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miércoles, 24 de junio de 2015

El vampiro de Curitiba, Dalton Trevisan




Título original : O vampiro de Curitiba

Año de publicación : 1965

Editora : Civilização Brasileira

Ejemplar 1,431

Ilustración de la portada : Eugênio Hirsch



Velho, se você gosta de Bukowski vai gostar do Dalton Trevisan. Cuando vi que vendría a vivir a Curitiba pensé: ¡vaya casualidad, la ciudad del vampiro!, recordando aquella frase que alguna vez un paulista me dijo en alguna lejana isla, en medio de robots que hacían el trabajo; el nuestro era abastecerlos y hacerlos funcionar. Curitiba no es tan conocida fuera de las fronteras brasileñas por ser la capital del Paraná. Lo es por ser la ciudad donde está ambientada –como la mayoría, sino toda su obra- este libro. Ésta era la única obra que conocía de Dalton Trevisan antes de siquiera imaginar que viviría en Brasil, aunque nunca la hubiese leído. Es más, nunca me deparé con aquel clásico ejemplar de Editorial Sudamericana. Hasta no hace mucho, además de aquella obra mencionada sólo habían un par de traducciones del autor por parte de Monte Ávila Editora, pero las tres son como encontrar algún inocente en alguna discoteca de Kioto, como agua en un desierto. Nunca salgo a buscar un libro específico, y cuando salgo con esa intención encuentro otros, comprando -a veces- algunos que me hacen olvidar momentáneamente el de la idea inicial, así que ya había asimilado que el toparme con un libro del vampiro Trevisan en castellano era casi una utopía.

Mucha expectativa en la previa de la lectura del libro más conocido del escritor curitibano con tintes de maldito, y, aunque ya he podido disfrutar de algunas de sus obras, guardaba cierta esperanza de algo más con el de la presente entrada, y así fue.

A los clásicos personajes de barrio, muchos asfixiados en la miseria, otros acostumbrados a vivir en medio de la decadencia, aquí, el vicio que Nelsinho -alias el delicado, nuestro héroe- cultiva son las mujeres. Él es el personaje principal de los doce relatos de la primera parte, intitulada como el libro, todos con una fuerte carga erótica y algunos que sobrepasan esa fina frontera.

Abre con “O vampiro de Curitiba” (“El vampiro de Curitiba”) donde Nelsinho se presenta, con los caninos afilados, en un monólogo que como una torrente devela sus ansias. Si el perro de Pávlov hubiese podido describir lo que sentía por el alimento mostrado sería algo parecido a lo que Nelsinho sentía al estar ante su más reciente víctima. Él rechaza su soledad, necesita estar con alguna fémina por cerca, porque este vampiro no se alimenta de sangre, su deseo es mayor, simple y directo: sexo. Y el amor (el acto de enamorarse) es la cruz que lo atormenta, la estaca de madera que lo puede aniquilar. Un relato muy lírico, un gran inicio.

Con “Incidente na loja” (“Incidente en la tienda”) comenzamos a participar de sus recorridos por esta capital. Aquí presenciaremos el exacto momento de la conquista. Nuestro héroe seduce, conquista, devora, y se marcha, largando su presa, satisfecho. Aquí se comprueba aquello de que un “no” es tan sólo una invitación a insistir.

Aunque con “Encontro com Elisa” (“Encuentro con Elisa”) no deslumbre como en los dos anteriores en este relato la ironía está más presente en Nelsinho.

En “Último aviso” nuestro vampiro cambiará guiños y gestos afectuosos con una mujer casada en el bus, siguiéndola hasta el cine. Es la crónica de un chantaje, de una pequeña venganza.

¿Quién nunca antes, de chico, ha cultivado un sentimiento de amor –o lo que se creía que era- por alguna profesora? “Visita a professora” (“Visita a la profesora”) toca ese tema, cuando Nelsinho visita a una madura y guapa profesora venciendo su timidez, empujado por saciar un antiguo deseo. Es uno de los más extensos, casi una nouvelle, pero también uno de los que se tornan más cortos.

Na pontinha da orelha” (“En la puntita de la oreja”) nos trae el cortejo a Neusa, una madura –otra más- y atractiva mujer quien no se despega de su madre, doña Gabriela, una anciana con todos los achaques del mundo encima, quien pareciera, al menos esa noche, no poder conciliar el sueño.

En “Eterna saudade” (“Eterna nostalgia”) no basta con tirar (coger, transar, cachar, follar, como quieran llamarlo, pero eso sí, nada de aquello tan cursi como “hacer el amor”, porque Nelsinho no hace el amor, ¡por Dios!), el orgasmo no está sólo en concluir el acto, sino también en hacerlo en el dormitorio de los padres de la víctima. La profanación le excita. El sentir haber superado a su padre lo entusiasma.

En “O herói perdido” (“El héroe perdido”) se puede percibir aquello comentado en la reseña del primer relato. Si el héroe se enamora todo está perdido. Sólo tiene que alimentarse de la esencia vital de cada mujer. Ya el amor es su estaca de madera, su cruz, el sol bajo la piel.

Debaixo da ponte preta” (“Debajo del puente negro”) tiene una estructura diferente al resto. Una violación es vista y detallada desde los puntos de vista de cada uno de los personajes que participaron en aquel acto. Otra pequeña obra maestra.

A noite da Paixão” (“La noche de la Pasión”) revela desde el título un camino paralelo con el libro del cual parece inspirarse: la Biblia. Nelsinho marca una cita con una prostituta en un hostal. Toda la conversa y actos están marcados por detalles y frases de pasajes cumbres en la religión, católica -o de cualquier otra, me imagino-. Desde el nombre de ella, Magdalena, hasta diálogos con trechos bíblicos, previos y durante el acto; ella es el templo que Nelsinho quiere profanar. Si eres muy allegado a lo religioso este relato quizá te incomode en algo. Puede ser tomado como una burla, o quizá hasta un elogio. Lo cierto es que éste relato es otro de los más logrados del conjunto.

En “As uvas” (“Las uvas”) presenciamos otra derrota. Un sentimiento de culpa eclipsa a Nelsinho impidiéndole comenzar el acto. La belleza de Ivone en vez de entusiasmarlo lo intimida. Cada beso, cada gemido fuera de tiempo, el trémulo vaivén del cuerpo en perfecta forma de Ivone es registrado al mínimo detalle, como el acto de ingerir cada una de las frutas del título; un elogio a un fetiche en las entre líneas de lo que sería la pesadilla para cualquier hombre.

El primer grupo cierra con “Menino caçando passarinho” (“Muchacho cazando pajarito”) donde, a diferencia de los que lo anteceden, Nelsinho no es aquel joven despreocupado. Ahora es un correcto abogado, el doctor Nelson, aunque las mañas no cambien. Aquí el doctor Nelson utiliza su poder de jefe para cortejar, seducir y acosar a una cliente. Podemos no sólo saber lo que dice sino paralelamente lo que piensa, sus más obscuros deseos. Otro de los más logrados. 



Dalton Trevisan en una de las últimas fotografías que consiguieron captar.

Ya en el segundo grupo Nelsinho no es el protagonista, pero los diez cuentos que lo componen tienen la misma característica que se puede deducir desde el título con el que se agrupan: “O anel mágico” (“El anillo mágico”). Todos guardan esa dosis de ironía y humor negro (muy negro) que es sello de Trevisan, así como el realismo en lo difícil que las mujeres la tenían (y tienen), como por ejemplo en “Todas as Marias são coitadas” (“Todas las Marías son sufridas”) donde reaparece aquella María de otros libros, la que nunca la tendrá fácil en ésta vida. O en “Dez anos depois” (“Diez años después”) donde Joana recurre a un joven a través de una carta para pedirle dinero. Él no es víctima, pues se revela una relación cuando ella era aún menor de edad. No queda claro si fue con su consentimiento o no, pero lo que sí está cristalino es que aquella muchacha cayó en la vida, rebuscándoselas como puede. “Bichos da noite” (“Bichos de la noche”) es una pequeña obra maestra, muy descriptivo: Pedro, poseedor de un acuario con los cadáveres de los que eran sus mascotas flotando inermes; se puede escuchar los estallidos de alguna burbuja en la superficie del agua putrefacta. Él, en una madrugada de insomnio se enfrentará a una cucaracha que lo observa de cerca. Si tienen estómago sensible mejor no leerlo antes o después de alguna comida. “Luz na varanda” (“Luz en la varanda”) es la historia de una traición descubierta y denunciada donde Laura negará toda acusación y João Maria intentará convencer al esposo que todo no pasa de chismes y mala saña. “Os velhos piratas morrem na cama” (“Los viejos piratas mueren en la cama”) es un relato lleno de nostalgia; “Na força do homem” (“Vigor masculino”) es la historia de José, quien cada vez que salía a comprar algo demoraba entre una semana y diez días en retornar, y cuando lo hacía no habían vestigios de infidelidad, sino de hambre, cansancio, y fatiga. Otra obra maestra.

En realidad sólo el tercer relato del primer grupo no está a la par de los otros once que alcanzan una gran calidad, ni delos otros diez del segundo grupo. Los del primer conjunto: aunque ningún relato sea la continuación de otro se podría ver como un todo en sí, desde el joven Nelsinho que visita a su ex profesora hasta llegar al maduro doctor Nelson que continúa acechando y cazando; un pulido vampiro. Los del segundo grupo también tocan el tema del sexo directa e indirectamente, pero también nos ofrece estampas de vidas sombrías y pacatas en una ciudad como Curitiba con predilección al color gris, desde su cielo color panza de burro la mayor parte de sus días, hasta el color preferido en la mayoría de carros que circulan por ésta capital. Enfrascándose en diálogos que a pocos van subiendo de tono, Trevisan sabe plasmar cada detalle que rodea a sus personajes, cada remilgo, cada guiño, cada gota de sudor, ya sea de cansancio, o de nerviosismo, la obsesión de su personaje del primer grupo, aquella ansia incurable.

Caminar por las calles de Curitiba tras leer uno o más libros de Trevisan es verla a través de otro lente. Hace una semana, el domingo 14 que pasó, el autor cumplió noventa años de vida. ¡Feliz cumpleaños a usted! Y yo, como muchos otros lo celebramos de la mejor manera posible –no acechando la librería de Chain-: leyéndolo. Después de mi hija y mi esposa lo más importante que he obtenido de Brasil son los libros de éste señor –y claro, los amigos- aunque en los últimos días por fin encontré un libro de Ricardo Guilherme Dicke, pero aún no lo he leído, dicen que es otra joya de la literatura brasileña. ¿Quién duda que Dalton Trevisan es un vampiro? El mar es viejo, y todavía se mueve, me decía mi abuelo. Noventa años y Trevisan sigue escribiendo, y publicando. El mismo cariño y agradecimiento que tengo por el director y actor japonés Takeshi Kitano lo tengo por Dalton Trevisan. Con el Premio Camões consigo mi candidato este octubre próximo a Premio Nobel 2015 es este maestro del relato. 


Sin duda éste libro debe estar entre los diez imprescindibles de la literatura brasileña e invita a conocer más de la vasta obra del escritor curitibano. El vampiro Dalton Trevisan es la voz.

martes, 21 de abril de 2015

El enigma de Qaf, Alberto Mussa





Título original : O enigma de Qaf

Año de publicación : 2004

Editora : Editora Record

Año de la presente edición : 2004




Lo que sentía en la previa ante la lectura del tercer libro de Alberto Mussa era impaciencia, pues con sus dos anteriores obras (“Elegbara” y “El trono de la reina Jinga”) las experiencias habían sido muy satisfactorias, y ya desde el principio de esta obra mis ánimos se mantenían firmes y creciendo la esperanza de estar ante otro descubrimiento para mí de algo totalmente diferente, y vaya que lo fue; Mussa se superó a sí mismo.

La obra está dividida en 28 capítulos ordenados según las 28 letras del alfabeto árabe. Entre cada capítulo hay subcapítulos que el autor llama de “excursos” (“digresiones”) y “parámetros” (ídem). Los primeros no tienen relación con la historia que narra los capítulos en sí, pero te dan una mayor visión del fascinante universo que es tanto el mundo árabe como su literatura. Ya los segundos tienen alguna relación con la trama principal (todos resultan atractivos, ninguna en menor proporción que otra), pero creo que fácilmente pueden ser presentados de manera independiente resultando de por sí solos historias más que interesantes. Se pueden leer por separado, o inclusive ignorándolos -como lo recomienda el autor en una advertencia a manera de despiste al inicio del libro-, atentos a los capítulos en sí; pero, de querer descubrir “El enigma de Qaf” lo recomendable será leerlo de corrido, como una sola historia.

Aunque esté lejos de la complejidad de “Rayuela” pareciera ser un pequeño homenaje a aquella obra. Pero aquí el ambiente y la trama están inmersas en la inmensa diversidad del mundo árabe, así que es para estar atento a cada detalle: desde los complejos nombres de los diversos personajes, hasta la rica trama donde mezcla historia y ficción, presentando una novela atípica, donde inclusive pareciera poco interesar las sutiles conexiones entre ellas pues muchos –sino todas- de los capítulos resultan realmente placenteros ser leídos por separado.

Un punto que reparo hacia la mitad de la obra –como para desconfiar un poco de tanto placer- y creo es bueno tener en cuenta es sobre –en mi caso- la total ignorancia acerca de la historia árabe, y su literatura. No debo perder el foco de que lo presentado por Mussa es una ficción. No sé si alguien con poco o mucho conocimiento de estos temas ante este libro se fascinaría. Si hay en él y en los trechos de lo que pareciera historia algunos o muchos devaneos por parte del autor, pero como repito, al ser mi ignorancia tal sobre la cultura árabe éste libro simplemente me fascina y atrapa desde el inicio, no me resta más que rendirme ante la intrincada trama que éste autor brasileño presenta con ésta su tercera novela.

Por los acontecimientos a los que todos desde hace algunos años hemos venido viendo por televisión pareciera que nos quieren vender la idea de que árabe y terrorista son sinónimos. Con ésta novela una de las tantas propuestas que deja es justamente todo lo contrario: árabe es sinónimo de riqueza, de romanticismo, de inmensidad, de principio, de belleza.

Una leyenda contada por el abuelo de nuestro narrador, Nagib, quien huyó al Brasil junto a su enamorada Mari –quien vendría a ser luego la abuela del narrador- y trayendo consigo un equipaje sólo de libros, y parte de los versos del Quafiya al-Quaf memorizados lo toca: en la Arabia Pre-Islámica el poeta Al Gatash, se enamora profundamente de una joven de quien sólo vio sus ojos, Layla, y, para atraer su atención tendrá que develar el ocluso enigma que guarda el no menos misterioso alfabeto árabe.

Lo que él –el narrador- va descubriendo y develándonos es tan atractivo que fácilmente me olvido de él, embelesado por las historias que va dejando.

Aunque la trama tiene una breve conexión con Brasil un detalle de la obra en sí que llama mi atención es justamente huir de temas y ambientes netamente brasileños. Por el contrario, se sumerge –y a nosotros con él- en un tema que parece el autor domina, mostrándolo tan romántico, tan sencillo, como para que un neófito como yo no le tenga miedo a la inmensidad del mundo al que vamos a entrar.

Otro punto que ayuda a crear ese deslumbramiento es que tanto los capítulos principales, las digresiones y parámetros son historias cortas, en su mayoría de gran remate. Creo que de ser una historia lineal y extensa las chances de caer en la modorra y abandonar el libro serían grandes.

Un detalle que deja en el aire a manera de provocación aparece al inicio de la obra: “El viejo Nagib me narraba, en portugués, lo que presumo fuese su adaptación personal de Quafiya” (Pág. 20) Así como todas las historias y leyendas que inserta en la obra y que muy probablemente Mussa inventa son eso: adaptaciones de quien las recogía y luego las transmitía oralmente o registraba en pieles de camello. Toda narrativa desemboca en otra, y en otra, y en otra, siendo un inmenso e inacabable círculo, ramificándose, mutando, transformándose, la historia sin fin, que al final es una sola historia.  




¿Ya percibieron que poco o nada se habla de autores brasileños y la literatura de éste país en Hispanoamérica? Bueno, Alberto Mussa es un gran inicio, un cachito para descubrir la no menos vasta y rica literatura brasileña.

Esta obra se hizo con el Premio Casa de las Américas del 2005, y fue traducida a varios idiomas, entre ellos el castellano, y últimamente el árabe.




Digresión



Los dos espejos



Los árabes fueron los primeros pueblos a adoptar el cristianismo, aunque muchas tribus hayan permanecido en el paganismo o mantenidos ciertos ritos de la religión tradicional. Entre los primeros mártires cristianos hay varios árabes. El primer emperador romano a aceptar el bautismo fue Felipe, llamado de una manera adecuada “el árabe”. Obispos árabes estaban presentes en los conflictos que debatieran las célebres cuestiones bizantinas alineados con el bloque ortodoxo. Las dos más antiguas inscripciones en lengua árabe, hoy preservadas, fueron grafiadas en iglesias cristianas.

Pero en verdad fueron las tribus del desierto que concibieron el cristianismo dos siglos antes que el propio Cristo.

Se desconoce con exactitud cuándo se difundió, mas ciertamente es bastante antiguo, entre los semitas, la costumbre de sacrificar a los primogénitos para aplacar la furia divina contra la tribu o tornar propicia hacia el progenitor la divinidad. Nadie ignora, por ejemplo, la historia de Isaac y Abraham.

Entre los beduinos no era diferente.

Cuando la miseria y la enfermedad cayeron en un tal Adib, fabricante de espejos, un oráculo le exigió la sangre de su primer hijo.

Adib rió, después lloró, porque sólo tenía hijas. Desesperado, creyendo que el ídolo pretendía lo imposible justamente para no tener que socorrerlo, se retiró del desierto, y se rindió ante la muerte.

La idea le surgió cuando, en un gesto de auto compasión, posando su propio rostro contra un espejo de su invención. Aunque hacía años que trabajaba con espejos, nunca percibió el hecho de que la imagen reflejada era una inversión de la apariencia real: el lado derecho del rostro aparecía a la derecha en el espejo, y viceversa. Para la obtención de un reflejo perfecto era necesario un segundo espejo, o sea, dos inversiones de la figura original.

Fue este el raciocinio de Adib: si Allah me exige al hijo mayor puedo satisfacerlo ofreciéndole a la hija menor.

Y así se hizo. Y Adib vivió y prosperó. La noticia se difundió rápidamente, y diversas tribus pasaron inclusive a preferir el sacrificio de las benjaminas. El Corán condena esa costumbre, lo que demuestra todavía estar en boga en el siglo VII.

Pero las especulaciones al respecto del doble reflejo no acabaron por ahí. Hubo quien continuase haciendo inversiones, no siempre bien fundamentadas, poniendo a la esposa mayor en lugar de la hija menor; o un cuñado; o una sobrina.

Con el transcurrir del tiempo las discusiones sobre el asunto pasaron a ser meramente teóricas, y sabios del desierto propusieron una doble inversión innovadora: si, originalmente, la vida del padre equivalía a la muerte del hijo (estando ahí presente la presunción del doble reflejo), la vida del hombre, en general, también sería igual a la muerte de un dios.

El grande impulso que el culto de Adonis (un dios que muere) alcanzó en el período helenístico tal vez tenga a ver con esa tesis. Aunque eso no importa.

El hecho es que estaban propuestos los principios de la doctrina: si el dios Allah puede ser definido como Padre Divino, la muerte del Padre Divino debe equivaler a la muerte del Hijo Humano. Y si ese Hijo tiene su sangre vertida, nadie hará correr la de su madre. O sea, la madre será una virgen.

Por doscientos años beduinos vagaron por oasis, aldeas y ciudades, buscando un hijo humano de Allah, nacido de una virgen. No fue casualidad que tres príncipes árabes (tardíamente llamados de “Reyes Magos”) identificaron el nacimiento de un niño con esas características.

Aun así hay quien afirme que aquello es una impostura. Que no hay pruebas consistentes sobre la paternidad del niño. Que los espejos pueden ser volteados en otra dirección.

Páginas del 69 al 72. 






El ciclón - Café Tacvba 

Con la lectura de este libro recordaba este excelente disco de los Café Tacvba de mediados de los años 90's, el segundo de ellos, y, en especial este tema. Hacía tiempo que no los escuchaba, fue grato recordarlos y ahora escuchar el cd completo. Para nosotros de lo mejor que ha dado México. 

martes, 4 de noviembre de 2014

Feriado de mim mesmo, Santiago Nazarian





Editora : Planeta

Año de publicación : 2005

Fotografía de la portada : Daniel Luciancencov y Santiago Nazarian. 



Un traductor free lance que prácticamente vive encerrado en su pequeño departamento, alejado del mundo, aunque no tanto como él quisiera, con toda la modorra encima, comienza a encontrar vestigios de un invasor en su lar: un cepillo de dientes a más, parte de la comida del refrigerador consumida, sistemáticas llamadas telefónicas preguntando por una persona que él no conoce, una cucaracha muerta sin razón aparente –teniendo toda la infraestructura para sobrevivir por mucho tiempo-; y es ahí que paulatinamente comenzará a desarrollar una paranoia que lo llevará a dudar de su cordura, y a tomar medidas drásticas que harán mudar por completo su pacata y hasta entonces tranquila vida.

Ésta es la tercera novela de Santiago Nazarian, mucho más lograda que la anterior A morte sem nome, aunque aquí también encuentre esa escrita llena de frases cortas separadas por puntos, pero a diferencia de aquella novela -donde una muchacha se suicidaba una y otra vez, para renacer con el firme propósito de volver a suicidarse- aquí asistimos al brote de una paranoia que va enraizándose en Miguel, el joven traductor literario, y que va creciendo conforme pasan las páginas, en una torrentosa lectura con un final tan inesperado tanto para mí como lector, y para Miguel, el personaje principal quien sufre las consecuencias de su desvarío.

En la presente novela las incontables frases cortas separadas por puntos le va como anillo al dedo a la trama: hace crecer sus dudas sobre su cordura, pone énfasis en sus soliloquios que también están llenos de humor negro y mucha autocrítica, aunque el personaje no tenga la menor intención de mudar su dejada vida.

Es increíble cómo la editora Planeta dejó ir a este joven escritor brasileño que a estas alturas ya dejaba de ser una promesa para ser toda una realidad. Ésta fue su última publicación con ellos, para luego entrar –y por lo visto- y quedarse en la editora Record quienes hasta el presente año le vienen publicando sus obras; bien por ellos.

Recuerdo haber mencionado acerca de la horrorosa carátula de Pornofantasma, su –hasta ahora- único libro de relatos. Es justo mencionar ahora que la portada de esta obra está muy bien lograda. Una fotografía de la diestra del escritor cortada especialmente para la portada; espero que sea zurdo. No lo encuentro posero al hacer esto, y sí un derroche de arte por parte de Daniel Luciancencov para aprovechar y saber capturar el momento. Por más que sea un pequeño tajo, el que un escritor se corte su propia mano para la carátula de su libro lo encontré además de inusual, quizá hasta comprometido en el todo de su obra, pero por cierto algo disparatado también. 




Muy probablemente fue con esta obra que Santiago Nazarian se empieza a consolidar como uno de los más importantes escritores brasileños contemporáneos –aunque no aparezca en la lista de los veinte mejores escritores brasileños de Granta- e incluso a coquetear con el público hispanoamericano. Veo en internet que a Santiago Nazarian de a pocos ya lo están traduciendo y publicando en castellano –e inclusive en italiano (aquí y aquí también)-; muy merecido se lo tiene.

Feriado de mim mesmo es una lectura muy intensa donde quedas preso como en un remolino de donde no te zafas sino hasta el final del libro, incluso durante la lectura uno repara en ciertas peculiaridades del ser humano; en ningún momento se pierde el interés por la trama, por el contrario, envuelve a cada página, se lee con mucha avidez despertando aún más la curiosidad por los otros libros de un escritor tan bizarro como su obra en sí. 



Influencia - Charly García 



Charly García, uno de los pocos genios de la música en castellano que nos queda por estos lares en Sudamérica hizo ya hace algún tiempo este cover del tema Influenza, de Todd Rundgren de una manera tan magistral que a muchos nos llega a gustar más que el propio original. Desde los instrumentos hasta el vídeo en sí, el trabajo de Charly no podía ser otro que el de un maestro. 

lunes, 9 de junio de 2014

La ciudad sitiada, Clarice Lispector





Título original : A cidade sitiada

Año de publicación : 1949

Año de esta publicación : 1964

Editora : José Alvaro Editor



Esta obra de Clarice Lispector se me hizo un libro difícil. Difícil porque a diferencia de “Agua viva” leída anteriormente esta obra está llena de puntos, de frases cortas que desde el inicio no permiten arrancar de una vez con la historia, no fluye como aquella otra obra mencionada. Está escrita de una manera diferente, que te hace parar y pensar en las dudas de Lucrécia Neves, una mujer simple pero bella, de una todavía más simple ciudad -que parece más un poblado- brasileño, São Geraldo, quien aunque no lleve consigo alguna certeza casi por instinto sabe con cuál hombre debe estar finalmente, así en su vida se van alternando el teniente Felipe, a quien ella adoraba verlo en uniforme, antiguo fetiche femenino; Mateus Correia, viejo y próspero comerciante del poblado; Perseu Maria, un tipo despreocupado con la vida, a quien le da igual pobreza o riqueza, un sí o un no, que de aventurero sólo tiene aquel nombre mitológico; el doctor Lucas, quien la hará pisar tierra con sus desencuentros; claro, todo con previos coqueteos y efímeros affaires que por momentos me sacan del sopor en el que envuelve las páginas iniciales de esta lectura. Pero aunque se me hizo difícil el digerir esta obra reconozco que puede ser una virtud de Lispector: transmitir la modorra y simpleza de sus personajes al inicio del libro, sobre todo de Lucrécia quien al final es la analogía de su pacata ciudad, São Geraldo, tan chiquita, tan poquita cosa, tan insignificante, pero conforme la historia se va desarrollando la trama fluye cada vez más a la par con la llegada de la modernidad a la ciudad.

La historia está ambientada en la década de los años 20’s del siglo pasado, es una trama linear escrita en tercera persona a la que hay que tenerle una paciencia especial. Imposible –para mí- leerla en cualquier lugar a no ser el viejo sofá de casa. Yo tengo una predilección por escritoras, cantoras, pintoras…, por mujeres, creo que siempre la tuvieron –incluso en estos tiempos muchas todavía “la tienen”- difícil, y Clarice Lispector no fue la excepción: tras llegar a un país totalmente diferente del suyo, hacer suya una lengua tan diferente a la materna y dominarla al punto de encandilar a muchos –y en toda Latinoamérica- y despertar la envidia en otros tantos, ella parecía contar con un invisible impermeable que la hacía impune a los muchos elogios que podría confundir a cualquier joven escritor, y también a mucha crítica que podría devastar a otros tantos. Y Lucrécia tiene mucho de Clarice, una mujer que a su propia manera no deja de intentar sobresalir en su vida, casi por instinto, como si el marasmo de sus vecinos la incomodara, y como si no fuera poco ser mujer en aquel tiempo, siendo señalada y mal vista hasta por algunas de su propio género, cuando hay tanto amor por dar y recibir; tanto en la realidad como en la ficción, si Dios existe tiene que ser mujer. 








Aunque sigo pensando que la mejor manera de conocer un autor sea la cronológica, comenzar a conocer a Clarice Lispector por esta, su tercera novela, es un tanto peligroso, podría pasar desapercibida la grandeza de una escritora que se adelantó a su tiempo, y aunque por momentos es muy introspectiva –lo que torna interesante conocer de esa manera tan peculiar a los personajes- en esta obra no llega a persuadir, no transmite esa potencia, aquella furia de la cual hace derroche en “Agua viva” donde te cachetea y te revuelca y te vuelve a samaquear, aquí es algo más soso, de una trama incluso endeble, y un final al que llegas sintiendo un alivio (no me gusta dejar un libro por la mitad: tantos libros por leer y yo anclado aquí, ése era mi sentimiento) de poder agarrar algún otro libro que te haga realmente viajar. Disculpa Clarice, pero si te hubiera conocido con esta obra, no me hubiera enamorado de ti.

martes, 21 de enero de 2014

Desastres do amor, Dalton Trevisan




Editora Civilização Brasileira, 1968.


Es bueno empezar el año sabiendo que la esperanza es una fantasía, es cursi y hasta afeminada. Si hay un escritor que no dejo de leer por lo menos una vez al año ese es Dalton Trevisan (Curitiba, 14 de junio de 1925). Me lo merezco. Nos lo merecemos. Merecemos más traducciones de obras suyas. Él es el cuervo que te sigue y observa atentamente por las frías y sosas calles en Gifu; el gallinazo que ronda mi andar tan lejos y tan cerca por el centro de Lima; el mosquito –aquel pequeño vampiro- que me acecha infatigablemente para alimentarse de mí en Curitiba.

Esta primera edición encontrada trae 16 relatos de los primeros años de la carrera literaria del vampiro Dalton Trevisan donde nuevamente los personajes de sus ficciones son María y João, todos tan diferentes, pero con el mismo nombre, tan común en Brasil, sino en toda Latinoamérica.

Tienen la misma característica que los de otros libros donde parias, marginales, perdedores son sus personajes principales. Son relatos cortos, directos, y por lo general de una tremenda frialdad aunque en éste ejemplar en varios relatos aquí me haya deparado con el más crudo Trevisan hasta el momento, encontrando siempre latente su predilección hacia lo obscuro, su visión de la vida.

Paradójicamente pareciera que aquí en Brasil el interés por su obra es ínfimo. Se extraña lo que no se tiene. Muchos peruanos desde hace unos años y en la actualidad añoramos a Julio Ramón Ribeyro pero sospecho que cuando estaba entre nosotros pocos eran los que le paraban bola. Ya alrededor de éste enorme país que es Brasil pareciera que estamos hambrientos de los cuentos de Trevisan, al menos yo lo estoy, y algunos otros, cuando lo introduzco en la conversa en alguna reunión en alguna noche limeña donde aparecen Rubem Fonseca, Machado de Assis, Clarice Lispector, conocidos y admirados por allá. Llevo en mi conversa a Dalton Trevisan porque merece estar en ese grupo, porque merecemos conocerlo. Para esos pocos osaré dejar un relato del maestro, un cachito no má’.






Nueve

João fue al encuentro con María en el Paseo Público. Eran las ocho de la noche, el parque estaba desierto, ellos se sentaron en medio de la oscuridad. Ella se deja coger la mano, pero no deja que la bese en la boca. Se defiende de los abrazos imputando su condición de señorita:

- Ya me voy. Mamá me espera.

Estaba sentada en las piernas de João. Al pararse, se ven rodeados de unos tipos, algunos llevan sombrero, salieron de detrás de los árboles. Asustada, la muchacha reclama:

- Caramba, qué vergüenza,.. ¡Cuántos hombres!

A lo que uno de ellos responde:

- Que nada… Somos sólo nueve.

El más gordo toma a João y le arrebata a la enamorada:

- Ahora es mi turno.

- Eso nunca –protesta María-, soy señorita.

- Son de esas que me gustan- insiste el gordo.

Él la tira al piso y, al caer sentada, María grita. Miedoso de ser golpeado João huye de allí, escondiéndose tras un cedro, pudiendo escuchar la voz de ella.

Cuando es sujetada María grita con la esperanza de que alguien acuda, pero nadie aparece. El gordo fue el primero, y después fue el turno de todo el grupo.

Él empuja a la muchacha derribándola nuevamente. Por más que ella los rechace María no puede escapar de tantas manos. Llora, pero el gordo le muerde el rostro y ella para de hipar. Cuando él la quiere abrazar María cierra las piernas y suelta un grito. El gordo intenta abrirlas, ella no lo deja. Viendo la muerte en los ojos del otro, María ruega por el auxilio de João. El gordo la abofetea con toda su fuerza, ella se calma.

Mientras el gordo lucha con la muchacha, otro la agarra tapándole la boca. Después del gordo, del segundo, del tercero, fue amenazada que se dejase por las buenas, sino sería por las malas. Entonces ella no ofreció más resistencia a los otros seis hombres. De ahí en adelante después de uno era la vez de otro.

El séptimo fue un negrito y, llegando su turno la muchacha le pide un cigarro. El negrito le enciende hasta tres veces el cigarro, desconfiando de que esté haciendo señales con la llama de los fósforos. María llorando le ruega que la deje para mañana. Él le responde que todavía hay dos más, de los cuales uno de ellos está uniformado y no quiere pelea. Él repara que la muchacha es media fea; siente pena de ella. María se queja de que no puede más. Algo avergonzado, él le da la espalda sin haberle hecho nada.

Después de él es la vez del soldado, y después del soldado de uno más. Los otros habían desaparecido.

María desmaya de tanto dolor y despierta con el sonido de una gruesa voz:

- Fuimos nueve, pero yo fui el último.

Herida, con la ropa en jirones, zigzaguea sin atinar con el portón.

Agachado en la penumbra, João la escucha pidiendo socorro, pero nada puede hacer. Le escucha el lloriqueo, corto y bajito, hasta que se queda quieta. Percibe que María hace señales con los tres fósforos. De lejos presencia el turno del gordo, y luego la vez de los otros, nueve en total.

Arrastrando los pies ella pasa a su lado. Sin coraje de aparecer, João la deja alejarse, despacito, rumbo al portón iluminado.

martes, 15 de octubre de 2013

Sargento Getulio, João Ubaldo Ribeiro




Año de publicación : 1971
Presente edición : Alfaguara, 2007


Al llegar hace unos años a Brasil y buscar cuáles eran las obras consideradas clásicas en la literatura nacional –además de las tres obras de Machado De Assís ya leídas- Sargento Getulio figuraba entre el extenso grupo de títulos que iba descubriendo, pero quizá por querer leer en orden cronológica y tras una experiencia poco entusiasta con el primer libro de João Ubaldo Ribeiro la lectura de este clásico brasileño injustamente –para mí- se fue postergando.

El autor imprime en el Sargento Getulio Santos Bezerra de la Policía Militar de Sergipe un habla entrecortada, poblada de palabras y jergas regionales, llena de ripios, que me torna difícil la lectura en el primer capítulo, hasta acostumbrarme a las palabras mutiladas y/o mal empleadas por parte del sargento y su entorno, al monólogo atropellado, descubriendo en él una predisposición a seguir las órdenes al pie de la letra. Así es como le ordenan trasladar a un cautivo, Paulo Afonso, considerado enemigo de las autoridades al mando, desde Bahía donde lo captura y llevarlo hasta Aracaju, transitando por el agreste sertão brasileño. Pero en su trayecto, además de algunos inconvenientes que enfrentará, el gobierno cambiará de mando, pasando el detenido de procurado a parte del nuevo sistema, y convirtiendo al sargento Getulio ahora en el enemigo. La terquedad del sargento, quien nunca desobedeció una orden, se impone, negándose a liberar a su detenido, manteniendo firme su convicción de cumplir lo que le mandaron, aún sabiendo que eso le puede costar la vida.

Es una historia que desde el inicio atrapa y a cada página se hace difícil el dejarlo para más tarde, queriendo continuar. Es fácil reconocer en el sargento Getulio a un tipo curtido por la dura vida, acostumbrado a atropellar a quien se ponga en el camino entre él y el objetivo trazado, aunque por momentos y paradójicamente sea también un hombre religioso. La brutalidad con la que tortura a su detenido no es poca, extrayéndole dientes y observando luego las encías sangrantes, hinchadas y despobladas, deleitándose con su obra, e imaginando la reacción del guiñapo cuando reaccione del desmayo. Filosofa también tras decapitar un teniente por faltoso, y la carnicería desatada en la previa. Y claro, intenta imaginar qué puede haber ocurrido para que amigos enterados de lo sucedido le recomienden soltar al detenido y fugarse lo antes posible. 


Otro detalle muy interesante es la descripción al borde de la muerte desde la óptica del futuro fiambre: es muy atrayente, no hay esa lucecita blanca poética y cursilona, aquí es puro tremor intentando aferrarse a este mundo a cada manotazo, a cada gesto, a cada palabra sin sentido, hasta gruñir, babear, y exhalar; el autor nos hace partícipes de la agonía de uno de sus personajes.







Leo en la oreja del libro que el autor tenía treinta años al publicar esta obra, adjudicándose el prestigioso Premio Jabuti de Literatura aquí en Brasil en 1972 como autor revelación. 

Particularmente João Ubaldo Ribeiro dio un salto abismal entre su primera novela y ésta, donde con tanta sangre y pedazos de carne y cerebro salpicando a cada cambio de página era muy fácil perderse en lo gore y pasar rápidamente desapercibido, pero él realizó lo más difícil, imprimiéndole poesía (sí, por muchos trechos es muy poético), humor negro (la absurda perspectiva del sargento entre tanta sangre divierte, y cómo), introspección (las profundas cavilaciones del sargento ante la loca realidad en la que se mueve, tan natural para él), en tan pocas páginas (son 163), haciendo de esta una de esas obras que vencerá la difícil barrera del tiempo, al menos en Brasil.

viernes, 30 de agosto de 2013

Bebel, que a cidade comeu, Ignácio de Loyola Brandão


Editora Brasiliense, 1968 


Me deparo con este título y portada sugestiva con que cuenta la primera novela de Ignácio de Loyola Brandão, y pienso ipso-facto que en este voluminoso libro encontraré puterío al doquier, pero tras avanzar por el primer largo capítulo –el más difícil, a pesar del puterío- percibo que no es del todo así.

En éste primer capítulo conocemos a Bebel, la linda joven de barrio que sueña con ser una actriz famosa no sólo en Brasil sino en Hollywood, y que hará prácticamente de todo con las personas correctas para alcanzar su objetivo aprovechando al máximo su belleza física, al grado de agarrarle el gusto por el sexo furtivo con quien le venga en gana, y por supuesto con sus amigos, entre los cuales se destacan Marcelo y Bernardo, comenzando así una vida liberal y libertina, donde no hay cupo para sentimiento alguno.

Marcelo es un aprendiz de revolucionario, enamorado por las acciones del Che Guevara, y loco por mudarse a Cuba, que ve como modelo a seguir. Bernardo, más parsimonioso, un joven periodista, anhela escribir un libro - probablemente el alter ego de De Loyola Brandão-, llegará a trabajar como reportero en un diario paulista. Ambos compartirán la amistad de Bebel, y algo más cuando a ella le entren ganas de alguno de ellos. A este trío se les sumará Renato, también llamado de Renatão (Renatón), reaccionario las 24 horas, quien pareciera despertar cada día con la furia suficiente para salir a quebrar a los burgueses, la sociedad y sus reglas; tendrá su oportunidad de descargar toda su rabia cuando, tratando de huir, se cruce en su camino un diputado federal quien había atropellado a un joven, siendo capturado, torturado, humillado y masacrado por Renato y parte de su grupo, en unos capítulos donde la violencia extrema rinden muy buenas páginas; y también estará Dina, pintora, bohemia, coquetea con el bisexualismo, y Bebel siempre estará lista a satisfacer su curiosidad, ella los acompañará en muchas de sus salidas y enredos a los que se meten hacia el final de la novela.






Imagen capturada de un trecho de la entrevista con Jô Soares. De Loyola Brandão aparece como actor de una escena de la película "O santo milagroso" de Carlos Coimbra.


Si bien encuentro el puterío esperado en el primer extenso capítulo ya en los otros está muy claro que el tema principal del libro no es ése, pareciera más bien la ascensión –con el sudor de sus nalgas-, fama, y posterior caída con la lenta degradación del ser humano que parece ser una analogía del Brasil de aquel tiempo, los primeros años de la década del ’60, época donde comenzó la feroz y larga dictadura en éste país. 

Publicada en 1968 –en plena dictadura- quién sabe si el autor no esperaba ya una posible censura y se inventó una historia –con portada y contra portada evidentes- que disimulara el verdadero meollo, la burla y crítica no sólo de los que se hicieron del poder por la fuerza sino también a los políticos elegidos en democracia, pues cuando gozaban de ella mucha gente pensaba que sólo una dictadura pondría orden a tanta corrupción de los que habían sido elegidos por el pueblo, y este hecho tiene la particularidad de ser muy actual pues algo similar ocurre nuevamente desde hace unos años por aquí: es común escuchar gente joven decir que sólo una dictadura acabaría con tanta corrupción, o sea que 50 años después Brasil sufre de lo mismo, siendo quizá la única diferencia que ahora hay cómo mantener la economía estable.

De todos los personajes que De Loyola Brandão nos presenta encuentro más interesantes a la del título, Bebel, quien llega a hacerse de un lugar en la televisión como vedette, bailando, sonriendo y claro, mostrando el cuerpo, siendo común y frecuente su presencia en todo programa y publicidad televisiva y gráfica, pero ella quería más, quería ser actriz, y cuando llega a formar parte de una compañía teatral verá cómo su fama y popularidad de la que tanto se jactaba se le irá de a pocos, casi sin percatarse, hasta llegar a ser solamente un vago recuerdo en la memoria de la gente, eso sumado a las trasnochadas, el alcohol, algo de droga, se verá perdida en una inmensa soledad, sin poder visualizar futuro alguno; la ahora espectro de símbolo sexual será solamente otra criatura solitaria en un mundo al que nada importaba. Renato, con la violencia a flor de piel, errando el camino y eclipsando cualquier perspectiva, queriendo dárselas de justiciero acabará convirtiéndose en uno igual a los que tanto odia. Marcelo, quizá animado y aún efusivo, con los ideales efervescentes por la visita de Jean Paul Sartre y Simone de Beauoviur a Araraquara (São Paulo) acaba siendo el más fiel a sus ideales aunque estos los lleven a un trágico final. La correspondencia que manda desde la prisión, aunque breve y concisa me parece exquisita, transpiran toda su fe, sus ganas, su resentimiento, su desespero, su melancolía, y finalmente su resignación.

El título juega con el doble sentido aquel: sí, muchos tipos pasaron por ella, pero el verdadero significado hace referencia a cómo fue deglutida por la industria, como sus compañeros y todos sus compatriotas por la nueva sociedad instaurada, donde la pérdida de la identidad, la incomprensión, la dificultad de comunicarse entre ellos comenzaba a ser el cotidiano.

miércoles, 3 de julio de 2013

Misterios de Curitiba, Dalton Trevisan


Año de publicación : 1968

Presente edición : Editora Record, 1979 



El año pasado, un mes después de haber leído su primer libro de relatos “Novelas nada ejemplares” el escritor curitibano Dalton Trevisan se alzó con el prestigioso Premio Camões 2012, el más importante galardón en lengua portuguesa, y él por supuesto no acudió a la ceremonia de entrega, manteniendo firme su convicción a mantenerse alejado de cualquier aparición en público. 

Acabó de cumplir 88 años de edad a mediados de junio pasado y sigue entregando un libro –siempre de cuentos- por año a su editora. Lo bacán es que aquí en Curitiba la prensa no lo incomoda, parece no perseguirlo, ni aún con la tremenda noticia de aquel premio, al que le siguió meses después el Prêmio Machado De Assis 2012 por parte de sus compatriotas. Si bien hay una fotografía circulando por ahí de un viejito cargando una bolsa de libros y otra de frutas, la mayoría de curitibanos –y los que no somos, pero nos sentimos un poquito- parece respetar esa opción suya al silencio y a las sombras publicitarias. No es difícil saber cuáles son los lugares que frecuenta, pero felizmente sólo hay una fotografía reciente de él y capturada sin que él supiese. En vez de molestarlo hay que respetar su deseo, aunque sería bueno hacerle saber lo agradecidos que estamos por continuar produciendo. Rubem Fonseca, Lygia Fagundes Telles –me debo libros de ella-, y Dalton Trevisan son quizá los mayores escritores brasileños vivos, y de ellos tres probablemente sólo el primero tenga un reconocimiento en países de habla no portuguesa, con respectivas traducciones para que el público de otros lares puedan conocerlos. Para nuestro caso, los hispanohablantes nos los perdemos. 

En este libro de relatos hay más realidad pura y cruda de una Curitiba en que quizá los medios cambien pero no ciertas costumbres. 

Pero también encuentro un punto diferente en este libro: “Em busca de Curitiba perdida” es un relato melancólico y muy poético mostrándonos todo su amor por esta particular ciudad a través de una bella prosa; es toda una declaración de amor. De la misma manera en “Modinha” rememora costumbres de la vida en Lapa, municipio vecino de la capital curitibana, también un relato melancólico, con mucho garbo, y trazos poéticos. 

Lleno de ironía es el cuento “O duelo” (“El duelo”) donde una familia se muda a un antiguo caserón lleno de gatos, animales que el padre de esta familia detesta; olvidando aquello de que los gatos tienen siete vidas su crueldad para con ellos tendrá un inesperado desenlace. 

En “A comadre” (“La comadre”), la del título insistirá en hacer entrar al compadre a la casa en ausencia del marido, y luego al cuarto, y aunque él inicialmente se resista accederá quizá por la coquetería y belleza de la mujer. Un ruido en la puerta interrumpirá sus caricias. 

“Pedro” y “Cem contos” (“Cien duros”, en Perú podría ser “Cien lucas”) tienen una estructura diferente: el primero es la carta pura y sincera de una mala mujer –que las hay- en su último intento por regresar al lado de su ex al que abandonó por otro que acabó maltratándola físicamente. El segundo también está formulado a manera de una carta donde la remitente expresa toda su desilusión llegando a humillarse exigiendo el monto del título para que al final, con las seis últimas palabras se contradiga totalmente. Esta especie de doble juego es una característica en los personajes del vampiro Trevisan, algunos parecen rayar en la inocencia pero siempre dejando una pequeña entrada de luz como para saber qué puede pasar, y es donde su curiosidad les hace pagar un alto precio, como en la adolescente y su madre de “Minha perdición” (“Mi perdición”) donde ambas no desconfiarán del enfermero que le aplicará una inyección –y algo más- a la joven quien rememora y cavila al respecto de ese incidente traumático. Pero basta conocer a la gente que se encuentra en esta capital y, en la misma actualidad, no es difícil encontrarlos: gente humilde y sincera llegada del interior del Paraná y de otros estados que pagan su derecho a piso con los recorridos capitalinos. Esa inocencia primaria –estupidez se diría desde otra orilla- también está presente en “Abigaíl”, donde la del título a pesar de que es golpeada constantemente valora los efímeros momentos de cariño que recibe de su marido, diría que hasta espera el cambio, hecho que llega de una manera que ella nunca esperó, aunque quizá su entorno sí; lo interesante aquí también es desde dónde nos narra su historia. 





Trevisan también le entra a lo misterioso y fantástico, y de qué manera, “O besouro” (“El escarabajo”) es prueba de ello. Lúcia encuentra una mañana un escarabajo negro bien aferrado a la comisura de sus labios, y sentirá cómo le va sorbiendo la sangre, la vida, la razón. Cuando todos de su familia la creen loca, otro de los integrantes de su familia creerá de una manera abrupta finalmente en ella.

Lo trágico también es un tema del que se nutre mucho de estos relatos, como en “Naquela manha” (“En aquella mañana”) una vecina se deparará con un triste escenario al ingresar a la casa de su amiga. El relato es corto, pero es lo suficientemente detallado para transmitir toda la dureza de un escenario donde la fatalidad campea, más cuando había niños ahí.

No sétimo dia” (“Al séptimo día”) nos presenta el desespero de un recién casado que no puede cumplir sus obligaciones maritales. Toda la preocupación del tipo, de buena familia, nos es presentada hasta que él tome una drástica decisión; el final tras ese hecho es para reír de aquella tragedia. 

Son cuarenta y nueve relatos cortos llenos de tragedia, fatalismo, violencia, abuso, donde quizá sólo la propia realidad los supere. Salvo en los de trazo poético donde rememora algún lugar, en el resto lo que más llama la atención es lo que no está escrito, los silencios que hieren como cuchillos, que dejan imaginar al lector qué pasará ahora, abriéndose a un sinfín de posibles caminos, todos muy válidos. Dalton Trevisan es, qué duda cabe, un maestro del cuento corto, y un escritor que merece más traducciones y publicaciones, por lo menos al español e inglés.

Abigaíl

Mi nombre es Abigaíl. Desde hace un tiempo que no vivía bien con mi hombre. Él llegaba de sombrero medio de lado, escarbando con un palito entre los dientes, sin quitarme la mirada; y yo debatiéndome con la cocina o con los niños, esos angelitos que ese bandido dice que no son sus hijos. Al principio, primero discutía antes de golpearme, últimamente recibía las zurras sin ninguna conversa. ¡Me vas a matar, por Dios..!, gritaba al mundo. El bruto ni pestañeaba, recibía cada puñete que quedé con un ojo morado y con marcas por todo el cuerpo. Pero después de todo no era tan malo así, después de la zurra él me ponía entre sus brazos. Me decía que yo era su negrita, por causa de mi cabello bien negro. Con el pasar de los años comenzó a quejarse de dolor en la espalda, él, amasador de barro en la ladrillera. Cada vez que le pedía dinero para disimular el hambre de los angelitos él botaba espuma por la boca de tanta rabia, tiraba el plato de comida al piso, hasta llegó a rasgar la ropa que lavo para los vecinos.

La última vez salió y no regresó por tres días. Berreaba que su casa parecía un hospicio, y bebía con esas indecentes del 111. Hice mi maleta y le mandé avisar. A la hora del almuerzo él apareció; no quisiera recordar. Estaba en la ventana, entré para peinarme. De espaldas a la puerta podía ver lo que pasaba atrás mío por el espejo. Llegó arrastrando el pie por su dolor en la cadera y se recostó en la pared, siempre con el sombrero de paja de medio lado. Me voltee despacio, esperando la zurra. Con la mano en el bolsillo él sólo me miraba, con una cara amorosa, porque ese hombre siempre fue loco por mí, como si estuviese queriéndome en ese instante, encontrándome bonita. Se fue acercando con esa mano en el bolsillo, y desconfié de sus intenciones. ¡Leandro!, le grité. Ya era tarde, él tenía el puñal en la mano. Me cortó la cara, los pechos, los brazos, tirada en el piso yo pedía ¡Virgen santa…, sálvame!, porque iba a morir en esa hora.
Entonces, él me besó las cinco heridas del cuerpo. No tenía aliento a cachaza; no necesitó de bebida para asesinarme. Leandro huyó, dejándome, pobre de mí, sola en el mundo, con su tristeza.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El trono de la reina Jinga, Alberto Mussa



Título original : O trono da rainha Jinga 

Editora Nova Fronteira, 1999


Creo que esta obra encaja perfectamente en lo que es una nouvelle, y quizá sea la única etiqueta que me atreva a ponerle. No es del todo una novela histórica, pero hay mucho de una parte de la cultura africana de la que se nutre este enorme y multicultural país que es Brasil. No es del todo una novela policíaca, pero cuenta con muchos toques y retintes de aquel género, incluyendo algunos misterios y hasta un caso a resolver. Alberto Mussa nos entrega en veinticinco pequeños capítulos (de tres páginas cada uno, algunos menos que eso) varias historias cortas que se entrelazan, ambientadas en lugares tan disímiles como Río de Janeiro, Goa (India), y Angola a inicios del siglo XVII. 

Mendo Antunes es quizá el personaje principal, la conexión con los otros personajes: comerciante y aventurero, llega a Angola huyendo de la India por la competencia española para ejercer su negocio llegando así a conocer a la reina del título, Jinga, soberana de Ndongo y Matamba, personaje enigmático, poseedora de una fuerza e influencia tan grande que intimida sin necesidad de mencionar palabra alguna. Ella se desenvuelve bien tanto en portugués como en kimbundu, el idioma más utilizado en Angola, aunque muchas veces sus frases concisas pero certeras son una mezcla de ambos idiomas; ella decidirá como estrategia convertirse al catolicismo, adoptando el nombre de Ana de Souza: Mussa nos presenta a una mujer con semblante de divinidad. También, en su reino tenemos el misterio por averiguar quién mató a Calunda, y el asesino está entre las propias huestes de Jinga. Por otro lado están un grupo pequeño de religiosos quienes gustan de las artes de una hechicera azoriana, serán asaltados a la salida del recinto quedando al descubierto ante las autoridades religiosas su reprensible devaneo. También están los esclavos Ignacio y Cristovão, el primero la antítesis del segundo aunque ambos jueguen sus particulares papeles en “la hermandad” a la que se le consigna los diversos asesinatos de gente blanca. Ignacio es un esclavo considerado civilizado por haber recibido educación, siendo inclusive secretario de Mendo Antunes, ya Cristovão defiende con pasión sus creencias y va a la deriva por su enfermo amor hacia Ana, una malvada esclava que pareciera en el fondo deleitarse con el martirio que Cristovão se auto inflige en nombre de ese amor. El auditor general brasileño Gonçalo Unhão Dinis llega a Angola e ipso facto entra en contacto con Mendo Antunes para ayudar en la interpretación de unos antiguos pergaminos encontrados al interior de un atado. Ya el indio Lemba dia Muxito es el encargado de preparar las drogas que Ana requiere, y en especial el divumo diazele el purgante más poderoso con que cuenta la hermandad, motivo de orgullo para su creador. 

En cada capítulo se alternan las diferentes voces de este variado grupo de personajes, y desde su óptica conocemos este delicioso enredo, lleno de individuos fantásticos, y aunque muchos nombres existieron realmente el autor les depara un futuro diferente al real. Pareciera que Mussa se regocijara encontrando un fabuloso hecho y/o personaje en la historia y de ahí partir a elucubrar una ficción que pareciera no tener fin. Me parece que le debe ser difícil ponerse un límite en el momento de elaborar su ficción ya que su escrita parece transmitir esa pequeña explosión de felicidad desde el momento en que investigó descubriendo ciertos hechos de la historia para poder así comenzar a alucinar sobre aquello y concatenar las historias. Ya mi goce como lector está en descubrir parte de todo un mundo totalmente ignorado hasta ahora: la cultura africana, con sus idiomas, dioses, costumbres, aunque aquí todo esto no sea el tema principal, se desarrolla parcial y paralelamente a la acción de sus personajes, casi como de soslayo: 

“Cuando apenas Ngunza y su mujer habitaban el mundo, cuando el cielo y la tierra estaban próximos, él, aburrido, pidió a Zambi que les diese un compañero. Zambi le prometió que les daría un hijo. Entonces, cuando la mujer de Ngunza quedó embarazada comenzó ya a preparar con el pilón la comida del niño. Pero lo hizo tan fuerte que dio con la punta del mortero en el cielo. Zambi, indignado, separó el cielo de la tierra, dejó sola a la pareja y maldijo al niño, previendo que él traería el mal a la tierra.

Cuando Cariapemba nació, comenzó a pedir comida, porque tenía que crecer. Ngunza le llevó pájaros, serpientes, pescados, perros, lagartos, cabras, antílopes, cualquier animal que encontraba en su camino, y Cariapemba no paraba de comer.

Un día, Ngunza fue a cazar y al regresar con las manos vacías, vio cómo Cariapemba comió a su propia madre.

Entonces Ngunza maldijo a Cariapemba, diciéndole que no tendría más comida y no iría a crecer. Cariapemba decidió comerlo, y Ngunza tuvo que atacarlo con su cuchillo.

Comenzó así a cortar a Cariapemba en pedazos; pero él no moría. Cuanto más Ngunza lo cortaba, Cariapemba aún más se multiplicaba, en seres menores que huían por todos lados.

Por eso Cariapemba no crece, pero tampoco desaparece. Continúa del mismo tamaño, con sus pedazos diseminados por el mundo entero.”

Fragmento del capítulo 21, pág. 88. Historia narrada por Jinga.






¿Es esto una leyenda encontrada e inserida en la historia o pura ficción del autor? No lo sé, pero me resulta más que interesante.

Buscando un poco a raíz de esta lectura encuentro que en Cuba el demonio aquel es llamado de Kadiempembe, el espíritu maligno de brujos, asesinos y suicidas. Zambi, también es llamado de Olorúm, es el Dios Supremo en la religión Candomblé. Ya Ngunza aparece en un mito Bantú, donde Kalunga –considerado al sur de Angola como Dios Supremo y el creador de todos los hombres- lleva al hermano menor de Ngunza al mundo de los muertos. ¡Cómo no puede ser interesante ese cachito de todo ese vasto universo! 

Pero el verdadero placer está en esta amalgama creada para desarrollar la historia que Alberto Mussa nos quiere presentar, donde encontramos aquello de que el dolor lava, el dolor limpia. Así también, el mismo miedo, respeto, curiosidad que Mendo Antunes parece profesar hacia la reina Jinga los hago míos ante ese maravilloso y misterioso personaje que ella encarna.   

Al Perú (quizá a México con la rica cultura azteca, y demás países centroamericanos con la cultura maya: no sé si exista en Centroamérica algún escritor con estas características) le hace falta un escritor con estas ganas de meterse a la biblioteca a investigar, visitar los sitios arqueológicos incas, pre-incas (aztecas y mayas para los centroamericanos), encontrar datos y personajes interesantes que debe haber y varios, y comenzar a inventar desde tal o cual punto; quién sabe, quizá Mussa algún día se anime.



El manuscrito que intercepté y que ahora yacía en el poder de aquel singular hombre, era de hecho enigmático. Se trataba de un pedazo de un antiguo documento, rasguñado en su revés. Estaba dentro del odre, formando un pequeño rollo, oculto debajo de unos sucios harapos, cosido por una inhábil mano, y envolvía a su vez unas hierbas dañinas, muy parecido a esos amuletos típicos de las brujas, también difundidos entre los africanos.

Mendo Antunes –que según él mismo aprendió aquel dialecto por sus andanzas en tierras africanas- pudo leer, con alguna dificultad, lo siguiente: 

 Múcua njinda
cariapemba uabixe
uajibe tata uajibe mama
uajibe dilemba uajibe muebo
uajibe quitumba bunjila
ni dicata buquicoca 

 - Interesante... -dijo-, tengo la impresión de conocer esos versos, aunque no recuerdo de dónde. 

 De aquello que él llamaba de versos o lo que fuese, la traducción fue la siguiente: 

 Bravo, el diablo llegó.
Mató a papá; mató a mamá;
mató a tío; mató a sobrino;
mato un ciego de una picada;
un tullido en el camino.
 

Lo miré con profundo desaliento. Aquello no contenía algún dato objetivo. Parecía un conjuro, una fórmula para encantar, una oración de algún aquelarre, pero sin ningún sentido, sin ningún albo definido. En fin, no habíamos obtenido nada, ninguna pista.  Y era de preocupar el hecho de que había gente de mi familia inmiscuída en esa hermandad que surgía ahora más perniciosa y aterrorizante que la armada de los bátavos. 

Súbitamente, un griterío en la calle irrumpió en el silencio. Dejamos de pronto los papeles y nos acercamos a la ventana. Era todo un tumulto en las escaleras de la matriz, pero aquella masa de vendedores ambulantes, mendigos, transeúntes, y desocupados no permitía una visión de la escena. Irritado, Mendo Antunes llamó: “¡Tío! ¡Eulalia! ¡Ignacio!” Una joven mucama acudió a los llamados. 

 - ¿Qué sucede en la iglesia?- Un loco, señor. Un enfermo. Está realizando sermones en nombre de Judas. Dicen que quiere matarse

Ya me abalanzaba por la puerta de enfrente cuando me alcanzaron, y pudimos apreciar el espectáculo: arqueado, sangrando, chicoteándose los propios flancos, un esclavo era expulsado del templo por el sacristán, que trataba sin éxito alguno esquivar los azotes. 

¡Afuera mula...! ¡Móntalo sacristán! – eran las burlas que dominaban e impedían las sinceras tentativas de auxilio. De repente, una guayaba con la ruta incierta acertó de lleno en la nariz del sacristán, que vaciló, algo zonzo, perdiendo el reflejo necesario para evitar el impacto del azote en pleno rostro. 

En aquel instante, llegaba finalmente la guardia, precipitándose sobre el esclavo que, abriendo los brazos se ofrecía francamente al linchamiento. Y hubiese perdido los sentidos si mi autoridad de auditor general, acompañado de Mendo Antunes, no consiguiese quebrar el cerco de la resistencia.

 Vacilante el flagelado superó el dolor para ponerse en pie: iba a pedir perdón al sacristán herido, pero se inmovilizó de repente. Su rostro fue encubierto por una fina expresión de ternura. Parecía fijar la mirada en un punto cualquiera de la confusión. Fue cuando se contuvo, y proclamó la herejía:

 -         Judas también sufrió. Y sólo debe existir un sufridor para que el mal acabe.

 En seguida, arrebató el chuzo al cabo de la guardia y, con movimientos precisos y rápidos se vació los ojos, rodando desesperadamente por las escaleras de la matriz.

Capítulo 2. Pág. 9 a 11.