martes, 23 de noviembre de 2010

Huerto cerrado, Alfredo Bryce Echenique



Huerto Cerrado; Alfredo Bryce Echenique, 1968; Barral Editores 1972; Perú.

El mismo año (1968) en que el poeta Antonio Cisneros se llevaba el premio Casa de las Américas con su “Canto ceremonial contra un oso hormiguero”, en el género de la poesía, la obra de otro joven escritor peruano obtuvo una mención honrosa en el género del cuento: “Huerto cerrado”, de Alfredo Bryce Echenique.

En este conjunto de cuentos no hay uno que lleve el título de la obra. Bryce Echenique en una entrevista declaró que le debe el título del libro a su entrañable amigo Julio Ramón Ribeyro:

"Julio Ramón fue, en efecto, quien me llevó de la mano y me enseñó a salir de noche en las difíciles épocas de mis primeras andanzas literarias. Leyó, por ejemplo, el manuscrito de mi primer libro y me dijo que sí, que debería publicarlo, pero no con ese título, por favor, Alfredo, que se parece tanto a ti, por no decir que es fatal. Y le puso “Huerto Cerrado”, y con ese título lo publiqué, en honor al maestro, en honor al amigo, y porque, en honor a la verdad, a mi jamás se me hubiera ocurrido un título mejor para aquel libro.


De inicio, en este libro, no encuentro al Bryce Echenique de sus obras posteriores. Aquel que pareciera estar a tu lado narrando sus aventuras, con derroche de humor e ironías, sus divagaciones y enredos de los que sale siempre con anécdotas muy divertidas. No, aquí hay un Bryce Echenique más cuidadoso, más discreto, donde quizá solamente en los relatos “Yo soy el rey”, y “El descubrimiento de América” encontraremos al típico Bryce Echenique, aquel que conoceremos desde “Un mundo para Julius”.

Aquí estamos ante doce cuentos que a su vez están integrados entre sí. Estamos ante las aventuras en diferentes etapas de la vida de mi tocayo, Manolo, entre su niñez, su adolescencia, y juventud; no están en orden cronológico. El primer cuento “Dos indios”, es el único que no está ambientado en Lima. Es el encuentro de dos inmigrantes peruanos en Roma, Italia, también aquí encontramos a un Manolo de 22 años. Los otros 11 cuentos están ambientados entre Lima, Chaclacayo y Chosica, y siempre bajo la óptica de Manolo. En “Con Jimmy, en Paracas”, acompañará a su padre en un viaje a esa ciudad, siendo totalmente sorprendido por la sorpresiva petición de su amigo. “El camino es así (con las piernas pero también con la imaginación)”, Manolo no tiene fuerzas para acompañar al grupo en su recorrido en bicicleta, desde Miraflores hasta Chaclacayo, sin embargo, él no desistirá, y encontrará una manera de llegar. En “Su mejor negocio”, se verá obligado a vender algo para adquirir otro producto, el problema: el posible comprador es un amigo con pocos recursos, y él sabe que podría obsequiar en vez de vender, esto significaría renunciar a su nuevo deseo de consumo; tendrá que tomar una decisión. En “Las notas que duermen en las cuerdas”, encontramos a ese típico adolescente que no se ubica entre tanta gente, escrutando a todos, encontrándolos tristes, inclusive a su familia, aunque reconoce que los ama, le fastidia y le cuesta el tener que hacer demostraciones de cariño. Recuerdo en la re-lectura del cuento “Una mano en las cuerdas (Páginas de un diario)”, que apareció en un libro del colegio, de lengua y literatura, cuando yo tenía 12 años; trata sobre su profunda timidez ante su primer amor, y los planes previos antes de declararse. En “Un amigo de cuarenta y cuatro años”, encontrará en Mr. Davenhock, su profesor de inglés, una amistad que no esperaba, llegando a escuchar una confesión y a entender el porqué siempre él escuchaba a Marlene Dietrich. En “Yo soy el rey”, entraremos junto con Manolo y sus amigos a un burdel de la avenida Colonial, y estaremos con él en su experiencia con la Nylon, en aquel cuartucho con toda la parafernalia putesca que Bryce Echenique describe muy bien. En “El descubrimiento de América”, estamos ante la fase más hijo-de-puta del personaje principal. En “La madre, el hijo y el pintor”, Manolo divide sus días entre sus padres separados y, estando con su madre, ante la invitación a una fiesta, esta decide llevarlo con él. Manolo tendrá un sentimiento desconocido, al ser presentado al amigo de su madre. En “El hombre, el cinema y el tranvía”, el personaje principal será testigo de un fatal acontecimiento, que lo llevará a cavilar al respecto. El último es el menos logrado de todo el conjunto: en “Extraña diversión”, Manolo tiene unas particulares maneras de pasar el día; dejando entrever su probable locura.

Releer esta obra te envuelve de nostalgia, sobre todo para alguien que vivió y creció en Lima: el encontrar en sus líneas sobre la tiendas (supermercado) Monterrey, que ya no existe más; el cine Orrantia, de la esquina de Av. Javier Prado y la Av. Arequipa, que tampoco existe, era –cuando dejé Lima- una iglesia, de alguna de las tan diversas religiones que proliferan en Lima; las Galerías Boza, del Jr. De la Unión, que no sé si existe aún; los tranvías que nunca vi, pero que podía comprobar de su existencia, en un pasado no tan lejano, viendo los rieles que aún asomaban amalgamados con el asfalto por la Plaza San Martín, y por el Convento de San Francisco; el caminar por Chosica, previo a un campamento en el bosque de rocas de Markahuasi; la Av. Colonial, con el burdel del japonés cerca de ahí, al que nunca llegué a ir, fuimos a otros, a ese no.

Releer la obra prima de Bryce Echenique es un reencuentro con una Lima que cambió, y mucho, en poco tiempo. Gracias Bryce por la nostalgia.



El hombre, el cinema, y el tranvía.

El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltearse las descripciones muy extensas e inútiles.

Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea, y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con dirección al Paseo de la República. Eran seis de la tarde, y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar, y la gente que abandonaba la sala, se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años y un muchacho de de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine, y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no la película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada, no parecieron impresionar mucho al hombre que podría ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba, y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa, o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor, y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo las puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás y perdió el equilibrio al pisar el sardinel.
Voló tres metros, y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro, y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y despareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse, y el conductor salió a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente, y la gente que empezaba a aglomerarse, retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.
- No pude hacer nada por evitarlo –dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.
- ¡Dios mío! –exclamó una vieja gorda, que llevaba una bolsa llena de verduras-. En los años que vengo viajando en esta línea….
- Hay que llamar a un policía – interrumpió alguien.

La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual que la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.

- Circulen. Circulen. –ordenó un policía que llegaba en ese momento.
- No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
- ¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
- Hay que llamar a una ambulancia.

Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener dieciocho, caminaban hacia la Plaza San Martín.

- Vestía de azul marino –dijo el muchacho.
- Está muerto.
- Es extraño.
- ¿Qué es tan extraño? – preguntó el hombre de unos treinta años.
- Vas al cine y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones, y uno se divierte.
- El arte y la vida.
- Humm… el arte, la vida… Pero el periódico…
- Ya lo sabes –interrumpió el hombre-. Si tienes un accidente, y ves que empiezan a cubrirte de periódicos… La cosa va mal…
- Tú también vas a morirte…
- Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro…. Eso no es soñar, mi querido amigo.
- ¿Siempre eres así? –preguntó el muchacho.
- ¿Conoces los chistes crueles?
- Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?
- ¿Acaso no vas a la universidad?
- No te entiendo.
- ¿Sabes lo que es la catarsis?
- Sí, Aristóteles…
- Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
- Eres increíble –dijo el muchacho.
- Hace años que camino por el centro de Lima –dijo el hombre-. Como ahora. Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí –dijo, mientras abría la puerta de un bar-. ¿Una cerveza?
- Bueno –asintió el muchacho-. Pero no todos los días.
- Diario. Y a la misma hora.

Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan sólo a cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio, y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.

- Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla –dijo el hombre.
- ¿Es verdad que vienes todos los días? –preguntó el muchacho.
- ¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía, allá al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán su aperitivo.
- ¿Y si hoy prefiere una cerveza?
- Sería muy extraño –respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
- ¿Dos cervezas, señor Alfonso?
- No sé si quiero una cerveza –intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
- Tengo que prepararle su aperitivo al viejito –dijo el mozo.
- Decídete Manolo –dijo el hombre, y agregó mirando al mozo-: se llama Manolo…
- Un trago corto y fuerte –ordenó el muchacho-. Un pisco puro.

1 comentario:

Raquel Bazán dijo...

No es una cerveza lo que caracterizaría este cuento.
Es un pisco. Corto y fuerte, como lo dice su protagonista. Y además, bueno y peruano, como el autor.

Manolo, te envié un correo con una referencia a los enlaces de los blogs y no supe si te llegó. Le reenvié a tu dirección. Me cuentas.
Espero comentario de un buen vino. Hasta luego:
Raquel