Powered By Blogger
Mostrando las entradas con la etiqueta Literatura Italiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Literatura Italiana. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de agosto de 2018

El Gatopardo, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa



Año de publicación : 1958

Título original : Il Gattopardo

Editora de la presente edición : Circulo do Livro

Título en portugués : O Leopardo

Traducción al portugués : Rui Cabeçadas.



Los actuales millennials adorarían Tancredi.

Tiempos conturbados aquella Sicilia de mediados del siglo XIX cuando Giussepe Garibaldi lideraba la unificación de Italia.

El príncipe Fabrizio Salina, erudito aristócrata, cultiva las ciencias y el romanticismo con la misma pasión que relega a su esposa Maria Stella; su sobrino Tancredi Falconeri, totalmente en las antípodas, seducido por los juegos de cartas y la belleza femenina. Frívolo, llegado a la vida fácil, aprovechando envolver con las palabras, su llegada con las personas, y su facilidad en crear alianzas. Con el sarcasmo en la punta de la lengua y la sorna lista ante cualquier comentario, derrocha por muchos momentos carisma y difícilmente despierta dudas a su alrededor; y al centro de ellos el padre Pirrone, cauto, por muchos momentos inocente, aunque ni tanto cuando una guapa mujer estaba cerca de él. Ellos tres son el eje de esta fenomenal historia de una familia de clase media alta venida a menos, donde el polvo todo parece cubrirlo, sin que haya nadie para quitarlo y así poder intentar al menos mantener el esplendor en el que en un pasado no tan distante vivieron.

El camino a continuar con un estilo de vida e imagen consecuente a su linaje los hace considerar una unión que antes la verían desproporcionada.




Las descripciones del inicio del fin de la aristocracia siciliana son perfectas, quizá por Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (Sicilia 1896 -Roma, 1957) haber sido un príncipe en la vida real -Príncipe de Lampedusa-, sabe ubicar al lector en toda la grandeza de ese mundo y lo mejor, presenciar cómo de a pocos va decayendo. Lo que más atrae mi atención es el personaje de Tancredi, tan relajado y esperando el momento cierto para decidir qué es lo mejor para su vida, camaleónico, sin necesidad de que las preocupaciones lo abrumen. Mientras el príncipe Fabrizio representa la antigua y conservadora aristocracia siciliana, Tancredi es aquella brisa nueva, la juventud, el futuro cercano de Sicilia como parte de Italia, un futuro representante en la política local.

Lo interesante de esta obra con una trama por momentos enredada, y hasta podría pensar pesada, es cómo la torna llevadera, ágil, y ahí está el éxito de esta empresa: valiéndose de momentos de humor, de romance, de amores y desamores, podría incluso verse como de auto-ayuda (tanta gente en busca de ese tipo de libros) ya que mientras Fabrizio con toda su educación y cultura solo consigue abismarse ante la probable decadencia, Tancredi, casi sin despeinarse, ve –en Angelica- una oportunidad de salida; dos perspectivas diferentes ante la misma situación.

Trae el prefacio de Giorgio Bassani, corto pero conciso. Plagado de recuerdos y anécdotas, transportándome a esa época en la cual la única obra del príncipe de Lampedusa era rechazada y delegada al olvido aparentemente por razones políticas. El tiempo se encargó de restituir ese aparente error y colocarlo en el lugar que se merece. El hecho de que por una sola obra un escritor llegue a superar la barrera del tiempo la torna, de por sí, notable.

lunes, 24 de marzo de 2014

El bello Antonio, Vitaliano Brancati



Título original : Il bell’ Antonio

Año de publicación : 1949

Título en portugués : O belo Antonio

Año de la presente edición : 2001

Editora : Berlendis & Vertecchia Editores

Traducción : Renata Lucia Bottini 


Ilustraciones de tapa e interior : Paulo Pasta. 


Ni bien cruzó esa fina línea entre la niñez y la adolescencia ya las mujeres sudaban a mares y quedaban con la respiración entrecortada ante su sola presencia. Era tan bello que atraía las atenciones de cada mujer que lo veía pasar, desde jóvenes ninfas hasta señoras que creían que nunca más sentirían esa fogosidad que alguna vez sintieron, y que algunas inclusive nunca conocieron, ese rubor en sus mejillas, ese calor que las invade y se expande por todo el cuerpo. No pasaba desapercibido a ninguna pacata mujer, fieles esposas estaban dispuestas a sucumbir a ese proclive deseo de experimentar lo prohibido tan sólo con él, capaces de abandonarlo todo si Antonio así lo decidiera, para orgullo de su padre Alfio Magnano quien se jactaba que de él haya heredado tanta masculinidad. Todo andaba bien hasta conocer a la hermosa Bárbara Puglisi con quien Antonio se casaría, y con ella adjudicarse una terrible maldición, una ironía del destino, una venganza de Dios ante tanto desenfreno previo: la impotencia.

Vitaliano Brancanti (Pachino, Siracusa, 1907 – Turín, 1954) se burla del pensamiento machista de la época en que un hombre preferiría la muerte a llegar ser impotente. Nos presenta la perspectiva desde el prisma de otros hacia el muerto en vida, tachándolo de inútil, inservible, más aún cuando en esta ficción la esposa es descrita como la más bella mujer vista por esos lares, aquella Afrodita inalcanzable para cualquier mortal, digna mujer de alguien poseedor de una belleza celestial como la de Antonio, hasta las mujeres, sus fieles admiradoras, asentían a esta unión entre dos seres angelicales. 


Con la autoestima por los suelos Antonio conocerá la timidez tornándose totalmente inhibido; la ira de su padre Alfio ante los rumores, chismes y aquello que él totalmente seguro pensaba eran mentiras; la codicia y ambición del padre de Bárbara por disolver el matrimonio no consumado ante la expectativa de un opulento Barón dispuesto a desposar ante la iglesia por segunda vez; la actitud de la iglesia católica y la disposición en atender el pedido de disolución ante los mile$ de motivos que le expone el Barón, todo es mezclado en este dilema tragicómico con una escrita que fluye y con una cuidada traducción que se esmeró en dejar muchas frases de rabia, de sorpresa, de admiración en el italiano original con la debida traducción a pie de página lo que imprime más fuerza en los diálogos en esos determinados momentos.




Además la traductora quien también se encarga de la presentación nos da luz sobre las preferencias políticas de Brancati quien de joven era un entusiasta partidario de las doctrinas fascistas que Mussolini se esmeraba en promover, pero con la ida a Roma percibió cómo Catania era el centro e inicio de una quietud desesperante que predominaba en Sicilia. Percibió cómo el fascismo era impuesto en la población y él comenzó a burlarse de esto y de la burguesía italiana a través de sus personajes, desde “Singolare aventura di viaggio” de 1934, pasando por “Gli anni perduti” y “Don Giovanni in Sicilia”, ambas de 1941, hasta “Il vecchio con gli stivali” de 1945 y la presente “Il bel’ Antonio”, pero esta nueva perspectiva en su ideología también le hace aborrecer toda su obra hasta 1934.

En este libro el bello, joven e impotente protagonista es una sátira de lo que era el fascismo en Italia por aquel tiempo. Una obra muy interesante donde una tragedia (la impotencia del bello protagonista) es el punto de partida de una comedia muy bien lograda con una narración muy fluida que nos inserta a los lectores entre el estruendoso murmullo (sobre su virilidad y belleza al inicio, y luego sobre la compasión por el lastre en que se convierte con la impotencia apoderada de él) de los pobladores alrededor de Antonio. También resulta interesante la óptica de las mujeres, sus siempre admiradoras que tras saber del mal que lo aqueja despierta en ellas aquel instinto casi maternal, típico que albergan la mayoría de las mujeres de cualquier lugar del mundo y por lo visto de diversas épocas, el de cuidarlo, velar por él y hacerlo cambiar, en este caso, hacer que retorne su virilidad, todas seguras de poder lograr ese efecto, comportamiento que en realidad abstrae aún más al protagonista.

Si revisamos su obra Vitaliano Brancati es más fecundo en guiones cinematográficos, pero por estos lares sus novelas son más conocidas siendo tres sus obras editadas: “Don Giovanni na Sicilia”, “Paulo, o ardente” y la presente obra. “O belo Antonio” es presenciar el regodeo de todos sobre el sufrimiento de Antonio, intentar satisfacer un enorme morbo, sin percatarse que develan sus propios temores, al fin y al cabo, más de medio siglo después, los nuestros también. 

miércoles, 11 de enero de 2012

Argo y su amo y otros cuentos, Italo Svevo



Título original : Argo e il suo padrone
Título en portugués : Argo e seu dono e outros contos
Año de esta publicación : 2001
Colección : Letras Italianas, libro 8
Editora : Berlendis & Vertecchia Editores
Traducción : Liliana Laganá
Ilustraciones : Hebe de Carvalho



Ocho no es sólo el número designado a este libro, también es el número de cuentos que integran esta antología con la cual me inicio en la narrativa de Italo Svevo (Trieste, 1861 – Motta di Livenza, 1928).

Inicia con la que da título al libro, “Argo y su amo” (“Argo e il suo padrone”) publicado de forma póstuma en 1934 pero con fecha indefinida de creación. Se piensa que fue escrita entre las décadas del ’20 y ’30. Este relato me hace recordar “El llamado de la selva” de Jack London leído hace mucho. En este muy interesante relato Svevo da voz y conciencia al perro Argo, de quien conoceremos la capacidad de filosofar sobre su alrededor. Según Argo existen tres olores en este mundo: el de su amo, el de las otras especies, y sobre todo el de Titi. En el primer capítulo estamos ante la óptica del amo quien nos presentará las memorias de Argo. Así, en los capítulos posteriores –son diez breves capítulos- conoceremos el mundo a través del prisma del perro y su inusual manera de encontrarle la lógica a los diferentes acontecimientos de los que está formada la vida, como el cazar; la condición de otro perro encadenado; la de otro perro perdido; la de su querida Titi y el atrayente olor que emana, único en el mundo; y también, el olor, “sincero” de la muerte. Relato muy rico, con pinceladas de humor que Svevo sabe encajar. Mirarás a tu perro de una manera distinta después de conocer este cuento.

“La madre” de 1924 versa de una manera parecida al primer relato. Es un recuerdo trágico y triste sobre la infancia, posiblemente una alegoría. Aquí nuevamente los personajes de este breve cuento son animales que el autor les otorga decisión, raciocinio, palabra. En una granja unos polluelos nacidos en incubadora, con horas de diferencia de nacimiento entre cada uno discuten sobre su posible madre, una total desconocida para ellos. El mayor de los polluelos, Curra, decidirá en conocerla embarcándose en tal aventura.
“El asesino de la calle Belpoggio” (“L’assassinio di Via Belpoggio”) inicia con una pregunta que envuelve y motiva a continuar con expectativa el relato: “¿Entonces, matar era así de fácil?”: me parece un gran inicio. Giorgio baraja diversas estratagemas para no ser descubierto, incluso encuentra motivos para justificar el haber sucumbido a la tentación de matar a Antonio. Es un relato donde estamos ante el vendaval de ideas y teorías por las que pasa un hombre luego de descubrirse ante él mismo como un asesino. Fue publicado por capítulos en el diario “Indipendente” de Trieste en 1890 siendo éste uno de sus primeros escritos.

“Nosotros, los del tranvía de Servola” (“Noi del tranway di Servola”) está conformado por cinco breves artículos donde sus personajes están envueltos en aquel medio de transporte de época. Se cree que estos artículos llegan a ocho, pero hasta el momento son cinco los encontrados. El primero pareciera estar escrito de la manera como en aquel lugar se solía hablar, siendo redundante con las palabras. Son escritos agudos y mordaces, donde en algunos casos pareciera ridiculizar personajes y/o decisiones en aquella ciudad, como cuando nos cuenta la confusión entre comunal y comunista. Fueron publicados en el diario “Nazione” de Trieste de su amigo Giulio Cesari, entre 1919 y 1921.

En “De modo traicionero” (“Proditoriamente”) el autor nos muestra las luchas internas de Maier, un comerciante venido a menos que armándose de valor acudirá a un antiguo amigo, Reveni, para que lo ayude económicamente. Aquí estamos ante las repentinas mudanzas en la forma de pensar de Maier, considerando hasta una probable humillación a fin de obtener el dinero que ansía. Sus esperanzas parecerán venirse al suelo al comprobar que la esposa de su amigo influye en todas sus decisiones sobre todo si hay dinero de por medio. Es un relato muy psicológico, no engancha, aunque el final sea sorpresivo e inesperado. Escrito en 1929 pero recién publicado en 1949.

Uno de los que más disfruté -además del que da título a esta antología y de “La Madre”- es “La tribu”. Aquí, en tierras lejanas una tribu nómade se establece en un lugar en medio del desierto donde encontró agua, árboles y campos. Tras unos años de vivir en sociedad surge una riña entre dos pobladores y el Consejo de Ancianos se percatará la carencia de leyes que resuelvan aquel litigio con justicia. Designarán al joven Achmed partir a Europa con la misión de estudiar y traer las leyes que enriquezcan la vida de los pobladores de su tribu, pero al regresar tras muchos años de estudio Achmed encontrará todo muy cambiado, tornando su destino incierto entre los que antes eran sus hermanos. Es una alegoría de nuestra propia sociedad cuando en busca de justicia se cometen actos injustos.

“Mi ocio” (“Il mio ozio”) y “La novela del buen viejo y de la bella joven” (“La novella del buon vecchio e della bella franciulla”) versan de un mismo tema: el redescubrimiento del deseo y el amor en la vejez. El primer relato tiene un toque de fino humor, donde el personaje principal lleva una vida llena de medicinas y cree que la madre naturaleza le da una segunda oportunidad de amar, entiéndase vivir; ya el segundo el viejo del título se las quiere dar de filántropo y de seductor aconsejando y cortejando a una muchacha pero a la vez alejándola pues eso lo hace sentirse superior, tener el poder de decidir que él puede cuando quiere, pero conocerá los celos al verla pasar de la mano con un joven por su calle. Su sufrimiento y cavilaciones de cómo actuar ante la joven, de abandonarla o abandonarse a ella son compartidos con nosotros, tornando un relato muy psicológico, algo tedioso también.

En verdad todos los relatos compilados aquí se pueden resumir en una palabra: introspección. Svevo nos lleva a conocer lo que aqueja interiormente a los diversos seres humanos que aquí nos presenta, que parece no distar mucho de lo que nos aqueja en la actualidad. No habrá tranvías en nuestros días –salvo en Gifu, Japón- pero sí a veces el miedo a ser rechazado, a ser descubierto, la felicidad casi infantil al ser aceptado, que influye no sólo en estados anímicos, también de salud. Sus personajes siguen siendo muy actuales. Pero no creo que con esta obra te enganches definitivamente con este autor. Svevo es un escritor que, con nuevos esfuerzos editoriales como este, pareciera, estar de a pocos siendo (re)descubierto.





La madre

En un valle cerrado por colinas boscosas, que convergían con los colores de la primavera, se alzaban, una junto a otra, dos grandes casas sin adornos, piedra y cal. Parecían hechas por la misma mano y también los jardines, cerrados por setos y situados delante de cada una de ellas, eran de las mismas dimensiones y forma. Quienes vivían en ellas no tenían el mismo destino.

En uno de los jardines, mientras el perro dormía encadenado y el campesino cuidaba el huerto, en un pequeño canto, separados, algunos polluelos, hablaban de sus grandes experiencias. Había otros mayores en el jardín, pero los más pequeños, cuyo cuerpo conservaba aún la forma del huevo del que habían salido, gustaban de examinar entre sí la vida en la que habían venido a parar, porque aún no estaban tan habituados a ella como para no verla. Y habían sufrido y gozado, porque la vida de pocos días es más larga de lo que puede parecer a quien la ha padecido durante años, y sabían mucho, en vista de que una parte de la gran experiencia la habían traído consigo del huevo. En efecto, nada más llegar a la luz, habían aprendido que tenían que examinar bien las cosas, primero con un ojo y después con el otro, para ver si se debían comer o quedarse lejos de ellas.

Y hablaron del mundo y de su vastedad, con aquellos árboles y aquellos setos que lo cerraban y aquella casa tan grande y alta, cosas, todas ellas, que ya se veían, pero era mejor aún comentándolas.

Pero uno de ellos, de pelusa amarilla, saciado -y, por tanto, desocupado- no se contentó con hablar de las cosas que se veían, sino que la tibieza del sol le trajo un recuerdo, que se apresuró a expresar: «Desde luego, estamos bien, porque hay sol, pero he sabido que en este mundo se puede estar aún mejor, cosa que me desagrada mucho, y se los digo para que les desagrade también a ustedes. La hija del campesino dijo que somos desdichados porque nos falta la madre. Lo dijo con un tono de tan intensa compasión, que yo hasta lloré».

Otro, más blanco y unas horas más joven que el primero, por lo que recordaba aún con gratitud la dulce atmósfera de la que había nacido, protestó: «Nosotros tuvimos una madre. Es ese armario pequeño y siempre caliente, incluso cuando hace el frío más intenso, del que salen los polluelos bonitos y listos».

El amarillo, que desde hacía tiempo llevaba grabadas en el alma las palabras de la campesina, por lo que había tenido tiempo de hincharlas soñando con aquella madre hasta imaginársela tan grande como todo el jardín y buena como el maíz, exclamó, con un desprecio destinado tanto a su interlocutor como a la madre a la que éste se refería: «Si se tratara de una madre muerta, todos la tendrían, pero la madre está viva y corre mucho más que todos nosotros. Tal vez tenga ruedas como el carro del campesino. Por eso, puede venir junto a ti sin que necesites llamarla, para calentarte, cuando estás a punto de morir con el frío de este mundo. Qué hermoso debe de ser tener al lado, de noche, una madre así».

Intervino un tercer polluelo, hermano de los otros, porque había salido de la misma incubadora, si bien ésta lo había forjado un poco diferente: con pico más largo y patitas más cortas. Lo llamaban el polluelo maleducado, porque, cuando comía, se oía golpear su piquito, cuando, en realidad era un patito, al que entre los suyos sería considerado muy educado. También delante de él la campesina había hablado de la madre. Eso había ocurrido en aquella ocasión en que había muerto un polluelo que había caído exhausto de frío en la hierba, rodeado de los demás polluelos, que no habían podido socorrerlo, porque no sentían el frío que afecta a los otros, y el anadón. Y el patito, con un aire ingenuo en su carita invadida por la amplia base de su piquito, afirmó incluso que, cuando estaba la madre, los polluelos no podían morir.

El deseo de la madre no tardó en contagiar a todo el gallinero y se volvió más vivo, más inquietante, en la mente de los polluelos mayores. Muchas veces las enfermedades infantiles atacan a los adultos y les resultan más peligrosas y a veces también las ideas. La imagen de la madre, tal como se había formado en aquellas cabecitas calentadas por la primavera, se desarrolló desmesuradamente y todo lo bueno se llamó «madre»: el buen tiempo y la abundancia, y, cuando sufrían, polluelos, patitos y pavitos pasaban a ser auténticos hermanos, porque suspiraban por la misma madre.

Uno de los mayores juró un día que encontraría a la madre, porque no quería seguir privado de ella. Era el único del gallinero que estaba bautizado y se llamaba Curra, porque, cuando la campesina con el maíz en el delantal, llamaba: «curra, curra», él era el primero en llegar corriendo. Era ya vigoroso, un gallito en cuyo generoso ánimo alboreaba la combatividad. Fino y largo como una cuchilla, exigía la madre ante todo para que lo admirara: la madre de la que se decía que sabía procurar toda clase de dulzura y, por tanto, también la satisfacción de las ambiciones y la vanidad.

Un día, Curra, muy decidido, se escabulló fuera del tupido seto que circundaba el jardín nativo. Afuera, se detuvo de pronto, desorientado. ¿Dónde encontrar a la madre en la inmensidad de aquel valle sobre el que se cernía un cielo aún más extenso? A él, tan pequeño, no le era posible rebuscar en aquella inmensidad. Por eso no se alejó demasiado del jardín nativo, el mundo que conocía, y recorrió, pensativo, su contorno. Casi fue a encontrarse delante del seto del otro jardín.

-Si la madre estuviera ahí dentro –pensó-, la encontraría en seguida. Tras substraerse de la perturbación del espacio infinito, atravesó también aquel seto y se encontró en un jardín similar a aquel del que procedía.

Aquí también había un enjambre de polluelos muy jóvenes que se debatían en la espesa hierba, pero había también un animal que faltaba en el otro jardín. Un polluelo enorme, tal vez diez veces mayor que Curra, y dominaba en medio de los animalillos cubiertos apenas con su pelusa, que consideraban -se veía al instante- al grande y poderoso animal, su jefe y protector, y éste se hacía cargo de todos ellos. Lanzaba advertencias a quien se alejaba demasiado, con sonidos muy semejantes a los que la campesina del otro jardín usaba para llamar a sus polluelos, pero también hacía algo más. A cada momento se agachaba sobre los más débiles y los cubría con todo su cuerpo, para comunicarles su propio calor, desde luego.

“Ésa es la madre”, pensó Curra con alegría. “La he encontrado y ahora ya no me separo más de ella. ¡Cómo me amará! Yo soy más fuerte y más bonito que todos esos, y después me resultará fácil ser obediente, porque ya la amo. ¡Qué bella y majestuosa es! Yo ya la amo y quiero someterme a ella. La ayudaré también a proteger a todos estos insensatos”.

Sin mirarlo, la madre llamó. Curra se acercó creyendo que lo llamaba precisamente a él. La vio ocupada removiendo la tierra con golpes rápidos de sus poderosas garras y se quedó contemplando, curioso, aquella labor que presenciaba por primera vez. Cuando se detuvo, un pequeño gusanito se retorcía delante de ella en el terreno desprovisto de hierba. Ahora cloqueaba, mientras los polluelos en derredor no comprendían y la miraban perplejos.

“¡Qué tontos!”, pensó Curra. “Ni siquiera entienden que quiere que se coman aquel gusanito”. E, impulsado también por su entusiasmo con la obediencia, se precipitó rápido sobre la presa y se la tragó.

Y entonces -¡pobre Curra!- la madre se lanzó sobre él furiosa. No entendió en seguida, porque creyó que ella, como acababa de descubrirlo, quería acariciarlo con gran vehemencia. Habría aceptado agradecido todas las caricias de las que no sabía nada y que, por tanto, podían -lo reconocía- hacer daño, pero los golpes del duro pico, que llovieron sobre él, no eran, desde luego, besos y le disiparon todas las dudas. Quiso huir, pero la gran ave lo golpeó y, tras tumbarlo, le saltó encima y le hincó las garras en el vientre.

Con un esfuerzo enorme, Curra se levantó y corrió hasta el seto. En su loca carrera, derribó a otros polluelos, que se quedaron ahí, con las patitas al aire y piando desesperados. Por eso, pudo salvarse, porque su enemiga se quedó un instante junto a los polluelo caídos. Al llegar al seto, Curra, de un salto, pese a las muchas ramas, sacó su pequeño y ágil cuerpo al aire libre.

En cambio, la madre quedó detenida por una tupida maraña de ramas y ahí se quedó, majestuosa, mirando como desde una ventana al intruso que, exhausto, se había detenido también. Lo miraba con terribles ojos redondos, rojos de ira. «¿Quién eres tú, que te has apropiado la comida que con tanto esfuerzo había yo extraído del suelo?»

«Soy Curra», dijo, humildemente, el polluelo, «pero, ¿quién eres tú y por qué me has hecho tanto daño?»

A las dos preguntas ella dio una sola respuesta: «Yo soy la madre», y le volvió, desdeñosa, la espalda.

Algún tiempo después, Curra, que ya era un magnífico gallo de raza, se encontraba en un gallinero muy diferente y un día oyó hablar a todos sus nuevos compañeros con afecto y añoranza de su madre.

Reflexionando sobre su atroz destino, dijo con tristeza: «En cambio, mi madre fue un animal enorme, horrendo y habría sido mejor para mí no haberla conocido nunca».

viernes, 5 de noviembre de 2010

El rio de piedra, Giuseppe Bonaviri




Il fiume di pietra; O rio de pedra; El rio de piedra, Coleção Letras Italianas, libro 19; Giuseppe Bonaviri, 1964; Berlendis & Vertecchia Editores 2002; Italia.


Pareciera que el lema de la editora brasileña Berlendis & Vertecchia fuese algo así como: “Porque no sólo Italo Calvino y Umberto Eco lee el mundo”, pues, lanzando la Colección Letras Italianas, ofrece títulos de autores no tan conocidos (al menos para quien escribe) como Giovanni Arpini, Erri De Luca y Francesco Marroni, entre otros, hasta de consagrados como Alberto Moravia, Fernanda Pivano (aquella de la entrevista a Charles Bukowski titulada “Lo que más me gusta es rascarme los sobacos” y editada en español por Anagrama), Elsa Morante, entre muchos otros. El primer libro que me hago de esta vasta colección es de otro reconocido escritor italiano, Giuseppe Bonaviri (1924-2009) -paisano de Leonardo Sciascia, también incluído en esta colección-, nombre que no pocas veces estuvo entre los candidatos a recibir el Nobel de Literatura.

Este proyecto de la editora ítalo-brasileña Donatella Berlendis iniciado en el 2001, da a conocer los escritores italianos del siglo XX al público brasileño, con cuidadas traducciones en excelentes ediciones. Luego de la muerte de doña Donatella, en el 2002, son sus hijos quienes continúan con la empresa, que ya lleva 34 títulos (en literatura), segmentados por escritores de todas las regiones italianas. Este proyecto obtuvo el “Premio Nacional de Traducción” del 2002 por parte del Ministerio de Cultura de Italia, y, “Mejor Proyecto Editorial” del 2001 por parte de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.



Giuseppe Bonaviri nació en Mineo, Catania, Sicilia, fue médico cardiólogo, graduado en 1949 en la Universidad de Catania. Inició su carrera literaria con la novela “Il sarto della stradalunga” en 1954. Sus obras fueron traducidas a más de 30 idiomas y su nombre una constante, por algún tiempo, entre los nominados al Nobel de Literatura. En 1988 recibe el Honoris Causa en Letras de parte de la Università degli studi di Cassino, y em 1999 el Honoris Causa em Letras de parte de la Università degli studi di Catania. Murió hace poco, en marzo del 2009, en Frosinone, Lazio.

En cuanto a la obra en mención: esta novela nos lleva a Mineo, en Sicilia, previo al final de la II Guerra Mundial, cuando los aliados desembarcan en aquella isla italiana (“la punta de la bota”, según el mapa italiano). Todo lo que sucederá en adelante está descrito bajo la percepción de un grupo de jóvenes adolescentes, y teniendo a Peppi como narrador. Ellos van por la vida con la única preocupación de comer hasta la gula; sacar provecho de quien se pare enfrente de ellos, ya sean compatriotas o soldados norteamericanos, para encontrar más comida y bebida, sin dejar de lado sus juegos, que a veces llegan a ser peligrosos, y hasta crueles, pero también sin interesarles que aún puede haber por ahí algunos últimos grupos prestos a enfrentarse defendiendo la zona. En ningún momento durante la novela es narrado algún episodio bélico; la trama se centra en las vivencias de este grupo de jóvenes en su constante lucha por sobrevivir, desde hacerse de comida ajena, hasta interrumpir el enamoro de un soldado aliado a una joven siciliana, persiguiéndola luego hasta el cansancio.

Lo interesante es que Bonaviri se las ingenia para que en ningún momento llegue a ser triste (salvo en un momento de la historia), por el contrario, la obra derrocha alegría, parecen felices, y te deja pensando ¿cómo puedes vivir tan alegremente en medio de una guerra de esa magnitud? Sin embargo, estos alegres y furiosos jóvenes dejarán aflorar su tristeza, mezclada con la rabia, cuando pierdan a uno de los suyos, uno del grupo, y no puedan hacer nada por él. Pareciera que en ese momento cayeron en cuenta de que no son inmortales.

El mérito de Bonaviri está en retratar la alegría -desmedida, sí- en tiempos difíciles de guerra; en hacer que sus personajes no pierdan ese frescor de la adolescencia, con sus diálogos informales, típicos en adolescentes, todo esto alternado con la furia desarrollada por ellos, por el tiempo en el que les tocó vivir.
Giuseppe Bonaviri fue un gran hallazgo.

lunes, 18 de octubre de 2010

La mujer de las maravillas, Alberto Bevilacqua




La donna delle meraviglie; A mulher das maravilhas; La mujer de las maravillas, Alberto Bevilacqua 1984; Ed. Círculo do livro 1986; Italia.

Escritor, poeta, reportero, director de cine y crítico de televisión, Alberto Bevilacqua (Oltretorrente, Parma 1934) es toda una personalidad en el ámbito cultural italiano. Él cuenta que a los seis años de edad vivía en una casa lo más parecido a un cuartel de mujeres. Era época de guerra, y todos los hombres de la familia habían escapado, perseguidos por el fascismo. Se sentía solitario, y su único consuelo era observar aquella comunidad de féminas: sus pequeños dramas, sus amores perdidos, su inmensa soledad, pero sobretodo el no perder su manera de vestirse, de peinarse, de mantenerse bellas. En sus novelas Bevilacqua suele retratar el complejo universo femenino.

A sus veinte años comenzó a trabajar en un diario de su ciudad natal, “La Gazeta”, encargándose de la sección literaria. Dos años después se trasladó a Roma colaborando en “Il Messagero” y en “Corriere della Sera” donde permaneció por muchos años.
Su oportunidad se da cuando el escritor Leonardo Sciascia hace una mención elogiando el libro de cuentos “La Polvore sull’Erba” de Bevilacqua. El encuentro con Sciascia fue definitivo en el futuro de Alberto.

En cuanto a esta obra:

En una noche tranquila Alberto ve como una silueta de mujer invade su hogar, profanando sus cosas. Inicialmente piensa en una ladrona, pero luego percibe que no se lleva nada, sólo revisa con minuciosidad cada canto, como si tuviera un derecho que él desconoce. Ella parece no preocuparse en ser descubierta, y llega incluso hasta el borde de la cama, observándolo; él finge dormir. Alberto no intenta descubrirla, y cuando decide hacerlo es ya muy tarde. Ahí comenzará una búsqueda por un ansiado reencuentro con aquella misteriosa mujer, que lo llevará a repasar las mujeres que alguna vez formaron parte de su vida, sobre todo Luisa, ex pareja y madre de sus hijos, quien vive en el departamento que alguna vez compartió con ella, y que ahora, desde una habitación de enfrente él puede observar las fiestas que ella organiza con sus diferentes novios, haciendo amistad inclusive con uno de ellos cuando aquel es también relegado por ella.



A cada capítulo el personaje irá deshilvanando una compleja madeja y cayendo en cuenta que aquella mujer lo conoce y mucho, más de lo que él imagina, descubriendo que en vez de querer confundirlo o jugarle una pasada la intención es ayudarlo.
La novela cuenta con una breve presentación por parte del personaje de esta historia. Desde ahí parece proponer alguna experiencia… mágica, rememorando sus viajes a Perú, Brasil (son mencionados cuatro veces en todo el libro) y al Tibet, donde conoce a un monje de nombre Khoda, todo esto hace que el personaje (autobiográfico al parecer) esté convencido en que aquella experiencia es algo sobrenatural.

La novela es de corte psicológico, y le encuentro un ritmo denso; al inicio del libro, a cada capítulo que voy pasando, las ganas de alejarme de este libro son cada vez mayores, luego la trama mejora o al menos no se me hace tan densa. El problema es que la trama no engancha, o yo con ella, aunque la idea no parece mala (esto me hace recordar la misma sensación que tuve con el “Budapeste” de Chico Buarque) la narración es pesada y, en su intento por descubrir quién es la mujer de las maravillas la trama se va enredando con un pasado que el personaje central de a pocos va recordando. No despierta en mí curiosidad alguna por descubrir quién es aquel “misterioso” personaje, y conforme voy avanzando sólo espero en llegar al final.

El mismo Bevilacqua dirigió una película basada en este libro con Claudia Cardinale y Ben Gazarra, entre otros, al parecer sin éxito alguno, a diferencia de otro libro escrito y también dirigido por él: “La Califfa” (escrita en 1964 y filmada en 1971, nominada a la Palma de Oro del Festival de Cannes de aquel año) donde actuaron Romy Schneider y Ugo Tognazzi; en esta obra, tanto el libro, como la película, tuvieron un reconocimiento al parecer merecido.

Es cierto que por una obra no debo calificar a un escritor, quizá esta no sea la más recomendada para conocerlo. Espero poder encontrarme en algún momento con otro libro suyo como “Questa specie d’ amore” que se alzó con el Premio Campello de 1966, o “L’occhio del gato” que a su vez obtuvo el Premio Strega de 1968, o “El Eros”, obra traducida al español y editada en aquellos libros rosados de la colección “La sonrisa vertical” de Tusquets Editores.

sábado, 25 de septiembre de 2010

A cada cual lo suyo, Leonardo Sciascia



A ciascuno il suo, (A cada um o seu, A cada cual lo suyo); Leonardo Sciascia; 1966; Editorial Alfaguara 2007; Italia.

No estoy muy acostumbrado con el género policial. Confieso que cada vez que me topo con un libro de Agatha Christie paso recto. No sé por qué guardo ese injusto preconcepto.

Hace algún tiempo realicé algo que difícilmente sucede, comprar en las Livrarías Curitiba, y es que allí los precios de libros nuevos son altos. Generalmente entro, veo algunos títulos para otro día ir a una librería de segunda mano; casi siempre lo encuentro por menos de la mitad y en un estado de conservación que parecería nuevo, aunque también es verdad que hay ciertas ediciones (de muy buenas presentaciones) que no siempre se encuentran.

Sin embargo, por unos días pusieron libros que normalmente fluctúan entre RS 29,90 y hasta RS 59,90 a RS 9,90 (entre $ 17 y hasta $34 por $5,6), de tan diversos autores, muchos desconocidos para mí, como Emmanuel Carrere, Amitav Gosh y Manuel Vásquez Montalbán, entre otros; también estaban Truman Capote, Antonio Skármeta, Claudia Piñeira, Sergio Bambarén y el italiano Leonardo Sciascia, entre otros, todos mezclados entre los muchos libros de autoayuda; el de Bambarén podría considerarse en ese conjunto, pero ese es tema de otro post.

Esta novela se desarrolla en una pequeña villa de Sicilia, a mitad de los 60’s, e inicia con la llegada de una amenaza en una carta anónima al farmacéutico Manno quien le da poca importancia al hecho, mostrándosela a varios vecinos/clientes que pasan por su establecimiento y tomándolo como una broma. Pocos días después aparece su cuerpo abaleado por la espalda mientras cazaba en una zona cercana. Todo el pueblo comenta, chismean sobre las posibles causas del asesinato, elucubrando hipótesis de las más variadas. Lo curioso es que no se asombran de su muerte, hasta lo esperaban, después de aquella amenaza recibida. De lo que el pueblo se sorprende es que hayan asesinado también al Dr. Roscio, que había ido con Manno a cazar. ¿Por qué a él también?, se preguntan. También mataron a uno de los perros que los acompañaban; qué hijos de puta, ¿por qué al perro?, me pregunto. Mientras los carabineros centran sus investigaciones en un puro encontrado, de una marca que pocos fuman, un modesto profesor de escuela decide también investigar por su cuenta, siguiendo una pista que los policías no le dan importancia: el mensaje de la carta estaba hecho con palabras recortadas de periódicos; al reverso de uno de los recortes se dejaba leer la palabra "UNICUIQUE" con otra palabra que no consigue memorizar. Casi sin querer el profesor Laurana encuentra en un diario leído por pocas personas de la ciudad, “L’Osservatore Romano” (el diario oficial del Vaticano) el término con la misma grafía que vio, “UNICUIQUE SUUM” (“A cada cual lo suyo”). Iniciará varias entrevistas con diversas personas de la ciudad, encontrando hipocresía en su alrededor, y claro, muchos sospechosos. Laurana no tiene idea del peligro al que se expone conforme va sumergiéndose en su investigación, y es que, hay cosas que no tienen por qué ser revueltas, más si la mafia siciliana está de por medio; hay misterios que todos saben pero del que nadie habla.




Sciascia nos muestra con una escrita elegante la vida en una Sicilia convulsionada y podrida en sus altas jerarquías, en el que los pobladores “viven en paz”, y seguirían en ese estado de tranquilidad si es que nadie hiciera alguna denuncia contra algún personaje público, por ejemplo, amenazando quebrar el orden establecido. Cada capítulo es corto, y ante la presencia de los diversos personajes tienes esa sensación de sospecha por cada uno de ellos, justificada, al final, todos parecen saber sobre lo ocurrido desde un principio menos Laurana; te enganchas rápido con la trama, y disfrutas su fino humor negro por momentos. El autor nos revela como la política, el clero y la mafia están unidos en un lugar donde la gente parece estar acostumbrada y resignada a aquello.

En su versión en español está editada por Tusquets, en su colección Andanzas.