martes, 26 de mayo de 2015

La triste batalla: la leyenda iraní de Rostam y Sohrab




Editora : Shinseken

Año de publicación : 2003 


Traducción : Eduardo Campelo

Ilustraciones : Hamid Reza Beidaghi



Desde antes que Sofía nazca yo ya le compraba libros para leérselos. Así, desde que ella paseaba en la panza de Cris está expuesta –además de innumerables y diversas canciones, ritmos, músicas- a historias de distintas realidades. Una de ellas es esta leyenda iraní, y lo trágico no desmotiva a ofrecérselo, ahora que entiende algunas cosas, pues lamentablemente lo trágico está en el cotidiano: al encender la tv, la radio en el auto, al ojear un periódico virtual; en esta historia, como en tantas otras, una reflexión se devela.

Rostam era un feroz e implacable guerrero con una visión especial para el arte de la estrategia, lo que lo tornaba victorioso en varias guerras. Sohrab a su vez era un joven con habilidades similares al experimentado guerrero anterior. El irónico destino hará que sus caminos se crucen, sin saber ambos que están frente a frente del padre e hijo que tanto anhelan conocer.

La ambición, el poder, el hambre por expandir sus territorios les jugará una mala pasada, convirtiendo a uno de ellos, al vencedor, en el más desdichado hombre sobre la faz de esta tierra, perdiendo no solo sus ganas por más victorias, sino también sumergiéndolo en la más triste miseria.

Una mención especial a la editorial japonesa Shinseken, cuyas publicaciones son todas de excelente padrón, recogiendo historias que por ahí están perdidas y ofreciéndolas en portugués, inglés, español y japonés. Yo tengo una imagen formada de cada editorial: Seix Barral, Cosac Naify, Barral Editores, Companhia Das Letras, Alianza Editorial, Editora 34, Anagrama, Record, Sudamericana, Globo, Losada, Estação Liberdade, Milla Batres, Editora Brasiliense, Peisa, Alfaguara, Berlendis & Vertecchia, Emecé, ufff…., así de memoria, todas ellas y sin ningún orden específico están entre mis preferidas, porque ofrecen un catálogo muy interesante de autores y libros en apropiadas ediciones. La editorial Shinseken la adjunto en ese grupo. Tenemos varios libros de ellos en casa, algunos en dos idiomas diferentes, todas con historias de diversas partes del mundo, como queriendo rescatar del anonimato relatos con mucha historia y con grandes moralejas, y con ilustraciones de diferente tipo, todos muy de acorde con lo encontrado en los textos. En diciembre, aprovechando que pude encontrar varias de la misma obra en castellano, me llevé aquellos libros de esta editora para regalárselos a mis sobrinos por navidad. Ojalá mis primos se las lean. 

Intentaré subir los libros de ella –aunque obviamente no siempre las historias- cada vez que yo esté leyendo algún otro libro de dimensiones de un ladrillo. 

La obra de esta entrada está ilustrada por el artista iraní Hamid Reza Beidaghi, con diseños de fuertes trazos, donde los colores cobrizos y ambarinos se alternan, siendo el color turquesa utilizado para la grande lágrima del dibujo final muy atrayente, como reflexionando ante el triste final. Papai, ele está chorando, está triste…, me dice Sofía, cuando no se duerme antes del final. Si se topan con algún libro de esta editorial Shinseken, denle una oportunidad, pues muy probablemente la historia que alberga les será más que interesante.





Había una vez, en Persia, un guerrero llamado Rostam. Él era el más valiente, poderoso e inteligente guerrero de todo el reino, y era respetado por todos.

Un día, montando su famoso corcel Rakhsh, fue a cazar en los bosques que separan a Persia del reino del Toram. Cazó una presa, llenó su estómago con ella y se echó en el suelo a dormir una siesta. Pero cuando despertó, descubrió que su caballo se había ido. Él estaba convencido de que había sido robado por ladrones del vecino Toram, así que fue al palacio real y le pidió al Rey que le devolvieran su caballo.

Cuando el caballo fue encontrado y devuelto a Rostam, el Rey organizó un banquete en su honor y dijo, “lamento que algunos de mis indignos hombres te hayan deshonrado, y me gustaría enmendar los problemas que ellos te han causado. Dime lo que deseas en compensación.

Luego Rostam recordó que el rey tenía una hija llamada Tahmineh, de cuya extraordinaria belleza se hablaba en toda Persia. Así pues, manifestó su pedido: “deseo la mano de vuestra hermosa hija en matrimonio.

El Rey estaba complacido de tener a tan poderoso guerrero como su yerno, así que llevó a cabo la boda sin demora.



Rostam estaba disfrutando su vida de casado en Toran, cuando el Rey de Persia le mandó llamar para pelear una guerra contra un país vecino. Era una tarea normal para un guerrero el pelear por su Rey en tiempos de necesidad. Así que Rostam se despidió con tristeza de su esposa, prometiéndole que volvería tan pronto terminara la guerra.

Luego, alcanzándole un hermoso cinturón adornado con joyas, le dijo, “te dejo esto, como símbolo de mi amor, para nuestro hijo que nacerá pronto. Si la criatura es una niña, quiero que lo use alrededor de su cabeza. Si es un varón, puede usarlo alrededor de su brazo.

Tahmineh dio a luz a un niño al que llamó Sohrab.

Pasaron los años. Persia aún continuaba peleando sus guerras, una después de otra, y Rostam no regresaba a su hogar.

El pequeño Sohrab preguntó a su madre, “¿quién es mi padre? ¿Por qué no está él aquí?

Con tristeza, su madre le contestó, “tu padre se llama Rostam y es el más poderoso guerrero de toda Persia. Él no puede venir porque está ocupado peleando por su país.

Como nieto del Rey, el pequeño Sohrab fue entrenado en las artes marciales, y rápidamente demostró ser un excelente luchador. Parecía haber heredado de su padre el instinto para la lucha y el potencial para ser un gran guerrero.

Pasaron muchos años. Sohrab era ahora un joven y valiente guerrero, que peleaba por Toran y ganaba muchas batallas. Cada vez que resultaba victorioso, deseaba que su padre hubiera estado allí para sentirse orgulloso de él. Luego comenzó a pensar que si el destino le llevara a derrotar al Rey de Persia, él podría unirse a su poderoso padre para gobernar juntos el país.

Cuando Sohrab compartió esta idea con su abuelo, el ambicioso Rey de Toram quedó encantado. Entonces le dijo a su nieto, “Persia está peleando ahora una guerra contra otro país, y la mayor parte de su ejército debe haber partido al campo de batalla. Así que este podría ser el momento ideal para atacar al Rey ya que ha de estar prácticamente indefenso. Ve con mi ejército más poderoso y regresa trayéndome buenas noticias.

El ejército de Sohrab marchó hacia la capital de Persia, venciendo a cuanto enemigo se cruzase en su camino, hasta que se encontró con un poderoso ejército. Eran las tropas lideradas por Rostam, que había sido llamado por su Rey para pelear contra este nuevo y poderoso rival. Pero ni Rostam ni Sohrab se dieron cuenta que estaban luchando contra alguien de su propia sangre. Pronto el padre y el hijo comenzaron a pelear ferozmente, uno contra el otro. La extraordinaria destreza de Sohrab sorprendió poderosamente a Rostam, que nunca había encontrado un hombre con la fuerza suficiente para igualar la suya.
Ambos pelearon y pelearon hasta que el sol se puso, sin que ninguno de ellos resultara vencedor.

Al amanecer del día siguiente se reanudó la batalla. Rostam y Sohrab comenzaron a cruzar lanzas con ferocidad. Pero esta vez el combate no duró mucho, ya que Rostam arremetió contra Sohrab con su daga y lo apuñaló.

Sohrab cayó de su caballo quejándose de dolor, “me has vencido. Pero espera y observa. Mi poderoso padre seguramente se vengará de ti.

¿Y quién es acaso tu padre?”, preguntó Rostam intrigado.

Rostam, el guerrero más poderoso de la tierra”, contestó Sohrab, con su último aliento.

Rostam quedó aturdido. De repente se dio cuenta que el brazalete que este joven guerrero estaba usando era el cinturón enjoyado que había dejado para su hijo muchos años antes.

¡Oh, tú eras mi hijo!”, gritó con desesperación mientras sostenía la cabeza de Sohrab en su regazo. “¡Haz crecido para convertirte en un bravo guerrero y ahora yo te he asesinado con mis propias manos!” Una sensación aplastante de tristeza y remordimiento cayó sobre él. Permaneció allí, en el suelo, sintiendo como toda su fuerza se desvanecía lentamente.

La batalla terminó con la abrumadora victoria de Persia. Sin embargo Rostam no se sintió capaz de unirse a los festejos de su tropa. Era la primera vez en su gloriosa carrera como guerrero que no tomaba parte de su propia celebración de victoria. Durante muchos, muchos años, él consumió su vida lamentando lo que había perdido para siempre. Y por muchas generaciones, el pueblo derramó lágrimas sobre esta trágica historia.

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