domingo, 30 de enero de 2011

Atusparia, Julio Ramón Ribeyro




Editora : Ediciones Rikchay Perú – Serie popular
Año de publicación : 1981
Género : Teatro


El libro número 5 de la colección en la serie popular de esta editora es otra obra histórica adaptada al teatro, así como “Santiago, el pajarero”, escrita a inicios de los 80’s. Esta vez Ribeyro se basa en esta poca conocida –sobretodo en Lima- rebelión, ocurrida en Huaraz, capital del departamento (estado) de Ancash en 1885, y encabezada por el cacique Pedro Pablo Atusparia, quien ejercía el cargo de alcalde pedáneo, alcalde ordinario de la localidad de Marián, y quien con la ayuda de Pedro Cochanchín, natural de Carhuaz, conocido como “Uchcu Pedro” (“uchcu” significa “hueco” en quechua; a Cochanchín se le conocía por este apodo por trabajar muchos años al interior de los socavones, extrayendo mineral) como su lugarteniente, dieron guerra a las autoridades de aquel entonces, ante los atropellos que estas imponían al campesinado: nuevos y mayores impuestos, además de trabajo gratuito y obligatorio.

El contexto histórico y social de esta historia se da durante el primer semestre de 1885, cuando el Perú salía de una guerra perdida con Chile –la Guerra del Pacífico-, y había luchas internas entre las fuerzas del autoproclamado presidente Miguel Iglesias quienes se enfrentaban contra las del general Andrés Avelino Cáceres.

Ribeyro especifica que no es una reconstrucción fidedigna de la sublevación de Atusparia. Él tenía por objetivo el realizar una novela histórica, pero ante la poca información que pudo recaudar optó por escribir esta pieza dramática. Lo increíble es que hasta nuestros días hay poca información al respecto.

Así, encontramos los siguientes personajes en esta obra: el Atusparia ribeyriano es un tipo ante todo cabal y honesto, y quizá esa sea la causa de su fracaso en su breve experiencia política. Cansado de los abusos de las autoridades –es azotado frente al pueblo, humillándolo, cuando fue a conversar sobre los derechos de su gente- se rebela, exigiendo justicia. Ribeyro nos lo presenta con una manera de hablar muy elegante, con un manejo depurado del castellano ante los “mistis”, y con un lenguaje más coloquial ante su gente. Muchas veces de corte imponente, expone sus ideas y se hace escuchar tanto por los indígenas como por las diversas autoridades mestizas o de raza blanca que hay en la ciudad. Estos últimos sin embargo, no lo respetan, burlándose de sus orígenes indígenas, pero, tras la toma de Huaraz, estos fingen un acuerdo sólo para ganar tiempo, mientras llegan los refuerzos enviados desde Lima, encabezados por el Coronel Callirgos. Atusparia demuestra no tener rencor y se niega a tomar como prisionero al teniente Dubois, dejándolo libre. Tras una persecución, llega a ser capturado por Callirgos y condenado a muerte. Consigue escapar de prisión previo a una eminente ejecución, llegando posteriormente a entrevistarse en Lima con el general Cáceres, éste ya como presidente de la república, retornando a Marián con un pensamiento más flexible, no siendo reconocido por quienes antes lo apoyaban; es invitado a un almuerzo campestre donde es envenenado.

Ya Uchcu Pedro es radicalmente opuesto al pensamiento pacífico de Atusparia. Ambos tienen en común el anhelo por un futuro más justo. Pero para alcanzar esto, Uchcu Pedro está convencido que tiene que correr sangre. A punta de dinamita él y sus hombres son decisivos para la toma de Huaraz y Yungay, dejando muerte y destrucción por su paso. El Uchcu Pedro de Ribeyro se presenta inicialmente humilde, de hablar respetuoso, pero harto de las injusticias que tienen que soportar. Maneja un castellano rudimentario, como el de aquellos pobladores de la sierra que “tienen” que aprender el idioma de los blancos criollos, cuando siempre hablaron el quechua, a diferencia de los niños de esa región, quienes acostumbrados a usar el quechua en casa y el castellano en la escuela se les hace muy fácil expresarse en ambas lenguas. A Uchcu Pedro le cuesta hacerse entender pero no es un impedimento cuando tiene que hablar. Parece haber un cambio repentino en aquel hombre sencillo, aflorando en él una crueldad natural, y haciendo uso de esta con quien se interponga en su camino. Él es muy decidido en sus actos y corajudo; se hace perseguir por el coronel Callirgos por quebradas y montes por toda la Cordillera Negra en el Callejón de Huaylas, hasta ser finalmente capturado, tras la traición de Mosquera. El breve diálogo entre Callirgos y Uchcu Pedro es sabroso. El primero denota respeto y admiración por su prisionero, mientras el segundo no transmite temor alguno ante su inminente muerte en ninguna sílaba de su atropellado hablar. En este trecho, en el cuadro 14, sentí como lector aquel mismo deleite, tal cual como espectador, ante la pequeña escena y también breve diálogo entre Dennis Hopper y Christopher Walken en “True Romance”, película con guión de Quentin Tarantino.

Montestruque; es el periodista de raza blanca que apoya a Atusparia, redacta los informes, actas, sentencias y discursos. Nombrado como secretario en el corto plazo que duró la insurrección. Sueña con restaurar un nuevo “imperio incaico”. Muere en Yungay, defendiendo el mercado, atravesado por bayonetas.

Baylón; ayudante de Atusparia, también se atrinchera en el mercado de Yungay y cubre la salida de Atusparia hacia Huaraz.

Granados; otro ayudante de Atusparia, llega a ser encontrado junto al cacique, pero llega a ser acribillado en el acto luego de haberse rendido.

Mosquera; abogado mestizo, traidor, no tiene bandera, está a favor de quien está cerca del poder, y con quienes más le convenga. Atusparia y su gente saben que la fidelidad no es una característica en él, pero aún así es parte de su comitiva, siendo nombrado por el cacique prefecto de Huaraz, al menos por un día. Fue capturado por Callirgos con quien pacta su libertad a cambio de entregar a Uchcu Pedro.

Teniente Dubois; tras la toma de Huaraz, él se rinde ante Atusparia quien lo deja en libertad. Dubois ve en el cacique un hombre justo. Va hasta las faldas de un cerro en Yungay a convencer al coronel Callirgos que la revuelta ha cesado, pero éste no lo escucha. Tras la captura de Atusparia, es Dubois quien manda dos de sus hombres para liberar al cacique, por sentirse en deuda con él.

Coronel Vidaurre; destacado en Huaraz, tiene a su mando al teniente Dubois y también al sargento Diablo.

Sargento Diablo; al igual que Vidaurre aparece poco: en el cuadro 2, se ofrece a acompañar a Mosquera y Montestruque por sospechar de ellos. Por el apodo que lleva pareciera ser cruel y decisivo en un probable combate, pero ya en el cuadro 4 sabemos que fue descuartizado por Uchcu Pedro y sus hombres, clavando sus miembros frente a la puerta de la Iglesia de la Restauración. Aquí por ejemplo, Ribeyro no plasma este hecho (el descuartizamiento), sino nos enteramos a través de otro personaje quien narra lo sucedido, dos cuadros más adelante.

Coronel Callirgos; manco del brazo izquierdo, sobreviviente de la guerra con Chile, la batalla de Miraflores, perdió el brazo en la lucha contra las huestes del general Cáceres, aunque tras la toma de poder de éste se mantiene en el ejército. Tiene a sus órdenes a los tenientes López, García, y luego a Dubois. Es objetivo, directo, no se amilana ante nada por cumplir las órdenes que le han asignado.

Monseñor Figueroa; obispo de Huaraz, quien no toma ninguna decisión, pareciera tan sólo hacer acto de presencia. Reconoce en Atusparia un hombre honesto, pero no hace nada ante las injusticias cometidas al campesinado.

Antúnez y Maguiña; son los hacendados, quienes por supuesto no les conviene una rebelión, pues corren el riesgo de perder sus tierras a mano del campesinado. Maguiña tiene un papel importante: en una reunión que pactan en su casa, cambia el tenor del telegrama que le leen a Atusparia, creyendo el cacique que las autoridades en Lima han aceptado sus condiciones y que no habrá respuesta bélica por parte de las fuerzas enviadas desde Lima.

Alcaldes Valentín y Huanca; apoyan a Atusparia desde un principio, se identifican con él, pero, tras la reunión del cacique con el General Cáceres quedan decepcionados al escuchar sus nuevas ideas, envenenándolo durante un almuerzo.

Así como en “Santiago el pajarero”, con esta pieza de 15 cuadros Ribeyro demuestra su habilidad en amalgamar historia con ficción, a través de una obra que rescata del olvido las figuras del cacique Atusparia y su lugarteniente Uchcu Pedro.




Cuadro 7


PLAZA DE ARMAS DE YUNGAY

Anochecer. Atusparia, Uchcu Pedro, Mosquera Montestruque, Baylón, campesinos armados, población civil, luego agente cacerista.



ATUSPARIA.- ¡Ah, Uchcu, cómo ha sido posible tanto ensañamiento y tanta violencia!... Desde que llegué a Yungay no he escuchado sino quejas de la población… Y yo te había dicho, te había ordenado la moderación y la clemencia… Una ciudad como ésta, sin tropas ni defensas, apenas una guardia urbana que por honor resistió y a la que exterminaste… Y encima tus hombres han saqueado, violado, incendiado… Y tú, Mosquera, te envié para que mis instrucciones se respetaran, pero tampoco hiciste nada, y ahora estamos en una ciudad de luto, que llora a sus muertos y pide a gritos justicia… No, yo no me he sublevado para esto… Yo me he sublevado contra el abuso y la crueldad, y ahora el abuso y la crueldad la ejercen ustedes…

UCHCU.- Tú has llegado tarde, cacique, cuando cosas habían ocurrido. Tú has escuchado sólo quejas de vencidos, ¿pero quién ha escuchado quejas de vencedores? Guardia urbana no aceptó rendición y mató nuestros enviados. Combate fue duro, centenas de muertos tenemos. Tú mismo has dicho que la fuerza debe ser combatida con la fuerza…

MOSQUERA.- Lo que dice Uchcu es cierto… La ciudad no quiso rendirse. Yo envié mensajeros con ultimátum, y todos fueron ejecutados.

ATUSPARIA.- ¡Y Lima además ya aceptó nuestras condiciones! En adelante ya no habrá más trabajos obligatorios para los campesinos, ni nuevo impuesto personal. ¡Eso era lo que buscábamos y al fin lo hemos conseguido!...¿Se dan cuenta?... Por ello las hostilidades deben cesar. Yo mismo ordeno ahora, acá, que los daños causados en Yungay sean reparados, que nuestras fuerzas se reagrupen y regresen a Huaraz para proceder a su disolución… ¡Para esto he venido, y como jefe de la sublevación se los ordeno!

MONTESTRUQUE.- Escúchame Atusparia. Lo que dices es justo, pero entretanto la situación ha cambiado. Trata de entender, cacique. Somos dueños de Huaraz, de Yungay, y mañana podemos serlo de Carhuaz, de Caraz, y de todo el departamento… Nuestras fuerzas están enteras, a pesar de sus bajas, y ávidas de seguir combatiendo. No debemos defraudarlas. Es la ocasión, la única que tenemos tal vez; la única ocasión de arrasar con el orden que nos han marcado y fundar una nueva sociedad… Olvídate de los impuestos, de los trabajos obligatorios… ¿Crees que sólo por eso valía la pena luchar? Ya lo dije el día del banquete: ¡El Imperio de los Incas! ¡Ahora podemos restaurarlo! ¡Y mejorarlo!... Ya lo imagino, un monarca como tú, respetado, adorado, una sociedad justa, armoniosa, sin abusos, ni hambre, ni sufrimiento…

ATUSPARIA.- ¡Sueñas, Montestruque! No sé de qué sociedad hablas. Estamos en Huaraz, somos una masa de campesinos apenas armados, sin instrucción, sin cohesión, sin ideales… Los mistis todavía son fuertes, seguros, convencidos de sus derechos. Y eso del imperio de los incas… ¿qué sabemos nosotros de esas épocas?... Hemos logrado algo ahora, conservémoslo… No arriesguemos lo ganado por la posibilidad de una ganancia más… Esa es mi opinión… En consecuencia, Uchcu, ya sabes cuáles son mis órdenes. Y tú también Mosquera.

UCHCU.- Comuneros no están de acuerdo contigo, Atusparia… Con Montestruque tampoco… No queremos imperios ni de incas ni de nadie… Tierras cacique, eso es lo que queremos… La gente lo dice, pregunta tú si quieres… Y botar a los mistis. No queremos mistis aquí, ni prefectos ni soldados…, queremos nosotros vivir solos, a nuestro modo, sin autoridad que no sea de aquí… mala idea regresar a Huaraz, cacique, mala idea separarnos… En trampa vamos caer si no continuamos lucha.

ATUSPARIA.- ¡Santo Dios! ¿Qué sucede? No escucho hablar sino cosas ilusorias o cosas improbables… ¡No, una vez más, no! Mis órdenes están ya dadas y deben cumplirse en el acto. ¡Baylón!... Escucha Baylón, que los campesinos armados se agrupen y esperen mis instrucciones para abandonar la ciudad.

MOSQUERA.- Espera, cacique… Yo también quiero decir algo. Las tropas del General Cáceres han ocupado Junín y Huancayo y avanzan hacia el norte. Debemos ofrecerles nuestra ayuda para derrocar al presidente Iglesias. Cáceres escuchará nuestros reclamos. Terminarán los abusos. Cambiarán jueces y escribanos…

ATUSPARIA.- ¡Basta Mosquera! Puesto que nadie está de acuerdo, el único que puede dirimir y mandar soy yo. ¡Ya estoy harto oírte hablar de tu Cáceres y de tu Iglesias! Y olvídate también de tus jueces y escribanos. No estamos aquí para discutir sino para actuar. El tiempo pasa y yo he dado mi palabra de retirarnos… Baylón, haz lo que te he ordenado… Y en cuanto al coronel Callirgos, ya salió un emisario de Huaraz para que se detenga en el camino y regrese a sus cuarteles… Dediquémonos ahora a aplacar la ira de la población y a descansar. Nos iremos de aquí en la madrugada. Esas son mis órdenes. ¡Y espero que sean cumplidas estrictamente!... Baylón, te acompaño. (Salen)

UCHCU.- ¡Mal, mal, malo todo esto! Cacique no comprende bien… Gente tampoco… Comuneros seguir luchando quieren, no abandonar…

MONTESTRUQUE.- Te entiendo, Uchcu, tienes razón, pero Atusparia también la tiene… En un levantamiento tiene que haber un jefe, una autoridad. Habrá que respetarla ahora. Vamos, sigamos las órdenes del cacique. Velemos para que no continúen saqueos ni incendios. ¿Vienes Mosquera?

MOSQUERA.- Ya los alcanzo dentro de unos minutos. (Uchcu y Montestruque salen. Mosquera queda solo. Un hombre semiembozado se le acerca.)

HOMBRE.- ¿Y, Mosquera?

MOSQUERA.- Nada por ahora. No quiere ceder el cacique. Pero seguiré insistiendo.

HOMBRE.- ¿Qué les voy a decir a los agentes de Cáceres? Deben estar en camino.

MOSQUERA.- Que tengan paciencia. Terminaré por convencer a Atusparia. Su movimiento está condenado si sigue siendo un movimiento local, por reclamos locales. Tiene que entender que le conviene plegarse a las fuerzas del general Cáceres. Lo importante por ahora es derrocar a Iglesias. Ya después se verá qué hacemos con estos indios.


APAGÓN

martes, 25 de enero de 2011

Cuentos - antología de escritores brasileños contemporáneos



Editora : Companhia Das Letras, 2003.

Colección : Boa Companhia - Contos



En el primer volumen con el que inicia esta colección encontramos doce relatos de igual número de escritores “brazucas”, la mayoría reconocidos en su país natal, finalistas en diversos concursos, algunos ganadores de diversos premios, con varios libros a cuestas, e inclusive traducidos y publicados en otras lenguas y países, todos –hasta el momento- totalmente desconocidos para quien escribe.

Esta antología la abre “A vida de um homem normal” (“La vida de un hombre normal”) de Bernardo Carvalho (Rio de Janeiro, 1960), siendo este el relato más corto. Cuento narrado en tercera persona, donde a Carvalho le bastan poco menos de dos páginas para crear una intriga en la vida de su personaje. Un tipo que regresaba del trabajo a su hogar en el metro, envuelto en la puta rutina de siempre, ensimismado en la música que su walkman emitía, cuando de pronto, una interrupción, una voz suplantó la música, la voz que de ahí en adelante escucharía todos los días de su vida, ordenándole diversos mandatos, entre los cuales, el no poder mencionar a nadie al respecto.

Lo agradable en este cuento es el repentino giro en la vida de este señor, en el secreto que oculta, hasta a sus seres más queridos, y que se llevará a la tumba; deja a nuestra imaginación aquellos mensajes que él recibía, sin perder el gusto por esa intriga; este cuento dice más con lo que calla. El cuento hubiese quedado redondo si no repitiese catorce veces (en menos de dos páginas) la palabra “poderia” (“podría”), que lo torna redundante.

El relato de Luiz Schwarcz (São Paulo, 1956) “Doutor” (“Doctor”) es un recuerdo, donde el personaje se remonta a su niñez, en la cual su madre estaba convencida de que él llegaría a ejercer la medicina, aunque sean de familia humilde y probablemente no tengan cómo costear aquella profesión. Él, ahora, es llamado de “doctor”, por sus colegas, pero como chapa, como apodo: él realiza trabajos de albañilería y gasfitería, aunque en cierta forma trabaje como un doctor lo hace: mientras un galeno ausculta a sus pacientes, él hace lo mismo, escuchando través de las paredes las tuberías, conformándose con su destino.

A mi parecer el relato hubiera quedado mejor si no comenzara con: “Mi madre quería que fuese médico: pobre.” Y también si no estuviese el personaje del padre riéndose del anhelo de su esposa al inicio de la historia: “Mi hijo médico –él decía, a carcajadas- . Si llega a albañil o gasfitero estará bien.” Así no hay intriga en la historia, y desde el primer renglón sabemos que no llegó a ser lo que su madre soñaba. No hay sorpresa al llegar al final, y solamente la analogía médico/albañil-gasfitero hecha por el narrador no basta.

Maria Telles Ribeiro (Rio de Janeiro) aporta con “Cerimônia do chá” (“Ceremonia del té”), estructurada como una conversa de diálogos cortos entre la patrona y su empleada, con algo de humor en las respuestas de la segunda ante las órdenes y comentarios de la primera. Aquí se percibe la diferencia de nivel socio-cultural entre ellas, pero sin ese menosprecio de la patrona hacia la empleada, por el contrario, son como cómplices. Entretenida, pero olvidable.

Ana Miranda (Ceará, 1951) aparece con “O meu quarto” (“Mi habitación”), cuento que se desarrolla al interior de ese espacio físico, pero que no limita al personaje a trasladarse a otros espacios a través de los objetos que junto con ella dividen el cuarto. Podemos conocer cómo es esta adolescente por medio de los objetos que describe tener ahí. Pareciera que ella se está conociendo también. Cuento estructurado con comas, sin punto alguno, que hace que la trama vaya muy rápido, como un vendaval. Ejercicio interesante -encontrado también en el cuento “El último viaje del buque fantasma” de García Márquez- aunque en este caso parezca algo forzado.

Meio-día” (“Medio día”) de Luiz Alfredo Garcia-Roza (Rio de Janeiro, 1936), es un relato violento. Un hombre está mirando la calle desde un segundo piso, viendo a un niño indiferente con su alrededor, inclusive cuando llegan tres muchachos más a sentarse a su lado. El mayor de los tres de repente se para y comienza a golpear con fuerza el rostro del niño, quebrándole nariz, labios, sangrando a borbotones pero inmutable como antes de que ellos llegaran. El viejo sólo se resigna a contemplar, quiere avisar pero sus esfuerzos se quedan en intenciones. Parece más preocupado en saber qué hablaban allá abajo.

Sorprende la parsimonia tanto del que observa como del niño que es agredido, ante la repentina y cruda violencia por nada: tan sólo intenta ser un reflejo la realidad. Es un gran esfuerzo.

Olho por olho” (“Ojo por ojo”) de Pedro Cavalcanti (São Paulo, 1941) es una muestra de que un texto con un final feliz puede malograr el resultado final.

Ezequiel, un joven perteneciente a una familia allegada a estas nuevas religiones emergentes que abundan en Brasil (y que por cierto importan a Perú y Japón, entre otros países, me imagino), entrando a la adolescencia, tímido y bizco, enojado por llevar ese nombre, y con la frase del título en la cabeza, se encuentra un buen día con el grupito de Cero Manivela -el cero adoptado por sacar esa nota en sus cursos, y el manivela por tener el brazo en esa forma por un problema en el codo-, llevando una zurra de aquellas. Al retornar a casa quedará perplejo ante los milagros que hacen los pastores a diario y “ao vivo” por cadena nacional, aunque a él no le resuelvan su estrabismo. Ezequiel tendrá su día de furia y saldrá a vengarse de Cero Manivela, terminando ambos atropellados por un carro y vecinos de cama en el hospital. Al despertar verá cómo los milagros a veces se dan: los médicos aprovecharon y le operaron el brazo a Zero, y el estrabismo a Ezequiel.

El relato cuenta con un fino humor: hay una breve parodia de estos pastores televisivos que hacen caminar tetrapléjicos, ver a ciegos, y un largo etc, que irrumpen en la tv brasileña a toda hora. También la enemistad inicial que hay entre ambos jóvenes se transforma en una amistad mientras están postrados en la cama de un hospital, al ver sus problemas físicos resueltos. Ese final con edulcorante jodió el cuento.

Rosa regada” de Amilcar Bettega Barbosa (Rio Grande do Sul, 1964), intenta impregnar poesía a su prosa, quedándose en el intento. Es el texto más difícil de digerir; a pesar de ser corto se hace pesado; ese esfuerzo por parecer lírico lo torna forzado y aburrido. Para el olvido.

Los mejores fueron: “O cavalo imaginário” (“El caballo imaginario”) de Moacyr Scliar (Porto Alegre, 1937), donde en una escuela ricachona, el joven e inocente Francisco no encajaba con el resto de sus compañeros de clases: todos hijos de prósperos hacendados, mientras Francisco llegó a esa escuela por una beca integral por sus excelentes notas, pero provenía de una familia pobre. Mientras Francisco hacía de todo para caerles bien, todos tan sólo lo sobrellevaban. Mientras todos montaban sus puras sangres en el club hípico los domingos, Francisco iba a hacerles barra, e imitándolos, haciendo como que montaba un caballo inexistente. A todos les hacía gracia aquello, menos a Rodrigo –hijo del prefecto de la ciudad-, el más revoltoso del grupo, quien decide poner un final y apartar de una vez a aquel intruso, de una singular manera: le hará una apuesta, una carrera. Quien ganase se haría del caballo del perdedor. Por más que Francisco se esforzó, corriendo y montando el aire, obviamente perdió ante Rodrigo montado en su corcel; éste cogerá las cuerdas imaginarias del “caballo” que ganó y lo dejará libre en el campo, impidiendo en adelante la presencia de Francisco en el club, creándole también un profundo trauma que, probablemente, lo acompañará hasta su adultez.

Este cuento está narrado en primera persona, por uno de los estudiantes, compañero de Rodrigo. Siendo también un relato corto, la excelente prosa de Scliar fluye, de una manera que lo hace más corto todavía. Las diferencias entre los niveles sociales está de manifiesto aquí, donde el pobre y humilde, es rechazado por el resto de gente adinerada.

El cuento de Livia Garcia-Roza (Rio de Janeiro), “Wallace”, hace sentir que el libro vaya de menos a más. Una niña regresa a casa quejándose de que el personaje del título la golpeó. Esto se haría una constante, siendo las agresiones, verbales y físicas, cada vez más violentas. Los padres irritados con la situación irán ante la directora a pedir explicaciones, sorprendiéndose, al averiguar por el agresor.
Narrado en primera persona, desde el prisma de una niña, agradó y mucho, como el cuento anterior. La diferencia aquí está en el final de corte fantástico.

En “O embrulho da carne” (“La envoltura de la carne”) de Sérgio Sant’Anna (Rio de Janeiro, 1941), Teresa llega al consultorio de su psiquiatra Elías, muy atolondrada y nerviosa por haber prendido fuego en su casa al querer desaparecer una imagen en el papel periódico con el que vino envuelta la carne que compró. Aquí el cuento está también articulado a modo de conversación, aunque el personaje relata al profesional lo sucedido en los días anteriores. Teresa es una descontrolada mujer que busca ayuda por no poder asimilar todavía la separación con su ex esposo Rodrigo, aunque siente cierta atracción por el carnicero Iván, no sabe cómo actuar, y llega ante Elias a buscar más que un consejo, alguien que la escuche y así pueda llegar a ordenar sus ideas y su vida.

El diálogo de Teresa está muy bien logrado: como lector llego a imaginar a aquella mujer llena de problemas existenciales, embutida de remedios antidepresivos. Ella está convencida de ser una víctima y se ve reflejada en las atroces noticias que llegan a ella.

Bijoux” de Reinaldo Moraes es el cuento más extenso del grupo, y el único que se desarrolla en el extranjero: el aeropuerto Charles de Gaulle de Paris, desde donde Eduardo Borges relata lo sucedido en un correo electrónico previo al embarque, dirigido a su amiga Heloísa García.

Eduardo es abandonado por su novia Carol, quien lo dejó por un músico inglés en Paris. Al llegar a embarcar de retorno a Brasil encuentra una cartera Gucci con más de doce mil euros. Hay un duelo interior en él, en devolver o no lo encontrado. Habría decidido quedarse con la cartera sino descubriese que las dueñas eran dos hermosas francesas con poca ropa llorando su desgracia: opta por devolver lo encontrado. Ellas le cuentan que eran comerciantes des bijoux (“bijoux” = joya), y de ahí el dinero de la cartera, convenciéndolo a postergar su viaje un día más, siendo recompensado con una noche en el hotel del aeropuerto para una pequeña orgía, ante la negativa de una y las ganas de la otra. Al despertar ellas ya se habían ido, junto con el poco dinero que él llevaba consigo. Descubre luego que eran dos buscadas prostitutas que timaban a sus clientes, algunas veces asesinándolos. De allí el título: comerciantes de joyas un bledo, “bijoux” es una jerga para “vagina” en francés.

El relato a pesar de su extensión no se hace pesado en ningún momento, por el contrario, la historia, mezcla reflexión con mucho humor, es ligera y muy divertida, y me despierta del sopor en que me dejó “Rosa regada”.

Lo mejor definitivamente fue el texto de Heloisa Seixas (Rio de Janeiro, 1952) quien aporta el muy bien logrado relato “Doris”. En este texto, así como en el de Livia Garcia-Roza, también hay un toque fantástico o sobre natural.

El cuento transcurre en poco tiempo. Una mujer, ejecutiva, tras apretar el número 11 del piso al que se dirigía ve cómo el ascensor va hasta el piso 18, sin que ella pueda hacer nada por detenerlo. Queda atascada en ese piso, sin abrirse y a oscuras, solamente con la luz del número 18 oscilando. Ella va sintiendo un escalofrío, empieza a sudar, intenta calmarse sin conseguirlo, llegan ideas que no le pertenecen, frases sin sentido, murmullos, siente una presencia ahí con ella, cuando parece que el pecho le va a explotar consigue gritar, y el elevador comienza a funcionar. Al regresar a recepción a increpar del por qué nadie atendía ante la alarma del elevador atascado, el recepcionista se disculpa por haber estado distraído; ella percibe a la policía y a la muchedumbre alrededor de un cuerpo encharcado de sangre afuera del edificio: una mujer llamada Doris, de 34 años se había suicidado minutos antes, lanzándose desde el piso 18.

Los esfuerzos que hace el personaje por controlarse durante su breve encierro; cómo poco a poco va apoderándose de ella ese desespero sin saber el por qué, hasta sentir que va a explotar, y el final totalmente inimaginable y sorpresivo: todo lo encuentro perfectamente elaborado. Amor a primera lectura. Ese apellido (Seixas, el mismo de Raúl) parece llevar consigo un toque de genialidad.

Debe haber mejores exponentes en este género en Brasil. Quizá hasta estos escritores tengan mejores relatos en sus obras. Sirve para conocer más nombres (sobre todo los últimos cinco) de la literatura brasileña poco difundida en nuestra lengua.


Livia Garcia-Roza

Wallace


- Mamá…, ¡Wallace me golpeó!

- ¿Cómo que te golpeó? ¿Cómo te golpeó ese niño?

- Él me empujó en el corredor, me apachurró contra la pared, torció mi brazo, y me llamó de niña asquerosa.

Mamá se levantó dejando caer la revista y dijo que hablaría con papá, que los dos tomarían providencias.
Quién sabe, quizá hasta consigan la expulsión del monstruo Wallace, contaba por teléfono a la abuela. En seguida, llamó a mi tía, y también a una amiga de infancia. A la vecina se lo contó en el corredor. Doña Vilma dijo que hoy en día los niños nacen sanguinarios.

Luego que llegó papá, mamá le contó todo, y él me quedó mirando, bufando, la nariz ensanchándose, dejando los agujeros enormes. Cuando mamá terminó, papá dijo que resolvería el asunto. Después, golpeando una mano en la otra, preguntó:

- ¿Tú no hiciste nada?

Entonces le dije que Wallace era grande, moreno, usaba coleta de caballo, tenía un tatuaje en la mano derecha, ojos azules…

- Ya – él cerró la boca escondiendo los dientes.

A la semana siguiente, regresando del colegio, conté para mamá que Wallace había golpeado mi cabeza. Y cuando ella quiso saber cómo fue, le dije que él me empujó para adentro del baño, llamándome de vaga, y me ordenó sentarme en el inodoro y bajar la cabeza, y fue ahí que no vi más nada, sólo sentía los palmazos estallando en mi cabeza y mis cabellos subiendo por las manos de Wallace.
Saltando de su silla, mamá hizo argh…, y la revista cayó de su falda. Después volvió a telefonear, para papá, para la abuela, para mi tía, y para su amiga de infancia, y cuando llamó a la puerta de doña Vilma ella avisó que no quería saber más sobre las palizas de la niña, que estaba muy ocupada. Estaba sacando las cutículas, y cerró su puerta.

Al llegar del trabajo, papá informó que volverían a entrar en contacto con la directora, y fue al baño a lavarse las manos.
Antes de terminar esa semana, cuando llegué del colegio contando para mamá que Wallace había bajado mi trusa y pellizcado mi poto varias veces, ella soltó un grito y continuó con la boca abierta, llena de dientes puntiagudos.
Después fue para el teléfono. Cuando terminó de hablar con todos, mamá fue hasta la puerta, abriéndola, y se quedó con el cuerpo trémulo, y en seguida, le cerró la puerta en la cara de doña Vilma.

Ni bien que papá regresó, al momento de abrirse el elevador, mamá le contó lo que había sucedido. Al entrar en casa papá cogió periódicos encima de la televisión y comenzó a rasgarlos, tirando por el aire los pedazos. Después de acabar con las noticias, zarandeó a mamá, diciendo que tomarían medidas, y la empujó para el sofá. Ella en la caída levantó un poco las piernas.
Caminábamos en dirección al colegio, papá, mamá y yo, cuando él mandó que nos apuremos. Marchamos hasta alcanzar el portón de la entrada. Ahí encontramos a la abuela con plátanos en la mano. Me ofreció un platanito, y me dijo que ella esperaría ahí afuera pues ya había asistido muchas peleas de clase.
Entré, aplastada entre los dos.
Al final del patio se encontraba doña Hortensia, al lado de un pie de manacá. Cuentan que ella vive sola, en una casa llena de gatos, porque detesta personas. Cree que le pueden robar.
Al estar frente a frente –papá, mamá y doña Hortensia- él comenzó la historia.

- ¿Golpeada?- preguntó doña Hortensia.

En ese instante papá me pidió para mostrarle. Mamá y yo levantando mi blusa, levantando la falda, buscábamos.

- No me interrumpa por favor señora –él continuó diciendo que si las agresiones a su hija continuaban, la retiraría de la escuela- ¡Y muy brevemente!

Doña Hortensia escuchaba, acomodándose la peluca con las palmas de las manos. Papá terminó de hablar carraspeando, dando la impresión de que enseguida iría a cantar, cuando de pronto mamá se quebró en llanto, soltando lágrimas, hablando, sonándose la nariz, y aspirando, contó los sufrimientos por los cuales yo venía pasando.

- Debe haber algún engaño- dijo la directora, con los ojos súbitamente abiertos-. No tenemos ningún alumno con ese nombre. ¿Cómo se escribe?


(Páginas 21 a 23)

viernes, 21 de enero de 2011

Timbó



Timbó (se pronuncia "chimbó") transmite tranquilidad. Es tan tranquilo que el super mercado que allí hay no abre los domingos. Algo alejado del litoral catarinense. Es una ciudad con fuerte presencia de descendientes alemanes, y esto se puede observar en las construcciones de las casas, y en el cabello y piel de los pobladores: yo soy un lunar aquí. El rio Benedito que aparece abajo llegó hasta una altitud de seis metros en épocas de lluvia. Cuando esto no ocurre, la vista es muy buena desde ahí cerca. Las tres primeras son en un alto en el camino, en la BR 101.

Faltó llevar trípode para las fotos nocturnas, ni modo.





















lunes, 17 de enero de 2011

São Francisco do Sul



En otro desvío de la BR 101, entrando por la BR 280 se llega a otra isla del estado de Santa Catarina: São Francisco do Sul, la tercera ciudad más antigua de este país continente que es Brasil. Faltó tiempo para fotografiar las grandes y antiguas casonas que ahí hay. Prainha, la playa en la que estuvimos se diferencia básicamente por tener olas algo mayores que el resto, donde algunas personas se aventuran en el surf. Otra característica no sólo en esta, sino en las otras playas brasileñas es la limpieza: los propios bañistas cuidan la playa, no la ensucian, no entierran sus pucho, latas de cerveza o restos de comida, menos aún tirar su basura en el mar, aquí hay conciencia y educación que no hay en muchos de los bañistas de las diversas playas de Lima (a diferencia de Huanchaco en Trujillo, que en las diversas veces que tuve la suerte de ir, siempre la encontré limpia hasta en el atardecer). Los limeños tenemos mucho por aprender.

Volviendo a Prainha, aquí dependiendo de la temporada te puedes encontrar preso en medio de un tráfico feroz ya que la única vía de entrada y salida a la isla es la mencionada carretera BR 280 (aquí la llaman de “rodovía”), pero, evitando regresar un domingo por la tarde, en que todos deciden volver no se tendrá ese problema. Esta playa es muy tranquila en un día normal, sólo tener más cuidado si un niño entra al mar pues la marea es más fuerte. Vale la pena, y mucho, el darse una vuelta por la ciudad y el puerto, las edificaciones antiguas y muchas de ellas conservadas merecen dedicarles un tiempo especial.

Ya habrá tiempo para regresar.



















domingo, 16 de enero de 2011

Barra Velha



Barra Velha es uno de los balnearios más famosos del estado de Santa Catarina, después de Floripa. Yendo de São Paulo o Curitiba por la BR 101 (las BR’s son las diferentes carreteras, como la panamericana en el caso peruano) el desvío para este balneario está antes del de Floripa.

La Praia Central es de aguas tranquilas, a diferencia de la Praia Tabuleiro, donde se encuentran olas algo más movidas, nada comparado al Pacífico: aquí, en el Atlántico (hasta el momento) todo parece una inmensa piscina de agua poco salada, tibia, y transparente. Lo interesante es que no se encuentra tanta gente como en Floripa, salvo los domingos.

Barra Velha fue colonizada por los azorianos desde 1812 que encontraron en la caza de ballenas un rentable negocio. Sus fiestas son: en febrero la Festa de Nossa Senhora dos Navegantes; la Festa do Divino Espíritu Santo en mayo y junio; y la tradicional Festa do Pirão en setiembre. “Pirão de peixe” (Pirão de pescado) es un plato tradicional en este balneario.

Las playas del litoral de Santa Catarina –hasta ahora- son de otro lote.


















sábado, 15 de enero de 2011

Florianópolis



Florianópolis o simplemente “Floripa”, es una isla, capital del estado de Santa Catarina, al sur de Brasil. Tierra de Gustavo “Guga” Kuerten, y del Avaí F.C, equipo que se mantiene en la primera división del competitivo campeonato brasileño. Floripa cuenta con muchas playas, muy diversas entre sí. Es difícil ir a todas en un fin de semana largo, nosotros estuvimos en tres:

Canasvieiras, en el litoral norte de la isla, donde el mar parece una piscina, óptimo si estás con niños. Esta playa es también conocida como la “Praia dos argentinos”: es grande la cantidad ciudadanos de este país en esta determinada playa, al punto que los brasileños te hablan (o al menos intentan) en castellano. Es fácil también encontrarse (aunque en un número menor que argentinos) con varios uruguayos, algunos colombianos, y varios europeos; es más cosmopolita que otras playas de la región. A la salida de Canasvieiras, en medio de la carretera (la 401) encontramos el Restaurant Chico, ofertando una docena de ostras al vapor por RS5,90 ($3,5). Para un peruano, acostumbrado con frutos del mar, fue un buen descubrimiento.

Joaquina, donde se practica, entre otros deportes, el sand surf. El viento fuerte que hay en esas pequeñas dunas ayudan a la práctica de ese deporte, mas no así para fotografiar: millones de granos de esa arena blanca viene con el viento y, lamentablemente, no se puede estar cambiando de lente a cada momento, por el riesgo de que esas partículas invada al interior de la cámara; aun así pude hacer algunas tomas, lo mejor es dejar la cámara en la maletera del auto.

Luego enrumbamos hacia Playa Mole, donde la vista a lo lejos ya mostraba el paraíso que es. Lo negativo: la cantidad de carros que aglomeran la vía, y las personas que ponen su funk carioca a un volumen muy alto (si al menos fuera rock): contaminación auditiva que jode, pero que no llega a afectar la linda vista, el mar tibio, y la arena blanca que ahí se disfruta.

Como en todo lugar hay que tener ciertos cuidados, ya que como en toda ciudad que recibe turistas nacionales y del exterior se pueden topar con grupetes de timadores o asaltantes, muchas veces armados, pero ese no es mal sólo de aquí, de Floripa, lamentablemente en muchos lugares encontramos eso.

Floripa es un paraíso.






















miércoles, 12 de enero de 2011

Nada, Carmen Laforet




Año de publicación: 1944.
Traducción al portugués: Elizabeth Xavier de Araújo.
Traducción del prefacio de Mario Vargas Llosa: Eliana Aguiar.
Alfaguara, 2008.



Leído entre finales del año pasado y a inicio del presente, “Nada” de Carmen Laforet pasó de ser una obra desconocida a convertirse en una de mis preferidas. Se quedaron en Lima, entre varios otros libros, alguno de Camilo José Cela, y un par de Arturo Pérez-Reverte, y claro, El Quijote, que nunca puede –ni debe- faltar en casa. Es extraño, cuando me detengo y reparo: son pocos los libros de escritores españoles que tengo; sin habérmelo propuesto, en literatura en lengua española son más los escritores latinoamericanos los que acapararon mi atención. Ahora, en un país de lengua portuguesa, cuando me cruzo con obras de escritores hispanohablantes, generalmente paso recto, por evitar la traducción; guardo la esperanza de hacerme de esos libros en mi idioma, el castellano, pero en este caso, nuevamente, hubo un repentino cambio de parecer.

Este libro nos transporta al Barcelona luego de la posguerra, tiempos muy difíciles, donde la tapa del libro hace honor al clima que refleja la historia: todo gris y obscuro. Es en esos momentos que Andrea, a sus dieciocho años, llega a esa ciudad a vivir con familiares, mientras estudia en la universidad. Además de la escasez de medios con que la familia contaba, Andrea encuentra en ese grupo familiar diversas rencillas que hacen que su vida sea aun más difícil. La casa de la calle Aribau donde viven me la imagino diseñada por Tim Burton. Andrea encontrará en su amiga Ena y en su familia una puerta a un mundo diferente, donde se sentirá más a gusto, aunque esa dicha sea efímera. Con Gerardo tendrá su primer beso, algo que la intimidará y dejará confusa. Luego, de la mano de Pons conocerá a Puyol, Guíxols e Iturdiaga, entrando a ese pequeño clan que aquel grupo de jóvenes -hijos de industriales catalanes- formaban, reuniéndose en el atelier de uno de ellos; quedará deslumbrada ante la descubierta de ese mundo bohemio y el formar parte de él.

Andrea parece estar en una busca constante por encontrar donde encajar. No hay en ella envidia alguna al conocer que aquellas personas con las que empieza a relacionarse son su antítesis: mientras ella vive prácticamente en la miseria, sus nuevos amigos pertenecen a familias pudientes. Es con ellos que huye de su cruda realidad, en la que la pobreza no sólo de medios económicos, sino también de valores, hace de su cotidiano un pequeño infierno.

Su sorpresa será enorme al ver cómo Ena comienza a frecuentar su casa, no para visitarla, sino en busca del tío Román, aquel que parece esforzarse por caer mal, pero conserva intacto su talento ante un piano, con lo cual atrae la atención de la amiga de Andrea. La preocupación de esta será mayor todavía cuando la madre de Ena acuda a la casa y le revele su secreto.

Mediante el escrito de Laforet te imaginas una lóbrega Barcelona, donde una mujer, con las dificultades que tenían en esa época, consigue salir de la miseria que la rodea y hacerse de un lugar en el mundo.

Carmen Laforet tuvo muchos huevos para editar esta obra (1944) en pleno franquismo (1936 - 1975), y con tan sólo 23 años de edad. Aunque no trate el tema directamente, la obra está envuelta en el caos y la pobreza desatada por esta dura etapa en la historia reciente española.

Se llevó el Premio Nadal de 1944, convirtiéndola en un clásico en nuestra lengua, clásico que como dije al principio, desconocía; felizmente pude enmendar ese grave error producto de mi ignorancia. Como si fuera poco, a modo de cereza en esta torta, esta edición de Alfaguara viene con el prefacio de Mario Vargas Llosa escrito en el 2004.

Dejo el primer capítulo en el idioma en el que lo leí, el portugués, sólo para que puedan ver que no es nada difícil el entenderlo, y también, para quienes la hayan leído, y disfrutado, como yo, tengan la traducción de una pequeña parte de esta gran obra.



Por problemas de última hora para comprar a passagem, só consegui chegar a Barcelona à meia-noite, muito depois do horário combinado, e não havia ninguém à minha espera.

Era a primeira vez que viajava sozinha, mas não estava assustada; ao contrário, aquela profunda liberdade na noite me parecia uma aventura agradável e excitante. Depois de uma viagem longa e cansativa, o sangue voltou a circular nas minhas pernas adormecidas e eu, com um sorriso de espanto, olhava a grande estação de Francia e os grupos formados pelos que esperavam o expresso e os que chegavam com três horas de atraso.

O odor peculiar, o burburinho das pessoas, as luzes sempre tristes tinham para mim um grande encanto que envolvia todas as minhas impressões no deslumbramento de ter chegado, afi nal, à cidade grande que eu, por não conhecer, adorava em sonhos.

Comecei a seguir - uma gota num rio - a massa humana que, carregada de malas, afluía para a saída. Minha única bagagem era uma malona muito pesada - porque estava quase cheia de livros - que eu mesma levava com toda a força da minha juventude e da minha ansiosa expectativa.

Um ar marinho pesado e fresco invadiu meus pulmões com a primeira sensação confusa da cidade: uma massa de casas adormecidas, de lojas fechadas, de postes de luz como sentinelas bêbados de solidão. Uma respiração profunda, difícil, vinha com o murmúrio da madrugada. Muito próximo, às minhas costas, além das vielas misteriosas que levam ao Borne, sobre meu coração excitado, estava o mar. Eu devia parecer uma figura estranha com meu ar risonho e meu velho casaco que, empurrado pelo vento, me açoitava as pernas, protegendo minha mala, desconfiada dos solícitos “camàlics”.

Lembro que em poucos minutos fiquei sozinha na ampla calçada, pois as pessoas corriam para pegar os raros táxis ou lutavam para se pendurar no bonde. Uma dessas velhas charretes que reapareceram depois da guerra parou na minha frente, e eu a tomei sem titubear, para inveja de um senhor que se lançou atrás dela desesperado, agitando o chapéu.

Corri naquela noite no desconjuntado veículo por ruas largas e vazias e atravessei o coração da cidade cheio de luz a qualquer hora, exatamente como eu queria, numa viagem que me pareceu curta e carregada de beleza. A charrete contornou a praça da universidade, e lembro que o belo edifício me comoveu como uma grave saudação de boas-vindas.

Entramos na rua Aribau, onde meus parentes moravam, com seus plátanos cheios de espesso verdor naquele outubro e o silêncio vívido da respiração de mil almas atrás das sacadas às escuras. As rodas da charrete deixavam uma esteira de ruído que ressoava na minha cabeça.

De repente, senti todo o trambolho ranger e balançar. Depois ficou imóvel.

- Chegamos - disse o cocheiro.

Ergui a cabeça para o prédio em frente. Fileiras de sacadas se sucediam iguais, com suas grades de ferro escuro guardando o segredo dos lares. Olhei para elas, e não consegui adivinhar de qual delas eu sairia de agora em diante. Com a mão um pouco trêmula, dei algumas moedas ao vigia e, quando ele fechou a porta atrás de mim, com grande tremor de ferros e vidros, comecei a subir as escadas, bem devagar, carregando minha mala.

Tudo começava a ser estranho à minha imaginação; os estreitos e gastos degraus de mosaico iluminados pela luz elétrica não tinham lugar nas minhas lembranças.

Diante da porta do apartamento, me assaltou um súbito receio de acordar aquelas pessoas desconhecidas que, no fim das contas, eram meus parentes e hesitei um pouco antes de tocar timidamente a campainha. Ninguém atendeu. Meu coração começou a bater mais forte, e fiz uma nova tentativa.

Então ouvi uma voz trêmula:

"Já vai! Já vai!"

Ouvi pés se arrastando e mãos desajeitadas abrindo trancas.

Depois tudo me pareceu um pesadelo.

O que eu tinha diante de mim era um vestíbulo debilmente iluminado pela única lâmpada que restava num dos braços do lustre magnífico e cheio de teias de aranha que pendia do teto. Um fundo escuro de móveis empilhados como nas mudanças. E, no primeiro plano, a mancha alvinegra de uma velhinha decrépita, de camisola, com um xale nos ombros.
Preferia pensar que tinha errado de apartamento, mas aquela infeliz velhinha conservava um sorriso tão doce e bondoso que tive certeza de que era minha avó.

- É você, Gloria? - disse ela, num sussurro.

Neguei com a cabeça, incapaz de dizer qualquer coisa, mas ela não conseguia me ver no escuro.

- Entra, minha filha, entra. O que você está fazendo aí? Ai, se a Angustias souber que você voltou a uma hora dessas!

Intrigada, arrastei a mala e fechei a porta atrás de mim. Então a pobre velha começou a balbuciar alguma coisa, desconcertada.

- Não está me reconhecendo, vó? É a Andrea.

- Andrea?

Ela hesitava. Esforçava-se para lembrar. Aquilo era constrangedor.

- Isso, vovó, sua neta? Não consegui chegar de manhã conforme o prometido.

A velha continuava sem entender, quando, de uma das portas do vestíbulo saiu, de pijama, um sujeito alto e esquelético
que resolveu a situação. Era o Juan, um dos meus tios. Tinha o rosto cheio de concavidades, como uma caveira iluminada pela única lâmpada do lustre.

Bastou ele me dar uns tapinhas nas costas e me chamar de sobrinha para vovó se atirar num abraço, com seus olhos claros cheios de lágrimas, repetindo "coitadinha"?

Em toda aquela cena pairava algo de aflitivo, e no apartamento um calor sufocante, como se o ar estivesse parado e podre. Ao erguer os olhos, vi que várias mulheres fantasmagóricas tinham aparecido. Uma delas, vestida de preto com uma roupa que lembrava uma camisola, quase me causou arrepios. Tudo naquela mulher parecia horrível, calamitoso, até a esverdeada dentadura com que sorria para mim. Era seguida por um cachorro que bocejava ruidosamente, também ele preto, como uma extensão do seu luto. Depois me disseram que era a empregada, mas nunca nenhuma outra criatura me causou uma impressão tão desagradável.

Atrás do tio Juan apareceu outra mulher magra e jovem, de cabelos revoltos, arruivados, sobre um afilado rosto branco e uma indolência tresnoitada que só fazia aumentar a penosa impressão do conjunto.

Eu sentia a cabeça de vovó contra meu ombro, ainda apertada em seu abraço, e todas aquelas figuras me pareciam igualmente alongadas e sombrias. Alongadas, quietas e tristes, como luzes de um velório de interior.

- Bom, mamãe, já chega - disse uma voz seca e como que ressentida.

Então me dei conta de que havia mais uma mulher atrás de mim. Senti uma mão no meu ombro e outra no meu queixo. Eu sou alta, mas minha tia Angustias era mais alta ainda, e assim me obrigou a olhar para ela. Seu gesto revelava certo desprezo. Tinha os cabelos grisalhos, compridos até os ombros, e uma certa beleza no rosto escuro e fino.

- Que bolo você me deu hoje de manhã, hem, filha!

Como eu podia imaginar que você ia chegar de madrugada? Tinha soltado meu queixo e agora estava na minha frente, dizendo do alto de sua camisola branca e de seu penhoar azul:

- Ai, Senhor, que transtorno! Uma criança dessas, sozinha?

Juan grunhiu:

- Pronto. A bruxa da Angustias sempre estragando tudo! Angustias fingiu não ouvir.

- Bom, você deve estar cansada. Antonia - agora se dirigia à mulher envolta em preto -, vá preparar uma cama para a senhorita.

Eu estava mesmo cansada e, além disso, naquele momento, me sentia surpreendentemente suja. Aquelas pessoas, movendo-se ou olhando para mim num ambiente escurecido pela aglomeração de coisas, pareciam aumentar o calor e a fuligem da viagem que eu já havia esquecido. Além disso, estava ansiosa para respirar um pouco de ar puro.

Percebi que a mulher desgrenhada, tonta de sono, estava olhando para mim com um sorriso, e também para a minha mala. Isso me obrigou a dirigir o olhar para o mesmo ponto, e então minha companheira de viagem me pareceu um pouco comovente em seu desamparo de provinciana. Pardacenta, amarrada com cordas, ocupava, ao meu lado, o centro daquela estranha reunião.

Juan se aproximou de mim:

- Você conhece minha mulher, Andrea?

E empurrou a mulher despenteada pelos ombros.

- Meu nome é Gloria - disse ela.

Vi que a vovó nos olhava com um sorriso ansioso.

- Ora, vamos!... que história é essa de apertar as mãos? Dêem logo um bom abraço, meninas? Isso, assim!

Gloria sussurrou ao meu ouvido:

- Você está com medo?

E por pouco não o senti ao ver o rosto de Juan, que mordia as próprias bochechas em caretas nervosas. Era sua tentativa de sorrir.

Tia Angustias voltou à carga, autoritária.

- Vamos dormir, que já é tarde!

- Posso tomar um banho? - perguntei.

- O quê? Fala mais alto! Tomar banho?

Os olhos se arregalavam sobre mim, espantados. Os olhos de Angustias e de todos os outros.

- Aqui não tem água quente - disse, Angustias, por
fim.

- Não faz mal?

- Você tem coragem de entrar no chuveiro a uma hora dessas?

- Tenho - respondi. - Tenho sim.

Que alívio a água gelada no meu corpo! Que alívio estar longe do olhar daqueles seres estranhos! Pensei que naquela casa nunca deviam usar o banheiro. O espelho da pia, todo manchado - que luzes mortiças, esverdeadas, havia na casa inteira! -, refletia o teto baixo, todo coberto de teias de aranha, e meu próprio corpo entre os fios brilhantes da água, evitando encostar naquelas paredes sujas, equilibrando-me na ponta dos pés sobre a encardida banheira de porcelana.

O banheiro parecia uma casa mal-assombrada. As paredes escurecidas conservavam o rastro de mãos crispadas, de gritos de desespero. Por toda parte as lascaduras abriam bocas desdentadas babando umidade. Acima do espelho, porque não cabia em outro lugar, tinham pendurado uma macabra natureza-morta com peixes olhudos e pálidos e cebolas contra um fundo preto. A loucura sorria nas torneiras retorcidas.

Comecei a ver coisas estranhas, como se estivesse bêbada. Bruscamente fechei o chuveiro, aquele feitiço cristalino e protetor, e fiquei sozinha em meio à sujeira das coisas. Não sei como consegui dormir naquela noite. No quarto que me deram, via-se um grande piano com as teclas descobertas. Numerosas molduras douradas - algumas de grande valor - nas paredes. Uma escrivaninha chinesa, quadros, móveis desencontrados. Parecia o sótão de um palácio abandonado, e era, conforme eu soube depois, a sala de estar.

No centro, como um túmulo rodeado por seres enlutados - a dupla fi leira de poltronas estripadas -, uma cama turca, coberta por uma manta preta, na qual eu deveria dormir. Sobre o piano tinham colocado uma vela, porque o grande lustre do teto não tinha lâmpadas.



Angustias se despediu de mim fazendo o sinal-dacruz, e vovó me abraçou com ternura. Senti seu coração bater contra o meu peito, como um bichinho.

- Se você acordar assustada, pode me chamar, minha filha - disse com sua vozinha trêmula.

E em seguida, num misterioso sussurro ao meu ouvido:

- Eu nunca durmo, filhinha, estou sempre fazendo alguma coisa na casa de noite. Não durmo nunca, nunca.

Por fim saíram, deixando-me entre as sombras dos móveis aumentadas pela luz da vela, que as enchia de palpitações e profunda vida. O fedor que se sentia na casa inteira chegou numa onda mais forte. Era um cheiro de sujeira de gato. Senti que me sufocava e, em perigoso alpinismo, subi no espaldar de uma poltrona para abrir uma porta que aparecia entre cortinas de veludo e poeira. Consegui minha façanha tanto quanto os móveis permitiam e vi que a porta dava para um desses pátios abertos que enchem as casas barcelonesas de luz. Três estrelas cintilavam no suave negror do céu, e ao vê-las senti uma súbita vontade de chorar, como se visse velhos amigos perdidos.

Aquele luminoso palpitar das estrelas me trouxe em tropel toda a minha ilusão através das ruas de Barcelona até o momento em que entrei nesse ambiente de pessoas e móveis infernais. Estava com medo de deitar naquela cama que parecia um ataúde. Acho que estava tremendo de indefiníveis terrores quando apaguei a vela.

(Capítulo I, pág. 15 – 21.)