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martes, 21 de abril de 2015

El enigma de Qaf, Alberto Mussa





Título original : O enigma de Qaf

Año de publicación : 2004

Editora : Editora Record

Año de la presente edición : 2004




Lo que sentía en la previa ante la lectura del tercer libro de Alberto Mussa era impaciencia, pues con sus dos anteriores obras (“Elegbara” y “El trono de la reina Jinga”) las experiencias habían sido muy satisfactorias, y ya desde el principio de esta obra mis ánimos se mantenían firmes y creciendo la esperanza de estar ante otro descubrimiento para mí de algo totalmente diferente, y vaya que lo fue; Mussa se superó a sí mismo.

La obra está dividida en 28 capítulos ordenados según las 28 letras del alfabeto árabe. Entre cada capítulo hay subcapítulos que el autor llama de “excursos” (“digresiones”) y “parámetros” (ídem). Los primeros no tienen relación con la historia que narra los capítulos en sí, pero te dan una mayor visión del fascinante universo que es tanto el mundo árabe como su literatura. Ya los segundos tienen alguna relación con la trama principal (todos resultan atractivos, ninguna en menor proporción que otra), pero creo que fácilmente pueden ser presentados de manera independiente resultando de por sí solos historias más que interesantes. Se pueden leer por separado, o inclusive ignorándolos -como lo recomienda el autor en una advertencia a manera de despiste al inicio del libro-, atentos a los capítulos en sí; pero, de querer descubrir “El enigma de Qaf” lo recomendable será leerlo de corrido, como una sola historia.

Aunque esté lejos de la complejidad de “Rayuela” pareciera ser un pequeño homenaje a aquella obra. Pero aquí el ambiente y la trama están inmersas en la inmensa diversidad del mundo árabe, así que es para estar atento a cada detalle: desde los complejos nombres de los diversos personajes, hasta la rica trama donde mezcla historia y ficción, presentando una novela atípica, donde inclusive pareciera poco interesar las sutiles conexiones entre ellas pues muchos –sino todas- de los capítulos resultan realmente placenteros ser leídos por separado.

Un punto que reparo hacia la mitad de la obra –como para desconfiar un poco de tanto placer- y creo es bueno tener en cuenta es sobre –en mi caso- la total ignorancia acerca de la historia árabe, y su literatura. No debo perder el foco de que lo presentado por Mussa es una ficción. No sé si alguien con poco o mucho conocimiento de estos temas ante este libro se fascinaría. Si hay en él y en los trechos de lo que pareciera historia algunos o muchos devaneos por parte del autor, pero como repito, al ser mi ignorancia tal sobre la cultura árabe éste libro simplemente me fascina y atrapa desde el inicio, no me resta más que rendirme ante la intrincada trama que éste autor brasileño presenta con ésta su tercera novela.

Por los acontecimientos a los que todos desde hace algunos años hemos venido viendo por televisión pareciera que nos quieren vender la idea de que árabe y terrorista son sinónimos. Con ésta novela una de las tantas propuestas que deja es justamente todo lo contrario: árabe es sinónimo de riqueza, de romanticismo, de inmensidad, de principio, de belleza.

Una leyenda contada por el abuelo de nuestro narrador, Nagib, quien huyó al Brasil junto a su enamorada Mari –quien vendría a ser luego la abuela del narrador- y trayendo consigo un equipaje sólo de libros, y parte de los versos del Quafiya al-Quaf memorizados lo toca: en la Arabia Pre-Islámica el poeta Al Gatash, se enamora profundamente de una joven de quien sólo vio sus ojos, Layla, y, para atraer su atención tendrá que develar el ocluso enigma que guarda el no menos misterioso alfabeto árabe.

Lo que él –el narrador- va descubriendo y develándonos es tan atractivo que fácilmente me olvido de él, embelesado por las historias que va dejando.

Aunque la trama tiene una breve conexión con Brasil un detalle de la obra en sí que llama mi atención es justamente huir de temas y ambientes netamente brasileños. Por el contrario, se sumerge –y a nosotros con él- en un tema que parece el autor domina, mostrándolo tan romántico, tan sencillo, como para que un neófito como yo no le tenga miedo a la inmensidad del mundo al que vamos a entrar.

Otro punto que ayuda a crear ese deslumbramiento es que tanto los capítulos principales, las digresiones y parámetros son historias cortas, en su mayoría de gran remate. Creo que de ser una historia lineal y extensa las chances de caer en la modorra y abandonar el libro serían grandes.

Un detalle que deja en el aire a manera de provocación aparece al inicio de la obra: “El viejo Nagib me narraba, en portugués, lo que presumo fuese su adaptación personal de Quafiya” (Pág. 20) Así como todas las historias y leyendas que inserta en la obra y que muy probablemente Mussa inventa son eso: adaptaciones de quien las recogía y luego las transmitía oralmente o registraba en pieles de camello. Toda narrativa desemboca en otra, y en otra, y en otra, siendo un inmenso e inacabable círculo, ramificándose, mutando, transformándose, la historia sin fin, que al final es una sola historia.  




¿Ya percibieron que poco o nada se habla de autores brasileños y la literatura de éste país en Hispanoamérica? Bueno, Alberto Mussa es un gran inicio, un cachito para descubrir la no menos vasta y rica literatura brasileña.

Esta obra se hizo con el Premio Casa de las Américas del 2005, y fue traducida a varios idiomas, entre ellos el castellano, y últimamente el árabe.




Digresión



Los dos espejos



Los árabes fueron los primeros pueblos a adoptar el cristianismo, aunque muchas tribus hayan permanecido en el paganismo o mantenidos ciertos ritos de la religión tradicional. Entre los primeros mártires cristianos hay varios árabes. El primer emperador romano a aceptar el bautismo fue Felipe, llamado de una manera adecuada “el árabe”. Obispos árabes estaban presentes en los conflictos que debatieran las célebres cuestiones bizantinas alineados con el bloque ortodoxo. Las dos más antiguas inscripciones en lengua árabe, hoy preservadas, fueron grafiadas en iglesias cristianas.

Pero en verdad fueron las tribus del desierto que concibieron el cristianismo dos siglos antes que el propio Cristo.

Se desconoce con exactitud cuándo se difundió, mas ciertamente es bastante antiguo, entre los semitas, la costumbre de sacrificar a los primogénitos para aplacar la furia divina contra la tribu o tornar propicia hacia el progenitor la divinidad. Nadie ignora, por ejemplo, la historia de Isaac y Abraham.

Entre los beduinos no era diferente.

Cuando la miseria y la enfermedad cayeron en un tal Adib, fabricante de espejos, un oráculo le exigió la sangre de su primer hijo.

Adib rió, después lloró, porque sólo tenía hijas. Desesperado, creyendo que el ídolo pretendía lo imposible justamente para no tener que socorrerlo, se retiró del desierto, y se rindió ante la muerte.

La idea le surgió cuando, en un gesto de auto compasión, posando su propio rostro contra un espejo de su invención. Aunque hacía años que trabajaba con espejos, nunca percibió el hecho de que la imagen reflejada era una inversión de la apariencia real: el lado derecho del rostro aparecía a la derecha en el espejo, y viceversa. Para la obtención de un reflejo perfecto era necesario un segundo espejo, o sea, dos inversiones de la figura original.

Fue este el raciocinio de Adib: si Allah me exige al hijo mayor puedo satisfacerlo ofreciéndole a la hija menor.

Y así se hizo. Y Adib vivió y prosperó. La noticia se difundió rápidamente, y diversas tribus pasaron inclusive a preferir el sacrificio de las benjaminas. El Corán condena esa costumbre, lo que demuestra todavía estar en boga en el siglo VII.

Pero las especulaciones al respecto del doble reflejo no acabaron por ahí. Hubo quien continuase haciendo inversiones, no siempre bien fundamentadas, poniendo a la esposa mayor en lugar de la hija menor; o un cuñado; o una sobrina.

Con el transcurrir del tiempo las discusiones sobre el asunto pasaron a ser meramente teóricas, y sabios del desierto propusieron una doble inversión innovadora: si, originalmente, la vida del padre equivalía a la muerte del hijo (estando ahí presente la presunción del doble reflejo), la vida del hombre, en general, también sería igual a la muerte de un dios.

El grande impulso que el culto de Adonis (un dios que muere) alcanzó en el período helenístico tal vez tenga a ver con esa tesis. Aunque eso no importa.

El hecho es que estaban propuestos los principios de la doctrina: si el dios Allah puede ser definido como Padre Divino, la muerte del Padre Divino debe equivaler a la muerte del Hijo Humano. Y si ese Hijo tiene su sangre vertida, nadie hará correr la de su madre. O sea, la madre será una virgen.

Por doscientos años beduinos vagaron por oasis, aldeas y ciudades, buscando un hijo humano de Allah, nacido de una virgen. No fue casualidad que tres príncipes árabes (tardíamente llamados de “Reyes Magos”) identificaron el nacimiento de un niño con esas características.

Aun así hay quien afirme que aquello es una impostura. Que no hay pruebas consistentes sobre la paternidad del niño. Que los espejos pueden ser volteados en otra dirección.

Páginas del 69 al 72. 






El ciclón - Café Tacvba 

Con la lectura de este libro recordaba este excelente disco de los Café Tacvba de mediados de los años 90's, el segundo de ellos, y, en especial este tema. Hacía tiempo que no los escuchaba, fue grato recordarlos y ahora escuchar el cd completo. Para nosotros de lo mejor que ha dado México. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

El trono de la reina Jinga, Alberto Mussa



Título original : O trono da rainha Jinga 

Editora Nova Fronteira, 1999


Creo que esta obra encaja perfectamente en lo que es una nouvelle, y quizá sea la única etiqueta que me atreva a ponerle. No es del todo una novela histórica, pero hay mucho de una parte de la cultura africana de la que se nutre este enorme y multicultural país que es Brasil. No es del todo una novela policíaca, pero cuenta con muchos toques y retintes de aquel género, incluyendo algunos misterios y hasta un caso a resolver. Alberto Mussa nos entrega en veinticinco pequeños capítulos (de tres páginas cada uno, algunos menos que eso) varias historias cortas que se entrelazan, ambientadas en lugares tan disímiles como Río de Janeiro, Goa (India), y Angola a inicios del siglo XVII. 

Mendo Antunes es quizá el personaje principal, la conexión con los otros personajes: comerciante y aventurero, llega a Angola huyendo de la India por la competencia española para ejercer su negocio llegando así a conocer a la reina del título, Jinga, soberana de Ndongo y Matamba, personaje enigmático, poseedora de una fuerza e influencia tan grande que intimida sin necesidad de mencionar palabra alguna. Ella se desenvuelve bien tanto en portugués como en kimbundu, el idioma más utilizado en Angola, aunque muchas veces sus frases concisas pero certeras son una mezcla de ambos idiomas; ella decidirá como estrategia convertirse al catolicismo, adoptando el nombre de Ana de Souza: Mussa nos presenta a una mujer con semblante de divinidad. También, en su reino tenemos el misterio por averiguar quién mató a Calunda, y el asesino está entre las propias huestes de Jinga. Por otro lado están un grupo pequeño de religiosos quienes gustan de las artes de una hechicera azoriana, serán asaltados a la salida del recinto quedando al descubierto ante las autoridades religiosas su reprensible devaneo. También están los esclavos Ignacio y Cristovão, el primero la antítesis del segundo aunque ambos jueguen sus particulares papeles en “la hermandad” a la que se le consigna los diversos asesinatos de gente blanca. Ignacio es un esclavo considerado civilizado por haber recibido educación, siendo inclusive secretario de Mendo Antunes, ya Cristovão defiende con pasión sus creencias y va a la deriva por su enfermo amor hacia Ana, una malvada esclava que pareciera en el fondo deleitarse con el martirio que Cristovão se auto inflige en nombre de ese amor. El auditor general brasileño Gonçalo Unhão Dinis llega a Angola e ipso facto entra en contacto con Mendo Antunes para ayudar en la interpretación de unos antiguos pergaminos encontrados al interior de un atado. Ya el indio Lemba dia Muxito es el encargado de preparar las drogas que Ana requiere, y en especial el divumo diazele el purgante más poderoso con que cuenta la hermandad, motivo de orgullo para su creador. 

En cada capítulo se alternan las diferentes voces de este variado grupo de personajes, y desde su óptica conocemos este delicioso enredo, lleno de individuos fantásticos, y aunque muchos nombres existieron realmente el autor les depara un futuro diferente al real. Pareciera que Mussa se regocijara encontrando un fabuloso hecho y/o personaje en la historia y de ahí partir a elucubrar una ficción que pareciera no tener fin. Me parece que le debe ser difícil ponerse un límite en el momento de elaborar su ficción ya que su escrita parece transmitir esa pequeña explosión de felicidad desde el momento en que investigó descubriendo ciertos hechos de la historia para poder así comenzar a alucinar sobre aquello y concatenar las historias. Ya mi goce como lector está en descubrir parte de todo un mundo totalmente ignorado hasta ahora: la cultura africana, con sus idiomas, dioses, costumbres, aunque aquí todo esto no sea el tema principal, se desarrolla parcial y paralelamente a la acción de sus personajes, casi como de soslayo: 

“Cuando apenas Ngunza y su mujer habitaban el mundo, cuando el cielo y la tierra estaban próximos, él, aburrido, pidió a Zambi que les diese un compañero. Zambi le prometió que les daría un hijo. Entonces, cuando la mujer de Ngunza quedó embarazada comenzó ya a preparar con el pilón la comida del niño. Pero lo hizo tan fuerte que dio con la punta del mortero en el cielo. Zambi, indignado, separó el cielo de la tierra, dejó sola a la pareja y maldijo al niño, previendo que él traería el mal a la tierra.

Cuando Cariapemba nació, comenzó a pedir comida, porque tenía que crecer. Ngunza le llevó pájaros, serpientes, pescados, perros, lagartos, cabras, antílopes, cualquier animal que encontraba en su camino, y Cariapemba no paraba de comer.

Un día, Ngunza fue a cazar y al regresar con las manos vacías, vio cómo Cariapemba comió a su propia madre.

Entonces Ngunza maldijo a Cariapemba, diciéndole que no tendría más comida y no iría a crecer. Cariapemba decidió comerlo, y Ngunza tuvo que atacarlo con su cuchillo.

Comenzó así a cortar a Cariapemba en pedazos; pero él no moría. Cuanto más Ngunza lo cortaba, Cariapemba aún más se multiplicaba, en seres menores que huían por todos lados.

Por eso Cariapemba no crece, pero tampoco desaparece. Continúa del mismo tamaño, con sus pedazos diseminados por el mundo entero.”

Fragmento del capítulo 21, pág. 88. Historia narrada por Jinga.






¿Es esto una leyenda encontrada e inserida en la historia o pura ficción del autor? No lo sé, pero me resulta más que interesante.

Buscando un poco a raíz de esta lectura encuentro que en Cuba el demonio aquel es llamado de Kadiempembe, el espíritu maligno de brujos, asesinos y suicidas. Zambi, también es llamado de Olorúm, es el Dios Supremo en la religión Candomblé. Ya Ngunza aparece en un mito Bantú, donde Kalunga –considerado al sur de Angola como Dios Supremo y el creador de todos los hombres- lleva al hermano menor de Ngunza al mundo de los muertos. ¡Cómo no puede ser interesante ese cachito de todo ese vasto universo! 

Pero el verdadero placer está en esta amalgama creada para desarrollar la historia que Alberto Mussa nos quiere presentar, donde encontramos aquello de que el dolor lava, el dolor limpia. Así también, el mismo miedo, respeto, curiosidad que Mendo Antunes parece profesar hacia la reina Jinga los hago míos ante ese maravilloso y misterioso personaje que ella encarna.   

Al Perú (quizá a México con la rica cultura azteca, y demás países centroamericanos con la cultura maya: no sé si exista en Centroamérica algún escritor con estas características) le hace falta un escritor con estas ganas de meterse a la biblioteca a investigar, visitar los sitios arqueológicos incas, pre-incas (aztecas y mayas para los centroamericanos), encontrar datos y personajes interesantes que debe haber y varios, y comenzar a inventar desde tal o cual punto; quién sabe, quizá Mussa algún día se anime.



El manuscrito que intercepté y que ahora yacía en el poder de aquel singular hombre, era de hecho enigmático. Se trataba de un pedazo de un antiguo documento, rasguñado en su revés. Estaba dentro del odre, formando un pequeño rollo, oculto debajo de unos sucios harapos, cosido por una inhábil mano, y envolvía a su vez unas hierbas dañinas, muy parecido a esos amuletos típicos de las brujas, también difundidos entre los africanos.

Mendo Antunes –que según él mismo aprendió aquel dialecto por sus andanzas en tierras africanas- pudo leer, con alguna dificultad, lo siguiente: 

 Múcua njinda
cariapemba uabixe
uajibe tata uajibe mama
uajibe dilemba uajibe muebo
uajibe quitumba bunjila
ni dicata buquicoca 

 - Interesante... -dijo-, tengo la impresión de conocer esos versos, aunque no recuerdo de dónde. 

 De aquello que él llamaba de versos o lo que fuese, la traducción fue la siguiente: 

 Bravo, el diablo llegó.
Mató a papá; mató a mamá;
mató a tío; mató a sobrino;
mato un ciego de una picada;
un tullido en el camino.
 

Lo miré con profundo desaliento. Aquello no contenía algún dato objetivo. Parecía un conjuro, una fórmula para encantar, una oración de algún aquelarre, pero sin ningún sentido, sin ningún albo definido. En fin, no habíamos obtenido nada, ninguna pista.  Y era de preocupar el hecho de que había gente de mi familia inmiscuída en esa hermandad que surgía ahora más perniciosa y aterrorizante que la armada de los bátavos. 

Súbitamente, un griterío en la calle irrumpió en el silencio. Dejamos de pronto los papeles y nos acercamos a la ventana. Era todo un tumulto en las escaleras de la matriz, pero aquella masa de vendedores ambulantes, mendigos, transeúntes, y desocupados no permitía una visión de la escena. Irritado, Mendo Antunes llamó: “¡Tío! ¡Eulalia! ¡Ignacio!” Una joven mucama acudió a los llamados. 

 - ¿Qué sucede en la iglesia?- Un loco, señor. Un enfermo. Está realizando sermones en nombre de Judas. Dicen que quiere matarse

Ya me abalanzaba por la puerta de enfrente cuando me alcanzaron, y pudimos apreciar el espectáculo: arqueado, sangrando, chicoteándose los propios flancos, un esclavo era expulsado del templo por el sacristán, que trataba sin éxito alguno esquivar los azotes. 

¡Afuera mula...! ¡Móntalo sacristán! – eran las burlas que dominaban e impedían las sinceras tentativas de auxilio. De repente, una guayaba con la ruta incierta acertó de lleno en la nariz del sacristán, que vaciló, algo zonzo, perdiendo el reflejo necesario para evitar el impacto del azote en pleno rostro. 

En aquel instante, llegaba finalmente la guardia, precipitándose sobre el esclavo que, abriendo los brazos se ofrecía francamente al linchamiento. Y hubiese perdido los sentidos si mi autoridad de auditor general, acompañado de Mendo Antunes, no consiguiese quebrar el cerco de la resistencia.

 Vacilante el flagelado superó el dolor para ponerse en pie: iba a pedir perdón al sacristán herido, pero se inmovilizó de repente. Su rostro fue encubierto por una fina expresión de ternura. Parecía fijar la mirada en un punto cualquiera de la confusión. Fue cuando se contuvo, y proclamó la herejía:

 -         Judas también sufrió. Y sólo debe existir un sufridor para que el mal acabe.

 En seguida, arrebató el chuzo al cabo de la guardia y, con movimientos precisos y rápidos se vació los ojos, rodando desesperadamente por las escaleras de la matriz.

Capítulo 2. Pág. 9 a 11. 

viernes, 28 de octubre de 2011

Elegbara, Alberto Mussa




Ilustraciones interiores : Maria Luíza Ferguson
Año de publicación : 1997
Editora Revan
Año de esta publicación : 1998



Primer libro de este autor, de quien supe de su existencia luego de que una revista literaria cayera en mis manos no sé cómo. Desde que leí aquella conversación transcrita en esas páginas busco sus libros, infructuosamente, cuando paso por alguna librería de viejo, hasta que un buen día me deparé con tres en una misma tarde: este es el primero, el único que curiosamente está publicado como Beto y no Alberto; de haber sabido buscaba en la “B” y no en la “A” ya que en las librerías brasileñas generalmente son ordenados de forma alfabética.

Sospecho que al igual que en Perú, en toda Latinoamérica, y quizá hasta en España, es poca la difusión de la literatura brasileña. De igual manera, aquí, en la tierra del futbol y la samba, salvo García Márquez, Borges y hace unos años Bolaño, pareciera casi nulo el interés por literatura hispanoamericana. No es que no haya traducciones, las hay, y encuentras tantos ejemplares en los estantes que pareciera que nadie los revisara; el desinterés pareciera mutuo, es una lástima. Pero, siempre hay algo de esperanza en que eso cambie: un brasileño se alzó con el premio Juan Rulfo del 2003, Rubem Fonseca, y, el autor del libro de esta entrada, Alberto Mussa se llevó el Casa de las Américas del 2005 en literatura brasileña.

Desde el primer relato -y tras haber leído algo de la literatura de este país- uno se puede dar cuenta de que Mussa es un escritor diferente, muy diferente, a sus colegas compatriotas. No sólo en estilo, sino básicamente en los temas que aborda. Mientras que muchos –no todos, felizmente- enmarcan sus historias, de manera indirecta o incluso muy directa, en los tiempos de la larga y terrible dictadura sufrida, los lugares y tiempos donde se desarrollan las historias de Mussa, al menos en este libro, son tan disímiles tornándolos muy atractivas.

Abre con el excelente relato “A primeira comunhão de Afonso Ribeiro” (“La primera comunión de Alfonso Ribeyro”), el más disfrutado de principio a fin, pero también el más extenso, hecho que me impide traducirlo y dejarlo aquí. Le encuentro una semejanza al también primer cuento del libro anterior, del venezolano Mujica, “La noche de los Ayamanes”: tanto en este como en aquel la ficción se mezcla con hechos históricos. Aquí un grupo de marineros de la tripulación del explorador Pedro Álvares de Cabral se vuelven desertores en lo que ellos posteriormente llamarían “Indias”. Todo se inicia con la vomitiva repulsión de la hostia en pleno sacramento por parte del Alfonso del título, un mozalbete que al final de la historia llegará a comulgar, aunque de una manera muy particular. Es una historia intensa y muy sabrosa en época del descubrimiento de lo que ahora conocemos como Brasil. La historia no tiene en Álvares de Cabral al personaje principal; se centra en un personaje olvidado o quizá ficticio. Una cosa te lleva a la otra: es a través de este excelente cuento que conozco ahora quién es André de Thevet, aquel monje francés, franciscano, explorador y cronista quien estuvo por el siglo XVI recorriendo el Brasil, autor de “Particularidades de la Francia Antártica”. Mussa basa parte de su estudio previo para este relato en fuentes de este autor.

En “A mulher vedada” (“La mujer vetada”) los pobladores del morro carioca (gentilicio de los de Rio de Janeiro) San Antonio amanecerán descubriendo un asesinato: es encontrado un cuerpo con un certero tajo en la garganta en medio del basural. La historia se desarrolla a inicios del siglo pasado y nos servirá de excusa para conocer cómo se fue desarrollando aquella favela, que cuenta entre sus moradores a una mujer con una feúra que daba pena a la tristeza, aislada a un confín de aquel lugar. Las historias de la fea y del futuro fiambre se encadenarán. El problema de concretar un relato tan bueno como el primero hace que otros, como este, sin ser malos, no llegan a ser disfrutados, por estar todavía con el sabor y el deleite del anterior.

El tercer relato, “Elegbara”, parece haber sido escrito durante la lectura afiebrada de “Las mil y una noches”. Breve, conciso, fantástico y certero; sospecho que al maestro Borges le hubiera gustado. Es el relato que dejo al final de esta entrada. El viandante, personaje principal en este relato lleva el nombre de Elegbara, “uno de los nombres del Orixá Exu, una de las divinidades de la cultura Iorubá, o Nagó, actualmente localizada en Nigeria y Benin. El nombre significa “quien tiene el poder”, destacándose de entre sus innumerables aspectos el de ser quien ejerce la acción, el crecimiento, la transformación.

Pero pareciera que en su afán por diversificar sus historias en tiempos y lugares diferentes, algunas no llegan a alcanzar el brillo de otras. Ya relatos como “O enforcado” (“El ahorcado”), “Os sábios de Tombuctu” (“Los sabios de Tombuctu”), y “Os crimes da rua da Vala” (“Los crímenes de la calle Vala”) están lejos de generar el placer que sí logra con el resto, como por ejemplo, además del primer y tercer relato están también “Alcácer Quiber”, cuento con matices históricos. De una singular armonía, con la primera frase ya crea intriga: “La verdad es que nadie vio morir al rey don Sebastián.” Intriga que también tiene la historia real sobre la que Mussa fantasea, y es que no basta con leer estas narrativas -como el autor llamó a su conjunto-, también nos deja, a modo de tarea, los hechos en los que se inspiró, igual de interesantes que las ficciones que nos presenta: la leyenda de la desaparición del rey portugués en mención, sétimo de la Dinastía de Avis.

Con “A cabeça de Zumbi” (“La cabeza de Zombi”) Mussa trae a colación uno de los personajes históricos más famosos con que cuenta Brasil: Zumbi dos Palmares (Zombi de Palmares), negro nacido en Palmares, Alagoas (1655), bautizado como Francisco por el padre jesuita a quien fue entregado. Hábil luchador, se tornó líder de la zona denominada Quilombo dos Palmares tras la muerte de Ganga Zumba, quien aceptó estar bajo la autoridad de la Corona Portuguesa; corría el año 1678. Ya por 1695, en una invasión a Palmares, Zombi fue capturado, decapitado, y su cabeza fue ofrecida al gobernador Melo e Castro embadurnada con sal y con el pene dentro de la boca. La cabeza fue expuesta en un poste en plena plaza pública en Recife. Esa es la historia real. Así moría el personaje y nacía la leyenda. Leyenda e historia sobre la cual Mussa se basa para entregarnos este relato.

Las breves historias que componen “O último neanderthal” (“El último neanderthal”) son análogas, pero en tiempos no cronológicos, retrocediendo desde el siglo pasado hasta la época de las cavernas, donde los personajes principales realizan acciones similares, cada cual en su presente, y a su manera, con los medios con que cuentan, concluyendo con un análisis del quehacer de todos ellos, donde el más primitivo no está tan distante del más contemporáneo: todos estos hombres poseen la misma cualidad: el escrutar, meditar, para luego decidir, y actuar.

Tras leer aquella entrevista ya lo sospechaba: Alberto Mussa se las trae.





Elegbara

Desde hace ocho generaciones, con la llegada de Oranmiyán, el fundador, Oyó sólo sabía de opulencia. De ahí el recelo de todo el pueblo cuando el rey dejó de comparecer a los mercados; y el profundo abatimiento que luego siguió cuando comenzó a correrse la noticia de la enfermedad que seguramente lo llevaría a la muerte.
El rey no murió, pero tampoco mejoró. La enfermedad se volvió linear, permanente, estancada como las aguas que quedan para más allá de Ijebu-Ode (*). Fue cuando Oyó, la justa, la soberbia, decayó de una manera vertiginosa. El cetro del rey no movía más al mundo.

Y el arado no rendía; las mujeres no parían; los herreros no forjaban; vendedores no vendían; compradores no compraban. Hubo sequía y hubo hambre.

Fue entonces que los ancianos, reunidos en consejo, decidieron convocar sabios de otros reinos. Llegaron de Ifé, vinieron desde Iré, desde Ilorin, y hasta de Ketú. La ciencia humana está siempre de este lado, del propio hombre; pero el rey continuó enfermo.
Oyó estaba al borde de la desesperación, cuando apareció, de súbito, llegado al parecer de la etnia Nupé, un extraño viandante de sonrisa crapulosa. Cargaba un morral y una catana, fumaba una pipa, y llevaba una capucha negra y roja.

Se detuvo al frente del mercado, donde se realizaba una asamblea, siendo notado por uno de los más viejos.

- El reino está muerto. Los extranjeros no son bienvenidos.

- No es esta, anciano, la fama de Oyó, la justa. Y yo vine por la justicia.

- Di quién eres y para dónde vas.

- No sé si he ido o si fui encontrado; mas iré a ser y habré ido.

- ¿Qué deseas, forastero?

- Quiero apenas ser querido. ¿Acaso no es vuestro rey quien ha enfermado de un mal sin cura?

- Es sin cura el mal; no hubo sabio capaz de vencerlo. No hay más por hacer en Oyó.


El viandante dio entonces una gran risotada:

- No es esta, anciano, la fama de Oyó, la soberbia. Y yo llegué por la gallardía.

El pueblo escuchaba atónito, y el extranjero continuó:

- Soy un antiguo andante. Vengo de caminar muchas y muchas leguas. La tierra es de mi tamaño. El mundo es de mi edad. No hay números para contar las proezas que realicé durante todo el tiempo que anduve: recolecté miel de saltamontes; me amamanté con leche de doncellas; me calenté sin tener hoguera; cociné sin tener olla; ya acudí el parto de una mujer vieja; ya empreñé a una recién nacida; traigo la cura de las molestias y las preguntas respondidas. Cuando me enteré del mal que aflige a vuestro rey, vine a ofrecer mis servicios. Sólo que todo tiene su precio.

- Oyó es justa y es soberbia. El forastero tendrá el precio que juzgue conveniente.

- Yo quiero el precio justo.

- ¿Y qué precio es ése?

- El que tenga la mayor grandeza y quepa en la menor medida.

Nadie entendió. Ni prestaron atención.

La fe humana está siempre más allá del propio hombre: el forastero fue introducido a los aposentos reales. Y fueron sólo tres días. Todo el pueblo estaba amontonado en la plaza del mercado cuando las esposas salieron corriendo del palacio para anunciar que el rey ya se encontraba de pie.

La fiesta fue programada para la feria siguiente, pero la alegría se anticipó. Oyó regresaba a lo que alguna vez fue. Y hasta una lluvia serena llegó a reavivar el colorido de la sabana resecada.

En la fecha marcada, el rey reapareció, rodeado de pompa y aclamaciones. Se dirigió al trono, en el centro del mercado, y elevó la voz:

- ¡Que venga ante mí el forastero de la capucha roja y negra!

Cuando este se aproximó, el rey dijo:

- La gratitud de Oyó no tiene medida. Que el forastero diga su precio.

- Yo quiero el precio justo.

- El rey ofrece cien piezas de marfil.

- Es poco; y no cabe en mi morral.

- Las cien piezas de marfil y treinta catanas de fierro.

- Es poco; y no cabe en mi morral.

- Las cien piezas de marfil, las treinta catanas de fierro, más diez partidas de cuentas de vidrio y además cincuenta esclavos.

- Es poco; y no cabe en mi morral.


El rey estaba estupefacto:

- Entonces ¿no hay límite para la ganancia de este forastero?

- Yo anduve leguas y leguas y cuando llegué a este país vi un rey prácticamente muerto, un reino destrozado, un pueblo infeliz. Yo curé al rey, erguí el reino, salvé al pueblo. Yo quiero el precio justo.


Y por más que el rey ofreciera recibía siempre la misma respuesta. Desesperado, se levantó del trono y con un gesto amplio hizo una última ofrenda:

- ¡Pues quédese con todo este reino¡

A lo que el forastero respondió:

- Es poco; y no cabe en mi morral.

Hubo un breve silencio, y el viandante prosiguió:

- No puede vivir quien debe la vida. Yo quiero la cabeza del rey.

Nadie podía creer lo que acababan de escuchar. El rey se desmoronó en el trono, aterrado: - ¿Cómo puede querer mi muerte quien llegó a curarme? ¡Es un absurdo…, una cobardía…, una infamia…, una ingratitud!

- No –dijo el viandante-; es el precio.

Y Oyó no resistió, como no resistiría poco después al asedio Nupé. Comprendió que, en aquel momento, cualquier condescendencia sería una injusticia; que el bien ideal era una imposibilidad teórica.

Y el viandante caminó en dirección al rey, decapitándolo, luego guardó la cabeza en su morral y, antes de desaparecer en la curva de la estrada, carcajeó por última vez:

- Ko si oba Kan ofi Olorun.

Y tenía razón: no hay rey, sino Dios.

Elegbara es así.



(*) Ijebu-Odé : Ciudad del estado de Ogún en Nigeria.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Alberto Mussa en el Paiol literario

Desde el 2006 se viene desarrollando en la capital paranaense el evento “Paiol literario”, en el Teatro Paiol (de ahí el nombre) donde se invita a un escritor brasilero para conversar sobre literatura. Es abierto al público, con entrada gratuita. Está moderado por el periodista y escritor Luís Henrique Pellanda –quien lanzó en el 2009 el libro de cuentos “O macaco ornamental” (“El mono ornamental”)-, quien luego publicará, a doble página, dicha tertulia, en el periódico de literatura “Rascunho” (“Bosquejo”) que es publicado mensualmente y lanzado al mercado de forma gratuita.

De a pocos fui traduciendo la conversa que mantuvo con el escritor carioca Alberto Mussa (autor de “El enigma de Qaf”, Premio Casa de las Américas 2005), en el mes de junio del presente año, y publicado en la edición de julio.

Fui tan de a pocos con la traducción que ya pasaron tres escritores más por este evento. Esto se debería imitar, en Lima por ejemplo, y podría ser en la Casa de la Literatura, quizá; sería una buena manera de acercar a los escritores y sus obras al gran público. Este evento aquí en Curitiba, Brasil, es auspiciado por el “Fundo Municipal da Cultura”, de la “Fundação Cultural de Curitiba”.

Por encontrar muy interesante la edición hecha en base al diálogo, lo dejo aquí, en español.




Diversión

No creo que alguien compre un libro de literatura con una finalidad específica. Las personas pueden obtener, de cualquier experiencia de vida, algo que nos sea útil, inclusive el placer de simplemente relajarse, descansar, aprovechar, conmoverse, reír. De cierta forma, eso también es una aplicación que se presta a alguna cosa. Cuando me refería a la inutilidad de la literatura (en una entrevista anterior) me referí específicamente sobre aquellos que dicen que tienes que leer para volverte una mejor persona, que sólo quien lee, o sólo quien lee literatura, es capaz de discutir, o de tener un pensamiento elevado, o de desenvolver una capacidad crítica en relación al mundo. En muchas otras cosas puedes obtener esa misma capacitación. La literatura debe ser tratada principalmente como diversión. Hay una excesiva colocación de la figura del escritor como “alguien” que está en cierto altar porque, en la literatura, existe un esfuerzo intelectual muy grande. Hasta puede haber, pero existe también un esfuerzo intelectual para erguir toda esta construcción, aquí (refiriéndose al Teatro Paiol). Todo lo que el hombre realiza exige inteligencia, esfuerzo, capacidad, talento. Creo que, a veces, esa colocación especial sobre “la importancia de la literatura” aleja un poco al lector que quiere, pura y simplemente, tener un momento de placer: abrir un libro, leer una historia, sonreír, entristecer, pensar.


La gracia de Kafka

En cada libro, en su fundamento, en su característica, va a despertar en el lector un efecto diferente, y un mismo libro puede despertar en lectores diferentes, sensaciones diferentes. Yo, por ejemplo, encuentro en “El proceso” de Kafka, un libro divertidísimo. Encuentro en él un escritor divertidísimo. Lo curioso es que hice la prueba de entregar un ejemplar de aquel libro a mi hijo, cuando él tenía quince años, y él también lo encontró muy divertido, pero ya oí personas diciendo que ese es un libro que nos aterroriza, porque destruye nuestras bases. No tomo las cosas muy en serio. Soy una persona seria generalmente, pero no doy esa grandeza excesiva a las cosas. Creo que las cosas son simples.


Camões memorizado

Mi padre y mi abuelo paterno tenían muchos libros en casa. Mi papá era juez embargador, pero siempre gustó mucho de la literatura. Él poseía una colección inmensa de libros de derecho y filosofía, libros que yo no tenía muchas ganas de leer, pero que, eventualmente leía. Mi papá también tenía muchos libros de literatura, y de literatura clásica. Mucha poesía: comencé como lector de poesía. Hubo una época en que me sabía trechos completos de “Os lusiadas” (“Las lusiadas”,1) de memoria; también sonetos de Camões, de Castro Alves, de Gonçalves Dias, todo esto a los diez u once años.


Garaje lleno

Los libros, en general, estaban desparramados por nuestra casa. Como soy algo mayor que mi segundo hermano –tenemos seis años de diferencia-, fui el primero en salir del cuarto común. Mi casa tenía dos pisos, toda la familia dormía arriba y yo abajo. Aquel cuarto mío era también donde mi papá almacenaba libros. Allí recuerdo de algunas colecciones muy interesantes: sobre mitología, por ejemplo, y esa proximidad tal vez influenció mi gusto, o las propias características de mi escrita. En mi casa sólo no había libros en la sala de visitas. Teníamos un garaje cerrado, donde, por lo menos, entraba un carro, pero, en aquel garaje, siempre hubo libros, nunca dejamos un carro ahí dentro. Estacionábamos el auto en la calle, y el garaje era un lugar destinado a los libros. Para mí, la convivencia con la lectura, fue tan natural como jugar con la pelota en la calle. Mi mamá gustaba de libros policiales: de Agatha Christie, que también yo leía. Por eso, siempre leí. No era un hábito, era un placer.


De la miopía al libro

Muy tarde decidí hacerme unos exámenes de vista: tengo diez grados de miopía, y la oftalmóloga preguntó desde cuando había comenzado a usar anteojos. Comencé relativamente tarde, cuando ya tenía cuatro grados. Ella me dijo: “Usted debió ser un niño que gustaba de leer, de quedarse en casa, y que gustaba de objetos pequeños.” Sorprendido le respondí: “Es verdad, ¿cómo pudo usted saber?”, ella respondiéndome: “Es que usted debe ser miope desde los siete u ocho años y, para un miope, es peor ver las cosas en profundidad.” Nunca fui un buen jugador de futbol, y por eso, acabé escribiendo. Pero nunca había escuchado un análisis así, diciendo que la miopía te lleva al libro, a un objeto que puedas ver en un tamaño mayor.




Mi biblioteca


Ingresé a la facultad con 23 años; era mi segundo intento. En aquel período, comencé efectivamente a montar una biblioteca que tuviese mi perfil. ¿Y cuál era ese perfil? Yo estaba interesado en conocer literatura y mucho sobre historia y antropología; mitología principalmente, pero, como difícilmente se encuentran colecciones de mitología, tienes que comprar libros de antropología. Siempre coleccioné libros en esas tres áreas, aunque más en literatura, por causa de afinidad. Tenía la obsesión de tener libros de todos los lugares del mundo. Estaba decidido por conocer escritores de Corea, de Tailandia, de Afganistán, y tuve la suerte, por una serie de circunstancias, de conocer la literatura africana. Fue entonces que pude juntar muchos libros de esa específica literatura y, en una época de mi vida pensé en ser profesor de literatura africana en la UFRJ (Universidad Federal do Rio de Janeiro), cuando los profesores comentaban que ese departamento sería abierto por allá. Sin embargo, la vida me llevó por otros rumbos, y terminé no ingresando en la universidad; nunca fui profesor.


Toda la literatura del mundo

Por aquella época no había internet, no había nada; tenías que ir a las librerías. En el centro de Rio (de Janeiro) hay una importadora, la Librería Leonardo da Vinci, donde yo siempre iba. Allí consultaba los catálogos, escogía los títulos, y mandaba comprar los libros. A veces, por causa de variaciones en la tasa de la moneda aquello se tornaba un serio problema, tenía que haber todo un esquema planeado previamente. Si un libro se demoraba mucho en llegar el dólar podría subir de precio y, después, no tendría cómo pagarlo. Mi intención era tenerlo todo. Tener un conocimiento de toda la literatura del mundo, o por lo menos un poco de cada una; tener un libro de cada lugar, de cada escritor importante de cada país. Fue así que mi biblioteca fue creciendo.


Exactas

Yo era un mal alumno, siempre lo fui. Durante el segundo grado fue cuando descubrí que tenía cierta habilidad para la matemática, eso cerca del examen de admisión. Nunca fui un alumno brillante. Tuve que llevar recuperación en portugués, en redacción. Y de repente, descubrí la matemática, en el justo momento de escoger una carrera. Jamás seguiría la carrera de mi padre, tenía un rechazo total por todo aquello. También eran épocas de la dictadura militar, el final de ella. Tuve una formación muy conservadora. A pesar de haber vivido experiencias que me mostraran otros universos, mi educación fue bastante severa. Fue entonces que opté por lo que estaba de moda en aquel tiempo: una carrera en el área de ciencias exactas.


Cerebral

No me gustaba nada práctico. No me gustaba la física, porque era una cosa real. Ingeniería, ni pensar. Entré en matemática, pero acabé no identificándome con aquello, sólo me gustaba la matemática abstracta. Desistí de la carrera en sí y fui a intentar estudios de música. Cuatro años después regresé a la universidad, más maduro, y decidí que quería estudiar literatura, pero esas cosas siempre marcan. Mi literatura es una literatura artificial, muy cerebral. No es que ella tenga un nivel de aplicación o de complejidad mayor que otras, no es eso, pero no escribo sobre mis experiencias de vida. No consigo verme escribiendo sobre mi infancia, que fue muy rica, tanto en cosas malas como en cosas positivas. Pasé por experiencias que pocas personas con mi origen conocen. Viví en una favela, llegué a vivir en el morro casi un año, cuando tenía 18, con una mujer de 27. Frecuenté escuelas de samba, y hasta hoy las frecuento. Tocaba atabaque (instrumento de percusión hecho de madera y cuero de res, usado en ceremonias religiosas o profanas) en sitios de umbanda (religión afro-brasileña que mezcla enseñanzas del espiritismo de Alan Kardec, del catolicismo, y de sectas que llegaron junto con los esclavos africanos). Fui capoeirista, enseñando capoeira de calle para mi hermano, que hoy es profesor de educación física. Una capoeira de calle que no tenía alongamiento previo, no tenía fortalecimiento alguno en un gimnasio, nada de eso: era capoeira pura. No puedo escribir sobre eso, no puedo plasmar en mis libros mis experiencias personales. Por eso busco escribir a partir de un problema cualquiera, es mi proceso de creación. Encuentro algún problema literario, alguna historia que leí, alguna novela que me inspira y digo: “Pucha(2), yo podría darle a eso un trato x”. También tengo que planificar el libro entero. No comienzo un libro sin saber exactamente qué decir; siempre quiero decir alguna cosa, y sé cómo voy a finalizarlo. Claro que durante el proceso de escribir, puedo cambiar alguna cosa, pero, antes de comenzar a escribir, invierto mucho tiempo planificando, hago dibujos…, dependiendo del lugar donde la historia va a desarrollarse, hago un mapita, localizo aquello, pienso en los capítulos. Si comienzo a escribir y noto que estoy dejando cada sección del libro con tres páginas, aquello se tornará una regla inquebrantable para mí, impidiéndome luego, hacer una sección con cinco páginas, por ejemplo, para no quebrar el ritmo, el paralelismo.


Diversidad literaria

Trabajo la cuestión de la ficción muy racionalmente. Gusto de transformar una historia en otra. De coger una historia y decir: "Puedo transformar esto en otra cosa." Me gusta cambiar la reacción del personaje x, por ejemplo, e imaginar lo que aquello puede inducirme a pensar. La construcción de “El movimiento pendular” está basada en ese principio. Son historias de adulterio. Es todo un juego, no tiene nada de formal, y realmente es un juego de carácter lógico. ¿Cuál es la idea? Coger una historia que pueda ser considerada la primera historia de adulterio de la humanidad, y mostrar que todas las historias de adulterio que sucedieron después de aquella son transformaciones de la primera. Si en la primera historia, el marido llegó y mató a la esposa, en otra, él la cogió de nuevo, o decidió matar a la amante. Ahí puedes crear todo un juego lógico de transformación de una historia en otra. Esto es muy interesante porque llegas a descubrir historias muy diferentes, que no son naturales, pero son literarias, y la literatura desborda y mucho a la realidad; ella tiene el poder de sobrepasarla. Puedes concebir mundos totalmente diferentes, principalmente si se llega a utilizar el elemento fantástico, que es una cosa que la literatura brasileña no tiene costumbre de hacer. La literatura brasileña tiene el vicio del realismo. No es que esté contra esto. Admiro una serie de libros realistas, pero, en un conjunto literario donde observas que todos trabajan con el mismo principio, eso se torna en un problema. Hoy, la gente habla mucho sobre el ecosistema, en preservar la naturaleza y, para mantener la vida en el planeta hablamos de diversidad biológica, pero, en lo cultural las personas no piensan así. Ellas tienden a formar padrones, seguir un mismo estilo ya trazado, un mismo principio, escuelas de literatura, una generación literaria; encuentro a todas esas cosas empobrecedoras. ¿Qué es una generación? Esta no se define apenas por su fecha de nacimiento, y sí por una comunión de procesos e intereses. Eso está mal. Lo ideal es que cada escritor tenga un proceso diferente, y que podamos ofrecer al público una diversidad literaria, cultural. Yo procuro hacer eso. Me gusta explorar temas que siento no están muy presentes en la literatura brasileña, entonces, siempre parto de un estímulo intelectual externo a mí y a mi vida.


Cosa peligrosa

Durante el período de la facultad nunca pensé en ser escritor. Mi objetivo era justamente ser profesor. (…) En esa época, yo trabajaba en el diccionario del profesor Houaiss (3), yo escribía la letra D. Fui especialista en letra D. ¿Y qué sucedió? Llegó el Plan Collor (4) y los patrocinadores retiraron su dinero del diccionario. Hubo una interrupción en el trabajo, y yo quedé desempleado. En esa época tenía un hijo de un año, y la madre de él, mi ex-mujer, trabajaba en el mismo lugar; quedamos desempleados al mismo tiempo. Tuve que ingeniarme otras cosas para hacer. Mi madre me ayudó bastante también. Acabé tomando otro rumbo, alejándome completamente del ambiente académico. Sin embargo, unos cinco años después, todo aquello terminó haciéndome una inmensa falta: la convivencia con amigos, las tertulias sobre libros, sobre literatura, sobre escritores. Hasta ese entonces nunca había intentado escribir en prosa, siempre había intentado escribir poesía. Intenté hacer un cuento, y acabé gustando de aquello. Insistí, envié un libro terminado para Antônio Houaiss, y tuve suerte, él gustó del libro, pero me dijo: “Estás haciendo una cosa muy peligrosa. Estás yendo en dirección contraria a todo lo que hasta hoy existe. ¿Estás seguro de querer publicar este libro?” Él tenía miedo de que mi libro fuese criticado porque no formaba parte de su tiempo. Le respondí: “Lo que escribí fue eso.” Houaiss hizo una presentación para el libro y pude publicarlo. Fue así que entré en la literatura con “Elegbara”, en 1997. El libro no tuvo ninguna repercusión. Fue una edición pagada a editora Revan, después fue publicado de nuevo por la editora Record.


Bioy, lindo y racional

Cuando comencé yo no conocía a Borges. Lo curioso es que las personas asocian y mucho mis libros a él. Había leído ya “La invención de Morel” de Bioy Casares, y me dije: “Caramba, si yo quisiera escribir algún día, si yo tuviera que escribir y consigo hacerlo, tengo que escribir ese tipo de literatura.” Es un libro lindo, pero construido muy racionalmente. Es una literatura muy racional. Cuando comencé a leer a Bioy me apasioné y, naturalmente, llegué a Borges, aunque en esos momentos ya había escrito “Elegbara” casi en su totalidad.


El portugués que conozco

Yo era un académico, me preparé para ejercer el profesorado. Escribía ensayos de literatura, textos teóricos, crítica. Comencé haciendo ficción, aunque creo que mi ficción trajo consigo un poco de esa forma de expresarme. Recuerdo también algo muy interesante: en mi época, en la facultad de letras, para que te conviertas en un escritor tenías que realizar alguna cosa parecida con Guimarães Rosa. Si no lograbas subvertir el lenguaje, no podrías ser considerado un artista de la palabra. Tenías que crear un universo, un lenguaje diferente, y yo no tenía la menor pretensión de hacerlo. Mi portugués era el portugués culto, universitario. Sé escribir solamente así, no sé hacer otra cosa, pero había esa presión. En las oficinas de literatura eras prácticamente obligado a intentar crear un lenguaje diferente. Cito a Guimarães Rosa porque era él la mayor referencia. Perdí el encanto con todo aquello porque veía que la historia en sí perdía valor, era como si ella no importase; cada uno tenía que crear su lenguaje; no comulgo con eso. Hasta puedes llegar a crear un lenguaje, pero Guimarães Rosa, en algunos libros, se equivocó y mucho. Quedó al final más lenguaje y menos historia. No me agradan sus últimos libros, pero hay un punto de equilibrio en que él tenga una creación de un vocabulario de imágenes metafóricas fascinantes, y tiene también la base, la historia que está contando. Sin esa buena historia no hay literatura para mí. Con una ficción hecha sólo de palabras, cualquier otra cosa en que el fundamento sea tan sólo un lenguaje diferente, sin una buena historia por detrás, simplemente no me llego a identificar. Reconozco que aquella época era extraña, había la semiótica. La teoría literaria tenía cosas así, todo era el signo, la significancia. Teníamos demasiada teoría, teoría de la recepción. Estudiabas unas cosas muy complicadas. De cierta manera eso me desanimó un poco de estudiar literatura teóricamente, aunque yo venía de aquella formación. Cuando descubrí a Bioy fue todo una abertura, una liberación. Pude resolver mi forma de escribir, y no podría ser de manera diferente: Bioy me liberó de ese peso de tener que crear un lenguaje. Voy a escribir en el portugués que conozco, el portugués que aprendí.


Autorreferente

En la actualidad vivimos un momento en que la gran mayoría de los escritores busca representar una realidad social. Creo que ese estudio (refiriéndose al estudio de la profesora Regina Dalcastagnè, de la UnB -Universidad de Brasilia-, sobre el perfil de los personajes de las novelas brasileras contemporáneas, en su mayoría, blancos y de clase media) desvela muchas cosas interesantes. Primero, las personas comienzan a escribir desde muy joven hoy en día. Los autores publican desde los 20 años. Eso no quiere decir nada, puedes escribir un libro maravilloso a esa edad, pero será un libro basado en su experiencia personal, porque con esa edad no tiene una carga de lectura que le permita un conocimiento más amplio de la literatura. Para mí, la literatura es una institución, ella tiene una historia. No basta tener tan sólo la inspiración. Puedes tener talento, pero necesitas tener el fundamento. Uno sólo aprende a escribir leyendo. ¿Puedes acertar con un libro? Sí, pero será un caso muy raro. Tú podrías acertar con un libro basado en experiencias personales, en una historia de tu vida, en algo que conociste. Al hacer eso estás utilizando tu referencia, pero, para escribir una novela fuera de tu tiempo, o en un país que no es el tuyo, necesitas estudiar. Si eres curitibano (5) y vas a crear una novela ambientada en la Curitiba del 2010, entonces conoces todo. No necesitas preocuparte con la ropa de los personajes, ya que es la ropa del cotidiano. Conoces los buses, los tipos de autos, las bebidas, las comidas, el hábito de las personas. Estás haciendo un libro que es la traducción de tu tiempo, porque este tiempo es tu auto-referente. El realismo es autorreferente desde el siglo XIX. Este ya habla de sí mismo, y de los problemas de su tiempo. Las personas están en su tiempo, preocupadas con lo que sucede en él, y representan ese tiempo. Eso es una estadística. ¿Cuál es el perfil del escritor brasileño? Blanco, universitario, periodista, profesor de literatura, residente en un gran centro, en la capital de su estado. ¿Y el escritor brasileño de hoy? Es difícil huir de eso, estadísticamente. La literatura es referente por autodefinición.


Eso cansa

Muchas veces escucho esta frase: “El escritor refleja su tiempo.” Yo no reflejo mi tiempo, ni tengo la menor intención de hacerlo. Por el contrario, la literatura me da la oportunidad de viajar por experiencias que nunca voy a tener: el siglo XIX, el siglo XVIII, la prehistoria, la edad media, otros países, mundos imaginarios, situaciones que en la vida real no existen, leyes físicas no vigentes. La literatura posibilita un viaje a un universo en que no vivimos. Es el gran momento de vivir una experiencia que no está dentro de nuestro cotidiano. Claro que hay buenos libros autorreferentes del tiempo contemporáneo, pero, cuando una literatura entera tiene ese proyecto, y eso ha sucedido en Brasil, el resultado es ese ahí. Me cansa. Disfruto justamente de aquella diversidad, de experimentar cosas nuevas. Si puedo imaginar el siglo XIX, ¿por qué no hacerlo? Es una experiencia única. Nosotros no vamos a vivir nunca en el siglo XIX, ¡estamos en el XXI!, pero en la literatura podemos hacerlo. No sólo leyendo los autores que escribieron sobre ese tiempo, también lo conseguimos viajando en la ficción. Esa es la grandeza de la literatura: la posibilidad de vivir la experiencia de otra persona, cavilar como otra persona, sentir como otra persona. Sentir viviendo ese otro tiempo, otro momento de la historia de la humanidad. Ganarás una sensación de humanidad mayor. Tendrás una experiencia mayor sobre el hombre en su sentido más amplio. No sobre el hombre localizado históricamente en una experiencia específica, sino del hombre en general. La literatura es una de las pocas disciplinas, una de las pocas actividades en que puedes desenvolver eso de la forma más libre posible.



Macunaíma y el racismo

Nunca me gustó Macunaíma. En la época en que lo leí, joven, era un libro que agredía, y todavía agrede la religión que yo practicaba. Yo tocaba el atabaque en sitios de umbanda; mi padre era adepto a filosofías alternativas, no tenía una religión específica. Mi madre y mis tías frecuentaban algunos sitios de umbanda. Eras así: iban a esos lugares para ver cómo estaba tal o cual situación, y luego regresaban a la iglesia. Yo llegué más hondo; me quedé allá y tuve una experiencia más intensa en ese ambiente. La descripción que Mário de Andrade hace de ese ambiente en su obra la encuentro profundamente pre-conceptuosa. Es tan agresiva que cuando se tiene una vinculación emocional con aquel fenómeno te llegas a sentir agredido. Independientemente de eso, analicemos todos los estereotipos que existían en el país antes de Macunaíma y del modernismo en general. ¿Cuál es el principal estereotipo de los indígenas en el Brasil? El indio es ocioso –esto desde la literatura colonial-, es sensual, es ligado al sexo sin límites, no tiene respeto por nada, es traicionero. Antes del modernismo ser ocioso era un valor negativo, ser sexualmente libre era negativo, no era bueno ser traicionero y no tener palabra. Con el negro sucede lo mismo. ¿Qué era el negro? Sucio, feo, supersticioso, olía mal, era violento, violador. Esos personajes los encontramos en todas nuestras novelas, desde la literatura colonial. Están en todas las cartas y sermones de padres. Cuando llegamos al modernismo, esos estereotipos se mantienen. La diferencia es que estas características pasaron a verse con tolerancia. ¿Y qué es Macunaíma? Él también es ocioso, libidinoso, sin carácter, traicionero. El negro del libro también es feo, asqueroso, despierta repugnancia. Son los mismos estereotipos, sólo que en vez de usar las mismas palabras agresivas que se usaban en el pasado, se pasó a usar un lenguaje más blando, más cordial. Se disminuyó la intensidad, pero se mantiene el mismo fundamento. Ese es un gran problema de la literatura, no de la brasileña en general, pero sí de una gran cantidad de libros y de grandes autores.


Montero Lobato inservible

En el 99,9% de las novelas brasileñas, sólo se llama de negro a quien es negro. A quien no se le asigna un color se le presume blanco. ¿Por qué? Porque se escribe pensando como blanco y, lo que es más grave, se escribe para un público blanco. Las personas que hicieron la literatura brasileña del siglo XX no imaginaron que su obra podría ser leída por negros. No imaginaron que los negros irían a la escuela algún día, que serían universitarios, que serían intelectuales. Hace un tiempo escribí un artículo sobre Montero Lobato que me causó un tremendo problema, porque dije ahí que su obra era completamente inservible, a pesar de ser genial. Tengo un gran amigo de raza negra, y su hija, de la misma raza, estudia en una escuela donde escogieron leer a Montero Lobato. Allí ella leyó que la negra es bembuda y burra. El personaje de la tía Anastácia es caracterizado así. En aquel artículo me respondieron que aquello era un absurdo, porque, para comprender un libro yo tenía que contextualizarlo históricamente. Ahí me detengo y pregunto: ¿Vas a pedir contextualizar históricamente un libro a una niña de raza negra de siete años, que estudia en una escuela de padrón alto, donde todos sus compañeros son blancos? ¿Vas a escoger un libro que dice que la negra es burra, fea y apestosa –que es como Emília se refiere de la tía Anastácia-, y vas a querer contextualizar eso históricamente? Ese libro es inservible para ser usado en un salón de clases. Ese libro refuerza esos estereotipos. Ese es un problema que trae nuestro racismo. Escoja los grandes autores: José Lins do Rego, Graciliano Ramos, Guimarães Rosa, los mejores, verán en ellos ese procedimiento. Son los personajes fulano o sultano, pero, en el momento en que el negro aparece, es “el negro”. El negro fulano. Poco a poco se olvida el nombre del personaje, pasando este a ser tan solo “el negro”, o “el mulato”. No es posible. Tenemos que encontrar otra forma de tratar esto.


Cosa de blancos

En mis libros nunca digo que un personaje es negro, el lector tendrá que descubrir. Daré indicaciones. Si digo que él es un esclavo, y estoy refiriéndome al período de la esclavitud, el lector podrá deducir eso fácilmente. En el libro que estoy escribiendo ahora tengo esa dificultad, pues no está ambientado en aquel período de la esclavitud. Está ambientado entre 1910 y 1920. Es un ejercicio interesantísimo poder mostrar al lector que un personaje es de raza negra sin necesidad de decirlo. Es un desafío, y es difícil. Antiguamente, en lingüística, eso era llamado de “elemento marcado”. El elemento marcado era aquel que “tenías que mencionar”. Cuando no mencionabas nada, se presumía otra cosa. Entonces, la literatura, se presume como una cosa de blancos. Escritores blancos y lectores blancos. Cuando aparece un elemento negro, este tiene que ser marcado.


El pueblo brasilero

Nuestros orígenes son indígenas, y esto es científicamente comprobado. Antes de esto, ya existía una comprobación histórica. Si ustedes leen los textos coloniales del siglo XVI verán que todos se refieren a los problemas de la Inquisición, al tolerar los casamientos, uniones que no eran formales, ni santificadas por la iglesia, entre los portugueses y las indias de las aldeas, de las aldeas controladas por padres jesuitas. Los propios documentos históricos refieren que del primer millón de brasileros –en un cálculo que hizo Darcy Ribeiro en el libro “O povo brasileiro”-, ciertamente el 90% eran oriundos de aquel primer contacto, pues no habían mujeres blancas. Eran poquísimas. Fue entonces que la populación brasilera creció en la base del relacionamiento, no necesariamente amoroso, entre portugueses e indígenas.


La lengua general


El Marqués de Pombal (6) prohibió el uso del tupi (7) en Brasil. Domingos Jorge Velho (8), quien destruyó Palmares, no hablaba portugués. Hablaba la “língua geral(idioma de los bandeirantes) (8). La toponimia de Brasil muestra eso. Hay nombres tupi por todo el Brasil: ríos, lagos, cascadas, ciudades. En lugares donde los indígenas tupi nunca vivieron. Eso sucedía porque quien bautizaba aquellos lugares eran los “bandeirantes”, que no hablaban portugués. En la actualidad, las personas en general no reconocen esto. Ellas dicen: “Que Brasil es un país mestizo, es verdad, pero yo no lo soy: mi madre era portuguesa o italiana, y yo tengo un pasaporte de la comunidad europea”. Cosas de ese tipo están de moda hoy en día. Las personas no reconocen una cosa obvia y científicamente demostrada: el aspecto físico no dice nada de ti después de dos, tres, cuatro generaciones. Yo me hice un examen de ADN, y descubrí que tengo antepasados indígenas, y no tengo cara de indio, a pesar de gustar y andar sin camisa, pero tengo comprobado que, en mi genoma, algún gen viene de un linaje indígena. Y es así con prácticamente todos los brasileños, excepto claro de aquellos cuyos padres son inmigrantes recientes.


¿Qué es tupi?

Las personas no tienen interés en conocer la historia brasileña. Vean la literatura de los Estados Unidos, por ejemplo, que es el país modelo para casi todo en la actualidad. Hay todo tipos de libro: los contemporáneos, los históricos, los fantásticos, los policiales, y, cuando vemos el tratamiento que los escritores le dan a la historia norteamericana vemos que ellos tienen conocimiento. Hay géneros fascinantes. El “lejano oeste” por ejemplo, es un género maravilloso creado allá. Y los autores de ese género, y principalmente los grandes escritores que lo abordaron, tienen un profundo conocimiento de aquella historia. Cuando hablan de indios, hablan con conocimiento de causa. Conocen sus rituales, saben distinguir sus grupos. Nosotros no tenemos ni noción de qué tipo de indios viven en el Brasil. Mencionamos la palabra “tupi”, pero ¿qué es tupi? ¿A qué se refiere? ¿Cuál es la diferencia entre el tupi y el tapuia? ¿Y cuál con el ianomâmi? Y es ahí que vemos cosas absurdas. Personas colocando la palabra tupi en boca de indígenas que no lo hablan. En Brasil son habladas casi 200 lenguas indígenas. Falta una identificación del brasileño con su propia historia, la historia de su país. Reconocer que, en verdad, nuestra historia no comienza en 1500, esta ya viene de antes. En Francia, antes de la llegada de los romanos, se tenía a los galeses; en Portugal tenían los íberos. Fernando Pessoa en “Mensagem” (“Mensaje”), habla del héroe antiguo, anterior a los romanos. Él no creía que Portugal comenzó con la invasión romana. Este sentimiento en Brasil no existe, y existe en cualquier lugar del mundo, solamente aquí no existe.


Grandes momentos


Algo que me causó un enorme impacto, y que me llevó a escribir “O enigma de Qaf” (“El enigma de Qaf”), fue la lectura de la poesía árabe pre-islámica. Siempre leí mucha poesía. Hasta hoy la leo, quizá menos que antes, pero nunca la abandoné; fue mi formación. Pero de esa poesía árabe, yo no tenía ninguna noción. A pesar de tener antepasados libaneses, nunca aprendí árabe en casa. Crecí como un brasilero común. Muy tarde, leí una traducción de esos poemas, y vi que aquella era una poesía tribal. Normalmente, en Egipto o en China, por ejemplo, el tratamiento de la poesía era siempre el de la ciudad, y de personas que vivieron en un mundo civilizado, donde había un estado, leyes, crimen y justicia, pero aquel era el único caso de poesía antigua y clásica de una sociedad de pastores nómades que no tenían leyes. Existía un código de ética, pero la ley era la de la venganza: lo que tú haces conmigo, yo lo haré con un pariente tuyo. Está todo allí. Fue uno de los últimos momentos en que la literatura cambió mi forma de vivir el mundo.


Edición : Luís Henrique Pellanda

Traducción: Manolo Paitán Malpartida.


Pueden leer el texto original en esta dirección:
http://rascunho.rpc.com.br/index.php?ras=secao.php&modelo=2&secao=45&lista=0&subsecao=0&ordem=3439

(1) “Os lusíadas”, obra poética del portugués Luiz Vaz de Camões, obra cumbre de la literatura portuguesa. Es, para los brasileros, e imagino que para los portugueses, el equivalente a lo que para nosotros, los hispanohablantes es “El quijote...” de Cervantes.

(2) Ese “pucha” se utiliza mucho en Perú de manera coloquial, sospecho que en otros países no es así. Opté por esa expresión por creerla más cercana al “puxa” del texto original, término usado también, de manera coloquial, en muchos estados brasileños.

(3) “Grande Dicionário Houiass da Língua Portuguesa”, proyecto del profesor Antônio Houaiss, quien dedicó toda una vida en mapear y registrar palabras utilizadas en la lengua portuguesa. Diccionario con más de 3000 páginas, el autor declaró: “Cuanto mayor es la desinformación del usuario, mayor es el desamor por aquello que es el medio más eficaz de comunicación entre los hablantes de cualquier nación, su propia lengua.

(4) El llamado “Plano Brasil Novo”, más conocido como “Plano Collor” fueron las medidas económicas tomadas por el electo presidente (1990) Fernando Collor de Melo para combatir la inflación, bloqueando todas las cuentas bancarias con más de 50 mil Nuevos Cruzados (moneda de aquel tiempo), y transfiriéndolas al Banco Central. Millones de personas se fueron a la ruina, no pudiendo desbloquear su dinero. Los peruanos sabemos bien qué se siente; durante el primer mandato de nuestro presidente Alan García, hizo dos años antes (1988) una cagada parecida con iguales o peores resultados.

(5) Gentilicio de Curitiba.

(6) Sebastião José de Carvalho e Melo o Marqués de Pombal (1699-1782), fue un noble y estadista portugués quien es recordado por su energía tras el terremoto que asoló Lisboa en 1755, así como también por su impulso en la educación en Portugal, teniendo como objetivo el nivelar y actualizar su país con el resto de Europa. En Brasil, donde los jesuitas tenían sus misiones, Pombal los acusó de apoyar a los indígenas en la resistencia contra Portugal, consiguiendo –tras un atentado contra la vida del rey José en 1758- expulsar a los jesuitas de Portugal y de sus colonias; ese tiempo fue conocido como “Terror Pombalino”.

(7) Tupi, lengua indígena brasileña hoy extinta. Originaria del pueblo de Tupinambá, llegó a ser estudiada por los jesuitas. Del tupi descienden las lenguas “nheengatu” (tupi moderno), y “língua geral paulista” o “língua crioula”, también extinta.

(8) Domingos Jorge Velho (1641-1705) fue quizá el mayor “bandeirante” –personas que ingresaban en los sertones en busca de riquezas esclavizando indígenas- del que se tiene conocimiento, encargado de exterminar a indios de Ceará y Maranhão que todavía no estaban bajo las órdenes de los blancos.


Fuentes:

- La fotografía del escritor durante el diálogo fue tomada del blog “Alma Acreana” de Isaac Melo.
http://almaacreana.blogspot.com/2010/06/alberto-mussa.html

- El texto traducido fue publicado por el periódico literario "Rascunho" en su edición de julio del 2010.

- Sobre el “Grande Dicionário Houiass da Língua Portuguesa”
http://www.objetiva.com.br/livro_ficha.php?id=698

- Sobre el Marqués de Pombal
http://educacao.uol.com.br/biografias/ult1789u644.jhtm

- Sobre el idioma tupi
http://pt.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADngua_Geral_Paulista

- Sobre Domingo Jorge Velho
http://educacao.uol.com.br/biografias/ult1789u689.jhtm