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martes, 21 de julio de 2015

El final del cielo, Alejandro Gándara





Año de publicación : 1990

Editora : Siruela

Colección Las Tres Edades, libro 1

Ilustraciones : Ops



De inicio, una tragedia. El padre busca a sus hijos con desespero tras la caída de la avioneta donde viajaban y, tras encontrarlos, se debaten en cómo sobrevivir y salir de aquella extraña isla a donde cayeron. Es de por sí un inicio difícil, el intentar convencer salir –los tres- de un accidente como ese sin un rasguño, pero la ágil prosa de Alejandro Gándara (Santander, Cantabria, 1957) hace olvidar aquel detalle, dejándolo como si fuera menor, y es la acuciosa mirada del hombre de su alrededor la que hace que avance en la trama incluso con un buen grado de misterio por su nueva e intempestiva realidad.

El hombre que narra los hechos es un tipo divorciado quien llevó de paseo en avioneta un fin de semana a sus hijos Toto, quien bordea la adolescencia, es el que más apego tiene hacia él; y Carlota, una joven siempre a la defensiva, de respuestas cortas y muy directas, quien pondrá más de una vez en jaque a su padre en aquellas circunstancias donde más que nunca se necesita que aflore la imagen de líder de padre en nuestro narrador. Pero es al contrario, podemos ver cómo cada vez más él se amilana ante las órdenes no acatadas y las inesperadas respuestas por parte de Carlota, los animales salvajes que los acechan, el hambre, la sed y el frío, la sensación de soledad, todo esto junto y de repente hace que la duda se instale en él, que la impotencia lo domine. Presenciamos cómo se va empequeñeciendo, aflorando el enorme vacío que hay en él, en su cotidiano, considerando por primera vez la posibilidad de que su vida en realidad es un total fracaso.

Aunque es un libro que pertenece a una colección dirigida a jóvenes yo se la recomendaría a cualquier padre/madre pues no se necesita sobrevivir a un accidente aéreo para sentir aquel temor por perder el control ante nuestros hijos, el dudar si lo estamos conduciendo de la manera más adecuada, si se necesita ser autoritario para ser un buen líder. La trama es muy introspectiva, y, mientras él se empequeñece, sus hijos son lo que maduran de un momento a otro, a la mala, o eso o dejarse morir. 






El manejo del lenguaje de Gándara es otro punto a favor en la obra. La narración, como ya mencioné, es bastante ágil, y su escrita es pulida, pues sin caer en adornos forzados aquí como que las palabras escogidas embellecen el idioma castellano. Para mí, que a veces extraño mi idioma materno, es como un bálsamo depararse con obras así, o como las de Sánchez Espeso, o de Cansinos-Assens en su momento, todos ellos, por coincidencia españoles. Quizá por eso no me hago con traducciones al portugués de Pérez-Reverte o Vázquez Montalbán, entre varios otros, porque quisiera leerlos en castellano.

La presente obra viene con siete ilustraciones en blanco y negro de Ops, una de ellas la pueden ver en la portada, aunque aquella esté a color; prefiero las originales en blanco y negro al interior del libro.

Una obra muy versátil que se degusta de principio a fin. Su escrita es como una escultura, cada palabra concatenada perfectamente resultando una bella historia de conocimiento entre padre e hijos; quizá sea la palabra el reflejo de una realidad. Veo que varios otros libros suyos han sido editados por Alfaguara, así que la esperanza de que me cruce con alguno de ellos se incrementa, felizmente.



El siguiente es un relato que el padre narra a sus hijos en uno de los tantos momentos de desespero por el que pasan. Ya tengo impreso este relato que se suma a los que por la noche, antes de dormir, le leo a mi hija.


En un poblado del norte de América vivía un indio llamado Wacawa –no recordaba haber escrito o leído nunca un cuento como aquel-. Cuando Wacawa tenía doce años, un oso blanco mató a su padre durante una expedición de caza. Wacawa se quedó solo con su madre y dos hermanas muy pequeñas. Desde entonces se dedicó a pensar únicamente en el oso blanco que había matado a su padre. Empezó a tallar huesos y a fabricar armas para matarle cuando algún día hiciera el juramento de los jóvenes guerreros. Mientras tanto, su familia estaba viviendo pobremente de la caridad de sus parientes y, en particular, de la de sus abuelos paternos. Su abuelo, Ohanda, le llamó un día y le dijo: “Escucha Wacawa. De la misma manera que yo me estoy ocupando ahora de tu madre y de vosotros, sus hijos, pronto te tocará ocuparte a ti de tu familia. Cuando llegue ese momento, te pido que también te ocupes de nosotros, de tu abuelo y de tu abuela, que ya serán muy viejos.” Pero Wacawa era incapaz de pensar en esas cosas. Sólo podía pensar en el terrible oso blanco del que le llegaban noticias, ya que seguía matando en todas aquellas regiones de los grandes lagos. Wacawa se fue haciendo mayor y su obsesión por el oso blanco creció con él. Todas las noches soñaba que se encontraba con el oso blanco en una pradera blanca y que él le mataba con sus armas hechas de huesos blancos. Un día le comunicaron que podía salir de casa con la partida de jóvenes guerreros que aspiraban a convertirse en cazadores. Wacawa trajo la piel de un tigre. Su abuelo, Ohanda, volvió a llamarle y le dijo: “Wacawa, ya eres un hombre. Es hora de que te ocupes de tu familia y de tus ancianos. A partir de mañana, tú conseguirás el alimento y procurarás que tus hermanas sean honradas por los otros muchachos. También construirás un nuevo tipi para tu madre con las pieles de tus próximas cacerías. Ése es tu deber.” Pero Wacawa no había pensado todavía en ocuparse de esas cosas y le respondió: “Abuelo, estoy de acuerdo en todo lo que dices. Pero primero he de cazar al oso blanco que mató a mi padre. Hasta que lo cace no podré considerarme un hombre, ni hacer que mis hermanas sean honradas por los otros jóvenes, ni construir un tipi nuevo para mi madre.” El abuelo se quedó muy preocupado, pero dejó marchar a Wacawa. El joven guerrero desapareció con el alba y condujo su caballo hacia el lugar donde el oso blanco había matado a su padre. Tardó en llegar varias jornadas. Era en el lugar de los últimos lagos. El paisaje empezaba a helarse con los primeros fríos del invierno. Estaba convencido, desde pequeño, de que el oso le estaría esperando en el lugar en el que mató a su padre. Pero el oso no estaba allí. Y tampoco estuvo al día siguiente, ni al otro. Wacawa no quería volver al poblado sin la piel del oso. Wacawa quería ser un hombre igual al que había soñado en sus sueños infantiles de venganza. Y sabía, por esos mismos sueños, que tenía que matar a la fiera en el mismo lugar donde murió su padre. Pasaron los días y las semanas. El cielo del invierno se desplomó sobre él. Se helaron los lagos y las montañas. Su caballo murió. Se alimentaba de pescado crudo que sacaba de los agujeros del hielo. Dormía de pie, apoyado en sus armas de huesos blancos, para estar prevenido cuando llegara el oso. Pasó el invierno y la primavera fundió los hielos. Entonces pasó por allí una partida de cazadores de su tribu. Le dijeron que su familia pasaba hambre, que su abuela había muerto y que su abuelo apenas podía moverse. Que tenía que regresar antes que todo fuera demasiado tarde. Wacawa no quiso volver. El oso no apareció durante el verano ni durante el invierno siguiente. En primavera, la partida de cazadores le comunicó que su abuelo había muerto y que su madre estaba enferma. Wacawa se negó a regresar. En algunos de los años siguientes le informaron de la muerte de su madre. Sus hermanas no habían podido casarse y vivían pobremente en el mismo tipi. Wacawa preguntaba si el oso blanco seguía vivo. Los cazadores le contestaron que sí. Y durante muchos años Wacawa hizo la misma pregunta y obtuvo la misma respuesta. Su cuerpo fue experimentando algunos cambios. Ya no podía dormir de pie y las armas le pesaban demasiado. Apenas podía alimentarse con sus artes de pesca y, por otro lado, estaba perdiendo el apetito. Su pelo negro se puso blanco y una larga barba le cubría el rostro. La partida de cazadores de la primavera le dijo un año que nadie había vuelto a ver al oso y que tal vez murió. Wacawa pensó que, efectivamente, el oso debía ser ya demasiado viejo. Mucho más viejo que Wacawa. Decidió regresar. Por un momento pensó que podría hacer algo por su familia. De todas formas, hubo de pasar todavía mucho tiempo antes de dar el primer paso de su regreso. Pero un día volvió. Llegó a la misma hora en que se marchara muchos años antes, rayando el alba. Todos estaban dentro de su tipi. Buscó el de su familia y lo encontró poco después. Pero de él sólo quedaban los tres palos atados con correas en la punta. Hacía mucho que nadie vivía allí. Las piedras del hogar de la entrada no conservaban ni las cenizas. Entonces pensó que quizá sus hermanas Se habían casado y estaban viviendo en otro tipi. Fue llamando a la entrada de los tipis, pero dentro sólo le respondían con gritos y con amenazas. Al poco tiempo, se encontró rodeado de un grupo de guerreros que le apuntaban con sus lanzas y arcos, mientras las mujeres y los niños corrían a esconderse. “¡Matadle, matadle!”, gritó uno que parecía el jefe y a quien no recordaba. Wacawa no comprendía, pero le irritó mucho ser tratado de esa manera después de tantos años. Entonces alargó una mano contra el guerrero que tenía más cerca y esa mano se quedó paralizada en el aire. Wacawa la contempló como si no existiera nada más en el mundo. De sus dedos salían garras afiladas y toda ella estaba cubierta de un pelo blanco y espeso. Abrió la boca con estupor y de ella salió un rugido infernal que conmovió el poblado. “¡Matadle, matadle!”, volvió a escuchar. Una docena de flechas le atravesó la piel. Cuando Wacawa se miró el cuerpo, vio cómo la sangre empapaba poco a poco aquella alfombra de pelos blancos. Luego, murió. “A Wacawa le gustará saber que hemos matado el oso que mató a su padre”, dijo uno. “Y a toda su familia”, dijo otro.  


Pág. 131 a 135.

jueves, 20 de junio de 2013

Laberinto levítico, Germán Sánchez Espeso



Barral Editores, noviembre de 1972

En poco menos de dos meses aparecieron en diversas librerías de la ciudad varios ejemplares –siete, nada menos- editados por la antigua Barral Editores, algunas obras conocidas y tan difíciles de encontrar en mi lejana Lima, y otras que simplemente desconocía, como el libro y autor de la presente entrada.

En la oreja del libro esta obra de Germán Sánchez Espeso (Pamplona, 1940) es presentada como el tercer libro de un grupo de cinco lo que inicialmente dejó en duda el adquirirlo pues desconocía si era una continuación, pero tras leer ahí mismo la primera parte cualquier desánimo quedó de lado; se presenta muy oscuro desde sus primeras páginas, se ve muy interesante como para dejarlo pasar.

Sergio y Anny llegan a la casa de la anciana tía del primero con un plan ya tramado y aparentemente decididos a ejecutarlo. La tía, doña Mima vive recluida en un gran caserón y alejada de todo bullicio citadino acompañada por su vieja empleada Catuta, y El Pollo, una especie de celador. Todo el escenario es tétrico y los viejos personajes que la habitan son descritos de una manera espectral, hasta la –también vieja- perra Mónica y el caballo Rogelio son remedos de lo que alguna vez fueron.

Sánchez Espeso nos presenta inicialmente a un Sergio maniatado por su pareja Anny, dubitativo, incierto, nerd, y para colmo su tía lo trata como al niño mimado que ella recuerda, pero cerca de la asfixia y llevado al límite el joven tendrá un giro radical en su actitud que finalmente lo libertará; esos momentos drásticos en los que aquellos infractores del quinto mandamiento no reparan en la ley del ojo por ojo y diente por diente, momentos efímeros como un orgasmo donde por segundos pareciera sentirse hermoso en toda su abominación, aunque después las dudas e incertidumbre lo invadan. 





Como no conozco los otros cuatro libros de su particular pentateuco la única interconexión que saco desde aquí son los títulos con nombres bíblicos: Experimento en génesis; Síntomas de éxodo; De entre los números; y Deuteronomio de salón, obras tan desconocidas y desde ya tan intrigantes como su autor; con un poco de suerte caen también por aquí.

Con un gran manejo del idioma el autor va sembrando de a pocos la intriga incitando cada vez más al lector en conocer más al respecto de la trama. Aunque se presta para una lectura rápida, no es simple, está estructurada de una manera que engancha desde el inicio, envuelve de a pocos, y termina sorprendiendo con un remate contundente. 


Una novela redonda de un autor que no me explico el por qué de su poca fama y/o trascendencia de este lado del charco; nunca es tarde para descubrir una buena lectura.

lunes, 23 de julio de 2012

El candelabro de los siete brazos, Rafael Cansinos-Assens




Primera edición : 1914
Alianza Editorial, 1986 

Mucho antes de concluir la lectura de este libro pensaba: cuánto me estoy perdiendo con no leer a los escritores españoles, si Rafael Cansinos-Assens (Sevilla, 1882 – Madrid, 1964) siendo uno de los menos publicados y probablemente menos difundidos –al menos en Perú- escribe de esta manera, tan magistral, logrando develar con estos poemas en prosa toda la belleza que el idioma castellano puede alcanzar.


“¡Oh hombres ya marchitos! ¿Qué otra dicha podemos ya esperar sino la de entregarnos al sueño, cuando nuestras mejillas se ponen encendidas por nuestros soliloquios y nuestros recuerdos removidos nos dan la pesadez de los que se embriagan?

¿Qué otra cosa podíamos hacer, ¡oh hombres marchitos!, que permanecer en la casa, cuando ya en la ciudad todos han hecho su elección y las calles están llenas de parejas enlazadas?

¿Qué otra cosa podíamos hacer que recatarnos tras las celosías, cuando ya nuestra hora pasó, ¡oh hombres marchitos!, que somos ya semejantes a los senos que se recogen, después de henchir los labios de los niños?”

Pág. 62


Aquí en Brasil no existe traducción al portugués de algún libro suyo, y en Perú recuerdo haber escuchado o leído “algo” de él porque en textos y/o entrevistas Jorge Luis Borges lo menciona con frecuencia, refiriéndose a él siempre de “maestro”, tal y como aparece en el prólogo de esta edición, que es un bocado a más, donde con su elegancia característica pareciera inclinarse a él tal como un musulmán lo hace hacia la meca, pero el plato fuerte sin duda alguna son los psalmos del sevillano. 

A través de sus metáforas hace parecer sencillo lograr un lenguaje tan directo, y sus sentencias tan contudentes te dejan en el aire; cuenta con la calma irritante de quien pareciera llevar la verdad consigo.

La amargura de los hombres maduros que, en medio de la noche, solitarios y desposeídos, evocan los amores de su juventud y se admiran, como jugadores que han tenido en su mano una fortuna.

La amargura de los hombres maduros, que, en medio de la noche, vagan como los cuervos sobre los restos del día, y cuyos encantos ya no tienen poder para seducir uma ramera.

La amargura de los hombres maduros, a quienes un resto de esperanza hace caminar a través de las calles como cortesanas, y cuyos ojos opacos no logran conmover ni a la luna.

La amargura de los hombres maduros, que, en medio de la noche, no tienen otra compañía que su sombra, y ante los cuales se abre un abismo ancho y profundo como un osario.

La amargura de los hombres maduros, transnochadores austeros, a quien en medio de la noche mil luces claras revelan su triste soledad y cuyo corazón no puede ni engañarse a sí mismo.

La amargura de los hombres maduros, a quien tiene en las calles, en medio de la noche, el miedo a estar más solos y la perspectiva de su lecho blanco como un sepulcro.

(Pág.113 y 114)


La menorá que aparece en la portada es desde hace tres mil años el símbolo más antiguo del judaísmo, e incluso forma parte del escudo de Israel. Cansinos-Assens estuvo siempre interesado en abarcar los temas judíos ya sea desde sus ensayos (“Los judíos en la literatura española”, 1937), o novelas (“Las luminarias de Janucá”, 1924 ) o recopilar textos, muchas veces traducidos por él (“Cuentos judíos contemporáneos, 1920), porque además de literato era traductor, siendo estos trabajos parte de su enorme legado. Cansinos-Assens es el culpable de traducir del ruso al español las obras de Fiódor Dostoievski, Leonid Andréyev, Iván Turgéniev, Liev Tólstoi y Máxim Gorki; del francés a Honoré de Balzac, y “L’Enfer” –“El infierno” (Borges se sorprende por el olvido de esta obra ¿Acaso habrá alguna reedición?)- de Henri Barbusse; del alemán a Johann Wolfgang von Goethe y Friedrich von Schiller; del inglés los “English Traits” de Ralph Waldo Emerson; del griego la obra de Juliano el Apóstata;  del húngaro a Max Nordau; además de encargarse de traducir “Las mil y una noches”, esta última publicada en México. 

Fue un coleccionador de idiomas. Se jactó una vez de poder saludar a las estrellas en catorce lenguas clásicas y modernas.
Borges lo recuerda así en su prólogo. Esto sembró muchas dudas al respecto de si realmente dominaba tantos idiomas; quizá haya algo de verdad, pero probablemente haya también mucho de envidia.

En estos escritos transmite mucha serenidad hasta en descripciones de momentos difíciles; es extraño pero la tristeza plasmada en el libro me fue reconfortante. El recorrer algunas de sus páginas nos devela también una persona  con una inteligencia superior, además de transmitir aquella sensibilidad, sello característico en todo poeta; el joven Cansinos-Assens se devela un arquitecto con las palabras. 






En la inconsciente mescolanza de idiomas que a veces suele reinar en esta casa el darme con este libro resultó como un salvavidas del idioma castellano, aquel idioma que queremos que S sepa apreciar y cultivar es éste, o lo más parecido a éste. He demorado en leerlo pues hay que saborearlo y darle su debido tiempo y momento, no es un libro todo-terreno para ir con él por donde vayas. 

Algunos de sus hermosos escritos aquí reunidos son soberbios, muchos son simplemente sublimes; en tierras donde el castellano es un idioma extranjero, el destino jugó nuevamente a nuestro favor.

miércoles, 12 de enero de 2011

Nada, Carmen Laforet




Año de publicación: 1944.
Traducción al portugués: Elizabeth Xavier de Araújo.
Traducción del prefacio de Mario Vargas Llosa: Eliana Aguiar.
Alfaguara, 2008.



Leído entre finales del año pasado y a inicio del presente, “Nada” de Carmen Laforet pasó de ser una obra desconocida a convertirse en una de mis preferidas. Se quedaron en Lima, entre varios otros libros, alguno de Camilo José Cela, y un par de Arturo Pérez-Reverte, y claro, El Quijote, que nunca puede –ni debe- faltar en casa. Es extraño, cuando me detengo y reparo: son pocos los libros de escritores españoles que tengo; sin habérmelo propuesto, en literatura en lengua española son más los escritores latinoamericanos los que acapararon mi atención. Ahora, en un país de lengua portuguesa, cuando me cruzo con obras de escritores hispanohablantes, generalmente paso recto, por evitar la traducción; guardo la esperanza de hacerme de esos libros en mi idioma, el castellano, pero en este caso, nuevamente, hubo un repentino cambio de parecer.

Este libro nos transporta al Barcelona luego de la posguerra, tiempos muy difíciles, donde la tapa del libro hace honor al clima que refleja la historia: todo gris y obscuro. Es en esos momentos que Andrea, a sus dieciocho años, llega a esa ciudad a vivir con familiares, mientras estudia en la universidad. Además de la escasez de medios con que la familia contaba, Andrea encuentra en ese grupo familiar diversas rencillas que hacen que su vida sea aun más difícil. La casa de la calle Aribau donde viven me la imagino diseñada por Tim Burton. Andrea encontrará en su amiga Ena y en su familia una puerta a un mundo diferente, donde se sentirá más a gusto, aunque esa dicha sea efímera. Con Gerardo tendrá su primer beso, algo que la intimidará y dejará confusa. Luego, de la mano de Pons conocerá a Puyol, Guíxols e Iturdiaga, entrando a ese pequeño clan que aquel grupo de jóvenes -hijos de industriales catalanes- formaban, reuniéndose en el atelier de uno de ellos; quedará deslumbrada ante la descubierta de ese mundo bohemio y el formar parte de él.

Andrea parece estar en una busca constante por encontrar donde encajar. No hay en ella envidia alguna al conocer que aquellas personas con las que empieza a relacionarse son su antítesis: mientras ella vive prácticamente en la miseria, sus nuevos amigos pertenecen a familias pudientes. Es con ellos que huye de su cruda realidad, en la que la pobreza no sólo de medios económicos, sino también de valores, hace de su cotidiano un pequeño infierno.

Su sorpresa será enorme al ver cómo Ena comienza a frecuentar su casa, no para visitarla, sino en busca del tío Román, aquel que parece esforzarse por caer mal, pero conserva intacto su talento ante un piano, con lo cual atrae la atención de la amiga de Andrea. La preocupación de esta será mayor todavía cuando la madre de Ena acuda a la casa y le revele su secreto.

Mediante el escrito de Laforet te imaginas una lóbrega Barcelona, donde una mujer, con las dificultades que tenían en esa época, consigue salir de la miseria que la rodea y hacerse de un lugar en el mundo.

Carmen Laforet tuvo muchos huevos para editar esta obra (1944) en pleno franquismo (1936 - 1975), y con tan sólo 23 años de edad. Aunque no trate el tema directamente, la obra está envuelta en el caos y la pobreza desatada por esta dura etapa en la historia reciente española.

Se llevó el Premio Nadal de 1944, convirtiéndola en un clásico en nuestra lengua, clásico que como dije al principio, desconocía; felizmente pude enmendar ese grave error producto de mi ignorancia. Como si fuera poco, a modo de cereza en esta torta, esta edición de Alfaguara viene con el prefacio de Mario Vargas Llosa escrito en el 2004.

Dejo el primer capítulo en el idioma en el que lo leí, el portugués, sólo para que puedan ver que no es nada difícil el entenderlo, y también, para quienes la hayan leído, y disfrutado, como yo, tengan la traducción de una pequeña parte de esta gran obra.



Por problemas de última hora para comprar a passagem, só consegui chegar a Barcelona à meia-noite, muito depois do horário combinado, e não havia ninguém à minha espera.

Era a primeira vez que viajava sozinha, mas não estava assustada; ao contrário, aquela profunda liberdade na noite me parecia uma aventura agradável e excitante. Depois de uma viagem longa e cansativa, o sangue voltou a circular nas minhas pernas adormecidas e eu, com um sorriso de espanto, olhava a grande estação de Francia e os grupos formados pelos que esperavam o expresso e os que chegavam com três horas de atraso.

O odor peculiar, o burburinho das pessoas, as luzes sempre tristes tinham para mim um grande encanto que envolvia todas as minhas impressões no deslumbramento de ter chegado, afi nal, à cidade grande que eu, por não conhecer, adorava em sonhos.

Comecei a seguir - uma gota num rio - a massa humana que, carregada de malas, afluía para a saída. Minha única bagagem era uma malona muito pesada - porque estava quase cheia de livros - que eu mesma levava com toda a força da minha juventude e da minha ansiosa expectativa.

Um ar marinho pesado e fresco invadiu meus pulmões com a primeira sensação confusa da cidade: uma massa de casas adormecidas, de lojas fechadas, de postes de luz como sentinelas bêbados de solidão. Uma respiração profunda, difícil, vinha com o murmúrio da madrugada. Muito próximo, às minhas costas, além das vielas misteriosas que levam ao Borne, sobre meu coração excitado, estava o mar. Eu devia parecer uma figura estranha com meu ar risonho e meu velho casaco que, empurrado pelo vento, me açoitava as pernas, protegendo minha mala, desconfiada dos solícitos “camàlics”.

Lembro que em poucos minutos fiquei sozinha na ampla calçada, pois as pessoas corriam para pegar os raros táxis ou lutavam para se pendurar no bonde. Uma dessas velhas charretes que reapareceram depois da guerra parou na minha frente, e eu a tomei sem titubear, para inveja de um senhor que se lançou atrás dela desesperado, agitando o chapéu.

Corri naquela noite no desconjuntado veículo por ruas largas e vazias e atravessei o coração da cidade cheio de luz a qualquer hora, exatamente como eu queria, numa viagem que me pareceu curta e carregada de beleza. A charrete contornou a praça da universidade, e lembro que o belo edifício me comoveu como uma grave saudação de boas-vindas.

Entramos na rua Aribau, onde meus parentes moravam, com seus plátanos cheios de espesso verdor naquele outubro e o silêncio vívido da respiração de mil almas atrás das sacadas às escuras. As rodas da charrete deixavam uma esteira de ruído que ressoava na minha cabeça.

De repente, senti todo o trambolho ranger e balançar. Depois ficou imóvel.

- Chegamos - disse o cocheiro.

Ergui a cabeça para o prédio em frente. Fileiras de sacadas se sucediam iguais, com suas grades de ferro escuro guardando o segredo dos lares. Olhei para elas, e não consegui adivinhar de qual delas eu sairia de agora em diante. Com a mão um pouco trêmula, dei algumas moedas ao vigia e, quando ele fechou a porta atrás de mim, com grande tremor de ferros e vidros, comecei a subir as escadas, bem devagar, carregando minha mala.

Tudo começava a ser estranho à minha imaginação; os estreitos e gastos degraus de mosaico iluminados pela luz elétrica não tinham lugar nas minhas lembranças.

Diante da porta do apartamento, me assaltou um súbito receio de acordar aquelas pessoas desconhecidas que, no fim das contas, eram meus parentes e hesitei um pouco antes de tocar timidamente a campainha. Ninguém atendeu. Meu coração começou a bater mais forte, e fiz uma nova tentativa.

Então ouvi uma voz trêmula:

"Já vai! Já vai!"

Ouvi pés se arrastando e mãos desajeitadas abrindo trancas.

Depois tudo me pareceu um pesadelo.

O que eu tinha diante de mim era um vestíbulo debilmente iluminado pela única lâmpada que restava num dos braços do lustre magnífico e cheio de teias de aranha que pendia do teto. Um fundo escuro de móveis empilhados como nas mudanças. E, no primeiro plano, a mancha alvinegra de uma velhinha decrépita, de camisola, com um xale nos ombros.
Preferia pensar que tinha errado de apartamento, mas aquela infeliz velhinha conservava um sorriso tão doce e bondoso que tive certeza de que era minha avó.

- É você, Gloria? - disse ela, num sussurro.

Neguei com a cabeça, incapaz de dizer qualquer coisa, mas ela não conseguia me ver no escuro.

- Entra, minha filha, entra. O que você está fazendo aí? Ai, se a Angustias souber que você voltou a uma hora dessas!

Intrigada, arrastei a mala e fechei a porta atrás de mim. Então a pobre velha começou a balbuciar alguma coisa, desconcertada.

- Não está me reconhecendo, vó? É a Andrea.

- Andrea?

Ela hesitava. Esforçava-se para lembrar. Aquilo era constrangedor.

- Isso, vovó, sua neta? Não consegui chegar de manhã conforme o prometido.

A velha continuava sem entender, quando, de uma das portas do vestíbulo saiu, de pijama, um sujeito alto e esquelético
que resolveu a situação. Era o Juan, um dos meus tios. Tinha o rosto cheio de concavidades, como uma caveira iluminada pela única lâmpada do lustre.

Bastou ele me dar uns tapinhas nas costas e me chamar de sobrinha para vovó se atirar num abraço, com seus olhos claros cheios de lágrimas, repetindo "coitadinha"?

Em toda aquela cena pairava algo de aflitivo, e no apartamento um calor sufocante, como se o ar estivesse parado e podre. Ao erguer os olhos, vi que várias mulheres fantasmagóricas tinham aparecido. Uma delas, vestida de preto com uma roupa que lembrava uma camisola, quase me causou arrepios. Tudo naquela mulher parecia horrível, calamitoso, até a esverdeada dentadura com que sorria para mim. Era seguida por um cachorro que bocejava ruidosamente, também ele preto, como uma extensão do seu luto. Depois me disseram que era a empregada, mas nunca nenhuma outra criatura me causou uma impressão tão desagradável.

Atrás do tio Juan apareceu outra mulher magra e jovem, de cabelos revoltos, arruivados, sobre um afilado rosto branco e uma indolência tresnoitada que só fazia aumentar a penosa impressão do conjunto.

Eu sentia a cabeça de vovó contra meu ombro, ainda apertada em seu abraço, e todas aquelas figuras me pareciam igualmente alongadas e sombrias. Alongadas, quietas e tristes, como luzes de um velório de interior.

- Bom, mamãe, já chega - disse uma voz seca e como que ressentida.

Então me dei conta de que havia mais uma mulher atrás de mim. Senti uma mão no meu ombro e outra no meu queixo. Eu sou alta, mas minha tia Angustias era mais alta ainda, e assim me obrigou a olhar para ela. Seu gesto revelava certo desprezo. Tinha os cabelos grisalhos, compridos até os ombros, e uma certa beleza no rosto escuro e fino.

- Que bolo você me deu hoje de manhã, hem, filha!

Como eu podia imaginar que você ia chegar de madrugada? Tinha soltado meu queixo e agora estava na minha frente, dizendo do alto de sua camisola branca e de seu penhoar azul:

- Ai, Senhor, que transtorno! Uma criança dessas, sozinha?

Juan grunhiu:

- Pronto. A bruxa da Angustias sempre estragando tudo! Angustias fingiu não ouvir.

- Bom, você deve estar cansada. Antonia - agora se dirigia à mulher envolta em preto -, vá preparar uma cama para a senhorita.

Eu estava mesmo cansada e, além disso, naquele momento, me sentia surpreendentemente suja. Aquelas pessoas, movendo-se ou olhando para mim num ambiente escurecido pela aglomeração de coisas, pareciam aumentar o calor e a fuligem da viagem que eu já havia esquecido. Além disso, estava ansiosa para respirar um pouco de ar puro.

Percebi que a mulher desgrenhada, tonta de sono, estava olhando para mim com um sorriso, e também para a minha mala. Isso me obrigou a dirigir o olhar para o mesmo ponto, e então minha companheira de viagem me pareceu um pouco comovente em seu desamparo de provinciana. Pardacenta, amarrada com cordas, ocupava, ao meu lado, o centro daquela estranha reunião.

Juan se aproximou de mim:

- Você conhece minha mulher, Andrea?

E empurrou a mulher despenteada pelos ombros.

- Meu nome é Gloria - disse ela.

Vi que a vovó nos olhava com um sorriso ansioso.

- Ora, vamos!... que história é essa de apertar as mãos? Dêem logo um bom abraço, meninas? Isso, assim!

Gloria sussurrou ao meu ouvido:

- Você está com medo?

E por pouco não o senti ao ver o rosto de Juan, que mordia as próprias bochechas em caretas nervosas. Era sua tentativa de sorrir.

Tia Angustias voltou à carga, autoritária.

- Vamos dormir, que já é tarde!

- Posso tomar um banho? - perguntei.

- O quê? Fala mais alto! Tomar banho?

Os olhos se arregalavam sobre mim, espantados. Os olhos de Angustias e de todos os outros.

- Aqui não tem água quente - disse, Angustias, por
fim.

- Não faz mal?

- Você tem coragem de entrar no chuveiro a uma hora dessas?

- Tenho - respondi. - Tenho sim.

Que alívio a água gelada no meu corpo! Que alívio estar longe do olhar daqueles seres estranhos! Pensei que naquela casa nunca deviam usar o banheiro. O espelho da pia, todo manchado - que luzes mortiças, esverdeadas, havia na casa inteira! -, refletia o teto baixo, todo coberto de teias de aranha, e meu próprio corpo entre os fios brilhantes da água, evitando encostar naquelas paredes sujas, equilibrando-me na ponta dos pés sobre a encardida banheira de porcelana.

O banheiro parecia uma casa mal-assombrada. As paredes escurecidas conservavam o rastro de mãos crispadas, de gritos de desespero. Por toda parte as lascaduras abriam bocas desdentadas babando umidade. Acima do espelho, porque não cabia em outro lugar, tinham pendurado uma macabra natureza-morta com peixes olhudos e pálidos e cebolas contra um fundo preto. A loucura sorria nas torneiras retorcidas.

Comecei a ver coisas estranhas, como se estivesse bêbada. Bruscamente fechei o chuveiro, aquele feitiço cristalino e protetor, e fiquei sozinha em meio à sujeira das coisas. Não sei como consegui dormir naquela noite. No quarto que me deram, via-se um grande piano com as teclas descobertas. Numerosas molduras douradas - algumas de grande valor - nas paredes. Uma escrivaninha chinesa, quadros, móveis desencontrados. Parecia o sótão de um palácio abandonado, e era, conforme eu soube depois, a sala de estar.

No centro, como um túmulo rodeado por seres enlutados - a dupla fi leira de poltronas estripadas -, uma cama turca, coberta por uma manta preta, na qual eu deveria dormir. Sobre o piano tinham colocado uma vela, porque o grande lustre do teto não tinha lâmpadas.



Angustias se despediu de mim fazendo o sinal-dacruz, e vovó me abraçou com ternura. Senti seu coração bater contra o meu peito, como um bichinho.

- Se você acordar assustada, pode me chamar, minha filha - disse com sua vozinha trêmula.

E em seguida, num misterioso sussurro ao meu ouvido:

- Eu nunca durmo, filhinha, estou sempre fazendo alguma coisa na casa de noite. Não durmo nunca, nunca.

Por fim saíram, deixando-me entre as sombras dos móveis aumentadas pela luz da vela, que as enchia de palpitações e profunda vida. O fedor que se sentia na casa inteira chegou numa onda mais forte. Era um cheiro de sujeira de gato. Senti que me sufocava e, em perigoso alpinismo, subi no espaldar de uma poltrona para abrir uma porta que aparecia entre cortinas de veludo e poeira. Consegui minha façanha tanto quanto os móveis permitiam e vi que a porta dava para um desses pátios abertos que enchem as casas barcelonesas de luz. Três estrelas cintilavam no suave negror do céu, e ao vê-las senti uma súbita vontade de chorar, como se visse velhos amigos perdidos.

Aquele luminoso palpitar das estrelas me trouxe em tropel toda a minha ilusão através das ruas de Barcelona até o momento em que entrei nesse ambiente de pessoas e móveis infernais. Estava com medo de deitar naquela cama que parecia um ataúde. Acho que estava tremendo de indefiníveis terrores quando apaguei a vela.

(Capítulo I, pág. 15 – 21.)