miércoles, 12 de febrero de 2014

Vorágine, Junichiro Tanizaki



Título original : Manji

Año de publicación : 1930

Título en portugués : Voragem

Editora: Companhia das Letras

Año de la presente edición : 2001

Traducción : Leiko Gotoda



El complejo ser humano parece nunca estar contento donde está, con lo que tiene, anhelando lo de otros, y casi siempre sin valorar con lo que ya cuenta. Este dilema tan actual parece ser atemporal y Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886 – Kanagawa, 1965) sabe sacar partido de esta característica muy común en las personas, tejiendo un enredo donde nadie es inocente, conociendo de a pocos los subterfugios de cada personaje para intentar justificar sus tan diversas y extremas acciones, muchas que rayan con el dislate, aunque todas tienen un mismo fin: alcanzar la felicidad, o lo que crean que ésta sea.

Tanizaki nos ubica en Osaka de inicios del siglo pasado presentándonos de arranque el gusto obsesivo de Sonoko, una mujer casada, aparentemente feliz por contar con todas las comodidades que pueda tener, consentida por su marido. Verá como un destello nace en ella, una irreconocible pasión por Mitsuko, bella joven de familia acomodada, quien sirve como modelo vivo para ser pintado por los alumnos. Esta relación lésbica irá creciendo de una manera descontrolada por parte de Sonoko haciéndola olvidar los deberes que tiene para con su leal y flexible marido. Éste, hábil abogado, parece saber conciliar el tiempo que le demanda su trabajo con el deber de su hogar, y aunque no es impotente no llega a satisfacer del todo a su mujer, hecho que cree aminorar por cumplir todos los caprichos de su mujer, las clases de pintura, por ejemplo. Watanuki, guapo joven, de familia humilde, con la palabra fácil en la punta de la lengua pero que sus dotes de seductor tiene un límite marcado por la difícil cruz que consigo lleva: la precoz impotencia, secreto que se esfuerza en guardar, y que su enamorada a su vez guarde, anhela casarse con ella, con Mitsuko, pero al sentirse rechazado se convertirá en un chantajista, un pillo de la peor calaña.

Tanizaki sabe maquinar cautelosamente esta difícil trama, perfilando muy bien a sus personajes, dotándolos de un aura de inocencia para cuando de pronto…, dan el zarpazo, tornándolos repentinamente hábiles para la mentira, el engaño. Los personajes varones parecen detentar el poder de controlar los gustos y decisiones de las mujeres, cuando en realidad es a la inversa. Aunque el esposo de Sonoko dé un giro drástico e intempestivo hacia el final de la trama llega a ser timado por todos. Ni la habilidad y fuerza que ejerce en su profesión le son de utilidad en su vida, en sus sentimientos. Cuando Watanuki parece ejercer un control total y absoluto de las diversas situaciones verá cómo sus planes irán río abajo fácilmente. Son las mujeres las que en verdad parecen tener el poder de decidir, y cuando uno como lector parece estar seguro de esto las dudas e incertidumbres caerán sobre ellas tornándolas repentinamente frágiles.

Ante esto, hay un par de detalles en los que me quiero detener: la escrita de Tanizaki (a través de la traducción de Gotoda) cuenta con aquella tradicional estética de otros escritores japoneses, pero a la vez tiene una fuerza diferente que es transmitida a sus personajes: hablar y enfrentar tan naturalmente una relación lésbica a inicios del siglo pasado parecería algo inaudito (sí, Mishima, ya sé, me refiero además de él), sin embargo aquí fluye, no es oscuro ni mucho menos deja de ser elegante.

El otro detalle: para quienes hemos tenido la suerte de conocer algunas obras de la literatura de este hermoso país, y de conocer a algunos y muy variopintos habitantes de esa isla, esa fácil tendencia a la muerte no debería ser sorpresa, pero en verdad nunca deja de serlo. O son muy románticos o buscan una salida fácil. ¿Fácil? El suicidio se me hace imposible tenerlo como una opción, por cobardía, simplemente no creo que pueda. Guardo enorme respeto por los suicidas, desde Jesucristo hasta Ritsuko, con motivos muy diferentes: sacrificándose para salvar a otros, y, acabar con un dolor, sea cual fuese. Ya para los personajes de esta trama es una opción latente: “¡Déjame morir contigo! ¡Prométeme que moriremos juntas!” Éstas y otras frases parecidas pueblan varios capítulos en este libro, y no es simulación, es pura sinceridad. Mientras que por estos lares decimos: ¡Quiero vivir contigo! Quiero pasar el resto de mis días contigo…, o cosas de ese tipo, ellos van más allá, ellos no quieren dejar ir al ser amado, quieren irse también con ellos. La auto eliminación no tiene para ellos ese estigma de miedo que por estos lares nos inculcan desde pequeños con el catolicismo. No es un sacrificio, es una dádiva. Simplemente es una opción más, la última.




Obra maestra que guarda un trazo diferente a lo acostumbrado, pero sin abandonar aquella sutileza y elegancia clásica de la literatura japonesa. Tanizaki es un maestro que ha llegado hasta este siglo con menos de la mitad del marketing de otros, probablemente porque su escrita se impone. 



Sonata Kv 448 mov 1º, Wolfgang Amadeus Mozart

Tanto en la trama como en este tema en particular parecen que la fluidez y confianza por evitar la preocupación de alcanzar la perfección hacen que se llegue a ésta. 

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