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jueves, 11 de junio de 2015

Rip Van Winkle, Washington Irving




Año de publicación : 1819 – 1820

Año de la presente edición : 1987

Editora : Hesperus / José J. De Olañeta, Editor

Libro 2, ejemplar 520

Traducción : Carmen Bravo-Villasante

Ilustraciones : Arthur Rackham




Un hombre –cuyo nombre intitula el cuento- quien vivía siempre bajo la constante reprimenda de su esposa por llevar una vida descuidada y alejado de toda responsabilidad, una tarde saldrá de su casa a caminar con su fiel perro Wolf e ingresará, casi sin querer, en lo más alejado de las montañas Catskill, pudiendo avistar a lo lejos el río Hudson, deparándose con extraños seres de trajes holandeses, jugando a los bolos, quienes desde épocas remotas habitan aquel lugar. Lo invitarán a unirse al grupo y con ellos Rip Van Winkle beberá de un licor pendenciero que lo sumirá en un profundo letargo, y al despertar, en el mismo lugar, pero en un lejano futuro, donde todo, absolutamente todo le será desconocido, y él un reverendo extraño a los habitantes de su aldea en aquel presente. 


"Rip se despertó. "Seguramente -pensó- he dormido aquí toda la noche. ¡Oh, ese frasco! ¡Ese maldito frasco! ¿Qué excusa le daré a la señora Van Winkle?" 
Pág. 71


Mención aparte y especial merecen el prólogo de Carmen Bravo-Villasante (quien además ejerce de traductora) lleno de datos acerca de la vida y obra del autor, así como la excelente y cuidadosa edición de Hesperus/José J. De Olañeta, Editor, publicado en papel de alta calidad donde las dieciséis ilustraciones a color de Arthur Rackham resultan verdaderas obras de arte que a la vez me devela a un gran ilustrador que desconocía hasta el depararme con esta obra. Para suerte mía también estaba otro título de ésta colección en el estante de la librería de viejo aquí en Curitiba. Para este título se imprimieron solamente 3000 ejemplares, siendo el que se cruzó en mi camino el 520. Aunque son pocos los libros en castellano en la ciudad cuando llegan vaya que sorprenden. 




Una bella historia de corte fantástico que pertenece al libro “The sketch book of Geoffrey Crayon, Gent” (“El libro de apuntes”) publicado a mediados del siglo XIX, libro donde el relato más famoso que alberga sea acaso “The legend of Sleepy Hollow”, aunque este “Rip Van Winkle” brille con luz propia. Relato escrito mientras Washington Irwing (Manhattan, New York, 1783 – Tarrytown, Wetschester, 1859) vivía junto a su hermana en Birmingham, Inglaterra. Por aquella época él estudiaba alemán y estaba muy interesado en la literatura germánica y las diversas leyendas que tocan el tema sobre la fascinación de la ausencia del tiempo. El autor era un empedernido viajero, y gustaba de tomar apuntes de todo lo que podía ver y conocer. Desde su propio estado, Nueva York, hasta Canadá, y su salto a Europa donde visita Francia, Inglaterra, Austria, Alemania, y España donde llega a trabajar de Agregado en la Legación Norteamericana. De cada lugar que visitó Washington Irwing escribió y publicó: “Bracebridge Hall” de 1822; “Tales of a traveller” (“Cuentos de un viajero”) de 1824; “A history of the life and voyages of Chistofer Columbus” (“Vida y viajes de Cristóbal Colón”) de 1828, siendo “Tales of the Alhambra” (“Cuentos de la Alhambra”) de 1832 su libro más popular, por el que más se le recuerde en el extranjero, y con más de un siglo y medio después de haber publicado sus obras se torna en un autor que sin duda venció al paso del tiempo, felizmente para nosotros. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, Charles Bukowski




Título original : Erections, ejaculations, exhibitions, and general tales of ordinary madness

Año de publicación : 1972

Año de la presente edición : 1996

Editorial : Anagrama

Traducción : J. M. Álvarez y Ángela Pérez.




¡Un Bukowski por favor!, imploro a la montaña de grandes cajas de un plástico duro (son 12, por ahora) que albergan mi biblioteca embolsada (cada libro debidamente enfundado en aquellas bolsitas transparentes, para intentar alejarlos lo más posible del polvo), pues si las mudanzas de un barrio a otro ya son jodidas, de un país a otro lo son más. Cris, amable ella, guardó los libros que traje de Lima en dichas cajas. En cuanto cupiesen ella seguía guardando, quitando unos de aquí, acomodándolos en otra caja allá y así, saltándose olímpicamente los letreritos que yo pegué en las laterales donde evidenciaba el orden por países, pero cumpliendo a rajatabla aquello de no dejar siquiera uno fuera de ellas.

Después de una larga búsqueda por fin lo encontré. Diecinueve son los relatos que este libro trae, disímiles unos de otros, algunos muy bien logrados y otros no tanto, y aunque no brillen como los del primer grupo tienen un aura especial, con todos los elementos y características de su literatura. Sólo cinco relatos no me entusiasman, tornando el balance final muy satisfactorio.

Comienzo a evidenciar de aquel segundo grupo cuando termino “Doce monos voladores que no querían fornicar adecuadamente”, y aunque el título es bien bukowskiano y el relato inclusive tiene ese ambiente muy de él, en sí no caló fondo, quizá por venir justamente después de los cuatro primeros que sí disfruté bastante. Destaco aquella característica de Hank, un gran observador, narrándonos cada friki que cruza su camino.

Un coño blanco” es quizá el que más desapercibido pasa, pero eso sí, aquello de sólo con el delantal es una gran sugestión.

Cuantos chochos queramos” está narrado en tercera persona, donde Harry y Duke son los personajes principales. Son como dos historias en una que no llegan a fusionarse del todo.

Luego los otros dos vienen juntos: “La gran boda zen”, y “Los Cristos estúpidos”. Los dos guardan una similitud: son muy extensos, o peor, parecen serlo, la trama no me divierte en nada como otros relatos de este libro y pasan esa impresión de interminables.

Los catorce restantes fueron disfrutados a plenitud. Ya extrañaba escritos así, e inicia de gran manera con “La chica más guapa de la ciudad” donde el suicidio parece inminente en Cass, la chica del título, la chica de Hank.

Kit Stardust en el matadero” narra una derrota, una de tantas. No hay espacio para la depresión.

En “Vida en un prostíbulo de Tejas” Bukowski no es un asalariado, sino un periodista que persigue una mujer a quien conoció de manera fortuita, pero sin saber acaba en el lugar que menciona el título.

Quince centímetros” sorprende por ser un relato fantástico, y Bukowski se sale muy bien. Uno de los más logrados.

Nacimiento, vida y muerte de un periódico underground” es uno de los más extensos del grupo. Toda la interna de un joven periódico, Open Pussy, donde el personaje Bukowski escribe su columna “Notas de un viejo asqueroso”. Es muy envolvente desde un inicio, a pesar de su extensión se lee rápidamente, vertiginoso.

El día que hablamos de James Thurber” trata de la suplantación de otra persona. Aunque generándose inicialmente como un equívoco Hank se hace pasar por un famoso poeta francés de quien era huésped, tan famoso por los poemas que escribe como por el tamaño de su miembro, recibiendo Hank los honores que todo poeta respetado debe recibir por parte de sus afiebrados lectores.

El asesinato de Ramón Vásquez” tiene un inicio totalmente diferente, muy fuerte, crudo, donde dos hermanos asesinan al del título. Basado en un hecho real, aunque el autor diga que no ha sido influido por tal, o por alguna noticia de aquel hecho en una advertencia al inicio de este relato, todo hace parecer que se basa en el asesinato del actor mexicano Ramón Novarro, todo un galán de Hollywood en la primera mitad del siglo pasado quien tuvo un trágico final, como el Ramón del cuento. Es otro de los más logrados del grupo.

Un compañero de trago” Bukowski nos presenta otro friki más, pero uno muy violento, Jeff. Toda esa violencia reprimida y desencadenada de pronto parece esconder un trauma de niñez.

La barba blanca” es un título muy sugestivo, delata un abuso de Herb a manera de travesura. Ambientado en una tregua, el relato está enmarcado en la total miseria que una guerra puede ofrecer.

Un 45 para pagar los gastos del mes” nos presenta a Duke, un ladrón, tal vez hasta asesino si las circunstancias lo ameritan, pero a la vez parece ser un gran padre. Una dualidad interesante en un mismo personaje.

En la cárcel con el enemigo público número uno” las vicisitudes del personaje Bukowski en la cárcel rinden muy buenos trechos. “Demasiado sensible” derrocha ironía más que otros relatos; en una “Ciudad maligna” Frank encontrará pecado por donde vaya, sintiéndose rodeado a cada paso reaccionará, convirtiéndose en lo que probablemente deteste; y en “¡Violación! ¡Violación!” una inocente parafilia en una voluptuosa mujer llevará a Hank del cielo al infierno en poco tiempo, éste último es otro relato que está entre los mejores del grupo.






En estas páginas abunda aquella sinceridad desgarradora y brutal típica en casi todos los libros suyos. Parece interminable la colección de frikis que desfilan en esta obra probablemente extraídas de jugosas anécdotas concretizando relatos inolvidables llenos de ese humor ácido. Tanta crudeza podría parecer soez en varios momentos, Bukowski a su manera, celebra la vida.


                         Quince centímetros



Los primeros tres meses de mi matrimonio con Sara fueron aceptables, pero luego empezaron los problemas. Era una buena cocinera, y yo empecé a comer bien por primera vez en muchos años. Empecé a engordar. Y Sara empezó a hacer comentarios.

—Ay, Henry, pareces un pavo engordando para el Día de Acción de Gracias.

—Tienes razón, mujer, tienes razón —le decía yo.

Yo trabajaba de mozo en un almacén de piezas de automóvil y apenas si me llegaba la paga. Mis únicas alegrías eran comer, beber cerveza e irme a la cama con Sara. No era precisamente una vida majestuosa, pero uno ha de conformarse con lo que tiene. Sara era suficiente. Respiraba SEXO por todas partes. La había conocido en una fiesta de Navidad de los empleados del almacén. Trabajaba allí de secretaria. Me di cuenta de que ninguno se acercaba a ella en la fiesta y no podía entenderlo. Jamás había visto mujer tan guapa y además no parecía tonta. Sin embargo, tenía algo raro en la mirada. Te miraba fijamente como si entrara en ti y daba la impresión de no parpadear. Cuando se fue al lavabo me acerqué a Harry, al camionero.

—Oye Harry —le dije—. ¿Cómo es que nadie se acerca a Sara?

—Es que es bruja, hombre, una bruja de verdad. Ándate con ojo.

—Vamos, Harry, las brujas no existen. Está demostrado. Las mujeres aquellas que quemaban en la hoguera antiguamente, era todo un error horrible, una crueldad. Las brujas no existen.

—Bueno, puede que quemaran a muchas mujeres por error, no voy a discutírtelo. Pero esta zorra es bruja, créeme.

—Lo único que necesita, Harry, es comprensión.

—Lo único que necesita —me dijo Harry— es una víctima.

—¿Cómo lo sabes? .

—Hechos —dijo Harry—. Dos empleados de aquí. Manny, un vendedor, y Lincoln, un dependiente.

—¿Qué les pasó?

—Pues sencillamente que desaparecieron ante nuestros propios ojos, sólo que muy lentamente... podías verles irse, desvanecerse. ..

—¿Qué quieres decir?

—No quiero hablar de eso. Me tomarías por loco.

Harry se fue. Luego salió Sara del water de señoras. Estaba maravillosa.

—¿Qué te dijo Harry de mí? —me preguntó.

—¿Cómo sabes que estaba hablando con Harry?

—Lo sé —dijo ella.

—No me dijo mucho.

—Pues sea lo que sea, olvídalo. Son mentiras. Lo que pasa es que le he rechazado y está celoso. Le gusta hablar mal de la gente.

—A mí no me importa la opinión de Harry —dije yo.

—Lo nuestro puede ir bien, Henry —dijo ella.

Vino conmigo a mi apartamento después de la fiesta y te aseguro que nunca había disfrutado tanto. No había mujer como aquélla. Al cabo de un mes o así nos casamos. Ella dejó el trabajo inmediatamente, pero yo no dije nada porque estaba muy contento de tenerla. Sara se hacía su ropa, se peinaba y se cortaba el pelo ella misma. Era una mujer notable, muy notable.

Pero como ya dije, hacia los tres meses, empezó a hacer comentarios sobre mi peso. Al principio eran sólo pequeñas observaciones amables, luego empezó a burlarse de mí. Una noche llegó a casa y me dijo:

—¡Quítate esa maldita ropa!

—¿Cómo dices, querida?

—Ya me oíste, so cabrón. ¡Desvístete!

No era la Sara que yo conocía. Había algo distinto. Me quité la ropa y las prendas interiores y las eché en el sofá. Me miró fijamente.

—¡Qué horror! —dijo—. ¡Qué montón de mierda!

—¿Cómo dices, querida?

—¡Digo que pareces una gran bañera llena de mierda!

—Pero querida, qué te pasa... ¿Estás en plan de bronca esta noche?

—¡Calla! ¡Toda esa mierda colgando por todas partes!

Tenía razón. Me había salido un michelín a cada lado, justo encima de las caderas. Luego cerró los puños y me atizó fuerte varias veces en cada michelín.

—¡Tenemos que machacar esa mierda! Romper los tejidos grasos, las células...

Me atizó otra vez, varias veces.

—¡Ay! ¡Que duele, querida!

—¡Bien! ¡Ahora, pégate tú mismo!

—¿Yo mismo?

—¡Sí, venga, condenado!

Me pegué varias veces, bastante fuerte. Cuando terminé los michelines aún seguían allí, aunque estaban de un rojo subido.

—Tenemos que conseguir eliminar esa mierda —me dijo.
Yo supuse que era amor y decidí cooperar...

Sara empezó a contarme las calorías. Me quitó los fritos, el pan y las patatas, los aderezos de la ensalada, pero me dejó la cerveza. Tenía que demostrarle quién llevaba los pantalones en casa.

—No, de eso nada —dije—, la cerveza no la dejaré. ¡Te amo muchísimo, pero la cerveza no!

—Bueno, de acuerdo —dijo Sara—. Lo conseguiremos de todos modos.

—¿Qué conseguiremos?

—Quiero decir, que conseguiremos eliminar toda esa grasa, que tengas otra vez unas proporciones razonables.

-¿Y cuáles son las proporciones razonables? —pregunté.

—Ya lo verás, ya.


Todas las noches, cuando volvía a casa, me hacía la misma pregunta.

—¿Te pegaste hoy en los lomos?

—¡Si, mierda, sí!

—¿Cuántas veces?

—Cuatrocientos puñetazos de cada lado, fuerte.

Iba por la calle atizándome puñetazos. La gente me miraba, pero al poco tiempo dejó de importarme, porque sabía que estaba consiguiendo algo y ellos no...


La cosa funcionaba. Maravillosamente. Bajé de noventa kilos a setenta y ocho. Luego de setenta y ocho a setenta y cuatro. Me sentía diez años más joven. La gente me comentaba el buen aspecto que tenía. Todos menos Harry el camionero. Sólo porque estaba celoso, claro, porque no había conseguido nunca bajarle las bragas a Sara.

Una noche di en la báscula los setenta kilos.

—¿No crees que hemos bajado suficiente? —le dije a Sara—. ¡Mírame!

Los michelines habían desaparecido hacía mucho. Me colgaba el vientre. Tenía la cara chupada.

—Según los gráficos —dijo Sara—, según los gráficos, aún no has alcanzado el tamaño ideal.

—Pero oye —le dije—, mido uno ochenta, ¿cuál es el peso ideal?

Y entonces Sara me contestó en un tono muy extraño:

—Yo no dije «peso ideal», dije «tamaño ideal». Estamos en la Nueva Era, la Era Atómica, la Era Espacial, y, sobre todo, la Era de la Superpoblación. Yo soy la Salvadora del Mundo. Tengo la solución a la Explosión Demográfica. Que otros se ocupen de la Contaminación. Lo básico es resolver el problema de la superpoblación; eso resolverá la Contaminación y muchas cosas más.

—¿Pero de qué demonios hablas? —pregunté, abriendo una botella de cerveza.

—No te preocupes —contestó—. Ya lo sabrás, ya.

Empecé a notar entonces, en la báscula, que aunque aún seguía perdiendo peso parecía que no adelgazaba. Era raro. Y luego me di cuenta de que las perneras de los pantalones me arrastraban... y también empezaban a sobrarme las mangas de la camisa. Al coger el coche para ir al trabajo me di cuenta de que el volante parecía quedar más lejos. Tuve que adelantar un poco el asiento del coche.

Una noche me subí a la báscula.

Sesenta kilos.

—Oye Sara, ven.

—Sí, querido...

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Parece que estoy encogiendo.

—¿Encogiendo?

—Sí, encogiendo.

—¡No seas tonto! ¡Eso es increíble! ¿Cómo puede encoger un hombre? ¿Acaso crees que tu dieta te encoge los huesos? Los huesos no se disuelven! La reducción de calorías sólo reduce la grasa. ¡No seas imbécil! ¿Encogiendo? ¡Imposible!

Luego se echó a reír.

—De acuerdo —dije—. Ven aquí. Coge el lápiz. Voy a ponerme contra esta pared. Mi madre solía hacer esto cuando era pequeño y estaba creciendo. Ahora marca una raya ahí en la pared donde marca el lápiz colocado recto sobre mi cabeza.

—De acuerdo, tontín, de acuerdo —dijo ella.

Trazó la raya.


Al cabo de una semana pesaba cincuenta kilos. El proceso se aceleraba cada vez más.

—Ven aquí, Sara.

—Sí, niño bobo.

.—Vamos, traza la raya.

Trazó la raya.

Me volví.

—Ahora mira, he perdido diez kilos y veinte centímetros en la última semana. ¡Estoy derritiéndome! Mido ya uno cincuenta y cinco. ¡Esto es la locura! ¡La locura! No aguanto más. Te he visto metiéndome las perneras de los pantalones y las mangas de las camisas a escondidas. No te saldrás con la tuya. Voy a empezar a comer otra vez. ¡Creo que eres una especie de bruja!

—Niño bobo...


Fue poco después cuando el jefe me llamó a la oficina.

Me subí en la silla que había frente a su mesa.

—¿Henry Markson Jones II?

—Sí señor, dígame.

—¿Es usted Henry Markson Jones II?

—Claro señor.

—Bien, Jones, hemos estado observándole cuidadosamente. Me temo que ya no sirve usted para este trabajo. Nos fastidia muchísimo tener que hacer esto... quiero decir, nos fastidia que esto acabe así, pero...

—Oiga, señor, yo siempre cumplo lo mejor que puedo.

—Le conocemos, Jones, le conocemos muy bien, pero ya no está usted en condiciones de hacer un trabajo de hombre.

Me echó. Por supuesto, yo sabía que me quedaba la paga del desempleo. Pero me pareció una mezquindad por su parte echarme así...

Me quedé en casa con Sara. Con lo cual, las cosas empeoraron: ella me alimentaba. Llegó un momento en que ya no podía abrir la puerta del refrigerador. Y luego me puso una cadenita de plata.

Pronto llegué a medir sesenta centímetros. Tenía que cagar en una bacinilla. Pero aún me daba mi cerveza, según lo prometido.

—Ay, mi muñequito —decía—. ¡Eres tan chiquitín y tan mono!

Hasta nuestra vida amorosa cesó. Todo se había achicado proporcionalmente. La montaba, pero al cabo de un rato me sacaba de allí y se echaba a reír.

—¡Bueno, ya lo intentaste, patito mío!

—¡No soy un pato, soy un hombre!

—¡Oh mi hombrecín, mi pequeño hombrecito!

Y me cogía y me besaba con sus labios rojos...


Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:

—¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!

En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio mientras ella batía palmas y reía. Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron almorranas. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance.

Le hacía canciones a Sara y las llamaba así: Canciones para Sara:


sí, no soy más que un mosquito, no hay problema mientras no me pongo caliente, entonces no tengo dónde meterla, salvo en una maldita cabeza de alfiler.

Sara aplaudía y se reía.

Si quieres ser almirante de la marina de la reina no tienes más que hacerte del servicio secreto, conseguir quince centímetros de altura y cuando la reina vaya a mear atisbar en su chorreante coñito...

Y Sara batía palmas y se reía. En fin, así eran las cosas. No podían ser de otro modo...


Pero una noche pasó algo muy desagradable. Estaba yo cantando y bailando y Sara en la cama, desnuda, batiendo palmas, bebiendo vino y riéndose. Era una excelente representación. Una de mis mejores representaciones. Pero, como siempre, la radio se calentó y empezó a quemarme los pies. Y llegó un momento en que no pude soportarlo.

—Por favor, querida —dije—, no puedo más. Bájame de aquí. Dame un poco de cerveza. Vino no. No sé cómo puedes beber ese vino tan malo. Dame un dedal de esa estupenda cerveza.

—Claro, queridito —dijo ella—. Lo has hecho muy bien esta noche. Si Manny y Lincoln lo hubiesen hecho tan bien como tú, estarían aquí ahora. Pero ellos no cantaban ni bailaban, no hacían más que llorar y cavilar. Y, peor aún, no querían aceptar el Acto Final.

—¿Y cuál es el Acto Final? —pregunté.

—Vamos, queridín, bébete la cerveza y descansa. Quiero que disfrutes mucho en el Acto Final. Eres mucho más listo que Manny y Lincoln, no hay duda. Creo que podremos conseguir la Culminación de los Opuestos.

—Sí, claro, cómo no —dije, bebiendo mi cerveza—. Llénalo otra vez. ¿Y qué es exactamente la Culminación de los Opuestos?

—Saborea la cerveza, monín, pronto lo sabrás.

Terminé mi cerveza y luego pasó aquella cosa repugnante, algo verdaderamente muy repugnante. Sara me cogió con dos dedos y me colocó allí, entre sus piernas; las tenía abiertas, pero sólo un poquito. Y me vi ante un bosque de pelos. Me puse rígido, presintiendo lo que se aproximaba. Quedé embutido en oscuridad y hedor. Oí gemir a Sara. Luego Sara empezó a moverme despacio, muy despacio, hacia adelante y hacia atrás. Como dije, la peste era insoportable, y apenas podía respirar, pero en realidad había aire allí dentro... había varias bolsitas y capas de oxígeno. De vez en cuando, mi cabeza, la parte superior de mi cabeza, pegaba en El Hombre de la Barca y entonces Sara lanzaba un gemido superiluminado.

Y empezó a moverme más deprisa, más deprisa, cada vez más y empezó a arderme la piel, y me resultaba más difícil respirar; el hedor aumentaba. Oía sus jadeos. Pensé que cuanto antes acabase la cosa menos sufriría. Cada vez que me echaba hacia adelante arqueaba la espalda y el cuello, arremetía con todo mi cuerpo contra aquel gancho curvo, zarandeaba todo lo posible al Hombre de la Barca.

De pronto, me vi fuera de aquel terrible túnel. Sara me alzó hasta su cara.

—¡Vamos, condenado! ¡Vamos! —exigió.

Estaba totalmente borracha de vino y pasión. Me sentí embutido otra vez en el túnel. Me zarandeaba muy deprisa arriba y abajo. Y luego, de pronto, sorbí aire para aumentar de tamaño y luego concentré saliva en la boca y la escupí... una, dos veces, tres, cuatro, cinco, seis veces, luego paré... El hedor resultaba ya increíble, pero al fin me vi otra vez levantado en el aire.

Sara me acercó a la lámpara de la mesita y empezó a besarme por la cabeza y por los hombros.

—¡Oh querido mío! ¡Oh mi linda pollita! ¡Te amo! —me dijo.

Y me besó con aquellos horribles labios rojos y pintados. Vomité. Luego, agotada de aquel arrebato de vino y pasión, me colocó entre sus pechos. Descansé allí, oyendo los latidos de su corazón. Me había quitado la maldita correa, la cadena de plata, pero daba igual. No era más libre. Uno de sus gigantescos pechos había caído hacia un lado y parecía como si yo estuviese tumbado justo encima de su corazón: el corazón de la bruja. Si yo era la solución a la Explosión Demográfica, ¿por qué no me había utilizado ella como algo más que un objeto de diversión, un juguetito sexual? Me estiré allí, escuchando aquel corazón. Decidí que no había duda, que ella era una bruja. Y entonces alcé los ojos. ¿Sabéis lo que vi? Algo sorprendente. Arriba, en la pequeña hendidura que había debajo de la cabecera de la cama. Un alfiler de sombrero. Sí, un alfiler de sombrero, largo, con uno de esos chismes redondos de cristal púrpura al extremo. Subí entre sus pechos, escalé su cuello, llegué a su barbilla (no sin problemas), luego caminé quedamente a través de sus labios, y entonces ella se movió un poco y estuve a punto de caer y tuve que agarrarme a una de las ventanas de la nariz. Muy lentamente llegué hasta el ojo derecho (tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda) y luego conseguí subir hasta la frente, pasé la sien, y alcancé el pelo... me resultó muy difícil cruzarlo. Luego, me coloqué en posición segura y estiré el brazo... estiré y estiré hasta conseguir agarrar el alfiler. La bajada fue más rápida, pero más peligrosa. Varias veces estuve a punto de perder el equilibrio con aquel alfiler. Una caída hubiese sido fatal. Varias veces se me escapó la risa: era todo tan ridículo. El resultado de una fiesta para los chicos del almacén, Feliz Navidad.

Por fin llegué de nuevo a aquel pecho inmenso. Posé el alfiler y escuché otra vez. Procuré localizar el punto exacto de donde brotaba el rumor del corazón. Decidí que era un punto situado exactamente debajo de una pequeña mancha marrón, una marca de nacimiento. Entonces, me incorporé. Cogí el alfiler con su cabeza de cristal color púrpura, tan bella a la luz de la lámpara, y pensé, ¿resultará? Yo medía quince centímetros y calculé que el alfiler mediría unos veintidós. El corazón parecía estar a menos de veintidós centímetros.

Alcé el alfiler y lo clavé. Justo debajo de la mancha marrón.

Sara se agitó. Sostuve el alfiler. Estuvo a punto de tirarme al suelo... lo cual en relación a mi tamaño hubiese sido una altura de trescientos metros o más. Me habría matado. Seguía sujetando con firmeza el alfiler. De sus labios brotó un extraño sonido.

Luego toda ella pareció estremecerse como si sintiese escalofríos.

Me incorporé y le hundí los siete centímetros de alfiler que quedaban en el pecho hasta que la hermosa cabeza de cristal púrpura chocó con la piel.

Entonces quedó inmóvil. Escuché.

Oí el corazón, uno, dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno...

Se paró.

Y entonces, con mis manitas asesinas, me agarré a la sábana y me descolgué hasta el suelo. Medía quince centímetros y era un ser real y aterrado y hambriento. Encontré un agujero en una de las ventanas del dormitorio que daba al Este, me agarré a la rama de un matorral, y descendí por ella al interior de éste. Sólo yo sabía que Sara estaba muerta, pero desde un punto de vista realista no significaba ninguna ventaja. Si quería sobrevivir, tenía que encontrar algo que comer. De todos modos, no podía evitar preguntarme qué decidirían los tribunales sobre mi caso. ¿Era culpable? Arranqué una hoja e intenté comerla. Inútil. Era intragable. Entonces vi que la señora del patio del sur sacaba un plato de comida de gato para su gato. Salí del matorral y me dirigí al plato, vigilando posibles movimientos, animales. Jamás había comido algo tan asqueroso, pero no tenía elección. Devoré cuanto pude... peor sabía la muerte. Luego, volví al matorral y me encaramé en él.

Allí estaba yo, quince centímetros de altura, la solución a la Explosión Demográfica, colgando de un matorral con la barriga llena de comida de gato.

No quiero aburriros con demasiados detalles de mis angustias cuando me vi perseguido por gatos y perros y ratas. Percibiendo que poco a poco mi tamaño aumentaba. Viéndoles llevarse de allí el cadáver de Sara. Cómo entré luego y descubrí que era aún demasiado pequeño para abrir la puerta de la nevera.

El día que el gato estuvo a punto de cazarme cuando le comía su almuerzo. Tuve que escapar.

Ya medía entonces entre veinte y veinticinco centímetros. Iba creciendo. Ya asustaba a las palomas. Cuando asustas a las palomas puedes estar seguro de que vas consiguiéndolo. Un día sencillamente corrí calle abajo, escondiéndome en las sombras de los edificios y debajo de los setos y así. Y corriendo y escondiéndome llegué al fin a la entrada de un supermercado y me metí debajo de un puesto de periódicos que hay junto a la entrada. Entonces vi que entraba una mujer muy grande y que se abría la puerta eléctrica y me colé detrás. Una de las dependientas que estaba en una caja registradora alzó los ojos cuando yo me colaba detrás de la mujer.

—¿Oiga, qué demonios es eso?

—¿Qué —preguntó una cliente.

—Me pareció ver algo —dijo la dependienta—, pero quizá no. Supongo que no.

Conseguí llegar al almacén sin que me vieran. Me escondí detrás de unas cajas de legumbres cocidas. Esa noche salí y me di un buen banquete. Ensalada de patatas, pepinos, jamón con arroz, y cerveza, mucha cerveza. Y seguí así, con la misma rutina. Me escondía en el almacén y de noche salía y hacía una fiesta. Pero estaba creciendo y cada vez me era más difícil esconderme. Me dediqué a observar al encargado que metía el dinero todas las noches en la caja fuerte. Era el último en irse. Conté las pausas mientras sacaba el dinero cada noche. Parecía ser: siete a la derecha, seis a la izquierda, cuatro a la derecha, seis a la izquierda, tres a la derecha: abierta. Todas las noches me acercaba a la caja fuerte y probaba. Tuve que hacer una especie de escalera con cajas vacías para llegar al disco. No había modo de abrir, pero seguí intentándolo. Todas las noches. Entretanto, mi crecimiento se aceleraba. Quizá midiese ya noventa centímetros. Había una pequeña sección de ropa y tenía que utilizar tallas cada vez mayores. El problema demográfico volvía. Al fin una noche se abrió la caja. Había veintitrés mil dólares en metálico. Tenía que llevármelos de noche, antes de que abrieran los bancos. Cogí la llave que utilizaba el encargado para salir sin que se disparase la señal de alarma. Luego enfilé calle abajo y alquilé una habitación por una semana en el Motel Sunset. Le dije a la encargada que trabajaba de enano en las películas. Sólo pareció aburrirla.

—Nada de televisión ni de ruidos a partir de las diez. Es nuestra norma.

Cogió el dinero, me dio un recibo y cerró la puerta. La llave decía habitación 103. Ni siquiera vi la habitación. Las puertas decían noventa y ocho, noventa y nueve, cien, 101, y yo caminaba rumbo al norte, hacia las colinas de Hollywood, hacia las montañas que había tras ellas, la gran luz dorada del Señor brillaba sobre mí, crecía.






Sonata for Cello & Piano in D Minor - Dmitri Shostakovitch feat. Mattia Zappa, Cello & Massimiliano Mainolfi, Piano 


En el relato “Un 45 para pagar los gastos del mes” Duke, el personaje principal menciona al compositor ruso durante sus cavilaciones (Pág. 133). Además de los buenos momentos que la lectura del libro ofrece también me deja éste compositor desconocido por mí hasta ahora, y de paso, al celista suizo Mattia Zappa y al pianista italiano Massimiliano Mainolfi. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Cartero, Charles Bukowski



Título original : Post office

Año de publicación : 1971

Presente edición : Editorial Anagrama, 1996

Traducción : Jorge Berlanga




Dicen que para algunos la inspiración aparece justamente en momentos trágicos; pareciera que el gran Bukowski vivió en un limbo inspirador. Aunque desde las primeras líneas de ésta, la primera novela de Charles Bukowski, derroche humor por doquier, percibo que Henry Chinaski –el alter ego del autor- también guarda un tipo de amarga neutralidad con relación a la vida que lleva. Por más recóndita que esté instalada, siempre él tiene la esperanza de que la situación mejore, y al no suceder eso, hace lo más difícil: vivirla tal y cual es, dejándose llevar, no escapando –ni intentando escapar- a su destino, y viviendo cada día como si fuese el último.

De la trajinada rutina que irá descubriendo en su nuevo empleo, pasando y aprovechando los furtivos polvos que encontrará en su agitado recorrido, y hasta ver la suerte llegar -y de qué manera- en el hipódromo, para luego regresar al punto de inicio; con sus altos y bajos, la vida de Hank es dura hasta en los momentos felices, pues siempre hay una decisión que tomar: si apostarle a tal o cual caballo, si llevarse a la cama o no a tal o cual mujer, eso sí, su vida no es nada aburrida, y Bukowski sabe plasmar y describir muy bien toda la cloaca en la que se movió y lo más importante, cómo se sintió, todo el desespero, el cansancio, el aguante, la resignación; la vida de un superviviente que no quiso encajarse ni por un ratito en lo que todos consideramos llevar una vida normal. 






Los estadounidenses pueden jactarse de contar con escritores como Kerouac, Burroughs, Fante, Carver, Faulkner, Hemingway, O’Connor, Maxwell, Oates, Hempel, Auster, Palahniuk, DeLillo, Pynchon, Roth…, (de los cuales no he leído nada…, como diría Bukowski a través de Berlanga: ¡Por Cristo!), pero entre todos estos escritores, algunos malditos, otros en camino de serlo, particularmente resalto a Charles Bukowski, y no puedo dejar de lado a Jack London, que llevaron vidas inimaginablemente tan duras y que se dieron tiempo para vencer las adversidades, el cansancio y/o la resaca y escribir tan sinceramente como pudieron, sin siquiera sospechar que serían eternos. 



PD: Haciendo el recuento de escritores norteamericanos que no he leído compruebo que la lista es grande, ojalá pueda aminorar mi ignorancia y enmendar en algo en un futuro cercano esa falta. 





Empezó por una equivocación.

Estábamos en navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que lo hacía todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase, así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas. Vaya un trabajo, pensé. ¡Tirado! Sólo te daban una manzana o dos y si te las arreglabas para terminar, el cartero regular te asignaba otra manzana para repartir el correo, o también podías volver y el jefe te mandaba a otra parte, pero lo mejor que podías hacer era tomarte tu tiempo y meter relajadamente las tarjetas de navidad en los buzones.

Creo que fue en mi segundo día como auxiliar de navidad cuando esta mujerona salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas. Cuando digo mujerona me refiero a que tenía un culazo y unas tetazas y en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba demasiado.

Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa.

Su marido trabajaba en una isla lejana y se sentía sola, ya sabes, y vivía en aquella casita de allá atrás, toda para ella.

- ¿Qué casita?- pregunté.

Ella escribió la dirección en un pedazo de papel.

- Yo también estoy solo –dije-, me pasaré esta noche y charlaremos.

Yo estaba liado con una tipa, pero ella a veces desaparecía durante unos días y yo realmente me sentía solo. Solo y deseoso de aquel culo que tenía a mi lado.

- De acuerdo –dijo ella-, te veré esta noche.

Estuvo bien, tenía un buen polvo, pero como todos los buenos polvos, al cabo de la tercera o cuarta noche empecé a perder interés y no volví.

Pero no podía dejar de pensar: “Caramba, todo lo que hacen estos carteros es dejar unas cuantas cartas en el buzón y echar polvos. Este es un trabajo para mí, oh sí.., sí.., sí..”

Páginas 9 y 10 






Tercera Sinfonía Op. 55 in Mi mayor "Heroica" - Ludwig van Beethoven, interpretado por Riccardo Muti


Quienes hemos leído algo de Bukowski sabemos que en cuanto a música clásica Chinaski -al igual que Bukowski- tenía predilección por Gustav Mahler -escuchándolos por las mañanas, mientras desayunaba unas cervezas-, sin embargo esta Tercera Sinfonía -la Heroica- de Beethoven sale a colación en la conversa de Chinaski con Janko (páginas 124 y 125), así que es la que dejamos. 

martes, 15 de enero de 2013

Memorias alcohólicas, Jack London




Título original : John Barleycorn
Primera edición : 1913
Presente edición : Ediciones 29, Libros Rio Nuevo, 1984
Traducción : Jacinto León Ignacio 


Todos en algún momento hemos conocido a John Barleycorn. Y probablemente en el futuro él se sentará nuevamente a nuestro lado, nos animará, nos dará valor a hacer lo que quizá no deberíamos, se reirá con nosotros, quizá también llore, será nuestro confidente y siempre llenará nuestros vasos, aunque juremos que nunca más libaremos de aquella manera, en el fondo sabemos que en un futuro él nuevamente vendrá y aceptaremos su compañía e invitación a dejarnos envolver por el influjo del alcohol. 

En esta obra escrita tres años antes de su muerte Jack London (1876 – 1916) nos invita a conocer buena parte de su propia vida, cómo a pesar de no gustar del sabor de la cerveza y menos aún del whisky se va envolviendo con diferentes grupos de personas y en situaciones en las que se ve obligado por las circunstancias a beber, imitando a tipos maduros y curtidos cuando él recién salía de la adolescencia. En ningún momento intenta sermonear acerca de los problemas que trae el alcoholismo, solamente nos narra –y de qué manera, muy cruda y muchas veces muy divertida- las peripecias en las que se metía y lo que realmente pasaba por su cabeza aunque por fuera todos lo vieran como un tipo aguerrido a pesar de su corta edad. Nos describe las interminables resacas, los juramentos de no volver a emborracharse, las grandes fases con el cuerpo limpio de alcohol, y las inevitables recaídas, en donde siempre estaba él esperando pacientemente, John Barleycorn. 

Conocemos los durísimos oficios y trabajos a los que se enrolaba, cómo lo explotaban, su vida aventurera y gitana, y cómo se las ingeniaba -en medio de todo eso- para leer todo lo que podía, cuando podía, y también escribir sus relatos, y mandarlos a las diversas revistas y diarios aunque por ello recibiese muy poco y generalmente atrasado. 

John es quizá el nombre más común, y Barleycorn hace mención a los dos productos usados para elaborar el whisky y la cerveza: la cebada y el trigo/maíz. Así es llamado el personaje que estará al lado de cualquiera previa a una borrachera. No es un invento de London, esta leyenda ya existía y era usada por las diversas sociedades de temperancia –asociaciones voluntarias de personas unidas con un mismo fin- para denominar el demonio del alcohol. 




London ejerció como marinero, descargador de muelles, buscador de oro en Alaska, fogonero, obrero en una fábrica de yute, pescador en los diversos mares, con vivencias en cada puerto que le sirvieron de inspiración para muchas de sus historias –aunque haya tenido también muchas denuncias de plagio en su contra- pero sobre todo escritor, y no sé si todo pero gran parte de su vida está narrado aquí donde él y John Barleycorn son los principales personajes de esta historia. 

Llama la atención que hacia el capítulo 23, poco más de la mitad del libro London ya haya vivido y sufrido tanto, y aún no pasaba los diecinueve años, pero hasta en las partes más crudas el autor nos las da a conocer con un fino humor, como riéndose de sí mismo. También esa imagen de duro y curtido por la vida cambia radicalmente cuando empieza a intentar a relacionarse con chicas de su edad, su timidez y ansiedad afloran y nos hace testigos de sus más sinceras ingenuidades. Las descripciones de sus estados anímicos son apabullantes, sus puntos de vista desde la embriaguez escarapelan la piel, y sobretodo el análisis que consigue hacer de su enemigo íntimo, entendiendo finalmente su proceder, sus acciones. 

Así también las descripciones de dos momentos que podrían pasar desatentos en cualquier historia pero no en ésta de London: cuando no había dinero para la compra de licor y el crédito había pasado el límite, John Barleycorn se manifestaba de manera inusitada mediante alguna oportunidad única: “la compra” de gente para llenar mítines, llevándolos en vagones de trenes abarrotados por parte de los políticos de turno a cambio de licor en cantidades industriales, esto hacía al autor enarbolar alguna bandera para así poder saciar su vicio. También, las descripciones amorosas hacia aquel objeto de deseo que añoraba desde muy joven: una máquina de escribir. Conocemos todo el sacrificio que hacía para poder estar delante de una y pasar a limpio sus sucios y arrugados manuscritos. 

Esta obra cumple en este 2013 nada menos que cien años de su publicación por primera vez. Es quizá una de las obras menos conocidas –editadas, en nuestro idioma- del autor, pero que al igual que sus obras más famosas engancha desde un inicio develando gran parte de todo ese halo de misterio que envuelve la vida de este aventurero y gran escritor que era Jack London.


A bordo del Sophie Sutherland no había nada que beber y navegamos durante cincuenta y cinco días, aprovechando el viento, hacia las Islas Bonin. Se había elegido ese archipiélago que pertenecía al Japón como punto de reunión para las flotas canadienses y americanas de cazadores de focas. Llenábamos los depósitos de agua y hacíamos las reparaciones antes de iniciar los cien días de persecución de las manadas de focas a lo largo de las costas septentrionales del Japón hasta el mar de Behring. 
Los primeros cincuenta y cinco días de navegación y sobriedad me habían dejado en excelentes condiciones. Eliminé todo el alcohol y desde el momento en que se inició el viaje no tuve el menor deseo de beber. Dudo que ni siquiera llegase a pensarlo. Con frecuencia, naturalmente, la conversación en el castillo de proa versaba en el alcohol y los hombres referían sus borracheras más interesantes o más divertidas, que recordaban con mayor aprecio que todos los demás incidentes de su vida aventurera. 
El más viejo de los marineros era Louis, gordo y cincuentón. Se trataba de un capitán degradado. John Barleycorn le había destrozado, e intentaba rehacer su carrera donde la comenzara, en el castillo de proa. Su caso me causó una profunda impresión. John Barleycorn causaba otras desgracias además de matar. No mató a Louis. Le hizo algo peor. Le había robado su autoridad, el grado alcanzado y sus comodidades, humillando su orgullo y condenándole a las penalidades del simple marinero que iban a durar tanto como su vida, lo que prometía ser mucho tiempo. 
Cruzamos el Pacífico, hasta atisbar los picos volcánicos, cubiertos de selva, de las Islas Bonin, navegamos por entre los arrecifes de las bien protegidas caletas y soltamos el ancla al reunirnos con una docena o más de vagabundos del mar como nosotros. El aroma de una vegetación tropical nos llegaba desde la costa. Los aborígenes, en extrañas canoas, y japoneses con pintorescos “sampans” se acercaban a nuestro buque para subir a bordo. Era mi primera visita a una tierra extraña. Había llegado al otro extremo del mundo y podría ver todas las cosas acerca de las que tanto había leído. Estaba ansioso por bajar a tierra. 

Fragmento del capítulo 16, pág 109 y 110. 

viernes, 4 de febrero de 2011

El juicio de Paris, California vs Francia, la histórica degustación de 1976 que revolucionó la historia del vino - George M. Taber




Título original : Judgment of Paris. California vs France and the historic 1976 Paris tasting that revolutionized wine.
Año de publicación : 2005.
Título de la edición brasileña : O julgamento de Paris: California x França, 1976, A histórica degustação que revolucionou o mundo do vinho.
Traducción : Liliane Marinho.
Editora Campus-Elsevier - 2006.


Luego de leer los tres primeros capítulos se percibe rápidamente lo que estamos por encontrar páginas más adelante: lo mucho que hay por aprender en el mundo de los vinos; leer esta obra de George M. Taber es como asistir a una clase magistral sobre esta divina bebida, y fundamentalmente, conocer de primera mano uno de los capítulos más importantes en la historia del vino: la decisiva cata a ciegas del 24 de mayo de 1976, en el Hotel International de Paris, donde los más distinguidos catadores, conocedores y amantes del vino, todos franceses, probaron los hasta entonces desconocidos y hasta injustamente menospreciados vinos californianos, poniéndolos a prueba contra los famosos Gran Crus franceses, obteniendo como resultado la abrumadora victoria de los vinos estadounidenses en vinos blancos, y aunque en tintos no fue igual de avasallador, también fue un vino norteamericano el que venció, ante el estupefacto de los jueces, llegando incluso alguno a intentar cambiar sus votos, y viendo cómo un mito se iba directo a los baldes de la degustación.

El autor de este libro, periodista de la revista Time, estuvo presente aquel día, siendo testigo de tal evento. Ya me imagino el orgullo que debe haber sentido Taber al ver cómo los vinos de su país vencían a los top franceses.

Tampoco es para creer que los vinos franceses eran malos; nada de eso, en su gran mayoría van de muy buenos a excelentes, pero antes se tenía el concepto de que solamente en Francia se elaboraba un vino con calidad, mirando por encima del hombro a productores de otros países, incluso a sus vecinos europeos, y con mayor razón si estos eran del otro lado del charco.

Este evento fue organizado por el inglés Steven Spurrier (actualmente Asesor editorial de la revista “Decanter”) y su socia Patricia Gallagher, directora de la “Académie du Vin” en aquel tiempo (hasta la fecha de la publicación de esta obra ella es directora académica encargada del departamento de vinos de la escuela de culinaria “Cordon Bleu” en Paris), quienes cursaron invitaciones a nueve personalidades en el mundo del vino y de la gastronomía francesa, participando ellos también de la cata, sin que sus puntajes se sumaran al total. Al cursar dichas invitaciones sólo se mencionó que habría una degustación de vinos californianos, nunca se dijo que serían comparados con vinos top franceses, lo que posteriormente, ya con el resultado final haciendo noticia en todo el mundo, le ocasionó serios problemas a Spurrier, ya que él vivía y trabajaba en Paris desde hace algún tiempo, inclusive fue tildado de traidor, siendo recién en 1999 “perdonado” por el “establishment” francés quienes le otorgaron en ese año el premio Louis Marinier por sus escritos sobre el vino Bordeaux.

La lista de jurados de “El juicio de Paris” estaba compuesta por:

- Pierre Bréjoux; Inspector General del Consejo de Apellation d’Origine Controlee, órgano que controla la producción de los mejores vinos de Francia, y autor sobre varios libros de vino de ese país.

- Michel Dovaz; profesor de los cursos de francés en la Académie du Vin. Posterior a esta cata escribiría varios libros sobre vino, y el capítulo sobre la Región de Champagne del “Guide Hachette des Vins”.

- Claude Dubois-Millot; director de ventas de la guía GaultMillau. Único jurado inexperto; esta fue su primera cata.

- Odette Kahn; editora de la “Reviu du Vin de France” y también de “Cuisine et Vines de France”. Esta distinguida dama fue quien le pidió a Spurrier -quien estaba sentado a su lado- que le devuelva sus fichas con los puntajes que había dado, alterándose un poco, sin perder el charm, por supuesto.


De izquierda a derecha: Patricia Gallagher, Steven Spurrier, y Odette Kahn, durante la cata a ciegas.



- Raymond Oliver; chef y dueño del famoso restaurante “Le Grand Véfour”. El local fue fundado a finales del siglo XVIII y fue el lugar preferido de personajes que van desde Napoleón, pasando por Voltaire, Sartre, Colette y Victor Hugo. Restaurante galardonado con tres estrellas en la Guía de Restaurantes de Michelin.

- Pierre Tari; dueño del Chateau Giscours (uno de los catorce Troisièmes Crus según la famosa clasificación de 1855), y Secretario General de la “Association des Grands Crus Classés”.

- Christian Vannequé; sommelier jefe del restaurante (también tres estrellas Michelin) “La Tour d’Argent”, quizá el restaurante más famoso en Paris.

- Aubert de Villaine; uno de los dueños y directores del “Domaine de la Romanée-Conti”, mítico vino, uno de los más caros del mundo. El costo aproximado de una botella fluctúa los $20,000 (veinte mil dólares americanos, para que no haya duda).

- Jean-Claude Vrinat; dueño del “Taillevent”, otro famoso restaurante tres estrellas Michelin.

La tabla con los puntajes finales es la siguiente:



Además, la obra viene con las fichas con los puntajes dados por cada jurado.
La obra nos trae la historia de cada uno de los vinos que participaron de esta cata a ciegas. Seis chardonnay y seis cabernet sauvignon del Valle de Napa, y a su vez, cuatro de las mismas cepas de los top franceses. En ambos casos vienen con mapas de las regiones.

Los resultados de esta degustación no sólo fueron buenos para los vinos estadounidenses, también comenzó a mirarse otras opciones de tierras, con climas y microclimas muy diversos, donde también se podía cultivar y desenvolver las diferentes cepas. Así, mientras algunos personajes en Francia cerraban sus filas menospreciando los resultados de aquella degustación, otros, más visionarios, decidieron adaptarse, comenzando a dar la importancia debida a sus vecinos europeos: tanto en Italia, España y Portugal se elaboraban vinos excepcionales, y países como Australia, Nueva Zelandia, Sudáfrica, Chile y Argentina eran “descubiertos”, siendo aceptados al punto de hacerse de tierras en estos nuevos lugares y/o creando alianzas que se mantienen hasta la actualidad: en 1995 la productora de champagne Vleuve Clicquot compró tierras en Marlboruough, Nueva Zelandia, y en el año 2000 el Domaine Henri Bourgeois, uno de los líderes de la producción del Sancerre y el Pouilly-Fumé también se hizo de tierras en la misma región; en 1978 el Barón Philippe de Rothschild forma una sociedad con Robert Mondavi produciendo desde 1979 el “Opus One”; a su vez, Mondavi forma sociedad en 1989 con la familia de Eduardo Chadwick de la Viña Caliterra, lanzando posteriormente en 1995 la marca ultrapremium “Seña”; y si Mondavi le puso el ojo a Chile, la Baronessa Philippine de Rothschild, encargada de los negocios familiares tras la muerte de su padre en 1988, le siguió los pasos, haciendo sociedad con Don Eduardo Guilisasti Tagle, presidente de la gigante Concha y Toro, lanzando por primera vez al mercado en 1996 el top franco-chileno, “Almaviva”. Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos después del Juicio de Paris.

Taber examina al detalle cada región, relatando sus viajes y visitas a cada uno de los lugares que hace mención en su obra, donde se entrevistó y conoció los viñedos y la tierra donde es cultivada cada una de las diversas cepas, desde las tinta barroca y touriga francesa portuguesas, pasando por el sauvignon blanc neo zelandés, el syrah australiano, hasta el único carménère chileno, entre otras. Una sola inquietud me dejó este libro: Taber no menciona (y parece no haber ido) a la Argentina. Los vecinos aparecen solamente en un cuadro estadístico sobre la producción mundial de vino.

Taber, como no podía ser de otra manera nos revela el famoso Valle de Napa, o Napa Valley, antes y después de la cata del ’76, conociendo a través de él las virtudes de aquel lugar, las cepas chardonnay y cabernet sauvignon cultivadas ahí, y las historias detalladas de aquellos emprendedores, los cuatro winemakers que no se amilanaban ante las diversas dificultades que encontraban, y que supieron reconocer en esa tierra el paraíso que ahora todos sabemos que es; ellos, los principales personajes de esta obra: Miljenko Grgić quien se cambió el nombre a Mike Grgich; Warren Winiarski, Jim Barrett, Андрей Челищев, o André Tchelistcheff, y claro, también Steven Spurrier, el inglés radicado en Francia, amante de los vinos de ese país, quien encontró los vinos del Valle de Napa tan buenos como los franceses, llevándolos a Paris, promoviéndolos junto a Patricia Gallagher, con quien Spurrier solía viajar por las diversas regiones francesas, conociendo cada vez más sobre las diferentes castas producidas por allá, recaudando cada vez más información y experiencias. Taber sabe transmitir la emoción de aquel tiempo, el sentimiento de estas personas en esta tarea tan noble, todas totalmente desconocidas hasta ese entonces en el mundo vinícola.


El autor, a la izquierda, durante la prueba en Paris.

Hay un capítulo dedicado a Robert Mondavi, en donde Taber se remonta al patriarca Cesare Mondavi, quien migró desde su lejana Sassoferrato en Italia a instalarse en Estados Unidos. Robert Mondavi es una presencia constante en varios capítulos del libro, además de escribir el prefacio de esta obra.

También hay mención sobre aquel joven abogado de Monkton en Maryland, de 31 años, quien comenzó a publicar en 1978 críticas a vinos con una franqueza nunca antes vista, enfureciendo a unos y entusiasmando a otros, utilizando un puntaje sobre 100, y cómo a través del tiempo la figura de ese joven de nombre Robert Parker fue creciendo, hasta ser él quien decida –por sus críticas- si un vino no tendrá mayor relevancia, por un puntaje bajo, o si su venta será muy rápida y el precio será elevado, por un puntaje alto. También cómo de esta forma, poco a poco diversas viñas comenzaron a crear los vinos al gusto de él, vinos que por aquí se conocen como "parkerizados", o sea, especialmente hechos para recibir puntajes altos por The Wine Advocate, revista bimensual que él dirige. Taber hace mención también a los vinos de garaje, que generalmente reciben una puntuación alta por Parker, y que los torna caros y difíciles de encontrar. Un ejemplo de ello, por un “La Mondotte” Parker mencionó: “Lo máximo en vinos de garaje, ultraconcentrado, asustadoramente caro, pero que vale cada centavo”. (Pág. 311)

No hay una sola línea en este libro que te sumerja en el sopor de una lectura pesada; en lo absoluto. Taber se comporta como un paciente profesor que adaptó los acontecimientos sucedidos que le fueron narrados, entrevistas ejecutadas, y el punto central del cual fue testigo privilegiado, mezclando y ordenando todo esto, logrando formar un gran relato. Esto no es ficción, es historia pura.



Puesto que cada uno de los capítulos y/o sub capítulos son amplios, no traduzco alguno de ellos en su totalidad. Dejo este "cachito”:

Poco después de las tres de la tarde, Spurrier pidió un minuto de atención a todos. Agradeció a los jurados por la presencia y explicó que estaba promoviendo el evento junto con Gallagher para presentar algunos vinos californianos como parte de las conmemoraciones del bicentenario de la independencia norteamericana, y en homenaje al papel desempeñado por Francia en esa conquista histórica. Dijo también que tanto él como Gallagher habían realizado recientes viajes a California, quedando sorprendidos con la calidad del trabajo desarrollado en esas pequeñas vinícolas, todavía desconocidas. Pensó que los franceses se interesarían por aquellas novedades. Fue entonces que Spurrier dijo que, aunque los había invitado para conocer una muestra de los vinos californianos, él también incluiría en la degustación que estaba por comenzar, algunos vinos franceses equivalentes. Finalmente, adicionó que, para tornar las apreciaciones más objetivas, creía mejor que la degustación se realizara a ciegas. Como no hubo objeciones, los jurados tomaron sus lugares atrás de la larga mesa, y el evento comenzó.

Fragmento del capítulo “Un malestar inesperado”, página 221.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Juan Salvador Gaviota, Richard Bach / El delfín, historia de un soñador, Sergio Bambarén



Título original: Jonathan Livingston Seagull, a story;
Año : 1970;
Autor: Richard Bach;
Título en português: A história de Fernão Capelo Gaivota;
Título en español: Juan Salvador Gaviota;
Traducción al portugués: Antônio Ramos Rosa y Madaléna Rosalez.
Editorial Nórdica Ltda. 1977.


Este libro formaba parte de un conjunto de lecturas en la escuela, hace algún tiempo ya. Es una lectura ligera, con una historia simple pero que, para un niño que cursa la primaria hace que el mensaje que guarda sea motivador: creer en tus sueños, hacer lo que más te gusta, y esa analogía tan trillada como efectiva: no sólo vivir para pescar sino pescar para vivir.


(Portada de la revista "Time" del 13 de noviembre de 1972)


Juan Salvador Gaviota es un soñador, y quiere hacer algo más que el resto de su bando se limita a hacer día tras día. Lo califican de irresponsable y llega a ser expulsado de su grupo. Él quedará libre para hacer lo que le plazca, encontrando compañía de dos gaviotas puras y brillantes, divinas, quienes se comunican con él, motivándolo. Llegará así, tras duro entrenamiento, a ejecutar nuevas maniobras en el arte de volar, conociendo técnicas nuevas y alcanzando velocidades inimaginables. Juan Salvador Gaviota retornará con su bando, sin llegar a juzgarlos, y sin ningún rencor en su ser, perdonará, y alentará posteriormente a otras como él, que soñaban con hacer algo diferente, a motivar y a realizar sus sueños, entre ellos su amigo Francisco Gaviota, quien quedará como instructor antes de que, Juan Salvador Gaviota literalmente desaparezca.





Título Original: El delfín, historia de un soñador;
Autor: Sergio Bambarén;
Año: 1997;
Título en portugués: O golfinho, a história de um sonhador;
Traducción al português: Márcia Frazão;
Editora Academia de Inteligência / Editorial Planeta, 2008.


Hace unos meses hubo en las Livrarías Curitiba un buen descuento en muchos libros que ahí ofrecen: entre diversos títulos y portadas había una con un delfín, que sobresalía con esa banda roja diferenciando aquel libro del resto: “¡Más de 10 millones de libros vendidos en todo el mundo!”; la obra prima de Sergio Bambarén en la actualidad quizá ya superó esa cifra.


(Foto de Ernesto Arias, tomada del decano peruano El Comercio)


Daniel Alexandre Delfín es un soñador, y quiere hacer algo más que el resto de su grupo se limita a hacer día tras día. Él sueña con la onda perfecta, decidiendo un buen día abandonar su grupo y adentrarse en la inmensidad del océano, buscando así el propósito de su vida. Una voz divina, la voz del mar, lo aconsejará y guiará. Conocerá en su aventura otras especies con las que intercambiará algunos pareceres, como el pez –sol, quien sueña con poder tocar algún día aquella estrella; un tiburón, afligido por su fama de voraz asesino; un viejo delfín, quien como él también era un soñador; y una ballena jubarte o jorobada, quien a pesar de su grandeza es temerosa de una especie llamada hombre. Daniel Alexandre Delfín encontrará la ola perfecta en el mismo instante en que encontrará dos ejemplares de aquella especie de quien la ballena jorobada teme, comprobando que estos seres dominan las olas al igual que él. Luego de aquella experiencia retornará a su grupo e inculcará lo aprendido. Tendrá varios alumnos, entre ellos Miguel Benjamín Delfín quien finalmente quedará como instructor tras la partida definitiva de Daniel.

Tener un escritor peruano quien con su primer libro llegue a ser best seller en el mundo entero no es de todos los días -ni Vargas Llosa antes del premio nobel, y quizá ni después-, así que merece ser leído, por lo menos por cultura general. Sin embargo, para quienes ya habíamos leído el libro del estadounidense Richard Bach es imposible el no compararla con la obra de Sergio Bambarén.

Ya en la revista “Punto de Equilibrio” del Programa de Coyuntura Económica del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, en su edición de noviembre del 2008, Víctor Andrés García-Belaúnde Velarde realiza la crítica titulada “Como transformar una gaviota en delfín…, y que nadie se dé cuenta en el intento”, donde da cuenta de las coincidencias entre ambas obras:

- Los nombres (ambos se apellidan según su especie);

- El descontento con la rutina de comer y vivir bien;

- La realización de una actividad solitaria mal vista por la comunidad (sea volar o correr olas);

- El hallazgo de nuevas maneras de realizarla (volar más rápido o correr olas más grandes), olvidándose de pescar y comer. A ello sigue el reproche de la comunidad por el incumplimiento de las reglas, el exilio, el encuentro con dos compañeros de aprendizaje, el retorno a la comunidad y posterior apostolado, y, finalmente, el desvanecimiento de los protagonistas en pleno ejercicio de la actividad liberadora, sea esta volar o correr olas.


Da cuenta también de la frase al final de ambas obras, esto en la edición en castellano:

- “Inclusive, la frase con la que concluye cada autor es similar: “Su carrera hacia el aprendizaje había empezado”, en Juan Salvador Gaviota, y “ (…) su viaje al reino de los sueños había empezado”, en Daniel Delfín.”

Al tener las ediciones en portugués la comparación de esta última frase no puedo realizarla, pero hay otra frase, también al final de ambas obras muy parecidas:

- “Bem, então não está longe o dia em que aparecerei na sua praia e lhe mostrarei uma ou duas coisas acerca do vôo!
(Juan Salvador Gaviota, página 152.)

- “Um dia ainda vou te encontrar, Daniel”, pensou, “e vou te ensinar umas coisinhas a mais sobre o surfe!
(El Delfin, página 98.)

Agregaría también otra coincidencia: la obra de Bach viene con fotografías (de Russel Munson) de diversas gaviotas, mientras que la obra de Bambarén viene con dibujos (de Oscar Astromujoff) de diversos delfines.

Hasta en el inicio encuentro algo similar:

- “Ao verdadeiro Fernão Capelo Gaivota que vive em todos nós.
(En la obra de Richard Bach, página 9.)

- “Para o sonhador que há dentro de cada um de nós.
(En la obra de Sergio Bambarén, página 7.)

Lo curioso es que “El delfín” ya tiene 13 años de ser publicada, en todo el mundo, y en más de 37 idiomas; tiene hasta película animada (que está en la locadora cerca de casa). La gaviota de Bach también tiene una película donde la excelente banda sonora -realizada por Neil Diamond- destacó más que el film en sí.

Be - Neil Diamond - Banda sonora de Jonathan Livingston Seagull


Skybird - Neil Diamond - Banda sonora de Jonathan Livingston Seagull


Por otro lado, no existe pronunciamiento al respecto por ninguno de los autores. Nadie le ha preguntado a Bach su parecer sobre “El delfín”, pero lo más impresionante, en los diversos programas y entrevistas nadie le pregunta a Bambarén sobre este “rumor” acerca de las “coincidencias” que algunos de sus lectores han encontrado, y que creemos es más que una influencia. ¿Será que los diversos entrevistadores (hasta estadounidenses) no han leído el Juan Salvador Gaviota de Bach?

Siempre Bambarén repite que conoció a aquel delfín que dio origen a la historia surfeando en la playa Guincho de Portugal. Hasta me he encontrado con un comercial de un banco peruano (excelente comercial por cierto, de J. Walter Thompson, que parece trabajar sobre la alegoría de la caverna de Platón.) basado en la historia del escritor peruano.



Después de leer ambos libros estoy entre los que creemos que la obra prima de Sergio Bambarén hace honor a la palabra formada por las primeras cinco letras de su apellido; muy lindo para ser realidad.

El mensaje es el mismo, y sería interesante leer ambas obras seguidas y que -como siempre- cada uno saque sus propias conclusiones.


Fuente:

- Texto de la reseña de Víctor Andrés García-Belaúnde Velarde alojado en la página web de la revista Punto de Equilibrio de la Universidad Del Pacífico:

http://www.puntodeequilibrio.com.pe/punto_equilibrio/01i.php?pantalla=noticia&id=15727&bolnum_key=27&serv_key=2100