martes, 26 de octubre de 2010

Prosas apátridas aumentadas, Julio Ramón Ribeyro



Prosas apátridas aumentadas; Julio Ramón Ribeyro; Editorial Milla Batres 1978; Perú.

A diferencia de los “Dichos de Luder”, donde encontrábamos una compilación de frases con alta carga de ironía, aquí estamos ante reflexiones más complejas y profundas por parte de nuestro (para nosotros, los peruanos) recordado escritor. También, a diferencia de los “Dichos…”, estas prosas vienen enumeradas, así, la primera edición de este libro, “Prosas Apátridas” de 1975, trajo 89 textos; el libro que poseo, las “… Aumentadas” traen 61 textos más (o sea 150), y, en la edición de Tusquets Editores de 1986, intitulada “Prosas Apátridas Completas” estas llegan a 200; desconozco si en la última edición de Seix Barral recogen prosas inéditas. Esta obra es como aquellos buenos libros de poesía: puedes cogerlo y leerlo en cualquier momento, releerlo por partes, intercalándolo con alguna otra obra, echarte “un par más” antes de ir a dormir. Mediante estos textos -así como en sus cuentos- encontramos en Ribeyro a aquel atento observador, quien plasma con una increíble facilidad lo que estuvo ante él, y de seguro, está ante nosotros, pero que nosotros no percibimos.

“¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte, ¿qué quedará de todo esto? Quizás sólo los autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas dos decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? ¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean Paul Sartre? ¿Por qué a Francois Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma. Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando. Entrar a una librería es pavoroso y paralizante para cualquier escritor, es como la antesala del olvido: en sus nichos de madera, ya los libros se aprestan a dormir su sueño definitivo, muchas veces antes de haber vivido. ¿Qué emperador chino fue el que destruyó el alfabeto y todas las huellas de la escritura? ¿No fue Eróstrato el que incendió la biblioteca de Alejandría? Quizás lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero.”
(Prosa 1, págs. 3 y 4)


“Lo fácil que es confundir la cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito, como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que solamente habiendo leído “Las bodas de Fígaro” se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución Francesa, o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.”
(Prosa 21, págs. 24 y 25)





Aunque es de aquella generación, a Ribeyro (Lima 1929 – 1994) parece no haberle pesado no estar considerado entre los escritores de aquel “Boom latinoamericano” de literatura. Las últimas re-ediciones en casas como Seix Barral nos dice que se mantiene presente, sus libros sobreviven al tiempo.

“El arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas. Si yo digo: “El hombre del bar era un tipo calvo”, hago una observación pueril. Pero puedo también decir: “Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el bar Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: “¡en qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!”. Sin embargo, quizás en la primera fórmula resida el arte de relatar.
(Prosa 83, pág. 91)


“Cuando alguien se entera que he vivido en Paris casi veinte años me dice siempre que me debe gustar mucho esa ciudad. Y nunca sé qué responderle. No sé en realidad si me gusta Paris, como no sé si me gusta Lima. Lo único que sé es que tanto Paris como Lima están para mí más allá del gusto. No puedo juzgar a estas ciudades por sus monumentos, su clima, su gente, su ambiente, como sí puedo hacerlo por las que he estado de paso y decir, por ejemplo, que Toledo me gustó pero que Fráncfort no. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen.”
(Prosa 136, págs.. 141 y 142)


“El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo de quien no es nuestro amigo. Amistad, sentimiento solidario, amor solitario. Superioridad de la amistad.”
(Prosa 145, pág. 150)

2 comentarios:

Guely of Sweden dijo...

Créo que Julio Ramón Ribeyro es el único autor que le gustaba tanto a mi viejo como a mi vieja. Y les gustaba en el sentido de no parar de pedirme prestados sus libros. Ella que estuvo de visita hace un año por estos lares se leyo las prosas y los tres tomos de los diarios con un gusto increible.

manigna dijo...

Prestar libros es jodido, pero si hay que hacerlo, imagino, lo mejor debe ser a los padres. Qué bacán que compartan los mismos gustos.

Creo que mi viejita no leyó a Ribeyro, pero sí a Vargas Llosa, tres de los libros que tengo del arequipeño eran de ella; les tengo un cariño especial.