sábado, 6 de agosto de 2016

Lluvia negra, Masuji Ibuse





Título original : Kuroi Ame 黒い雨

Año de publicación : 1965

Título en portugués : Chuva Negra

Editora : Estação Liberdade

Año de la presente edición : 2011

Traducción al portugués : Jefferson José Teixeira




Recuerdo la primera semana tras instalarme en la ciudad de Minokamo, estado de Gifu. Dispuesto a ingresar a un centro comercial, al ladito de la puerta principal estaban un grupo de personas con unas urnas pidiendo dinero, algo muy inusual en Japón. Ellos explicaban los motivos, pero en mi pobre idioma japonés no entendía a ciencia cierta a qué se referían, hasta que mencionaron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, mientras otra persona me entregaba álbumes llenos de fotografías muy crudas, de los sobrevivientes en los años posteriores a aquel fatídico 1945, y hasta aquel entonces, 2004. Y es que hasta inicios de este siglo había personas enfermas por la exposición a la radiación.

Un día como hoy, hace exactamente setenta y un años, fue soltada la bomba atómica en la ciudad japonesa de Hiroshima. La trama de ésta novela trata sobre aquellas personas que sobrevivieron a aquel ataque. El título hace mención a las grandes nubes negras cargadas de lluvia con radiación, fragmentos a modo de ceniza, llenos de rayos gamma y uranio, que dejaba todo y a todos como con un grueso manto negro, cuyos efectos se conocerían rápidamente entre la población, expuestos a la hambruna y abandono por un lado, y a las órdenes de no bajar la guardia para un posible ataque cuerpo a cuerpo en suelo japonés por otro. Un caos total donde pareciera que lo mejor que le podría pasar a cualquiera en aquellas circunstancias era no haber sobrevivido. La naturaleza da señales de cambio rápidamente, en sus flores, plantas, insectos, peces, agua, convirtiendo a Hiroshima y alrededores en un lugar inhabitable, en teoría, pero donde muchos, abandonados a su suerte, se las ingenian para darle nuevamente un sentido a sus vidas. Y es que la trama no es en sí la caída de aquella primera bomba, sino lo que sucedió con los que ahí consiguieron levantarse tras esa tragedia.

El libro comienza cinco años después de aquel fatídico hecho, donde el autor nos presenta a la joven Yasuko, la muchacha que está en boca de todos por creerse que estuvo en aquel lugar, expuesta a la radiación, motivo que dificulta la tarea de sus tíos Shigematsu Shizuma y su esposa, Shigeko, en encontrarle un esposo, pues cada galán que aparece con pretensiones de matrimonio es alertado al respecto por infames vecinos. Y es que en aquellos tiempos se creía que tener contacto con un hibakusha directamente sería contagioso. Shigematsu decide entonces transcribir los diarios de Yasuko, de su esposa, del médico reservista Iwatake, y el suyo propio, para enviárselo y así convencer al pretendiente de su sobrina, en un intento de alejar toda duda y sospecha.

Aunque uno puede tratar de hacerse la idea de cómo debió ser los días posteriores al estallido no hay asideros reales para formar una opinión válida, más allá de lo trágico. Aquí, a través de las transcripciones de aquellos diarios podemos saber cuán terrible fue este holocausto, con cadáveres amontonados por todos lados; hedores que empiezan rápidamente a aparecer; enjambres de moscas y mosquitos; hibakushas cual zombis en busca desesperada por un poco de agua, que no calma esa sensación de intenso calor interno; quemaduras de todo tipo difícil de cicatrizar; rostros hinchados como pareciendo a punto de explotar; y lo más increíble, aquel extraño sentimiento pacifista en relación a los estadounidenses: no hay ira, ni en los personajes del libro, ni en la población en la actualidad. Shigematsu es un atento observador del cambio radical de su ciudad y alrededores, recordando inclusive poemas en algunos momentos entre los escombros de lo que fue una gran ciudad. 






Resulta increíble saber que en Okinawa está una base grande norteamericana, y que muchos –sino todos- japoneses no guardan rencor por esa afrenta, es más, las nuevas generaciones hasta admiran la cultura estadounidense.

Fue llevada al cine en 1989 por el director Shōhei Imamura. Dicha película la pueden ver aquí pudiendo activar subtítulos al español, portugués e inglés.

Si algo hay que reconocerle a Masuji Ibuse (Hiroshima, 1898 – Tokio, 1993) es el ofrecernos una acuarela de una situación extrema: no hay resentimiento, hasta diría que ni molestia por lo sucedido. Aconteció, y hay que luchar por continuar viviendo, tan simple como eso. Hay que tener en cuenta que tan solo quince años después (1960) comenzó “el milagro japonés”, a crecer la economía en ese país que los llevaría a ser potencia mundial, albergando inclusive diecinueve años después unos Juegos Olímpicos (1964) en Tokio. ¿Qué país y sociedad lograría eso a tan poco tiempo de ser víctima de tamaño holocausto? Y si hubiese algo que reprocharle al autor es el lenguaje simple –acostumbrado con otros autores nipones, que no escriben, sino esculpen, con una precisión bárbara el lenguaje- que encuentro en esta obra, pero esto pasa a ser un mero detalle, pues lo que me pasa a importar aquí es el fondo y no la forma.

Masuji Ibuse no tendrá la fama de Akutagawa, Mishima, Kawabata, Oé, o Murakami, pero ciertamente con éste libro vencerá la barrera del tiempo. Obra clásica de la literatura japonesa que nos descubre una ventana a un pasado terrible, el cual debería ser prohibido olvidar.


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