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viernes, 30 de agosto de 2013

Bebel, que a cidade comeu, Ignácio de Loyola Brandão


Editora Brasiliense, 1968 


Me deparo con este título y portada sugestiva con que cuenta la primera novela de Ignácio de Loyola Brandão, y pienso ipso-facto que en este voluminoso libro encontraré puterío al doquier, pero tras avanzar por el primer largo capítulo –el más difícil, a pesar del puterío- percibo que no es del todo así.

En éste primer capítulo conocemos a Bebel, la linda joven de barrio que sueña con ser una actriz famosa no sólo en Brasil sino en Hollywood, y que hará prácticamente de todo con las personas correctas para alcanzar su objetivo aprovechando al máximo su belleza física, al grado de agarrarle el gusto por el sexo furtivo con quien le venga en gana, y por supuesto con sus amigos, entre los cuales se destacan Marcelo y Bernardo, comenzando así una vida liberal y libertina, donde no hay cupo para sentimiento alguno.

Marcelo es un aprendiz de revolucionario, enamorado por las acciones del Che Guevara, y loco por mudarse a Cuba, que ve como modelo a seguir. Bernardo, más parsimonioso, un joven periodista, anhela escribir un libro - probablemente el alter ego de De Loyola Brandão-, llegará a trabajar como reportero en un diario paulista. Ambos compartirán la amistad de Bebel, y algo más cuando a ella le entren ganas de alguno de ellos. A este trío se les sumará Renato, también llamado de Renatão (Renatón), reaccionario las 24 horas, quien pareciera despertar cada día con la furia suficiente para salir a quebrar a los burgueses, la sociedad y sus reglas; tendrá su oportunidad de descargar toda su rabia cuando, tratando de huir, se cruce en su camino un diputado federal quien había atropellado a un joven, siendo capturado, torturado, humillado y masacrado por Renato y parte de su grupo, en unos capítulos donde la violencia extrema rinden muy buenas páginas; y también estará Dina, pintora, bohemia, coquetea con el bisexualismo, y Bebel siempre estará lista a satisfacer su curiosidad, ella los acompañará en muchas de sus salidas y enredos a los que se meten hacia el final de la novela.






Imagen capturada de un trecho de la entrevista con Jô Soares. De Loyola Brandão aparece como actor de una escena de la película "O santo milagroso" de Carlos Coimbra.


Si bien encuentro el puterío esperado en el primer extenso capítulo ya en los otros está muy claro que el tema principal del libro no es ése, pareciera más bien la ascensión –con el sudor de sus nalgas-, fama, y posterior caída con la lenta degradación del ser humano que parece ser una analogía del Brasil de aquel tiempo, los primeros años de la década del ’60, época donde comenzó la feroz y larga dictadura en éste país. 

Publicada en 1968 –en plena dictadura- quién sabe si el autor no esperaba ya una posible censura y se inventó una historia –con portada y contra portada evidentes- que disimulara el verdadero meollo, la burla y crítica no sólo de los que se hicieron del poder por la fuerza sino también a los políticos elegidos en democracia, pues cuando gozaban de ella mucha gente pensaba que sólo una dictadura pondría orden a tanta corrupción de los que habían sido elegidos por el pueblo, y este hecho tiene la particularidad de ser muy actual pues algo similar ocurre nuevamente desde hace unos años por aquí: es común escuchar gente joven decir que sólo una dictadura acabaría con tanta corrupción, o sea que 50 años después Brasil sufre de lo mismo, siendo quizá la única diferencia que ahora hay cómo mantener la economía estable.

De todos los personajes que De Loyola Brandão nos presenta encuentro más interesantes a la del título, Bebel, quien llega a hacerse de un lugar en la televisión como vedette, bailando, sonriendo y claro, mostrando el cuerpo, siendo común y frecuente su presencia en todo programa y publicidad televisiva y gráfica, pero ella quería más, quería ser actriz, y cuando llega a formar parte de una compañía teatral verá cómo su fama y popularidad de la que tanto se jactaba se le irá de a pocos, casi sin percatarse, hasta llegar a ser solamente un vago recuerdo en la memoria de la gente, eso sumado a las trasnochadas, el alcohol, algo de droga, se verá perdida en una inmensa soledad, sin poder visualizar futuro alguno; la ahora espectro de símbolo sexual será solamente otra criatura solitaria en un mundo al que nada importaba. Renato, con la violencia a flor de piel, errando el camino y eclipsando cualquier perspectiva, queriendo dárselas de justiciero acabará convirtiéndose en uno igual a los que tanto odia. Marcelo, quizá animado y aún efusivo, con los ideales efervescentes por la visita de Jean Paul Sartre y Simone de Beauoviur a Araraquara (São Paulo) acaba siendo el más fiel a sus ideales aunque estos los lleven a un trágico final. La correspondencia que manda desde la prisión, aunque breve y concisa me parece exquisita, transpiran toda su fe, sus ganas, su resentimiento, su desespero, su melancolía, y finalmente su resignación.

El título juega con el doble sentido aquel: sí, muchos tipos pasaron por ella, pero el verdadero significado hace referencia a cómo fue deglutida por la industria, como sus compañeros y todos sus compatriotas por la nueva sociedad instaurada, donde la pérdida de la identidad, la incomprensión, la dificultad de comunicarse entre ellos comenzaba a ser el cotidiano.

martes, 21 de agosto de 2012

Pega ele, Silêncio - Ignácio de Loyola Brandão




1968
Edições Símbolo, 1976
Título en castellano, traducción libre : Dale duro, Silencio. 


Las sorpresas al encontrar ciertos ejemplares no son solamente con los libros en castellano, también en los anaqueles de “Literatura Brasileira” en ocasiones como ésta me deparo con obras como la de la presente entrada, uno de los primeros libros de relatos editado anterior a la novela “Cero”, que incluyen los tres cuentos con los que participó del “Primeiro Concurso Nacional de Contos do Estado do Paraná” en donde Dalton Trevisan se hizo del premio y reconocimiento mayor, pero en que el jurado, al ver la calidad de varios de sus participantes rescató dando menciones honrosas a cinco escritores más: Ligia Fagundes Telles; Flavio José Cardoso; Jurandir Ferreira; Luis Vilela y al autor de este libro, Ignácio de Loyola Brandão. 

El cuento que abre es el que da título al libro, “Pega ele, Silêncio” (“Dale duro, Silencio”), donde el autor nos pasea por la antesala, el durante y el después de la pelea que marcará el destino de Silencio, boxeador amateur de gran futuro en este deporte, quien siguiendo su instinto continuará entrenando dejando de trabajar pues entiende que aquel es el camino más rápido para salir de la miseria que envuelve a él y a su familia. La batalla será también interna pues presenciamos todas las dudas y aflicciones de Silencio al querer tomar la decisión correcta. De Loyola Brandão estructura de una manera no convencional este relato, dividiendo las páginas cuando transcurre la pelea pudiendo el lector al lado izquierdo saber lo que ocurre dentro del ring y ser testigo de la ansiedad por la que pasa el personaje principal, y en paralelo al lado derecho de las mismas páginas sabemos de todos los gritos y comentarios que vienen del público asistente. 

Túmulo de vidro” (“Tumba de vidrio”) nos presenta a una joven y bella actriz ninfomaniaca que de la miseria, el novio pobre, y los pobres escenarios pasa a actuar en grandes obras, aparecer en los diversas revistas y noticias del mundo del espectáculo brasileño, y también copulando con personas más influyentes. Aunque el presente de Anna Maria muda radicalmente ella no se sentirá conforme con lo que va encontrando: su vida así como sus efímeras relaciones le traerán un placer fugaz, sintiéndose al final siempre vacía. 

En “Camila numa semana” (“Camila en una semana”) un grupo de personas que se creen perseguidas se reunirán en una casa huyendo de algo que probablemente no existe. De Loyola Brandão nos lleva y deja en la antesala del caos en un Brasil que parece lejano, muy diferente a lo que hoy es: aquel era el Brasil del régimen dictatorial. Muchas ideas y conceptos que parecen ficción no lo eran en tiempos donde el ridículo reinaba. Aquí el final deja muchas cosas en el aire, pues aunque los personajes quizá no estén siendo buscados tal vez sí hubo un cambio radical en la ciudad en que viven; esa incertidumbre se instala en el momento de percibir el desolador escenario que van encontrando al salir de su auto reclusión. Este relato debe haber generado la idea para su novela “Cero”; parece un capítulo apócrifo de esa posterior obra. 


 
Como si fuera poco el libro viene con dedicatoria de puño y letra del autor hecha el 20 de abril de 1976 para Philp y Sonia: si estuviese solamente la firma del escritor sin dedicatoria probablemente lo hubiese encontrado a un precio diez veces mayor del que estaba. 


Sus personajes son frios, como curtidos por la pobreza, la dura vida, y la injusticia, esperan poco o nada de la vida, ni siquiera parecen buscar felicidad, cada cual a su manera parecen buscar tan solo un poco de dignidad.

martes, 29 de marzo de 2011

Cadeiras proibidas, Ignácio de Loyola Brandão




Título en español : Sillas prohibidas
Año de publicación : 1976
Editora : Codecri
Año de esta publicación : Segunda edición, 1979
Dibujos : Trimano


Con este libro el autor nos invita a un país, su país, donde el absurdo es lo cotidiano, al punto de que las diversas acciones y reacciones no sorprenden más, o no deberían. El mutismo y el conformismo reinan; el que los militares invadan tu casa y rebusquen cuanto quieran, y muchas veces llevándote con ellos sin necesitar mandato alguno es tan sólo parte de la rutina. La literatura brasileña entre mediados de los años 60’s y mediados de los 80’s fue uno de los medios utilizados para la crítica a esas autoridades que censuraban todo lo que salía de lo que ellos consideraban normal. Quizá también para intentar despertar a la gente, haciéndolos ver tan ensimismados, tan idos, en relatos como los que aquí se encuentran. Entre 1964 y 1985 Brasil sufrió constantes dictaduras militares, una tras otra, y lo que aquí Ignácio de Loyola Brandão nos muestra son a esas personas acostumbradas a ser vigiladas, a no reclamar, no contradecir, no informarse, porque es peligroso y desnecesario. La primera edición de esta obra contaba con 24 relatos, esta segunda edición trae 32 cuentos divididos en ocho secciones.

En “O homem do furo na mão” (“El hombre del hueco en la mano”) encontraremos a un hombre que de un día para otro aparecerá estigmatizado con aquella característica, motivo por el cual será relegado de a pocos, del trabajo, del barrio, de la sociedad, convirtiéndose en un paria.

En “O homem cuja orelha cresceu” (“El hombre cuya oreja creció”) estamos ante un tipo que verá como su oreja crece de manera descomunal, llegando a abarcar todos los ambientes de su casa, y en donde el gobierno, como siempre, “encontrará una solución”: irla mutilando y, de paso, alimentando al pueblo hasta el hartazgo (ya me provocó una chanfainita, ¿será parecido?). El problema vendrá cuando la gula sea saciada y la oreja siga creciendo.

Los personajes de “Os homems que esperaram o foco azulado” (“Los hombres que esperaron el haz de luz”) coincidirán todos en una sala de un cine, cuya proyección se irá postergando con el transcurrir de las horas. Ellos realizarán algo diferente: reclamarán, aunque de nada sirva, tampoco podrán abandonar la sala –eso significaría reconocer un error en aquella noche, cuando no hay errores en una sociedad bajo una dictadura-, se verán encerrados ahí y obligados a asistir una película que nadie sabe cuándo comenzará.

Estaremos también ante la estúpida parsimonia de un padre de familia en “O homem que viu o lagarto comer seu filho” (“El hombre que vio un lagarto comer a su hijo”). Cuando se está acostumbrado en una sociedad a todo tipo de atropellos y no hacer reclamo alguno, ni el ver, crudamente, cómo un lagarto va devorando al mayor de sus hijos en su propia casa, despertará en él padre de familia algún tipo de reacción; por el contrario, observará con detenimiento el hecho.

Os homens que contavam” (“Los hombres que contaban”) ironiza con lo extravagantes que debieron ser ciertas leyes. Aquí, cada persona tiene la obligación de contar cuantas manos, o dedos, o bocas, o cabellos (este último está jodido) tiene, y presentarse ante los peritos, quienes corroborarán mediante pruebas científicas si el ciudadano está con la cuenta correcta.

En “O homem que perdeu as letras do livro” (“El hombre que perdió las letras del libro”) un tipo verá atónito como las letras van cayendo sobre sus sábanas ipso facto al cambiar de página, una tras otra, terminando con un cerrito negro sobre su cama, no pudiendo obtener la información que buscaba en el libro. Su esposa encontrará una práctica solución.

La mayoría de estos relatos son cortos (2 ó 3 páginas) y directos, salvo el último, “O homem que procurava a máquina” (“El hombre que buscaba la máquina”) que alcanza las 19 páginas. Aquí un tipo decide averiguar el funcionamiento de la gran máquina por la cual gira la vida de toda una ciudad y sus habitantes, de generación en generación. Mientras nadie se hace preguntas de cómo funciona y qué produce –incluyendo los miembros de su familia- él investigará durante años, llegando a ser visto como una amenaza para el orden y el progreso de la ciudad.

Los más cortos de todos (media página) son “O homem que entrou no cano” (“El hombre que entró en el tubo”), y “O homem que se endereçou” (“El hombre que se enderezó”), ambos publicados inicialmente en Pasquim (semanario brasilero opositor a la dictadura) cuando la redacción entera estaba presa. Ambos de corte fantástico, aunque en aquellas duras épocas, como en todos estos relatos, la ficción se mezcla de tal manera con la realidad que no sabríamos diferenciarlas.

El autor comenta:

Cadeiras proibidas” es un libro abierto. Mientras en Brasil perdure una situación donde la realidad sea más absurda que el propio absurdo esta obra continuará creciendo, con historias con la misma temática. Espero algún día poder concluirla.

Felizmente esos tiempos de dictadura por aquí ya pasaron. Ojalá y no se repita. Por lo menos algo bueno quedó de aquella época: muchas obras como esta, que todavía se pueden encontrar, como para que la amnesia no se instale, y para los que no vivimos esos tiempos sepamos valorar el coraje que muchos autores, como Loyola Brandão en este caso, tuvieron en insistir en la crítica hacia el autoritarismo mediante sus obras.



El hombre que se telefoneó a sí mismo
Para Regina Boni

Discó su propio número. Una, dos veces. “¿Será que no estoy?” Ansioso. Dos llamadas erradas. Nervioso. Allí, en la oficina era difícil conseguir línea. Más difícil aún mantenerla. Se equivocaba, colgaba el auricular en el gancho, descolgaba. Había una llamada para otra persona. Él respondía que no era de allí, del banco, era de la tienda de electrodomésticos, la persona colgaba, él se hacía de la línea y discaba su propio número. Ocupado. Cuatro, cinco veces ocupado. “¿Qué estaré haciendo?” “Yo sabía que no estaba haciendo nada, apenas intentando telefonear a mí mismo. Lo conseguí.”

- Aló, ¿quién habla?
- Tú mismo.
- ¿Yo estoy?
- No.
- ¿Salí?
- No.
- ¿Entonces?
- Moriste.

Debía ser una broma de mal gusto. No era él mismo atendiendo su propia llamada. Había alguien en su lugar, jodiendo. Él jamás haría una broma de ese tipo con otros, imagine si consigo mismo. Colgó. Quedó esperando. Debo haber llamado a un número errado y el tipo está vacilándome. Mientras esperaba, miró por la ventana, hombres hacían huecos enormes, enterraban todo lo que pasaba: buses, camiones, bicicletas, motos. Debía ser un comando anti-represión. No sabía de la existencia de ninguno, pero en una ciudad como esta, a diario surgen cosas nuevas, cosas viejas desaparecen, así sean edificios, autos o personas. Estaba interesándose en la lucha de un camión de cemento y unos trabajadores municipales cuando el teléfono sonó de nuevo.

- ¿Tú llamaste para acá?
- Llamé. Me dijeron que yo no estaba.
- Es verdad, tú no estás.
- ¿Y cómo estoy atendiendo?
- Soy yo quien está con curiosidad por saber cómo estás llamando.
- Es fácil, basta con discar mi propio número.
- No, no es así de fácil. Ya intenté y mucho en llamarte, y nunca lo conseguí.
- Bueno, ahora conseguiste.
- No sé cómo. Disculpa, hay un ruido infernal aquí debajo de mi edificio, no puedo escuchar claramente lo que me dices.
- ¿Qué está sucediendo ahí?
- Están enterrando los edificios, las casas, todo. Un comando anti-habitacional, creo.
- ¿Por qué? ¿No tenemos más el derecho de vivir ahí?
- Creo que no. Pero no puedo garantizarte nada, estoy muy confundido.
- En esta ciudad todos estamos confundidos. Hace poco me escuché a mí mismo decir que morí.
- Fui yo quien te lo dijo.
- ¿Tú?
- Sí, ¿pero tú sabes que yo soy tú?
- Sí, fui yo quien te llamé. Necesitaba hablar conmigo mismo.
- ¿Has pensado mucho sobre ti mismo, sobre mí?
- No morí, ¿no es cierto?
- Te voy a contar una cosa.
- Dime.
- Pero no se lo digas a nadie.
- ¿Y si lo digo? ¿Qué sucedería? Dime.
- ¿No te vas a asustar? ¿Prometes estar tranquilo?
- Prometido.
- Mira, no fuiste tú quien murió.
- ¿Quién fue entonces?
- Fui yo.






Los Hombres que descubren sillas prohibidas


Los hombres no golpearon la puerta, porque hace mucho en aquella ciudad, o país, la policía no necesitaba golpear la puerta para entrar. No traían mandatos judiciales, porque hace mucho los mandatos habían perdido su razón de ser. No había estado de derecho, había estado, más no derechos,
Los hombres entraron, atravesando la sala donde la familia cenaba, hasta entonces tranquilamente.

- Inspección de rutina, comunicó el jefe de los hombres que habían entrado.
- Siéntanse cómodos, dijo el dueño de la casa, regresando a terminar la sopa, indiferente a la súbita invasión. Y es que la indiferencia reflejaba apenas la impotencia.

Los hombres rebuscaron la sala, los dormitorios, el baño, el cuarto de los niños, la cocina, el área de servicio y el dormitorio de la empleada. ¿Dormitorio? Aquellos cubículos, como una mazmorra que hacen las inmobiliarias.
Regresaron de la cocina con una silla blanca de formica.

- Vamos a llevarnos esta silla. Y mañana usted se presenta para prestar su testimonio.
- No sé cómo apareció ahí. La habíamos vendido.
- No queremos saber. La silla estaba en la cocina.

Quizá ellos mismos la habían traído y colocado ahí, pensó el hombre. Pensó, con miedo de que el otro notase lo que él estaba pensando. Los pensamientos estaban prohibidos hace mucho, principalmente pensamiento que dejaran en duda, o en jaque, las acciones de los hombres.

- ¿En qué distrito?
- Noventa y ocho.
- Está bien. Deme la notificación.
- ¿Cuál notificación?
- La que confirma que ustedes estuvieron aquí.
- No estuvimos aquí.
- ¿No estuvieron? Todavía están.
- No estamos. Usted nunca nos vio.
- Entonces, ¿con qué motivo me voy a presentar mañana en el distrito?
- Usted se presentará como voluntario, llevando la silla.
- ¿Y si no me presento?
- Regresaremos aquí.
- ¿Y?
- Mire, vendremos pero no estaremos aquí. No sé si usted comprende.
- Comprendo muy bien. Es de la siguiente manera: yo estoy libre, pero realmente no lo estoy, ¿no?
- Perfecto. Si todos fuesen como usted nuestra actividad sería mucho más fácil. No hemos encontrado comprensión. ¿Sabe lo que me dijo un hombre de aquí, del piso de abajo? Esto no tiene lógica, ustedes no pueden no estar, estando. Le respondí: pues estoy, y no estoy.
- Vamos a ver si entiendo mejor. Usted hizo, pero no hizo.
- Exactamente.
- ¿Y si yo aplicase el mismo criterio a esta silla? Ella existe, pero no existe. No existiendo, no estaría incurriendo en ninguna falta grave. Existe, pero no existe una prohibición para usar sillas, ¿no es verdad?
- Usted lo que quiere es confundirme, pero no lo conseguirá. Por eso me escogieron. Soy un hombre de estudios, fui escogido a dedo, yo era uno de los mejores en logística de mi facultad. Este no es un trabajo fácil.
- ¿Cómo funciona?
- Existe la prohibición de usar sillas. Las sillas son las que no pueden existir. El “sí” es para nosotros, el “no” es para ustedes. Nosotros somos el positivo, el pueblo el negativo.
- ¿Quiere decir que no puedo alegar que ustedes no estuvieron aquí?
- No, porque entre nosotros sabemos que estuvimos. Eso es lo que cuenta.
- Estoy muy confundido.
- Es para estarlo. No queremos nada claro.
- ¿Cómo pueden actuar así?
- No actuamos.
- Acaban de hacerlo.
- ¿Cómo pudimos hacerlo, sino estuvimos aquí?
- ¿Entonces estoy enfrente de qué?
- De un hombre que no existe.
- Usted está loco.
- Y usted es un rebelde. ¿Sabía que no tiene derecho a hacer más de dos preguntas?
- No hice ninguna.
- Hizo varias.
- Hice, pero no hice. Hice, y no obtuve respuesta. Una pregunta sin respuesta no es pregunta, es una simple frase, hasta sin sentido.
- Alto. Mañana en el distrito noventa y ocho.
- ¿Y si no existe el distrito noventa y ocho?

jueves, 22 de abril de 2010

O Cerco ao Atirador Solitário, Ignácio De Loyola Brandão



Anoche terminé la traducción de este excelente capítulo de la novela "Zero" del gran escritor brasilero Ignácio De Loyola Brandão. La novela toda es muy recomendable, y, ante la poca difusión en lengua española de tantos y muy buenos escritores brasileros pensé en dejar aquí una pequeña contribución. Este capítulo es parte de un todo en la novela.

La historia está ambientada en un pueblo de América Latindia, gobernado por una dictadura, donde José (el personaje principal del libro, junto con su pareja Rosa) se encuentra con este caos mientras pretendía encontrarse con Gê, en un punto de la ciudad.

Sobre las anotaciones al final del texto, sólo el punto (2) es mío, intentando explicar el término "corpo fechado", que no es usual en nuestra lengua, y en Brasil sí. Los otros cinco puntos (el 1, y del 3 al 6) sí aparecen en la novela. De Loyola Brandão utiliza mucho en esta obra esas anotaciones a pie de página, donde con sorna explica o realza lo escrito durante el transcurrir de la trama.

El cerco al francotirador solitario.

Sucedió el mismo día en que el avión papal llegó, trayendo 4 mil quilos de presentes para el pueblo hermano, con la bendición del Sumo Pontífice: el primer disparo fue a las nueve y media de la mañana. Acertó en una comerciante de 18 años, novia, pobre (1), con una bala Dundum que explotó en su pecho. Era una plaza, con la estatua de un hombre a caballo, héroe de libros y lecciones de historia. Llegó una radiopatrulla. Cuando el guardia bajó, otro disparo. Fue tan rápido que el cuerpo se quedó en pie, sin cabeza, con el cuello abierto. El otro guardia no tuvo tiempo de bajar: la barriga de éste reventó, los intestinos volaron para una tienda de calzones y sostenes en liquidación. Descubrieron al hombre al pie del caballo, en la estatua. Tenía una caja grande de municiónes y varias armas. La estatua era más alta que los edificios alrededor. Los tiros atravesaban ventanas, vitrinas. Entre las nueve y media y diez horas cuatro cayeron muertos. A las diez y media llegaron ocho radiopatrullas y un carro de la Represión Especial, comandado por Neco Trombada, el más alto y fuerte de todos los agentes. Violento, de hablar mucho y actuar poco, conocido por asesinar bandidos sin preguntar el porqué. Contaban (en el interior de la policía, entre ellos, así que no se puede afirmar nada, porque podría ser calumnia, envidia) que en el inicio de su carrera, a los veinte años, fue secuestrado por un negro en una favela, y que aquel negro lo violentó. Ahora él bajó a la plaza, a comandar, gritando, ametralladora en la mano, apuntando, el súper hombre de la policía, hasta creía en "corpo fechado"(2). Y el francotirador solitario acertó a Neco entre las piernas. Neco gritó, descargando su arma en una tienda de calzoncillos.
Nadie puede bajar por las calles. El francotirador solitario era rápido. Parecía poder ver a 360 grados. No dejaba nada moverse abajo. Las personas se escondían adentro de las tiendas, atrás de árboles y postes. "Terrorista", le gritaban, temblando, y queriendo ser él, allá arriba, omnipotente, con el poder de la muerte sobe los de abajo. Confusión, carros parados, congestionamiento, bocinas, gritos, pitazos, sirenas, ventanas de carros quebradas. Llegó un camión del ejército. El comandante fue muerto al pisar el tapabarro del vehículo. Después, en la lona de la carrocería se abrió una línea horizontal, absolutamente recta, de orificios del mismo tamaño. Los militares que estaban sentados en los bancos, de espaldas a la lona cayeron fulminados, lado a lado, mientras los otros se tiraban al piso y se rehusaban a bajar.
A la una de la tarde, las Tropas Especiales de la Represión, dos Batallones del Ejército Anti-terror, cuatro tanques, cuatro rocha-buses, ocho carros blindados armados con morteros de 4,2 pulgadas (3), bazucas de 66mm tipo M 72, leve: 2 kilos (4). Se dispuso, en puntos estratégicos, bajo la orden de un oficial llamado como el Estratega (5). Mientras se colocaban algunos iban cayendo, y transformándose en fotos para las galerías de héroes en las paredes de las comisarías, cuarteles, corporaciones y afines, homenajeados año tras año.
Le disparaban, el hombre respondía.
Las balas daban en la estatua de bronce, como campana sonando en fiesta. La potencia del fuego de los que estaban abajo aumentaba gradualmente, el hombre respondía pausado, regular, metódico. Los lanzallamas (6) alcanzaban mediana altura y la estatua parecía ser envuelta por el fuego, aquel antiguo héroe con su caballo sobresaliendo de las llamas de la batalla. Pero el hombre disparaba, y los que se aproximaban con los lanzallamas caían, y otros retrocedían. Utilizaban ametralladoras, fusiles de alta precisión, morteros.
Y llegó la televisión, haciendo una cobertura exclusiva para el programa de las 22 horas. Llegaron los camarógrafos, las radios, la prensa escrita, todos contentos porque aquello era como una guerra, sin el peligro de una guerra. Periodistas subieron a las azoteas de los edificios, fotografiaron con teleobjetivos al francotirador solitario, revelaron las fotos. La televisión con transmisión en vivo - con el patrocinio de Jugos de Tomate, el más rojo, el preferido por las amas de casa – mostró la foto: un hombre de unos treinta años, cabello grisáceo, barba mal hecha.
José había ido al séptimo piso, para comenzar a bajar. Había cuatro departamentos por piso. Todas las puertas abiertas. Cada puerta daba a un pequeño hall. En ese hall estaban las putas. Dos por departamento. Estaba caliente ahí y ellas se echaban aire con abanicos, revistas o con las propias manos. El edificio se llamaba “Pombal”, y estaba lleno de gente. Siempre que José llegaba ahí subía hasta el último piso y comenzaba a bajar, siempre mirando a los que subían y bajaban más que interesado en comer a alguna de esas mujeres. El edificio tenía olor a desinfectante, disimulando el hedor a cerveza, basura, sudor, semen. Él entró con la mulata del cuarto piso cuando escuchó el ruido todo. A esta altura hacía ya como media hora que el francotirador solitario estaba debajo de la estatua. Fue a la ventana. El problema sería saber como Gê llegaría hasta ahí para conversar con él. A un lado de la puerta había una señal: una rayita horizontal y cuatro verticales: la marca de los Comunes -¿Magdalena sería una “Común”?-. Magdalena lo codeó, señalándole el camión de prensa; José entró. Tal vez se la cogía mientras Gê no llegaba. El problema sería si vendría, con tamaña confusión formada por aquel loco allá al pié de la estatua -¿Qué será lo que quiere aquel?-. Bien que él sabía. El francotirador solitario no tenía la más mínima chance, pero conseguiría un gran final, apoteósico; le daban ganas de aplaudir ahora mismo. La prensa gráfica estaba barriendo el edificio con sus potentes teleobjetivos. Más tarde, en los servicios de información pasarían las imágenes, examinarían cada rostro en la ventana, cada rostro en la multitud, intentando descubrir Comunes, terroristas, subversivos, criminales. Había sesiones diariamente. La prensa funcionaba, era mejor desistir, Gê no vendría.
Había un plan de batalla en la plaza. Batallones arrodillados, con sus armas apuntando. Tanques con cañones lanza morteros de 81 mm, desmontables en tres cargas; ametralladoras M2, pesadas; ametralladoras M60 calibre 7,62 tipo OTAN, 600 tiros por minuto, munición en cinta, con cambio de base para trípode o no. Las calles alrededor cerradas. El Estratega daba las órdenes a través de un Walkie-talkie. Era su primera misión grande y quería salir bien. Declaraba a la prensa, era filmado, lo pasaban por los noticiarios. El Departamento de Relaciones Públicas ya repartía su biografía mimeografiada, las batallas que había vencido en Corea y Vietnam, las Manifestaciones Populares de varios países de Medio Oriente, su participación en la Guerra de los Seis Días.

- “El problema es que necesitamos ametralladoras M 642-59, alemanas, que disparan dos veces más rápido que las M60.”

El francotirador solitario descargaba y se escondía. En cada descarga le atinaba a uno, tal vez dos. Las ametralladoras comían los pies de la estatua, las balas se estrellaban en las patas del caballo. Habían llamado a otro francotirador para que estudie la fórmula para poder dar un tiro en un ángulo, de tal modo que, de rebote, acierte en la espalda del tipo. Problema: la distancia exigía un arma fuerte, de bala dura, eso haría con que la bala penetrase en el bronce.
A las dos de la tarde el Comandante en Jefe de las Represivas, acompañado de altos mandos militares y de autoridades civiles y eclesiásticas visitó la plaza y reclamó: “¡Estamos destruyendo la estatua de un héroe de nuestra patria!”. El pedestal estaba lleno de huecos de bala. “¡No! No pueden usar granadas”. Pensaron entonces en traer un rayo láser y cortar el pedestal, hacer caer todo y luego erigir la estatua de nuevo. Nadie aprobó la medida.
El Estratega se irritó: ¡Qué me interesa el Héroe de la Patria, mierda! - pensó -. Cavilaba en algún plan sin encontrarlo. Estaba acostumbrado a la selva, al enemigo escondido. Pero ahora, el enemigo estaba ahí, visible. Pasó la mano por su collar – le daba suerte -. Era un collar de orejas humanas entrelazadas en un hilo de nylon. Orejitas secas, como pasas. Como los héroes del far-west que marcaban las muertes en el mango del revólver, o los aviadores que colocaban banderitas en sus cabinas, él también tenía sus manías: quería la oreja del francotirador solitario, pero no se le ocurría cómo hacer para conseguirla.
Fue aquel día, cuando estaba a punto de arrepentirse: recibió el llamado del Ex Mayor Allistair Wicks, de Baker Street. El Estratega estaba en el Zambesi Club en Londres, cuando recibió el telefonema: “Misión en América Latindia”. Él, que después que acabó lo de Vietnam pensó en ir para África o India, cualquier lugar donde necesiten de mercenarios, tal vez Medio Oriente, Egipto, Israel. Increíble: no estaba fácil trabajar. No entendía lo que pasaba en el mundo. Restaba América Latindia, una idea graciosa. El Estratega conocía bien las antiguerrillas en la selva y aceptó el contrato: mil dólares por mes, diez mil dólares de indemnización en caso de muerte, aunque…: ¿A quién mandaría el dinero?
El Estratega trabajó con el Coronel Jean Schramme, el belga, y con el francés Bob Denard. Muchos años en África envueltos en Chombe, Tanzania.
Nadie sabía el verdadero nombre del Estratega y tal vez él mismo lo hubiese olvidado, siempre acostumbrado con el apodo. Con cincuenta años vivió siempre con el arma en la mano, envuelto en batallas en tiempos de paz, convivía con tipos de los cuales también nada sabía, a no ser por escasas referencias. Un ex SS, otro de la Gestapo, uno de la OAS, otros de la CIA; convivió con políticos exiliados, políticos fracasados, idealistas, mercenarios, desertores, guerrilleros, cubanos, alemanes, griegos, argelinos, africanos, aventureros: todo un mundo de clandestinidad, ambiciones, intereses. Conocía antiguos compañeros que hoy son jefes de estado de naciones pequeñas, sustentadas por norteamericanos, o rusos, o chinos, o franceses. En el mismo avión en el que embarcó rumbo a América Latindia el Estratega se encontró con Bimns y Craig, y Delgay, y Bukuvu, pasándose por periodista, por agregado cultural, por representante comercial, por técnico en telecomunicaciones – los gobiernos de América Latindia quieren instalar televisión a colores - respectivamente, pero tres de ellos eran agentes de la CIA, y otro pertenecía a un obscuro y poderoso órgano de los Estados Unidos. Era bueno saber que iban todos al mismo lugar, ya que había siempre la posibilidad de un trabajo conjunto, y por ende más dinero.
Fue cuando descubrió: la nueva misión no era para la selva, era para la guerrilla de la ciudad, y de ciudades él no entendía, y ni quería entender. Odiaba la ciudad. Fue en una ciudad que tomó los únicos dos tiros de toda su carrera. Desesperado en Harlem, buscando a los negros que disparaban desde los balcones, de las ventanas, de los techos, salieron por la mitad de la calle maldiciendo por que ellos bajasen y vengan a pelear como hombres, y tengan casi arrancado su oreja, el hombro, un dedo, un pie. Él renunció aquella misma noche y voló hacia Londres al día siguiente, ansioso por regresar a la selva, buscando al Mayor Wicks, y esperando un llamado.
Había dicho que en América Latindia habían selvas, ríos, indios, animales feroces, mosquitos, calor, cataratas, palmeras, música, mujeres morenas, hombres de bigote, sombreros, cestas, zambas, carnaval, y las mujeres se entregaban a los americanos, ingleses, alemanes, porque gustaban de hombres rubios y fuertes, y que los hombres de allá eran endebles, enfermos, desnutridos, y morían solos: sería fácil ganar mil dólares mensuales.
Y ahora tenía que desalojar a un loco al pie de una estatua.
Neco había garantizado que lo resolvería. El Comandante no quiso Policía Civil envuelta en el caso.
Ahora los rocha-buses estaban descargando sus fuertes chorros de agua. Las ametralladoras, protegidas por escudos de acero, se aproximaban. Se dejaban escuchar las balas del francotirador solitario rebotando en tales escudos. Evacuaron los edificios que se encontraban atrás de la estatua, colocando francotiradores en las ventanas, pero las patas y la cola del caballo impedían la visión. Megáfono en mano el Comandante se dirigía a los gritos. De minuto a minuto las balas llegaban de los lados, de abajo, el fuego de los lanzallamas subía, los chorros de agua formaban una nube compacta. Y el francotirador solitario, indiferente a la bulla, al calor insoportable, a las ráfagas de balas, continuaba matando más policías.

- ¿De qué sirve? - preguntó Gê – Él está allá, disparando, matando gente…, todo para nada.
- Yo entiendo – dice José -, pero esto es la única cosa que la gente puede hacer.
- Si quieres hacer algo, ven con nosotros.
- Pensé en eso. Pero no creo en las cosas en que ustedes creen.
- Por ahora es suficiente con tener rabia. Con el tiempo aprenderás quienes somos, gustarás de nosotros, lucharás como nosotros.
- No, no voy, me quedo solo. Mi lucha es sólo mía.
- Pero qué tonterías dices…, tú sólo estás furioso. Y cuando la furia pase, acabó, y todo quedará en nada. Todo lo que las personas hacen solas siempre queda en nada.
- Y todo lo que la gente hace con otros queda en nada también. Solo arriesgo menos. Un hombre solo se conoce mejor, conoce sus flaquezas y puede meditar e ir conociendo sus cualidades: es más fácil ser un solitario.
- Es más cómodo, sí.
- No. Un grupo trae problemas, desconfianza, envidia. ¿Hasta qué punto todos son fuertes y corajudos de la misma manera? Esta es una buena pregunta: ¿Hasta qué punto alguien aguanta tortura para no delatar a los otros? Cae uno, cayeron todos.
- Siempre alguien queda y todo continúa. Estando solo, tú caes y todo acabó.
- Si yo caigo nada más me interesará.
- ¡Eso es egoísmo! Tú eres un buen tipo. Nosotros estamos al tanto de lo que tú has hecho. Simplemente por hacerlo nomás. Sin sentido. Podrías ser útil.
- No es egoísmo. Cada uno es una persona. Y tampoco es novedad, no llegué aquí a decir cosas originales: sólo quería decir que soy yo, que no consigo ser parte de ustedes. No es mi culpa. Así nací.
- Bueno, dejémonos de boberías. La gente actúa como quiera.
- Mira Gê, nunca entenderías. Un grupo para mí es un castillo de naipes: soplas en la base y todo al piso. Yo vine para lanzar fuego sobre la tierra, y ya quisiera que estuviese ardiendo.

Gê va bajando, vestido de mujer, pintado como puta, con peluca rubia. Pasa sin percibir la camioneta de prensa, se mezcló con la multitud.
A las tres de la tarde, con los policías histéricos, las Milicias, el Comandante, el Estratega, todos gritando, recogiendo sus muertos y heridos. Por pedido del Comandante helicópteros rondaron la plaza, a diez metros encima de la estatua, accionando sus ametralladoras. Estaban en la barriga del aparato, eran circulares y soltaban balas como si fuese lluvia – Minigum 67,62 mm.- Seis mil balas por minuto. En pocos segundos el caballo estaba sin cabeza, y el héroe, en su lomo de bronce, sin piernas ni espada. Fue entonces, en el preciso instante en que las ametralladoras dieron un segundo descanso, el francotirador solitario se irguió disparando contra los pilotos de las naves, como James Bond en esas películas.

- Sí, mi hermano. No sé que anda haciendo él allá encima, se debe haber vuelto loco. Yo sabía, estaba seguro que algún día esto sucedería, sólo que no esperaba que fuese tan rápido. Adamastor tiene sólo veinticinco años.

Las radios y televisoras, los periodistas todos tenían cercado a aquel hombre de anteojos redondos. Él había visto la foto divulgada en la tv, y vino corriendo, consiguiendo perforar la multitud, auxiliado por un guardia. Era chofer de la plaza, y vestía ropas sudadas.

- Adamastor sólo pensaba en triunfar en la vida. Decía que un día llegaría a ser alguien. En el barrio nadie dudaba que lo conseguiría. Estaba estudiando, pero después, ya en el curso, tuvo que parar: era muy caro, y él no tenía dinero para pagarse un cupo en una universidad. Aquel curso garantizaba el cupo, pero era caro, muy caro. Así que Adamastor tuvo que desistir. Después que eso sucedió quedó medio transtornado. Comenzó a trabajar aquí y allá, no mantenía ningún trabajo, creía que ninguno valía nada. Comenzó a trabajar en consorcios, acabó envuelto con la policía, fue a trabajar en compañías de inversiones: era una cosa que daba dinero, todo el mundo se enriquecía, menos Adamastor. Todo empeoró cuando la novia peleó con él, porque Adamastor estaba medio raro. Pero no era nada de eso, no, él sólo quería triunfar en la vida. Si lo hubieran dejado estudiar, si hubiese tenido la oportunidad de tener un buen carro, una casa, una chacrita, una mujer bonita, dinero en el banco, todas esas cosas que hacen feliz a la gente pues…. Él había sido una buena persona. Y ahora iba a morir ahí, debajo de un caballo.

Entonces se escuchó el ruido de un avión, y los tanques se alejaron, la Milicias comenzaron a ahuyentar al pueblo aglomerado. Los megáfonos pedían que evacuasen rápidamente todos los edificios. A las cinco de la tarde no había nadie más; fue cuando el avión regresó. Sobrevoló la plaza y se mantuvo suspenso encima de la estatua. Fue tan sólo un segundo. Se abrió la barriga del avión y la bomba cayó. Llegó con aquel zumbido que se escucha en las películas. Todo tembló. No quedó un edificio en pie, no sólo en la plaza, sino muchos metros a la redonda. Pedestal, caballo, jinete y el hombre subieron en el aire, desintegrándose en una nube de polvo y cemento, de piedra y bronce, de huesos y sangre, y fierro. A las siete de la noche no había nada más que un inmenso cráter, mientras que los tractores de la municipalidad se preparaban ya para reconstruir la plaza, y el Instituto Histórico Geográfico encomendaba una nueva estatua para el héroe, y el alcalde pensaba ya en el cartel a instalar: “Una nueva obra de esta administración a ser culminada y entregada en 180 días”.

(1) El melodrama copia a la vida.
(2) Corpo Fechado (Cuerpo Cerrado), en la religión Ubanda y/o creyentes de espiritismo, se dice de aquellos que no reciben mal en el cuerpo, por diferentes razones. De manera coloquial se entiende como: difícil de morir.
(3) Usadas en Vietnam
(4) Presente de los Gobiernos Amigos.
(5) Oficial jubilado de las guerras en Corea y Vietnam, cedido temporalmente para las acciones en América Latindia como consejero.
(6) Aprobados en la extinta guerra de Vietnam.

sábado, 20 de marzo de 2010

Cero, Ignácio De Loyola Brandão




Título en portugués : Zero 
Año de publicación : 1974 
Global Editora, 1984

Si en “La Loca 101” se ironiza sobre la dictadura y los abusos del poder, en “Zero” la ironía llega al máximo nivel, y el sarcasmo se encuentra en cada página, en cada una de las mini-historias y/o noticias, como por ejemplo, el breve capítulo "Familia": "Mãe esfaqueou o filho em plena rua às três da tarde, e o filho antes de morrer, pediu a bênção da mãe.” ("Madre acuchilla a su hijo en plena calle, y el hijo antes de morir le pide su bendición."), que adornan la historia principal: la de José y Rosa.
El lenguaje es simple y directo. En una conferencia en una universidad brasilera, el autor confiesa que el libro en mención “fue un grito de libertad”.
Fue editada en 1974 y automáticamente censurada por la dictadura de aquella época, siendo Italia quien acogió la primera edición de la obra, para ser recién “aceptada” por las autoridades brasileñas en 1979. Una realidad exagerada (espero: quizá no lo fue, al final toda dictadura hace que la realidad supere a la ficción), llevando a las tristes autoridades al ridículo de sus acciones, y donde la gente de América Latíndia está acostumbrada ya a ese sopor, y a esos escenarios, donde Milícias Represivas; Escuadrones de la Muerte; Cruzados de la Democracia, Defensores de la Tradición y Paladines de la Familia interactúan en el día a día del pueblo, trayendo con ellos el caos e injusticias, todo en nombre del orden y la paz. Mención aparte al capítulo “O cerco ao atirador solitário” (pág 184) que es simplemente extraordinario: Adamastor es el personaje principal de esta historia con mucha sangre, acción, un flash back en su vida: del por qué él, de ser un ser tranquilo y pacífico, cambió a aquel antihéroe de película, casi invencible, casi,. Atrincherado entre las piernas de la estatua de un héroe a caballo en una plaza, explota, y tiene su día de furia. Este capítulo es una de las mejores historias que ya leí hasta el momento, y el libro en cuestión uno de los mejores.