lunes, 11 de febrero de 2013

Ópera de muertos, Autran Dourado



Título original : Ópera dos mortos

Año de publicación : 1967

Presente edición : Editora Civilização Brasileira, 1970. 


Hace poco más de cuatro meses los diversos medios de comunicación brasileños informaban lamentando el deceso, a los ochenta y seis años, de Autran Dourado (Minas Gerais,, 1926 – Rio de Janeiro, 2012), autor fecundo, cuya máxima obra es la de la presente entrada. 

Dourado nos presenta en nueve intensos capítulos la historia de una familia grande, rica e importante en una ciudad de Minas Gerais a través de sus descendientes, desde el patriarca Lucas Procópio Honório Cota, misógino, de un oscuro pasado, padre del coronel João Capistrano Honório Cota, hombre correcto que incrementará aún más la fortuna de su padre, y que a diferencia de éste – que no congeniaba con casi nadie- tendrá literalmente a la ciudad en su casa, y acabará por aceptar intervenir en la política local. Aunque era muy sociable siempre se las ingeniaba para diferenciarse del resto, ya sea por su modo elegante de vestir o por su manera refinada al actuar. Todo se irá al tacho al morir su mujer doña Genu (se pronuncia “yenú”), abstrayéndose del mundo en su cuarto y maldiciendo a la ciudad entera, como alguna vez lo hizo su padre. 

Dourado alterna un narrador omnisciente por momentos y por otros a los mismos personajes de los cuales a través de sus diálogos y cavilaciones irán desenvolviendo la historia, hasta llegar a la hija de este coronel Honório Cota: Rosalina, el personaje principal de esta historia, así el capítulo dos es en donde interrumpe su narración linear para llevarnos al pasado de la familia de esta mujer, y poder entender el por qué de su extraño comportamiento en los capítulos posteriores. 

Sin embargo, en el inicio de esta novela aquel narrador nos presenta primero la enorme casa que a través del tiempo alberga a esta familia. La casa es como un personaje más, inicialmente nueva, cuidada, arreglada, para que en tiempos de Rosalina estar abandonada a la intemperie, al polvo y al musgo. La casa no habla pero dice mucho del estado anímico de sus habitantes en los diferentes momentos de esta historia. 

Rosalina es una mujer que adoptó la postura del padre –luego de la muerte de su madre- y del abuelo, recluyéndose en su caserón y teniendo como único contacto con el mundo a su ama, Quinquina, mujer muda pero de gestos y ademanes grandilocuentes cuando se lo propone, por ella conoce de la curiosidad externa por saber qué sucede al interior de ese enorme recinto y claro, le interesa un bledo congeniar con el gentío. Quinquina al ser muda envuelve la auto-reclusión de Rosalina en el absoluto silencio. 

El autor nos describe a Rosalina guapa, madura, en la mejor edad, pero con un grave problema de sociabilización, llegando a odiar a los de la ciudad aún sin tratarlos desde su juventud. Desliza una cierta debilidad hacia Emanuel, hombre honesto y trabajador, quien le propuso matrimonio en su momento llegando a ser rechazado por no pertenecer a la misma clase social. Él es el encargado de los negocios de la familia y es a quien Rosalina acude para pedir dinero conforme lo va necesitando. Su soledad es amenizada con la bebida diaria y nocturna de vino de madeira. Ella también respeta la tradición familiar de tener parado un reloj por cada familiar muerto, cada cual a la hora en que cada uno falleció. 

Pero ese silencio será quebrado con la llegada de José Feliciano, también conocido por Juca Passarinho (el nombre se pronuncia “yuca”, el apodo siguiente significa “pajarito”), quien llega a la ciudad de un pueblo alejado. Él es un tipo zafio y taimado que habla hasta por los codos, mezclando realidad con mentiras con la facilidad con la que otros respiran. Utiliza su labia fácil para hacerse de favores, así como de oficios menores huyendo de trabajos pesados. Al conocer la historia del caserón y de su intrigante dueña se las ingeniará para ingresar a trabajar ahí. 




Así como con la historia familiar de Rosalina, Dourado hará una pausa en su trama para llevarnos a otro punto de Minas Gerais y encontrarnos con este tipo que es el lado opuesto de Rosalina, hasta su llegada a la ciudad y la decisión de pedir trabajo en el caserón. 

Rosalina lo acepta porque ve en él la posibilidad de tener con quién poder conversar, tener alguien a quien escuchar, no era de la ciudad así que su indiferencia no lo alcanzaba. Ya instalado Juca Passarinho llenará la casa con sus historias y sus preguntas, animando a Rosalina y también a los de la ciudad que tendrán en él la oportunidad de saber de primera mano lo que sucede al interior de ese recinto. Pero él, hombre sencillo, nunca imaginará descubrir en su patrona a una bella mujer escondida bajo esos largos y pomposos vestidos, y menos aún que ésta intente seducirlo. 

Dourado describe con maestría los encuentros furtivos y nocturnos de estos dos personajes tan opuestos, pero a la vez tan carentes. Mientras que por las noches Rosalina, animada por el vino, esperaba el regreso de Juca Passarinho para conversar sin hablarse, tan sólo valiéndose de gestos, roces, miradas, y aunque el silencio reinaba la comunicación llegaba a ser fluida. Ya de día ella volvía a su marasmo y seriedad, dirigiéndose a él sólo para dar órdenes. Podemos apreciar en la doble vida de estos personajes los pequeños detalles que van carcomiendo a ambos, tanto durante el día como por la noche, los pensamientos confusos de Juca Passarinho por no poder controlar a esa mujer, resignándose a la sumisión diurna, y al nerviosismo nocturno por presenciar el drástico cambio de Rosalina por las noches. Su confusión es tal que los vecinos llegan a creerlo enfermo por lo callado que se torna. También Rosalina inicialmente se siente sucia en mezclarse con un pueblerino, un sirviente, pero espera su llegada por las noches para reiniciar todo. 

Es curioso no sólo ese hecho: ella piensa que no debe estar con él por ser de una clase social menor, y él pensar que no puede estar con ella por ser su patrona, de alta alcurnia, y para colmo un mujerón. No sé si esto aún se dé, pero antiguamente ese pensamiento era muy común. 

El autor cuando recurre al narrador omnisciente hace uso de un portugués castizo (si es que acaso es válido este término. “Más puro” quizá quede mejor), palabras que difícilmente son usadas en la actualidad, muchas de ellas son poco usadas (al menos por aquí en Paraná, no sé en Minas Gerais, pues mucho cambia) y algunas hasta deben haber caído en el olvido. Ya cuando son los personajes los que comparten sus sentimientos e ideas encargándose ellos de la narración utiliza (el autor) la manera y costumbre de hablar de esa región, su campo semántico, intercalando jergas típicas de ese estado en aquel tiempo, y entre los personajes también es fácil reconocerlos por su manera de expresarse: Rosalina, Emanuel, João Capistrano Honório Cota por ejemplo hacen uso de un léxico más culto, ya Juca Passarinho y los pobladores tienen un vocabulario más coloquial, y Quinquina también –cuando piensa, ya que es muda-, sumándole ese peculiar estilo que tenían (o tienen) las personas de raza negra al hablar, que incluso varía de acuerdo a su estado anímico, muchas veces musical, y en otros momentos algo beligerante –lo sabemos por sus ademanes y chillidos, uno hasta se la puede imaginar desorbitando los ojos-, todo esto enriquece la historia, aunque es algo más trabajoso –pero la encuentro sabrosa- leer esta obra que alguna otra más contemporánea y ambientada en nuestros días. ¿Cómo será la traducción al castellano? Pues existe una edición en nuestro idioma de Ada Korn Editora. 

El chisme, la muerte, y la soledad son temas recurrentes aquí. La curiosidad por saber qué pasa con Rosalina, qué piensa acerca de ellos, queda claro en los pobladores y vecinos de la ciudad. También Quinquina no esconde su curiosidad por saber cómo actuará Rosalina, ligeramente ebria ante Juca Passarinho. Rosalina quiere saber –aunque lo niegue- por Quinquina –que sale a vender las flores de tela y papel hecha por ellas- qué hablan de ella afuera de sus muros, pero esa curiosidad muere con ellos, nadie se atreve a hacer algo por saciar su hambre de información. 

Los muertos están presentes no sólo en el recuerdo de Rosalina –con los relojes parados, recordándolos-, de Quinquina y de los pobladores, ellos mismos, aunque respiren, en su marasmo son los muertos a los que el título parece referirse. 


La soledad no sólo de Rosalina, etérea, en su mansión, llena de recuerdos y de el silencio que se tornó absoluto en el caserón por vivir con Quinquina, que aunque tenga mucho qué decir al sentir las burlas de la gente se retrae, refugiándose en la única amistad que considera tener, Rosalina. Juca Passarinho, un total parlanchín, habla con todos, recuerda a muchos, pero al final él mismo repara en su triste soledad. 


Tras leer esta obra el título resulta hermoso. No debe ser coincidencia el año en que se editó (1967), en pleno “boom latinoamericano”, cuyos rostros y nombres vienen rápido a la mente: Cortázar, García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa, pero hay muchos que están al lado de esos cuatro, y que están todavía por ser descubiertos –como Roa Bastos, del que increíblemente se habla/escribe poco-; el brasileño Autran Dourado demuestra con esta obra que es uno de ellos. 

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