viernes, 25 de marzo de 2011

Tokio, día 2

Sobre las fotografías del primer post.

Por la mitad del año cerca de 25 personas estábamos animadas para ir a pasar navidad y fin de año en Tokio. En Japón, la primera fecha pasa desapercibida para los locales, sólo celebran el año nuevo. Con el transcurrir de los meses iba disminuyendo esa cantidad. Preguntas como: ¿dónde dormiremos? ¿Cuánto está un hotel en esa temporada? ¿Y las cápsulas? ¿Y por qué no ir de carro, o alquilar una van?, etc. Al final, llegado el yasumi (feriado largo) de diciembre, éramos dos los que sin tener ningún conocido en la capital, decididos a dormir en el parque y asearnos en los baños de las estaciones de tren enrumbamos de mochileros a Tokio: Charles y yo. Vivíamos en Suzuka, a cinco minutos del autódromo de Fórmula 1.

Desde ahí a Nagoya da 1 hora y poco, trayecto conocido, de casi todos los fines de semana. De Nagoya a Tokio en bus es más barato pero pierdes tiempo (unas 10 horas aprox.), optamos por el Shinkansen (tren bala) que te lleva en poco menos de dos horas. Los tickets costaron 12,500 yenes ($125), cada uno, sólo de ida. El confort ahí dentro es espectacular, es muy silencioso, desde dentro no parece que estás yendo a más de 300km por hora. Los modelos modernos del shinkansen pueden alcanzar velocidades mayores, pero no es recomendado por que en Japón puede ocurrir en cualquier momento un movimiento sísmico de alta intensidad. Si la hora inglesa se caracteriza por la puntualidad, los japoneses no son menos: todas sus diversas líneas ferroviarias son estrictamente puntuales, lo que ayuda mucho al momento de programarse. Diciembre e inicio de enero Japón está en pleno invierno, un clima gélido y crudo. Llegamos de noche a Tokyo y ya salimos a recorrer sus calles y avenidas, bebiendo sake y cerveza con unos amables bomberos que nos invitaron a pasar un rato con ellos. Dejamos las mochilas en un locker y fuimos a Roppongi, lugar conocido por las fiestas a cualquier hora. Lo que busques en Roppongi lo encuentras. A las 06:00am dejamos las discotecas y buscamos un Mc Donald’s, lugar que detesto pero no había otra, a pedirse un café, sentarnos y dormir ahí mientras cargábamos las baterías de celulares y cámaras. En Japón es muy común tener hasta dos tomacorrientes cerca de las mesas, pues muchas, sino todas las personas suelen estar con laptops, i-pod’s, celulares, y aprovechan mientras comen para cargar sus diferentes baterías. Lo bueno es que uno puede dormir tranquilamente con todos esos aparatos ahí y nadie te roba, hacer eso en Perú o aquí en Brasil es impensable.


Segundo día.

08:30, cansados pero con la felicidad de haber pasado la primera noche en Tokio fuimos para Ameya-Yokocho, o Ameyoko, como es conocido: el enorme mercado en Ueno, donde los establecimientos comerciales no parecen tener fin. De gran movimiento, ahí se encuentra desde ropa, hasta mariscos y pescados frescos. Lo caótico nunca fue tan lindo. Como no teníamos guía alguno, continuábamos por donde el camino nos llevase. En el barrio Taitō-ku 台東区-ku (cuando la “o” lleva ésa rayita la pronunciación se alarga: Taitoo, en este caso) encontramos la famosa estatua a Saigo Takamori 西郷 隆盛, último samurái, líder de la Rebelión Satsuma contra el gobierno Meiji. La estatua está ahí desde 1898.

Ahí cerca está el Ueno Onsji Park, abarrotado de aquellos árboles tradicionales de Japón: el de la flor de cerezo, que sólo florece una semana en abril. Estábamos en diciembre y todo era ramas secas. Aprendí a observar la belleza de un templo a través de las ramas secas, es hermoso. En este parque está el templo Kiyomizu Kannon-do, hermoso y sencillo recinto que conserva la estatua de Kannon, divinidad budista, si deseas tener hijos es a ella a quien tienes que pedir. Fue aquí que Buda nos puso en nuestro camino un monstruo, muy amable él, culpable de que no durmiéramos en los parques capitalinos. Bomfim, natural de São Paulo, fotógrafo profesional, acostumbra salir a disparar por la ciudad en que se encuentre. Nos aconsejó cómo usar la cámara (la compré previo a éste viaje, y sabía poco o nada sobre sus beneficios), y sobre varios encuadres y técnicas. Era muy didáctica su conversa. Él nos invitó a su apato para poder bañarnos y también nos sirvió de guía. No contento con todo eso, se las ingenió para que podamos dormir en la sala de la iglesia evangélica a la que solía acudir. Temí que tendríamos escuchar misa o culto, pero no, no nos condicionaron a aquello. Luego fuimos a apreciar el Puente del Arco Iris o Rainbow Bridge (レインボーブリッジ, Reinbō burijji), cuya construcción duró desde 1987 hasta 1993. Este puente suspendido cuenta con 798 metros de longitud, y conecta con Odaiba, isla artificial en Tokio, último lugar visitado en este día, antes de regresar a Roppongi. Por este puente transita un sistema de tren diferente: la línea Yurikamome, un tren no tripulado y con ruedas de caucho. Desde ahí se puede apreciar la Fuji Television, y la rueda gigante del Palette Town, con más de 100 metros de altura. Mientras todos apuntaban en Aquacity Odaiba al enorme shopping que ahí hay, nosotros continuábamos buscando diversas vistas al hermoso puente que de noche hace honor al nombre que lleva. Como el mundo es un pañuelo, en plena calle nos encontramos con amigos brasileños de Mie-Ken, del estado donde vivíamos. Ellos habían llegado en un tour así que no pudimos estar mucho tiempo juntos. El segundo día acababa, nuevamente iniciando el tercero.









































































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