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lunes, 9 de junio de 2014

La ciudad sitiada, Clarice Lispector





Título original : A cidade sitiada

Año de publicación : 1949

Año de esta publicación : 1964

Editora : José Alvaro Editor



Esta obra de Clarice Lispector se me hizo un libro difícil. Difícil porque a diferencia de “Agua viva” leída anteriormente esta obra está llena de puntos, de frases cortas que desde el inicio no permiten arrancar de una vez con la historia, no fluye como aquella otra obra mencionada. Está escrita de una manera diferente, que te hace parar y pensar en las dudas de Lucrécia Neves, una mujer simple pero bella, de una todavía más simple ciudad -que parece más un poblado- brasileño, São Geraldo, quien aunque no lleve consigo alguna certeza casi por instinto sabe con cuál hombre debe estar finalmente, así en su vida se van alternando el teniente Felipe, a quien ella adoraba verlo en uniforme, antiguo fetiche femenino; Mateus Correia, viejo y próspero comerciante del poblado; Perseu Maria, un tipo despreocupado con la vida, a quien le da igual pobreza o riqueza, un sí o un no, que de aventurero sólo tiene aquel nombre mitológico; el doctor Lucas, quien la hará pisar tierra con sus desencuentros; claro, todo con previos coqueteos y efímeros affaires que por momentos me sacan del sopor en el que envuelve las páginas iniciales de esta lectura. Pero aunque se me hizo difícil el digerir esta obra reconozco que puede ser una virtud de Lispector: transmitir la modorra y simpleza de sus personajes al inicio del libro, sobre todo de Lucrécia quien al final es la analogía de su pacata ciudad, São Geraldo, tan chiquita, tan poquita cosa, tan insignificante, pero conforme la historia se va desarrollando la trama fluye cada vez más a la par con la llegada de la modernidad a la ciudad.

La historia está ambientada en la década de los años 20’s del siglo pasado, es una trama linear escrita en tercera persona a la que hay que tenerle una paciencia especial. Imposible –para mí- leerla en cualquier lugar a no ser el viejo sofá de casa. Yo tengo una predilección por escritoras, cantoras, pintoras…, por mujeres, creo que siempre la tuvieron –incluso en estos tiempos muchas todavía “la tienen”- difícil, y Clarice Lispector no fue la excepción: tras llegar a un país totalmente diferente del suyo, hacer suya una lengua tan diferente a la materna y dominarla al punto de encandilar a muchos –y en toda Latinoamérica- y despertar la envidia en otros tantos, ella parecía contar con un invisible impermeable que la hacía impune a los muchos elogios que podría confundir a cualquier joven escritor, y también a mucha crítica que podría devastar a otros tantos. Y Lucrécia tiene mucho de Clarice, una mujer que a su propia manera no deja de intentar sobresalir en su vida, casi por instinto, como si el marasmo de sus vecinos la incomodara, y como si no fuera poco ser mujer en aquel tiempo, siendo señalada y mal vista hasta por algunas de su propio género, cuando hay tanto amor por dar y recibir; tanto en la realidad como en la ficción, si Dios existe tiene que ser mujer. 








Aunque sigo pensando que la mejor manera de conocer un autor sea la cronológica, comenzar a conocer a Clarice Lispector por esta, su tercera novela, es un tanto peligroso, podría pasar desapercibida la grandeza de una escritora que se adelantó a su tiempo, y aunque por momentos es muy introspectiva –lo que torna interesante conocer de esa manera tan peculiar a los personajes- en esta obra no llega a persuadir, no transmite esa potencia, aquella furia de la cual hace derroche en “Agua viva” donde te cachetea y te revuelca y te vuelve a samaquear, aquí es algo más soso, de una trama incluso endeble, y un final al que llegas sintiendo un alivio (no me gusta dejar un libro por la mitad: tantos libros por leer y yo anclado aquí, ése era mi sentimiento) de poder agarrar algún otro libro que te haga realmente viajar. Disculpa Clarice, pero si te hubiera conocido con esta obra, no me hubiera enamorado de ti.

sábado, 4 de febrero de 2012

Agua viva, Clarice Lispector




Título original : Água viva
Año de publicación y de esta edición : 1973 – Primera edición
Editora : Círculo do Livro


Estar ante un libro de Clarice Lispector (Tchetchelnyk, Ucrania, 1920 - Rio de Janeiro, Brasil, 1977) es sentir aquella curiosidad con frio en la barriga que se siente cuando se está por primera vez ante un libro de Machado de Assis, Jorge Amado, Rubem Fonseca, e imagino que también ante uno de José Saramago, no sólo por leerlo en su idioma original, el portugués, sino también porque ella es una de las principales exponentes de la literatura en lengua portuguesa, y junto a sus tres compatriotas mencionados entre los más importantes de Latinoamérica, y este primer libro superó las expectativas que tenía por ella. Pero lejos…, muy lejos. Las mismas expectativas que tenía por Haruki Murakami sin encontrar en aquella ocasión lo que esperaba, aquí con este libro fue todo lo contrario: fue un torbellino, un vendaval. En sus cortas ciento y quince páginas la autora no te da tregua ni descanso, pues de una cavilación pasa a la otra casi sin ser percibido el cambio. Es una prosa muy lírica que hace fluir la lectura, pero no se engañen, no es nada ligero, por momentos hasta es denso, es muy introspectivo, parece que está a tu lado hablándote bajito al oído, a veces como si fuese la voz de tu conciencia, y en otros trechos parece gritar. Ya de inicio pareciera que entras en una conversación comenzada e intentas agarrarle el hilo, y al hacerlo no te zafas más, ni cuando terminas de leerlo. Todavía estoy en shock; aún sigo encandilado, es el inesperado balde de agua fría que ingresa por la ventana de una combi en movimiento en un domingo de carnaval en febrero; no esperaba todo esto. Es una escrita desenfrenada, casi una vertiginosa confesión, en la que mientras estás desgranando –o tratando de hacerlo- la idea expuesta, ella ya está en otra. Por momentos parece una escrita sin ningún pulimento, algo grosera, pero eso denota mucha honradez y sinceridad de la monologuista, como que esto es deliberado. Ahora es un instante. Ahora ya es otro. Y otro. Este instante cuando lo leas será ya pasado. Bienvenido al misterio de lo impersonal, al llamado "it".



De joven me sedujo Marilyn, ya luego me deslumbré con Björk y también me enfermé con Vivian Schmitt, y ahora tú Clarice. Tinha que ser ucraniana, me dice mi esposa, que es descendiente de esa nacionalidad, con un orgullo que la hace recordar la pêssanka, la sopa eslava, y claro, el pirogue (conocido en Rusia y Ucrania como “varênike” y “perohê”), culinaria ucraniana que alterno con la peruana, ya la pêssanka son los huevitos pintados. En el Paraná se encuentra la mayor colonia de descendientes ucranianos. ¿Será que han leído a Clarice? ¿Será que la conocen tanto como a Andiry Shevchenko? Ojalá que sí.

Ya inicié la lectura de otra obra, y es de un compatriota: pobre, se jodió, o me jodí yo, porque aún sigo pensando en ti, Clarice.