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domingo, 15 de mayo de 2011

Fotografias, Haruo Ohara


Autoretrato, Bambuzal do sítio Tomita, Londrina, 1953

Cuando arribó al Brasil a sus diecisiete años de edad junto a su familia, este inmigrante japonés no imaginó que tanto él, como su futura obra serían recordados y admirados no sólo en esta, su segunda patria, sino que esa admiración desbordaría estas fronteras.
Haruo Ohara (Kochi, Japón, 1909 – Londrina, Brasil, 1999) alternó el trabajo agrícola, al que la mayoría de inmigrantes nipones se dedicó al llegar a Sudamérica, junto con su pasión, la fotografía, dejando un acervo de 8,000 negativos en blanco y negro y 12,000 negativos a color, decenas de álbumes y centenas de fotografías de época, equipos fotográficos, documentos, diarios y libros, donde queda constancia la vida cotidiana de este pueblo que hizo suyo este país.

Por decisión de la familia del artista, su acervo fue donado al Instituto Moreira Salles, siendo tratado y preservado en la Reserva Técnica Fotográfica del IMS en Rio de Janeiro, principal instalación dedicada a la preservación y conservación de la memoria fotográfica brasileña.

Ohara no sólo acostumbraba registrar su entorno, su familia, una travesura de alguno de sus hijos, la labor en los campos de cultivo, muchas veces él también formaba parte de sus propios registros, donde se le ve como jugando con sus instrumentos para el trabajo agrícola; felizmente, no dejó de jugar con sus cámaras, dejándonos escenas tan lindas, que derrochan sensibilidad, facultad que no fue eclipsada por el arduo trabajo de campo que también realizaba. Esta muestra estuvo del 09 de dic/2010 – 27 de mar/2011 en la torre fotográfica “del ojo”.



Enxada no ar, Chácara Arará, Londrina, 1948



Ciro, filho de Haruo, Chácara Arará, Londrina, 1950



Familia reunida, Chácara Arará, Londrina, 1940



Composição, Londrina, 1950



Crianças apreciando o arco-íris, Chácara Arará, Londrina, 1950



Pôr do sol, Tomoko e Ciro, filhos de Haruo, Chácara Arará, Londrina, 1949



Pausa para descanso - Autoretrato, Chácara Arará, Londrina, 1945



Água de chuva, Londrina, 1949



Umeji, avó de Haruo, com chamisen, Chácara Arará, Londrina, 1949




Maria, filha de Haruo e Maria Tomita, sobrinha, 1955

viernes, 13 de mayo de 2011

Vasarely, Víctor Vasarely


Imagen de la carátula: Paul Arny No II, 1978

Vásárhelyi Győző, o Víctor Vasarely (Pécs, Hungría, 1908 – Paris, Francia, 1997), como se le conoce mundialmente, es uno de los mayores representantes del “op art”, término con el que se denomina al “arte óptico” en nuestro idioma, vertiente que tiene por lema: “menos expresión y más visualización”. Son trabajos abstractos que contienen fuertes y muy elaborados efectos visuales, dan una impresión de movimiento, generan un cierto mareo mirándolos fijamente, algunos hasta parecen vibrar, son envolventes.

Del 25 de noviembre al 27 de marzo de este año estuvo en exposición la muestra “Vasarely”, compuesta por 21 serigrafías (muchas de ellas enormes, donde la sensación de mareo es mayor, como “Harom-N.B”), provenientes de la Fundación Museos Nacionales de Venezuela.

Según Vivian Rivas, Presidenta de esta fundación, este artista húngaro se caracteriza por considerar el valor del arte como un “tesoro colectivo”, dejando de lado aquella idea individualista y elitista de la pieza única al alcance de pocos.

Alumno de la Academia Mühely de Budapest, derrocha maestría con sus diseños geométricos y polícromos, algunos bidimensionales, que representa altura y anchura, y, tridimensionales, sumándole profundidad a las dos anteriores.


Xico I - Del álbum Xico No 3, de ocho estampas, 1973



Xico II - 1973



Xico III - 1973



Xico 8 - 1973



Pengo-Z, 1975



Torz - No III, del álbum VI-VA, 1978



Axo PaL - 1973



Vega-Pal-5, del álbum Vega, de ocho estampas, 1971



Harom-N.B - 1978



Einstein - 1978




"El arte del mañana será un tesoro colectivo, o dejará de ser arte"
Víctor Vasarely

lunes, 9 de mayo de 2011

Montes Selección Limitada, Cabernet Sauvignon, Carménère 2008



Viña Montes; Selección Limitada; Cabernet Sauvignon 70%, Carménère 30%; 2008; Grad. Alc. 14%; Viñedo de Apalta, Valle de Colchagua, Chile.

Por la dulce espera hace buen tiempo que no bebemos vino, y será otro lapso largo de tiempo hasta que todo regrese a la normalidad, a nuestra nueva normalidad, y podamos disfrutar, como antes, mientras cocinamos. Pero hace poco hubo una excepción que lo ameritaba, y aunque ella bebió algunos sorbos, lo ideal es que las botellas sigan descansando allí en el rincón: o bebemos juntos o no se bebe; hay que ser solidario.

Aunque este vino no deje dudas -desde antes del descorchado- de su calidad, el hecho de estar reposando hace ya casi dos años lo tornó más aromático y untuoso.

El aroma es fuerte, tuvo mucha presencia desde el descorche, un olor con un rico amargor de chocolate bitter. En la copa es de un púrpura fuerte, aunque de densidad media. Al probarlo nuevamente esa rica sensación amarga está presente, te seca el paladar y se percibe fácilmente algo de café. El final es largo y duradero, agradable sensación que prevalece después de beberlo.

Lo bacán de un vino es que al ser una “bebida viva”, va transformándose con el transcurrir del tiempo, como podría también malograrse si las condiciones de guarda no son las adecuadas.

Sin ser una de las líneas top (esto significa: con precio para un mortal. El “Montes Alpha M” debe ser de la puta madre, pero cuesta lo que cuesta, y todavía más caro en Brasil) de la Viña Montes, la calidad encontrada en esta botella fue excelente.

domingo, 8 de mayo de 2011

Au fil du temps, percurso fotobiográfico de Maria Helena Vieira da Silva


En el Boulevard Saint-Jacques, 1947-1952.

No sé hasta qué punto una acción (con la mejor intención, eso está claro) como un recorrido foto-biográfico por la vida de una artista como Maria Helena Vieira da Silva (Lisboa, 1908 – Paris, 1992) quien no gustaba ser fotografiada, sea un homenaje. Por supuesto que nosotros, el público común y silvestre lo agradecemos, pero, ¿qué hubiera pensado ella al respecto?

En esta muestra los visitantes podemos acceder a momentos íntimos junto a su esposo, el artista húngaro Arpad Szenes, su paso por Francia en su atelier del Boulevard Saint-Jacques donde ambos convivieron, su juventud en Portugal, y su importante estadía de ocho años en Rio de Janeiro, Brasil, donde estuvo exiliada por la guerra. También encontramos obras y testimonios de amigos acerca de ella.

La muestra abarca las diversas fases de la obra de este ícono artístico luso, desde lo descriptivo y detallista en diseños de anatomía, hasta la congoja y el sufrimiento, sentimientos desencadenados por la guerra. Pasó a desarrollar lo abstracto: muchas de sus obras parecen laberínticas, caóticas, y algunas parecen esconder una imagen, como en “Le retour d’Orphee”.

Aquí en Brasil obtuvo el “Premio Internacional de Pintura” en la VI Bienal de São Paulo de 1961.

La muestra en el MON estuvo desde el 20 de octubre del año pasado y fue prorrogada hasta el 13 de marzo del presente año.



“Si preguntan por mi pintura, tengo que hablar de toda mi vida, desde pequeñita hasta ahora, sin comienzo, sin fin…., y sin sentido: todo lo que es está en la pintura…, que intento hacer.”
Maria Helena Vieira da Silva



"Arécolte", 1943



"Autoportrait", sin fecha



"Broderie hongroise", 1946-1950



"Corcovado", 1943



"Desenho anatómico, crânio", 1926



"La baie de Rio", 1943



"La cheminée", 1930



"La gitane ou Intérieur bleu", 1930



"La grille o Villa das Camélias", 1931



"Le retour d'Orphee", 1982-1986



"Le roi, la reine, le valet", 1937



"Marie Helene", 1942



"Macumba", 1946



"Portrait de Vieira", 1930



"Rua do ouvidor", 1944

sábado, 7 de mayo de 2011

Homenagem, Magda Frank





La exposición “Homenagem” (“Homenaje”) con diversas obras de la húngara-argentina Magda Frank (Kolozsvár, 1914 – Buenos Aires, 2010. Kolozsvár era capital de Transilvania y en aquel tiempo pertenecía a Hungría, desde 1918 pertenece a Rumanía) estuvo en el MON del 11 de noviembre del año que pasó hasta el 13 de marzo del año en curso, hace poquito no más.

Huyendo del nazismo se trasladó a Suiza y luego a Francia. Llegó a la capital argentina en 1950 a visitar a un hermano radicado allá, para posteriormente nacionalizarse argentina. Las obras de Magda Frank se presentaron ahora en Brasil luego de más de 50 años, la primera vez fue en la Bienal de São Paulo de 1957.
Esta exposición congregó en la Sala Frida Kahlo más de 150 obras, esculturas en varios tipos de material, desde madera, pasando por el bronce, mármol, y el siporex (hormigón celular). También estaban sus diarios, esbozos y diseños.
Aunque sus muchos trabajos impresionan por el esfuerzo y constancia que debe de haber derrochado esta señora que el año pasado nos dejó, es “El hombre grande” el que acaparó más mi atención. Tengo cierta fascinación cuando en una fotografía la persona está observando hacia arriba, el cielo, como admirando, recibiendo una luz, una brisa, o como en este caso, en esta obra, como buscando algo, preguntándose algo, perecedero, pasando la impresión de una extrema fragilidad y a la vez de ilusión, como que no todo está perdido.


Sin título, 1970, Serie Progresión geométrica









"Síntesis geométrica", sin fecha.






"Vegetación", 1975








Escultura monumental, Regimiento de paracaidistas, Touluse, Francia, 1981




"Mariposa", 1985





"Águila americana", sin fecha





"Totem", sin fecha




Paloma, 1990







“Cada vida es una tragedia. La mía es tan profunda que los hombres no pueden mirar ni su sombra. Mi escultura “El hombre grande” refleja mi alma. Cada parte, como todo el conjunto, expresa una infinita desesperación. Nadie lo quiere, él acusa, sacude al espectador: mirando para el cielo pregunta a Dios ¿por qué necesitamos sufrir tanto?
Y…, quien pregunta todavía espera….”


El Hombre Grande, 1952.



Quienes estén en la capital argentina cerca al barrio porteño de Saavedra, pueden visitar la Casa Museo Magda Frank (calle Vedia 3546) donde podrán admirar su obra, lujo que tienen ahí sin tener que esperar a que alguna exposición de ella llegue a su ciudad.

viernes, 6 de mayo de 2011

Um copo de cólera, Raduan Nassar




Año de publicación : 1978
Editora : Companhia das letras
Año de esta publicación : 2002
Probable título en español : Un vaso de cólera


Encontrarse frente a un libro de Raduan Nassar (Pindorama, São Paulo, 1935) es estar ante una raridad. Aunque re-editado varias veces no es común ver un libro suyo en alguna estantería. Aquí es considerado un escritor de culto, de aquellos que preguntas por ahí: quem é Raduan Nassar?, y la gran mayoría, con una expresión de signo de interrogación en el rostro –no sé si por el nombre interrogado o por el extraño acento del interrogador, o por ambas- no sabrá responder, inclusive muchos siendo lectores. Pero, al consultar a ciertas personas, un grupo muy reducido, aquellos elegidos que parecen tener un mundo maravilloso escondido sólo para ellos, tendrán palabras de elogio y de lamento hacia Nassar. De elogio por la calidad de su prosa, por embarcarse en temas cotidianos de una manera exquisita; y de lamento, por apenas haber publicado tres libros: “Lavoura arcaica” (1975) –editado en español: “Labor arcaica”, Alfaguara, 1982-; el libro del presente post, y un libro de cuentos escritos en las décadas del ’60 y ’70 y publicado recién en 1994: “Menina a camino”, para no publicar nada más. Se dice que paró de escribir en 1984 y vive exiliado en un rancho de su ciudad natal.

Suelo llevar conmigo un cuaderno donde anoto cosas que de no hacerlo minutos más tarde de seguro olvidaré; fue así que conocí a Raduan Nassar, al ver un pequeño libro suyo a RS130 –más de $80; era una primera edición del “Lavoura arcaica”-, escribí el nombre del autor para luego buscar en internet. Al regresar una semana después –no lo iba a comprar, es mucho para mí, sólo quería tocarlo una vez más, intentar grabar los pequeños detalles de la tapa en la memoria, oler sus antiguas y muy conservadas páginas, medio friki, yo sé- por supuesto no estaba más.

En 77 páginas, divididas en 7 capítulos Nassar nos presenta dos días del relacionamiento de una pareja caída en la rutina -ella una periodista, enérgica de carácter, y él un potencial misógino-, desde la llegada a casa, en la cama, el levantar, el baño, el desayuno, cada cual descrita minuciosamente: el polvo en el aire que devela la luz entrando por la ventana, cada caricia, el agua recorriendo el cuerpo, y cuando todo parece ir de lo más bien llega el escándalo, donde una acción que podría ser irrelevante desborda en un delicioso contrapunto de diálogos –dos personas inteligentes en medio de una crisis de pareja- cada vez más altisonantes, donde nuestro narrador siempre llevará las de perder, aunque él se esmere en crear frases elegantes e hirientes hacia su mujer, ella tendrá respuestas rápidas y certeras que desarman al marido, creando como en un efecto de bola de nieve hasta que éste vaya desquiciándose y dejándose envolver por la impotencia, viéndose ridiculizado, y respondiendo con una certera bofetada, descrita como en cámara lenta, todas las percepciones durante esa breve y contundente descarga de ira: el rostro enrojecido de su pareja, los ojos tornándose lagrimosos, el cabello de ella al aire por el movimiento brusco de la cabeza, tornándose de pronto todo muy sensual, muy lascivo, desencadenando un deseo vehemente uno por el otro, e intercambiando ahora pequeños adjetivos obscenos que incrementa en ambos la arrechura. Y cuando al menos se cree que ambos están pasando nuevamente del odio al amor, llega el final, con una sorpresa para uno de ellos, y para nosotros.



Cada capítulo está hilvanado tan sólo con comas, y esto es mucho más perceptible, logrado y admirado en el penúltimo, que es el más extenso, donde se da la discusión. Los cinco que lo anteceden y el final son breves y no menos interesantes.
Lo bacán es cómo Nassar sabe integrar la escrita: cuando estamos ante las percepciones del narrador la prosa es pulcra y, en los diálogos lo coloquial está muy presente.

Tanto el primer como el último capítulo tienen el mismo título, “La llegada”, pero, mientras al inicio es él quien llega al hogar, en el último es ella quien lo hace, y es ahora ella la narradora, como comenzando todo de nuevo. Aquí ella encuentra al marido durmiendo en posición fetal, y, aunque ella sepa que él está fingiendo ella continúa el juego, aflorando un fuerte instinto maternal, acariciándolo, y él acomodándose entre sus piernas, como dando rienda suelta a un complejo de Edipo, parece que todo va a continuar, pero ahora desde la perspectiva de ella.
Una historia de amor, aunque escrita en la década del ‘60 (fue la primera obra escrita pero la segunda a ser publicada) el tema trasciende el tiempo, es más realista que nunca, y probablemente en el futuro todavía parezca contemporánea.

Raduan Nassar fue un gran hallazgo.