humor. Y hablar del fino sentido del humor en los escritos de Bryce Echenique es reiterativo, es quizá su sello personal. Así conocemos los mínimos detalles con los que se va encontrando un buen observador como lo es Bryce Echenique en el país que arroja napalm sin motivo y sin razón a los rebeldes con causa: desde aquella extraña comida hasta la encantadora música que cada banda de jazz va tocando.

La que abre, “Trampas de inconmensurable belleza”, nos narra la contradictoria vida de Thomas Jefferson con detalles que parecieran chismes llegados a los oídos del autor, tan sabrosos y quizá desconocidos sobre éste importante personaje.

Hay algunas cosas que pareciera no haber mudado, y su extrañeza plasmada en “En estas ciudades del sur” ante la publicidad de aquel tiempo dirigida a la juventud, ensalzando patriotismo y chauvinismo para enrolarse a la marina o el ejército se repetiría veinte años después y con mayor ahínco para las guerras de hace una década.

En “De Georgia al corazón del Dixie” encuentro un paralelismo muy interesante en su reparo de las actitudes de los actores de raza negra con los indios en nuestra cultura: en ambos casos, cómo inicialmente fingieron sumisión y hasta poca inteligencia para no despertar sospecha y desconfianza en la gente de raza blanca, sus amos, en épocas de esclavitud, y ya en los 70’s esa “costumbre” parece haber quedado fijada en sus descendientes, siendo motivo de burla y chacota muchas veces entre ellos mismos.

En “Sur inmóvilmente faulkneriano” lo acompañamos en su pequeña Vespa por el estado de Tennessee, desde Nashville hasta Memphis, rodeado de un aire provinciano muy natural, tan different, ciudades y lugares con una propia personalidad, todo con la música de Bob Dylan y Kris Kristofferson de fondo, íconos de un género musical –la música country- que por allá idolatraban en aquel entonces. Las descripciones tanto de las personas como de los lugares son al mínimo, se nota cómo se vacila con cada detalle que va descubriendo.

La que cierra, “Soy feliz en Nueva Orleans”, es la que más disfruté de este primer grupo, es una crónica barullenta, bulliciosa, quizá por la misma ciudad que nos describe, llena de locales de jazz, y quizá una crónica producto de una resaca de aquellas, interrumpida por más y más música y por uno o varios negritos zapateando muy rítmicamente.

Un personaje recurrente en esta primera parte es el general Robert E. Lee, y no me quedó claro si Bryce Echenique lo odiaba o lo admiraba, pareciera que ambas cosas, dependiendo del estado anímico –quizá de sobriedad- del autor. Otra notoria característica que deja notar es la cantidad de amigos que parece tener Bryce Echenique: y éstos deben ser sólo una parte. Sus ansias por mandarles una postal del lugar donde está son notorias, dedicarles un tiempo, unas líneas, hacerles saber que está bien y feliz, y que me acuerdo de ustedes, que los tengo presente carajo…, costumbre que parece haberse perdido ahora en tiempos de e-mail, quizá por él no.




La segunda parte, Otras crónicas, abre con “El mercado del lugar común”, interesante texto sobre cómo nos veían por aquella época a los peruanos en Francia, acerca de un número íntegro de la popular revista Elle (número 1515 del 20 de enero de 1975) dedicado al exotique Pérou y las curiosas recomendaciones a sus lectores-viajeros antes de visitar tan lejana tierra. 

Las dos siguientes tienen relación directa entre sí: “Un film sobre Mayo del 68 y su público” y “Siete años después del 68”, son análisis sobre cómo se ven -y quisieron hacer ver- luego de aquella hermosa –debió serlo- revolución en Francia, muy a flor de piel en estos momentos por aquí en tierras brasileñas. Me gustaría hacer un paralelismo en dos momentos de estas crónicas pues creo que se aplicaría perfectamente con esta revolución que el pueblo brasileño –y sobre todo los estudiantes- están realizando aprovechando perfectamente el momento de que la prensa –deportiva, pero prensa al fin- mundial está por aquí por la Copa Confederaciones:

En la primera crónica Bryce Echenique nos muestra cómo 8 ó 10 años después de aquel Mayo del 68 los jóvenes de aquel entonces veían como un hecho lejano y fortuito aquella histórica protesta. Aquí, en Brasil, todo comenzó porque ya la mayoría de brasileños no aguantaban más la cara de palo de sus mal llamados representantes, ver cómo despilfarran el dinero en estadios padrón Fifa mientras escuelas y hospitales públicos son, en su gran mayoría, padrón cuarto mundo, o sea paupérrimos. No es la primera vez que los brasileños salen a la calle a protestar. Collor de Mello lo vivió en piel propia y en épocas en que no habían redes sociales, ni celulares. Reviviendo aquellos protestos históricos que sus padres hicieron los estudiantes de hoy salen nuevamente a protestar. Esa es una diferencia que encuentro con el Mayo del 68 y la realidad que Bryce Echenique vivió en Paris. No me extrañaría que cancelen la Copa del 2014 y Olimpiadas del 2016, ni que el gobierno de Dilma Roussef no acabe su mandato. Más similitudes encuentro en la segunda crónica donde, según resultados de una encuesta hecha en aquel entonces “la mayoría de jóvenes franceses de veinte años huyen de toda norma social, pues presienten que el mundo que los rodea podría y debería ser diferente”. Esa característica presiento que la tienen también los actuales jóvenes brasileños, y por eso están en las calles.

Si los franceses tuvieron su primavera caliente, aquí los brasileños están teniendo su inverno quente.

Las otras cinco crónicas las encuentro más pasionales, más frescas, quizá porque los personajes de los que nos habla son aquellos genios a los cuales Bryce Echenique les rinde admiración, sino devoción extrema.

En “El espíritu que no acudió a la cita” nos cuenta algo que a través del tiempo se ha venido repitiendo hasta nuestros días: la mala adaptación cinematográfica de una gran obra literaria, específicamente el caso de “El gran Gatsby” de F. Scott Fitzgerald llevada a la pantalla grande por Jack Clayton, que ni por tener a Mia Farrow y Robert Redford en el reparto la película no pudo aprovechar el rico fondo que la obra ofrece centrándose en hechos más simples como intriga y locaciones fastuosas. En este año se estrena otra versión, con Leonardo Di Caprio nada menos. ¿Contará con el espíritu Fitzgerald este nuevo film?

El acusado acusa, se defiende, y ríe” nos habla del genio avasallador de Orson Welles en la meca hollywoodense; el incomprendido de Welles. El humor más bryceano aparece nuevamente hacia el final en su anécdota de cómo lo conoció personalmente en un San Fermín en Pamplona –y claro, dónde más-, él, chiquito, algo dubitativo, y probablemente ebrio, con Welles al lado, enorme, adusto, casi un semi dios, en medio de un “encierro”.

Y las anécdotas no quedan por ahí, “Mirando a Cortázar premiado” nos hace más cercanos al Cronopio Mayor, como estando al ladito de Bryce Echenique pareciera que podremos verlo, tocarlo. Se le siente más humano.

El nuevo periodismo de Tom Wolfe” nos recalca aquello bien sabido a estas alturas: la escrita muy propia de Tom Wolfe, con un estilo tan particular que hasta en nuestros días sigue sorprendiendo.

Tras leer “Relectura indócil” da ganas de salir corriendo a hacerse de algún libro de Ernest Hemingway. Esta crónica transmite fácilmente toda la pasión que el autor peruano tiene por el nobel estadounidense.

Bryce Echenique se revela como un atento observador a las simplezas de la vida cotidiana en las nuevas ciudades que va recorriendo creando así este puñado de crónicas que iban apareciendo en diarios mexicanos y peruanos: son nostalgia pura, y nos devela parte de sus gustos y disgustos reflexionando en gran parte de ellos sin dejar de lado lo lúdico en su escrita. Con una buena dosis de ironía no le huye a la crítica sin renunciar a esa simplicidad que torna leve embarcarse en temas que pudieran ser pesados y aburridos; él escribe como le viene en gana, y lo hace con la seguridad de quien sabe lo que está haciendo. 




Mirando a Cortázar premiado


Una noche en que regresaba solitario a mi casa, recuerdo haberle escuchado decir a un joven escritor cuyo primer libro se anunciaba por aquellos días, que gracias a Cortázar había aprendido a escribir. Yo estudiaba literatura, también, y cuando apareció aquel primer libro lamenté que aquel joven escritor no hubiese leído a Cortázar antes. En su libro, aparte de unas líneas en que se le iba la mano vía sensibilidad (y que aún recuerdo con cariño), lo que había más bien era un enorme respeto por el sujeto, el verbo y el predicado. Más tarde, en otro libro, sí noté que había leído a Cortázar, porque, aunque sus preocupaciones temáticas eran otras, y también sus resultados, escribía realmente como le venía en gana, y se podía notar que ya no andaba sujeto a normas gramaticales, que la verborrea había desaparecido y que tampoco buscaba ser el que ha predicado. Tenía más bien un problema de lenguaje, pero eso no me disgustaba, por más trabajo que un problema así pueda causarle a un escritor. Ahora como que trataba de compartirlo todo con el lector, vía sensibilidad (un problema de palabras, repito), y buscaba que, en la medida de lo posible, un poco como a Cortázar, se le fuera la mano hasta encontrar la verdadera libertad.

Pero dejemos a ese joven escritor. Me sería fácil hablar de él porque le veo casi todos los días. Y no digo todos los días, porque hay veces que se duerme veinticuatro horas seguidas y entonces no lo ve ni Dios. En cambio a Cortázar lo he visto pocas veces en mi vida, y quiero contar cómo fue, aunque no sea más que por el bien que le hizo a aquel gran dormilón. La primera vez que vi a Julio Cortázar, en mis épocas de estudiante, fue aplaudiendo con unas manos largas, con sus dedos tan largos como Rayuela, y obviamente tan imprescindibles como los capítulos prescindibles de Rayuela. Además, porque aunque Cortázar haya escrito un libro que el Times Litterary Supplement calificó de tan importante como el Ulises de Joyce (te cuento, Julio), sólo tiene diez dedos y, como cualquier común mortal, ningún deseo de perderlos. Sólo diez. Mitificadores que son.

Bueno, decía que estaba aplaudiendo y añado que sonreía, que le sonreía a otro escritor que acababa de pronunciar un discurso de esos que uno empieza a mirar si ya llegó la policía. Cortázar era un hombre de unos veinticinco años, treinta máximo, para que no sigan llamándome exagerado. Me cayó muy simpático, sobre todo estoy seguro de que, al mismo tiempo que aplaudía, estaba pensando en lecturas Zen y preguntándose cómo era el sonido de una sola mano al aplaudir. Ahora recuerdo que yo andaba leyendo El cazador oculto por aquellos días, pero que esa noche regresé a leer cualquier libro de Cortázar, porque con él me sucede siempre que el libro suyo que me gusta más es el que estoy leyendo en ese momento. Tremenda desilusión. Decía el libro que Cortázar había nacido en 1914. Tenía pues, cincuenta años. O sea que yo había visto al hijo de Cortázar.

Después lo vi mil veces más en esas reuniones de latinoamericanos, en las cuales nunca estaba, y que siempre empiezan tarde y acaban mal y sobre todo nunca porque uno nunca realiza esos sueños, y cosas como que la chica que dice che no es argentina sino que vive con un argentino y se le ha pegado el che y entonces Pepe, que había visto en ella a la Maga, se entera de que el argentino se le ha despegado a ella, por eso llora y bebe tanto para ser la mujer. Total que Pepe, por haberle metido caballo con la misma desesperación con que cuenta, canta Gardel en una radiola más vieja de la que recomienda Cortázar para estos menesteres, Pepe, como Leguisamo en el tango, termina perdiendo por una cabeza. Ella le agradece su bondad, y también la dirección del médico en Holanda. Luego Pepe le presta la parte de su beca destinada a cigarrillos, masoco el Pepe, en el fondo del vino sabe que lo hace para recordarla llorando a fin de mes cuando Gardel cante en otra con vino barato, y estuve un mes sin fumar. Rocamadour no nacerá. La conversación sobre Cortázar fue el momento más agradable para mí, sobre todo porque me enteré de que sí era el que vi aplaudiendo. Que lo que pasa es que Cortázar parece mucho menor de lo que es. Cortázar es Rocamadour, dice Pedrito, que estudia con Goldman, y se viene de bruces borracho. Tercero que se viene de bruces borracho. Nos retiramos inmadurísimos. La ciudad es París. Sucede todavía.

Ahora estoy seguro de que cuando vea a Cortázar por segunda vez lo reconoceré, aunque los libros digan su verdadera edad. Tenía esta convicción, y también la de que lo iba a ver por primera vez, ya que el haber creído ver a su hijo la primera vez, como que me había hecho no verlo, olvidarlo casi, se me habían borrado sus facciones, era como si hubiera sido a la de mentiras, ésta no vale, algo así. Mitificadores que son.

Había una vez... Perdón. Estábamos una noche en el metro, y apareció Cortázar. Cortázar, dijo Pedrito. Cortázar, susurró Pepe. No dije yo: Cortázar aparenta veinticinco años y ese hombre tiene muchos más. Rosa, que era mi camarada, evitó que me lincharan, diciendo que era el padre de Cortázar. Bajó la tensión que había entre nosotros, y nos bajamos nosotros también del metro para seguir a Cortázar y ver quién era. Entró en la dirección en que vivía Cortázar. Rosa dijo que no tenía nada de raro que padre e hijo vivieran juntos, en París, podría su papá estar de visita o algo por el estilo. Yo pensé que ya conocía al padre y al hijo, o mejor dicho, al abuelo y al nieto. Me faltaba Cortázar... Entonces nos dimos cuenta de que ya no nos quedaban cigarrillos y de que el metro del padre de Cortázar había sido el último de esa noche. Rosa acusó a Pepe de revisionista, pero las dos horas siguientes las caminamos juntos porque era mejor despertar una sola vez al guardián nocturno del hotel para que así nos odiara menos y se disolviera un poco entre el grupo su clásica maldecida. Mitificadores que son.

Muchos años después, frente al número 44 de la rue de Rennes, el que suscribe habría de recordar aquella tarde jamás remota en que Rosa lo llevó a conocer a Cortázar. “Ahí está”, le dijo, señalándole el libro que esperaba su lectura, cerrado, inerte, como Leticia en Final de juego. Era el año 1956, se acababan de conocer, y Rosa quería que conociera a Cortázar. “Las palabras tienen vida propia –añadió–. Sólo es cuestión de despertarles el ánima.” Y algún día iban a terminar el colegio y se iban a ir a París para conocer... para conocer... Ese día, después de leer un rato juntos decidieron que ese día se iban a ir a París para conocer a Cortázar que seguro tenía más de gitano que de rioplatense porque él sí que sabía despertarle facilito vida propia a las palabras.

–Lo pregonaba en cada uno de sus libros. 
–¿Qué –preguntó Rosa. –Se te está viendo la otra –cité. –¿Qué se me está viendo? –Rosa la Première et Rosa la Seconde –suspiré, imitando a mi viejo perro boxer que, de joven, se arrojaba del trampolín de la piscina, aquel verano en que conocí a Rosa la Première. –Proust de pacotilla –me dijo Rosa la Seconde. Me dolió tanto como a Pepe, la noche en que le dijo revisionista. Entramos al 44, y el joven escritor que una noche había agradecido haber leído a Cortázar, estaba sentado junto al autor del Libro de Manuel y uno tras otro le caían por la cabeza los bolígrafos secos a punta de tanto firmar autógrafos que Cortázar iba lanzando al aire, gentil con todo el mundo. –Si sobrevivo te lo presento –me dijo el joven escritor. Yo, el presentable, le advertí terminantemente a Rosa: si le dices revisionista a Cortázar no te vuelvo a ver nunca más en la vida. –Imbécil –me dijo Rosa. De su cartera sacó un Libro de Manuel leidísimo, subrayado y todo, y se lo entregó a Julio Cortázar. Después sacó otro libro, y ése fue el único libro que firmó el joven escritor aquella tarde, en la firma-exposición de solidaridad con el pueblo de Chile. “A Rosa, con la esperanza de que algún día se convierta en (mi) revisionista.” Firmó: “este cuerpo”. Se mataron de risa, Cortázar intervino para ver. Era un hombre muy simpático.

La segunda vez que vi a Julio Cortázar fue en casa de Julio Ramón Ribeyro. Mi gran amigo alzó su copa de vino y propuso un brindis. En el aburrimiento otoñal de los premios literarios, los Goncourts, Feminas, etc. (desde Saint-Exupèry no creo haber leído un Goncourt que no me haya producido jaqueca... Hace años que no tengo una jaqueca en otoño), el libro verde de Sudamericana acababa de ganar un premio, en su versión francesa de Gallimard, Julio Cortázar no necesita ni cree en los premios. Eso es cosa suya. Y tal vez cosa fácil porque como escritor nació premiado. Otros serán los beneficiarios de su premio (Médicis Etranger), y tirajes y regalías y entrevistas y participaciones en tribunales como el Russell. Alegres, aceptamos entonces el brindis de nuestro anfitrión. Y pasamos a hablar de otras cosas. De tantas cosas. Y yo pensaba en el joven escritor que una noche me había dicho que gracias a... Realistas que son.

Pasamos a hacernos más amigos. Nos reímos mucho recordando definiciones de diccionarios increíbles que habría que desempolvar tan rápidamente como se empolvan algunos Goncourts, algunos Renaudots, no sé. La mejor de la noche fue la que un amigo chileno acababa de contarme. Decía aquel diccionario: “Madre putativa: aquella que se reputa madre”. Fueron horas muy agradables y las he repetido en casa de Julio. Recuerdo su viaje a Sicilia. Recuerdo la noche que en su casa lo felicité por el precioso pullover peruano que llevaba puesto. Resultó que era islandés. Y un rato después, no sé si fue el vino, o algunos cuentos de Julio, más mi normal temor después de todo lo que he contado: lo vi sin pullover. Me rompí a hablar de mi viaje a México, el verano pasado. Temía que desapareciera como su pullover, pero logré captar toda su atención. México le interesaba mucho. Alguien allá le interesaba mucho. Siempre había admirado la obra de Tito Monterroso. De Augusto, de Tito, la de mi amigo, a quien recuerdo hablándome con tanto afecto de la obra de Julio. Cuando vayas a México te daré su dirección. Claro, hombre... Realistas que son.

Y aquí termino esta historia, o nota o como deseen llamarla. Más detalles sobre el Médicis Etranger se los podrá dar el propio Julio Cortázar, si algún día se le ocurre escribir algo así como “El cronopio premiado”, o “Instrucciones a un gigante para recoger un trofeo chiquito”. Esas cosas de él, ustedes saben. A mí todo esto se me ocurrió la noche aquella en que por primera vez estuve largo rato con él, la del brindis y la del premio. Lo estuve mirando un rato y sus palabras eran siempre buena moneda viva. La única que hoy debería valorizarse, para bien de muchos (cabría decir). Claro, después de mi artículo se ha llenado un poco de situaciones algo absurdas y de amigos y hasta se ha alargado un poquito, a lo mejor. Para que mis lectores no se me amarguen, voy a darles un gran dato: cualquier periódico de México debe pagar una fortuna por la primera foto de Julio Cortázar y Tito Monterroso juntos. Imagínense una foto de este gigante argentino que dicen que sigue creciendo, con Tito Monterroso que sólo crece en el recuerdo de los que lo hemos conocido. 

(Páginas 114 a 119)

sábado, 19 de marzo de 2011

Un mundo para Julius, Alfredo Bryce Echenique



Título en portugués : Um mundo para Julius
Año de publicación : 1970
Editora : Rocco
Año de esta publicación : 1987
Traducción : Remy Gorga, hijo


Entrañable. Esta definitivamente es una de las novelas más emblemáticas del Perú.
Julius, el hijo menor de Susan, siempre linda, tiene una visión muy diferente del mundo, que no coincide en lo absoluto con el de su familia y amigos del colegio: él es más sensible, más justo, más tierno, medio huevón y algo maricón según Juan Lucas, su padrastro, siempre atlético, bronceado y lo más españolísimo posible. Mientras su familia se debate entre el Country Club o el Yatch Club, el Mercedes o el Jaguar, los viajes a Europa, Julius disfruta estar en la compañía de los empleados de su hogar- palacio, o entre los mendigos de un mercado, escuchar sus historias e imaginar cómo es aquel mundo tan diferente al de dónde él nació, un mundo muchas veces no tan lejano.

Es una visión de las diferentes realidades en Lima: muchas ciudades en una sola, de esos variopintos personajes que la habitan. Así como bajo la óptica de Julius la obra denota ternura y nostalgia, también encontraremos los comentarios racistas desde la óptica de los personajes de la burguesía: Bryce Echenique sabe plasmar esta característica en Juan Lucas, quien lleno de sarcasmo y soberbia sobrelleva los caprichos de Susan -a quien no le importa ir a Barrios Altos por una puerta vieja, por ejemplo- lanzando algún comentario de tal índole. Ya en Susan, el racismo es inherente; en ningún momento se percibe la intención de ofender, sino le sale tan natural que llega a ser cómica, está absolutamente convencida de que tal hecho es así.

“El ómnibus nuevo era inmenso, mucho más ancho que el viejo, pero Gumersindo alcanzaba siempre a la puerta desde su asiento. Y Julius podía observar la mano negra, enorme, esa palma color marfil, qué raro. Además las canas. Las canas tan blancas hacían del negro todo un señor y él contó en su casa y Susan le dijo que efectivamente el chofer era muy atento, lo había visto una vez, así son los negros descendientes de esclavos, continúan muy leales, muy nobles, viven felices con el nombre de sus antiguos amos. Julius la escuchaba encantado, quería más, más sobre Gumersindo Quiñones, más sobre los negros…. Le iban a dar gusto, ahí llegaba Juan Lucas que seguro sabe mucho sobre el asunto… No le hagas caso, darling, tío Juan Lucas anda siempre bromeando: una señora le estaba acariciando la cabeza a un negrito, negrito lindo, negrito lindo, le decía, ¿y sabes lo que le contestó el negrito? De chiquito negrito lindo, pero de grande negro’e mierda… No le hagas caso, darling.”

(Pág 107 Ed. en castellano / Pág 116 Ed. en portugués)

Esta novela concurrió al no adjudicado Premio Biblioteca Breve de 1970, siendo publicada en ese mismo año por Barral Editores -Carlos Barral quería publicarla en dos tomos-, obteniendo un éxito inesperado en España y Latinoamérica. Ya la edición de bolsillo fue editada por Editorial Laia –también de Barcelona- en 1977.


Ed. Peisa, 1993


García Márquez le escribió al respecto:


Tu Mundo para Julius, por ejemplo, Alfredo, es un libro imposible de leer de un solo tirón. Y como Mercedes mi esposa lo quiere leer al mismo tiempo que yo ¿sabes lo que hago? Pues termino una hoja, la arranco, se la paso, y luego la otra …


Bryce Echenique le envió el manuscrito de la novela por correo certificado a Vargas Llosa, quien estaba en Barcelona, para preguntarle si no era un error. Mario le agradeció el envío, diciéndole que había disfrutado mucho con el manuscrito, entre otros elogios que luego fueron usados en la contra tapa de la edición francesa.

Era mi primera novela, y francamente nunca pensé que fuera tan larga. No había sido concebida para ser tan larga. En realidad al comienzo sólo traté de escribir un cuento de unas diez páginas. Me di cuenta de lo extensa que era realmente la novela cuando Mario me dijo que iba a ser un volumen de unas 600 páginas, y me recomendó publicarla con Carlos Barral, pero esto fue en una tercera carta, porque yo le había respondido aterrado que mi manuscrito tenía sólo 450 páginas; Mario me lo aclaró todo, explicándome que normalmente las cuartillas se escriben a doble espacio, y tú no has dejado ni márgenes Alfredo.



Bryce Echenique escribe como habla, pasa de la primera persona a la tercera, y de ahí a la óptica de otro personaje; amigo de las comas, hace muy fluida la trama; por muchos momentos llega a ser hilarante. En la traducción de Remy Gorga hijo, esa particularidad no se pierde, y es de una plena satisfacción el poder leer, ahora en portugués, una obra que hace más de 15 años no leía. Muchas aclaraciones para el lector brasileño a pie de página: el doble sentido con el término “pericote”; “Ciudad de los virreyes” como se le conoce a Lima; “chicha morada” explicando la típica (y tan extrañada, por cierto) bebida peruana, entre muchas otras. Remy Gorga hijo es también traductor de varias obras de autores latinoamericanos como García Márquez, Cortázar, Bioy Casares, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, Manuel Scorza, y toda esta experiencia se ve reflejada en la aclaración sobre “el Castillo Rospigliosi”, mencionado en esta obra como un monumento al mal gusto, “mistura de cagada e viva o Perú!” (pág. 215 Ed. brasilera), donde el traductor nos informa que también Vargas Llosa hace similar mención sobre esta singular arquitectura en su novela “Historia de Mayta”. Sólo le reclamo por el término “cholo”, que aparece como “caboclo”: “mezcla de indígena con europeo”, aunque traducido perfectamente, me hubiese gustado que dejara el término en castellano.

Obra cargada de un fino humor y mucha ironía, donde Bryce Echenique muy detallista, nos presenta como en una infografía 3d el estilo de vida de la alta clase limeña, caricaturizándola, burlándose de ese estilo que él conoce muy bien, y, en medio de todo eso, nos devela la inmensa soledad a la que está expuesta el personaje principal.

En el 2010 esta obra cumplió 40 años de su primera publicación, y, a inicios de éste año Alfaguara lanza una edición conmemorativa.

Julius, ese singular limeño, es ya un cuarentón; de seguro siempre orejón, y todavía lleno de preguntas.

martes, 23 de noviembre de 2010

Huerto cerrado, Alfredo Bryce Echenique



Huerto Cerrado; Alfredo Bryce Echenique, 1968; Barral Editores 1972; Perú.

El mismo año (1968) en que el poeta Antonio Cisneros se llevaba el premio Casa de las Américas con su “Canto ceremonial contra un oso hormiguero”, en el género de la poesía, la obra de otro joven escritor peruano obtuvo una mención honrosa en el género del cuento: “Huerto cerrado”, de Alfredo Bryce Echenique.

En este conjunto de cuentos no hay uno que lleve el título de la obra. Bryce Echenique en una entrevista declaró que le debe el título del libro a su entrañable amigo Julio Ramón Ribeyro:

"Julio Ramón fue, en efecto, quien me llevó de la mano y me enseñó a salir de noche en las difíciles épocas de mis primeras andanzas literarias. Leyó, por ejemplo, el manuscrito de mi primer libro y me dijo que sí, que debería publicarlo, pero no con ese título, por favor, Alfredo, que se parece tanto a ti, por no decir que es fatal. Y le puso “Huerto Cerrado”, y con ese título lo publiqué, en honor al maestro, en honor al amigo, y porque, en honor a la verdad, a mi jamás se me hubiera ocurrido un título mejor para aquel libro.


De inicio, en este libro, no encuentro al Bryce Echenique de sus obras posteriores. Aquel que pareciera estar a tu lado narrando sus aventuras, con derroche de humor e ironías, sus divagaciones y enredos de los que sale siempre con anécdotas muy divertidas. No, aquí hay un Bryce Echenique más cuidadoso, más discreto, donde quizá solamente en los relatos “Yo soy el rey”, y “El descubrimiento de América” encontraremos al típico Bryce Echenique, aquel que conoceremos desde “Un mundo para Julius”.

Aquí estamos ante doce cuentos que a su vez están integrados entre sí. Estamos ante las aventuras en diferentes etapas de la vida de mi tocayo, Manolo, entre su niñez, su adolescencia, y juventud; no están en orden cronológico. El primer cuento “Dos indios”, es el único que no está ambientado en Lima. Es el encuentro de dos inmigrantes peruanos en Roma, Italia, también aquí encontramos a un Manolo de 22 años. Los otros 11 cuentos están ambientados entre Lima, Chaclacayo y Chosica, y siempre bajo la óptica de Manolo. En “Con Jimmy, en Paracas”, acompañará a su padre en un viaje a esa ciudad, siendo totalmente sorprendido por la sorpresiva petición de su amigo. “El camino es así (con las piernas pero también con la imaginación)”, Manolo no tiene fuerzas para acompañar al grupo en su recorrido en bicicleta, desde Miraflores hasta Chaclacayo, sin embargo, él no desistirá, y encontrará una manera de llegar. En “Su mejor negocio”, se verá obligado a vender algo para adquirir otro producto, el problema: el posible comprador es un amigo con pocos recursos, y él sabe que podría obsequiar en vez de vender, esto significaría renunciar a su nuevo deseo de consumo; tendrá que tomar una decisión. En “Las notas que duermen en las cuerdas”, encontramos a ese típico adolescente que no se ubica entre tanta gente, escrutando a todos, encontrándolos tristes, inclusive a su familia, aunque reconoce que los ama, le fastidia y le cuesta el tener que hacer demostraciones de cariño. Recuerdo en la re-lectura del cuento “Una mano en las cuerdas (Páginas de un diario)”, que apareció en un libro del colegio, de lengua y literatura, cuando yo tenía 12 años; trata sobre su profunda timidez ante su primer amor, y los planes previos antes de declararse. En “Un amigo de cuarenta y cuatro años”, encontrará en Mr. Davenhock, su profesor de inglés, una amistad que no esperaba, llegando a escuchar una confesión y a entender el porqué siempre él escuchaba a Marlene Dietrich. En “Yo soy el rey”, entraremos junto con Manolo y sus amigos a un burdel de la avenida Colonial, y estaremos con él en su experiencia con la Nylon, en aquel cuartucho con toda la parafernalia putesca que Bryce Echenique describe muy bien. En “El descubrimiento de América”, estamos ante la fase más hijo-de-puta del personaje principal. En “La madre, el hijo y el pintor”, Manolo divide sus días entre sus padres separados y, estando con su madre, ante la invitación a una fiesta, esta decide llevarlo con él. Manolo tendrá un sentimiento desconocido, al ser presentado al amigo de su madre. En “El hombre, el cinema y el tranvía”, el personaje principal será testigo de un fatal acontecimiento, que lo llevará a cavilar al respecto. El último es el menos logrado de todo el conjunto: en “Extraña diversión”, Manolo tiene unas particulares maneras de pasar el día; dejando entrever su probable locura.

Releer esta obra te envuelve de nostalgia, sobre todo para alguien que vivió y creció en Lima: el encontrar en sus líneas sobre la tiendas (supermercado) Monterrey, que ya no existe más; el cine Orrantia, de la esquina de Av. Javier Prado y la Av. Arequipa, que tampoco existe, era –cuando dejé Lima- una iglesia, de alguna de las tan diversas religiones que proliferan en Lima; las Galerías Boza, del Jr. De la Unión, que no sé si existe aún; los tranvías que nunca vi, pero que podía comprobar de su existencia, en un pasado no tan lejano, viendo los rieles que aún asomaban amalgamados con el asfalto por la Plaza San Martín, y por el Convento de San Francisco; el caminar por Chosica, previo a un campamento en el bosque de rocas de Markahuasi; la Av. Colonial, con el burdel del japonés cerca de ahí, al que nunca llegué a ir, fuimos a otros, a ese no.

Releer la obra prima de Bryce Echenique es un reencuentro con una Lima que cambió, y mucho, en poco tiempo. Gracias Bryce por la nostalgia.



El hombre, el cinema, y el tranvía.

El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltearse las descripciones muy extensas e inútiles.

Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea, y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con dirección al Paseo de la República. Eran seis de la tarde, y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar, y la gente que abandonaba la sala, se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años y un muchacho de de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine, y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no la película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada, no parecieron impresionar mucho al hombre que podría ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba, y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa, o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor, y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo las puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás y perdió el equilibrio al pisar el sardinel.
Voló tres metros, y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro, y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y despareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse, y el conductor salió a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente, y la gente que empezaba a aglomerarse, retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.
- No pude hacer nada por evitarlo –dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.
- ¡Dios mío! –exclamó una vieja gorda, que llevaba una bolsa llena de verduras-. En los años que vengo viajando en esta línea….
- Hay que llamar a un policía – interrumpió alguien.

La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual que la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.

- Circulen. Circulen. –ordenó un policía que llegaba en ese momento.
- No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
- ¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
- Hay que llamar a una ambulancia.

Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener dieciocho, caminaban hacia la Plaza San Martín.

- Vestía de azul marino –dijo el muchacho.
- Está muerto.
- Es extraño.
- ¿Qué es tan extraño? – preguntó el hombre de unos treinta años.
- Vas al cine y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones, y uno se divierte.
- El arte y la vida.
- Humm… el arte, la vida… Pero el periódico…
- Ya lo sabes –interrumpió el hombre-. Si tienes un accidente, y ves que empiezan a cubrirte de periódicos… La cosa va mal…
- Tú también vas a morirte…
- Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro…. Eso no es soñar, mi querido amigo.
- ¿Siempre eres así? –preguntó el muchacho.
- ¿Conoces los chistes crueles?
- Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?
- ¿Acaso no vas a la universidad?
- No te entiendo.
- ¿Sabes lo que es la catarsis?
- Sí, Aristóteles…
- Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
- Eres increíble –dijo el muchacho.
- Hace años que camino por el centro de Lima –dijo el hombre-. Como ahora. Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí –dijo, mientras abría la puerta de un bar-. ¿Una cerveza?
- Bueno –asintió el muchacho-. Pero no todos los días.
- Diario. Y a la misma hora.

Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan sólo a cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio, y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.

- Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla –dijo el hombre.
- ¿Es verdad que vienes todos los días? –preguntó el muchacho.
- ¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía, allá al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán su aperitivo.
- ¿Y si hoy prefiere una cerveza?
- Sería muy extraño –respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
- ¿Dos cervezas, señor Alfonso?
- No sé si quiero una cerveza –intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
- Tengo que prepararle su aperitivo al viejito –dijo el mozo.
- Decídete Manolo –dijo el hombre, y agregó mirando al mozo-: se llama Manolo…
- Un trago corto y fuerte –ordenó el muchacho-. Un pisco puro.