viernes, 28 de octubre de 2011

Elegbara, Alberto Mussa




Ilustraciones interiores : Maria Luíza Ferguson
Año de publicación : 1997
Editora Revan
Año de esta publicación : 1998



Primer libro de este autor, de quien supe de su existencia luego de que una revista literaria cayera en mis manos no sé cómo. Desde que leí aquella conversación transcrita en esas páginas busco sus libros, infructuosamente, cuando paso por alguna librería de viejo, hasta que un buen día me deparé con tres en una misma tarde: este es el primero, el único que curiosamente está publicado como Beto y no Alberto; de haber sabido buscaba en la “B” y no en la “A” ya que en las librerías brasileñas generalmente son ordenados de forma alfabética.

Sospecho que al igual que en Perú, en toda Latinoamérica, y quizá hasta en España, es poca la difusión de la literatura brasileña. De igual manera, aquí, en la tierra del futbol y la samba, salvo García Márquez, Borges y hace unos años Bolaño, pareciera casi nulo el interés por literatura hispanoamericana. No es que no haya traducciones, las hay, y encuentras tantos ejemplares en los estantes que pareciera que nadie los revisara; el desinterés pareciera mutuo, es una lástima. Pero, siempre hay algo de esperanza en que eso cambie: un brasileño se alzó con el premio Juan Rulfo del 2003, Rubem Fonseca, y, el autor del libro de esta entrada, Alberto Mussa se llevó el Casa de las Américas del 2005 en literatura brasileña.

Desde el primer relato -y tras haber leído algo de la literatura de este país- uno se puede dar cuenta de que Mussa es un escritor diferente, muy diferente, a sus colegas compatriotas. No sólo en estilo, sino básicamente en los temas que aborda. Mientras que muchos –no todos, felizmente- enmarcan sus historias, de manera indirecta o incluso muy directa, en los tiempos de la larga y terrible dictadura sufrida, los lugares y tiempos donde se desarrollan las historias de Mussa, al menos en este libro, son tan disímiles tornándolos muy atractivas.

Abre con el excelente relato “A primeira comunhão de Afonso Ribeiro” (“La primera comunión de Alfonso Ribeyro”), el más disfrutado de principio a fin, pero también el más extenso, hecho que me impide traducirlo y dejarlo aquí. Le encuentro una semejanza al también primer cuento del libro anterior, del venezolano Mujica, “La noche de los Ayamanes”: tanto en este como en aquel la ficción se mezcla con hechos históricos. Aquí un grupo de marineros de la tripulación del explorador Pedro Álvares de Cabral se vuelven desertores en lo que ellos posteriormente llamarían “Indias”. Todo se inicia con la vomitiva repulsión de la hostia en pleno sacramento por parte del Alfonso del título, un mozalbete que al final de la historia llegará a comulgar, aunque de una manera muy particular. Es una historia intensa y muy sabrosa en época del descubrimiento de lo que ahora conocemos como Brasil. La historia no tiene en Álvares de Cabral al personaje principal; se centra en un personaje olvidado o quizá ficticio. Una cosa te lleva a la otra: es a través de este excelente cuento que conozco ahora quién es André de Thevet, aquel monje francés, franciscano, explorador y cronista quien estuvo por el siglo XVI recorriendo el Brasil, autor de “Particularidades de la Francia Antártica”. Mussa basa parte de su estudio previo para este relato en fuentes de este autor.

En “A mulher vedada” (“La mujer vetada”) los pobladores del morro carioca (gentilicio de los de Rio de Janeiro) San Antonio amanecerán descubriendo un asesinato: es encontrado un cuerpo con un certero tajo en la garganta en medio del basural. La historia se desarrolla a inicios del siglo pasado y nos servirá de excusa para conocer cómo se fue desarrollando aquella favela, que cuenta entre sus moradores a una mujer con una feúra que daba pena a la tristeza, aislada a un confín de aquel lugar. Las historias de la fea y del futuro fiambre se encadenarán. El problema de concretar un relato tan bueno como el primero hace que otros, como este, sin ser malos, no llegan a ser disfrutados, por estar todavía con el sabor y el deleite del anterior.

El tercer relato, “Elegbara”, parece haber sido escrito durante la lectura afiebrada de “Las mil y una noches”. Breve, conciso, fantástico y certero; sospecho que al maestro Borges le hubiera gustado. Es el relato que dejo al final de esta entrada. El viandante, personaje principal en este relato lleva el nombre de Elegbara, “uno de los nombres del Orixá Exu, una de las divinidades de la cultura Iorubá, o Nagó, actualmente localizada en Nigeria y Benin. El nombre significa “quien tiene el poder”, destacándose de entre sus innumerables aspectos el de ser quien ejerce la acción, el crecimiento, la transformación.

Pero pareciera que en su afán por diversificar sus historias en tiempos y lugares diferentes, algunas no llegan a alcanzar el brillo de otras. Ya relatos como “O enforcado” (“El ahorcado”), “Os sábios de Tombuctu” (“Los sabios de Tombuctu”), y “Os crimes da rua da Vala” (“Los crímenes de la calle Vala”) están lejos de generar el placer que sí logra con el resto, como por ejemplo, además del primer y tercer relato están también “Alcácer Quiber”, cuento con matices históricos. De una singular armonía, con la primera frase ya crea intriga: “La verdad es que nadie vio morir al rey don Sebastián.” Intriga que también tiene la historia real sobre la que Mussa fantasea, y es que no basta con leer estas narrativas -como el autor llamó a su conjunto-, también nos deja, a modo de tarea, los hechos en los que se inspiró, igual de interesantes que las ficciones que nos presenta: la leyenda de la desaparición del rey portugués en mención, sétimo de la Dinastía de Avis.

Con “A cabeça de Zumbi” (“La cabeza de Zombi”) Mussa trae a colación uno de los personajes históricos más famosos con que cuenta Brasil: Zumbi dos Palmares (Zombi de Palmares), negro nacido en Palmares, Alagoas (1655), bautizado como Francisco por el padre jesuita a quien fue entregado. Hábil luchador, se tornó líder de la zona denominada Quilombo dos Palmares tras la muerte de Ganga Zumba, quien aceptó estar bajo la autoridad de la Corona Portuguesa; corría el año 1678. Ya por 1695, en una invasión a Palmares, Zombi fue capturado, decapitado, y su cabeza fue ofrecida al gobernador Melo e Castro embadurnada con sal y con el pene dentro de la boca. La cabeza fue expuesta en un poste en plena plaza pública en Recife. Esa es la historia real. Así moría el personaje y nacía la leyenda. Leyenda e historia sobre la cual Mussa se basa para entregarnos este relato.

Las breves historias que componen “O último neanderthal” (“El último neanderthal”) son análogas, pero en tiempos no cronológicos, retrocediendo desde el siglo pasado hasta la época de las cavernas, donde los personajes principales realizan acciones similares, cada cual en su presente, y a su manera, con los medios con que cuentan, concluyendo con un análisis del quehacer de todos ellos, donde el más primitivo no está tan distante del más contemporáneo: todos estos hombres poseen la misma cualidad: el escrutar, meditar, para luego decidir, y actuar.

Tras leer aquella entrevista ya lo sospechaba: Alberto Mussa se las trae.





Elegbara

Desde hace ocho generaciones, con la llegada de Oranmiyán, el fundador, Oyó sólo sabía de opulencia. De ahí el recelo de todo el pueblo cuando el rey dejó de comparecer a los mercados; y el profundo abatimiento que luego siguió cuando comenzó a correrse la noticia de la enfermedad que seguramente lo llevaría a la muerte.
El rey no murió, pero tampoco mejoró. La enfermedad se volvió linear, permanente, estancada como las aguas que quedan para más allá de Ijebu-Ode (*). Fue cuando Oyó, la justa, la soberbia, decayó de una manera vertiginosa. El cetro del rey no movía más al mundo.

Y el arado no rendía; las mujeres no parían; los herreros no forjaban; vendedores no vendían; compradores no compraban. Hubo sequía y hubo hambre.

Fue entonces que los ancianos, reunidos en consejo, decidieron convocar sabios de otros reinos. Llegaron de Ifé, vinieron desde Iré, desde Ilorin, y hasta de Ketú. La ciencia humana está siempre de este lado, del propio hombre; pero el rey continuó enfermo.
Oyó estaba al borde de la desesperación, cuando apareció, de súbito, llegado al parecer de la etnia Nupé, un extraño viandante de sonrisa crapulosa. Cargaba un morral y una catana, fumaba una pipa, y llevaba una capucha negra y roja.

Se detuvo al frente del mercado, donde se realizaba una asamblea, siendo notado por uno de los más viejos.

- El reino está muerto. Los extranjeros no son bienvenidos.

- No es esta, anciano, la fama de Oyó, la justa. Y yo vine por la justicia.

- Di quién eres y para dónde vas.

- No sé si he ido o si fui encontrado; mas iré a ser y habré ido.

- ¿Qué deseas, forastero?

- Quiero apenas ser querido. ¿Acaso no es vuestro rey quien ha enfermado de un mal sin cura?

- Es sin cura el mal; no hubo sabio capaz de vencerlo. No hay más por hacer en Oyó.


El viandante dio entonces una gran risotada:

- No es esta, anciano, la fama de Oyó, la soberbia. Y yo llegué por la gallardía.

El pueblo escuchaba atónito, y el extranjero continuó:

- Soy un antiguo andante. Vengo de caminar muchas y muchas leguas. La tierra es de mi tamaño. El mundo es de mi edad. No hay números para contar las proezas que realicé durante todo el tiempo que anduve: recolecté miel de saltamontes; me amamanté con leche de doncellas; me calenté sin tener hoguera; cociné sin tener olla; ya acudí el parto de una mujer vieja; ya empreñé a una recién nacida; traigo la cura de las molestias y las preguntas respondidas. Cuando me enteré del mal que aflige a vuestro rey, vine a ofrecer mis servicios. Sólo que todo tiene su precio.

- Oyó es justa y es soberbia. El forastero tendrá el precio que juzgue conveniente.

- Yo quiero el precio justo.

- ¿Y qué precio es ése?

- El que tenga la mayor grandeza y quepa en la menor medida.

Nadie entendió. Ni prestaron atención.

La fe humana está siempre más allá del propio hombre: el forastero fue introducido a los aposentos reales. Y fueron sólo tres días. Todo el pueblo estaba amontonado en la plaza del mercado cuando las esposas salieron corriendo del palacio para anunciar que el rey ya se encontraba de pie.

La fiesta fue programada para la feria siguiente, pero la alegría se anticipó. Oyó regresaba a lo que alguna vez fue. Y hasta una lluvia serena llegó a reavivar el colorido de la sabana resecada.

En la fecha marcada, el rey reapareció, rodeado de pompa y aclamaciones. Se dirigió al trono, en el centro del mercado, y elevó la voz:

- ¡Que venga ante mí el forastero de la capucha roja y negra!

Cuando este se aproximó, el rey dijo:

- La gratitud de Oyó no tiene medida. Que el forastero diga su precio.

- Yo quiero el precio justo.

- El rey ofrece cien piezas de marfil.

- Es poco; y no cabe en mi morral.

- Las cien piezas de marfil y treinta catanas de fierro.

- Es poco; y no cabe en mi morral.

- Las cien piezas de marfil, las treinta catanas de fierro, más diez partidas de cuentas de vidrio y además cincuenta esclavos.

- Es poco; y no cabe en mi morral.


El rey estaba estupefacto:

- Entonces ¿no hay límite para la ganancia de este forastero?

- Yo anduve leguas y leguas y cuando llegué a este país vi un rey prácticamente muerto, un reino destrozado, un pueblo infeliz. Yo curé al rey, erguí el reino, salvé al pueblo. Yo quiero el precio justo.


Y por más que el rey ofreciera recibía siempre la misma respuesta. Desesperado, se levantó del trono y con un gesto amplio hizo una última ofrenda:

- ¡Pues quédese con todo este reino¡

A lo que el forastero respondió:

- Es poco; y no cabe en mi morral.

Hubo un breve silencio, y el viandante prosiguió:

- No puede vivir quien debe la vida. Yo quiero la cabeza del rey.

Nadie podía creer lo que acababan de escuchar. El rey se desmoronó en el trono, aterrado: - ¿Cómo puede querer mi muerte quien llegó a curarme? ¡Es un absurdo…, una cobardía…, una infamia…, una ingratitud!

- No –dijo el viandante-; es el precio.

Y Oyó no resistió, como no resistiría poco después al asedio Nupé. Comprendió que, en aquel momento, cualquier condescendencia sería una injusticia; que el bien ideal era una imposibilidad teórica.

Y el viandante caminó en dirección al rey, decapitándolo, luego guardó la cabeza en su morral y, antes de desaparecer en la curva de la estrada, carcajeó por última vez:

- Ko si oba Kan ofi Olorun.

Y tenía razón: no hay rey, sino Dios.

Elegbara es así.



(*) Ijebu-Odé : Ciudad del estado de Ogún en Nigeria.

viernes, 21 de octubre de 2011

Postales del fin del mundo, Malbec 2009




Bodegas Del Fin del Mundo; Postales Del Fin del Mundo, Malbec 2009; 14% Grad. Alc; Neuquén, Región de la Patagonia, Argentina.

Los vinos de las Bodegas Del Fin del Mundo tienen una presencia muy marcada en el mercado brasileño, y esta línea en particular, “Postales…”, te la encuentras por donde vayas, así como sucede con los “Casilleros …” chilenos. El vino en cuestión pertenece a la línea básica de esta casa, estando sólo después de la marca “Ventus” que por aquí no se encuentra.

Hicimos un aderezo de carne molida (aquí, en portugués le llaman “refogado”) para comerlo con pan pita o árabe, comida rápida y sencilla, que acompañó muy bien este vino joven.

A la vista es de un púrpura obscuro, de lágrimas medianas, denota poca corpulencia. Ya en la nariz primero, esos olores primarios, sin mover la copa, se siente ciruelas negras, y luego en los secundarios, moviéndola, se suma algo de tabaco, y de alcohol también, resaltando lo afrutado. Al probarlo, es leve, taninos suaves, algo alcohólico, con una agradable sensación de amargor como de tabaco en el retrogusto. No te llega a secar la boca, es nula esa rica sensación de astringencia. Esa sensación alcohólica incomoda un poco, aunque tras comer la carne ya no se percibe, pero no me imagino este vino bebiéndolo en una conversa con mesa de quesos. No hay nada que llegue a sorprender pero tampoco es malo, y aunque es un vino económico considero que su relación calidad-precio no es buena: deben haber mejores opciones en ese rango de precio (aquí RS 24,90), quizá un "Álamos" de Catena, o un “La Linda” de Luigi Bosca; este “Postales…” es cumplidor.

No es para una celebración especial, es para departir en un día cualquiera, y a nosotros nos fue mejor ya con la comida en la mesa que en la previa.

martes, 11 de octubre de 2011

Chile 4 - Perú 2 Eliminatorias Brasil 2014




Nos bajaron a tierra. Mejor que haya sido ahora y no después, a ver si así aprendemos. Mejor que haya sido de visita y no de local. Tanto la prensa peruana hablaba de los 4 fantásticos y ahora tendrán que publicar de los 4 goles que nos encajaron. Los que hasta hace horas publicaban fotos trabajadas en photoshop con los jugadores peruanos enfundados en trajes de super héroes, ahora piden mesura.

Es sabido que cuando se juega de visita se tiene que cuidar los 15 primeros minutos, ¡15 minutos!, no puedes dejar que te anoten al primer minuto de juego; a Acasiete sólo le faltó aplaudir. Y cuando estás 3 a 2 después de estar perdiendo 3 a 0 no puedes salir con la vehemencia con que cortó Fernández haciéndole una falta a Valdivia; Suazo tenía que regresar al gol con nosotros.

Lo rescatable (sí, hay mucho de rescatable aún en esta goleada) es la actitud que tuvieron la mayoría y no esperar a que termine el partido, sin esa actitud Chile nos pudo haber metido 6; y también que Claudio Pizarro y Farfán anotaron, así no se tornan en los culpables de esta goleada. Tuvimos 4 (vaya numerito) tiros al palo que bien pudieron haber entrado; así es el futbol. Felicitaciones a los chilenos, ganaron bien.

No éramos los mejores luego del triunfo ante Paraguay y no somos los peores después de esta goleada recibida. Y ojalá la prensa de mi país se deje de vender humo que esos comentarios triunfalistas antes de tiempo no sirven de nada. Colombia le ha ganado a Bolivia en la altura de La Paz y hace poco Venezuela le ha ganado a Argentina. Una vez Roberto Carlos aquí en Brasil dijo que las eliminatorias sudamericanas eran más difíciles que jugar el mundial. Bueno, todo está muy parejo hasta ahora.

Ahora la próxima fecha será descanso y luego, en noviembre, a la altura de Quito con Ecuador; estará difícil, pero sigo confiado en que los veré clasificar y jugar el próximo mundial aquí en Brasil.




Vídeo : El Comercio

domingo, 9 de octubre de 2011

Terrunyo Sauvignon Blanc 2008




Concha y Toro; Terrunyo 2008; Sauvignon Blanc; Grad. Alc 13,5%; Cuartel 28, Viñedo El Triángulo, D.O. Valle de Casablanca, Chile.


Previo al partido del martes aquí ya disfrutamos un Chile – Perú: esta vez nuestro cebiche fue acompañado con un sauvignon blanc, también de la casa Concha y Toro, pero de la línea Terrunyo. Ya aquella vez que intentamos con el chardonnay fue por idea de Nivaldo, quien recomendaba hacerlo con la cepa del vino de esta entrada. Bueno, ahora podemos decir que él tenía razón.

A la vista es de un amarillo algo apagado, con burbujas muy pequeñitas formando en la copa; en lo olfativo, es medio cítrico, quizá algo de lima, pero la sensación más agradable es definitivamente al probarlo: la notoria diferencia está en esa sensación mineral que este vino posee. Al beberlo, tras ingerir un bocado del pescado incrementaba el sabor en el paladar, dejando una sensación muy fresca. Pero la sensación más presente es la herbácea, es lo primero que C percibió, y como casi siempre no erró. De una acidez presente pero muy fina, de un final largo, es muy elegante.

Un detalle: así como el Cono Sur probado hace poco, este Terrunyo no trae corcho, y sí una tapa rosca, lo que demuestra que no sólo vinos de líneas menores optan por esta alternativa. La línea "Terrunyo" se encuentra entre las líneas "Marques de Casa y Concha" y "Amelia", que es una antes del top "Don Melchor".

Habrá que probar ahora otras marcas con esta misma uva, para ver si van tan bien como este Terrunyo con nuestro cebiche, antes que se nos acabe el último frasco de rocoto que nos queda.

Ah…, el partido: que gane el mejor, y claro, ojalá que el mejor sea nuestra selección. Espero que pueda sacar un triunfo o un empate en una plaza tan difícil como Santiago. Por lo menos ahora contamos con un buen equipo, pero sobre todo con un cuerpo técnico muy serio y profesional, los uruguayos Sergio Markarián y el crack Pablo Bengoechea.


Por cierto, el blog de Nivaldo Sanchez, “Todo dia é dia de vino!” :

http://vinhotododia.blogspot.com/

sábado, 8 de octubre de 2011

Perú 2 - Paraguay 0 , Eliminatorias Brasil 2014




Hoy comenzaron las eliminatorias sudamericanas y, mientras mi esposa me saca cachita con las cinco estrellas que ostenta su selección arriba de su escudo, yo, como imagino millones de compatriotas comenzamos a vivir una ilusión, y no porque simplemente hoy la selección peruana haya ganado (que hasta antes de la última Copa América en Argentina ver ganar a la selección era como ver un cometa) a la siempre aguerrida Paraguay, sino porque la última vez que vi jugar a una selección de mi país de la manera como jugó hoy fue para las eliminatorias de México 86’, aquellos dos partidos contra la Argentina de Maradona, triunfo en Lima y empate en Buenos Aires, aunque aquella vez no alcanzó.

Mientras sigan jugando con la actitud de hoy la esperanza de regresar a un mundial después de muchos años se mantendrá, y lo mejor será que el mundial se disputará aquí, en Brasil. Pero falta mucho, y esto recién comienza. El martes 11 hay Clásico del Pacífico, veremos cómo nos va con los vecinos chilenos en Santiago.




Foto : Diario La Industria
Vídeo : Diario El Comercio.

La noche de los ayamanes, Héctor Mujica




Editorial : Pomaire
Año de publicación y de esta edición: 1988



Generalmente, cuando me hago de un libro –o de varios en el mismo momento- en una librería de viejo, suelo revisarlo someramente, para ver si las hojas están en buen estado, no está pintarrajeado, con dedicatoria a alguna persona y cosas del estilo, y, normalmente no son los que leeré en días posteriores a la compra: entran a la –larga- fila de espera que ya hay. Así fue con este ejemplar de la editora venezolana Pomaire que trae la infelicidad (para mi, que me priva de tres relatos, y para ellos, si es que todavía existen, por la mala imagen que dejan: a los clientes potenciales de esta editorial, revisen los libros antes de pagar por ello) de repetir páginas, haciendo que las que deberían estar en su lugar no estén. Así, vienen repetidas desde la página 97 hasta el final del libro, la 123, en donde deberían estar desde la página 33 hasta la 64, hecho que excluye tres cuentos (“La aparición de mister Reagan”; “La muerte del general” y “La ignominia”) de este conjunto de nueve. Caballero no más.

El estar en un país donde el castellano no es la lengua oficial, ni la segunda opción –el inglés lo es de lejos-, el encontrar literatura en nuestro idioma en una librería es ya motivo de alegría, más si es literatura de países –aunque de la región- a la que no asocio con escritor alguno; como podrán ver, mi ignorancia es grande.
Héctor Mujica (Carora, 1927 – Mérida, 2002) no es un nuevo escritor, cuenta con varias obras en su haber y varios relatos suyos fueron considerados en antologías de escritores latinoamericanos, a pesar de todo ello recién supe de su existencia cuando encontré este ejemplar en el anaquel de la sección “livros em espanhol”.

Abre con el cuento que da título al libro, siendo éste un relato fantástico, interesante, aunque algo enreverado. Desde aquí se percibe el buen manejo del idioma del que Mujica hace gala, característica que se mantendrá en los demás relatos. Hay una mezcla de personajes reales como Nicolás de Federmann, el hombre de Ulm, aquel explorador y cronista alemán (aunque nacido en Valladolid) quien recorrió Venezuela a mediados del siglo XVI en busca de oro, y una tribu de recios enanos guerreros, los ayamanes. Mujica se revela como un admirador de Federmann, convirtiéndolo en el personaje principal de este relato, probablemente basado en “Historia Indiana (1557)”, obra donde Federmann describe haber encontrado seres no mayores de cinco palmos (115 cm.) en esas ignotas tierras caribeñas. Los aborígenes Ayamán realmente existieron (o existen, no estoy seguro) y su territorio comprendía lo que actualmente son varios estados y municipios venezolanos. Lo que Federmann hacía era fantasear con el nuevo mundo que él iba descubriendo (sería muy interesante encontrar aquel libro), y lo que Mujica hace es fantasear sobre la historia que conoció en aquella lectura.

No quiero saber nada de nada” es lírico, y aunque el relato sea corto Mujica se da maña para que el joven inconformado con lo que sucede a su alrededor exprese su rabia, su arenga, su esperanza, dando como resultado un cuento muy armónico.

Por más que Mujica intente aliar el tipo de la escritura de “Los cadáveres son viandantes taciturnos” al del relato que da título al libro, éste está lejos de conseguirlo. En un lugar donde la muerte palpita más que la vida Hans y Carlos observan la barbarie que encuentran a cada paso que parece ser el cotidiano. A través de este cuento se nos muestra la dura realidad mezclada a aquel ensordecedor ruido en ritmo de merengue que vomita los parlantes de un bus. El final me deja en el aire, encontrando el relato totalmente insustancial.

El tiempo de la solterona” es producto de la tristeza. Un hombre desde su profunda soledad rememora un antiguo amor, Estela, una solitaria mujer, y en su búsqueda encontrará en quien menos imagina información sobre ella. El relato triste en la mayoría de sus líneas me es agradable, aunque joda la probabilidad de un final feliz. Por cierto, con este relato conocí la expresión: “niguatoso”: me encantó esta palabra.

El final de “La verídica historia de María y José” no jode para nada, por el contrario, agrada, y mucho. Pero no sólo el final: José, simplemente José, encuentra entre la multitud a quien no buscaba, pero ansiaba, y, luego de tenerla se le hará insoportable el descubrir una dolorosa verdad sobre ella. El remate del relato lo encuentro sencillo pero sabroso.

De mis propios funerales” es el relato que cierra este conjunto. Aquí un hombre planifica su funeral hasta el más mínimo detalle, y entre sus diversos planes cuenta con una sola certeza, quizá el detalle más importante: el tener alguien quien le llore.

El libro como conjunto no llega a ser memorable pero hay muchos trechos en que al no esperar nada al adquirir el libro me llegó a sorprender gratamente. Quizá la sorpresa hubiese sido mayor si los de la Editorial Pomaire no lanzaban al mercado un libro mutilado, totalmente impresentable. Una lástima.




La verídica historia de María y José

La gente anda por allí haciéndole guiños a la vida y frunciéndole el ceño a la muerte. Andan todos confundidos en un remolino de gestos, cosas, situaciones. Envueltos en un aura de alegrías, nostalgias y tristezas, como un bolero. Fieros, implacables, dominantes, autoritarios y solitarios, los dueños. Mansos, arrebujados en su tristeza de la niebla, perdidos en el acontecer cotidiano, los pobres. Golosos, insaciables, ahítos del contorno, los ricos. Acaso ¿solamente un niño se salva de esta oquedad? Un niño que se quedó mirando los ramajes como la arboladura de un barco que nunca parte.

La gente anda por allí, mirándose los unos a los otros, escudriñándose el alma con la mirada, escarbándose ponzoñosamente las entrañas, royéndose las almas turbulentas y turbias. Un pañolón de tristeza les envuelve cada mañana y al anochecer surge el lobo que todos llevan por dentro y comienzan la gran cacería.

Rafael, Ernesto, Antonio, José, simplemente José o Juan, el gran enfermo, miran todos el infinito en procura de un gran amor. Todos están enfermos. Todos, andan en procura de la aurora, un alba que jamás llegará por que nadie está preparado para encontrarla. Para encontrar las cosas hay que buscarlas, y ni Rafael, ni Ernesto, ni Antonio, ni Juan, ni José fueron enseñados a saber buscar.

Como el viejo a quien dijeron que al niño jamás le enseñaron a sentarse, ni a amar. Y después fue la locura, el acoso, el acecho, el asedio por la fortuna. Todos andaban errabundos y marchitos. Así de simples, las cosas …

Lo supe desde el primer momento en que José, simplemente José, asomó su testuz entre la multitud y una flor de loto se abrió por entre la muchedumbre y comenzó a crecer descomunalmente como un ave solitaria entre la gente. Ya yo sabía que José era el predestinado, el que habría de anunciarme la buena nueva del otoño, pero no tenía convicción suficiente de saber cuándo. ¿Cuándo habría de ser la revelación? Era José, simplemente José, el del otoño.

Había vivido siempre su vida como su vida misma le había instruido, le había enseñado a vivir como la vida misma nos enseña a vivir cada día de la vida que pasa, se enrolla en sí misma, se desenrolla, vuelve a acurrucarse y luego saca su gran lengua de serpiente venenosa, o se alisa suavemente en el piso donde pasamos, pisamos, pusimos, posamos, pesamos, el cuentagotas de la vida que pasa, va pasando, deja de lado la muerte que le acecha y el pobre José, José simplemente, descubre entre la muchedumbre el rostro que procura.

Era ella, no había la menor duda. Ella, la incontrolable, la siempre perseguida, la que había visto desde niño entre las enaguas de la madre. La bella María, la de los ojos magníficos, la del talle esbelto, la de los pliegues y protuberancias que le hicieron presentir en la adolescencia tibias tardes entre fragantes sábanas apenas deslizadas con su promontorio para que ella se refocilase, tierna, débil fosforescencia, encendida desde la tarde hasta el anochecer, cuando, ya desfallecidos, poseídos por todos los ángeles, entrasen en el orgasmo nocturnal, más cerca de Dios que nunca.

Fue allí, entre la multitud abigarrada y compacta, seres desnudos en colas de autobuses, mugrienta podre de todos los días a las mismas horas, famélicos, enjutos, gordos hidratados por la mala alimentación, cuando y donde surgió su cabeza, la de María, como un hallazgo imposible.

Tomó el mismo bus, siguió la misma ruta, llegó hasta su paradero y cuando ella bajó él también lo hizo. Quiso llamarla, advertirla, decirle que su presencia sobre la tierra sólo se justificaba en este encuentro, cuando la gente anda por allí, marchita, silenciosa, cada quien tratando de ser, de seguir siendo, o de encontrarse consigo misma entre la diáspora de la infelicidad cotidiana, abrumadora.

Así lo hizo una y otra vez. A la misma hora. El mismo bus. La misma ruta. El mismo camino que se le tornaba vereda insondable entre la oscuridad de la calleja por donde decidió bajar una noche para hablarle, hablarle, hablarle, decirle que era ella una revelación, un regalo de los dioses, que la andaba buscando desde siempre, desde las paraparas negras y lustrosas y los papagayos azules penetrando todos los cielos.

Era María, su María. Lo supo desde el mismo momento en que el autobús Antímano-Los Paraparos le salió al encuentro. Y en esta noche sí, que sí estaba dispuesto a declararle el amor más grande de la tierra, el más turbulento del universo, el ciclón más devastador de todos los mares, el huracán incontenible de su pecho, una uva gigante que en el lagar se confundió con las mejores de la creación. Estaba enardecido. Debía hablarle, hablarle, hablarle, y no sabía cómo. Eso que llaman comunicación. Quería comulgar con ella. Haber ayuntamiento. Entregarse entre sus piernas. Lamerla como un gato. Y quedarse catatónico al final de la fiesta del amor.

Estaba en los primeros días de la creación. Él sabía, simplemente José, que María, su María de Los Paraparos de la Vega, asuntina, anunciadora de suaves dolores amorosos, sería la suya, su María, anuladora de todos los males, exquisita exhumadora de los terribles exorcismos a que hubo de someterse cuando, peón en Barlovento, la bruja le dijo que un gran maleficio se le adivinaba en la piel, en los entresijos, en la oscura conciencia magullada por tantos golpes propinados por la caprichosa naturaleza.

Por fin pudo hablarle a María, su María. Fue como un destello de exultación maravillosa cuando vio sus dientes cuasi perfectos, tan horizontales como blancos, y sintió que su mirada le penetraba hasta el semen. Acalló su premura y la tomó de la mano. Entraron juntos a un hotel donde había un rumor de algas, de líquenes, moluscos y crustáceos que se entretejían de la noche hasta la aurora. Sintió un sabor acre en la boca. Pero, al mismo tiempo, deglutió aquel liquen que se le tornó agridulce cuando sintió en su lengua la lengua maternal de todas las edades. Está con María. Él, simplemente José.

Era la medianoche cuando volvió a ver la gente, que anda por ahí, ensimismada, en busca del autobús. La condujo hasta donde la obtuvo. Una carrera de taxis era imposible. El mismo autobús. La misma ruta. El mismo camino.

Cuando llegaba, un hombre, otro hombre, esperaba a su María.

No supo más de sí. Un disparo en la noche. Un cuerpo que no pudo incorporarse. María estaba allí, flamante, imperturbable. Como una diosa.

José, simplemente José, no tenía respiro.

La gente se agolpó ante el cadáver. Murmuraban. Andaban por allí, haciéndole guiños a la vida y frunciéndole el ceño a la muerte.

sábado, 1 de octubre de 2011

El palacio de cristal, Amitav Ghosh




Título original : The glass palace
Año de publicación : 2001
Título en portugués : O palácio de espelho
Traducción al portugués : José Rubens Siqueira
Editorial : Alfaguara
Año de esta publicación : 2006



Conocí casi de casualidad la existencia de Amitav Ghosh (Calcuta, 1956) en una quema de libros nuevos a RS9,90 ($6). Me llamó la atención la nacionalidad del autor y recordaba que no leí nada de la literatura de ese país – claro, aunque de nacionalidad británica, Salman Rushdie es lo más cercano que he estado- así que me hice de “La marea hambrienta” (“Maré Voraz” en edición brasileña), y cuando le hice un espacio para leerla me deparé con el libro de esta entrada, igual de voluminoso pero cronológicamente anterior al mencionado, que en Brasil -o al menos en esta ciudad- parece agotado. Considerando que sus cuatro libros anteriores son inéditos en portugués (no sé si en español también) me pareció que esta era la mejor opción de comenzar a conocer la obra de Ghosh.

Como escribí líneas arriba, libro voluminoso: 574 páginas. Podría parecer desalentador embarcarse en la lectura de este “ladrillo”, pero ni bien inicias y conforme avanzas en la historia que Ghosh va desarrollando esperas durante el día estar nuevamente ante este libro y arrellanarte en la cama para poder regresar a la Birmania e India de finales del siglo XIX, presenciar como un testigo más cómo se va forjando el destino de Rajkumar, aquel niño que perdió a toda su familia por una epidemia, salvándose de milagro y que tras mucho trabajo y aún joven arriesgará en los negocios haciendo fortuna, tornándose en todo un hombre de negocios, y aunque en su nueva condición de rico no olvidará a aquella niña, Dolly, a quien conoció en la infancia, dama de servicio de la Reina Supayalat, cuando esta y el Rey Thebaw, monarcas birmanos fueron exiliados a Ratnagiri, India, tras la ocupación del Imperio Británico, encerrados en la jaula de oro que sería para ellos la Casa Outran : es en este marco que esta saga comienza.

Ghosh, tras una ardua investigación (verificar la larga lista de personas de diferentes países a las que agradece al final de la obra: parece no tener fin, abarcando igual número de hojas que el último capítulo) sitúa en ese tiempo a sus personajes principales: Rajkumar y Dolly; la excéntrica Ma Cho y Saya John, éste último es quien acoge a Rajkumar dándole trabajo en su adolescencia; Beni Prasad Dey, el recaudador de impuestos, quien llegó a Ratnagiri junto a Uma, su esposa: es a través de ellos y de la historia de dos generaciones de sus descendientes que Ghosh arma una fascinante historia, muy lineal en gran parte de la trama, desarrollando por momentos un pasado que dejó en intriga en el capítulo anterior, y es que en esta obra Ghosh así como desarrolla un evento en varias páginas y/o capítulos también tiene la habilidad de narrar el paso de muchos años de un personaje en tan sólo una página, por ejemplo, en el capítulo 41, al inicio de la página 508, Jaya, la nieta de Rajkumar tiene 10 años y al finalizar esta misma página ya es una viuda de 22 años con un hijo a cuestas y ganando una beca de estudios en el extranjero; es ahí cuando el autor desarrolla en un posterior capítulo lo que sucedió en ese lapso de tiempo, sin dejar en ningún momento que la modorra se instale en nosotros, tarea harta complicada por la mucha información histórica y verídica en que estos personajes se desenvuelven.

Cada uno de los 48 capítulos se sub-dividen a su vez en pequeños sub capítulos que hacen muy llevadera esta gran, extensa y apasionante narración, sabiendo como pocos ejecutar un manejo cauteloso de las palabras, sembrando en el lector esas ansias de querer saber más al final de cada historia, viendo cómo poco a poco los destinos de los muy variopintos personajes se van encadenando.

Hay varias historias de amor y una en especial, sí, pero lo más interesante en esta obra es ver cómo de a pocos los ciudadanos indios y birmanos van cayendo en cuenta que son armas en manos de otros, que los que pertenecen al ejército indio-británico sólo defienden intereses del imperio y no de su propio país; conocer la historia de Uma, quien tras la muerte de su esposo sale a recorrer el mundo, instalándose un buen tiempo en Estados Unidos, regresando como toda una revolucionaria, incentivando a que otros comiencen a pensar y cuestionar el estar bajo el colonialismo inglés; en plena diáspora Dinu y Allison en su intento de llevar con ellos a Saya John ya anciano, comprueban en carne propia cómo no se les permite abordar un tren destinado a escapar de las tierras que serán invadidas, porque aquel tren es exclusivamente para ciudadanos europeos; ver en personajes como Arjun y Hardy enrolados en el ejército anglo-indio, en medio de la invasión japonesa a Malasia y Birmania dudar si continuar fieles al imperio o dejar aflorar en ellos un nacionalismo que permita aceptar una palabra que hasta ese momento no estaba en sus vocabularios: independencia; el ver cómo crece este dilema en ellos es quizá el tema principal en esta obra.



El extenso análisis y estudio que Ghosh realizó no solamente se centra al tema histórico: si eres apasionado por carros te deleitarás imaginando y/o descubriendo los diversos modelos que Rajkumar y su hijo Neel van usando a través de los años, detallando siempre características de estos primeros coches que van apareciendo hasta algunos deportivos: todos joyas; también, si la fotografía es una de tus pasiones (me ubico en este grupo) las conversas sobre este arte y los modelos de cámaras que Dinu -el otro hijo de rajkumar- va descubriendo y utilizando serán un exquisito aperitivo: considerando que esta obra comienza en 1885 y finaliza por 1996 hay mucho tema desarrollado para ambos casos que son un placer extra.

Reconozco que la historia rememorada en el capítulo final podría ser tierna (considerando que acabamos de tener una bebé, aquí sólo se respira ternura), pero ante todo la encuentro extravagante, muy excéntrica, que es el colofón de esta grandiosa novela, un ensamble con mucha armonía de historia y ficción.

No debo estar descubriendo nada nuevo, pero me parece increíble cómo no supe nada de Amitav Ghosh en estos años. Esta obra fue editada al inicio de este siglo, y hay muchos libros anteriores y posteriores a éste que espero se crucen en mi camino. Por lo pronto “La marea hambrienta” ya está aquí, a la espera.

Tremenda novela, Ghosh se hace digno de toda reverencia posible.