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viernes, 15 de mayo de 2015

Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges



Año de publicación : 1935

Año de la presente edición : 1996

Editora : Alianza Editorial



Vaya colección que nos regala Jorge Luis Borges en esta pequeña –de tamaño- gran obra. Los hay para todos los gustos, y de los lugares más apartados, pues en todo lugar hechos infames se han ejercido desde el inicio de los tiempos, aunque de diferente manera, como queriendo evidenciar que ésta raza humana realmente fue un proyecto errado, pues en mayor o menor medida esa característica destructiva está en lo más profundo del ser humano.

Un hecho curioso es que a pesar de las acciones que los diversos personajes realizan Borges se las ingenia para presentarlas de una manera divertida. El primer grupo intitulado como el libro nos trae a un impostor londinense, nómada, cual gitano (“El impostor inverosímil Tom Castro”); un canalla norteamericano (“El espantoso redentor Lazarus Morrel”); un certero sicario, compatriota del anterior (“El proveedor de iniquidades Monk Eastman”); una cruel y salvaje pirata china (“La viuda Ching, pirata”); un precoz y frio asesino (“El asesino desinteresado Bill Harrigan”); un japonés carente de honor (“El incivil maestro de ceremonias Kosuké no Suké”); y un embustero y falso profeta (“El tintorero enmascarado Hákim de Merv”).

Cada uno de estos siete relatos son basados en hechos reales, dejando Borges un índice de las fuentes en las que se inspiró hacia el final del libro. “El hombre de la esquina rosada”, a diferencia de los que lo anteceden es una ficción que no es basada en escrito alguno, y que apareció bajo el pseudónimo de Francisco Bustos. Ya el grupo posterior denominado “Etcétera” trae ocho relatos, todos muy breves, pero tan o más sucedidos que los del primer grupo.

Toda la complejidad como la bajeza del ser humano se puede ver retratada en éste conjunto que Borges nos ofrece, y no sólo observarlos con desdén desde otra orilla, quién sabe si hasta podríamos vernos reflejados en alguno de ellos; quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Esta publicación de Alianza Editorial trae los prólogos de la primera edición de 1935, y también la de 1954, y desde esos primeros y breves escritos ya uno empieza a disfrutar del rico manejo del lenguaje del que el maestro Borges hace gala. Este libro es toda una joyita, los escritos de Borges son realmente adictivos. 






El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké


El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas, conmemoran el hecho - para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes - tal es su nombre - es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de "orientalismo" deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.


La cinta desatada

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.

El simulador de la infamia

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable. Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.

Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que 1o ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza?¡Oh, tú indigno del nombre de Samurai!

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.

Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.


La cicatriz

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.

Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.
En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.


El testimonio

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor. En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.

La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.


El hombre de Satsuma

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.

El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.

Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales - salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.


Tales of Old Japan by A.B. Mitford, London, 1912 

Páginas del 73 al 81.








The thrill is gone - B.B. King 

Hoy iba a dejar un tango, pues recordé que hace algunos meses atrás había escuchado cantar algunos a Jorge Luis Borges: "creo que he sido suficientemente desafinado, correctamente desafinado, históricamente desafinado", decía, tras aventurarse a cantar algunos de su preferencia. Pero hoy, un grande músico nos dejó, así que un tema de B. B. King acompaña una entrada sobre Borges. 

El tema que dejo es uno de los primeros que escuché, porque Luciano Pavarotti en uno de esos shows que hacía para recaudar fondos invitaba músicos y cantantes tan dispares para alternar con él. De aquel show, donde quería escuchar al tenor al lado de Joe Cocker, casi sin querer pude conocer este tema con B. B. King. Fue así que supe de él, de sus punteos cortos, de sus diversas muecas, de la pasión que derrochaba cuando acariciaba a su ahora viuda Lucille. 

Descanse en paz, maestro. 

jueves, 31 de enero de 2013

Rayuela, Julio Cortázar



Primera edición : 1963
Presente libro : Editorial Sudamericana, 19º edición, agosto 1976 

Cuando me hice de este ejemplar los puestos de los libreros aún ocupaban la primera cuadra del Jr. Quilca en Lima, la que desemboca a la Plaza San Martín. Lo recuerdo bien pues fue uno de los primeros libros que adquirí cuando me entró el bicho por la lectura. Pero, al primer intento por leerlo fue abandonado rápidamente: no estoy apto para Cortázar todavía, pensaba. No quería obviar las muchas frases en otras lenguas –con predominancia del francés- que prontamente van apareciendo en el transcurso de la trama, así como también las incontables menciones a bandas y músicos de jazz que los personajes de El Club de la Serpiente van compartiendo con nosotros. Recuerdo haber regresado al librero donde lo adquirí –con ellos se podía conversar de literatura, parecen haberse leído todos los libros y más, ya los vendedores de libros no, estos son fácilmente reconocibles- y me contaba que lo mejor era estar con una libretita y lapicero al lado e ir anotando las frases en otro idioma y los nombres de los músicos, bandas, actores/actrices, escritores y diversos artistas e ir a la biblioteca a buscar información sobre el significado, conocerlos, saber qué música hacían, en qué películas habían participado, y en lo posible hacerse de ellas; era mediados de 1994 e internet aún no era masificado. Y creo que hay otro nivel más: para los que tienen la suerte de viajar a París, poder recorrer las calles por la que los personajes de este libro se mueven, para ellos esta obra debe cobrar otro sentido, como abrirse a otro nivel. Así, esta lectura se ha postergado dieciocho años y medio, y con una computadora con conexión a internet -aunque sin viaje a París- es menos trabajoso saber más sobre las informaciones que el loco de Julio Cortázar (Ixelles, Bélgica, 1914 – París, Francia, 1984) nos va dejando, como migajas que develan un sendero. 

Sí, loco. Y para comprobar esa demencia es tan sólo llegar al capítulo 34: cómo maldije a la Editorial Sudamericana… No puede ser…, al igual que con el libro del venezolano Héctor Mujica de la Editora Pomaire, con errores de edición…, pero a la editora Pomaire nadie la debe conocer afuera de Venezuela, ya la Ed. Sudamericana es un clásico, y con errores de impresión y en un libro de Cortázar…. No, no hay ningún error con la edición. El bueno de Cortázar presenta dos historias en un mismo capítulo que se van alternando, una historia en las líneas (renglones) impares y otra en las pares, o sea, a sacar una tarjeta e ir leyendo con cuidado de no errar pues las letras son pequeñitas. 

Después de aquel capítulo 34 da ganas de sacar la encuadernación y verificar si no hay un breve capítulo escondido en el lomo del libro. Debo estar descubriendo el fuego pero de Cortázar hay que esperarlo todo. Otro ejemplo son las diversas palabras inventadas, tan musicales que se amalgaman perfectamente entre sí y con otras de nuestro idioma. 

Alguna vez escuché o leí –creo- a Ivan Thays sobre cómo sería Cortázar en esta época teniendo él un blog, haciendo entradas con enlaces infinitos a sitios en idiomas tan diversos como el árabe o el japonés; sí pues, ¡cómo se divertiría él! 

La primera versión, la que se lee de una manera “normal” en capítulos correlativos y que finaliza en el cap. 56 (404 páginas hasta ahí, en esta edición, como dije, de letras pequeñitas) está ambientada en París. Oliveira, La Maga, y todos su amigos y compinches se enfrascan en densas conversas donde cada quien expone de una manera muy particular y por momentos desaforada sus puntos de vista. Sobrellevan su difícil vida de inmigrantes en París sin –por lo visto- dejar en ningún momento que cualquier dificultad se interponga en cultivarse de una manera diaria e intercambiar informaciones analizando al extremo, por ejemplo, alguna canción o grupo musical. Por muchos momentos esto es exagerado, es llevado al límite, como durante el descubrimiento de la muerte de Rocamadour, el bebé de la Maga en medio de una de esas reuniones. 

Cada personaje es un mundo diferente y estando juntos muchas veces chocan, pero intentan concatenarse y son esos los momentos realmente deliciosos. 

A la segunda manera de leerlo se le suman 99 capítulos más, en su mayoría más breves que los del primer grupo y siguiendo el “Tablero de dirección” propuesto por el autor en el umbral de su laberinto. 



Rayuela. Poco más de dos meses –y alternando lecturas de otras obras: el libro de cuentos de Santiago Nazarian y la autobiografía de Jack London- para concluir esta obra. O la amas o la odias. Pero para encajarse en el primer grupo hay que darle su tiempo, dejarse arrobar por las palabras, hay que ir por la trama como pisando sobre cajas con huevos. Hay capítulos que incluso podrían considerarse como una obra independiente, pero juntas proporcionan un encanto mayor. En cada conversa de los personajes se respira arte –hasta que el arte te harte, como dice la canción- y nosotros los lectores estamos ahí, somos parte del Club de la Serpiente. Pareciera que esta obra no finalizara nunca, que siempre puede encontrarse una nueva manera de leerse inventando una nueva dirección, consiguiendo el autor como nunca unir al lector con él y con sus personajes a través de ese lenguaje tan lúdico e intimista. 

Rico, denso y a la vez cristalino, por momentos de una perturbadora obscuridad, inquietante, que fascina. 







Yellow Dog Blues - Louis Amstrong 


Como mencionaba líneas arriba, con un computador con conexión a internet es menos trabajoso conocer las informaciones que vamos encontrando. TheLSymbolic subió a su canal muchos de los temas que en esta obra aparecen. Ya es gratificante el poder escucharlos, pero hacerlo mientras lees el capítulo donde es mencionada la banda o música es mejor todavía. Dejo uno de los que él subió, (por cierto, ¡gracias!) y ahí al lado, en su canal podrán encontrar el resto del grupo llamado "Jazzuela". 

sábado, 30 de abril de 2011



La primera vez que estuve ante una obra de Sábato fue con “Abbadón y el exterminador”, de esto ya hace muchos años. Recuerdo que mi "caserito" del Jr. Quilca al que solía acudir, una vez me comentó, algo parecido a esto: mira, este libro, así como los dos que lo anteceden los tienes que leer algún día.

Confieso que ése día para “El túnel” y “Sobre héroes y tumbas” increíblemente todavía no llegó. Además de estas obras Sábato nos deja muchos libros de ensayos, y, también una postura no esperada en su comportamiento para con la dictadura de Videla; pero, si escogiera mis lecturas de acuerdo a las ideas políticas (algunas veces variables) de los escritores, me perdería a Borges, a Gabo, a Knut Hamsum, y a compatriotas como Vargas Llosa y Guillermo Thorndike.

Sus actos no deberían eclipsar su obra literaria, pero comprendo que esto es muy difícil, en este caso, más para los hermanos argentinos. Estoy entre los que intentan separar al artista del hombre, separar la obra del pensamiento ideológico, y por lo primero, no podía dejar de sentir la partida de este escritor inmortal. Que descanse en paz.

miércoles, 21 de julio de 2010

El beso de la mujer araña, Manuel Puig.




O beijo da mulher aranha; El beso de la mujer araña; Manuel Puig 1976; Ed Círculo do livro 1981; Argentina.


El otro libro encontrado en aquel lugar fue el del argentino Manuel Puig: la suerte estuvo de mi lado al encontrar cada una de estas obras a RS1, ya que en librerías de cadenas, tipo Livrarías Curitiba (libros nuevos) no bajan de RS30 y en Livrarías Sebo (de segunda mano) normalmente deben estar entre RS10 y RS15, y si es que se encuentra estas obras en particular.
Recuerdo que hay una película basada en este libro: sé incluso que ahí trabajan Raúl Juliá, William Hurt y Sonia Braga, pero hasta ahora no la he podido ver.

En esta novela con dieciséis capítulos asistimos al encuentro de dos tipos de mundos totalmente diferentes en la celda 7 del Pabellón D: al del reo 16,115, Valentín Arregui Paz, preso político, un tipo muy cerrado en sus ideas y convicciones, metódico y estudioso; y del reo 3,018, Luis Alberto Molina, encerrado dos años después que Arregui por corrupción de menores. Cuando crees que nada podría haber en común entre el revolucionario y el compañero afeminado la trama va desvelando que no es así, ya que esta inicia con una fluida comunicación entre ambos, desenvuelta, como veremos en el transcurso de la obra, a raíz de las historias de las películas que Molina le va narrando a Arregui: con esto descubrimos que además de la soledad, la añoranza por las mujeres de sus vidas: Marta, en Arregui, y en Molina su madre; y el bajón por la difícil situación que pasan, también tienen en común la pasión por el cine. Estas historias ocupan buena parte de la trama, y son, particularmente, las partes menos interesantes; en algunos casos llegan a ser muy extensas: aunque muy descriptivas son –para mí, y discutible por cierto- somnolientas. Lo que encuentro de atractivo -y es lo que me salva de quedarme dormido en pie en el bus mientras leo- durante aquellas narraciones es ver en Molina una repregunta sobre algún detalle en particular de alguno de los personajes o un comentario con humor sobre alguna acción, lo que denota el interés de él en las historias que va escuchando, pues es lo que le da libertad, le permite traspasar la pequeña celda que es su triste universo.

- ……..Lo mira, y suspira profundamente, aliviada, contenta porque el pajarito no se asusta con ella. Va hasta la cocina y prepara unas tostadas con mantequilla, y avena, y ….
- No hables de comida.
- Y panqueques…
- Mira, estoy hablando en serio. Nada de comidas ni de mujeres desnudas.
- Bueno, ella lo despierta y él está feliz al verla tan en confianza en la casa y le pregunta si quiere quedarse viviendo allí para siempre.
- ¿Él todavía está echado?
- Sí, ella le llevó el café a la cama.
- Jamás me gustó tomar café luego de levantarme. Antes que nada me cepillaba los dientes. Continúa, por favor.
- Bueno, él quiere besarla. Y ella no lo deja aproximarse.
- Seguro tiene mal aliento, no se lavó la boca.
- Si te vas a burlar no tiene gracia en que continúe.
- No, por favor, estoy escuchando.

(pág. 15 y 16)



En esta convivencia forzada se llega a desarrollar una amistad, complicidad y lealtad, por momentos transmite algo de ternura. Las conversaciones del Director del presidio con Molina, incitándolo a que obtenga información de Arregui a cambio de su libertad están muy bien desarrolladas: te puedes imaginar a aquel tipo, siendo breve su aparición en la trama (cap. 8, 11 y 14). El capítulo catorce inicia con una conversación de éste con un superior, previo a una última entrevista con Molina, donde sólo presenciamos el diálogo del Director encontrando la respuesta de su interlocutor en la verborrea del primero (pág. 201 y 202): muy interesante esta parte, a pesar de ser corta. El capítulo quince es un informe muy detallado (con intervención de llamadas, como en toda dictadura que se respete) sobre la actividad de Molina en su reciente libertad, intentando reconocer en sus diálogos algún mensaje codificado o cita con personas cercanas a Arregui. El capítulo dieciséis, y último de la obra es una verborrea surrealista de Valentín posterior a una de sus torturas, donde encontramos un sentimiento de culpa por parte de Arregui por saber el destino de su ex compañero de celda: estos tres últimos capítulos fueron lo mejor de la obra, por ser diferentes entre sí y con los capítulos que los anteceden. Además, hay anotaciones a pié de página hechas por el autor. En verdad, más que anotaciones son largos conceptos transcritos que van desde el investigador inglés D. J. West con su “Teorías sobre el origen físico de la homosexualidad”, hasta el austríaco Sigmund Freud, pasando por el intelectual norteamericano Norman O. Brown con su “Life Against Death: The Psychoanalytic Meaning of History” (“Vida contra muerte”) donde el autor nos deja estas teorías sobre un posible acercamiento a una respuesta del por qué del homosexualismo, para tener en cuenta a la par con la lectura de la novela. Confieso que estas notas también me rescataban del sopor en que me envolvían las largas historias narradas por Arregui. Como colofón hay una reseña sobre el autor donde, entre otros datos, informan sobre su estancia brasilera. Lo dejo en portugués ya que éste idioma no es ruso ni húngaro, se puede llegar a entender aún para quienes no tengan contacto con portugueses o brasileros:

Em Brasil, além de ter entrado em voga, Manuel Puig acha que encontrou respeito. A adaptação teatral de “O beijo da mulher-aranha”, em agosto de 1981, chegou ao palco do Teatro Ipanema, no Rio de Janeiro (com Rubens Correa e José de Abreu, direção de Ivan Albuquerque) no momento em que o livro, em oitava edição, completava quase cinqüenta semanas na lista dos mais vendidos no país.
Talvez por isso, Puig tenha resolvido fixar-se no Brasil. Aos quarenta e oito anos, morador do Leblon, Rio, conclui o sétimo libro, sobre o pedreiro que fez reformas em seu apartamento. E não se cansa de repetir, em seu aparelho de vídeo-cassete, relíquias cinematográficas como “King Kong”, “Belinda”, e os filmes estrelados por Hedy Lamarr. O cinema moderno não tem vez nas preferências de Manuel Puig: "Os filmes novos –diz o escritor- são intelectuais de mais”.


Escrita entre 1974 y 1975, y publicada un año después en España la presente obra, como todo clásico, se mantiene en nuestros días. No es un libro inolvidable, tampoco es un fiasco, está lejos de serlo: hay una buena historia en sus páginas a ser descubierta. Claro, todavía me debo la película.

lunes, 10 de mayo de 2010

El tamaño de mi esperanza, Jorge Luis Borges




El tamaño de mi esperanza; Jorge Luis Borges; Ensayos; Edit. Proa 1926; Seix Barral primera edición 1994; Argentina.

Este libro es el segundo libro de ensayos del genial escritor argentino, y del cual no estaba nada feliz con haberlo editado. La primera edición data de julio de 1926 y sólo se lanzaron 500 ejemplares al mercado para nunca más ser re-editado. Su viuda María Kodama redacta, al principio de la obra, una sabrosa “inscripción” a manera de prólogo:

“Prologar un libro de Borges sería para mí una tarea inabordable por muchos motivos que no vienen al caso. Prefiero que esto sea sólo una nota explicativa para los lectores de Borges o para los que lo descubran a través de “El tamaño de mi esperanza”, que vio la luz en el año de 1926, editado por Proa, y al que desterró “para siempre” de su obra.
Como el Gran Inquisidor, a través de un donoso escrutinio, Borges creyó haber alcanzado su destrucción y el “para siempre” que (como el “jamás”) sabía que no les está permitido a los hombres.
Una tarde de 1971, después de recibir su Doctorado Honoris Causa en Oxford, mientras charlábamos con un grupo de admiradores, alguien habló de “El tamaño de mi esperanza”. Borges reaccionó enseguida, asegurándole que ese libro no existía, y le aconsejó que no lo buscara más. A continuación cambió de tema y me pidió que le contara a esa gente amiga algo más interesante; por ejemplo, nuestro viaje a Islandia. Todo pareció quedar ahí, pero al día siguiente un estudiante lo llamó por teléfono y le dijo que el libro estaba en la Bodleiana, que se quedara tranquilo porque existía. Borges, terminada la conversación, con una sonrisa me dijo: ¡Qué vamos a hacer, María, estoy perdido!
Todos estos avatares rodearon de misterio y de curiosidad a esta obra de la que abjuraba e hicieron que, de todos modos, circulara a través de nefastas fotocopias entre los que se creían integrantes de círculos de elegidos.”

(Fragmento)



Nos cuenta además que Borges -posteriormente- estuvo de acuerdo en que partes de esta obra fuesen traducidas al francés para la colección de la Bibliothèque de la Pléiade, tomándose este acto como un gesto de que la prohibición ya no le era importante.
Encontramos aquí veinte textos, siendo el decimocuarto “Acotaciones” subdividido en cinco pequeños textos. En el transcurso de la obra también se encuentra una redacción que quizá no se repita en las posteriores obras del autor: el uso del vocabulario y ortografía “criollista” (ciudá, seguridá, realidá, etc.). Kodama nos narra que estas palabras deliberadamente criollas fueron buscadas por Borges en un diccionario de argentinismos (debe ser el diccionario del Dr. Lisandro Segovia que data de 1911) según él mismo le contó.
La presente edición de Seix Barral viene ilustrada en la portada con la obra “Teatro Cívico” (1960) del gran pintor argentino Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari), amigo personal de Borges, quien incluso diseñó los pequeños “dragoncitos embanderados” que cerraban cada capítulo en la primera edición, según nota del editor. Fue una sorpresa muy agradable descubrir por la pintura de la portada a un gran artista como el argentino Xul Solar, de quien no sabía nada al respecto hasta antes de leer este libro. Me sigo maravillando - por la internet - ahora no sólo con esta sino con otras de su vasta obra. ¡Gracias Borges!


Teatro Cívico (1960) Xul Solar

En “Profesión de fe literaria”, último texto de la obra, Borges nos explica, con ejemplos, que toda metáfora debe ser una experiencia posible y la dificultad radica no en inventarla sino en “causalizarla de manera que logre alucinar al que lee.”
Nos cita entonces un texto que es parte de “Los peregrinos de Piedra” del poeta uruguayo Julio Herrera Y Reissig que no cumple este dictado y luego lo compara con otro del poeta, también uruguayo Silva Valdés:

Tirita entre algodones húmedos la arboleda;
La cumbre está en un blanco éxtasis idealista…


Borges observa:

“Aquí suceden dos rarezas: en vez de neblina hay algodones húmedos entre los que sienten frío los árboles y, además, la punta de un cerro está en éxtasis, en contemplación pensativa.
Herrera no se asombra de este duplicado prodigio, y sigue adelante. El mismo poeta no ha realizado lo que escribe. ¿Cómo realizarlo nosotros?
Vengan ahora unos renglones de otro oriental (para que en Montevideo no se me enojen) acerca del obrero que suelda la vía. Son de Fernán Silva Valdés y los juzgo hechos de perfección. Son una metáfora bien metida en la realidad y hecha momento de un destino que cree en ella de veras y que se alegra con su milagro y hasta quiere compartirlo con otros. Rezan así:

Qué lindo,
Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella;
y un hombre enmascarado
para ver qué tiene adentro se está quemando
/en ella…

Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella;
y la gente, asombrada,
le ha formado una rueda
para verla morir entre sus deslumbrantes
boqueadas celestes.

Estoy frente a un prodigio
-a ver quién me lo niega-
en medio de la calle
ha caído una estrella.


(Fragmento)

En este mismo ensayo, líneas más adelante, Borges versa sobre los “ripios” (palabras o frases usadas para forzar una rima en un poema), mencionando unos versos del argentino Leopoldo Lugones, haciendo una comparación con algo de sorna:

“Alguien dirá que el ripio es una condición del verso rimado. Unos lo esconden bien y otros mal, pero allí está siempre. Vaya un ejemplo de ripio vergonzante, cometido por un poeta famoso:

Mirándote en lectura sugerente
Llegué al epílogo de mis quimeras;
Tus ojos de palomas mensajeras
Volvían de los astros, dulcemente.


Es cosa manifiesta que esos cuatro versos llegan a dos, y que los dos iniciales no tienen otra razón de ser que la de consentir los dos últimos. Es la misma trampa de versificación que hay en esta milonga clásica, ejemplo de ripio descarado:

Pejerrey con papas,
butifarra frita;
la china que tengo
nadie me la quita…”

(Fragmento)

Por otro lado, el reconocimiento hacia la obra de Fernán Silva Valdés es tal que es con él quien abre los textos en el capítulo “Acotaciones”, calificando de “culta poesía criolla” su libro Poemas Nativos.

También, en este capítulo hay una reseña sobre la obra de Lugones: “Leopoldo Lugones, Romancero”, donde desde las primeras líneas Borges le dedica estas líneas:

“Muy casi nadie, muy frangollón, muy ripioso se nos evidencia don Leopoldo Lugones en este libro… (…) A ver amigos, ¿qué les parece esta preciosura?

Ilusión que las alas tiende
En un frágil moño de tul
Y al corazón sensible prende
Su insidioso alfiler azul.


Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta inducidora, pavota y frívola es resumen del Romancero.”

Y el colofón de la reseña es categórico:

“Hoy, ya bien arrimado a la gloria y ya en descanso del tesonero ejercicio de ser un genio permanente, ha querido hablar con voz propia y se la hemos escuchado en el Romancero y nos ha dicho su nadería. ¡Qué vergüenza para sus fieles, qué humillación!”

Estas líneas, escritas a los 27 años, expresándose con la fuerza de quien lleva la verdad consigo, y refiriéndose de un poeta consagrado, que quizá sólo un argentino entienda lo que significaba Lugones en aquella época en el país vecino, y que ese mismo año recibió el Premio Nacional de Literatura: el Borges-Lugones de aquellos años debieron dar que hablar y mucho. Quizá tuvo hasta respuesta al “insolente joven”.



La otra cara de la moneda es la reseña en el mismo capítulo dedicada al español Rafael Cansinos Assens en “Las luminarias de Hanukah”, donde llega a transmitir la emoción con la que Borges se refiere por la obra de Cansinos “…cuya voz es clara y patética en perfección de prosa castellana…”

Los textos sobre la refutación de la rima en el Paradise Lost de Milton (el inglés Jhon Milton) en “Milton y su condenación de la rima” dejándonos la traducción de un rico texto de aquel libro; en “La balada de la cárcel de Reading” nos narra sobre la estética en la escritura de Wilde, así como lo autobiográfico encontrado en ella; en “Examen de un soneto de Góngora” desmenuza y analiza cada renglón de “Raya, dorado sol, orna y colora” donde juzga a su entender “sus aciertos posibles, y sus equivocaciones seguras, la de su flaqueza y su ternura enternecedoras ante cualquier reparo".

Borges incluye una “posdata” que inicia: “Confieso que este sedicente libro es una de citas: de haraganerías del pensamiento; de metáforas; mentideros de la emoción; de incredulidades; haraganerías de la esperanza.”
(Fragmento)

Encontramos en este libro a un joven Borges quien nos entrega sus opiniones sobre sus gustos literarios y también lo que le disgusta; su apego a lo “criollo”; su preocupación sobre el lenguaje en los textos “El idioma infinito”, “Palabrería para versos”, “La adjetivación”, “Profesión de fe literaria”; y lo que personalmente valoro más: nos muestra un universo de escritores, desde la perspectiva de un genio, los cuales, luego de saber de ellos, nos queda a nosotros sacar nuestras propias conclusiones en futuras lecturas.

martes, 4 de mayo de 2010

Ficciones, Jorge Luis Borges



Ficciones; Jorge Luis Borges; 1956; Alianza Emecé (Alianza Editorial) 1993; Argentina.

Éste fue uno de los primeros libros que compré, mas no que leí; esperó su momento para encontrarme algo preparado y así poder saborear mejor el mundo de Borges. Ya había leído “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” que aparece en el libro “Antología de la Literatura Fantástica” (Ed. Sudamericana 1940): excelente libro donde Borges junto a los futuros esposos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo reúnen grandes cuentos de escritores, en su gran mayoría desconocidos para mí, e incluyen algunos de ellos. Borges colaboró con el cuento mencionado (además de “Odín”, escrito junto a Delia Ingenieros), perteneciente a lo que ahora se conoce como “Ficciones”, y que abre “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”. Recuerdo que terminé maravillado luego de la lectura de aquel cuento.

Inicialmente se había editado en “Sur” ocho cuentos bajo el título “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan” en 1941.
Luego en 1944 se adicionó seis cuentos más, todos bajo el título de “Artificios”, que, anexados a los de “El Jardín…” formaron “Ficciones”, editado también por Sur.
Recién en 1956 se suman tres cuentos más en “la serie” – así gustaba llamarla Borges - de “Artificios” que llega a ser la edición final de “Ficciones”, esta vez editado por Emecé.
La casa madrileña Alianza Editorial edita desde el año 1971 la obra de este genial escritor argentino, siendo la que tengo en mi pequeña biblioteca la vigésima reimpresión.

Cada una de las dos partes del libro cuenta con su propio prólogo, donde el autor explica - con una brevedad que asusta - los cuentos que encontraremos, sin delatar algún final y creando algo de misterio inclusive:

“La octava (El Jardín de Senderos que se Bifurcan) es policial; los lectores asistirán a la ejecución y a todos los preliminares de un crimen, cuyo propósito no ignoran pero que no comprenderán, me parece, hasta el último párrafo”.
(Fragmento del prólogo de “El Jardín…”)

Esto me hace recordar a otro genio, en otro ámbito: Alfred Hitchcock, en su seriado de “Alfred Hitchcock Presents…” de 1955 donde él aparecía al inicio de cada capítulo indicando, con fino humor negro, lo que iríamos a presenciar.

El humor también está presente aquí: en el segundo prólogo, el de “Artificios”, cuando Borges inicia con una modestia indigna de un genio:

“Aunque de ejecución menos torpe, las piezas de este libro no difieren de las que forman el anterior”.

Pensar que algún texto borgeano tenga alguna línea que siquiera pueda lindar con la torpeza debería ser considerado una blasfemia.

Borges intercala personajes ficticios como reales, siendo éstos últimos – lo más probable – los que él acostumbraba leer.
Si con Ribeyro descubrí al francés Guy de Maupassant; Bryce Echenique me incentivó a saber del norteamericano Ernest Hemingway; por Charles Bukowski comencé a escuchar al checo Gustav Mahler: así, después de leer algo de Borges escribí en un pequeño cuaderno que llevaba conmigo los nombres del argentino Martínez Estrada (Ezequiel), el inglés Thomas De Quincey y el alemán Arthur Schopenhauer con su “Parerga y Paralipónema” mencionados en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Nunca (hasta hoy) me topé con algo del primero.
Pero en ese afán por conocer otros escritores me topaba con muchos que a la postre no existen, y es que, en los textos del genio argentino él menciona de la misma manera a un Clausevitz – Carl Von Clausevitz, el libro de estrategia al que Borges hace mención sería “De la Guerra” - en “La Forma de la Espada” como a un Mir Bahadur Alí en “El Acercamiento a Almotásim” y al preguntar a los “vendedores de libros” por éste último escritor veía en sus rostros la misma cara de signo de interrogación que la mía, hasta que por ahí me topaba con un “librero” que no sólo sabía de su no existencia real y sí de su existencia en el mismo lugar donde yo lo encontré: un cuento de Borges.

De los 9 cuentos que conforman la primera serie del libro los que más me marcaron fueron “Las Ruinas Circulares”, “La Biblioteca de Babel” y el que da título a esta primera serie: “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”, sin que los otros sean menos por supuesto, sólo gusto personal y refutable por cierto.
De la segunda serie, “Artificios” a los que más cariño guardo son “La Forma de la Espada”, “La Muerte y la Brújula”, “Tres versiones de Judas”, “El Fin”, “La Secta del Fénix” y “El Sur”.
De esta serie transcribo “Tres Versiones de Judas” escrito en 1944, y que hace unos tres años, en el 2007 creo, el tema en mención estuvo muy tocado por un documental sobre él, Judas Iscariote.

Tres Versiones de Judas

There seemed a certainty in degradation.
T E. LAWRENCE, Seven Pillars of
Wisdom, CIII



En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Nils Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los conventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exornado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo xx y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emil Schering; se llama Der heimliche Heiland.)
Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun de Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubrir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serán ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y de análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las «pruebas». ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?
La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: «No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a judas Iscariote son falsas» (De Quincey, 1857).
Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De allí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aún más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.
Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesús; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo veintidós del evangelio de San Lucas.
Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.(1) Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: « El que se gloria, gloríese en el Señor» (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres. (2)
Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och_judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: «En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció» (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció ala agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.(3) Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto «Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Isaías 53: 2-3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.
En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?
Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.



(1) Borelius interroga con burla: «¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?».
(2) Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: «El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos».
(3) Maurice Abramowicz observa: «Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une villégiature». Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík)


1944



Como cualquier obra del maestro argentino Jorge Luis Borges es totalmente imprescindible su lectura.

sábado, 20 de marzo de 2010

La Loca 101, Alicia Steimberg



La loca 101; Alicia Steimberg; 1973; Ediciones De La Flor 1995; Argentina.

Ya es de por sí gratificante encontrar una obra en mi idioma, el español, aquí en Brasil, y es más gratificante aún saber que la obra encontrada es diferente e impactante, y de una autora que, hasta ese momento desconocía. Obra con derroche de ironía. Historias cortas de varios personajes situados en inicio de los setentas, previa a la dictadura argentina. Mezcla el humor negro y el miedo de vivir en una ciudad (su ciudad) donde por las circunstancias de aquellos años podías desaparecer en cualquier momento, como en el capítulo XXXIV de la Parte 3, donde narra el miedo de regresar a pie a su hogar:

Así que no se quiere ir al campo. Paciencia. Nos quedamos en la ciudad, nomás. Esos estampidos que se oyen todos los días, o son tiros, o son bombas. Caen cerca. Pueden caer encima de uno también.
Tengo miedo. Tengo miedo todos los días, cuando ando por la calle, cuando entro en un edificio, aunque me ría de mi miedo y me repita que no va a pasar nada, que uno termina por acostumbrarse a la presencia de la policía por todas partes. Cuatro motociclistas de casco blanco rodean un pequeço Fiat ocupado por dos muchachos muy jóvenes. Mientras los ocupantes del coche exhiben documentos, uno de los policías los apunta con la metralleta. Estamos en la calle Corrientes, a una cuadra del obelisco. Mucha gente pasa junto al Fiat, a prudente distancia. Algunos se detienen a mirar, haciéndose los distraídos. Cambian las luces de los letreros, el público entra y sale de los cines, los teatros y las librerías. Los policías se disponen lentamente a alejarse. El Fiat arranca y desparece en medio de una corriente de coches y colectivos.
Había pensado en regresar a casa caminando, pero de pronto siento un cansancio extremo. Dónde están las ocurrencias, los chistes. De qué carajo nos vamos a reir, ahora.





Pero también hay humor negro, como en el capítulo XXV de la Parte 2, donde redacta, con mucha sorna, una carta al rector de la escuela por la tardanza de la hija:

Estimado señor rector:
Ruego a usted que disculpe a la desgraciadita de mi hija por haber llegado tarde al Establecimiento. El atraso se produjo por haber la criatura roto una vez más el despertador, único medio de comunicación de masas con que cuenta nuestra modesta familia para pasar del sueño a la vigilia. Suplico a usted comprenda que el profundo sopor en que todos caemos en esta casa al término de las múltiples tareas del día entre las que pueden mencionarse, sin nombrar a los ejecutantes, la de tocar improvisaciones en bombo y guitarra, hablar por teléfono con todos los alumnos del Establecimiento, llenar el lavatorio con recortes de barba y limpiar dicho lavatorio con una esponja, después de todo eso, digo, señor Sopor, quiero decir, señor Rector, sólo el sonido argentino (quiere decir "como de plata") del maltratado despertador puede volvernos a la vida, ya que cuando uno duerme está como muerto, aunque sueñe. Y soñar, soñamos, señor Rector. Como si la tarea del día fuera poca, por la noche en nuestros sueños realizamos largos viajes, recomenzamos carreras universitarias, nos comunicamos con nuestros muertos, nos peleamos con nuestros socios, volvemos a ver a seres que creíamos perdidos en el olvido, y que nunca nos importaron gran cosa, pero que en el sueño son fuertes, actuales; trepamos a grandes alturas para después caer con gran angustia (los de caída tienen un claro significado sexual); salimos desnudos a la calle, y muchas tantas cosas nos pasan en sueños que nos levantamos más cansados que al acostarnos, y luego va la criatura y rompe el despertador, y por eso señor Rector me dirijo a usted para implorarle clemencia, para pedirle que recuerde su infancia y su adolescencia, y su juventud dorada, y si a la chica igual le van a poner media falta para qué corno me hacen escribir este justificativo donde tengo que hablar de cosas privadas, pero entiendo que es el Reglamento y, señor Rector, una vez más me arrastro a sus pies para pedirle que disculpe a esta inocente por el mal que ha cometido sin quererlo a volver a colocar el despertador sobre la pila de libros y la cacerola.

Señor Rector, escuche, reflexione, comprenda, acepte, perdone, póngale la media falta a la chica y todos en paz.
A sus plantas rendidas una leona.


También es interesante el contrapunto del ama de casa alternando sus labores domésticas con el oficio y sus ganas de ser escritora.
Obra finalista del premio Barral Barcelona de 1973 y ganadora del “Satiricón de Oro” de la revista argentina Satiricón en ese mismo año. Fue un agradable hallazgo.

Mi Amigo el Che, Ricardo Rojo



Año de publicación : 1968
Editorial De Bolsillo
Año de esta publicación : 2007
Género : Ensayo - Historia


Cuando escucho o veo el término "Best Seller" me vienen unas ganas terribles de alejarme lo más rápido posible del libro con tal calificativo: no siempre debería ser así y, definitivamente no fue esta la ocasión. Tan solo su primera edición en el '68 (al poco tiempo de la muerte del Che) vendió más de medio millón de ejemplares y fue traducido a más de 10 idiomas.

Están los que odian al Che, y claro, los que lo aman y lo idolatran. Creo que de ambos lados deberían leer el libro de Rojo, para así poder criticarlo (a los primeros), o para que ese amor e idolatría tenga una justificación real y/o mayor (para los segundos), y que no tan sólo sea el hecho de la simple analogía: el Che = revolución, la causa de un amor, sin saber a ciencia cierta (no todos es cierto, pero hay muchos, y en varias partes del mundo) cómo era Ernesto Guevara.

Por un tiempo pensé que la información aquí vertida podría ser sesgada por el fuerte vínculo amical del autor con Guevara. Pero, por otro lado, es innegable el valor histórico de esta obra. Ricardo Rojo fue amigo personal del Che, y relata con minuciosidad de detalles conversas, cartas, y hechos vividos "con" y "por" el Che. Desde su primera conversa en una caminata en La Paz, Bolivia, en plena revolución del MNR, donde el Che narra su primer viaje por Latinoamérica vivido con su amigo Granados por Argentina, Chile, Perú, Colombia y Venezuela (ese trecho de su vida fue llevado al cine en la película "Diarios de Motocicleta"): esa parte sólo demanda 2 páginas al inicio del libro, ya que éste sitúa su inicio en su "segundo viaje latinoamericano". Su intento de ayudar en la revolución de Guatemala de 1953 por parte de Jacobo Arbenz; su estancia en México en 1954, donde conoce a Hilda Gadea, la peruana aprista exiliada en ese país, con quien se casaría después; y su entusiasmo por el pueblo cubano y su inmediata inclusión al Movimiento 26 de Julio, liderado por un joven Fidel Castro y su hermano Raúl.

Narra también lo vivido durante la Revolución Cubana; sus viajes y encuentros en la URSS, China, Argentina; sus diferencias con Fidel; renuncia y viaje al Congo: todo lleno de anécdotas y detalles. Y claro, su retorno e intento fallido de alzar los pueblos sudamericanos, donde elige Bolivia para así iniciar sus nuevas acciones, llegando hasta São Paulo en avión y de ahí en bus hasta Corumbá para pasar la frontera hacia Bolivia, cómo arma su equipo de hombres, el poco apoyo recibido, captura y posterior muerte, pero sobretodo el libro muestra de primera mano al Ernesto Guevara del día a día, su sentido del humor, su sarcasmo, su pobreza -porque así él lo quería-, sus días en hambruna y su gula cuando era invitado a cenar, y sobre todo, su afán de servir y no de servirse estando ya en el poder:

"Recuerdo que la víspera de mi partida de Cuba, su esposa lo llamó por teléfono, en mi presencia, para pedirle el automóvil oficial, a fin de hacer compras en la ciudad.
No Aleia, no -respondió el Che-, tú sabes que el auto es del gobierno, no mío, y por lo tanto tú no puedes aprovecharte de él. Tú viajas en ómnibus como todo el mundo.
"





Pero sobretodo, el profundo amor con que se refería no solamente por su familia y amigos, sino por los que no conocía también.
La biografía de Rojo está al inicio de la obra, pero creo que sería mejor leer primero el libro para así comprender mejor dicha biografía. Es una gran obra.