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miércoles, 24 de junio de 2015

El vampiro de Curitiba, Dalton Trevisan




Título original : O vampiro de Curitiba

Año de publicación : 1965

Editora : Civilização Brasileira

Ejemplar 1,431

Ilustración de la portada : Eugênio Hirsch



Velho, se você gosta de Bukowski vai gostar do Dalton Trevisan. Cuando vi que vendría a vivir a Curitiba pensé: ¡vaya casualidad, la ciudad del vampiro!, recordando aquella frase que alguna vez un paulista me dijo en alguna lejana isla, en medio de robots que hacían el trabajo; el nuestro era abastecerlos y hacerlos funcionar. Curitiba no es tan conocida fuera de las fronteras brasileñas por ser la capital del Paraná. Lo es por ser la ciudad donde está ambientada –como la mayoría, sino toda su obra- este libro. Ésta era la única obra que conocía de Dalton Trevisan antes de siquiera imaginar que viviría en Brasil, aunque nunca la hubiese leído. Es más, nunca me deparé con aquel clásico ejemplar de Editorial Sudamericana. Hasta no hace mucho, además de aquella obra mencionada sólo habían un par de traducciones del autor por parte de Monte Ávila Editora, pero las tres son como encontrar algún inocente en alguna discoteca de Kioto, como agua en un desierto. Nunca salgo a buscar un libro específico, y cuando salgo con esa intención encuentro otros, comprando -a veces- algunos que me hacen olvidar momentáneamente el de la idea inicial, así que ya había asimilado que el toparme con un libro del vampiro Trevisan en castellano era casi una utopía.

Mucha expectativa en la previa de la lectura del libro más conocido del escritor curitibano con tintes de maldito, y, aunque ya he podido disfrutar de algunas de sus obras, guardaba cierta esperanza de algo más con el de la presente entrada, y así fue.

A los clásicos personajes de barrio, muchos asfixiados en la miseria, otros acostumbrados a vivir en medio de la decadencia, aquí, el vicio que Nelsinho -alias el delicado, nuestro héroe- cultiva son las mujeres. Él es el personaje principal de los doce relatos de la primera parte, intitulada como el libro, todos con una fuerte carga erótica y algunos que sobrepasan esa fina frontera.

Abre con “O vampiro de Curitiba” (“El vampiro de Curitiba”) donde Nelsinho se presenta, con los caninos afilados, en un monólogo que como una torrente devela sus ansias. Si el perro de Pávlov hubiese podido describir lo que sentía por el alimento mostrado sería algo parecido a lo que Nelsinho sentía al estar ante su más reciente víctima. Él rechaza su soledad, necesita estar con alguna fémina por cerca, porque este vampiro no se alimenta de sangre, su deseo es mayor, simple y directo: sexo. Y el amor (el acto de enamorarse) es la cruz que lo atormenta, la estaca de madera que lo puede aniquilar. Un relato muy lírico, un gran inicio.

Con “Incidente na loja” (“Incidente en la tienda”) comenzamos a participar de sus recorridos por esta capital. Aquí presenciaremos el exacto momento de la conquista. Nuestro héroe seduce, conquista, devora, y se marcha, largando su presa, satisfecho. Aquí se comprueba aquello de que un “no” es tan sólo una invitación a insistir.

Aunque con “Encontro com Elisa” (“Encuentro con Elisa”) no deslumbre como en los dos anteriores en este relato la ironía está más presente en Nelsinho.

En “Último aviso” nuestro vampiro cambiará guiños y gestos afectuosos con una mujer casada en el bus, siguiéndola hasta el cine. Es la crónica de un chantaje, de una pequeña venganza.

¿Quién nunca antes, de chico, ha cultivado un sentimiento de amor –o lo que se creía que era- por alguna profesora? “Visita a professora” (“Visita a la profesora”) toca ese tema, cuando Nelsinho visita a una madura y guapa profesora venciendo su timidez, empujado por saciar un antiguo deseo. Es uno de los más extensos, casi una nouvelle, pero también uno de los que se tornan más cortos.

Na pontinha da orelha” (“En la puntita de la oreja”) nos trae el cortejo a Neusa, una madura –otra más- y atractiva mujer quien no se despega de su madre, doña Gabriela, una anciana con todos los achaques del mundo encima, quien pareciera, al menos esa noche, no poder conciliar el sueño.

En “Eterna saudade” (“Eterna nostalgia”) no basta con tirar (coger, transar, cachar, follar, como quieran llamarlo, pero eso sí, nada de aquello tan cursi como “hacer el amor”, porque Nelsinho no hace el amor, ¡por Dios!), el orgasmo no está sólo en concluir el acto, sino también en hacerlo en el dormitorio de los padres de la víctima. La profanación le excita. El sentir haber superado a su padre lo entusiasma.

En “O herói perdido” (“El héroe perdido”) se puede percibir aquello comentado en la reseña del primer relato. Si el héroe se enamora todo está perdido. Sólo tiene que alimentarse de la esencia vital de cada mujer. Ya el amor es su estaca de madera, su cruz, el sol bajo la piel.

Debaixo da ponte preta” (“Debajo del puente negro”) tiene una estructura diferente al resto. Una violación es vista y detallada desde los puntos de vista de cada uno de los personajes que participaron en aquel acto. Otra pequeña obra maestra.

A noite da Paixão” (“La noche de la Pasión”) revela desde el título un camino paralelo con el libro del cual parece inspirarse: la Biblia. Nelsinho marca una cita con una prostituta en un hostal. Toda la conversa y actos están marcados por detalles y frases de pasajes cumbres en la religión, católica -o de cualquier otra, me imagino-. Desde el nombre de ella, Magdalena, hasta diálogos con trechos bíblicos, previos y durante el acto; ella es el templo que Nelsinho quiere profanar. Si eres muy allegado a lo religioso este relato quizá te incomode en algo. Puede ser tomado como una burla, o quizá hasta un elogio. Lo cierto es que éste relato es otro de los más logrados del conjunto.

En “As uvas” (“Las uvas”) presenciamos otra derrota. Un sentimiento de culpa eclipsa a Nelsinho impidiéndole comenzar el acto. La belleza de Ivone en vez de entusiasmarlo lo intimida. Cada beso, cada gemido fuera de tiempo, el trémulo vaivén del cuerpo en perfecta forma de Ivone es registrado al mínimo detalle, como el acto de ingerir cada una de las frutas del título; un elogio a un fetiche en las entre líneas de lo que sería la pesadilla para cualquier hombre.

El primer grupo cierra con “Menino caçando passarinho” (“Muchacho cazando pajarito”) donde, a diferencia de los que lo anteceden, Nelsinho no es aquel joven despreocupado. Ahora es un correcto abogado, el doctor Nelson, aunque las mañas no cambien. Aquí el doctor Nelson utiliza su poder de jefe para cortejar, seducir y acosar a una cliente. Podemos no sólo saber lo que dice sino paralelamente lo que piensa, sus más obscuros deseos. Otro de los más logrados. 



Dalton Trevisan en una de las últimas fotografías que consiguieron captar.

Ya en el segundo grupo Nelsinho no es el protagonista, pero los diez cuentos que lo componen tienen la misma característica que se puede deducir desde el título con el que se agrupan: “O anel mágico” (“El anillo mágico”). Todos guardan esa dosis de ironía y humor negro (muy negro) que es sello de Trevisan, así como el realismo en lo difícil que las mujeres la tenían (y tienen), como por ejemplo en “Todas as Marias são coitadas” (“Todas las Marías son sufridas”) donde reaparece aquella María de otros libros, la que nunca la tendrá fácil en ésta vida. O en “Dez anos depois” (“Diez años después”) donde Joana recurre a un joven a través de una carta para pedirle dinero. Él no es víctima, pues se revela una relación cuando ella era aún menor de edad. No queda claro si fue con su consentimiento o no, pero lo que sí está cristalino es que aquella muchacha cayó en la vida, rebuscándoselas como puede. “Bichos da noite” (“Bichos de la noche”) es una pequeña obra maestra, muy descriptivo: Pedro, poseedor de un acuario con los cadáveres de los que eran sus mascotas flotando inermes; se puede escuchar los estallidos de alguna burbuja en la superficie del agua putrefacta. Él, en una madrugada de insomnio se enfrentará a una cucaracha que lo observa de cerca. Si tienen estómago sensible mejor no leerlo antes o después de alguna comida. “Luz na varanda” (“Luz en la varanda”) es la historia de una traición descubierta y denunciada donde Laura negará toda acusación y João Maria intentará convencer al esposo que todo no pasa de chismes y mala saña. “Os velhos piratas morrem na cama” (“Los viejos piratas mueren en la cama”) es un relato lleno de nostalgia; “Na força do homem” (“Vigor masculino”) es la historia de José, quien cada vez que salía a comprar algo demoraba entre una semana y diez días en retornar, y cuando lo hacía no habían vestigios de infidelidad, sino de hambre, cansancio, y fatiga. Otra obra maestra.

En realidad sólo el tercer relato del primer grupo no está a la par de los otros once que alcanzan una gran calidad, ni delos otros diez del segundo grupo. Los del primer conjunto: aunque ningún relato sea la continuación de otro se podría ver como un todo en sí, desde el joven Nelsinho que visita a su ex profesora hasta llegar al maduro doctor Nelson que continúa acechando y cazando; un pulido vampiro. Los del segundo grupo también tocan el tema del sexo directa e indirectamente, pero también nos ofrece estampas de vidas sombrías y pacatas en una ciudad como Curitiba con predilección al color gris, desde su cielo color panza de burro la mayor parte de sus días, hasta el color preferido en la mayoría de carros que circulan por ésta capital. Enfrascándose en diálogos que a pocos van subiendo de tono, Trevisan sabe plasmar cada detalle que rodea a sus personajes, cada remilgo, cada guiño, cada gota de sudor, ya sea de cansancio, o de nerviosismo, la obsesión de su personaje del primer grupo, aquella ansia incurable.

Caminar por las calles de Curitiba tras leer uno o más libros de Trevisan es verla a través de otro lente. Hace una semana, el domingo 14 que pasó, el autor cumplió noventa años de vida. ¡Feliz cumpleaños a usted! Y yo, como muchos otros lo celebramos de la mejor manera posible –no acechando la librería de Chain-: leyéndolo. Después de mi hija y mi esposa lo más importante que he obtenido de Brasil son los libros de éste señor –y claro, los amigos- aunque en los últimos días por fin encontré un libro de Ricardo Guilherme Dicke, pero aún no lo he leído, dicen que es otra joya de la literatura brasileña. ¿Quién duda que Dalton Trevisan es un vampiro? El mar es viejo, y todavía se mueve, me decía mi abuelo. Noventa años y Trevisan sigue escribiendo, y publicando. El mismo cariño y agradecimiento que tengo por el director y actor japonés Takeshi Kitano lo tengo por Dalton Trevisan. Con el Premio Camões consigo mi candidato este octubre próximo a Premio Nobel 2015 es este maestro del relato. 


Sin duda éste libro debe estar entre los diez imprescindibles de la literatura brasileña e invita a conocer más de la vasta obra del escritor curitibano. El vampiro Dalton Trevisan es la voz.

martes, 21 de enero de 2014

Desastres do amor, Dalton Trevisan




Editora Civilização Brasileira, 1968.


Es bueno empezar el año sabiendo que la esperanza es una fantasía, es cursi y hasta afeminada. Si hay un escritor que no dejo de leer por lo menos una vez al año ese es Dalton Trevisan (Curitiba, 14 de junio de 1925). Me lo merezco. Nos lo merecemos. Merecemos más traducciones de obras suyas. Él es el cuervo que te sigue y observa atentamente por las frías y sosas calles en Gifu; el gallinazo que ronda mi andar tan lejos y tan cerca por el centro de Lima; el mosquito –aquel pequeño vampiro- que me acecha infatigablemente para alimentarse de mí en Curitiba.

Esta primera edición encontrada trae 16 relatos de los primeros años de la carrera literaria del vampiro Dalton Trevisan donde nuevamente los personajes de sus ficciones son María y João, todos tan diferentes, pero con el mismo nombre, tan común en Brasil, sino en toda Latinoamérica.

Tienen la misma característica que los de otros libros donde parias, marginales, perdedores son sus personajes principales. Son relatos cortos, directos, y por lo general de una tremenda frialdad aunque en éste ejemplar en varios relatos aquí me haya deparado con el más crudo Trevisan hasta el momento, encontrando siempre latente su predilección hacia lo obscuro, su visión de la vida.

Paradójicamente pareciera que aquí en Brasil el interés por su obra es ínfimo. Se extraña lo que no se tiene. Muchos peruanos desde hace unos años y en la actualidad añoramos a Julio Ramón Ribeyro pero sospecho que cuando estaba entre nosotros pocos eran los que le paraban bola. Ya alrededor de éste enorme país que es Brasil pareciera que estamos hambrientos de los cuentos de Trevisan, al menos yo lo estoy, y algunos otros, cuando lo introduzco en la conversa en alguna reunión en alguna noche limeña donde aparecen Rubem Fonseca, Machado de Assis, Clarice Lispector, conocidos y admirados por allá. Llevo en mi conversa a Dalton Trevisan porque merece estar en ese grupo, porque merecemos conocerlo. Para esos pocos osaré dejar un relato del maestro, un cachito no má’.






Nueve

João fue al encuentro con María en el Paseo Público. Eran las ocho de la noche, el parque estaba desierto, ellos se sentaron en medio de la oscuridad. Ella se deja coger la mano, pero no deja que la bese en la boca. Se defiende de los abrazos imputando su condición de señorita:

- Ya me voy. Mamá me espera.

Estaba sentada en las piernas de João. Al pararse, se ven rodeados de unos tipos, algunos llevan sombrero, salieron de detrás de los árboles. Asustada, la muchacha reclama:

- Caramba, qué vergüenza,.. ¡Cuántos hombres!

A lo que uno de ellos responde:

- Que nada… Somos sólo nueve.

El más gordo toma a João y le arrebata a la enamorada:

- Ahora es mi turno.

- Eso nunca –protesta María-, soy señorita.

- Son de esas que me gustan- insiste el gordo.

Él la tira al piso y, al caer sentada, María grita. Miedoso de ser golpeado João huye de allí, escondiéndose tras un cedro, pudiendo escuchar la voz de ella.

Cuando es sujetada María grita con la esperanza de que alguien acuda, pero nadie aparece. El gordo fue el primero, y después fue el turno de todo el grupo.

Él empuja a la muchacha derribándola nuevamente. Por más que ella los rechace María no puede escapar de tantas manos. Llora, pero el gordo le muerde el rostro y ella para de hipar. Cuando él la quiere abrazar María cierra las piernas y suelta un grito. El gordo intenta abrirlas, ella no lo deja. Viendo la muerte en los ojos del otro, María ruega por el auxilio de João. El gordo la abofetea con toda su fuerza, ella se calma.

Mientras el gordo lucha con la muchacha, otro la agarra tapándole la boca. Después del gordo, del segundo, del tercero, fue amenazada que se dejase por las buenas, sino sería por las malas. Entonces ella no ofreció más resistencia a los otros seis hombres. De ahí en adelante después de uno era la vez de otro.

El séptimo fue un negrito y, llegando su turno la muchacha le pide un cigarro. El negrito le enciende hasta tres veces el cigarro, desconfiando de que esté haciendo señales con la llama de los fósforos. María llorando le ruega que la deje para mañana. Él le responde que todavía hay dos más, de los cuales uno de ellos está uniformado y no quiere pelea. Él repara que la muchacha es media fea; siente pena de ella. María se queja de que no puede más. Algo avergonzado, él le da la espalda sin haberle hecho nada.

Después de él es la vez del soldado, y después del soldado de uno más. Los otros habían desaparecido.

María desmaya de tanto dolor y despierta con el sonido de una gruesa voz:

- Fuimos nueve, pero yo fui el último.

Herida, con la ropa en jirones, zigzaguea sin atinar con el portón.

Agachado en la penumbra, João la escucha pidiendo socorro, pero nada puede hacer. Le escucha el lloriqueo, corto y bajito, hasta que se queda quieta. Percibe que María hace señales con los tres fósforos. De lejos presencia el turno del gordo, y luego la vez de los otros, nueve en total.

Arrastrando los pies ella pasa a su lado. Sin coraje de aparecer, João la deja alejarse, despacito, rumbo al portón iluminado.

miércoles, 3 de julio de 2013

Misterios de Curitiba, Dalton Trevisan


Año de publicación : 1968

Presente edición : Editora Record, 1979 



El año pasado, un mes después de haber leído su primer libro de relatos “Novelas nada ejemplares” el escritor curitibano Dalton Trevisan se alzó con el prestigioso Premio Camões 2012, el más importante galardón en lengua portuguesa, y él por supuesto no acudió a la ceremonia de entrega, manteniendo firme su convicción a mantenerse alejado de cualquier aparición en público. 

Acabó de cumplir 88 años de edad a mediados de junio pasado y sigue entregando un libro –siempre de cuentos- por año a su editora. Lo bacán es que aquí en Curitiba la prensa no lo incomoda, parece no perseguirlo, ni aún con la tremenda noticia de aquel premio, al que le siguió meses después el Prêmio Machado De Assis 2012 por parte de sus compatriotas. Si bien hay una fotografía circulando por ahí de un viejito cargando una bolsa de libros y otra de frutas, la mayoría de curitibanos –y los que no somos, pero nos sentimos un poquito- parece respetar esa opción suya al silencio y a las sombras publicitarias. No es difícil saber cuáles son los lugares que frecuenta, pero felizmente sólo hay una fotografía reciente de él y capturada sin que él supiese. En vez de molestarlo hay que respetar su deseo, aunque sería bueno hacerle saber lo agradecidos que estamos por continuar produciendo. Rubem Fonseca, Lygia Fagundes Telles –me debo libros de ella-, y Dalton Trevisan son quizá los mayores escritores brasileños vivos, y de ellos tres probablemente sólo el primero tenga un reconocimiento en países de habla no portuguesa, con respectivas traducciones para que el público de otros lares puedan conocerlos. Para nuestro caso, los hispanohablantes nos los perdemos. 

En este libro de relatos hay más realidad pura y cruda de una Curitiba en que quizá los medios cambien pero no ciertas costumbres. 

Pero también encuentro un punto diferente en este libro: “Em busca de Curitiba perdida” es un relato melancólico y muy poético mostrándonos todo su amor por esta particular ciudad a través de una bella prosa; es toda una declaración de amor. De la misma manera en “Modinha” rememora costumbres de la vida en Lapa, municipio vecino de la capital curitibana, también un relato melancólico, con mucho garbo, y trazos poéticos. 

Lleno de ironía es el cuento “O duelo” (“El duelo”) donde una familia se muda a un antiguo caserón lleno de gatos, animales que el padre de esta familia detesta; olvidando aquello de que los gatos tienen siete vidas su crueldad para con ellos tendrá un inesperado desenlace. 

En “A comadre” (“La comadre”), la del título insistirá en hacer entrar al compadre a la casa en ausencia del marido, y luego al cuarto, y aunque él inicialmente se resista accederá quizá por la coquetería y belleza de la mujer. Un ruido en la puerta interrumpirá sus caricias. 

“Pedro” y “Cem contos” (“Cien duros”, en Perú podría ser “Cien lucas”) tienen una estructura diferente: el primero es la carta pura y sincera de una mala mujer –que las hay- en su último intento por regresar al lado de su ex al que abandonó por otro que acabó maltratándola físicamente. El segundo también está formulado a manera de una carta donde la remitente expresa toda su desilusión llegando a humillarse exigiendo el monto del título para que al final, con las seis últimas palabras se contradiga totalmente. Esta especie de doble juego es una característica en los personajes del vampiro Trevisan, algunos parecen rayar en la inocencia pero siempre dejando una pequeña entrada de luz como para saber qué puede pasar, y es donde su curiosidad les hace pagar un alto precio, como en la adolescente y su madre de “Minha perdición” (“Mi perdición”) donde ambas no desconfiarán del enfermero que le aplicará una inyección –y algo más- a la joven quien rememora y cavila al respecto de ese incidente traumático. Pero basta conocer a la gente que se encuentra en esta capital y, en la misma actualidad, no es difícil encontrarlos: gente humilde y sincera llegada del interior del Paraná y de otros estados que pagan su derecho a piso con los recorridos capitalinos. Esa inocencia primaria –estupidez se diría desde otra orilla- también está presente en “Abigaíl”, donde la del título a pesar de que es golpeada constantemente valora los efímeros momentos de cariño que recibe de su marido, diría que hasta espera el cambio, hecho que llega de una manera que ella nunca esperó, aunque quizá su entorno sí; lo interesante aquí también es desde dónde nos narra su historia. 





Trevisan también le entra a lo misterioso y fantástico, y de qué manera, “O besouro” (“El escarabajo”) es prueba de ello. Lúcia encuentra una mañana un escarabajo negro bien aferrado a la comisura de sus labios, y sentirá cómo le va sorbiendo la sangre, la vida, la razón. Cuando todos de su familia la creen loca, otro de los integrantes de su familia creerá de una manera abrupta finalmente en ella.

Lo trágico también es un tema del que se nutre mucho de estos relatos, como en “Naquela manha” (“En aquella mañana”) una vecina se deparará con un triste escenario al ingresar a la casa de su amiga. El relato es corto, pero es lo suficientemente detallado para transmitir toda la dureza de un escenario donde la fatalidad campea, más cuando había niños ahí.

No sétimo dia” (“Al séptimo día”) nos presenta el desespero de un recién casado que no puede cumplir sus obligaciones maritales. Toda la preocupación del tipo, de buena familia, nos es presentada hasta que él tome una drástica decisión; el final tras ese hecho es para reír de aquella tragedia. 

Son cuarenta y nueve relatos cortos llenos de tragedia, fatalismo, violencia, abuso, donde quizá sólo la propia realidad los supere. Salvo en los de trazo poético donde rememora algún lugar, en el resto lo que más llama la atención es lo que no está escrito, los silencios que hieren como cuchillos, que dejan imaginar al lector qué pasará ahora, abriéndose a un sinfín de posibles caminos, todos muy válidos. Dalton Trevisan es, qué duda cabe, un maestro del cuento corto, y un escritor que merece más traducciones y publicaciones, por lo menos al español e inglés.

Abigaíl

Mi nombre es Abigaíl. Desde hace un tiempo que no vivía bien con mi hombre. Él llegaba de sombrero medio de lado, escarbando con un palito entre los dientes, sin quitarme la mirada; y yo debatiéndome con la cocina o con los niños, esos angelitos que ese bandido dice que no son sus hijos. Al principio, primero discutía antes de golpearme, últimamente recibía las zurras sin ninguna conversa. ¡Me vas a matar, por Dios..!, gritaba al mundo. El bruto ni pestañeaba, recibía cada puñete que quedé con un ojo morado y con marcas por todo el cuerpo. Pero después de todo no era tan malo así, después de la zurra él me ponía entre sus brazos. Me decía que yo era su negrita, por causa de mi cabello bien negro. Con el pasar de los años comenzó a quejarse de dolor en la espalda, él, amasador de barro en la ladrillera. Cada vez que le pedía dinero para disimular el hambre de los angelitos él botaba espuma por la boca de tanta rabia, tiraba el plato de comida al piso, hasta llegó a rasgar la ropa que lavo para los vecinos.

La última vez salió y no regresó por tres días. Berreaba que su casa parecía un hospicio, y bebía con esas indecentes del 111. Hice mi maleta y le mandé avisar. A la hora del almuerzo él apareció; no quisiera recordar. Estaba en la ventana, entré para peinarme. De espaldas a la puerta podía ver lo que pasaba atrás mío por el espejo. Llegó arrastrando el pie por su dolor en la cadera y se recostó en la pared, siempre con el sombrero de paja de medio lado. Me voltee despacio, esperando la zurra. Con la mano en el bolsillo él sólo me miraba, con una cara amorosa, porque ese hombre siempre fue loco por mí, como si estuviese queriéndome en ese instante, encontrándome bonita. Se fue acercando con esa mano en el bolsillo, y desconfié de sus intenciones. ¡Leandro!, le grité. Ya era tarde, él tenía el puñal en la mano. Me cortó la cara, los pechos, los brazos, tirada en el piso yo pedía ¡Virgen santa…, sálvame!, porque iba a morir en esa hora.
Entonces, él me besó las cinco heridas del cuerpo. No tenía aliento a cachaza; no necesitó de bebida para asesinarme. Leandro huyó, dejándome, pobre de mí, sola en el mundo, con su tristeza.

viernes, 4 de mayo de 2012

Novelas nada ejemplares, Dalton Trevisan


 
Novelas nada exemplares, 1959 
Editora Record, 1979 

El primer libro publicado por el maestro del cuento brasileño es este, que tanto alboroto causó en su momento: no estaban preparados para tanta frialdad. Pareciera que hasta entonces no habían plasmado la verdad cruda en historia alguna, y al salir esta obra con sus treinta relatos extraídos de la realidad curitibana, que puede extenderse a la brasileña y latinoamericana, fue albo de duras reseñas y feroces críticas que podrían relegar al olvido a cualquier joven escritor, y más cuando vienen de personajes tan respetados en el ambiente cultural de la época, como Otto Maria Carpeaux, ensayista y crítico literario austríaco radicado en Brasil. 

En todos los relatos se percibe que como nunca la ficción está muy unida a la realidad, como si el escritor hubiese sido testigo presencial en cada historia, para poder describir los detalles –parpadeos, tics, sudores, olores, hedores, silencios, etc- más mínimos para las diversas escenas que grafica con maestría. 

Aunque todas las historias aquí tienen su encanto –desde la más pícara hasta la más triste- los que más disfruté fueron “Pedrinho” que abre el conjunto, donde la tristeza es total: estremece, abruma, desde un principio ronda esa ausencia total de esperanza; “João Nicolau” donde nos presenta las vicisitudes del João del título, un paria, desde su juventud hasta su muerte, relato corto que con mucha habilidad nos entrega lo peor en la vida de aquel tipo; “La sopa”, en la intimidad de una familia humilde, la señora hará una confesión al marido, confesión mucho más dura que una infidelidad; “Penélope”, donde los silencios llegan a ser ensordecedores. 

Algo en común entre todos los relatos es esa tristeza y desánimo que hay en los personajes aunque ante un tercero parezcan felices, normales. Son esos momentos más tensos y duros por los que todos pasamos en alguna etapa de la vida los que Trevisan llega a “cazar” y plasmar en sus historias. 

Al repasar lo que el escritor Carlos Heitor Cony –quien se manda con la reseña e información en las lengüetas- indica, imagino que lo que Carpeaux hizo con su crítica, sin querer, fue atraer la atención de la gente, despertando la curiosidad por saber quién era éste loco por quien el “maestro Carpeaux” –como lo llama Cony- dedicaba tiempo en este libro. 

El maestro Trevisan sigue en pleno proceso de creación y lo que es mejor, publicando: en el 2011 salió su último libro de cuentos “O anão e a ninfeta” (“El enano y la ninfa”); yo por ahora sigo descubriendo sus obras más antiguas, conforme las vaya encontrando. 

Hasta ahora las historias de Dalton Trevisan son un manjar que no empalaga.




Pedrinho 

El niño jaló la falda de la mamá quejándose de un dolorcito de cabeza. Bueno, que vaya a jugar con el hermano; jugando el dolor pasaba. Ella ya estaba atrasada con la cena. 

La familia reunida alrededor de la mesa. 

-         - ¿Dónde está Pedrinho? – preguntó el papá.
-         - Jugando allá afuera – respondió la mujer.
-         - No con nosotros – añadió el hermano. 

La madre se asomó por la ventana: 

-         - Vecina, ¿no vio a Pedrinho? 

Regresando del cuarto el hermano contó que Pedrinho estaba allá, en la oscuridad, él, el más miedoso de la familia. 

-         - ¡Echado con zapatos, mi hijo! 

El niño tenía los ojos abiertos en la obscuridad. El papá encendió la luz, le alisó el cabello, le descalzó el zapato de suela ahuecada. 

-         - Quiero unas zapatillas, papá. 
-          - Después te las compro. ¿Te duele?
-         - Un poco. 
-         - Tu mamá te traerá una sopita. 

Él lloró que no, con los ojos fijos en la lámpara. 

-         - No mires hacia la luz, mi hijo. 

El niño pidió para que la apagase. 

-         - ¿No tienes miedo? 

Sábado frio, con garúa. El papá llevó en los brazos a Pedrinho hasta la farmacia de la esquina. Resfriado, sentenciaba el farmacéutico, después de espiar en la lengua del niño. Recetó un jarabe, una cucharada cada dos horas.
El domingo Pedrinho no quiso salir de la cama. El hermano se cansó de jalarle el cabello, él ni lloró. El papá abrió la ventana. 

-         - ¿No irás a jugar, Pedrinho? 

Susurró bajito que no. 

-         - ¿Todavía con el dolor de cabeza?
-         - Sólo un poquito.
-         - ¿Qué cuente una historia? 

El niño fijaba los ojos en la lámpara apagada. No hizo ni una pregunta, prueba de que no escuchaba. Allá afuera el hermano corría a los gritos. En el almuerzo tomó sopita, por la tarde pestañeó. La madre cosía al lado de la ventana, y, para saber la hora del jarabe, iba a mirar el reloj en la sala. El reloj estaba antes en el cuarto, hasta que el niño hizo señal con la mano, de un día para otro muy pálido. 

-         - El reloj mamá. Duele…

El tic-tac le estremecía la cabeza. La mamá alejó el reloj y, de dos en dos horas, daba a Pedrinho una cucharada del segundo vidrio del jarabe. El niño con la mirada fija en la lámpara. 

De la cocina la mamá escuchó que la llamaba: 

-         - Agua, mamá. Agua.
-         - ¿Duele la cabeza mi hijo? 

Que sí, con el párpado, bajándolo en el ojo vacío. Tanteaba distraído en el aire. Ella le dirigió la mano que se cerró en el vaso. 

La luz encendida, Pedrinho lloriqueaba. Fue enrolado una hoja de papel alrededor de la lámpara. El papá tocó la puerta de la farmacia. El niño no estaba bien, tenía mucha fiebre, y aquel dolorcito en la cabeza. 

-         - No es nada – dijo el farmacéutico. – Es gripe. Es igual a mi bronquitis – y comenzó a toser, llevando la mano a su boca desdentada.
Al día siguiente el niño no quiso almorzar. La mamá le ponía el vaso en la mano: él bebía, con los ojitos cerrados. De la cocina ella escuchó: 

-         - André, dame la pelota. ¡Mamá…! Mira a André.

Llegó a la puerta con el secador en las manos. 

-         - ¿Qué pasa mi hijo?
-         - Nada, mamá.
-         - ¿Su hermano está aquí en el cuarto?
-         - No mamá. Era una broma. 

La mujer regresó a la cocina. 

-         - André, dame la pelota. ¡Mamá…! André no quiere. ¡André me está jalando el cabello mamá! 

Ella corrió hasta la esquina, vino con el farmacéutico. 

-         - Don Juca, ¿no cree que pueda ser …?
-         - ¡Qué esperanza, doña!

Levantó con cuidado la cabeza del niño. 

-         - ¿Él se quejó?
-         - No.
-         - ¿Vio usted? Si fuese aquella enfermedad, gritaría de dolor. 
-         - No para de gemir, el pobrecito. 

A las seis, del regreso del trabajo, el papá entró en el cuarto. 

-         - Él gimió el día entero – advirtió la mujer.
-         - ¿Qué tiene mi machito?
-         - Dolor, papá.
-         - Ya pasa mi hijo. 

No se movía en la cama, muy grande para él, de ojos abiertos en la obscuridad. Lloriqueaba, hasta dormido. El papá saltaba de la silla. Venía a acariciarle la frente: ardía. 

Por la mañana pidió las canicas coloridas. Se agitaba con ellas debajo de la sábana. 

Al retornar del trabajo, el papá vio desde la esquina a los vecinos delante de la casa. 

-         - ¿Por qué demoró tanto hombre de Dios? 

La mujer lloraba en pie, con la cabeza apoyada en la pared. Una vecina restregaba vinagre en los pulsos del niño desmayado. El papá se inclinó en la cama, el niño puso los ojos blancos. 

-         - ¡Pedrinho…! ¡Pedrinho! 

Rechinaba los dientes que ni ataque de perros. Morado de tanto retorcerse, el cuerpo en arco desde la nuca hasta los talones. Después de cada convulsión cerraba penosamente los ojos. Una mosca vino a importunarlo, retiró la mano de la frazada para espantarla. Ella le andaba por el rostro, el niño daba golpes en la oreja. El papá le alisó el cabello sin ver la mosca. 

-         - Pss…, pss… Duerme hijito. 

Con sed, el chibolo con los labios agrietados. Empezó a gemir, no dejó que le inclinasen la cabeza, volteándola en la almohada. Cerraba la mano vacía sin alcanzar el vaso. De súbito un salto en la cama. 

-         - Desvariando, el pobre – dijo la vecina. 

Aquella mosca empezó a volar, él la espantaba con la mano libre. El papá le agarró los dedos. 

-         - Pss…, pss… 

La mamá le inclinó la cabeza y Pedrinho gritó. De noche, el niño de ojos perdidos en la lámpara. Con el papel de color verde no le dolían los ojos. La mujer salió del cuarto, el papá agitó la mano delante del rostro de su hijo: estaba ciego. 

A las once horas el niño gimió de nuevo: 

-         - ¿Te duele mi hijito? 

Tieso en la cama, los ojos presos en la lámpara. El papá llamó a la mujer, ni bien vio al hijo, ella se echó a llorar. Se debatía con la mano libre, un gemido allá en lo hondo. Tragando en seco, agitaba la cabeza en la almohada mojado en sudor. La boca chueca quería morder la oreja como un perrito muerde sus pulgas. 

La mamá rezaba de rodillas al lado de la cama. Pedrinho de ojos quietos. Ella soltó un grito: 

-         - ¡Murió…..! ¡Mi hijito murió! 

-         - No llore, mujer. Soy el papá, y no estoy llorando. 

Con la ayuda de un pariente el papá lo bañó. El niño permaneció duro sobre la tina, no pudieron sentarlo en el agua. Después la mamá lo vistió, ni era domingo; pantalón azul, camisa blanca, con saco, como un hombrecito. No calzó los viejos zapatos. Lo abrazó tan fuerte, quería ser enterrada con él en el mismo cajón –el hijo tenía miedo a la oscuridad. 

El papá compró las zapatillas dos números mayores. Con el paquete bajo el brazo vio, entre cuatro velas prendidas, al hijo que descansaba sobre la mesa. Calzó las zapatillas blancas, nuevas, en los pies fríos. Al peinarle el rubio cabello constató la cabeza: todavía hervía. 

Se acurrucó en un lado, encendió un cigarro. El cigarro cayó de la boca, y se le partió el corazón en siete pedazos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Virgem louca, loucos beijos, Dalton Trevisan



Traducción libre : Virgen loca, locos besos
Año de publicación : 1979
Año de la presente edición : 1980
Editora : Record
Género : Cuento


Nuevamente los personajes de estos seis relatos son esas personas comunes del día a día, María y João, que podrían ser de cualquier lugar pero, como en todo relato de Dalton Trevisan (1925) las historias están situadas en su Curitiba natal.

Con una prosa tan directa y precisa, y diálogos tan fríos y punzantes Trevisan nos devela una sórdida Curitiba, donde no imaginamos que aquella persona amable que conocemos tan sólo de vista pueda ser capaz de cometer actos bajos e inmorales.
Como en “Orgía de sangue” (“Orgía de sangre”), donde mientras los hijos están en la escuela la madre se hace un cachuelo, echándose un polvo de aquellos, por supuesto con alguien que no es el marido; chamba es chamba. También en “O beijo puro na catedral do amor” (“El beso puro en la catedral del amor”) donde estamos ante el encuentro furtivo de la señora –quien extraña los días de farra- con el amante, y con los hijos al lado. Aquí se alternan los lloriqueos de los bebés con los gritos y gemidos de la madre. En “O baile do colibrí nu” (“El baile del colibrí desnudo”) João, preocupado porque la “desgraciada” de María lo enjuició por pensión alimenticia, se verá envuelto en un caso policial por ser pillado en una fiesta, especie de mini-orgía, con una menor de edad. En “Mais dores, mais gritos” (“Más dolores, más gritos”) João no olvida a María, a pesar de irse con una rubia oxigenada pero veinteañera, y regresa a su antigua casa y a su antigua mujer, invirtiéndose el orden, siéndole infiel a la amante con la ex mujer. Aunque María reniega, siempre sus puertas están abiertas para él. En “O quinto cavaleiro do apocalipse” (“El quinto caballero del apocalipsis”) João, semi-desnudo, con las bolas al aire (al estilo de “el abuelo” de El día de la bestia”, de Álex de la Iglesia), como cansado de la vida, recordará el pasado y confesará los males que le aqueja sentado ante André quien lo visita; João está esperando su hora. Trevisan nos presenta en este relato a un João diferente al de los otros cinco relatos; éste cita a Jesús, Sócrates, es conocedor sobre la Ley Aúrea y la Princesa Isabel I quien la instauró, e incluso le adjudica al personaje una frase de Rimbaud, cuando espeta: “Mierda para Dios”.

El relato que abre es el que da título al libro, siendo también el más extenso, pudiendo ser una nouvelle. En “Virgem louca, loucos beijos” (“Virgen loca, locos besos”) Trevisan degrada a María hasta el punto de reducirla a un esperpento humano. Mirinha, seducida y ultrajada a los quince años por su jefe João, éste casado y padre de cuatro hijos, verá cómo su vida se va como por un desaguadero. Al quedar embarazada es llevada para practicarse un aborto ilegal, quedando al descubierto por la madre, una pacata y religiosa mujer quien la expulsa de casa y le quema sus pertenencias. João desenvolverá una obsesión por María al punto de querer asesinarla en un ataque de celos, previa tortura física y psicológica. El relato es crudo, no sólo en los trechos de violencia física explícita sino también en los diversos coitos que esta pareja mantendrá a lo largo de la historia. María, al igual que su hermana Lilí, también expulsada de su casa (la madre tiene una peculiar manera de corregir a sus hijas), entrará a la prostitución, y se volverá alcohólica. Su deformidad no será tan sólo moral, sino también física, siendo consciente ella de cómo la vida la ha tratado, al verse al espejo y no reconocerse. Cuando decide abandonar a João y tanto el personaje como el lector creeremos que su vida se encaminará aparecerá Zezé, una lesbiana quien también se obsesiona por María. Le será difícil salir de ese infierno.

Algunos de los personajes se repiten en los relatos (como Lilí, la hermana de María, y el doctor André), no llegando a ser una continuación; no es un todo segmentado en seis partes, sino seis relatos independientes.

A pesar de la tristeza que pueda dar el destino de los personajes hay espacio para el humor en la trama, un humor muy ácido, con el cual Trevisan nos muestra los problemas existenciales humanos de sus paisanos curitibanos. Las frases cortas y mordaces tanto en los diálogos de los personajes como del narrador omnisciente parecen ser el sello característico en la obra del curitibano Dalton Trevisan.




Orgía de sangre

- Traje la revista.
- ¿Quién te la dio?
- Aquel señor. Ya te dije. ¿Quieres ver?
- Bien juntitos.

Admirando página por página.

- Mira que rico.

Bebe el whisky y aprecia las bellezas.

- Esas posiciones las conozco todas.
- ¡Mira! ¡Qué barbaridad! Virgen santísima…
- ¿Nunca lo hiciste? Con dos es tan rico. Ni imaginas.
- ¿Tienes alguna amiga?
- ¡Por Dios! Ahora soy casada.
- Pucha…, mira. Qué confusión. ¿Cómo pueden?
- Dame un sorbo más.

Primero bebe y luego responde.

- Qué pena. Acabó.

Ella le muerde el cuello.

- Ahora es nuestra vez.

Ya abre el cierre del pantalón.

- Espera.

Dos vueltas a la llave. Cierra la cortina. Abre el sofá.

- Así es mejor.

Desnudo y de medias negras.

- Virgencita… Olvidé el calzoncito.

De malla blanca, hace una bola y lo tira debajo del sofá.

- Quédate de zapatos. Me gusta verte con tacos altos.
- ¿Todo blanquito eh?

Mejor no, el peligro de estar ante el horrible pezón negro.

- Déjate el brasier.

De pronto, el besito furtivo en la boca, sólo uno.

- Quiero ver esa lengüita de lagartija.

Por entre la ropa dispersa ella alcanza la revista.

- Ve espiando.
- Espera. Mi cabeza está fuera del sofá. Arrímate más allá.
- Caramba, igual al viejo dragón de San Jorge.

Con un ojo en la revista, otro en ella.

- ¿Por qué?
- Porque escupe fuego
- ¿Cuál de las dos te gusta más?
- ¿Sólo dos? Mucho más que dos. ¿Quieres ver?

Se exhibe de frente, sentada, de espaldas, de rodillas, ya ni sé.

- Ay…, que buena mano. Bendita…
- Detente. Detente con eso.
- …
- Más despacio.

La revista, olvidada en el suelo.

- ¿Ahora, mi ángel?

Ella es la dama y el sota de los naipes del Kama Sutra.

- Mira, cómo es quietecito.
- Ahora, bueno.
- ¿Y aquí? ¿Ya salió sangre?

Babea el cuello para defenderse del beso en la boca.

- Haz que vibre mi ángel. Ay, qué rico.
- Un poco más puto. Rásgame.
- …
- ¡Más! Ponlo todo. ¡Mátame!
- …
- Lo que puedas. Sácame sangre… Golpéame… Reviéntame… ¡Más! Ay…, que muero.
- …

De rodillas, ella agarra el dinero debajo del sofá.

- ¿Nada más? ¿Ni una más?

Todo vestido, extiende dos billetes sobre la mesa.

- No tengo. ¿Cómo aprendiste?
- Por ahí. En la vida.
- ¿Fue con André?
- Con ése no. Creo que tiene vergüenza. Me vio niña. Sólo me descuenta cheque. ¿Sabes, el de dos millones? Di para uno. Él pasó para otro. Y cayó en las manos del agiotista.
- Ahora estás perdida.
- ¿No quieres ser mi aval?
- Pobre de mí. ¿Tienes algún amor?
- Quien tenía se murió.
- ¿De niña nadie te agarró?
- Recuerdo que tenía cinco años. Mi mamá iba a buscar agua.
- ¿No había agua en casa?
- Sólo de pozo. Para beber ella traía del tubo. Me dejaba sentada en una sillita. Yo me quedaba abanicando al abuelo. Con un abanico de cartón. Él tenía falta de aire. Estaba en las últimas.
- ¿Y qué hacía él?
- Ahogado usaba una bombita, que envidiaba. Sufría por no ser asmática. ¿Ya viste? Cuando murió me dejó esa bombita. Hasta ahora la tengo.
- No pregunté por eso.
- ¿Sólo piensas en eso eh?
- Anda, cuenta.
- Pasión fue la del viejo Pedrinho. Era jubilado. Me perseguía por la ciudad. De cada esquina salía atrás mío.
- ¿Dónde eran los encuentros?
- En la pensión de Teteia.
- ¿Te gustaba él?
- Me daba todo lo que yo pedía. Setenta y tres años. Yo, en la flor de los diecisiete. Casado con una mujer sin quijada. La hija loca y encerrada en el altillo.
- ¿Tu mamá nunca desconfió?
- Sólo una vez ella me dijo: Pedrinho es un viejo sucio.
- ¿Qué hacía él?
- Era gordo. Siempre bufando. No llegaba a ... Me pedía: Cuenta. Cuando eras niña. Cuenta. Tú y Ditinha. Cuenta angelito. Yo repetía lo que él me enseñaba. De repente a los gritos: Ahora mi ángel, ahora. Tan cansado estaba que necesitaba dormir, hasta roncaba. No podía agacharse. Yo le ponía los zapatos. Pobrecito de mi abuelito, ¿Sabes que se murió?
- ¿Y el de la revista quién es?
- Un señor muy diferente. Pulcro. Viudo.
- ¿Te gustan los viejos?
- Siempre que necesito él me ayuda.
- ¿Tu marido no desconfía?
- No, por Dios.
- ¿Los hijos son de él?
- ¿Quién puede saber mejor que yo? Después del segundo yo volví a salir. Antes no podía arriesgarme.
- ¿No hay peligro?
- Quien habló de mí bien que pagó. Si mamá comienza, yo le digo: Calma mamita. ¿Pero tú pararías? Ni ella. Y eso con un sólo diente.
- ¿Aquí adelante?
- Ya le dije: No se queje mamita. Es dolor aquí, dolor allí. Me hace pasar cada vergüenza. Cuando ella mastica…
- Con el último canino.
- … yo volteo la cara. Una porque no sale de la ventana. Otra porque se pinta demás. ¿Eso sí ve la señora, no? Y todavía se queja de que está ciega. Mire que Dios castiga.
- ¿Qué tipo de hombre te gusta?
- Muchachos no. Sólo hombres hechos.
- ¿Cómo yo?
- Yo te quiero mucho. ¿Sabes que Dios castiga? Todas las que hablaban de mí. Vea a la hija del doctor. Me despreciaba. ¿Y en qué acabó? El marido no sale del bar. El hijo con una pedrada en el ojo. ¿Te acuerdas de Odete? Tanto habló, y ahora mire. Corriendo atrás del paraguayo. ¿Existe mayor holgazán? ¿Y Lili? Toda puritana. ¿Y ahora? En los brazos del sargento. Allá en el banco de la plaza. Desnuda debajo del sacón. ¿Vio cómo no sirve hablar?
- ¿Y tu marido en la cama?
- Pobre de mí. Cada uno en su esquina.
- ¿Nada más?
- Soy perseguida por una doctora.
- No me digas.
- De terno. Cabello corto. Voz gruesa. Se dejó crecer el bigote.
- ¿Y el maridito sabe?
- Ahora voy a encontrarlo. Ay…, ya me atrasé.

Los hijos en el colegio.

Tres besitos en la cara. Afligido, hasta la revista se olvidó.

martes, 13 de abril de 2010

La guerra conyugal, Dalton Trevisan



A Guerra Conjugal, 1969
Editora Civilização Brasileira, 2da edición 1970, ejemplar 588.

Un escritor muy importante y leyenda viviente en la literatura de este país es el curitibano Dalton Trevisan. Él tiene una vasta obra en su haber. La lectura fue rápida, su prosa te envuelve con facilidad. En esta obra encontramos 30 cuentos: todos tratan en base al tema de las relaciones de pareja. Sus personajes son parias, lo que me hace recordar al autor del libro anterior: Julio Ramón Ribeyro, que en sus cuentos encuentro personajes similares. En esta obra las parejas, personajes principales de cada cuento, llevan el mismo nombre: João y María, quizá justamente para graficarlos como personas igual de comunes que sus nombres. Las escenas descritas son de situaciones diversas, en diferentes estratos sociales, y las tramas se desarrollan en Curitiba.
El libro empieza con el gran relato: “O Senhor meu Marido”, pero este cuento lo retomaré al final.
Los textos son de gran calidad. “A Morte do Rei da Casa”, donde la infidelidad está presente pero, a diferencia del cuento anterior, aquí esto causa la sorpresa normal en uno de los personajes.

“Diecinueve años vivió la pareja en paz, hasta el día en que D. María recibió la siguiente carta: -“Tu marido tiene otra. El nombre de ella es…. ¡Rosinha!-. Un amigo.”

El cuento trata en cómo María repara -luego de aquel aviso- detalles notorios, que delataban ya una posible infidelidad, y que no percibía antes. Excelente trama.
En “O Leito de Espinhos”, la historia es muy interesante porque los personajes comienzan con una personalidad marcada y conforme va pasando la historia van intercambiando de carácter, llegando a ser, al final, ella como era él al inicio, y viceversa. Así, el texto comienza con el matrimonio de María y João, donde todo era felicidad, y a la media hora de estar en el cuarto nupcial ya empezaron las peleas, por creer él (sin ver la prueba en las sábanas) que María no era pura.
Encuentras que no siempre son los personajes varones los malvados: se van intercalando esta característica en varios cuentos, así se ve nuevamente en “O Martírio de João da Silva”.
“O Anjo da Perdição”, es quizá el cuento más extenso, pero está tan bien escrita la conversación entre los personajes, con un fino sentido del humor, que se llega a leer muy rápido. Trata de la conversa entre un hombre casado maduro y de ella, una joven con poses de inocente (sólo poses) que se deja seducir de a pocos, disfrutando por igual de las caricias recibidas como de las frases pomposas del caballero, las cuales no estaba acostumbrada recibir.

- No está bien que usted coja mi mano. Total, soy novia del sargento, y lo que estamos haciendo es una traición, ¿no lo es doctor?.
- Traición ninguna. Ser novia no es ser monja. Mi cariño por ti es de padre. Me contento con mirar ese rostro tan lindo….- mientras uno de sus brazos trabajaba intentando subirle el vestido, siempre con desvariados elogios para cada pedacito de su cuerpo.- Esta imperfección – por la pequeña cicatriz en el cuello- , ¡es la mayor perfección de la naturaleza!
Acabó envolviéndola entre sus brazos.
- ¡El señor no me puede forzar!- retrayéndose, dejando duro su cuerpo, con ojos enemigos.
- No tenga miedo mi ángel. Siéntese un poco más. Una conversación no hace mal. La línea del amor – mirándole la mano y haciéndole cosquillas en la palma -, revela que es esclava de la lujuria.
- Creo que no le gusto al sargento.
- ¿Por qué?
- Él nunca me dice eso.
- Si no lo hace es porque es un bruto. Quien mira ese rostro tan dulce – pellizcándole el cachete con la mano trémula – no puede dejar de decirlo. Tú lo que necesitas es de cariño.
- ¿El doctor es así de cariñoso con sus hijos?
- Contigo es diferente. Para mi eres un ángel perdido del cielo.
(Extracto)


Los cuentos “O Críme Perfeito”; “A Normalista”; “A Noiva do Diabo”; “Idílio Campestre”; “A Última Carta”; “Quarto de Horrores”; “A Traição da Loura Nua”; “Este Leito que é o Meu, que é o Teu” siguen esa línea, dejándo un gran sabor y con ganas por querer continuar ya con la siguiente historia.

Mención aparte para los cuentos “Paixão Segundo João” y “Os Mil Olhos do Cego” ya que tienen un tema en común: la homosexualidad. Las historias son relatadas con un fino sentido del humor.

El cuento “O Senhor meu Marido”, es diferente, una traición y un marido sumiso. Con un final diferente.

João está casado con María y vivían juntos en una casa pequeña de dos piezas en Juvevê: era una calle de barro y él no quería que la esposa se mojase los pies. El defecto de João era ser demasiado bueno: le daba todo lo que ella pedía.
Mozo del "Buraco do Tatu", trabajaba hasta muy tarde; una noche regresó a casa más temprano encontrando a sus hijas solas, y a la menor con fiebre. João le trajo agua con azúcar, y cuando ella se durmió se fue a la esquina a mirar la calle. María llegaba abrazado de otro hombre, despidiéndose con un beso en la boca. Embistió furioso contra los dos, el amante corrió y la esposa de rodillas pidió perdón en nombre del hijo que llevaba en el vientre.
João era bueno, era manso, y María era única, para él no había otra: se mudaron de Juvevê para Boiquerão, donde nació la tercera hija. Ellas eran las nuevas Marías: María da Luz, María Dores, María da Graça. Con tantas Marías él confiaba que su mujer se encaminase; en poco tiempo la encontró de bata lanzando besos volados a un sargento de la policía.

Triste era el regreso a casa: sorprendió al sargento en cueros saliendo por la ventana. Con la ilusión de que María se arrepienta, juntando sus ahorros y las propinas de mil noches en pié (¡ay!, sus pobres piernas, azules de varices) construyó unos pequeños cuartos en Prado Velho.

María era pecadora de alma, cuerpo y vida, no se arrepentía de sus errores. Ni bien nuestro João le daba la espalda, ella dejaba a las hijas con la vecina y salía, toda pintada. Se volvió amante del chofer de la línea de ómnibus Prado Velho – Praça Tiradentes: subía gloriosamente por la puerta del frente, sin pagar pasaje.
Una noche la casa fue apedreada. Era la esposa del chofer que quebraba todos los vidrios. María despertó a las hijas y golpeaba en ellas para que llorasen a los gritos. Con tal escándalo João vendió a pérdida el inmueble y se mudaron de Prado Velho a Capanema.

Ahí María anduvo de amoríos con un malandro de fino bigote y zapato marrón de punta blanca.

Él no se preocupaba con salir, recibía al fulano con él en casa. Era el célebre Candinho, de las noches alegres, quien deslumbraba a as niñas con caramelos de miel y trucos de magia con cartas.

João encontró un calzoncillo de seda extendido en el tendedero; con una preciosa "C" bien grande. Rasgó la prenda en tiras y convidó a la cuñada a casa, rogándole que hable con la hermana. Pobre de él: ella era otra perdida. Candinho apareció con un compañero, que afanaba a la cuñada. María preparaba emparedados con refresco de maracuyá. Encerradas en el cuarto, las niñas escuchaban las risas de la mamá.
João no tenía suerte: regresó antes de lo normal y el amante estaba ahí. Incitado por la mujer, Candinho no huyó, y los dos hombres se pusieron a discutir. El marido agarró un cuchillo afilado y María de brazos abiertos cubrió el cuerpo del amante.
João reparó en el volumen de la barriga y dejó caer el arma. Con dolor en su corazón, él durmió en la sala hasta el nacimiento de la cuarta hija: otra María para intentar desviar a la mujer del mal camino. La esposa salió de la maternidad y se mudaron nuevamente, de Capanema para Mercês.

Mujer sin juicio: comenzó de nuevo con el tal Candinho. Un domingo, con João en casa, inventaba para salir a comprar remedios para una de las hijas. Él exigía entonces que llevase consigo a la mayor. Ahí se iban los tres: la mujer, la hija y el amante, a comer pollito. La niña tenía que prometer que no contaría nada sino se iría directo al infierno. La niña se sentía culpada delante del papá y sólo conseguía dormir de luz prendida; la obscuridad estaba llena de diablitos.

João soportó las mayores vergüenzas en público y en la presencia de las hijas. La mujer no se corregía. Tan flaco era que estaba todo esquelético, con una llaga en el duodeno.

Se llevó a la suegra a casa y se mudaron de Mercês para Água-Verde. Otra vez, encontró el patio un calzoncillo con las iniciales con florecitas, esta vez acompañado de una camisa. João expulsó a la suegra y luego mostró las ropas a la hija mayor que, abrazándolo, reveló que ella y las hermanas quedaban encerradas en el cuarto solitas hasta la una o dos horas de la madrugada en cuanto mamá paseaba en la calle. Ella llegaba con un señor perfumado, que les ofrecía caramelos de miel y su nombre era "tío Candinho". La mamá le servía tallarines con vino tinto, y reían mucho, pero ella no podía dormir por acordarse de él, su papá, corriendo sin descanso entre las mesas. Antes que João decidiese una nueva mudanza, esta vez de Água-Verde para Bigorrilho, Maria huyó con el amante, dejando un recado pegado con goma de mascar en el espejo del tocador:

“Siendo usted mi marido, un insensible sinvergüenza, sepa que luego regreso a buscar a las niñas, que son de mi sangre, y digo mi sangre porque usted sabe bien que de la suya no son. Usted no pasa de un extraño para ellas. En caso usted no sea buenito yo revelaré el nombre del verdadero padre, no sólo a ellas, sino también a todos tus colegas del “Buraco do Tatú". Ya me cansé de ser siempre señalada como culpada, digo eso para que usted no sea un cretino y salga corriendo atrás de un trasero en una falda. Sólo desprecio es lo que siento por usted, sabe muy bien que para mí usted no vale nada.”

Once días después María telefoneó para que por caridad fuese a buscarla. Enferma y hambrienta, abandonada por Candinho en una pensión de mujeres. João era manso y María era única, para él no había otra. Fue a su encuentro a la pensión. Ella con feas heridas por todo el cuerpo. Gracias a los cuidados de João sanó rápidamente. Prueba de su mejoría, un calzoncillo con inicial diferente se agitaba en el tendedero.
Sin cuenta de los barrios en Curitiba: se mudaron para Bacacheri, después de ahí para Batel (donde nació una hija más) y por ahora, están bien felices en una casita de madera en Cristo Rey.


Tiene un final inesperado: un final feliz, o quizá no tanto. Siempre pensaba que me eran desagradables los finales felices, hasta que leí ese cuento: excelente texto, excelente libro.