martes, 21 de enero de 2014

Desastres do amor, Dalton Trevisan




Editora Civilização Brasileira, 1968.


Es bueno empezar el año sabiendo que la esperanza es una fantasía, es cursi y hasta afeminada. Si hay un escritor que no dejo de leer por lo menos una vez al año ese es Dalton Trevisan (Curitiba, 14 de junio de 1925). Me lo merezco. Nos lo merecemos. Merecemos más traducciones de obras suyas. Él es el cuervo que te sigue y observa atentamente por las frías y sosas calles en Gifu; el gallinazo que ronda mi andar tan lejos y tan cerca por el centro de Lima; el mosquito –aquel pequeño vampiro- que me acecha infatigablemente para alimentarse de mí en Curitiba.

Esta primera edición encontrada trae 16 relatos de los primeros años de la carrera literaria del vampiro Dalton Trevisan donde nuevamente los personajes de sus ficciones son María y João, todos tan diferentes, pero con el mismo nombre, tan común en Brasil, sino en toda Latinoamérica.

Tienen la misma característica que los de otros libros donde parias, marginales, perdedores son sus personajes principales. Son relatos cortos, directos, y por lo general de una tremenda frialdad aunque en éste ejemplar en varios relatos aquí me haya deparado con el más crudo Trevisan hasta el momento, encontrando siempre latente su predilección hacia lo obscuro, su visión de la vida.

Paradójicamente pareciera que aquí en Brasil el interés por su obra es ínfimo. Se extraña lo que no se tiene. Muchos peruanos desde hace unos años y en la actualidad añoramos a Julio Ramón Ribeyro pero sospecho que cuando estaba entre nosotros pocos eran los que le paraban bola. Ya alrededor de éste enorme país que es Brasil pareciera que estamos hambrientos de los cuentos de Trevisan, al menos yo lo estoy, y algunos otros, cuando lo introduzco en la conversa en alguna reunión en alguna noche limeña donde aparecen Rubem Fonseca, Machado de Assis, Clarice Lispector, conocidos y admirados por allá. Llevo en mi conversa a Dalton Trevisan porque merece estar en ese grupo, porque merecemos conocerlo. Para esos pocos osaré dejar un relato del maestro, un cachito no má’.






Nueve

João fue al encuentro con María en el Paseo Público. Eran las ocho de la noche, el parque estaba desierto, ellos se sentaron en medio de la oscuridad. Ella se deja coger la mano, pero no deja que la bese en la boca. Se defiende de los abrazos imputando su condición de señorita:

- Ya me voy. Mamá me espera.

Estaba sentada en las piernas de João. Al pararse, se ven rodeados de unos tipos, algunos llevan sombrero, salieron de detrás de los árboles. Asustada, la muchacha reclama:

- Caramba, qué vergüenza,.. ¡Cuántos hombres!

A lo que uno de ellos responde:

- Que nada… Somos sólo nueve.

El más gordo toma a João y le arrebata a la enamorada:

- Ahora es mi turno.

- Eso nunca –protesta María-, soy señorita.

- Son de esas que me gustan- insiste el gordo.

Él la tira al piso y, al caer sentada, María grita. Miedoso de ser golpeado João huye de allí, escondiéndose tras un cedro, pudiendo escuchar la voz de ella.

Cuando es sujetada María grita con la esperanza de que alguien acuda, pero nadie aparece. El gordo fue el primero, y después fue el turno de todo el grupo.

Él empuja a la muchacha derribándola nuevamente. Por más que ella los rechace María no puede escapar de tantas manos. Llora, pero el gordo le muerde el rostro y ella para de hipar. Cuando él la quiere abrazar María cierra las piernas y suelta un grito. El gordo intenta abrirlas, ella no lo deja. Viendo la muerte en los ojos del otro, María ruega por el auxilio de João. El gordo la abofetea con toda su fuerza, ella se calma.

Mientras el gordo lucha con la muchacha, otro la agarra tapándole la boca. Después del gordo, del segundo, del tercero, fue amenazada que se dejase por las buenas, sino sería por las malas. Entonces ella no ofreció más resistencia a los otros seis hombres. De ahí en adelante después de uno era la vez de otro.

El séptimo fue un negrito y, llegando su turno la muchacha le pide un cigarro. El negrito le enciende hasta tres veces el cigarro, desconfiando de que esté haciendo señales con la llama de los fósforos. María llorando le ruega que la deje para mañana. Él le responde que todavía hay dos más, de los cuales uno de ellos está uniformado y no quiere pelea. Él repara que la muchacha es media fea; siente pena de ella. María se queja de que no puede más. Algo avergonzado, él le da la espalda sin haberle hecho nada.

Después de él es la vez del soldado, y después del soldado de uno más. Los otros habían desaparecido.

María desmaya de tanto dolor y despierta con el sonido de una gruesa voz:

- Fuimos nueve, pero yo fui el último.

Herida, con la ropa en jirones, zigzaguea sin atinar con el portón.

Agachado en la penumbra, João la escucha pidiendo socorro, pero nada puede hacer. Le escucha el lloriqueo, corto y bajito, hasta que se queda quieta. Percibe que María hace señales con los tres fósforos. De lejos presencia el turno del gordo, y luego la vez de los otros, nueve en total.

Arrastrando los pies ella pasa a su lado. Sin coraje de aparecer, João la deja alejarse, despacito, rumbo al portón iluminado.

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