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lunes, 14 de julio de 2014

Grandes simios, Will Self




Título original : Great apes

Año de publicación : 1997

Título en portugués : Grandes símios

Año de esta publicación : 2006

Editora : Alfaguara

Traducción : José Rubens Siqueira
 


Instantes antes de abrir este libro de Will Self, viendo sólo la portada, intentaba imaginar cuán lejos llegaría con sus alucinaciones en esta historia, más aun viendo la cantidad de páginas de esta obra (406, nada menos) y tras la lectura, a la que voy cayendo y envolviéndome a cada capítulo de una manera cada vez más frenética se reafirma en mí en que por lo menos un libro de él tengo que leer por año. Porque ofrece historias totalmente diferentes de cualquier otro escritor; porque llega a inventarse su propio vocabulario que al poco tiempo lo adopto como si ya conociera de antemano esos términos; porque hace ver aquella realidad tosca y hostil tan cotidiana y normal, y sólo al cerrar el libro en algún capítulo caigo en la real de esta enorme diatriba: basta sentarse frente al noticiero de cualquier noche para reparar un entorno tan o más animalesco que el que aquí este escritor inglés me presenta; el mundo al revés.

Simon Dykes es un reputado artista plástico quien en una noche llena de alcohol, cocaína y éxtasis, luego de salir del club con sus amigos y enamorada, y tras una noche de amor con ella, despierta convertido en mono, y para su sorpresa él no es el único, su amante también es una bella macaca, el mundo todo por su ventana y también por la televisión están poblados y dominados por monos quienes son el ser supremo, la raza dominante, y el hombre, esa simpática criatura proveniente de África está relegado a eso, a ser vistos con gracia a través de algún documental o del vidrio o jaula de algún zoológico de la ciudad: por favor, está prohibido alimentarlos. Esta singular paranoia, la de creerse un humano y aparente pérdida de su “chimpunidad” despierta la curiosidad científica del Dr. Busner, renombrado psiquiatra londinense, quien desde que se entera del caso lo toma con pinzas y define un tratamiento especial para que este buen tipo –ah…, los artistas- recupere su conciencia y su identidad, la de ser un simio, y no cualquier simio, sino uno importante en esta gran sociedad, uhuhu… ahahah…

Los toqueteos entre uno o varios congéneres, personajes en la trama son normales –si hasta se da en el hombre, lo que refuerza aquella teoría de provenir de ellos- así, la Dra. Jane Bowen hace lo mismo con Sarah, la guapa novia de Simon, mientras la entrevista para conocer más detalles –rozando su mano con el sexo de su entrevistada mientras conversan- del excéntrico paciente, y es que Simon lo es: en un ala psiquiátrica donde hay desde quienes se creen gallinas, emperadores y hasta alienígenas, el nuevo paciente, a pesar de sus chillidos y ululos de proporciones estentóreas intercaladas en su voz está convencido de ser un hombre; vaya orate. 


El sexo está presente sin hipocresías, generalmente cumpliendo una función anti estrés, también para crear un vínculo afectivo, generar confianza ante un pedido, una conversación, o para reforzar una, pero es verdad que aquel comportamiento es altamente lascivo, libidinoso, es tan común que antes de la mitad del libro ya me acostumbro a encontrar tan normal esos toqueteos entre desconocidos que hasta hubo días en que temía hacer algo similar con alguna colega en el gym. 





Will Self consigue ser más equilibrado en su alucinada trama, no pierde el rumbo como en “Mi idea de la diversión”, consiguiendo atraer al lector, capturar su atención rápidamente como en “Cock & Bull”, aunque tras esta lectura reconozca que aquel primer libro es menos elaborado que el de la presente reseña. Aquí también envuelve desde las primeras páginas pero en ningún momento te deja de sorprender, sosteniendo la intriga y la curiosidad por poco más de 400 páginas que fluyen ávidamente. Tiene un fondo muy cotidiano: conforme avanza la historia uno piensa en cómo no necesitamos ser monos para adoptar comportamientos muchas veces tan inadecuados a las de un ser pensante: exagerar con alcohol; uso de drogas como si fuese el pan de cada día; asesinatos que de tanto ocurrir llegan a ser hechos banales; la cotidianeidad de la promiscuidad. De lejos deja claro que no quiere sermonear, tan solo reírse de la raza humana, de uno mismo.

Lecturas como ésta -donde a cada capítulo encuentro escenas sorprendentes llenas de un humor ácido y muy negro- reafirman el gusto por la literatura. Ojalá y encuentre más traducciones de sus obras, que veo son varias. Gracias Will, lo hiciste de nuevo.


The lazy song – Bruno Mars 



No conocía a Bruno Mars hasta que cantó en el último Super Bowl a inicio de este año así que buscando entre sus vídeos apareció éste con el que nuestra niña enganchó. Le encanta ver este vídeo, y encalza justo a mi salida de este universo simiesco disfrutado en el libro de Self. Es rico verla reír viendo a los monitos bailando aunque lo hagan en honor a la ociosidad. El vídeo parece grabado en una sola toma lo que lo torna atractivo. All you need is pop, como cantaba Calamaro.

jueves, 28 de febrero de 2013

Hijos de la medianoche, Salman Rushdie


Título original : Midnight’s children, 1981 
Título en portugués : Os filhos da meia-noite 
Editora Companhia das Letras, 2006 
Traducción de la introducción : José Rubens Siqueira 
Traducción de la obra : Donaldson M. Garschagen. 

Salman Rushdie supo invertir muy bien las setecientas libras que recibió como adelanto por su primera novela, “Grimus” (1975) –que hasta donde sé no ha sido editada en castellano, ni por aquí en portugués- yéndose de aventurero, de mochilero –quizá- por la India, optando por quedarse en pequeños hostales y viajando de ómnibus, conociendo aún más ese rico universo que debe ofrecer un país tan extremo como aquel, y alternando experiencias adquiridas en el transcurso de ese viaje con ideas que ya tenía abortado años atrás nace esta novela, donde el realismo mágico se amalgama perfectamente con una realidad que en muchos momentos, para nosotros occidentales, puede parecer ficción pura, aunque no lo sea. 

En esta obra de Rushdie encontramos cómo el 15 de agosto de 1947 la India no sólo obtenía su independencia, también nacían 1001 niños a la medianoche de ese día, dos en particular, los más cercanos a esa hora exacta, uno de familia musulmana y otro de familia hindú, quienes son intercambiados por la enfermera que se encargaba de ellos en ese momento, cambiando así también el destino de esos niños y de esas familias. Tiene sentido este paralelismo, tanto la India como Salim Sinai y los otros mil niños que nacieron en esa primera hora de libertad estaban en pañales. 

El autor a través de nuestro narrador, Salim Sinai, uno de esos dos niños intercambiados en aquella fecha histórica, nos presenta diversas historias que él mismo va develando a su ahora esposa Padma en una narración nada lineal, con constantes saltos en el tiempo, regresando al presente, a veces incluso llevándonos a un desenlace futuro de algún personaje, para luego retornar rápidamente al pasado donde se desarrolla la acción de los hechos. La trama puede parecer algo confusa por momentos, más aún cuando en las primeras líneas encontramos a un narrador que no sabe cómo comenzar a develar su historia, encontrando luego la manera adecuada de hacer conocer a Padma –y a nosotros- su singular y enreverada historia. Rushdie es tan seguro de su argumento, tan bien articulado, que se arriesga a entregarnos un dubitativo narrador; Rushdie es un gran titiritero que sabe el momento exacto para jalar las cuerdas de sus variopintos personajes perfectamente perfilados, envueltos en una trama por momentos tan caótica como debe de ser cuando un país obtiene su independencia, con todo lo bueno y malo que esto acarrea: grupos políticos peleándose por el poder, subdivisiones, mala administración, crisis internas, matanza de gente inocente, guerras, y todo esto puede resultar súper aburrido si no fuera por las diversas pinceladas –en verdad, brochazos- de realismo mágico que el autor sabe dosificar a la dura realidad. 

Aquí, por ejemplo, el optimismo es una temible enfermedad de proporciones pandémicas. Por otro lado, tanto Salim Sinai como Shiva, los niños que fueron intercambiados a la hora de nacer, tienen poderes especiales: el primero, más humanista, comienza a cultivar la telepatía, ya el segundo, es más práctico y subversivo, quiere guerra, y usar a “sus hermanos” para ese fin, ambos pelean el liderazgo de todos los niños nacidos en esa hora por ser ellos los primeros en ver la luz exactamente a la medianoche de ese día; y los otros niños también descubren tener poderes tan diversos que pareciera una versión india de los X-Men: uno domina las perdidas artes de la alquimia, otro puede mudar de sexo al sumergirse en el agua, otro puede viajar a través del tiempo yendo al futuro o regresando al pasado pero con un gran problema de comunicación -ah…, si lo escucharan-; y una en particular: Parvati, la iluminada, poseedora de los dones genuinos de la hechicería, nacida tan sólo siete segundos después de Salim y Shiva. 

Cuanto más cerca de la medianoche han nacido mejores poderes desarrollarán. Salim comienza a comunicarse telepáticamente con los otros niños instándolos a ayudar a su prójimo, ya Shiva los quiere usar para obtener poder, todas estas discusiones realizadas a partir del décimo cumpleaños de los 581 niños que sobrevivieron –de los 1001 que nacieron- llegando a esa edad. 

Con estos recursos Rushdie nos entrega esta saga familiar remontándose a la génesis de Salim Sinai, con una escrita pulcra, y para este caso, una traducción a la altura de tamaña novela y tremendo autor, hay que reconocerlo, pues aunque no haya ni ojeado alguna versión en su idioma original he podido leer un libro de Rushdie en castellano (“Los versos satánicos”) y tanto en aquel, como ahora con éste en portugués guardan esa pulcritud en la prosa, consiguiendo en ambos casos mantenerme enganchado al libro y a la trama. 



Rushdie critica duramente, a los ingleses, por ejemplo, por la masacre de más de dos mil indios en Amritsar por parte de los soldados del general Reginald Dyer en 1919; y a los indios, pues cuando obtuvieron su tan ansiada independencia no demoraron mucho en hacer ver a los suyos que no estaban preparados para tal cambio: los diversos grupos políticos se peleaban el poder; se defendieron con más fuerza las diversas lenguas que por allá se hablan, casi instintivamente, como para diferenciarse; se subdividió la India en nuevos estados y territorios administrados por el gobierno federal; enfrentamientos directos entre hindúes, musulmanes y sijs; poco más de un mes después de obtener la independencia se desata la –primera- guerra Indo-Pakistaní: todo lo que las autoridades de aquel tiempo hacían y planeaban sólo conseguía separar aún más a los indios, generando el caos en esa sociedad, y claro, más muertes. 

Critica en especial el mandato de Indira Gandhi –y que no tiene nada que ver con Mahatma Gandhi, quien también aparece en la trama- y su participación directa en aquella guerra, cuyos resultados acabarían por ver el nacimiento de un nuevo país, Bangladesh, el alfil de la India. 

Rushdie nos hace ver a aquellos hijos de la medianoche como una esperanza –“De Esperanza no tenía más que el nombre…” (*)-, y tras poco años de independencia, la pérdida de esta –“…como toda esperanza se esfumó.”(**)-; ellos son como todo lo bueno que se esperaba para la India y sus habitantes, pero que estaban muy lejos de obtenerlo. 

Y aunque es un drama, con muertes por doquier  y todo eso, por varios momentos reí mucho. Claro, no por esos hechos en sí, sino por la forma cómo está escrita, con un fino humor que disimula de gran manera los diversos momentos de tragedia que hay en esta historia; sólo me faltó que al pasar alguna página salten de ésta algún grupo de indios bailando eufóricamente alguna afiebrada coreografía. 

Todos esos fantásticos personajes mezclados con hechos reales de la historia reciente del país donde el autor nació confieren a la novela la estructura de un complejo entramado, siendo el humor el recurso utilizado como un camino de migajas para no perderse entre tanto caos. 

Salman Rushdie acaba de lanzar al mercado su autobiografía “Joseph Anton”, mientras tanto yo redescubro a un autor muy popular por su obra “Los versos satánicos” y la fatwa decretada a raíz de esa obra. Imagino que la mayoría de lectores inician a conocer la obra de Rushdie a través de aquel libro, como en mi caso, por la curiosidad y el morbo que despierta tanta publicidad que le hacen los iraníes, pero el leer esta novela me dejó con más hambre de Rushdie; él es más que aquel libro. Debería ser imprescindible, como Borges, como García Márquez, como Machado de Assis, como el respirar. 


(*) (**) Aquellas dos frases son del décimo tema, “Más guapa que cualquiera”, del cd “Enemigos íntimos” de Fito Páez y Joaquín Sabina. La canción no tiene nada a ver con la presente obra, pero recordé esas partes del tema mientras escribía esas líneas. Canción cantada a tres voces, junto a Andrés Calamaro: ¡mejor que Los Panchos!, aunque a mi viejita no le hubiera gustado tal afirmación. “Enemigos íntimos” fue uno de los cd’s que me llevé a la isla, por cierto, nada desierta.

martes, 24 de abril de 2012

Mi idea de la diversión, Will Self




 
Mi idea of fun, 1993 
Minha idéia da diversão, Geração Editorial, 2002
Traducción : Eliana Sabino 


Confieso que tras la lectura de Cock & Bull guardaba cierta expectativa por iniciar otra obra de Will Self, y aunque tenía ya en mi poder “Grandes simios” quería primero encontrar la obra de la presente entrada, pues ya la había visto por ahí, para así ir conociendo al autor en orden cronológico, dentro de lo que se puede, de lo que de él haya traducido. 

En “Mi idea de la diversión”  Self nos presenta a Ian Wharton, joven y hábil ejecutivo marketero que desde muy chico irá aprendiendo a desarrollar su memoria eidética con la ayuda del Sr. Broadhurst o Samuel Northcliffe como se hará llamar después –Ian lo llama “El Controlador Gordo”-, así, el bueno de Ian se mueve en dos mundos paralelos, el real y el de la fantasía, llamado éste último de “Tierra de las anécdotas infantiles” al que es inducido por el psiquiatra Hieronymus Gyggle o simplemente Dr. Giggle -nombre que me hace recordar a una película gore de inicio de los 90’s-. Mientras Ian se cree un tipo normal, con un gran empleo, y con su linda esposa Jane Carter, son aquellas sesiones las que le harán recordar todo lo animal que fue, y es: autor de actos que supera todo límite, como decepar a un  mendigo para luego violarlo –no sé si ese término sea correcto- por el orificio del cuello, hecho que es detallado al mínimo, y esa situación llega a ser “suave” comparada con lo que le espera a su mujer embarazada de ocho meses al final de la historia. 

La novela está dividida en dos partes, la primera está escrita en primera persona y llamada tal cual “Primera Persona” donde Ian es nuestro narrador. Ya a la mitad de la trama, llamada de “Tercera Persona” es un narrador omnisciente el que se encarga de guiarnos. Esta segunda parte es más densa y pesada pues los “viajes” a los que que Ian es inducido se presta para todo: “Alicia en el país de las maravillas” se queda corto ante tanta fantasía, aunque francamente aquí por muchos momentos aburre. 

Hay referencia a “Confesiones de un comedor de opio” de Thomas de Quincey, que pareciera ser el libro de cabecera del autor; se nota que Self admira esa obra, ¿y quién no? Si has visto “Fear and loathing in Las Vegas” y te gustó, puedes llegar a disfrutar tanto dislate aquí reunido, aunque es verdad que hay varios momentos en que dan ganas de tirar el libro a un lado. El personaje del Controlador Gordo, en quien Ian se refleja ante la total ausencia de su padre, es misterioso y muy atractivo: es elegante, culto, sereno, mordaz, decidido, pareciera que inmortal, y un grandísimo hijo de puta, todo lo que Ian no es en su presente, o sea, pareciera ser el Tyler Durden –el personaje de Brad Pitt en “Fight Club”- de Ian pero en grotesco, aunque esta posibilidad del alter ego queda en el aire, como muchas cosas en la historia. El narrador de la segunda parte del libro parece ser el mismo Ian recordando desde un futuro y narrándolo en tercera persona. Puede ser. En Perú ya tuvimos un presidente –el presidente Alejandro Toledo- al que le encantaba hablar en tercera persona, incluyéndose, como un personaje más en su parlamento, así que esa posibilidad no la descarto. 
Es un hecho que esta novela es algo totalmente diferente a lo que suele editarse, aunque reconozco también lo largo que se te hace terminarla. Pensaba: o lo amas o lo odias, aunque yo me ubico al medio, no rechazaría otra obra de este autor, aunque sea más fácil el hacerlo después de soplarte la segunda mitad de este libro. Yo le encuentro en esa forma irreverente de escribir una fortaleza, un diferencial que no hay así no más por ahí. En este caso en particular sus divagues se extienden y a veces mucho, pero cuando por momentos empieza a tornarse soporífero –y pareciera que fuese adrede, que el autor te quiere llevar a ese estado, para luego ¡Paf!, regresarte a la trama- hay un giro repentino que te devuelve a la acción, pero está más lograda en la primera parte que en la segunda. Es como la vida real, no a todo momento estás feliz o triste, aquí lo personajes entran a esos momentos de inercia para luego llegar a un límite, en esta novela muchas veces desbordarlo.  




Muchas cosas quedan en el aire, no sabes si Ian en realidad es un psicópata; si El Controlador Gordo existe; y si existe, si es inmortal; si el mundo real no lo es, siendo tan solo un sueño de ser “normal”, etc. Y eso es lo bacán de esta obra –salvo hacia el final- que te deja las posibilidades abiertas a nuestra interpretación. 

No creo que sea el libro más indicado para iniciar con este autor, pero, si enganchas con alguna otra obra de él –en mi caso fue “Cock & Bull”-, esta se hace más digerible. Valoro su sinceridad para escribir, más que una sacudida quiere aturdir, y lo consigue, pero como ya mencioné, se extiende en demasía hacia la segunda mitad del libro perdiendo el ritmo inicial. Igual no deja de ser una interesante historia de un aún más interesante escritor.   

miércoles, 20 de abril de 2011

Un artista del mundo flotante, Kazuo Ishiguro



Título original : An artist of the floating world
Título en potugués : Um artista do mundo flutuante
Editora : Rocco
Año de publicación : 1986
Año de esta publicación : 1989
Traducción : Claudia Martinelli


Entre los vendedores de libros y los libreros hay una diferencia abismal. Mientras el primero se limita a vender lo que tiene en sus anaqueles –hoy libros, mañana podría ser televisores- teniendo una noción muchas veces vaga de qué va cada obra, información que de seguro lo aprendió en la capacitación, el segundo sabe al detalle no sólo de qué va el libro, sabe sobre el autor, su nacionalidad, generación, estilo, parece que las ha leído todas; es como una wikipedia andante sobre las obras que tiene para ofrecer. Así me hice de esta obra, cuando el librero aquel de Livrarias Chain (librería antigua, famosa, clásica en la ciudad) rescatándome de mi ignorancia me hizo saber que Ishiguro se fue a vivir desde los seis años a Inglaterra, y aunque haya tenido en casa probablemente una formación japonesa, él ostenta la nacionalidad inglesa, y, aunque esta obra esté representada en su país natal, cosa que podría confundir a algún lector despistado (me parece que hizo un énfasis en aquella frase, quizás hasta frunció el ceño, no lo sé, fue tan rápido y tan elegante, no hubo tiempo para la reacción, además, tuve como un déjà vu: por un momento estaba ante un librero del Jirón Quilca, en Lima, a no ser por el idioma que me trajo de regreso al Paraná), está catalogado como literatura inglesa, si es que acaso debería ser catalogado; el arte –concluyó- no debería tener nacionalidad. Librero, ¡eso es ser un librero!

Leer esta, la segunda novela de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) te deja esa sensación de una obra de un autor japonés clásico, no sólo por que esté ambientada en el Japón pre y post guerra, sino por la elegancia y sutileza de la que Ishiguro hace gala en esta obra. El narrador, Masuji Ono, antiguo pintor respetado y ahora venido a menos en Japón, rememora su pasado, rebuscando entre sus recuerdos, mezclándolos con su presente, acto que se vuelve una constante en la trama -obra nada lineal-, e Ishiguro se las ingenia para no dejar sensación alguna de confusión entre las diversas memorias que el narrador nos va develando. Aquí está presente algo que en Japón parece el estandarte de cada ciudadano: el respeto. Hasta cuando Ono discute con sus hijas, o con Enchi, discípulo de Kuroda, a quien Ono fue a visitar: aunque haya diferencia de opiniones siempre el respeto está presente; aunque Enchi desprecie a Ono al saber su identidad se esfuerza por mantener ese halo de respeto hacia su interlocutor. Ono se hizo –sin proponérselo- del repudio de quienes antes lo admiraban, desde discípulos hasta maestros, e irá descubriendo el por qué.

Aquí tenemos un buen ejemplo de cómo el arte sirvió a la política, aunque no haya sido la intención primigenia de Ono, él descubrirá cómo algunos actos suyos llegaron a desencadenar algo que él nunca imaginó; cómo algunas de sus obras fueron vistas como incentivo a un nacionalismo absurdo que estimulaba, en un inicio, enorgullecerse ante un comportamiento bélico.



El destino, irónico destino, hace que en el presente Masuji Ono vaya percibiendo cómo de a pocos se va transformando su país, la mentalidad de sus más jóvenes compatriotas, incluso uno de su propia familia, su nieto Ichiro, quien prefiere jugar en su caballo imaginario siendo “El Zorro” -lanzando el grito clásico de “El llanero solitario”-, a ser el “Ninja del viento”; prefiere imitar los movimientos de un vaquero norteamericano que los de Miyamoto Musashi, como un simple ejemplo de occidentalización por parte de las nuevas generaciones, lo que al principio cuesta ser asimilado por nuestro narrador.

Me gustó cómo Ishiguro a través de Ono nos describe los paisajes en diversos momentos, como en una conversa con su sensei, Mori-san, quien está observando el cielo color de rosa vivo. La descripción es tal como si fuese un grabado, característica típica en un escritor japonés, y esto teniendo en cuenta que Ishiguro creció y se formó en Inglaterra, regresando a Japón 29 años después: el esforzarse por cultivar, desarrollar y no olvidar sus raíces es para ser resaltado. Ishiguro nos ofrece una pequeña obra maestra.

Obra ganadora del Premio Whitbread de 1986 e indicado para el Booker Prize de ese mismo año.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cock & Bull, Will Self



Cock & Bull: Twin novellas; Cock & Bull: Histórias de phadas e phodas; Cock & Bull: historias gemelas; Will Self, 1992; Geração Editorial 1994.

Si inicialmente piensas que “Cock” se refiere a algún “gallo” estás totalmente equivocado. En esta primera historia encontramos a Carol, una inglesa que se ve sorprendida al ver cómo le va naciendo un pene cerca de la vagina. Lo mejor es que lejos por preocuparse, va asimilando su nueva condición hermafrodita, disfrutando su nuevo órgano sexual, explorándolo, masturbándose (con ambas manos ocupadas, una en cada órgano), y, en una de las partes más hilarantes de este primera nouvelle, llega al punto de auto-penetrarse: es cogida y cogedora, pasiva y activa, al mismo tiempo. Sin embargo, ese no es el punto central de esta obra. Carol, después de aventurarse en el lesbianismo asiste a una fiesta donde conoce a Dan, futuro alcohólico, quien tuvo la fortuna de ser el primero en hacer que Carol se viniera, siendo este orgasmo el motivo para fijarse en él al punto de casarse. La relación llega al hastío y a la indiferencia rápidamente, hasta que la providencia, el destino, o vaya a saber qué, hiciera nacer en ella ese falo, arma de su futura venganza.

Dan dedica más tiempo a sus amigos, sobre todo a Dave 2, con quien asiste a Alcohólicos Anónimos. Carol utilizará toda su sensualidad femenina para hacer quebrar la resistencia de Dan al alcohol: aquel logro que con mucho esfuerzo él conseguía día a día se fue al tacho en pocos minutos, y, una vez ebrio, aflorará en ella una actitud totalmente desconocida en ella, penetrándolo como nunca él la penetró, destruyendo su esfínter, y corriéndose, a modo de venganza, por la vida miserable que junto a él tiene. Momentos después Dave 2 tocará el timbre, buscando a su amigo para ir a sus reuniones: a él también le dará guerra, y de qué manera.

En la segunda historia, John Bull, un joven atlético y musculoso, jugador amateur de rugby, y periodista deportivo, despertará una mañana encontrando una virginal vagina atrás de su rodilla en la pierna izquierda. Este nuevo órgano sexual ocupa parte de su músculo gastrocnemio -entiéndase gemelos-; él creerá inicialmente tener una herida o quemadura, yendo al hospital, donde será atendido por Alan Margoulies, un pervertido médico quien se obsesionará con este joven, e intentará ser él quien desflore la virginidad del nuevo sexo de Bull.

Aquí, a diferencia de la primera historia, el personaje central demora –aunque no mucho, ciertamente- en aceptar su hermafroditismo. No tiene resistencia alguna por la nueva experiencia homosexual.

La manera de narrar es muy directa, por trechos Self se dirige al lector, con una fuerte carga de sorna e ironía. No se preocupa (ni necesita) en cuidarse al momento de detallar al mínimo los actos, totalmente extravagantes, y aún así hay muchos momentos geniales: por más estrafalario que sea lo que nos describe no llega a ser vulgar.

En “Cock” hay también otra voz además del primer narrador, que no es de ningún personaje: como si algún dios, o algo superior se manifestase intercalando al narrador. Esta voz me hace recordar a aquel coro griego que aparece en “Mighty Aphrodite” (“Poderosa Afrodita”) de Woody Allen; aquí esta voz surge también, anunciando y guiando lo sucedido.

Ambas historias son totalmente bizarras, hilarantes por muchos momentos, salvo aquellos en que el autor se enfrasca en detallar alguna historia en la que el personaje principal se ve envuelto: sobre el señor Wiggins y su esposa sub-Carol, en el capítulo siete de “Cock”, por ejemplo. “Bull” la encuentro mejor lograda, pues las relaciones de los principales personajes (John Bull y el Dr, Alan Margoulies) ramificadas en cortas historias son igual de cómicas que la relación entre ellos. Así, encontramos la relación con Naomi, la esposa del Dr. Margoulies; los compañeros del equipo de rugby de Bull; el breve pero muy jocoso relacionamiento con la travesti Ramona; las aventuras del Dr. Margoulies junto al pervertido Dr. Krishna Naipaul. El resultado final es muy divertido.



Will Self (1961) es un periodista y escritor inglés, formado en filosofía en Oxford. Fue historietista en New Statesman. Su primer libro de cuentos “The quantity, Theory of insanity” de 1991, se llevó el Premio Geoffrey Faber Memorial del mismo año. Self llegó a la Bienal do Livro de São Paulo en 1994, donde pasó casi desapercibido, aunque ya habían dos libros de él editados en portugués: el del presente post y “My idea of fun” (“Minha idéia de diversão”), ambos editados por “Geração Editorial”. Luego vendría la publicación de “Great apes” (“Grandes símios”), “How the dead live” (“Como vivem os mortos”), “The book of Dave” (“O livro de Dave”) y la última “The butt” (“A guimba”), estas cuatro últimas editadas por Alfaguara Brasil, haciéndolo regresar a este país en el 2007, en aquella ocasión a la FLIP (“Festa Literária Internacional de Paraty” ) en Rio de Janeiro.

Self, consumidor de drogas duras desde los doce años, tuvo mucho destaque en la prensa amarilla británica cuando era reportero del “Observer”, por ser pillado consumiendo heroína en el baño del avión del Primer Ministro John Major en 1997.

Nunca había escuchado hablar de este autor, y, buscando libros de él por internet, en nuestro idioma, solamente encontré “Grandes simios”, editado por Anagrama. Me imagino que debe haber –como lo hay en portugués- traducciones de otros libros suyos, y por haber hecho una búsqueda ligera no los encontré. Sería una lástima, que no haya otras obras de Will Self traducidas y editadas en español.

miércoles, 16 de junio de 2010

Confesiones de un inglés comedor de opio, Thomas De Quincey



Confesiones de un inglés comedor de opio; Confessions of an english opium-eater, 1821; Thomas de Quincey; Alianza Editorial 1990; Inglaterra.

Algo que se percibe desde el inicio es la forma como está escrita esta obra; me hace recordar el estilo de Machado De Assis, quien quizá haya sido influenciado por este autor, entre otros: el narrador se dirige directamente al lector, como en una conversación; somos sus cómplices ante esta declaración.
La Parte I, en sus “Confesiones preliminares” está marcada por su encuentro con Ann, la joven y amable prostituta de la calle Oxford, con quien pasó varias semanas, a quien no llegó a concretar su ayuda en los trámites con la justicia londinense que ella tenía por hacer, para que luego, sentados en la Plaza Soho, cuando él se sentía más débil y abandonado que nunca, ella le ofrezca un vaso de vino y algo de especias, pagado con las pocas monedas que ella tenía. Eso marcaría para siempre (o al menos hasta el final de la obra) al narrador: (“-¡no lo olvideis!-” nos recalca). Nunca más la vuelve a encontrar; Ann es un recuerdo presente durante el transcurrir del libro.

“Si vive no hay duda que a veces nos hemos buscado en el mismo instante a través de los poderosos laberintos de Londres; tal vez hemos estado a pocos pasos uno del otro; ¡no es más ancha la barrera en una calle de Londres y muchas veces equivale a la separación por toda la eternidad!”




La Parte I acaba con los lamentos por no haberla encontrado nuevamente, y, la Parte II inicia con un reproche a la calle Oxford, increpándole su dureza a modo de despedida, aunque la nostalgia lo haga regresar en un futuro a aquel lugar.

Si compraste este libro por el morbo despertado ante el título, es aquí que comienza lo que buscabas. Por cierto, yo me hice de este libro por saber del autor a través de los libros de Borges ya que es mencionado (entre otros) en sus obras. Antes de eso, ni sabía de la existencia de Thomas de Quincey (sí, ya sé: ignorante me dirás, pero no me negarás que te soy sincero).

Las tres siguientes partes son como el paraíso, el purgatorio, y el infierno. En “Los placeres del opio” nos narra el cómo y el por qué empezó a experimentar con el personaje principal de esta obra: el opio, del cual él sólo había oído hablar. El alma del narrador se estremece al recordar estos episodios, al saber (creer) ahora, en cuerpo y espíritu, que el opio era el remedio para todos los males humanos. Hace incluso una comparación entre los efectos del vino y los del opio, donde afirma que el primero en una mayor cantidad te lleva al desvarío y la extravagancia, mientras que el segundo tranquiliza la exaltación. En “Introducción a los dolores del opio”, narra sus altibajos: cómo de consumir 320 granos de opio (equivalente a 8,000 gotas de láudano) baja a 40 granos, y claro, sus consecuencias. Hay una breve pero sabrosa historia sobre el día que un malayo golpeó a su puerta: la descripción que hace sobre el efecto que aquel individuo causa en su empleada y en otras personas está llena de fino humor, y la experiencia de él con el opio lo sorprende. Finalmente en “Los dolores del opio” encontramos algunas alucinaciones y experiencias oníricas. También hace mención del desinterés por continuar su desarrollo intelectual, efectos de sus diecisiete años de consumo y ocho de abuso de esta droga. Hay inclusive en el “Apéndice” una pequeña tabla donde registra su consumo. Cuenta además sobre su lucha por apartarse del opio, y cómo va graduando su consumo.

En toda la obra hay un fino sentido del humor, y detalla muy bien hasta lo más mínimo manteniendo al lector con ansias por continuar. Un dato que ignoraba es que la traducción de esta edición está hecha por el escritor peruano Luis Loayza.
Hay otras dos obras de De Quincey que están editadas también por Alianza Editorial: “Los últimos días de Enmanuel Kant” y “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”.
Menciono a esta editorial porque se encuentra y mucho en nuestro país, pero cuenta con tantos, cientos de títulos y autores, que a veces marea estar frente a un “cerro” de libros (en una Feria del Llibro, por ejemplo) de lomo blanco y no saber por donde empezar. Si los otros dos mantienen esta calidad (que imagino que es así) hacerse de ellos será una gran experiencia, como fue con la presente obra.
Todo un clásico de la literatura que ignoraba de su existencia.

lunes, 31 de mayo de 2010

Vathek, William Beckford




Vathek; William Beckford; 1787; Ediciones Siruela 1984; La Biblioteca de Babel: colección de lecturas fantásticas dirigidas por Jorge Luis Borges, libro 10; Inglaterra.


Encontrar este (y la siguiente, porque encontré otro ejemplar de esta colección) libro fue una agradable sorpresa. Estaba terminando hace poco “A Guerra Conjugal” y, buscando una foto de Dalton Trevisan en internet, para acompañar la reseña que haría, me di con una, de un fotográfo de la “Folha de São Paulo", quien logró captar al escritor saliendo de una librería con 2 bolsas en las manos: frutas en una y libros en la otra; alimento para el cuerpo y para el alma. Luego supe que al maestro del cuento brasileño no le gusta aparecer; vive recluso, y parece haber muchas personas que harían mucho por verlo; espero sea igual el entusiasmo por leer sus libros. Por cierto, no coloqué dicha foto en aquella reseña.
Fue por ese acaso que supe de la existencia de esa librería antigua, clásica, en Curitiba: “Livraria do Chain”, de donde Trevisan salía. En algún momento haré un post de las librerías que me hacen sentir como en el recordado Jr. Quilca, o los libreros del Jr. Camaná, o en las diversas Ferias del Libro en Lima.

Entre miles de libros segmentados por categorías, en sus dos amplios pisos, es en el segundo, terminando de subir las escaleras, al final del lado derecho, donde encontré un estante, apartado, al parecer olvidado, desordenado quizá, en comparación del resto de anaqueles, donde el polvo va cubriendo unos libros de un idioma extranjero con poco o nulo interés aquí -a diferencia del inglés-, y quizá esa sea la causa de que aquella área no sea visitada. Solamente el corredor -desde donde se puede divisar aquel rincón- que lleva a una pequeña oficina-almacén era transitada por vendedores que me observaban, vigilantes, algo perplejos, quizá porque nunca vieron persona alguna interesarse por esos libros. Luego de escrutar por más de 1 hora aquel pequeño paraíso, y ya en el primer piso, la amable vendedora-cajera me comentó en “portuñol” que le gustaba leer a Borges, y que lo había leído en portugués, y, a veces, cuando encontraba algún otro libro en español lo leía, consiguiendo entender. Acto seguido se puso a leer, con cierta fluidez, con las ansias que yo debo denotar cuando encuentro algo inesperado, interrumpida de pronto por la palabra “muchedumbre” e interrogándome: -“multidão” le respondí.- Luego preguntó por el lugar donde lo había encontrado; sólo atiné a responder “no segundo andar”, y antes de que repregunte, le pedí mi mochila y paraguas (aquí llueve como en Iquitos o Cusco) haciéndome a un lado y dejando que la persona siguiente en la fila le entregue lo que iba a pagar. El miedo se apoderó de mí. Había dejado un libro más de esta colección en aquellos estantes, y quizá ella lo haga suyo por ver en la tapa el nombre de Borges creyendo que es una obra de él. Por el brillo en sus ojos, aquel brillo que momentos antes tendrían los míos, concluí que no era una simple estrategia de su parte para comprar los dos, así que salí determinado a regresar por el otro ejemplar; eso sucedió una semana después. No mencioné el precio: RS25 (S/37 soles), considerando que un libro de Borges (este no lo es; pertenece a una colección dirigida por él, o sea, la imagino más difícil de encontrar, inclusive en un país de habla hispana) de RS50 no baja, y, sobretodo, encontrar un libro en perfecto estado y en mi idioma, el español, en un país de habla portuguesa; tenía que hacerlo mío. Aquí para encontrar libros de literatura, en español, y en buen estado, hay que echarse a buscar. En aquel rincón hay otros: los que consideré más interesantes los camuflé, intentando esconderlos, dejando los que creí menos interesantes en aquel momento más visibles. Este acto, que espero no esté penado, ya lo practiqué antes, también aquí en Brasil en otra librería, con una obra del Marques de Sade: “Os 120 días de Sodoma”, en una buena y antigua edición, sacándolo de su anaquel y dejándolo lejos, entre libros de medicina, hasta regresar días después (no muchos) y hacerme de él. Recuerdo que en Japón, hasta en dos oportunidades perdí dos artículos (no eran libros) por dudar y esperar comprarlo al regresar días después: una camiseta roja, de la antigua selección de futbol de la Unión Soviética, con el CCCP en el pecho, y la otra una casaca de buzo (agasalho, em português) Adidas de la selección peruana de futbol de 1978, con el escudo grueso y bordes en dorado, y el “Perú” en la espalda y en negro. En ambas ocasiones dudé, pensando: “ahí estará para cuando regrese”; hasta ahora el recuerdo duele. Así que cuando encontré, también en Japón, las zapatillas rojiblancas con el escudo de mi país en la lengüeta, que hacían parte de aquella colección retro de Adidas le dije a la vendedora que lo llevaba sin haberle preguntado el precio,

Retornando a la obra en mención: al regresar una semana después por el libro 27 de esta colección, pude cerciorarme que los otros estaban tal y como los había dejado: se podían ver las huellas, mis huellas, cubriéndose ya con un fino polvillo, diferenciándose de la gruesa capa de polvo que hay en la madera por donde mis manos no pasaron. También estaban ahí los libros que “oculté”, en su nuevo anaquel, camuflados entre libros de recetas, carros y otras nimiedades; espero poder regresar por ellos.


William Beckford (1760 – 1844) fue un escritor inglés, un dandy, quien heredó una gran fortuna y se dedicó a los placeres de la vida, viajando y escribiendo, construyendo el Fonthill Abbey con una torre de 90 metros, de la cual Borges comenta:
“Levantó una azarosa mansión en Fonthill; de la cual, quizá afortunadamente para el buen gusto, no queda piedra sobre piedra.”


Retrato de William Beckford de 1782, obra del pintor inglés George Roomey (1734 - 1802)

Indagando sobre la colección veo que ésta consta de 33 libros, todas bajo el título del inolvidable cuento de Borges, y fueron editadas en Madrid, España, en 1984. Esta idea fue concebida por el editor italiano Franco Maria Ricci, quien le propuso a Borges seleccionar los escritores y sus obras, y prologar también cada libro de esta colección.
Esta obra está escrita de una manera sencilla que hace posible leerla “de un tirón” (en mi caso fueron tres), te enganchas con la trama queriendo continuar hasta el final. Hay humor negro en sus líneas, en sus situaciones, en sus personajes, sobre todo en la excéntrica y perversa madre de Vathek: Carathis quien cultiva una pasión por el sufrimiento ajeno, desarrollada de una manera tal que lo hace ver natural; la trama siempre está al límite del exagero.

Vathek es el noveno califa de la estirpe de los Abásidas, hedonista por naturaleza, no se ahorraba nada por más absurdo que sea para complacer sus caprichos, como construir cinco palacios anexos al construido por su padre, siendo cada uno dedicado al goce máximo de cada uno de los sentidos, y una torre muy alta para descifrar los astros. Vathek, poseedor de una mirada fulminante, capaz de dejar en shock o matar a quien la recibiera. Un día llega hasta él un extranjero, de rostro horrible, quien le vende una cimitarra con unas indescifrables inscripciones, las cuales, se intentan descifrar por diversas personas, siendo todo intento fallido hasta que llega a él un anciano que consigue leer:

“Nos han hecho allí donde todo se hace bien; somos la menor de las maravillas de una región donde todo es maravilloso y digno del más grande de los Príncipes.”

Vathek feliz por conocer el significado lo llena de mimos y lujos, e incluso lo aloja en su palacio. Un día después, Vathek le pide que lea nuevamente el significado, y el perplejo anciano ve admirado que las inscripciones son otras, leyendo:

“Desgraciado el osado que desea saber lo que debiera ignorar, y emprender lo que es superior a su poder.”

Es así como empieza luego su relación con Giaour, quien le propone renegar de su fe musulmana y adorar al reino del mal a cambio de concederle la entrada al Palacio del Fuego Subterráneo, y, bajo inmensas bóvedas contemplar los tesoros prometidos por las estrellas, donde Suleïman Bendaúd (en el texto aparece Den-Daoud; en el prólogo de Borges “Bendaúd”) reposa rodeado de talismanes que subyugan al mundo. El Califa acepta teniendo que realizar para Giaour cincuenta sacrificios de los niños más bellos de su corte. Durante su camino a saciar su tremenda curiosidad y ambición, alentado siempre por su madre Carathis, llega a conocer el amor en la bella Nouronihar, tan ambiciosa como él. Juntos descubrirán, tardíamente, que el lugar anhelado por ambos, es el infierno.

Borges reseña que el infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; mientras que el infierno de Beckford, los túneles de una pesadilla.

sábado, 20 de marzo de 2010

Los versos satánicos, Salman Rushdie




Título original : The satanic verses 

Año de publicación : 1988 
Conjunto de Editoriales Españolas, 1989

Hasta las personas que no leen habrán escuchado hablar alguna vez de este libro y/o de su autor; yo era uno de aquellos a finales de los 80’s. Cuando empecé a leer en el ‘94 sabía que éste sería uno de esos libros que leería alguna vez. No recuerdo haberlo visto y dejado pasar: simplemente no lo encontraba, pero tampoco lo buscaba. Y ahora, caminando por una librería de segunda mano lo encontré en primera edición española, en buen estado y a un precio razonable: y habían 2 ejemplares. Para los fanáticos islámicos es blasfemo desde que el Ayatolá Jomeini sentenciara una fatwa en febrero del ‘89 condenando a muerte a Rushdie por escribir tal obra. Vamos al libro:

De sus 9 capítulos sólo la parte 1 del Cap 1 me pareció la más difícil de digerir: la conversa y pensamientos de los hindúes-musulmanos Gibreel Farishta y Saladim Chamcha durante la caída en la explosíón del avión sobre Londres.

En esta primera historia lo interesante es la metamorfosis que se da con la sobrevivencia y renacimiento: Farishta en el Arcángel Gabriel, con aureola y todo, y Chamcha en Shaitan, con pequeños cuernos naciendo de sus sienes, y poseedor de un aliento sulfúrico. En capítulos posteriores la descripción de la metamorfosis del segundo, acostumbrándose a su nueva condición de macho cabrío es magistral: mucha ironía y humor negro en esos capítulos.

Farishta, actor e ídolo del cine hindú, y Chamcha, el hombre de las mil y una voces, que se abrió paso haciendo comerciales de tv, ganándose de a pocos un lugar en esa misma industria, anglófilo, y desencantado de su fe y su cultura, adoptando como suya la inglesa (quizá el alter ego de Rushdie). Luego de caer en la playa londinense Chamcha, en plena metamorfosis, es arrestado y ultrajado por la policía inglesa en el apartamento de Rosa Diamond, mientras que Farishta , vestido con ropas del difunto esposo de ésta es hasta respetado por los mismos policías, sin necesidad de mencionar palabra alguna. Ahí hay un primer punto de quiebre: el angélico guarda silencio mientras ve como su amigo es arrestado y clamándole que cuente a sus captores lo ocurrido, mientras que el diabólico es maltratado, humillado y arrestado injustamente, sin darle la mínima opción de defenderse, ni escucharlo, de decirles que él es uno de los dos únicos sobrevivientes de la explosión de avión.

La segunda historia: Ayesha, la bella joven con su nube de mariposas amarillas que la siguen por donde vaya, que influenciada en sueños por el arcángel Gabriel inicia un recorrido convenciendo a todo un pueblo ir hacia la Meca en una peregrinación bíblica. Aquí también las historias de Mishal, y su esposo Mizra Saed con su ateísmo, tratando de disuadir a su mujer enferma en no escuchar las palabras de Ayesha rinden grandes páginas del libro.



La tercera historia es sobre Mahound (se supone que es Mahoma), el comerciante que se convierte en profeta, quien inicia una religión en un desértico pueblo, Jahilia, y, quien inspirado por el Arcángel Gabriel, quien le hablaba en sueños en el Monte Cone, incluye unos versos dictados por él, pero luego cree que quien le recitó esos versos fue Shaitan. Esta historia es la más corta, y la menos interesante en comparación con las dos primeras, pero es la que debe haber iniciado la ira del Ayatolá Jomeini.Todo un clásico de la literatura contemporánea.