miércoles, 26 de junio de 2013

A vuelo de buen cubero y otras crónicas, Alfredo Bryce Echenique



Editorial Anagrama, 1977 


El arte es una mentira que nos hace comprender la verdad.

Pablo Picasso.

Regreso luego de más de dos años a un libro de Alfredo Bryce Echenique y la sensación es como volver a encontrar a un antiguo amigo que por esas circunstancias no veía ya algún tiempo, un amigo de esos trotamundos a quien los lugares que va conociendo y descubriendo no hacen mudar su buen humor y simplicidad. 

Justamente en éste, su primer libro de crónicas, las cinco que conforman la primera parte A vuelo de buen cubero con las que inicia son fruto de un extenso viaje por el sur estadounidense a mediados de los años 70’s. Previo al inicio de esta lectura pienso: pucha…, esto parece que va a estar pesado, quizá porque veo lejano no solo esos lares sino aquel tiempo, pero todas cuentan con un elemento característico en común que las tornan muy digeribles: el humor. Y hablar del fino sentido del humor en los escritos de Bryce Echenique es reiterativo, es quizá su sello personal. Así conocemos los mínimos detalles con los que se va encontrando un buen observador como lo es Bryce Echenique en el país que arroja napalm sin motivo y sin razón a los rebeldes con causa: desde aquella extraña comida hasta la encantadora música que cada banda de jazz va tocando.

La que abre, “Trampas de inconmensurable belleza”, nos narra la contradictoria vida de Thomas Jefferson con detalles que parecieran chismes llegados a los oídos del autor, tan sabrosos y quizá desconocidos sobre éste importante personaje.

Hay algunas cosas que pareciera no haber mudado, y su extrañeza plasmada en “En estas ciudades del sur” ante la publicidad de aquel tiempo dirigida a la juventud, ensalzando patriotismo y chauvinismo para enrolarse a la marina o el ejército se repetiría veinte años después y con mayor ahínco para las guerras de hace una década.

En “De Georgia al corazón del Dixie” encuentro un paralelismo muy interesante en su reparo de las actitudes de los actores de raza negra con los indios en nuestra cultura: en ambos casos, cómo inicialmente fingieron sumisión y hasta poca inteligencia para no despertar sospecha y desconfianza en la gente de raza blanca, sus amos, en épocas de esclavitud, y ya en los 70’s esa “costumbre” parece haber quedado fijada en sus descendientes, siendo motivo de burla y chacota muchas veces entre ellos mismos.

En “Sur inmóvilmente faulkneriano” lo acompañamos en su pequeña Vespa por el estado de Tennessee, desde Nashville hasta Memphis, rodeado de un aire provinciano muy natural, tan different, ciudades y lugares con una propia personalidad, todo con la música de Bob Dylan y Kris Kristofferson de fondo, íconos de un género musical –la música country- que por allá idolatraban en aquel entonces. Las descripciones tanto de las personas como de los lugares son al mínimo, se nota cómo se vacila con cada detalle que va descubriendo.

La que cierra, “Soy feliz en Nueva Orleans”, es la que más disfruté de este primer grupo, es una crónica barullenta, bulliciosa, quizá por la misma ciudad que nos describe, llena de locales de jazz, y quizá una crónica producto de una resaca de aquellas, interrumpida por más y más música y por uno o varios negritos zapateando muy rítmicamente.

Un personaje recurrente en esta primera parte es el general Robert E. Lee, y no me quedó claro si Bryce Echenique lo odiaba o lo admiraba, pareciera que ambas cosas, dependiendo del estado anímico –quizá de sobriedad- del autor. Otra notoria característica que deja notar es la cantidad de amigos que parece tener Bryce Echenique: y éstos deben ser sólo una parte. Sus ansias por mandarles una postal del lugar donde está son notorias, dedicarles un tiempo, unas líneas, hacerles saber que está bien y feliz, y que me acuerdo de ustedes, que los tengo presente carajo…, costumbre que parece haberse perdido ahora en tiempos de e-mail, quizá por él no.




La segunda parte, Otras crónicas, abre con “El mercado del lugar común”, interesante texto sobre cómo nos veían por aquella época a los peruanos en Francia, acerca de un número íntegro de la popular revista Elle (número 1515 del 20 de enero de 1975) dedicado al exotique Pérou y las curiosas recomendaciones a sus lectores-viajeros antes de visitar tan lejana tierra. 

Las dos siguientes tienen relación directa entre sí: “Un film sobre Mayo del 68 y su público” y “Siete años después del 68”, son análisis sobre cómo se ven -y quisieron hacer ver- luego de aquella hermosa –debió serlo- revolución en Francia, muy a flor de piel en estos momentos por aquí en tierras brasileñas. Me gustaría hacer un paralelismo en dos momentos de estas crónicas pues creo que se aplicaría perfectamente con esta revolución que el pueblo brasileño –y sobre todo los estudiantes- están realizando aprovechando perfectamente el momento de que la prensa –deportiva, pero prensa al fin- mundial está por aquí por la Copa Confederaciones:

En la primera crónica Bryce Echenique nos muestra cómo 8 ó 10 años después de aquel Mayo del 68 los jóvenes de aquel entonces veían como un hecho lejano y fortuito aquella histórica protesta. Aquí, en Brasil, todo comenzó porque ya la mayoría de brasileños no aguantaban más la cara de palo de sus mal llamados representantes, ver cómo despilfarran el dinero en estadios padrón Fifa mientras escuelas y hospitales públicos son, en su gran mayoría, padrón cuarto mundo, o sea paupérrimos. No es la primera vez que los brasileños salen a la calle a protestar. Collor de Mello lo vivió en piel propia y en épocas en que no habían redes sociales, ni celulares. Reviviendo aquellos protestos históricos que sus padres hicieron los estudiantes de hoy salen nuevamente a protestar. Esa es una diferencia que encuentro con el Mayo del 68 y la realidad que Bryce Echenique vivió en Paris. No me extrañaría que cancelen la Copa del 2014 y Olimpiadas del 2016, ni que el gobierno de Dilma Roussef no acabe su mandato. Más similitudes encuentro en la segunda crónica donde, según resultados de una encuesta hecha en aquel entonces “la mayoría de jóvenes franceses de veinte años huyen de toda norma social, pues presienten que el mundo que los rodea podría y debería ser diferente”. Esa característica presiento que la tienen también los actuales jóvenes brasileños, y por eso están en las calles.

Si los franceses tuvieron su primavera caliente, aquí los brasileños están teniendo su inverno quente.

Las otras cinco crónicas las encuentro más pasionales, más frescas, quizá porque los personajes de los que nos habla son aquellos genios a los cuales Bryce Echenique les rinde admiración, sino devoción extrema.

En “El espíritu que no acudió a la cita” nos cuenta algo que a través del tiempo se ha venido repitiendo hasta nuestros días: la mala adaptación cinematográfica de una gran obra literaria, específicamente el caso de “El gran Gatsby” de F. Scott Fitzgerald llevada a la pantalla grande por Jack Clayton, que ni por tener a Mia Farrow y Robert Redford en el reparto la película no pudo aprovechar el rico fondo que la obra ofrece centrándose en hechos más simples como intriga y locaciones fastuosas. En este año se estrena otra versión, con Leonardo Di Caprio nada menos. ¿Contará con el espíritu Fitzgerald este nuevo film?

El acusado acusa, se defiende, y ríe” nos habla del genio avasallador de Orson Welles en la meca hollywoodense; el incomprendido de Welles. El humor más bryceano aparece nuevamente hacia el final en su anécdota de cómo lo conoció personalmente en un San Fermín en Pamplona –y claro, dónde más-, él, chiquito, algo dubitativo, y probablemente ebrio, con Welles al lado, enorme, adusto, casi un semi dios, en medio de un “encierro”.

Y las anécdotas no quedan por ahí, “Mirando a Cortázar premiado” nos hace más cercanos al Cronopio Mayor, como estando al ladito de Bryce Echenique pareciera que podremos verlo, tocarlo. Se le siente más humano.

El nuevo periodismo de Tom Wolfe” nos recalca aquello bien sabido a estas alturas: la escrita muy propia de Tom Wolfe, con un estilo tan particular que hasta en nuestros días sigue sorprendiendo.

Tras leer “Relectura indócil” da ganas de salir corriendo a hacerse de algún libro de Ernest Hemingway. Esta crónica transmite fácilmente toda la pasión que el autor peruano tiene por el nobel estadounidense.

Bryce Echenique se revela como un atento observador a las simplezas de la vida cotidiana en las nuevas ciudades que va recorriendo creando así este puñado de crónicas que iban apareciendo en diarios mexicanos y peruanos: son nostalgia pura, y nos devela parte de sus gustos y disgustos reflexionando en gran parte de ellos sin dejar de lado lo lúdico en su escrita. Con una buena dosis de ironía no le huye a la crítica sin renunciar a esa simplicidad que torna leve embarcarse en temas que pudieran ser pesados y aburridos; él escribe como le viene en gana, y lo hace con la seguridad de quien sabe lo que está haciendo. 




Mirando a Cortázar premiado


Una noche en que regresaba solitario a mi casa, recuerdo haberle escuchado decir a un joven escritor cuyo primer libro se anunciaba por aquellos días, que gracias a Cortázar había aprendido a escribir. Yo estudiaba literatura, también, y cuando apareció aquel primer libro lamenté que aquel joven escritor no hubiese leído a Cortázar antes. En su libro, aparte de unas líneas en que se le iba la mano vía sensibilidad (y que aún recuerdo con cariño), lo que había más bien era un enorme respeto por el sujeto, el verbo y el predicado. Más tarde, en otro libro, sí noté que había leído a Cortázar, porque, aunque sus preocupaciones temáticas eran otras, y también sus resultados, escribía realmente como le venía en gana, y se podía notar que ya no andaba sujeto a normas gramaticales, que la verborrea había desaparecido y que tampoco buscaba ser el que ha predicado. Tenía más bien un problema de lenguaje, pero eso no me disgustaba, por más trabajo que un problema así pueda causarle a un escritor. Ahora como que trataba de compartirlo todo con el lector, vía sensibilidad (un problema de palabras, repito), y buscaba que, en la medida de lo posible, un poco como a Cortázar, se le fuera la mano hasta encontrar la verdadera libertad.

Pero dejemos a ese joven escritor. Me sería fácil hablar de él porque le veo casi todos los días. Y no digo todos los días, porque hay veces que se duerme veinticuatro horas seguidas y entonces no lo ve ni Dios. En cambio a Cortázar lo he visto pocas veces en mi vida, y quiero contar cómo fue, aunque no sea más que por el bien que le hizo a aquel gran dormilón. La primera vez que vi a Julio Cortázar, en mis épocas de estudiante, fue aplaudiendo con unas manos largas, con sus dedos tan largos como Rayuela, y obviamente tan imprescindibles como los capítulos prescindibles de Rayuela. Además, porque aunque Cortázar haya escrito un libro que el Times Litterary Supplement calificó de tan importante como el Ulises de Joyce (te cuento, Julio), sólo tiene diez dedos y, como cualquier común mortal, ningún deseo de perderlos. Sólo diez. Mitificadores que son.

Bueno, decía que estaba aplaudiendo y añado que sonreía, que le sonreía a otro escritor que acababa de pronunciar un discurso de esos que uno empieza a mirar si ya llegó la policía. Cortázar era un hombre de unos veinticinco años, treinta máximo, para que no sigan llamándome exagerado. Me cayó muy simpático, sobre todo estoy seguro de que, al mismo tiempo que aplaudía, estaba pensando en lecturas Zen y preguntándose cómo era el sonido de una sola mano al aplaudir. Ahora recuerdo que yo andaba leyendo El cazador oculto por aquellos días, pero que esa noche regresé a leer cualquier libro de Cortázar, porque con él me sucede siempre que el libro suyo que me gusta más es el que estoy leyendo en ese momento. Tremenda desilusión. Decía el libro que Cortázar había nacido en 1914. Tenía pues, cincuenta años. O sea que yo había visto al hijo de Cortázar.

Después lo vi mil veces más en esas reuniones de latinoamericanos, en las cuales nunca estaba, y que siempre empiezan tarde y acaban mal y sobre todo nunca porque uno nunca realiza esos sueños, y cosas como que la chica que dice che no es argentina sino que vive con un argentino y se le ha pegado el che y entonces Pepe, que había visto en ella a la Maga, se entera de que el argentino se le ha despegado a ella, por eso llora y bebe tanto para ser la mujer. Total que Pepe, por haberle metido caballo con la misma desesperación con que cuenta, canta Gardel en una radiola más vieja de la que recomienda Cortázar para estos menesteres, Pepe, como Leguisamo en el tango, termina perdiendo por una cabeza. Ella le agradece su bondad, y también la dirección del médico en Holanda. Luego Pepe le presta la parte de su beca destinada a cigarrillos, masoco el Pepe, en el fondo del vino sabe que lo hace para recordarla llorando a fin de mes cuando Gardel cante en otra con vino barato, y estuve un mes sin fumar. Rocamadour no nacerá. La conversación sobre Cortázar fue el momento más agradable para mí, sobre todo porque me enteré de que sí era el que vi aplaudiendo. Que lo que pasa es que Cortázar parece mucho menor de lo que es. Cortázar es Rocamadour, dice Pedrito, que estudia con Goldman, y se viene de bruces borracho. Tercero que se viene de bruces borracho. Nos retiramos inmadurísimos. La ciudad es París. Sucede todavía.

Ahora estoy seguro de que cuando vea a Cortázar por segunda vez lo reconoceré, aunque los libros digan su verdadera edad. Tenía esta convicción, y también la de que lo iba a ver por primera vez, ya que el haber creído ver a su hijo la primera vez, como que me había hecho no verlo, olvidarlo casi, se me habían borrado sus facciones, era como si hubiera sido a la de mentiras, ésta no vale, algo así. Mitificadores que son.

Había una vez... Perdón. Estábamos una noche en el metro, y apareció Cortázar. Cortázar, dijo Pedrito. Cortázar, susurró Pepe. No dije yo: Cortázar aparenta veinticinco años y ese hombre tiene muchos más. Rosa, que era mi camarada, evitó que me lincharan, diciendo que era el padre de Cortázar. Bajó la tensión que había entre nosotros, y nos bajamos nosotros también del metro para seguir a Cortázar y ver quién era. Entró en la dirección en que vivía Cortázar. Rosa dijo que no tenía nada de raro que padre e hijo vivieran juntos, en París, podría su papá estar de visita o algo por el estilo. Yo pensé que ya conocía al padre y al hijo, o mejor dicho, al abuelo y al nieto. Me faltaba Cortázar... Entonces nos dimos cuenta de que ya no nos quedaban cigarrillos y de que el metro del padre de Cortázar había sido el último de esa noche. Rosa acusó a Pepe de revisionista, pero las dos horas siguientes las caminamos juntos porque era mejor despertar una sola vez al guardián nocturno del hotel para que así nos odiara menos y se disolviera un poco entre el grupo su clásica maldecida. Mitificadores que son.

Muchos años después, frente al número 44 de la rue de Rennes, el que suscribe habría de recordar aquella tarde jamás remota en que Rosa lo llevó a conocer a Cortázar. “Ahí está”, le dijo, señalándole el libro que esperaba su lectura, cerrado, inerte, como Leticia en Final de juego. Era el año 1956, se acababan de conocer, y Rosa quería que conociera a Cortázar. “Las palabras tienen vida propia –añadió–. Sólo es cuestión de despertarles el ánima.” Y algún día iban a terminar el colegio y se iban a ir a París para conocer... para conocer... Ese día, después de leer un rato juntos decidieron que ese día se iban a ir a París para conocer a Cortázar que seguro tenía más de gitano que de rioplatense porque él sí que sabía despertarle facilito vida propia a las palabras.

–Lo pregonaba en cada uno de sus libros. 
–¿Qué –preguntó Rosa. –Se te está viendo la otra –cité. –¿Qué se me está viendo? –Rosa la Première et Rosa la Seconde –suspiré, imitando a mi viejo perro boxer que, de joven, se arrojaba del trampolín de la piscina, aquel verano en que conocí a Rosa la Première. –Proust de pacotilla –me dijo Rosa la Seconde. Me dolió tanto como a Pepe, la noche en que le dijo revisionista. Entramos al 44, y el joven escritor que una noche había agradecido haber leído a Cortázar, estaba sentado junto al autor del Libro de Manuel y uno tras otro le caían por la cabeza los bolígrafos secos a punta de tanto firmar autógrafos que Cortázar iba lanzando al aire, gentil con todo el mundo. –Si sobrevivo te lo presento –me dijo el joven escritor. Yo, el presentable, le advertí terminantemente a Rosa: si le dices revisionista a Cortázar no te vuelvo a ver nunca más en la vida. –Imbécil –me dijo Rosa. De su cartera sacó un Libro de Manuel leidísimo, subrayado y todo, y se lo entregó a Julio Cortázar. Después sacó otro libro, y ése fue el único libro que firmó el joven escritor aquella tarde, en la firma-exposición de solidaridad con el pueblo de Chile. “A Rosa, con la esperanza de que algún día se convierta en (mi) revisionista.” Firmó: “este cuerpo”. Se mataron de risa, Cortázar intervino para ver. Era un hombre muy simpático.

La segunda vez que vi a Julio Cortázar fue en casa de Julio Ramón Ribeyro. Mi gran amigo alzó su copa de vino y propuso un brindis. En el aburrimiento otoñal de los premios literarios, los Goncourts, Feminas, etc. (desde Saint-Exupèry no creo haber leído un Goncourt que no me haya producido jaqueca... Hace años que no tengo una jaqueca en otoño), el libro verde de Sudamericana acababa de ganar un premio, en su versión francesa de Gallimard, Julio Cortázar no necesita ni cree en los premios. Eso es cosa suya. Y tal vez cosa fácil porque como escritor nació premiado. Otros serán los beneficiarios de su premio (Médicis Etranger), y tirajes y regalías y entrevistas y participaciones en tribunales como el Russell. Alegres, aceptamos entonces el brindis de nuestro anfitrión. Y pasamos a hablar de otras cosas. De tantas cosas. Y yo pensaba en el joven escritor que una noche me había dicho que gracias a... Realistas que son.

Pasamos a hacernos más amigos. Nos reímos mucho recordando definiciones de diccionarios increíbles que habría que desempolvar tan rápidamente como se empolvan algunos Goncourts, algunos Renaudots, no sé. La mejor de la noche fue la que un amigo chileno acababa de contarme. Decía aquel diccionario: “Madre putativa: aquella que se reputa madre”. Fueron horas muy agradables y las he repetido en casa de Julio. Recuerdo su viaje a Sicilia. Recuerdo la noche que en su casa lo felicité por el precioso pullover peruano que llevaba puesto. Resultó que era islandés. Y un rato después, no sé si fue el vino, o algunos cuentos de Julio, más mi normal temor después de todo lo que he contado: lo vi sin pullover. Me rompí a hablar de mi viaje a México, el verano pasado. Temía que desapareciera como su pullover, pero logré captar toda su atención. México le interesaba mucho. Alguien allá le interesaba mucho. Siempre había admirado la obra de Tito Monterroso. De Augusto, de Tito, la de mi amigo, a quien recuerdo hablándome con tanto afecto de la obra de Julio. Cuando vayas a México te daré su dirección. Claro, hombre... Realistas que son.

Y aquí termino esta historia, o nota o como deseen llamarla. Más detalles sobre el Médicis Etranger se los podrá dar el propio Julio Cortázar, si algún día se le ocurre escribir algo así como “El cronopio premiado”, o “Instrucciones a un gigante para recoger un trofeo chiquito”. Esas cosas de él, ustedes saben. A mí todo esto se me ocurrió la noche aquella en que por primera vez estuve largo rato con él, la del brindis y la del premio. Lo estuve mirando un rato y sus palabras eran siempre buena moneda viva. La única que hoy debería valorizarse, para bien de muchos (cabría decir). Claro, después de mi artículo se ha llenado un poco de situaciones algo absurdas y de amigos y hasta se ha alargado un poquito, a lo mejor. Para que mis lectores no se me amarguen, voy a darles un gran dato: cualquier periódico de México debe pagar una fortuna por la primera foto de Julio Cortázar y Tito Monterroso juntos. Imagínense una foto de este gigante argentino que dicen que sigue creciendo, con Tito Monterroso que sólo crece en el recuerdo de los que lo hemos conocido. 

(Páginas 114 a 119)

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